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El Petróleo y la guerra de Afganistán

Bush nombra representante en Afganistán a un antiguo asesor de UNOCAL

02/02/2002 - Autor: Redacción Amanecer - Fuente: Webislam
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Zalmay Jalilzad, el enviado de Bush (Foto
Zalmay Jalilzad, el enviado de Bush (Foto

El presidente Bush ha nombrado recientemente a un antiguo asesor de la compañía petrolífera norteamericana UNOCAL, Zalmay Jalilzad, de origen afgano, como su enviado especial a Afganistán. Este hecho fue anunciado el pasado 31 de diciembre, nueve días después de que el gobierno interino de Afganistán, encabezado por Hamid Karzai, tomara posesión. El nombramiento de Jalilzad deja ver los intereses económicos y energéticos que existen detrás de la actual campaña militar de EEUU en Afganistán. Jalilzad está estrechamente vinculado con los esfuerzos estadounidenses para conseguir un acceso directo a los recursos de petróleo y el gas de la región, que se hayan en gran medida sin explotar, pero que son los segundos mayores del mundo tras los de Oriente Medio y el Golfo Pérsico.

Nacido en Mazar-i Sharif en 1951, Jalilzad procede de una vieja familia de la élite gobernante afgana. Su padre fue consejero del rey Zahir Shah, que gobernó el país hasta 1973. Posteriormente, se fue a vivir a EEUU, estudió en la Universidad de Chicago y se convirtió en ciudadano norteamericano. Jalilzad se convirtió en un asesor especial del Departamento de Estado durante la época de Reagan. Desde este cargo abogó por un reforzamiento de la ayuda militar a la guerrilla afgana que luchaba en aquel entonces contra los ocupantes soviéticos. En la época de la Administración de George Bush (padre), pasó a ocupar el cargo de subsecretario de Defensa. Más tarde, trabajó para la Rand Corporation, un instituto de estrategia militar. Después de que George W. Bush ocupara el cargo de presidente, Jalilzad entró a formar parte del equipo de transición en el Departamento de Defensa. Allí fue uno de los que abogó por el nombramiento de Donald Rumsfeld como secretario de Defensa. Sin embargo, Jalilzad no fue nombrado para un cargo de la Administración que requiriese una confirmación del Senado. La razón más probable es que ni él ni otros responsables de la Administración deseaban que Jalilzad fuera sometido a un incómodo interrogatorio acerca de su papel de asesor de una compañía petrolífera en Asia Central con oscuras conexiones con los talibanes.

No obstante, fue elegido para un puesto en el Consejo de Seguridad Nacional, donde no se necesita tal confirmación. Desde dicho cargo en el Consejo, Jalilzad informaba a Condoleeza Rice, la secretaria de Seguridad Nacional con la que Jalilzad tenía algo en común, pues, tras servir en la primera Administración Bush desde 1898 a 1992, Rice había ocupado un puesto en el Consejo de Dirección de la compañía petrolífera Chevron como experta en los temas de Kazajstán, donde dicha multinacional ha logrado obtener un número de concesiones superior a cualquier otra compañía. Las conexiones con la industria petrolífera del propio presidente Bush y del vicepresidente Dick Cheney son asimismo conocidas. Sin embargo, poco se ha dicho en los medios de comunicación acerca del papel relevante que están jugando en el diseño de la política afgana varios altos cargos de la Administración Bush, que anteriormente trabajaron para compañías petrolíferas como asesores en temas de Asia Central. Este hecho se explica en parte si tenemos en cuenta que dichos medios (periódicos, cadenas de televisión etc) están generalmente controlados por grandes corporaciones con sus propios intereses, que a menudo coinciden con los de las compañías mencionadas. En EEUU, una de las pocas excepciones a este silencio informativo fue un artículo publicado el pasado 26 de septiembre en el periódico San Francisco Chronicle, en el que su autor, Frank Viviano, afirmaba: "Uno de los objetivos ocultos de la guerra contra el terrorismo puede ser resumido con una sola palabra: petróleo. El mapa de los santuarios y objetivos de la campaña antiterrorista en Oriente Medio y Asia Central es también, y hasta un grado extraordinario, el mapa de las principales reservas de energía del siglo XXI... Es inevitable que la guerra contra el terrorismo sea vista por muchos como una guerra por cuenta de las norteamericanas Chevron, Exxon y Arco; la francesa TotalFinaElf, la British Petroleum, del Reino Unido; la holandesa Royal Dutch Shell y otras grandes multinacionales, que han invertido cientos de miles de millones de dólares en la región".

