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El retorno sufí

27/01/2002 - Autor: Victoria Sendón de León *
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"Son para mí del cielo las delicias igual que los suplicios de tu infierno:

El amor que me tienes no se amengua con el castigo, ni lo aumenta el premio. Todo aquello que tú de mi prefieras, eso sólo amaré, tan sólo eso.

Porque el amor que Tú, Señor, me tienes, lejos de marchitarse con el tiempo, es, cual la Creación con que me animas, acto de amor eternamente nuevo."

Ibn ‘Arabî de Murcia

Una breve reseña aparecida en la revista "El Viejo Topo", tuvo la facultad de conmocionarme. En pocas líneas se comentaba la obra de I. Olagüe "La revolución islámica en Occidente", de la que se destacaba la idea central que siempre había sospechado: los árabes jamás invadieron España. Era una intuición que se profundizaba y ensanchaba a medida que iba conociendo algunos de los países islámicos actuales. Casualmente yo estaba por entonces viviendo y deambulando por Andalucía con base en Ronda; y la verdad es que los andaluces me parecían por momentos seres inéditos que nada tenían que ver con los moros y sí —mucho más— con los romanos, los griegos, fenicios, judíos o celtas incluso. Sobre esta intuición y la noticia recibida movilicé mis recursos para encontrar como fuera el libro de Olagüe, uno de los que he devorado con más pasión últimamente, tanto por su prevención respecto a lo fantástico como por la exuberancia de documentos que aporta. Sin ese libro no podría escribir ahora este capítulo y continuaría con esa nube de la "Reconquista" colocada en la testa y sin posibilidad de aclarar nuestro panorama histórico español.

La sensatez de Olagüe le hace situarse en un ángulo de visión que le aleja de la monomanía bélica para explicar cualquier evolución cultural de los pueblos; es decir, de ese recurso a la invasión tan habitual en nuestros manuales. Parece como que las glorias guerreras son las que más interesa reivindicar a los historiadores que, extrañamente, caen casi siempre en delirios nacionalistas. Bastaría un poco de sentido común y hacer la historia con mapas por delante, considerando topografías y distancias para evitar un montón de dislates. Olagüe comenzó a sospechar —a partir de una lectura de Spengler, La decadencia de Occidente, y de la experiencia guerrera en el desierto del general Brémond— que había mucho de tongo en las fabulosas campañas de los árabes. Aclararé que Brémond fue jefe militar de la misión aliada que durante la guerra del 14 independizó Arabia de la dominación turca. Pero estoy segura de que nuestros militares más que estudiar estas campañas desde el punto de vista de la posibilidad estratégica —como sería su obligación— prefieren adherirse irracionalmente a los hechos contados para luego identificarse con la reacción de Covadonga, amén de la gloriosa "cruzada" de la Reconquista, que no fue más que una interminable guerra civil guiada por la más cerril intransigencia. A la Iglesia, por las razones que conocemos, también le interesa esta invención para demostrar la superioridad de la cruz sobre la media luna y cantar loores a Santiago "matamoros". Incluso a los andaluces y levantinos les gusta esta versión apocalíptica y sentirse descendientes de exóticos beduinos del desierto y bellas princesas de mirada inquietante. Nada más lejos de la realidad. Lo siento. Pero su historia y la nuestra es más bella de lo que suponen. También más trágica.

Lo que sí es real es que en los siglos oscuros del medievo, una cultura llena de luz eclosionaba en las tierras más meridionales de España. Al‑Andalus estallaba en fuentes, jardines, poesía, califas y santones que predicaban sabidurías orientales y vivían un auténtico lujo asiático y no precisamente la miseria de unos nómadas del desierto que pretendemos fueron los conquistadores.

Europa era entonces un páramo cultural tras la imposición del poder bárbaro. Digo imposición y no necesariamente invasión. El Imperio Romano era un gigante con pies de barro y los germanos en aquellos tiempos constituían sencillamente la guardia civil del Imperio; eran los responsables del orden público y poseedores de las armas. Tuvieron que imponerse por la fuerza ante la anarquía general, se convirtieron en jefezuelos enfrentados entre sí y la fortaleza de algunos les hizo erigirse paulatinamente en monarcas de pueblos enteros. La realidad es que la antigua gloria del imperio renace en Córdoba tras una lenta evolución de muchos siglos. Esta evolución es la que intentamos explicar para así entender en profundidad la mística sufí, que impregnará en sus raíces más profundas el espíritu hispano.

