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Kâfir y mûmin en Guantánamo

27/01/2002 - Autor: Abdelkarim Osuna
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De la isla de Guantánamo nos han llegado las imágenes de los presos talibanes. No vamos a denunciar los malos tratos, pues estos días tenemos tantas cosas que denunciar que de hacerlo no nos quedaría tiempo para nada más. Dando por hecho que todos los lectores se han horrorizado, hemos querido ir más allá de ese horror y hacer una lectura de lo que esas imágenes despiertan en nosotros, interpretarlas como un Signo.

En un primer momento solo vemos a unos hombres tratando de destruir a otros. Miramos la imagen y vemos un ejercicio de poder extremo, una maquinaria científicamente preparada para arrancar al hombre de si mismo, de cortarle el acceso a sus propios sentidos: tapándole la vista, el tacto, el habla, los oídos. En este nivel la imagen no puede ser más clara: los soldados representan un poder que trata de poseer la voluntad del "otro", y los talibanes son gentes que se han opuesto a ese poder, negándose a aceptar la vida de artificio que ese poder impone. Esa negativa es el signo de que esos hombres están en el mundo de un modo que al poder se le ha escapado, que no es capaz de controlar con sus mecanismos habituales.

Para las autoridades norteamericanas la negativa de los talibanes a aceptar sus proyectos económicos, la construcción del gaseoducto, etc., es incomprensible, así como la decisión de todos esos hombres de irse a luchar a unas montañas para nada románticas. El castigo por esa negativa es verse sometido a un experimento de deshumanización científicamente planeado para romper su resistencia y convertirlo en una marioneta. Incluso el mismo nombre del campo ("Rayos X") denota la mentalidad entre experimental y cinematográfica que preside el encierro (de ahí que no se hayan resistido a la tentación de divulgar las imágenes que ahora comentamos: el espectáculo necesita del público para tener sentido).

La espiritualidad es el desarrollo de la sensibilidad más allá de los sentidos. A ese estado de sobrenaturaleza  se llega mediante la apertura a los signos: un modo inmediato de comunicarse con las cosas, de estar en el mundo, que nos hace capaces de "escuchar", ver y oír aquello que nos moviliza, la luz que nos guía hacia si desde el mismo centro de las cosas. Nosotros no podemos comprender lo que es sentir plenamente porque nacemos como anestesiados. Nos parece horrible lo que les hacen a esos hombres, pero nosotros mismos nos lo hacemos a diario: embotamiento sensorial: televisión, alcohol, drogas, coca-cola, sexo rápido, comida basura, competitividad, ausencia de ternura. El proceso a que se están viendo sometidos habla por sí mismo: ¿qué más claro testimonio de la actitud del kâfir contra el mûmin que la imagen de unos hombres tratando de quitarle la sensibilidad a otros...? ¿Quién sino esos hombres merece la ayuda de Al-lâh?

Los pensadores norteamericanos no alcanzan a comprender el comportamiento de los talibanes, así que tratan de desentrañarlo. Se trata de una imagen del hombre tratando de robarle los sentidos al hombre. Los talibanes no están siendo tratados como animales, sino que se combate contra su sensibilidad, considerando que es esa sensibilidad la que los hace capaces de enfrentarse a ellos. Lo que nos ha llamado la atención es el método empleado: la privación sensorial. La doctora Helen Bamber, de la Fundación Médica para la Atención a Víctimas de la Tortura ha trazado el cuadro "clínico" del caso:

"los prisioneros deben sentirse desestabilizados y probablemente se desmoronarán. También estarán sufriendo horribles alucinaciones, perderán el equilibrio y es posible que piensen que se han vuelto locos. Probablemente tendrán ataques de pánico, cambios de humor, terribles pesadillas, y se sentirán muy desequilibrados. La privación sensorial es un ataque contra la identidad que pone en peligro la noción de quienes son". 

En el nº 155 de webislam publicamos un capítulo de la obra de Martín Lings sobre el Shayj al-Alawî, Un santo sufí del siglo XX. En esta obra se explica que el Shayj al-Alawî tenía la costumbre de hacer que sus discípulos entrasen en lo que denominamos jawla: retiro espiritual. Martín Lings escribe:

 

"Si el re­cuerdo de Al-lâh es el aspecto positivo o celestial de toda mística, su aspecto negativo o terrenal es el renunciamiento a todo lo que no sea Al-lâh (...) una de las prácticas para conseguir la permanencia de este retiro interior es el aislamiento corporal, que, en una forma u otra, de manera constante o temporal, es una característica de casi todas las órdenes contemplativas". 

