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Preservar el no saber: Wa Al-lâhu alam

05/01/2002 - Autor: Abdennur Prado
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Penetrar la semi-oscuridad de la materia es descorrer los velos

A Yaratul-lâh Monturiol, que posee la intimidad con los Nombres como Guía.

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîm

1

Hay que leer aquello que no se comprende, hay que buscar en todo esa parte de misterio que nos hace abrirnos, entrar en lo desconocido. No me refiero a los tratados de metafísica, que suelen ser un peñazo, sino a dejarse atrapar por la Palabra revelada como recitación y enigma, y no como doctrina, siempre buscando una comprensión que nos atañe, que nos está destinada. Se trata de buscar inspiración, no un modelo a imitar... de buscar en todo su lado poético, aquel modo de manifestarse de lo Real que nos es inabarcable, que hace trizas el lenguaje y rompe las distancias entre los vocablos más enemistados, rompe con los significados "de diccionario" y nos hace encararnos con cada palabra como si fuera un animal pletórico de vida.

Lo que nos impulsa hacia el conocimiento es la dificultad, lo incomprensible. Se empieza por leer los Signos sin necesidad de comprenderlos, sin saber ni siquiera que nos están hablando... se empieza por no entender nada de nada, pero dejándose fascinar por el modo de presentarse lo real una y otra vez ante nosotros. Estar a la espera de un deslumbramiento es ya empezar a disipar las sombras, es habitar la sombra como un enamorado... La orientación hacia lo incomprensible tiene por objeto obligarnos a un sumergimiento (subhanna), y a desechar las tentaciones de una inteligencia orgullosa de si misma, que se cree capaz de lograr sus objetivos por el mero ejercicio externo de si misma.

Penetrar la semi-oscuridad de la materia es descorrer los velos en busca de una concuerrencia, de aquello que es Signo únicamente destinado a nosotros, a nuestra particularidad de criaturas. Es permanecer a la expectativa de lo que acontece, participar en un acontecer que nos engloba. Se trata de un azar en todo caso luminoso... pero no hay azar, sino una determinación illahica que lo recorre todo. La fuerza de las ayats de Al-lâh es idéntica a la vida. Ellas no son mera escritura sino fuerzas en expansión, capaces de mantener conversaciones con los malaikas y los ciegos, de desplazarse de uno a otro hombre para comunicarles la energía que los hace hombres. Aquí ya nada nos sucede, sino que somos partes de un suceso.

L a entrega a lo desconocido es el medio por el cual nos mantenemos en suspenso, dejando de lado nuestro orgullo de espectadores. El poeta cubano Lezama Lima dice: "lo que sabemos es lo que podemos destruir, mientras que lo que nos destruye nos hace creadores en la huida". Dejarse destruir es penetrar en el no saber que nos devora, es sumisión a Al-lâh...

Los musulmanes sabemos que "con la dificultad viene la facilidad" (Surat 94, Ash-Sharh), y es por eso que debemos ver lo difícil como una bendición, como un anuncio de los dones que el Señor depara a aquellos que penetran en lo oscuro.

2

A cada hombre le ha sido dado un mundo y un modo de enlazarse al Uno. El despliegue del vínculo con el todo en el mundo es aquello que el hombre es: una manera de abocarse, de acontecer. El hombre es el mismo en cuanto realiza ese despliegue. Las dobleces son aquello que interrumpe la relación directa del hombre con el Uno. La salat allana las dobleces, hace que el camino fluya rectamente, directamente acompasado al viento, quita las telarañas y nos prepara para recibir los signos.

Plegarse a Al-lâh, desplegarse sobre el mundo.

El saber instrumental es indirecto. Se trata de un modo de apropiación que nace de la doblez, que se basa en lo anteriormente aprehendido. Nos hace capaces de manipular, de utilizar los utensilios con la mano como si fueran partes de otro mundo, de un mundo que está "ahí", frente a nuestra mirada, y no en nosotros mismos. Compilar un saber meramente "útil" no puede servirnos, entonces, para mucho, tan solo para confirmar nuestro poder ante lo otro. Junto a ese saber instrumental (que sin duda es necesario), existe otro modo de saber que nos engloba. Vincular todos nuestros actos a la receptividad de los Signos es estar abierto a lo otro, orientarse desde el no saber hacía el descubrimiento, pues el saber está en la base del no saber que nos fecunda. Se empieza por saber que no sabemos, por abrir un espacio para lo escandaloso, para lo incomprensible, un espacio que permite al saber expandirse, ocupar sin violencia nuevos territorios.

