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Jutba de la primera humanidad

25/01/2002 - Autor: Hashim Cabrera
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Jutba de la primera humanidad
Jutba de la primera humanidad

Estuvimos hablando de la primera humanidad, del maqam de Adam, la paz sea con él, vivido por aquellos primeros habitantes de la tierra, y de su reflejo en nuestra memoria más antigua. Allah crea a la humanidad en un instante para ir luego dándole forma, modelándola según una Sabiduría cuyo verdadero alcance se nos escapa. El ser humano fue exiliado a la tierra del olvido para poder suscitarle así el recuerdo y el regreso a la Realidad.

Esa primera humanidad es una comunidad sin ley, sin criterio, sin guía. Adam, la paz sea con él, no trae ningún mensaje, sólo es portador del conocimiento de los nombres de las cosas. La historia de la humanidad se inicia, por tanto, en un exilio, en un extrañamiento. Según el Qur’an, el primer profeta que es portador de un mensaje divino es Nuh, la paz sea con él:

"Ciertamente, te hemos inspirado, Oh Profeta, como inspiramos a Nuh y a todos los profetas después de él…"

(Surat 4 An Nisa, aya 163)

A partir de él, Allah enviará a la tierra a una serie de hombres guiados e inspirados que tienen como misión transmitir criterio, guía, iluminación. Ellos son los maestros de la humanidad, los que advierten de los peligros y señalan los velos y los límites que nos mantienen prisioneros en el exilio de las sombras. Son advertidores, amonestadores, poseedores de la Hikma, de un conocimiento divino que les es transmitido por Allah para que, a su vez, ellos nos lo transmitan a nosotros.

No tiene ningún sentido imaginar que Allah iba a crear al ser humano para hacerlo vivir en un estado de desgracia. Sin embargo, la ciencia de la creación exige de la contradicción y de la polaridad. Tampoco la advertencia y la amonestación contenidas en el mensaje tienen la finalidad de amargarle la vida al ser humano, como dice el Qur’an:

"¡Oh hombre! No hemos hecho descender este Qur’án sobre ti para hacerte desgraciado."

(Sura 20, Ta Ha, Oh Hombre, aya 1)

A la luz de las historias contenidas en el Qur’an y en los libros antiguos de sabiduría, podemos deducir que aquella primera humanidad estaba entregada a una existencia desordenada y caótica.

Las historias de Nuh, Lut, Iunus, e Idris, la paz sea con ellos, nos hablan de ello extensa y repetidamente. En esa oscura humanidad, Allah comienza a enviar a sus mensajeros para iluminarla. Ninguna criatura queda desasistida de Allah, ningún ser humano puede quedar privado de Su Luz. Por eso Allah nos dice que:

"Cada comunidad ha tenido un enviado; y sólo una vez que su enviado ha aparecido y ha transmitido su mensaje son juzgados con total equidad; y no son tratados injustamente."

(Sura 10, Iunus, aya 47)

Es el juicio y el criterio lo que nos señala la puerta de salida a la luz, la condición para que nuestra libertad sea verdaderamente responsable. Sólo así podemos ser juzgados. Sin la posibilidad del conocimiento no se puede exigir responsabilidad. En otra sura encontramos también:

"Y Allah proseguirá, diciendo: ‘¡Vosotros que habéis vivido en estrecha comunión con malvados seres invisibles y seres humanos afines a ellos! ¿Acaso no os llegaron enviados de entre vosotros que os advirtieron de la llegada de este vuestro Día del Juicio?’

Dirán: ‘¡Atestiguamos contra nosotros mismos!’ --pues la vida de este mundo les ha seducido: y darán testimonio contra sí mismos de que, ciertamente, rechazaron la verdad.

Y es así porque tu Sustentador no destruye a una comunidad por su perversión mientras sus habitantes son aún ignorantes del significado del bien y el mal: pues todos serán juzgados conforme a sus actos conscientes y tu Sustentador no está desatento a lo que hacen."

