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Los pescadores y el mar

05/01/2002 - Autor: Ali Al Haded
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El viento comenzó a soplar con violencia sobre el mar y las olas parecían rocas que golpeaban recias la barcaza de unos pescadores, en un instante el miedo se hizo pánico y el corazón de los hombres tamborileaba en sus cuerpos mojados por el agua salobre. De golpe, la calma; las miradas distendidas de los pescadores miraban al cielo como agradeciendo a Dios por haber salvado sus vidas. 

Haded escribió: 

¡Oh, mar que marginas al poeta,
que no imaginas a los peces sin aletas!
¿por qué dejas al viento que perturbe tu calma?
los corazones de los hombres carecen de escamas
y tus profundas razones como doctrinas
asustan nuestras vidas
y al fin nos damos cuenta
¡Que cobardes somos, Oh espejo de agua!
El mar lo sabe todo,
El hombre no sabe
Nada.
 

 

 

Un Platón de sopa de puchero 

 

Según cuenta la historia, un día en la lejana Grecia, el gran filósofo de los hombres se subió a la atalaya del monte más alto de la Grecia Magna y con la mirada serena e imperturbable de todo gran sabio, contemplaba la majestuosidad del mar Egeo y como a través de una costura imaginaria llamado horizonte se confundía el mar con el cielo. Extasiado de  tanto prodigio y asombro surgió inefablemente una pregunta: ¿Qué era aquello que sus ojos veían y llamaba mar? ¿Era la realidad en la cosa o un atributo de la substancia? ¿Acaso sería víctima del hechizo de algún minotauro rebelde que confundió su entendimiento para no ver sino lo aparente? ¿O una imagen tosca de la verdad de cuya impresión tenía conocimiento a través de los sentidos? No encontrando una respuesta, lleno los ojos de lágrimas descendió del monto y se dirigió a su pueblo. Una vez reunido el pueblo en la plaza, Platón les hablo diciendo: 

 

"Ciudadanos de la polis, varones libres del Peloponeso, he subido al monte más alto, diríase casi hasta el Olimpo y he visto el mar en todo su esplendor, y si me preguntáis: ¿qué es el mar? os respondería con total sinceridad, que es aquello que han visto mis ojos en este día, y si no conforme con esta respuesta insistierais y me preguntaras: ¿qué es lo que mis ojos han visto en este día? Os respondería en forma absoluta, universal y categórica: no sé. 

 

A ese desconocimiento universal, categórico y absoluto, llamó Platón "ideas".

 

Dejando Haded la lectura de lado apuró su segundo plato de sopa de puchero y reflexionando sobre lo leído, pensó: 

 

"Un platón de sopa de puchero es una idea reconfortante de substancia." 

 

Naturalmente, esa mañana, Haded se despertó sonriendo. 

 

Una Sarcástica ofrenda a la vida  en nombre de la guerra 

Jueves de mayo de 1982 

Suena el timbre en una casa de un humilde barrio. Una mujer anciana abre la puerta de la casa y recibe un telegrama del Ejército Argentino, redactado en estos términos: 

 

Estimada familia Pérez: 

 

La gloria de los hombres libres, que ofrendan su corazón tierno y altruista, supera en mucho la historia en que se fundan los pueblos y constituyen las naciones, y esa gloria, que corona sublime a los hijos de nuestra bandera, representa sin dudas, el máximo galardón que se pueda tener en el archivo fundacional de nuestra patria, por eso, preciso es decir, que la muerte de un solo hombre en el frente es un suceso que ennoblece la causa que inspira nuestro derecho a la libertad y a la vida, y tiñe de loas a nuestras instituciones. 

 

Vuestro hijo, hijo de nuestro suelo, muerto en combate bajo el intrigante fusil del pirata inglés será para nosotros un altísimo precio que hubimos de pagar para restituir nuestra historia y devolver a las generaciones futuras nuestras Malvinas Argentinas. 

 

¡Nuestro más sentido pésame! 