Otro artículo de The New York Times del 15 de diciembre, en esta misma línea, señalaba: "El Departamento de Estado está explorando el potencial existente para la realización de proyectos de energía en la región, que posee más del 6% de las reservas mundiales de petróleo y casi el 40% de las de gas natural". El diario añadía que durante una visita realizada a principios del pasado mes de diciembre a Kazajstán, "el secretario de Estado, Colin Powell, dijo que estaba particularmente impresionado por el dinero que las compañías petrolíferas norteamericanas estaban invirtiendo allí. Powell indicó que unos 200.000 millones de dólares podrían llegar a Kazajstán durante los próximos 5 a 10 años". Las empresas estadounidenses han adquirido derechos sobre el 75% de la producción de los nuevos campos petrolíferos de la zona y los responsables del gobierno de EEUU han señalado que los recursos del Cáucaso y Asia Central pueden constituir una alternativa que aminore la dependencia del país con respecto al petróleo de Oriente Medio y el Golfo Pérsico. UNOCAL y los talibanes.

Los planes norteamericanos para entrar en Asia Central tienen al menos una década de antigüedad. En 1991, tras la derrota de Irak en la Guerra del Golfo, la revista Newsweek publicó un artículo titulado "¿Operación Escudo de la Estepa?", en el que señalaba que EEUU estaba preparando una operación en Kazajstán, siguiendo el modelo de la Operación Escudo del Desierto, desplegada en Arabia Saudí, Kuwait e Irak. El mayor problema a la hora de plantearse una explotación de las riquezas petrolíferas de Asia Central era cómo llevar el petróleo y el gas de la región hacia los mercados mundiales. EEUU se opuso a un sistema de oleoductos y gaseoductos que pasara por el territorio de Rusia o Irán, que es la ruta más corta y lógica hacia el mar. En su lugar, en la pasada década, las compañías petrolíferas norteamericanas han explorado una serie de rutas alternativas, entre ellas la llamada "ruta afgana, que, partiendo de los campos de petróleo y gas de la ex república soviética de Turkmenistán, discurriría hacia los puertos de Pakistán a través de territorio afgano".

Como asesor de UNOCAL, Jalilzad elaboró en su día un informe en el que analizaba los riesgos y problemas de dicha ruta. Afganistán era un país en guerra desde 1979. Tras la caída del régimen prosoviético de Kabul en 1992, las diversas facciones de la resistencia muyahidin se enzarzaron en una guerra civil interminable. En 1994 surgió el movimiento talibán, que comenzó lentamente a apoderarse de la mayor parte del país. Esto fue visto por las compañías petrolíferas como una oportunidad para poder al fin materializar sus aspiraciones referidas a la ruta afgana. Jalilzad participó en las conversaciones que tuvieron lugar entre representantes de la compañía y dirigentes talibanes en 1997. UNOCAL fue también la compañía que desempeñó el papel más relevante en la formación del consorcio Centgas, cuyo propósito era el de llevar el gas natural desde el campo de extracción de gas natural de Dauletabad en el sureste de Turkmenistán, uno de los mayores del mundo, hacia los mercados mundiales. Este proyecto, por valor de 2.000 millones de dólares, incluía la construcción de un gaseoducto que pasaría cerca de las ciudades afganas de Herat y Kandahar y la pakistaní de Quetta. Una extensión de dicho gaseoducto hacia la India fue también tomada en consideración. En aquellas fechas, Jalilzad abogó públicamente en favor de una política más favorable hacia los talibanes.

En un artículo publicado hace cinco años en The Washington Post, Jalilzad defendió al régimen talibán contra las acusaciones de ser un "patrocinador del terrorismo internacional", diciendo: "Los talibanes no practican el estilo de fundamentalismo antinorteamericano que hace Irán. Deberíamos de estar dispuestos a ofrecer un reconocimiento diplomático y ayuda humanitaria, así como a promover una reconstrucción económica". Esta posición era lógica porque una aproximación entre EEUU y el régimen talibán hubiera sido altamente beneficiosa para UNOCAL, a la que en otro caso le habría sido imposible transportar el gas y petróleo desde Turkmenistán al mercado internacional. Mientras tanto, la empresa UNOCAL seguía estrechando sus lazos con los talibanes. Según una información de la BBC fechada el 4 de diciembre de 1997, una delegación talibán visitó EEUU para celebrar conversaciones con la compañía sobre la construcción del gaseoducto. Los representantes talibanes pasaron varios días negociando en la sede central de UNOCAL en Texas. Al parecer, la empresa norteamericana estaba compitiendo entonces con la argentina Bridas, que también estaba interesada en el proyecto. En noviembre de 1997, un portavoz de Bridas señaló que su empresa estaba cerca de firmar un acuerdo por valor de 2.000 millones de dólares para construir el gaseoducto.