Sobre esta práctica, uno de los más destacados discípulos del Shayj al-Alawî, ‘Abd al‑Karîm Jossot cuenta que el Shayj le dijo: 

La jalwa es una celda en la que pongo al novicio después que me ha jurado no abandonarla durante cuarenta días si fuese necesario. En este oratorio no debe hacer nada más que repetir incesantemente, día y noche, el Nombre Divino (Al-lâh), alargando en cada invocación la síla­ba "ah" hasta que se le acaba el aliento. Previamente debe haber recitado la Shahâda (lâ ilâha illa‑L-lâh), setenta y cinco mil veces. Durante la jalwa ayuna estrictamente durante el día y sólo rompe el ayuno entre la puesta del sol y el alba... Algunos fuqarâ obtienen la iluminación súbita al cabo de unos minutos, otros sólo la obtienen al cabo de varios días, y otros al cabo de varias semanas. Conozco a un faqír que esperó ocho meses. Cada mañana me decía: "Mi corazón está todavía demasiado endurecido", y continuaba su jalwa. Al final sus es­fuerzos fueron recompensados. 

Pero, ¿qué sucede exactamente en una jawla? ¿acaso existe algún tipo de conexión entre ello y la "privación sensorial" a la cual los presos de Guantánamo se están viendo sometidos? Es a partir de establecer esta extraña conexión entre un retiro espiritual voluntario y un encierro forzoso cuando he empezado a percibir otra cosa en esas imágenes, re-leído esas imágenes a partir de un presentimiento: ¿y si en verdad la realidad de lo que nos presentan no fuese exactamente esa? ¿y si esas imágenes afectasen tan solo a una dimensión (profana) de la vida, y que en realidad lo que estuviese sucediendo fuese un sacrificio, la entrega de la víctima a la eternidad de donde nace? ¿y si Al-lâh estuviese utilizando todo eso para tener más cerca de si a los creyentes, estrecharlos fuertemente junto a si...?

Es evidente que esta comparación no es en absoluto pertinente, pues en el retiro espiritual existe una voluntad manifiesta, así como una preparación psicológica previa, mientras que en el encierro se dan unas condiciones de violencia externa que quiere destruirlos. El encierro voluntario se realiza asistido por un Shayj o en un marco de conocimiento... Mientras que el marco en el cual despiertan cada día los talibanes de Guantánamo no tiene nada que ver con eso, sino con las perversiones más aborrecibles. Sé que es así, pero no puedo olvidar que esos hombres son musulmanes, personas que han decidido someter voluntariamente su vida al Creador de los mundos, que saben que no existe nada salvo Al-lâh, y que Él es el Único, Insondable. Es decir: no se hayan en el marco apropiado para desarrollar positivamente lo que les ha tocado vivir, pero poseen la protección de su Islam como única posibilidad de transformar el terror en otra cosa.

Para expresar lo que puede llegar a suceder en un encierro realizado sin un guía, debo referirme a la única experiencia a la cual he tenido acceso. Todos los contemplativos desaconsejan esta clase de retiros, realizados caóticamente, sin la preparación precisa. Son muchos los peligros que se corren, del tipo de los señalados por la doctora Bamber: "estarán sufriendo horribles alucinaciones, perderán el equilibrio y es posible que piensen que se han vuelto locos. Probablemente tendrán ataques de pánico, cambios de humor, terribles pesadillas". Podría buscar en la literatura mística, opiniones de sabios que describen los procesos internos del novicio, o bucear en la literatura de la psicología clínica, pero he creído más gráfico reproducir un fragmento de escatología. En este fragmento (muy literario, escrito a posteriori) se refiere a un estado próximo al de la privación sensorial:

Hay un sabor a células y barro, sabor a sangre en la boca enterrada, sopor de cielo negro en la mirada. La noche, la inmensa medianoche tiene que cruzar muy lentamente, tiene que ir de un lado a otro del cerebro arrasando con todo. Al ocultarse nos obliga a imaginarla viva, a verla en la conciencia, a verla sin ojos, en nuestro corazón desheredado, poblado por tifones, por monstruos y titanes. Los oídos se cubren con un manto de seda negra, bajo el cual los suspiros estallan sin destino. Tocamos sombras y tocamos restos, la descomposición de nuestro cuerpo en barro, la creación desde la nada... En las capas oscuras de la muerte, en los estratos minerales de un cuerpo grande como una montaña, en tu propio y viscoso interior, existe un precipicio. Es mucho más que oscuro, su apariencia es caótica y salvaje, es un pozo de pozos, la quintaesencia de los pozos. Ese precipicio te reclama: la muerte reclama tu desnudez de miedo. Reclama de ti todas las fantasías, todas las creencias, todas las coartadas, te reclama como cuerpo desnudo y expuesto a la mirada de las ratas, te reclama como hombre, y no como ingeniero, estudiante, poeta, español, peruano, tendero, judío, creyente o europeo. Te reclama sin nada de todo eso, sin ni siquiera nombre, sin ningún signo distintivo, sin rostro y sin pasado, sin color de cabellos ni de ojos, tan solo como cosa viva, conglomerado de huesos y de sangre, de venas y de nervios, te reclama el estómago vacío, las vísceras hinchadas, los ojos arrancados.

