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La concepción islámica del ser humano

Una visión humanista

29/12/2001 - Autor: Ali Shariati - Fuente: Webislam
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La dignidad del ser humano en El Corán
La dignidad del ser humano en El Corán

El problema del hombre es el más importante de todos. La civilización actual está basada en el humanismo, el respeto y la nobleza del ser humano. Se cree que las religiones del pasado quebraban la personalidad del hombre y le empujaban a inmolarse a los dioses. Le forzaban a considerar que su voluntad era impotente frente a la de Dios; se trataba de buscar la divinidad por el camino de la oración, la petición y la súplica. La filosofía humanista, por tanto, se ha venido oponiendo a las doctrinas religiosas desde el Renacimiento (doctrinas basadas en la creencia de un dominio invisible y sobrenatural); el humanismo exige la devolución de su nobleza al hombre.

 Las raíces del humanismo parten de Atenas, pero, como filosofía universal, está en los cimientos de la civilización occidental moderna. En principio se desarrolló como reacción a la filosofía escolástica del medioevo cristiano.

 Mi propósito es examinar —dentro de los límites de mi capacidad y las presentes circunstancias— la cuestión del hombre desde el punto de vista de nuestro din, el Islam, y buscar respuesta a la cuestión del fenómeno humano según el Islam. ¿Concibe el Islam al ser humano como una criatura impotente cuyo ideal y meta es permanecer desamparado frente a Al-lâh? ¿Niega el Islam todo resquicio de nobleza o, al contrario, reconoce sus virtudes aportando una forma de ella al hombre? Este es el asunto que espero discutir.

 Para comprender el lugar del "humanismo" en las diferentes religiones y el concepto del hombre que asume cada una, es mejor estudiar la filosofía de la creación del hombre que defienden. Ahora no tengo oportunidad de analizar todas las religiones de Oriente y Occidente desde este punto de vista. Me ceñiré a la filosofía del Islam sobre la creación y en las de aquellas religiones pre-islámicas de las que el Islam es continuación, de las religiones de Moisés, Jesús y Abraham (a). ¿Cómo se expone la cuestión del hombre en los escritos de Abraham, culminados y perfeccionados en el Islam? ¿Podemos deducir el status y la naturaleza humana de la forma en que se expone la creación del hombre en el Qur’ân, la Palabra de Al-lâh, o en las del Profeta del Islam (s)? Examinando la historia de Adán (a) —símbolo del hombre— en el Qur’ân, podemos entender qué tipo de criatura humana concibe Al-lâh y por consiguiente, nuestro din.

 A modo de introducción, permitidme indicar que el lenguaje religioso, particularmente el de las religiones semíticas en cuyos profetas creemos, es un lenguaje simbólico. Entendemos por tal que expresa significados a través de símbolos e imágenes, el lenguaje de más excelencia y encomio que el hombre ha desarrollado. Su valor es más profundo y eterno que el del lenguaje explicativo, es decir, aquel claro y explícito que expresa el significado directamente. Un lenguaje simple y directo, privado de cualquier símbolo e imagen, puede ser fácil para instruir pero no es permanente.

 Como señala el célebre filósofo egipcio Abderrahmán Badaui, una religión o filosofía que exponga todas sus ideas y enseñanzas en un lenguaje explícito, simple y unidimensional no será capaz de sobrevivir. Las alocuciones de religión o filosofía apuntan a diferentes clases y tipos humanos, tanto al pueblo común como al culto. Por otro lado, la audiencia de una religión no se limita a una generación o época, sino a diferentes generaciones que se suceden en la historia. Inevitablemente, difieren unas de otras en lo referente al modo y nivel de pensamiento y el punto de vista. El lenguaje que una religión elige para comunicar sus ideas debe ser versátil y multifacético, cada aspecto y faceta del mismo habla a cada tipo de hombre y a cada generación específica. Si el lenguaje es monofacético, será comprensible sólo para una clase y totalmente ajeno al resto; accesible a una generación y alejado de la próxima. Es imposible extraer ningún nuevo significado. Esta es la razón por la cual todas las obras literarias escritas en lenguaje simbólico son inmortales. Por ejemplo, los poemas de Hafiz son inmortales, y cuando quiera que los leamos deducimos un nuevo significado, proporcionalmente a la profundidad de nuestro pensamiento, gusto y perspectiva. La historia de Bayhagi es diferente, como el Golestán de Saadi. Cuando leemos el Golestán su significado es totalmente transparente para nosotros, disfrutamos de su belleza verbal y estructural. Pero muchas de las ideas que contiene son anacrónicas, precisamente porque está claro lo que Saadi quería decir, y lo que tenía que decir es falso. Pero el estilo de Hafiz es multifacético y simbólico; cada uno puede interpretar esos símbolos en un sentido determinado y deducir nuevos significados del texto, según sus gustos y forma de pensar.