(Sura 6, Al Anaam. Ayats 130-132)

La misión de los profetas es acrecentar la conciencia, enseñar a los seres humanos a distinguir la verdad escondida entre los velos, sacarlos del exilio. Así, una vez conocido el mensaje, podemos decidir libremente entre aceptarlo o rechazarlo. Esa es la expresión básica de nuestra condición y de nuestra libertad. Por eso ninguna criatura quiso ser depositaria de la ámana de Allah, por la responsabilidad que se deriva de ella.

Porque si aceptamos la revelación como verdadera y luego la rechazamos, caemos en el más denso de los velos, negando aquello que se nos muestra como real. La realidad está viva en nosotros. Somos seres conscientes y esa conciencia es lo único que tenemos. Para nosotros, la conciencia es, fundamentalmente, responsabilidad. Somos responsables de lo que sabemos. Cada ser humano que es alcanzado por la revelación es responsable de ella, del conocimiento que implica.

En el surat Al Aaraf, la facultad de discernir, Allah nos dice:

"Ciertamente, enviamos a Nuh a su gente, y dijo: ‘¡Pueblo mío! ¡Adorad sólo a Allah: no tenéis más deidad que Él. En verdad, temo por vosotros el castigo de un Día terrible!"

Los dignatarios de su gente respondieron: ‘¡En verdad, vemos que estás claramente extraviado!’

Nuh dijo: ‘¡Pueblo mío! No hay en mí extravío sino que soy un enviado del Sustentador de todos los mundos. Os traigo los mensajes de mi Sustentador y os doy buen consejo: pues sé por revelación de Allah lo que vosotros no sabéis. ¿Os resulta extraño que os llegue una amonestación de vuestro Sustentador a través de un hombre de entre vosotros mismos, para que os advierta, y para que os hagáis conscientes de Dios, y seáis agraciados con Su misericordia?’

¡Y aún así le desmintieron! Y entonces, le salvamos a él y a los que estaban con él, en el arca, y ahogamos a quienes desmintieron Nuestros mensajes: ¡en verdad, eran una gente ciega!

(Sura 7. Al Aaaraf, La facultad de discernimiento, ayats 59-64)

El mensaje que Nuh inaugura en esta tierra es el mensaje del Tawhid, de la unicidad de lo real, frente a la aparente diversidad que exhiben las criaturas. Allah nos conoce muy bien, mejor que nosotros mismos. Él sabe que, cuando nos afecta una prueba intensamente nos volvemos hacia Él, y que cuando nos aligera la carga tenemos tendencia al extravío. Hay que sentir de verdad el exilio de Allah para que se suscite en nosotros con fuerza el deseo de retornar a Él. Esa prueba muchas veces dolorosa es la purificación necesaria para que se esclarezcan nuestras conciencias enturbiadas.

Los dignatarios de todos los tiempos, los poderosos, los agraciados con la facilidad, no suelen estar abiertos a la trascendencia. Están ocupados con los asuntos del mundo, con sus placeres, sus bienes, sus imágenes interiores y sus conceptos.

Los dignatarios del tiempo de Nuh le desmintieron, como desmintieron a todos los profetas las gentes que disfrutaban de algún poder terrenal.

Por eso debemos valorar más el sentido de las dificultades y las pruebas que Allah nos impone, porque hay en ellas una misericordia escondida, un conocimiento que nos hace falta para poder realizarnos como siervos de Allah.

Tratamos de ser musulmanes, de someternos a Allah, a la Realidad Única, de seguir la Vía que Él ha trazado para nosotros. Sentimos la verdad que hay en el Qur’an y muchas veces no comprendemos por qué hay tanta gente que se obstina en negar a Allah, en negar cualquier posibilidad de trascendencia. Nos duele la incomprensión de los que no creen, su ironía, y a veces su burla no disimulada. Alguna vez nos ha afectado ser tratados como incautos, o como ingenuos, o como alienados. Pero ese dolor no nos corresponde. No es un dolor que tenga base real ninguna, porque ni siquiera los profetas, en sus corazones compasivos, podían, por sí mismos, por su voluntad, hacer que los corazones enturbiados se volvieran hacia la luz.