Se recomienda mirar en torno a si como si todo surgiera de nuevo.
Se recomienda cerrar los ojos y tratar de captar la grandeza
de cada nueva Creación,
alzarse hasta la certidumbre de que el mundo está naciendo ahora.
Se recomienda verse a si mismo como naciendo en ese mundo
creado a cada instante, inscrito en el lugar del nacimiento,
naciendo ahora y ahora y ahora.

Para aprender algo es necesario reconocer ese algo como desconocido. Lo verdaderamente desconocido es nuestro propio porqué, nuestro camino personal, nuestro modo completamente único de enlazarnos al Uno, de realizar nuestro despliegue. El saber es tortuoso, no avanza en línea recta. Ese avanzar torcido del saber es la conciencia de un límite de percepciones, de una identidad que nos define. Aquello que no alcanzamos es lo que no somos, pero hay algo que no alcanzamos ante lo cual debemos estar completamente abiertos.

Para que el hombre pueda avanzar por el sirat al-mustaquim, por el camino recto, es necesario que su saber se doble, que se postre ante lo otro que él, que se someta al no saber y se conciba incluso a si mismo como estorbo. El hombre es un estorbo para si mismo, pero esa barrera hace posible el encuentro, el único lugar accesible donde se rompen las distancias.

Debemos proteger un saber capaz de comunicarse a cada uno de un modo propio, no cerrarnos en definiciones precisas, cuyo modelo inimitable es el Qur’án al-Karîm: Kalâm Al-lâh, Palabra que desciende. Se trata de un saber "omniabarcante" y "omnicomprensivo", que protege y engloba a su contrario: el saber de la universalidad frente a la limitación de la criatura. Un saber que nos hace capaces de abrazar al enemigo. La única expresión humana (literaria) posible de ese saber está en la paradoja, capaz de abrirse y de entregarse al otro negándose a si mismo, capaz de destruirse mientras crea. Es por eso que los místicos nos hablan de una noche luminosa, de un agua embriagadora: destruyen la lógica de su discurso mientras afirman la realidad de su experiencia. Tal vez esa sea una de las razones por las que Al-lâh se presenta muchas veces en parejas de Nombres que se niegan y dirigen el uno hacia el otro, como el rostro del creyente se dirige al suelo, para diluirse en la experiencia de la entrega.

3

Mi mujer me ha dicho: "Preservar el no saber, es una bella idea, pero ¿cómo se hace?".

En realidad es algo que todos hacemos instintivamente. Se hace no haciendo unas determinadas cosas, no buscando controlar todo el saber, pensar que lo sabemos todo. El problema es el saber que tiraniza, que se cree saber absoluto... el poder y el saber funcionan del mismo modo: dominando las conciencias, de hecho se apoyan el uno en el otro, cerrando las fronteras, encajando las cosas en ideologías, en nacionalidades o en categorías. Es una cuestión topológica, geográfica, una cuestión de ideas: ya no somos hombres, somos españoles, ya no pertenecemos a lo abierto por que el mundo ha sido perfectamente clasificado, incluso lo inclasificable... Pero el no saber derrumba esas construcciones, demuestra que toda demostración es refutable, que toda idea tiene su contrario, de la cual es indisociable.

Preservar el no saber es preservar una posibilidad interna para el conocimiento, es considerar todo saber como algo en transito, que penetra siempre en otro ámbito distinto. Es por eso que todas las codificaciones y doctrinas acaban siendo tan sólo palabras enquistadas. Hoy las palabras enquistadas las repiten incansablemente los poderes: justicia, democracia, tolerancia, libertad... y, en el otro lado, en el de la religión y de la metafísica: espíritu, religión, monoteísmo, esencia, sagrado... todas estas palabras son maravillosas en su origen, pero están enquistadas. Cuando una palabra pierde su carácter numinoso se la elimina... si es posible. Nuestra misión es renovarlas, devolverlas a la inmediatez que nos congrega, a veces atacando las palabras y diciendo lo que ellas mismas dicen con otras palabras, rescatando de ellas ese resto de poesía que las ha creado. Es entonces cuando el saber positivo se muestra como destrucción de dogmas, como una restauración del sentido primigenio. Nuestra tarea, en este sentido, es evocar en todo su origen insondable, despertar el recuerdo de la Palabra en cuanto a Revelada.