 Por ello, las religiones deben usar un lenguaje simbólico, ya que se dirigen a distintos tipos de hombre y de generaciones. En la religión hay numerosos conceptos que no fueron claramente comprendidos en el momento de su aparición. Si, por un lado, la religión no tiene expresadas sus ideas en un lenguaje simple y familiar, será incomprensible para la gente de su época; pero si expresa sus ideas en un lenguaje corriente, la religión carecerá de significado en épocas posteriores. Evidentemente, era necesario que la religión hablara en imágenes y símbolos que llegarán a ser comprensibles con el desarrollo de la ciencia y el pensamiento humano. El simbolismo representa el estilo más elevado en la literatura europea.

 Por eso era necesario que la historia de la creación de Adán (a), del hombre, fuera expuesta en estilo simbólico, para que hoy, tras catorce siglos de progreso en las ciencias naturales y humanas, siguiera siendo amena y comprensible.

 ¿Cómo fue creado el hombre según el Islam?

 Primeramente, Al-lâh se dirigió a los ángeles y dijo: "Deseo crear Mi jalifa (representante, vicerregente) en la tierra". ¡Obsérvese qué grande es el valor del hombre en el Islam! Ni siquiera el post-renacimiento humanista ha sido capaz de concebir esta exaltada cualidad para el hombre. Al-lâh, quien según el Islam y los creyentes en otras religiones, es el más grande y más elevado de todos los seres, creador de Adán (a) y Señor del cosmos, se dirigió a los ángeles y les presentó al hombre como Su Jalifa. De acuerdo con el Islam, la misión del hombre es exacta por este designo de Al-lâh. El hombre debe obrar en la tierra como el Jalifa de Al-lâh, la misma misión que Al-lâh tiene en el cosmos. El primer rango que el hombre posee es, pues, ser Jalifa de Al-lâh en la tierra.

 Los ángeles claman diciendo: "Deseas crear a alguien que provocará derramamientos de sangre, crímenes, odios y venganzas". Pero Al-lâh replicó "Sé lo que no sabéis", y se dispuso a crear al hombre.

 El aspecto simbólico de la narrativa comienza en este punto. ¡Qué profundas verdades concernientes al hombre se ocultan tras esos símbolos! Al-lâh quiere crear a Su Jalifa en la tierra, sobre la faz del planeta. Uno esperaría que fueran seleccionados los materiales más sagrados y valiosos, pero al contrario, Al-lâh elige las sustancias más humildes. El Qur’ân menciona en tres ocasiones la materia de la que se creó al hombre. Primero utiliza la expresión "como un barro de olleros" (55:14); es decir, barro seco, sedimento. Entonces el Qur’ân dice: "he creado al hombre de barro pútrido" (15:26), fétida y maloliente tierra; y finalmente usa el término tin, que también significa cieno (6:2, 23:12). Así que Al-lâh puso manos a la obra y se puso a crear a Su Jalifa; este precioso Jalifa fue creado de barro seco, y después insufló algo de Su Espíritu en el barro y el hombre fue creado.

 En el lenguaje humano, el símbolo máximo de miseria y ruindad es el barro. No hay nada creado inferior al cieno. También en lenguaje humano, el más exaltable y sagrado de los seres es Al-lâh, y la parte más destacada, noble y sagrada de cada ser es su espíritu. El hombre, representante de Al-lâh, fue creado del barro, del cieno sedimentario, de la sustancia más inmunda del cosmos, y Al-lâh insufló en él no Su Sangre o Su Cuerpo —por así decirlo—, sino Su Espíritu, la entidad más excelsa que tiene nombre en el lenguaje humano. Al-lâh es el más excelso, y Su Espíritu es la entidad más excelsa que se pueda concebir, el concepto más alto para el ser humano.