Los representantes de UNOCAL no perdieron tampoco el tiempo y enviaron otra delegación a Kabul. La compañía llegó incluso a contratar los servicios de la Universidad de Nebraska para enseñar a algunos afganos tareas técnicas relacionadas con la construcción del gaseoducto y 140 trabajadores afganos fueron seleccionados con este fin. Sin embargo, al final no se alcanzó ningún acuerdo. Mientras tanto, la posición de la Administración Clinton hacia el régimen talibán comenzó a endurecerse en 1997 por múltiples motivos, entre ellos la presencia en Afganistán de Osama bin Laden. En ese año, Madeleine Albright advirtió a Pakistán que dejara de apoyar a los talibanes. Paralelamente, la Administración Clinton puso fin a su oposición a un gaseoducto que enlazara Turkmenistán con Turquía. Un consorcio de empresas europeas, incluyendo a la holandesa Royal Dutch Shell, anunció planes para tal proyecto.

Al mismo tiempo, EEUU y Turquía promovieron la idea de una ruta que enlazara Bakú, en Azerbaiyán, con el puerto turco de Ceyhan, en el Mediterráneo, a través de territorio georgiano. Washington urgió a Turkmentistán y Kazajstán a participar en este plan. Todo ello perjudicaba el proyecto de la "ruta afgana". La Administración Clinton endureció su posición aún más tras ordenar un ataque con misiles contra Afganistán en agosto de 1998, con la justificación de que Osama bin Laden era el responsable de los atentados con bomba contra las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania que habían tenido lugar poco antes. Un día después del ataque, UNOCAL paralizó el desarrollo del consorcio Centgas y ordenó a su personal abandonar Kandahar e Islamabad. Dos meses más tarde abandonó sus planes para la construcción del gaseoducto afgano. La compañía comenzó entonces a vislumbrar el objetivo de un Afganistán post talibán al igual que también lo hicieron los planificadores de la política norteamericana. En la cancelación de los planes de UNOCAL jugó también un papel importante otro factor: la caída de los precios del crudo desde los 25 dólares el barril a los 13, lo cual hacía que el proyecto del gaseoducto resultara así antieconómico, al menos a corto plazo. A pesar de la intensa presión ejercida sobre los talibanes y también sobre Pakistán, ninguna de las demandas de EEUU fue satisfecha. En 1998 y 1999, los talibanes ganaron el control de más territorio a la Alianza del Norte, cuyo dominio quedó limitado a unas pocas bolsas de resistencia.

Mientras tanto, entraron en vigor las sanciones de la ONU contra los talibanes. Tras el triunfo de Bush, la nueva Administración norteamericana dio un giro a la política afgana y adoptó, en un principio, una estrategia de acercamiento al régimen talibán. Esto queda reflejado en un libro publicado el pasado 15 de noviembre en Francia y titulado "Bin Laden: la Verdad Prohibida". Dicho trabajo tiene por autores a Jean-Charles Brisard y Guillaume Dasquie. Brisard es un antiguo agente de los servicios secretos franceses, autor de un previo trabajo sobre la red Al Qaida de Bin Laden. También trabajó como asesor en temas estratégicos para la corporación francesa Vivendi. Dasquie, por su parte, es un periodista investigador. Los dos autores señalan que la Administración Bush estaba dispuesta a aceptar al régimen talibán si hubiera cooperado con EEUU en los planes para el desarrollo de los recursos energéticos de Asia Central. Hasta el pasado mes de agosto, la Administración norteamericana veía a los talibanes como "un factor de estabilidad en Asia Central, que permitiría la construcción de un gaseoducto a través de territorio afgano". Fue sólo cuando el régimen talibán se negó a aceptar las condiciones de EEUU, señalan los autores, que la Administración Bush convirtió "este asunto energético en un tema militar". A este respecto, no deja de ser significativo el hecho de que ni la Administración Bush ni anteriormente la de Bill Clinton colocaron a Afganistán en su lista de países patrocinadores del terrorismo internacional, pese a reconocer que Osama bin Laden era un "huésped" de los talibanes.

