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Carta de Znet español sobre la situación en Argentina

19/01/2002 - Autor: Cristina Feijóo y Lucio Salas - Fuente: zmag.org/ZNET.htm
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Queridos compañeros: durante estos días hemos recibido de parte de ustedes una gran cantidad de mensajes de solidaridad para con el pueblo argentino y su digna lucha, así como mensajes expresando preocupación por nuestra propia situación. Les agradecemos fraternalmente todas estas expresiones, muchas plenas de un afecto que no nos merecemos, y comenzamos por tranquilizarlos acerca de que sí, estamos bien, todo lo bien que puede estarse en las presentes circunstancias. Participamos de las acciones desde la retaguardia, porque somos cincuentones, y porque no queremos interferir demasiado con las luchas que protagonizan las nuevas generaciones. Hemos pasado en un par de días por las angustias que hicimos pasar a nuestros viejos hace treinta años y, como aquí todos saben que no hemos sido precisamente gandhianos y eso algún respeto nos otorga, hemos predicado la prudencia en los enfrentamientos. A ese respecto, una comunicación de Albert de hace unos meses nos fue de gran utilidad, pues afirmaba con sencillez y verdad que la violencia sólo puede ser útil en determinadas circunstancias, y que ir a enfrentamientos contra el poder represivo del Estado sólo ocasionalmente puede ser fructífero: ellos son especialistas en la muerte, y nosotros estamos por la vida. Por otra forma y condición de vida, naturalmente.

Aunque percibimos que la mayoría de ustedes tiene un buen grado de información sobre los sucesos —mejor que el de la mayoría de los argentinos, esclavos de lo que "les venden" los multimedias concentrados en dos o tres grupos—, vamos a hacer aquí una apretada y despelotada síntesis de los acontecimientos y un primer intento de interpretación. El alzamiento popular, que obligó al gobierno de la alianza a renunciar, comenzó poco después de las últimas medidas del ministro de economía depuesto, que "bancarizó" por decreto la economía y restringió el retiro de fondos a las empresas y a los particulares. La medida puede ser razonable en Europa o los EE.UU., pero aquí era absurda porque la gran mayoría de la población está totalmente al margen del sistema bancario, no dispone de cuentas o tarjetas de crédito, etc…

No lo hicieron por consideraciones racionales sino por la persistencia —altamente irracional— de pretender seguir pagando los intereses de una deuda externa de más de 150.000 millones de dólares. Esto ocasionó una gran escasez de moneda circulante y su consecuencia inmediata fue barrer de un plumazo con todo el sector de la "economía informal", que era de un 40 a un 50% del conjunto de la actividad económica. Así, en un par de semanas, la pobreza se transformó en hambre, literalmente, porque la gente que salía a hacer changas, —como cartoneros, vendedores ambulantes, paseadores de perros, electricistas, plomeros, etc. etc.—, es decir, los trabajadores que no estaban en relación de dependencia, perdieran sus escasos ingresos. Las "clases medias" (olviden toda categoría marxista: aquí ahora se habla de "clase media" cuando alguien tiene un empleo fijo), tenían que manejarse con los 250 dólares semanales que se podía retirar de los Bancos; con eso, "la clase media" apenas podía comer y pagar alguna que otra cuenta de servicios públicos que son, privatizados como corresponde al dogma neoliberal, los más caros del mundo.

Esto provocó una inmediata invasión de los más pobres, de los marginados de la economía formal, que llegaban a la ciudad desde los suburbios con carritos de supermercado o changuitos, a revolver en la basura buscando comida y ropa y pañales. Estos grupos de pobres —algunos organizados, provenientes de la práctica piquetera (cortar caminos y rutas para exigir alguna moneda)— fueron a pedir comida en supermercados, formando colas de cuadras desde la madrugada. Algunos supermercados entregaban unas pocas bolsas, otros nada, y esa situación dio origen a los saqueos. La gente pobre se metía en los supermercados y saqueaba comida. Ustedes habrán visto las imágenes y escuchado los testimonios, que partían el corazón. Esto sucedió primero durante la semana del 10 al 15 de diciembre, en el interior del país, donde la pobreza es mayor. Sucedió en varias provincias. La intención de la gente era llevarse la comida, eso estaba muy pautado. No tocar las cajas, ni la bebida, ni artículos que no fueran de primera necesidad, y el objetivo eran las grandes cadenas de supermercados (todas extranjeras).