Ese precipicio, lo creas o no, es Al-lâh.  

Este fragmento se refiere a la inmersión en lo que Jacob Bohëme llamaba el "ungrund": el abismo sin fondo de lo indeterminado, en el cual nace el espíritu. También podríamos evocar la "luz negra" fisiológica de los teósofos persas evocada por Corbin en El hombre de luz en el sufismo iranio, y que nuestro hermano Hashim Ibrahim Cabrera nos está hablando ahora en sus Jutbas de los conversos. La luz negra está asociada con el Profeta Isa (la paz de Al-lâh y Su salat sean con él) y éste con la fuga de la muerte. El sentimiento dominante es el de descomposición, y no otra cosa les puede estar pasando a los talibanes. La descomposición afecta sobretodo a la propia personalidad, de ahí que la doctora Bamber diga que: "la privación sensorial es un ataque contra la identidad que pone en peligro la noción de quienes son". Lo curioso es que esto parecido a lo que el novicio busca en la jawla: romper los límites del ego para "recomponerlos" en Al-lâh. Romper con la propia identidad es encontrar la universalidad del hombre, ese estado adámico de toda criatura antes de verse mediatizada, limitada a unas determinadas condiciones. Se necesita una gran fortaleza para superar esa prueba. Se necesita, verdaderamente, la ayuda de Al-lâh subhanna wa ta’ala para no quedar atrapados en el abismo de nuestra propia nada...

En las prácticas de iniciación, la privación sensorial tiene como objeto arrancar nuestros sentidos del tiempo lineal, donde los sabores se van uno tras de otro, para centrarlos en el tiempo presente, en lo absoluto del instante. Me explico (y trataré de hacerlo de la manera más gráfica posible, aún a riesgo de caer en la caricatura): si vamos deprisa no tenemos tiempo de captar del todo los sabores y olores que la Creación nos ofrece. Cuando nos cruzamos con una imagen o un paisaje hermoso necesitamos pararnos, tratando de retenerla el mayor tiempo posible. Dado que el instante tiene una dimensión interna que puede prolongarse, la privación sensorial consiste en realizar ese parón hasta el punto de que esa temporalidad interna (circular) del instante se superponga en nuestra cotidianeidad a su dimensión causal (lineal). Es por eso que se trata de romper la conexión casual entre las cosas, con el objeto de ver que una cosa no sucede tras otra como un añadido, sino que cada instante aparece desde si mismo como una teofanía. Se trata pues de negar la sensibilidad en un plano para afirmarla en otro plano. El primero es lo que en árabe se llama el "Dunia": el mundo de las apariencias, donde todo sucede como consecuencia de otra causa, donde nada nos moviliza ni conmueve verdaderamente. El otro mundo es el "Ajira": la presencia absoluta del instante, donde captamos a través de los sentidos la luminosidad del mundo.

Quien ha pasado experimentalmente (aunque sea en alguna ocasión) del Dunia (lo mundano) al Ajira (el "Jardín") sabe que son el mismo mundo, que se corresponden milímetro a milímetro. Lo único que ha cambiado es su percepción de las cosas y los actos, su captación del carácter simbólico del mundo.

Pero a aquellos que han llegado a creer y hacen buenas obras dales buenas nuevas de que tendrán jardines por los que corren arroyos.
Siempre que se les den, como sustento, frutos de ellos, dirán:
"¡Esto es lo que antes recibíamos como sustento!"
(Qur’an, Sura 2 Al-Baqara, ayat 26) 

Ahora mismo estamos en el Ajira, ahora estamos en el Dunia: lo que llamamos espiritualidad es una cuestión de sensibilidad. En los procesos iniciáticos, y en diversas culturas, en el trayecto de uno a otro estadio se realizan prácticas que podríamos calificar de privación sensorial. Existe un punto en el cual ya hemos penetrado, cruzado la frontera. Ya que tratamos de Cuba citaré al poeta cubano Lezama Lima: "a partir de un momento no hay retorno, ese momento es el que debemos alcanzar". A partir de ahí el hombre ya se ha hecho "capaz de Al-lâh", de reconocer la luminosidad del mundo.