Tal designación habría hecho imposible para las empresas petrolíferas o de construcción de EEUU firmar acuerdos con el régimen talibán sobre el desarrollo de oleoductos o gaseoductos. Las conversaciones entre la Administración Bush y los talibanes dieron comienzo en febrero de 2001, poco después de la toma de posesión de Bush. Un emisario de los talibanes llegó a Washington en marzo con regalos para el presidente, incluyendo una alfombra de gran calidad fabricada en Afganistán. Sin embargo, las conversaciones fueron poco cordiales. Brisard señala que en un momento de las mismas, los representantes norteamericanos dijeron a los de los talibanes: "O aceptais nuestra oferta de una alfombra de oro, u os vamos a enterrar bajo una alfombra de bombas". Mientras existió la posibilidad de que fuera firmado un acuerdo sobre el gaseoducto, la Casa Blanca paralizó cualquier investigación sobre las actividades de Osama bin Laden, señalan Brisard y Dasquie. Ellos informan también que John O´Neill, vicedirector del FBI, dimitió en julio de 2001 en protesta por estas maniobras de obstrucción. O´Neill les informó en una entrevista de que "los principales obstáculos que existen en las investigaciones (sobre la red de Osama bin Laden) eran los intereses de las corporaciones petrolíferas norteamericanas y el papel jugado por Arabia Saudí en ella".

O´Neill aceptó el cargo de jefe de seguridad del World Trade Center (las Torres Gemelas) después de dejar el FBI y falleció como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre. Los dos autores señalan también que existieron negociaciones secretas en Berlín, en las que se discutió abiertamente de la necesidad de que los talibanes permitieran la construcción de un oleoducto desde Kazajstán a cambio de un reconocimiento internacional y, en especial, el norteamericano. Sin embargo, estas conversaciones quedaron rotas el pasado 2 de agosto tras un encuentro final entre Christina Rocca, secretaria de Estado adjunta para el Sur de Asia, y un representante de los talibanes en Islamabad. Dos meses después, EEUU estaba bombardeando Kabul. Tras el estallido de la guerra, el secretario de Energía norteamericano, Spencer Abraham, desarrolló una importante labor para fomentar las inversiones petrolíferas norteamericanas en la región. Una de estas gestiones fue una visita realizada a Rusia el pasado mes de diciembre, en la que estuvo acompañado por el presidente de la ChevronTexaco, David J. O´ Reilly. Incluso el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha jugado un papel en las maniobras dirigidas a la construcción de nuevos oleoductos. Durante una visita a Bakú (Azerbaiyán), el pasado 14 de diciembre, Rumsfeld aseguró al presidente azerí Haidar Aliyev que EEUU levantaría las sanciones impuestas en 1992 durante el conflicto con Armenia por el enclave de Nagorno-Karabaj y que la Administración Bush había alcanzado un acuerdo con los líderes del Congreso norteamericano a este respecto.

Tanto Azerbaiyán como Armenia se han alineado con EEUU en su campaña de Afganistán y han ofrecido a Washington la utilización de su espacio aéreo y el uso de sus aeropuertos. La visita de Rumsfeld y sus declaraciones conciliadoras fueron, sin duda, la recompensa, pero es probable también que tal actitud conciliatoria estuviera dictada por el deseo norteamericano de asegurar la colaboración de Azerbaiyán en el tema de la construcción de los oleoductos que transportarán el petróleo del Caspio. A este respecto hay que señalar también que el 28 de noviembre pasado, la Casa Blanca publicó una declaración en la que celebraraba la inauguración oficial del primer oleoducto del Consorcio de Oleoductos del Cáucaso, en el que participan Rusia, Kazajstán, Omán, las empresas norteamericanas ChevronTexaco, ExxonMobil y varias otras compañías. El oleoducto enlazará el enorme campo petrolífero de Tengiz, en el norte de Kazajstán, con el puerto ruso de Novorossisk, en el Mar Negro. Las compañías norteamericanas han participado con 1.000 millones de dólares, de un total de 2.650 que cuesta el proyecto. La declaración de Bush declaraba que "el proyecto del Consorcio también sirve para hacer avanzar la política de mi Administración de promover el desarrollo de una red de múltiples oleoductos en el Caspio, incluyendo los de Bakú-Tbilisi-Ceyhan, Bakú-Supsa y Bakú-Novorossisk, así como el gaseoducto Bakú-Tbilisi-Erzuru". La cobertura de prensa que recibió esta declaración fue escasa.