Muy pronto estos grandes supermercados aumentaron la custodia armada; incluso algunos repartieron palos entre el personal para que dispersara a los pobres. Entonces la gente empezó a saquear los pequeños mercados, muchos de ellos pertenecientes a comerciantes asiáticos, que carecían de custodia. Los saqueos se fueron saliendo de control, porque no hay ninguna dirigencia capaz de contener a millones de personas con hambre. Comenzaron por la comida, pero después se llevaron todo. En algunos casos se saquearon comercios muy modestos, de propietarios que tienen —ellos también— ingresos de subsistencia, y esto dio lugar a críticas de los "bienpensantes" y a una trágica batalla de pobres contra pobres. La moral bíblica sigue funcionando, y la gente común rechaza de plano la idea del robo, y tiende a condenar lo que considera vandalismo (tanto los "padres de la Iglesia" como nuestra "tradición gaucha" justifican el apoderarse de comida, pero la condena subsiste si se pasa ese límite). No queremos entrar en un análisis sociológico de esta compleja situación, pero sí darles una opinión personal que no hemos tenido tiempo de madurar. Según lo vemos, en estas situaciones, que se producen como consecuencia de la desaparición del Estado (es decir: desaparece el Estado de bienestar y queda sólo el Estado represivo) y de la indefensión más absoluta de los pobres, los robos expresan por un lado la ira largamente contenida de ciudadanos a quienes les fueron arrebatados sus derechos básicos.

También expresan su derecho a acceder a bienes que se consideran "suntuarios", y que se exhiben obscenamente en la televisión; bienes a los que ellos no podrían aspirar nunca. Es que el sistema es aquí más esquizofrénico que en otras latitudes, porque constantemente incita a un consumo imposible, no ya sólo a un consumo que estupidiza. En cuanto a la represión, la debilidad del gobierno salvó muchas vidas; los militares argentinos, siempre listos para masacrar a su propio pueblo, esta vez se negaron rotundamente a participar. La mayoría de las muertes (se calcula que más de 30) se produjeron el jueves 21, al día siguiente de la gran movilización popular. El día anterior, miércoles 20, la "clase media" se lanzó a la calle con sus cacerolas; más de un millón de personas (sobre 2,7 millones que viven en la ciudad de Buenos Aires "en sí") invadió pacíficamente la ciudad, reclamando la renuncia del ministro de economía Cavallo (el hasta ayer héroe del FMI) y del presidente de la Rúa. El ministro renunció, pero el pusilánime criminal del presidente quiso quedarse y emitió un discurso que fue interpretado como una provocación. Fue la gota que rebalsó el vaso.

La "clase media" salió espontáneamente, autoconvocada —no hubo pancartas de ningún partido ni agrupación política—, y se dirigió en largas caravanas de caminantes a la Plaza de Mayo, al Congreso, a la quinta presidencial de Olivos. La Plaza de Mayo se llenó, y cuando renunció el ministro de Economía la gente seguía allí, exigiendo la renuncia del Presidente. La gente permaneció esa noche en la Plaza de Mayo; ya para ese momento había también muchos militantes de izquierda, todos en actitud pacífica y sin armas. La represión comenzó alrededor de las tres de la mañana, para desalojar la plaza. Se retiraron las familias, con sus chicos y sus mayores, y quedaron los más jóvenes. A media mañana del jueves la lucha por la Plaza (que fue la Plaza de la Revolución de nuestra Independencia, del 17 de octubre de 1945 cuando nació el peronismo, la Plaza de las Madres de los desaparecidos en la última dictadura, un espacio verdaderamente simbólico para el pueblo) empezó a dejar sus primeros muertos. Gratuitamente, porque el presidente sabía que no le quedaba otro camino que renunciar. Ese día murieron seis jóvenes en esa plaza. Cuatro de ellos "motoqueros" (son los chicos que reparten paquetes y cartas con sus motos, y que hace poco formaron un sindicato impulsado por la agrupación H.I.J.O.S. de desaparecidos), que resistieron heroicamente a los embates de la caballería y protegieron a las familias de a pie, a las que los policías de a caballo castigaban con látigos, como en las escenas de las películas sobre la esclavitud. Paralelamente se reprimían los saqueos en el interior de la provincia y del país, con balas de goma primero, con balas de plomo después.