Vamos a contar la historia tal como nos la han contado, pero añadiendo una serie de matices en los que tal vez no habíamos reparado:

En el año 711 España fue invadida por ejércitos árabes predicando la religión de un nuevo profeta, Muhámmad. Bien. Hagamos recuento de los años anteriores y veremos que no hay providencia posible que convierta a estos pastores en guerreros o más bien en "supermen" para colocarlos en Guadalete.

En el año 620, Muhámmad con su predicación comienza a convertir al monoteísmo a las gentes de su tribu, los coraichitas. Dos años más tarde tiene que salir de la Meca y situarse en Medina. Con los nuevos conversos prepara la vuelta a la ciudad santa que consigue tomar "manu militari" en el 630. Diez años después muere el profeta. No vamos a contar todas las impresionantes conquistas que se suceden desde entonces, pero sí considerar un poco lo que tuvieron "necesariamente" que hacer antes de llegar al estrecho de Gibraltar: Dominar todo Egipto, con una población entre 18 ó 20 millones de habitantes, cruzar el desierto de Libia, considerado como una de las regiones más inhóspitas de la tierra; dominar Tunicia y doblegar a las feroces tribus de Berbería, conquistar Cartago y Tánger, con dos mil kilómetros de distancia entre sí. Después de todo esto conquistan la Península Ibérica en tres años, la región más montañosa de Europa y con una extensión de 584.192 kilómetros cuadrados.

Siguiendo con las crónicas, resulta que siete mil hombres bastaron a Tarik para vencer a Don Rodrígo en Guadalete. Más tarde Muza, envidioso de las hazañas de Tarik, pasó a la Península con once mil hombres. Total, que en tres años cada árabe podía poseer en España una parcelita de 23 kilómetros cuadrados, casi igual que ahora.

A partir de entonces, siguiendo las crónicas, la realidad española queda absolutamente transformada. La cultura y lengua latinas se convierten en árabes; los ciudadanos, hasta entonces cristianos, resulta que son musulmanes; la familia monógama no tiene ningún problema en pasar a ser una tribu polígama y por exigencias del guión cambian los trajes, las armas, las construcciones. Para colmo desembarca un Omeya de pura raza árabe y se hace coronar en Córdoba. Lo extraño es que fuera alto, de ojos azules y de pelo rojizo. "Peccata, minuta" frente al milagro de que veinticinco mil árabes se impongan a una población de veinte millones de españoles.

¿Cómo es posible que aquellos aguerridos árabes no muriesen de hambre y sed al cruzar tales desiertos? Se pone la objeción de que cuando llegaron a España parte de la tropa había sido reclutada en el camino: sirios, coptos y bereberes se aglutinaban en el pintoresco ejército. Más extraño todavía, ¿cómo España pudo ser arabizada por gentes que no hablaban por entonces el árabe? ¿Y cómo fue islamizada, por predicadores que, por el mismo motivo, desconocían el Corán?

Los interrogantes verdaderamente me apabullan. ¿Cómo organizaron tan potentes ejércitos un puñado de nómadas transhumantes que se habían dedicado por siglos al pastoreo? Cualquiera de nosotros hemos podido contemplar a esos nómadas en en los umbrales del desierto vendiendo sus cachibaches o paseando turistas en camello. ¿Qué tiene que ver ese mundo con la gloria y la grandeza de Córdoba?

Según los oficiales de Estado Mayor, cuando se prepara una operación de caballería, se calcula para cada animal una reserva de cuarenta litros de agua por día. ¿Cómo sería posible encontrar tales reservas en Pleno desierto? Para un tipo de distancias y circunstancias semejantes lo único adecuado es el camello. Sin embargo, se insiste en el pura sangre árabe cuando se habla del caballo de la Península. Cosa extraña porque la herradura apareció en la Galia posteriormente a las fechas señaladas para la invasión, e igualmente la brida, inventada por los chinos. ¿No es extraño que caballos sin herrar y jinetes a pelo pudieran atravesar tres mil kilómetros de desierto? Los bichos habrían llegado por lo menos sin pezuña. También nos dicen las crónicas que llegaron jinetes a caballo y otros en camello, especies que biológicamente se repelen y les irrita hasta el olor mutuo.