La incomprensión hacia los creyentes forma parte del velo de esas criaturas obstinadas. Nosotros no podemos hacer nada más que transmitir de la mejor manera nuestros latidos, nuestras vibraciones. Es Allah quien tienen el poder de abrir y cerrar los corazones y por eso le hacemos du’a:

Oh Allah: dános la conciencia de nuestras pruebas, el sentido purificador que tiene nuestro pesar.

Amin.

2.

En jutbas sucesivos vamos a recorrer, con la ayuda de Allah, el itinerario que Nuh inaugura, tratando de encontrar el sentido de esa primera revelación que llega al ser humano desde la Rahma de Allah.

Veremos que la purificación que va a experimentar la humanidad en estos tiempos iniciales adquiere tintes escatológicos: Nínive, Sodoma, Irem, la de las altas columnas, Babel y Babilonia y tantas otras ciudades de la antigüedad serán destruidas con sus habitantes. A todos ellos les llegó el mensaje del tawhid, pero, salvo Nínive, el resto de las comunidades fueron violentamente destruidas mediante el agua, el fuego y todo tipo de desastres indescriptibles. Sus habitantes habían sido advertidos y habían desmentido. Perecen quienes se obstinan una y otra vez en negar la realidad trascendente, quienes se aferran a los velos. Subsisten aquellos que hacen suyo el mensaje, los profetas y quienes les siguen.

"Y luego, después de él, enviamos a otros emisarios --cada uno a su gente-- y les trajeron todas las pruebas de la verdad; pero no estaban dispuestos a creer en algo que ya hubieran desmentido antes: así es como sellamos los corazones de quienes acostumbran a transgredir los límites de lo correcto."

(Sura 10 Iunus, aya 74)

La obstinación es, sobre todo, pérdida de flexibilidad. Los corazones son sellados mediante su endurecimiento, que les hace incapaces de latir armoniosamente en la realidad. Un corazón abierto a la revelación de Allah es un corazón siempre joven, siempre atento a responder a la luz. Un corazón sellado está fijo en las imágenes, detenido su pálpito en la imaginación, roto su latido en el shirk.

Por eso, muchos de aquellos que desmienten a los creyentes lo hacen por obstinación, o por comodidad, o por costumbre, o sencillamente porque tratan de mantener un estado de placer y disfrute de forma indefinida. Los resultados para las comunidades y los individuos son atroces. Si sólo se detuvieran un momento a escuchar, sus corazones devolverían un eco, pero no, se han secado y endurecido como la tierra y acaban agrietándose irreversiblemente.

Esa es una de las enseñanzas que inaugura la revelación divina con el profeta Nuh, la paz sea con él. La humanidad perdida en la fragmentación de los nombres y de las cosas va a recibir la posibilidad de reencontrarse a sí misma a través de una palabra inspirada, va a adquirir la posibilidad del sentido, de la dirección y del criterio para escapar de ese exilio adámico.

La visión de los tiempos antiguos que Allah nos provoca en Su Qur’an está cargada de fuerza y violencia. Un planeta inhóspito habitado por gentes enloquecidas y depravadas, entregadas absolutamente a la realización de sus deseos, unas conciencias absolutamente veladas, una humanidad inmersa en las sombras.

En esa deprimente comunidad es donde Allah va a suscitar una comunidad de seres humanos que tratarán, desde entonces, de someterse a la Realidad. El maqam de Nuh inaugura la silsila de los profetas y la comunidad de los musulmanes. Hasta ese momento la humanidad era una multitud sin guía, una turba cegada. Nuh se sitúa en el principio de la comunidad profética, de la Ummah de Allah. Desde entonces hasta ahora no han dejado de existir seres humanos luminosos e iluminadores. Pocos en número, es verdad, pero suficientes para que no desaparezca la conciencia de la realidad del corazón humano.

Pedimos a Allah por todos ellos, por los que han muerto y por aquellos que todavía están vivos.

Oh Allah: Haz que nuestro viaje a través de la oscuridad se vea siempre iluminado por una guía.

Amin.


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