Las cifras, nombres, edades de los muertos no se han dado a conocer en los multimedia hasta hoy. Sólo una cámara televisiva tomó escenas de un entierro y las mostró una vez, por unos minutos. Hasta hoy, esos nombres circulan por otras vías. Los medios apenas si dan cuenta del número de víctimas, que sigue aumentando porque hay muchos heridos graves todavía. Los hospitales tienen órdenes de no informar a la prensa. En cuanto al nuevo gobierno, el presidente actual es un gobernador cuestionado por enriquecimiento ilícito, conservador, autoritario, un caudillo populista con una buena imagen en su provincia. El discurso inicial, obviamente, prometía salirse de este modelo económico: nadie hubiera tolerado otra cosa. Anunció medidas demagógicas sin decir cómo las va a implementar, y se rodeó exclusivamente de peronistas; evitó formar un "gobierno de salvación nacional" (capitalista, desde luego, no pidamos milagros, pero al menos no neoliberal), dejando de lado a equipos de economistas que vienen trabajando seriamente en alternativas productivas. Hasta ahora parece apoyarse en lo que se llama "el grupo productivo", que está formado por grandes industriales (lo poco que queda) y la burocracia sindical; las empresas públicas privatizadas y la banca internacional se mantienen en un "respetuoso silencio", en parte porque no les han tocado el culo y en parte porque porque los ánimos están muy caldeados: nadie duda de que si no hay inmediatos repartos de alimentos y creación de trabajo (han prometido un millón de puestos en un mes), esto vuelve a arder.

En medio de la tragedia de los pibes muertos, lo interesante y alentador de este proceso es que el pueblo recobró protagonismo, y con eso recuperó un poco de su dignidad perdida. Hace unos meses, reunidos en Buenos Aires con Germán, él nos decía que no podía comprender cómo los argentinos no se rebelaban frente a uno de los experimentos neoliberales más crueles del planeta; pues bien, que esa rebelión ahora se produjo. Y como decimos aquí, "la gente no mastica clavos": el sentimiento general es de desconfianza hacia estos nuevos gobernantes, que acompañaron este plan de verdadero saqueo -se llevaron 150.000 millones de dólares al exterior, la misma cantidad que Argentina debe a sus acreedores-, y que ahora dieron vuelta el discurso para acomodarlo a las exigencias de los alzados. Las lecciones son muchas, porque el fracaso del neoliberalismo no es más que el fracaso de la forma actual, preponderante, del viejo y podrido capitalismo. Tal vez por el insoportable "ombliguismo" propio de los argentinos, pensamos que nuestro caso es ejemplar. Fuimos un país relativamente importante; hasta mediados del siglo XX, la economía argentina era tan grande como la de todo el resto de la América del Sur, incluyendo al Brasil. Aparte del trigo y las vacas, llegamos a un grado medio de industrialización sustitutiva de importaciones, que nos permitió pasar a exportar manufacturas. Tuvimos todo un sólido entramado social, con mutuales, sindicatos, cooperativas, y una población alfabetizada y urbanizada en su inmensa mayoría. Con la última dictadura comenzó el desastre, con las privatizaciones y apertura indiscriminada de la economía nacional. Y, lo más interesante, en los últimos diez años fuimos el alumno ejemplar del FMI, el que aplicaba todas sus recetas, el que mandaba soldados al Golfo, el "aliado extra-Nato" de los EE.UU. El neoliberalismo ha fracasado con sus recetas fundamentalistas, pero más aún ha fracasado el capitalismo como organizador de la vida social.

La responsabilidad de la izquierda argentina es grande y complicada, y la izquierda argentina es débil y bastante sectaria y estúpida, atada a antiguas consignas de "socialismo" sin preocuparse por entrar a definir lo que eso significa hoy, cómo resolvería los problemas de la gente. Hay, por cierto, algunos nuevos actores más alentadores: los piqueteros a los que ya nos referimos, una nueva organización sindical (la CTA, Central de Trabajadores Argentinos, mayoritariamente de empleados estatales) y un nuevo movimiento universitario latinoamericanista, que ha barrido de la dirección de los centros estudiantiles a los jóvenes funcionarios asociados al gobierno anterior. Pero necesitamos mucho, urgentemente, de la solidaridad internacional. Por una parte, porque los más necesitados precisan comida ya, y hay que presionar sobre la Cruz Roja o quien sea para que sean tenidos en cuenta. Por otra, y esto es lo más importante, necesitamos claridad, ideas, y que se haga conocer el "caso argentino", que nos parece tan ilustrativo.

Queridos compañeros, ya terminamos esta comunicación excesiva. Compartan nuestro dolor por los caídos, pero también nuestro orgullo por los millones que se pusieron de pie. En nuestros viejos cuerpos anida un nuevo espíritu; como decía el Che Guevara, "si el presente es de lucha, el futuro es nuestro".

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