 

Firmado: Coronel Jesús Pascual Arrieta
Jefe de tropa 

 

La anciana dejando caer una lágrima sintió ganas de vomitar; luego entornando la puerta se dejó caer sobre un sillón y tomando un revólver de un cajón de un armario, aquél revólver que su difunto esposo había usado para suicidarse cuando supo que padecía de cáncer, apuntando al corazón se disparó y cayó desplomada al suelo. 

 

 

Escribió Haded:

 

¿Es la guerra el destino que buscan afanosos los hombres?                                           
¿Es la guerra su sino?
Fuerza motora de espanto y veneno
Locura de sangre espesa en el río
Forcejeo tenaz entre la noche y el cielo
Cuchillo que mata la carne
Que comerá el sepulcro, de gala,
Al caer la tarde
Con su pulcro frac de sereno
Y en el epitafio de la tumba
Una estrofa dirá:
"Mi alma encomiendo a Dios,
mi cuerpo es sólo cenizas"
y mientras el mundo gira deprisa
se mueren los hombres,
sin nombre se mueren
el fuego alumbra la tierra
y mientras la piedra caliza
se torna negra, muy negra
la vida se va a degüello
desangrada por las armas.
La guerra ganó la batalla
La sangre llegó hasta el cuello.

 

El sapo rastrero 

 

El era un sapo de otro pozo y se aventuró de guapo que era nomás a cruzar la charca del pantano. 

 

Estaba terminantemente prohibido a los sapos saltar de un charco a otro. Era una sociedad "sin movilidad social", nacían en un charco y morían en él. 

 

Pero el sapo rastrero no era cualquier sapo, él era vehemente, idealista, aventurero, didáctico. No se conformaba con el estancamiento a que había sido obligado a vivir, él quería salir a conocer el mundo, ¡tenía las branquias bien puestas! 

 

Y así, como quien decide marcharse de su casa, salió eructando contento y con fuerza rastrera saltó la charca. 

 

Encontró otros sapos parecidos a los de su charca pero más gordos y en número superior y que tenían dársenas donde vivían y criaban langostas y miles de sapos enflaquecidos que trabajaban para ellos mientras los sapos leguleyos procreaban; su "sapiencia" le hizo comprender porque no debían los sapos saltar la charca : 

 

"Los sapos no deben adentrarse a cuestionar los regímenes sociales preestablecidos, deben conformarse a vivir en su hábitat como sapos" 

 

Pero el sapo rastrero era poeta y gaucho y no lo iban a amedrentar así porque sí y sacando coraje de su pulmón escupió su maldición a los sapos del otro pozo diciendo: 

 

— Sacad vuestro cuchillo y medid vuestras pestilencias con el sapo rastrero de la charca ¡y no opongáis excusa cuando os reviente! 

 

— Los sapos de la charca "la laguna seca" se dispersaron, rodearon la orilla y se camuflaron con el follaje. 

 

El sapo rastrero estiró su lengua y bebió agua del charco, alzó su panza y abriendo sus ojos profundos miraba a su alrededor en busca de los sapos leguleyos, cuando sintió de golpe el puñal que se incrustaba en su vientre y un grito lastimero enmudeció la tarde. 

 

— ¡Hijos de mala sapa! Vuestras leyes son filosas y me matáis en vuestra charca, pero sabed que el sapo rastrero no muere sino se lleva a una docena de leguleyos consigo— y pelando su puñal ahí nomás comenzó a destripar batracios como gaucho amaestrado para la faena hasta que sus fuerzas lo abandonan y se cae desmayado en "la laguna seca". 

 

Hoy en la "laguna seca" ya no hay sapos de otro pozo —comentaba un sapo abuelo a un renacuajo— pero por las dudas, cuando crezcas, m´hijo, y seas sapo, ¡cuidado con los sapos leguleyos! ¡Ésos sapos siempre engordan y sus leyes siempre terminan matando a los sapos del pantano!

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