Hasta aquí las objeciones a la galopada. Ahora empezamos con la travesía. También nos dicen las crónicas que el desembarco fue harto fácil, ya que el conde don Julián, gobernador del litoral, había prestado a los invasores cuatro lanchas, cuatro, con las cuales el desembarco se habría efectuado. Con las cuatro reglas nos basta para introducir en este delirio un gramo de cordura. Si cada una de ellas podía transportar cincuenta hombres —máximo— con la tripulación y sin contar caballos y camellos, se hubieran necesitado treinta y cinco viajes para los siete mil hombres de Tarik. Total, que el transporte hubiera durado tres meses. Además —y aquí viene lo más grave, dejando aparte el circo de la travesía— si se hubiera tratado de una invasión, los cincuenta primeros hombres habrían sido pasados a cuchillo en Algeciras y así sucesivamente.

Y ahora la invasión. Creo que está fuera de toda duda la sabiduría estratégica, los medios bélicos y la superioridad en todos los órdenes de Roma en la Antigüedad. Pues bien, si los romanos, conocedores del arte de la guerra y la navegación, con poderosos ejércitos y con muchos más medios, tardaron trescientos años en dominar España, ¿cómo es posible que los árabes sin estos medios y sin mapas tardaran sólo tres años en invadir la Península? En esta cuestión se alega que los hispanos estaban hartos de los godos y crearon alianzas con los árabes abriéndoles las puertas. ¡Nada menos! ¿Nos hemos olvidado del independentismo y "chauvinismo" de este país? ¿No recordamos ya a los múltiples "viriatos" que siempre aquí han florecido? Cambiar de lengua, religión, jefes y costumbres por estar hartos de los godos... me parece demasiado.

A pesar de todas las objeciones existe un hecho incontrovertible: más de media España durante un período histórico determinado fue musulmana, es decir, que también la cultura islámica estuvo integrada en este crisol de Oriente y Occidente que ha sido nuestro territorio. Más aún: esta cultura islámica constituyó un poder dominante, alcanzando un nivel —político, artístico, científico— insólito en su tiempo con relación al resto de Europa.

Todo esto es rigurosamente cierto sin tener que recurrir a exóticas crónicas legendarias, pero nada tiene que ver con la invasión real de las huestes de Muhámmad. Es por esto que se hace difícil clarificar la maraña de malos entendidos, cuya solución no puede ser zanjada de un machetazo al nudo gordiano con el recurso facilón de invasiones y gestas bélicas. El nudo ha de ser pacientemente desatado a partir de realidades que pueden ser más abstractas por menos tangibles o perceptibles, pero no por quiméricas. Si es cierto que el substrato económico suele estar a la base de las grandes transformaciones históricas, también lo es que este elemento puede resultamos insuficiente o simplificador al analizar fenómenos que han estado dirigidos fundamentalmente por grandes ideas o concepciones del mundo, las cuales han subsumido en su potencialidad todas las demás variables, incluida la económica. Es exactamente lo que sucedió en esta cuestión que estamos tratando.

Vuelvo a insistir en que las ideas religiosas hasta la llegada de la modernidad, con sus conceptos de racionalidad y progreso, constituyeron siempre el aglutinante de los grandes movimientos políticos tanto como de la alienación popular; por ello no es difícil comprender que el paso del politeísmo al monoteísmo suponga una auténtica convulsión para los pueblos que lo adoptaron como creencia. El surgimiento monoteísta es precisamente esta superación del politeísmo a partir del descubrimiento del principio de causalidad. Nace esta idea por primera vez en Egipto, idea que, recogida por Aristóteles y Platón, influye a su vez en la teología cristiana. El monoteísmo va íntimamente unido a los cultos solares: el sol como fuente de vida y, por tanto, origen de la realidad existente. Para los cristianos ortodoxos este Dios se divide en tres Personas como un modo de sintonizar con el politeísmo romano, pero este concepto no fue unánimemente admitido.