 Así que el hombre es un compuesto de cieno y espíritu divino, una criatura bidimensional, una criatura con una naturaleza dual, opuesta a los demás seres que son unidimensionales. Una dimensión se inclina al cieno y la miseria, al estancamiento y la inmovilidad. Cuando un río se desborda, deja detrás de sí cierto cieno sedimentario que carece de vida y movimiento. La naturaleza del hombre en una de sus dimensiones, aspira precisamente a este estado de tranquilidad. Pero la otra dimensión, la del Espíritu de Al-lâh, como es llamada en el Qur’ân, aspira a ascender y escalar las más altas cumbres concebibles —hacia Al-lâh y Su Espíritu.

 El hombre está compuesto, pues, de dos elementos contradictorios, cieno y Espíritu de Al-lâh, su esplendor e importancia deriva precisamente del hecho de ser una criatura bidimensional. La separación entre ambas dimensiones es la distancia entre barro y Espíritu de Al-lâh. Cada hombre es dotado con dos dimensiones y él debe decidir entre descender al polo del cieno sedimentario que existe en su ser, o ascender al polo de la exaltación, de Al-lâh y Su Espíritu. Este conflicto constante, esta lucha tiene lugar en el interior del ser humano, hasta que finalmente elige uno de los dos polos como determinante para su destino.

 Tras crear al hombre, Al-lâh le enseñó los nombres (tal como parece, estoy parafraseando las aleyas del Qur’ân). ¿Qué significa "enseñar los nombres"? No es seguro. Cada uno (de los sabios interpretadores del Qur’ân) ha expresado una opinión determinada y cada comentarista ha sugerido su propia interpretación. Cada uno lo interpreta de acuerdo con su gusto y forma de pensar. Pero cualquiera que sea la interpretación correcta, no se puede dudar que la aleya se centra en la noción de enseñanza e instrucción. Cuando completó la creación del hombre, Al-lâh enseñó los nombres a Su Jalifa para que el hombre fuera propietario de ellos. Entonces los ángeles clamaron protestando: "nosotros fuimos creados de fuego sin humo y el hombre de barro. ¿Por qué lo prefieres a él?". Al-lâh replicó: "Sé lo que no sabéis; postraros a los pies de mi criatura bidimensional". A todos los ángeles de Al-lâh, grandes y pequeños, se les ordenó que se postraran ante esa criatura.

 Esto es verdadero humanismo. Ved qué grande es la dignidad y talla del hombre; tan grande que a todos los ángeles se les ordenó postrarse ante él, a pesar de su superioridad inherente y de ser creados de luz mientras que el hombre lo fue de barro y cieno. Al-lâh les preguntó porqué protestaban y preguntó los nombres a los ángeles, éstos no los sabían, pero Adán (a) sí. Los ángeles son derrotados en este diálogo, y la excelencia de Adán (a) —que reposa en su conocimiento de los nombres— quedó clara. Esta postración de los ángeles ante Adán (a) sirve para clarificar el concepto islámico del hombre. El hombre sabe ciertas cosas que los ángeles no saben, y este conocimiento da al hombre una superioridad con respecto a los ángeles, a pesar de la superioridad de estos ante el hombre en lo referente a la raza y el origen. En otras palabras, la nobleza y dignidad del hombre derivan de su conocimiento y no de su linaje.

 Otro punto a considerar es el de la creación de la mujer de una costilla del hombre, de acuerdo con una traducción que generalmente se hace del árabe (la creación de Eva no aparece mencionada directamente en el Qur’ân, por lo que el autor se refiere a una fuente procedente de los hadiz del Profeta Muhammad). Pero la traducción "costilla" es incorrecta y la palabra así traducida tiene el significado real, en árabe y en hebreo, de "naturaleza, disposición o constitución". Eva —o sea, la mujer— fue creada entonces de la misma naturaleza o disposición que el hombre. Desde que esa palabra fue traducida erróneamente como "costilla", se desarrolló la leyenda que la mujer fue creada de la costilla izquierda de Adán (a), y por tanto las mujeres carecen de una costilla. Un intelectual destacado como Nietzsche dijo que el hombre y la mujer son criaturas totalmente diferentes y sólo llegaban a parecerse entre sí por su constante asociación a través de la historia. Mantiene que los ancestros del hombre y de la mujer son completamente diferentes. La mayoría de los eruditos y los filósofos mantienen que el hombre y la mujer son del mismo género, aunque siempre han intentado infravalorar la naturaleza de la mujer y presentar la del hombre como superior. Pero el Qur’ân dice "hemos creado a Eva de la misma naturaleza o disposición que Adán; el hombre y la mujer proceden de la misma sustancia".