Los medios de comunicación tampoco se refirieron al hecho de que el Consorcio de Oleoductos incluía dentro de sus proyectos el plan del oleoducto Bakú-Ceyhan, cuyo principal promotor es la compañía BP, que está representada por la firma de abogados de Baker & Botts. El principal abogado de esta firma es James Baker, que fue secretario de Estado en la Administración de Bush padre y también el portavoz de la campaña de Bush del año 2000 durante el polémico recuento de votos de Florida, que acabaría dando la Presidencia al actual inquilino de la Casa Blanca. Otro punto a destacar es la elección del propio Hamid Karzai, como nuevo líder de Afganistán. Un diplomático occidental declaró a este respecto a The New York Times: "En un principio, en la Conferencia de Bonn los delegados escogieron a un líder diferente, Abdul Sattar Sirat, para encabezar al gobierno interino. Sin embargo, la presión de los responsables de EEUU y las Naciones Unidas acabaron llevando al nombramiento de Karzai y los diferentes ministros...

El resultado es que mucha gente ha visto a Karzai como una imposición de EEUU". No es extraño que Karzai fuera el favorito de los norteamericanos. Sus lazos con EEUU se remontan a los años ochenta, cuando él estuvo a cargo de la oficina de Sebgatullah Mojadeddi, el líder de uno de los grupos muyahidines que lucharon contra el régimen prosoviético y que tenían lazos con la CIA. Varios de los hermanos de Karzai y una de sus hermanas poseen restaurantes en EEUU y han suministrado fondos para sus actividades políticas en Pakistán y Afganistán. Uno de sus hermanos, Qayum Karzai, que tiene una licenciatura en Ciencias Políticas, ha decidido dejar sus negocios en EEUU y regresar a Afganistán para ayudar de forma "no oficial" a su hermano en las tareas de gobierno. Según un periódico norteamericano, Qayum "es una persona conocida en los círculos diplomáticos y legislativos de Washington tras años de abogar en pro de la causa afgana".

Karzai ha demostrado ya su disposición a seguir la línea trazada por la Administración norteamericana. En el momento en que estaba teniendo lugar la Conferencia de Bonn, él estaba en el sur de Afganistán utilizando sus vínculos tribales para negociar la rendición de Kandahar. Una parte del acuerdo era una amnistía para el Mullah Omar, líder de los talibanes. Sin embargo, esta oferta fue rechazada con irritación por el secretario de Defensa de EEUU, Donald Rumsfeld, que advirtió: "Si nuestros objetivos resultan frustrados, preferiríamos entonces trabajar con otra gente". Karzai cambió rápidamente de posición y se desdijo de lo dicho anteriormente. Pese a su actual oposición al régimen talibán, Karzai no siempre defendió esta posición. Al igual que otros líderes pashtunes, él apoyó a los talibanes cuando éstos emergieron por primera vez en 1994. Esto fue consecuencia principalmente de su oposición al gobierno de Burhanuddin Rabbani y de Ahmad Shah Massud, ambos tayikos.

Karzai había servido como viceministro de Exteriores en el ejecutivo de Rabbani, pero cuando se hizo evidente que la facción Mohadeddi no iba a alcanzar la influencia política deseada presentó su dimisión. A finales de septiembre de 2000, Karzai declaró a Atlantic Monthly: "Los talibanes eran gente buena y honesta.... y eran mis amigos de la época del yihad contra los soviéticos. Ellos me vinieron en mayo de 1994 diciendo: "Hamid, debemos hacer algo con respecto a la situación en Kandahar. Es insoportable". No tuve ningún reparo en ayudarles. Tenía mucho dinero y armas que databan de la época del yihad. También les ayudé en lo que respecta a la legitimidad política". Estos lazos de Karzai con los talibanes continuaron durante bastantes años. Él celebró varios encuentros con el Mullah Omar y en 1996 se le ofreció el puesto de representante del gobierno talibán ante la ONU, pero él rechazó el ofrecimiento. Quizá pueda paracer paradójico que una persona con vínculos tan claros con los talibanes fuera escogido por EEUU para asumir el poder en Kabul, pero esta paradoja es más aparente que real. No cabe olvidar que, como se ha mencionado anteriormente, a mediados de los años noventa, Washington apoyó tácitamente a los talibanes, que estaban fuertemente respaldados, financiera y militarmente, por dos de los estrechos aliados de EEUU: Pakistán y Arabia Saudí. Algunos analistas han señalado otra razón más. El pasado 6 de diciembre el diario Le Monde afirmó en un artículo que Karzai trabajó como asesor de la empresa UNOCAL, lo cual viene a poner de relieve una vez más el papel predominante que ha tenido ésta y otras empresas petrolíferas norteamericanas en el diseño de la política de EEUU relativa a Asia Central.

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