De este modo se inicia una larga controversia en el siglo III hasta el punto de hacer necesario un concilio, el de Nicea, en el año 325. Arrio es el gran defensor del unitarismo: Dios es Uno, Cristo un profeta. Los trinitarios se rebelan porque, tal vez, esto resquebraja su concepto del mundo, y del campo de las ideas pasan, como siempre, al campo de batalla.

El arrianismo arraigó con gran fuerza en Asia Menor y ese foco de ideas fue la base de la posterior revolución islámica en aquellas tierras. Ya veremos que ideológicamente no hay más que un paso para el sincretismo simplificador de Muhámmad. Las palabras del filósofo El Xahis son bien explícitas: "Aquel que cree y confiesa que Dios es uno, incorporal, invisible físicamente e incapaz de cometer una injusticia y de amar los pecados de los hombres, es ya un musulmán."

En España, el mosaico religioso era muy variado. Por una parte, una gran población pagana romanizada, incluso muchas familias influyentes de Roma se habían refugiado aquí a la caída del Imperio; por otra, una importante comunidad judía monoteísta y, por último, la clase dominante de los germano-godos que había optado casi en su totalidad por el arrianismo unitario. Todo ello sin contar con el frente gnóstico y sincretista proveniente de las comunidades creadas por Prisciliano. Realmente el cristianismo ortodoxo estaba en absoluta minoría.

El arrianismo unitario fue la religión oficial o dominante en España hasta la abjuración de Recaredo en el tercer Concilio de Toledo, siglo VII. Este osado rey se convierte al cristianismo trinitario no sólo en su nombre, sino en nombre de toda la raza goda. Semejante manifestación de fuerza movilizó en su contra a los jefes godos. Por el contrario, el clero cristiano trinitario se alió a la monarquía para establecer ¡otra vez! un estado teocrático, un estado de autoridad divina en el que ellos, los obispos, serían los mediadores directos de la voluntad de las Alturas. Es lógico que los concilios estuvieran cada vez más politizados, pues los obispos organizaban lo humano de acuerdo a un orden divino que ellos —y sólo ellos— podían interpretar. De este modo llegaron a determinar que la elección del rey la hicieran los obispos trinitarios y los nobles de palacio. Se colocaron en la cima del vedetismo, de la acumulación de riquezas, poderes e impunidades. No sé cómo se las organizan los intérpretes del orden divino que siempre resultan beneficiarios del mundo más estrictamente material.

En fin, a la muerte de Witiza hubo un gran vacío de poder, incluso un sentimiento apocalíptico generalizado por las luchas entre los partidarios del unitarismo arriano y del trinitarismo ortodoxo. Tras un período totalmente anarquizante es elegido Don Rodrigo como monarca legítimo y estandarte de la ortodoxia, no sin antes mediar un período de controversias que duró año y medio hasta que los electores se pusieron de acuerdo. En este período cada región se hizo independiente hasta que, desde la ciudad del Tajo, bajó Don Rodrigo a la Bética contra los partidarios de los hijos de Witiza, defensores del unitarismo.

Faltan documentos para saber qué sucedía exactamente en España durante el siglo VIII, aunque un anónimo texto latino asegura que "toda España se entrega a una alegría excesiva y se divierte de modo extraordinario". A pesar de la laguna documental, sabemos que entre el siglo IV y el VIII lo que se había ido creando era toda una concepción sincrética, a partir de la herejía arriana, que daba cabida más fácilmente al monoteísmo judío, al gnosticismo priscilianista e incluso a los antiguos cultos solares de los primitivos ibéricos. De hecho, la enseña distintiva de los unitarios era una estrella de ocho puntas que representa al sol y que podemos encontrar tanto en iglesias, palacios y castillos como en las plazas de toros de toda la geografía hispánica. Me he encontrado con multitud de estas estrellas en los sitios más inesperados. Constituye sin duda el símbolo de aquella etapa de convivencia, liberalismo y tolerancia que constituyó la etapa preislámica una vez vencidos los trinitarios en Guadalete. Tal vez sea éste el regocijo que menciona el texto latino junto con el vacío de poder tan grato a las gentes de estas tierras.