Mi mujer me ha dicho: "hay que saber mucho para preservar el no saber". En realidad se trata de realizar el esfuerzo de comprensión que Al-lâh nos ha prescrito como necesario. Hay que ser refractario ante los que nos venden su sabiduría, ante los manuales y la letra muerta. Hay que ser ingenuo ante las nuevas concurrencias, ante los encuentros… Recibí esa experiencia del no saber como una auténtica bomba. Recibí una llamada hacia la poesía, algo que me hizo "retirarme del mundo", dirigirme hacia una palabra no discursiva, para acabar entrando en la mudez de la muerte prematura... Durante ese periodo de mi vida casi me vuelvo loco, me sentí desaparecer en el silencio. La soledad es un instante inmenso, una sensación de instante que se prolonga sin medidas. Pierdes una noción habitual de identidad, pues no tienes a nadie enfrente con el cual puedas definirte. Yo era muy joven, tenía apenas veinte años... y no sabía nada de nada. Era un ateo convencido, sin ninguna noción de lo sagrado... (esta maldita y hermosa palabra que se nos ha enquistado)… Hay dejarse destruir por los Signos para hacerse soporte de un sentido inmanente, que estaba ahí mucho antes del nacimiento del hombre. Antes que el hombre está la bestia, y aún antes de la bestia está la pura presencia de la arcilla.

Sobre este suceso Ibn ‘Arabî ha escrito: "Tuvimos un discípulo que alcanzó este descubrimiento, pero no alcanzó su silencio y no consiguió verificar su animalidad." (En los Fûsûs al-Hikam, Engarce de la sabiduría íntima en la palabra de Elías).

Nosotros no tenemos espíritu, no tenemos alma. Tenemos aliento, un halito o soplo divino que nos permite calentarnos las manos en invierno... hemos de transformar el espíritu de la teología, de las grandes construcciones teológicas, en ese vaporcito... estoy seguro de que a los hombres nos es más necesario darnos cuenta de lo maravilloso de ese aliento como respiración y Rahma, que no de un espíritu impalpable, de algo invisible que nos sobrevive... hay que hacercarse a los hombres para escuchar como el Dîn se renueva, pues su supervivencia es paralela a la captación del aliento de los hombres en la cara, un aliento que nos dice que somos hermanos...

4

Preservar el no saber es una obligación para el creyente, se trata de algo que todos sabemos: a Al-lâh no lo abarcan los cielos ni la tierra, existe siempre algo más allá de todo lo conocido por el hombre, Al-lâh está siempre más allá, permanece escondido... Los musulmanes solemos acabar nuestros escritos con una fórmula que dice precisamente eso: "Sólo Al-lâh sabe". Lo cual quiere decir que todo lo que se ha dicho es sólo una posibilidad, pues en cuanto a hombres nuestro saber es limitado...

Preservar el no saber es hacer tanzîh: es guardar las distancias. Al-lâh es El Oculto. Aprender a guardar las distancias, a mantener el secreto de Al-lâh como secreto, lo interior de la revelación como algo eternamente insondable pero capaz de revelarse eternamente...

... en lo escondido, si, pero también en lo manifiesto... Al-lâh es El Evidente. El saber positivo es algo que aplicamos de las revelaciones de sentido que hemos recibido, de todas las recepciones de que somos objeto. Pero, como se ha dicho, existe un más allá de lo inmanente, el secreto del secreto, que dirían los gnósticos. Los juristas se apoderan del saber y destruyen el secreto. Ellos nos dicen: "Al-lâh ha dicho esto y esto, hay que hacer esto y esto", pero no tienen en cuenta lo que Al-lâh no les ha dicho a ellos, lo que tiene que decir a los hombres todavía... El secreto del secreto nos abre a la Realidad en sí, a la pura Presencia del mundo como teofanía (tayallî). No se trata, como piensan los filósofos, de una separación entre Al-lâh y el mundo en el sentido de un alejamiento. Al separarse de nuestros modos de percepción aparentes se acerca hacia nuestra realidad más inmediata. No lo abarcamos pero nos es accesible de un modo más inmediato que cualquier forma de entendimiento, como la sangre que corre por las venas (Qur’án al-Karîm, surat al-baqara).

Desde la entrega a lo insondable hasta la Vía, el no saber inunda la conciencia, despliega el mundo ante uno mismo como un manto de niebla que saluda los despertares y se extiende tiernamente. El no saber es la constancia del asombro. Proteger el no saber es la tarea sagrada que aún nos queda, descubrir que no sabemos nada, que el saber de la mosca nos supera, que todo nuestro saber oblicuo no nos sirve de nada si no somos capaces de convocar el Polo...

...las potencias o ideas-matriz colectivas capaces de renovar el mundo,
de reformarlo todo según esa exigencia illahica que nos reclama,
que nos ha reclamado una apertura que va mas allá de lo evidente
y tiende puentes celestes capaces de anudar a los hombres a la rahma...

Los musulmanes decimos: nos han sido dados los más bellos Nombres de Al-lâh, podemos nombrarle, pero Al-lâh se ha guardado para sí otros Nombres... ¡Alhamdulil-lâh por habernos dado uno solo de sus Nombres! Pero Él tiene muchos escondidos, que sólo Él sabe...

wa Al-lâhu ‘alam


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