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El Islam: la vía de en medio

Fragmento de El Islam en la encrucijada

05/01/2002 - Autor: Muhámmad Asad
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Sólo el Islam, entre todas las religiones, hace posible que el hombre disfrute plenamente de su vida terrenal sin verse obligado a abandonar su orientación espiritual. ¡Cuán distinta es esta concepción de la cristiana! De acuerdo con el dogma cristiano, la humanidad se tambalea bajo el peso de un pecado original cometido por Adán y Eva, y en consecuencia se considera a toda la vida humana —al menos en la teoría dogmática— como un oscuro valle de lágrimas. Es el campo de batalla de dos fuerzas opuestas: el Mal, representado por Satán, y el bien, representado por Jesucristo. Satán, haciendo uso de tentaciones corporales, trata de obstaculizar la marcha del alma humana hacia la luz eterna; y aunque el alma pertenece a Cristo, el cuerpo es el campo de acción de las influencias satánicas. Uno podría expresarlo de otra forma: el mundo de la Materia es esencialmente satánico, mientras que el mundo del Espíritu es divino y bueno. Todo lo que, en la naturaleza humana, es material, o "carnal", como la teología cristiana prefiere llamarlo, es el resultado directo de la caída de Adán al sucumbir éste a las insinuaciones del infernal Príncipe de las Tinieblas y de la Materia. Por tanto, para alcanzar la salvación, el hombre debe apartar su corazón de este mundo de la carne para concentrarlo en el mundo espiritual futuro, en el que el "pecado original" es redimido por el sacrificio de Cristo en la cruz.

Aunque, en la práctica, este dogma no sea obedecido —y nunca lo ha sido—, la sola existencia de tal enseñanza tiende a producir un sentimiento permanente de mala conciencia en el hombre de inclinaciones religiosas, que se ve zarandeado entre la llamada perentoria a dejar el mundo y el impulso natural de su corazón a vivir y disfrutar de esta vida. La sola idea de la existencia de un pecado inevitable, por ser hereditario, y de su redención mística —incomprensible para el intelecto medio— a través del sufrimiento de Jesús en la cruz, erige una barrera entre el anhelo espiritual del hombre y sus legítimos deseos terrenales.

En Islam no tenemos conocimiento de un "pecado original" y consideramos tal concepto como contrario a la idea de la justicia divina. Al-lâh no hace responsable al hijo de las acciones de sus padres: ¿cómo, entonces, podría hacer a todas las innumerables generaciones de la humanidad responsables de un pecado de desobediencia cometido por sus antepasados más remotos? Sin duda es posible idear explicaciones filosóficas de tan extraña suposición, pero para el intelecto llano seguirá siendo tan artificial y tan poco satisfactoria como el mismo concepto de la Trinidad. Y así como no existe pecado hereditario, tampoco existe redención universal de la huma­nidad en las enseñanzas de Islam. La redención o la condenación son individuales. Cada musulmán se redime a si mismo, ya que su corazón contiene todas las posibilidades de éxito o de fracaso espiritual. El Corán dice del hombre:

 "En su favor contará el bien que haya hecho, y en su contra el mal que haya hecho." (surah 2:286)

Y en otro verso dice: "Y del hombre no será sino aquello por lo que se esfuerza." (surah 53:39)

Si bien el Islam no comparte la deprimente visión de la vida expresada por la doctrina cristiana de Pablo, si nos enseña a no dar a la vida terrenal el valor exagerado que le confiere la civilización occidental moderna. Mientras que la concepción cristiana presupone que la vida terrenal es un mal negocio, el Occidente moderno —que no es identificable con el Cristianismo— adora la vida de la misma forma que el glotón adora su comida: la devora pero no tiene respeto por ella. Por el contrario, el Islam contempla la vida con calma y respeto. No la adora, sino que la considera una etapa orgánica en nuestro camino hacia una existencia mas elevada. Pero precisamente porque es una etapa, y una etapa necesaria, el hombre no tiene derecho a despreciarla o ni siquiera a infravalorar su vida terrenal. Nuestro paso por este mundo es una parte necesaria y positiva del plan de Al-lâh. La vida humana es, por lo tanto, de enorme valor; pero no debemos olvidar nunca que su valor es puramente instrumental. En Islam no hay sitio para el optimismo materialista del occidente moderno que dice: "Mi reino es sólo de este mundo" —ni tampoco para el desprecio a la vida del aforismo cristiano: "Mi reino no es de este mundo". Islam toma la vía de en medio. El Corán nos enseña a orar diciendo:

"¡Oh Señor nuestro! ¡ Concédenos el bien en esta vida y el bien en la otra vida!" (surah 2:201).

De esta forma, la plena valoración de este mundo y de lo que nos ofrece no es necesariamente un impedimento a nuestros esfuerzos espirituales. La prosperidad material es algo deseable, aunque no como objetivo en si. El objetivo de todas nuestras actividades prácticas debería ser siempre la creación y el mantenimiento de aquellas condiciones personales y sociales que conduzcan al desarrollo de la fuerza moral en los seres humanos. De acuerdo con este principio, Islam guía al hombre hacia una conciencia de responsabilidad moral en todo cuanto hace, ya sea grande o pequeño. El bien‑conocido mandato de los Evangelios: "Dad al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios" no tiene cabida en la estructura teológica de Islam porque, primero, todo se considera perteneciente a Al-lâh y, segundo, porque Islam no admite la existencia de un conflicto entre los requisitos morales y socio‑económicos de nuestra vida. En todos los casos no existe sino una alternativa: la alternativa entre el Bien y el Mal —sin nada en medio—, y de aquí surge la intensa insistencia en la acción como elemento indispensable de la moralidad.

Cada musulmán individual tiene que considerarse en cierta medida responsable de lo que está ocurriendo a su alrededor, y esforzarse por el establecimiento del bien y la abolición del Mal, constantemente y en todas direcciones. Esta actitud es objeto de elogio en el verso coránico:

"Sois la mejor comunidad que jamás haya surgido en la humanidad: ordenáis lo que está bien y prohibís lo que está mal." (surah 3:110).

Esta es la justificación moral del activismo agresivo de Islam: justificación de las primeras conquistas de los musulmanes y de su llamado "expansionismo". El mundo de Islam fue a veces expansionista, si se insiste en usar este término; pero esta clase de activismo no provenía de un deseo de dominación; ni tenia que ver con un engrandecimiento económico o nacional, ni con una codicia por aumentar el bienestar de los musulmanes a costa de otras gentes; ni tampoco ha significado una coacción a los no‑creyentes para que se hagan musulmanes. Ha significado solamente, como significa hoy, la construcción de una estructura social para el mejor desarrollo espiritual posible del hombre. Porque, de acuerdo con las enseñanzas de Islam, el conocimiento moral obliga al hombre automáticamente a ser moralmente responsable. Un discernimiento meramente platónico entre el Bien y el Mal, sin el impulso a favorecer el Bien, es, en si mismo, una grave inmoralidad, ya que la moralidad vive y muere con el empeño humano por establecer su dominio sobre la tierra.

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