La famosa batalla de Guadalete no enfrentó a españoles y árabes, sino a españoles de distintas ideologías. De hecho —y esto es definitivo— quien dirigía los ejércitos oponentes a los de Don Rodrigo era Don Opas, obispo arriano de Sevilla. ¿Qué quién era Taric? Un godo con puro nombre germánico, cuyo sufíjo "ic" se traduce como "hijo de". Es decir que Taric es el hijo de Tar. ¿De dónde venía Taric? Pues de Tánger, territorio gobernado por los godos y reminiscencia de la antigua provincia romana de Tingitania. Así se comprende que el conde Don Julián, gobernador de Algeciras del bando de los unitarios, ayudara a desembarcar a Taric y sus huestes en la Península, entre las que bien podía haber soldados bereberes que no hablaban el árabe ni eran musulmanes para nada.

Una vez derrotados los trinitarios en la persona de Don Rodrigo, último rey de la dinastía goda, y si Dios era Uno, Cristo un profeta y el arrianismo permitía la poligamia, práctica común entre los antiguos iberos y los judíos sefarditas ¿Qué necesidad había de una invasión para que los españoles se fueran islamizando paulatinamente?

Con posterioridad a Guadalete, las ideas venidas de Oriente van entrando por los puertos andaluces. Para esta región, profundamente romanizada, era más apta la civilización islámica que la rudimentaria visigótica. Poco a poco se va abandonando el latín, lengua de los trinitarios, y se adopta el árabe que aporta mayores conocimientos de medicina, astronomía y matemática. En el siglo IX estos fenómenos alcanzarán gran importancia, dando nueva vida a energías espirituales ya existentes.

Para el pueblo era preferible una religión sencilla, semejante a la propuesta por Muhámmad en el Corán, a las complicadas disputas teológicas cristianas entre trinitarios y unitarios, religión que se fue imponiendo a partir del siglo X, a medida que los contactos con Oriente eran más, profundos. Abderrahman I consiguió hacer la síntesis entre ambas culturas y con su hijo Al Hakam, Córdoba alcanza un esplendor desconocido en los reinos cristianos de la Alta Edad Media. Los llamados Omeyas, andaluces arabizados en sus nombres por el prestigio que suponía descender del tal linaje, consiguen elevar Al‑Andalus al máximo esplendor. Tienen que vencer resistencias internas, ortodoxias intransigentes y sublevaciones, pero con Abderahman II se realiza la luna de miel andalusí en el contexto de un renacimiento cultural y urbanístico reforzado por las relaciones con Oriente. En Córdoba se unifican los emiratos independientes creándose el gran califato con Abderramán 111, de gran liberalidad y prestigio. Otro dato. El califa incrementa infinidad de relaciones diplomáticas y comerciales con gran parte del mundo conocido, incluidos los reinos cristianos. Pero extrañamente, de nuevo, los Omeya están mucho más relacionados con Bizancio que con Damasco o Bagdad.

Nunca he sentido más profundamente el espíritu de estos siglos gloriosos como prendido en las ruinas aquiescentes de Medina Azahara, en el silencio cómplice de piedras y cielo, matojos y horizonte. Testimonio presente y lúgubre del gran poder califal de nuestros Omeyas. Fueron precisamente los mercenarios bereberes, llamados a la Península por un guerrero cruel y ambicioso, Almanzor, los autores de su ruina. El poeta Ibn Hazm narra así la desolación:

 "La ruina lo ha trastocado todo. La prosperidad se ha cambiado en estéril desierto, la sociedad, en soledad espantosa, la belleza, en escombros dispersos, la tranquilidad, en encrucijadas aterradoras. Ahora son asilo de los lobos, juguete de los ogros, diversión de los genios y escondite de las fieras los pajares que habitaban hombres como leones y vírgenes como estatuas de marfil, cuyas manos derramaban innumerables favores..."

En el 1031 se destituye al último califa, Hisam III, y surgen los reinos taifas independientes. En 1062 irrumpen desde el norte de África los almorávides, fieros musulmanes ortodoxos, destructores y sanguinarios, de modo que hasta los reyes cristianos acuden en ayuda de Al‑Andalus. Esto sí que fue una invasión contra la que los andaluces lucharon cruentamente. Además si los almorávides eran ortodoxos, se deduce que los andaluces no lo eran, sino que habían adaptado el Islam a un sincretismo ya existente en la mayoría de la población.