En el Qur’an se llama mûmin al ser que mantiene la actitud de apertura (imân) de sus sentidos a la luminosidad del mundo y kafir a quien rechaza que esa luminosidad exista. Del mismo modo que el mûmin se desplaza del Dunia al Ajira, el kâfir se desplaza desde el Dunia al Nâr. El uno camina hacia el instante, el otro en busca del poder hacia la historia. Para tener poder hay que insensibilizarse ante el dolor ajeno, hay que ser absolutamente despiadado, calcular los beneficios fríamente. Es por eso que el Qur’an nos dice que kâfir (lejos de ser un ateo o un infiel, como se traduce habitualmente) es aquel que tiene "embotados los sentidos":

 "Al-lâh ha sellado sus corazones y sus oídos,
y sobre sus ojos hay un velo:..."
(Qur’an, Sura 2 Al-Baqara, ayat 7) 

Esos hombres son los kafirunes, que no han despertado el cuerpo sutil, que tienen ojos que no sienten, oídos que no piensan. El kâfir no solo rechaza sino que combate toda posibilidad de trascender el Dunia, pues esa trascendencia hace que su poder carezca de sentido. Mientras más trata de controlar el mundo más se acerca al Fuego (Nâr). Mientras más controla más poder ficticio acapara, más capaz se hace de inventarse nuevos modos de destrucción de cualquier forma de sensibilidad que nos permita superar la dispersión, quedando liberarnos de la historia.

Existe una surat del Qur’an que expresa está doble realidad simbólica de una manera explícita. Se trata, precisamente, de al-Kâfirûn (la 109), y en la que se expresa los dos caminos corriendo en paralelo, sin poder tocarse:

Di: ¡Oh, vosotros, los kâfirûn!:

No  reconozco como Señor lo que reconocéis,

ni vosotros reconocéis como Señor lo que reconozco.

Yo no soy reconocedor de lo que habéis reconocido,

ni vosotros sois reconocedores de lo que reconozco.

Tenéis vuestro camino y yo tengo mi camino. 

Esta sura dice que no existe un encuentro real entre kâfir y mûmin. Esto no quiere decir que el musulmán no hable con el que no es musulmán, sino que aún compartiendo en apariencia el espacio sin matices del Dunia, en realidad cada uno habita una realidad distinta: el kafir en el Fuego, el mûmin en el Ajira.

«y aquel que rechaza (man yakfur) utilizar su imân (bi-l-îmâni) sus actos entonces serán vacuos y él en el Ajira sería en medio de los perdedores».  

Aquel que rechaza utilizar su imân es aquel que no realiza la apertura de sus sentidos. Los tiempos verbales son éstos: no dice: "estará en medio de los perdedores" sino "sería". Es decir: en caso de considerarlo como un mûmin, sería de los perdedores.

Volvamos a Guantánamo, para tratar de contestar a la última pregunta: ¿qué está sucediendo? ¿cuál es la posición de los unos y los otros desde el punto de vista de la escatología? Leamos, pues, el signo de Guantánamo: aquí nos encontramos la imagen del kâfir tratando de destruir al mûmin, tratando de privarle de sus sentidos. Se trata de un experimento "religioso".

Si nos fijamos en las imágenes de Guantánamo desde el punto de vista del Dunia, vemos una realidad desplegándose ante nosotros: unos soldados que vencen sobre otros. Pero si traspasamos los velos y nos dirigimos al corazón de la imagen, a su centro (a ese punto desde el cual, recordémoslo, no hay retorno) el valor de la imagen se invierte, y nos damos cuenta de que los soldados norteamericanos se mantienen presos de esas imágenes, rondando las rejas de la cárcel que creen haber construido para encerrar a los creyentes, pero en la cual los presos verdaderos son ellos mismos: pues están "entre los perdedores". Por el contrario, si comprendemos que esa prisión es el Dunia que se desdobla para convocarnos al Jardín o al Fuego, comprendemos que mientras los Kûfara viven en la cárcel los mumin viven en estado de jawla, y ya estaremos preparados para reconocer que en verdad los talibanes están siendo entregados al Ajira, donde la misericordia infinita de Al-lâh habrá de recogerlos.

Combatir el Islam es combatir la propia sensibilidad del hombre, el hecho de que tenga ojos para la belleza, oídos para escuchar a los malaikas, un rostro para responder a la llamada de la lluvia, un tacto a través del cual intuir la pura presencia de Al-lâh en la criatura. Una serie de verdades eternas que el Islam está haciendo evidentes una vez más aquí y ahora. Una capacidad de resistencia capaz de ir más allá de lo pensable, una plena conciencia de Al-lâh que hace del hombre un ser invulnerable.

Pero solo Al-lâh sabe.

Quiero proponer un du’a por nuestros hermanos musulmanes encerrados en Guantánamo, un du’a pidiéndole a Alâh subhana wa ta’ala que les asista en el momento en que sientan al ángel de la muerte rodeándolos despacio, en el que sientan como el suelo desaparece bajo sus pies y el universo se reduce a un punto...

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