Unos años más tarde una nueva invasión, la de los almohades, reunifica a la fuerza el territorio andalusí, pero al ser derrotados por los cristianos en las Navas de Tolosa, resucitan de nuevo los reinos taifas. Sobrevive a todos ellos el reino taifa de Granada, gobernado por la dinastía nazarí. Poco a poco, en una conquista lenta que durará ocho siglos, los descendientes del bando de los trinitarios se han ido haciendo fuerte en sus reductos del norte y van invadiendo palmo a palmo todas las tierras de España. Pero la historia de todos estos siglos está construida sobre malos entendidos de base. ¿Cómo es posible que a la realidad se impusiera la leyenda por no decir la patraña? La génesis completa sería larga de explicar, pero bastarán algunos datos para iluminar el viaje de ¡da y vuelta al corazón de la fantasía y los terrores apocalípticos.

Comenzaré por la fuente oriental. Jóvenes hispanos convertidos a la nueva religión musulmana viajaron en el siglo IX a El Cairo para tomar lecciones de renombrados maestros o alfaquíes. Uno de estos jóvenes, Ibn Habib, es el que primeramente nos trae la noticia del supuesto desembarco de un Taric árabe al frente de aguerridos ejércitos islámicos y las posteriores aventuras de Muza en nuestro territorio. En su relato, todo discurre a la manera fantástica de "Las mil y una noches". Lo más extraño es que estos hechos hayan acaecido un siglo antes de su periplo por las tierras del Nilo. Y digo extraño porque los hispanos no tenían noticia de tan fabulosos acontecimientos. Las hazañas, absolutamente inverosímiles, sólo poseen una clave para entroncar con la realidad: la providencia de Alá para con sus fieles incondicionales. Por los frutos posteriores está fuera de duda que Ibn Habib creó escuela.

Respecto al origen del mito en nuestro propio solar, el viaje nos lleva a las montañas del norte, núcleo de la resistencia trinitaria y hontanar de infinitas campañas bélicas que tendrán por misión la destrucción del infiel, de la prole de Satán, de la Bestia apocalíptica.

Resulta que también en el siglo IX, un obispo de Córdoba, Eulogio, después de un viaje a Navarra, divulga un texto anónimo sobre la biografía de Muhámmad que él ha descubierto en la biblioteca del monasterio de Leyre: "Cuando últimamente me hallaba en la ciudad de Pamplona y moraba en el monasterio de Leyre, hojeé todos los libros que estaban allí reunidos, leyendo los para mí desconocidos. De repente, descubrí en una parte cualquiera de un opúsculo anónimo la historieta de un profeta nefando." Esto dice un obispo cristiano residente en el corazón mismo del califato, de la ciudad conquistada primeramente por los supuestos árabes portadores de la verdad de Muhámmad, profeta que él desconocía absolutamente. En fin, la impresión sufrida fue tan grande que se apresuró a copiar el texto y mandarlo a sus amigos andaluces. Tres años más tarde a cuenta del anónimo e interpretándolo a la luz de los textos un tanto crípticos del profeta Daniel, un tal Álvaro de Córdoba redacta un comentario identificando a Muhámmad con el Anticristo. En él intenta demostrar que "cierta" herejía que dominaba España constituye la prueba más definitiva de que el Apocalipsis final está cerca. Esta cierta herejía no es otra que el unitarismo arriano.

Existía por entonces una gran pasión por los comentarios apocalípticos que eran como la literatura de la resistencia de los trinitarios vencidos, literatura perdida en los valles cántabros, pero eficaz detonante de la agresividad guerrera. La cumbre de esta literatura apocalíptica es alcanzada por Beato, abad del monasterio de San Toribio en el valle de Liébana. Beato, posiblemente originario de la Bética, debió de ser uno de los muchos emigrados de las tierras dominadas por los unitarios. Allí, en Liébana, rincón inaccesible y olvidado, lejos del mundo, organizó el monje su campaña política de resistencia. Claro que él jamás habló de Muhámmad porque no sabía quien era: él sólo potenciaba esa actitud de superioridad de los "justos" llamados a sentarse a la diestra del Padre para juzgar y condenar a los réprobos. No era poco.

La conclusión de Álvaro, después de haber conocido al "nefando profeta" e identificarlo con el Anticristo, es que España había sido invadida por los partidarios de semejante demonio —los árabes— que habían derrotado a los jefes godos por sus innumerables crímenes. Los únicos "limpios", los trinitarios, serían los llamados a restituir el Reino de Cristo en España. Todo esto, aunque muy lejano en el tiempo, puede resultamos muy presente en la ideología, algo así como una neurosis de repetición que florece en España de tanto en tanto y con cierta triste frecuencia. En definitiva, que estos bulos, fantasías e interpretaciones pseudológicas vinieron de perlas a los vencedores para escribir una historia que no era la real y aparecer a la faz de los pueblos de España como los liberadores de una fuerza invasora e infiel.

Es comprensible que a pesar de todos estos argumentos muchos puedan seguir considerando que existen evidencias incontrovertibles capaces de desmoronar el edificio teórico y lógico que contradice la realidad. Colosal, grandiosa en su fuerza pétrea, aparece como argumento definitivo la presencia de la mezquita de Córdoba. ¿Quién pudo concebir semejante monumento con sus celosías, arcos de herradura y geometrías iconoclastas más que la cultura árabe, exportadora de su arte al mundo conquistado?

De todos modos, es relativamente fácil demostrar la supuesta evidencia con un mínimo de reflexión y la constatación de edificios anteriores construidos por los hispanos en la época goda. Sin duda que la mezquita de Córdoba hace gala de una expresión arquitectónica exótica frente a monumentos típicamente cristianos y construidos posteriormente, como las catedrales de Burgos o León, pero no es tan exótica si la comparamos con iglesias anteriores al siglo VIII, como, por ejemplo, la de San Vitale de Rávena.

Así como el arte románico se ha identificado con el arco de medio punto y el gótico con el arco ojival basándose en la más pura evidencia, no entiendo por qué el arte musulmán —de origen árabe— se ha identificado con el arco de herradura. Consecuencia de esta interpretación es que se haya llamado arte mozárabe a las iglesias cristianas construidas sobre arcos de herradura y otras características concomitantes al arte musulmán, afirmándose que fueron hechas por constructores cristianos que provenían de zonas islamizadas. Pues bien, prototipo de iglesia con características mozárabes es Sanjuan de Baños, construida en el año 661 por Recesvinto, antes de la supuesta invasión. Lo mismo podemos afirmar de San Pedro de la Nave, de la cripta de la catedral de Palencia o de San Pedro de la Mata en la provincia de Toledo. Sobre este modelo se construyeron otras iglesias posteriores, entre las que destaca por su perfección la de San Miguel de la Escalada. Es decir, que el arte mozárabe no existe como tal y el arco de herradura es una invención hispana de la época visigótica que luego es exportado a Oriente.

Por otro lado sabemos que la mezquita de Córdoba no es más que una remodelación de la basílica cristiana de San Vicente, posiblemente perteneciente al culto arriano tan difundido en la Bética. Incluso sabemos que fueron artistas bizantinos los que participaron en las posteriores ampliaciones, cuestión que no debe extrañarnos ya que Bizancio tuvo asentamientos en nuestras costas durante casi un siglo, siendo definitivamente expulsados por Suintila que sube al trono en el 621. El bosque de columnas que nos maravilla en la mezquita de Córdoba era ya una característica existente en la antigua basílica. Posiblemente este modelo fue tomado de antiguas sinagogas judías que luego pasaron al culto cristiano.

Para no extenderme excesivamente sobre el tema copio un párrafo de la obra de Olagüe aclarando unos conceptos que habrán de tomarse en cuenta a la hora de hacer una futura revisión del arte y la historia de nuestro país: "Contrariamente a los manuales de historia, no se hallaba en el siglo X España dividida desde el punto de vista intelectual, y por tanto artístico, en dos campos irreductibles. La frontera física que separaba a los árabes, léase los musulmanes, de los cristianos, era una abstracción concebida en los tiempos modernos. Los trinitarios y los partidarios del unitarismo, los iconoclastas y los imagineros no han podido identificarse en su tiempo con un estilo particular que les hubiera permitido edificar los templos de su fe".

 * La España herética, ed. Icaria 1986, pp. 83-98

 

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