 Otro tema destacable respecto a la creación del hombre es que Al-lâh convocó a toda Su Creación, todos los fenómenos de la naturaleza tales como objetos inanimados, plantas y animales y les dijo: "tengo un depósito (amâna, depósito en el sentido de encargo) que deseo ofreceros a todos —cielos, tierra, mares, océanos y bestias". Todos rehusaron aceptarlo excepto el hombre. Es evidente que el hombre tiene otras gracias y virtudes derivadas de su valiente aceptación del Imân (Imân y Amâna proceden de la misma raíz árabe; Imân significa estar abierto a Al-lâh con el corazón, saber que uno se halla en el dominio de Al-lâh bajo su protección –Amân) de Al-lâh ofrecido y rechazado por los demás seres. El hombre no sólo es el Jalifa de Al-lâh en este mundo y sobre la tierra, sino también —como deja claro el Qur’ân— el guardián de su Imân (el responsable, lo que conecta con el sentido de la palabra "amâna", encargo). Pero, ¿cuál es el significado del Imân? Cada cual afirma algo diferente. Maulana Ýalal-ud-Din Rumi dice que el Imân expresa la voluntad del hombre, su voluntad libre, y esta es también mi opinión.

 Es a causa de su voluntad por lo que el hombre obtiene la superioridad sobre las demás criaturas del mundo. Es el único ser capaz de actuar contra su propio instinto natural, algo que no pueden hacer animales y vegetales. Por ejemplo, nunca encontrarás a una planta ayunando voluntariamente dos días o a una planta que se suicide por tristeza. Las plantas y los animales no pueden rendir grandes servicios ni cometer traiciones. No les es posible actuar de forma diferente a la que han sido creados. Sólo el hombre puede rebelarse contra el destino para el que ha sido creado, puede desafiar incluso sus necesidades espirituales y físicas, y actuar contra los dictados de la bondad y la virtud. Pueden actuar de acuerdo o en contra de su inteligencia. Es libre de ser bueno o malvado, semejarse al fango o al Espíritu de Al-lâh. Entonces el mayor atributo del hombre es la voluntad, y la afinidad entre el hombre y Al-lâh es evidente por este hecho.

 Por ello Al-lâh es Quien insufla en el hombre algo de Su propio Espíritu y lo hace depositario de su Imân, el hombre no es un mero Jalifa de Al-lâh en la tierra sino también Su Allegado —si se me permite la expresión. Los espíritus de Al-lâh y del hombre poseen una excelencia que deriva de poseer voluntad. Al-lâh, el único que tiene una Voluntad Absoluta y la capacidad de hacer lo que quiere, aún en contradicción con las leyes del universo, insufla algo de Su Espíritu en el hombre. El hombre puede hacer uso de la voluntad, pero sólo hasta cierto grado: puede actuar contra las leyes de su constitución fisiológica únicamente hasta el punto en que permite su afinidad con Al-lâh. Este es el aspecto común entre Al-lâh y el hombre, la causa de su afinidad: el libre albedrío, la libertad humana de ser bueno o diabólico, obediente o rebelde.

 Las conclusiones siguientes pueden ser bosquejadas en referencia a la filosofía de la creación del hombre en el Islam.

 Todos los hombres no son simplemente iguales: son hermanos. La diferencia entre igualdad y hermandad es evidente. La igualdad es un concepto legal, la hermandad proclama la armoniosa naturaleza y disposición de todos los seres humanos; todos los hombres proceden del mismo origen, sin considerar su color.

 Segundo, el hombre y la mujer son iguales. Contrariamente a todos los filósofos del mundo antiguo, el hombre y la mujer fueron creados de la misma sustancia y material, al mismo tiempo y por el mismo Creador. Son parte del mismo linaje, hermanos y hermanas entre sí, descendientes del mismo padre y madre.

 Tercero, la superioridad del hombre sobre los ángeles y el conjunto de la creación deriva del conocimiento, desde que el hombre aprendió los nombres y los ángeles cayeron postrados ante él; a pesar de la superioridad de origen sobre el hombre, estaban obligados a postrarse ante él.

 Más importante que todo esto, el ser humano se extiende en la distancia entre el cieno y Al-lâh, desde que posee voluntad, puede elegir entre los dos polos opuestos que representa. Como posee voluntad, adquiere cierta responsabilidad. Desde el punto de vista del Islam, el hombre es responsable no sólo de su destino sino del cumplimiento de una misión divina en este mundo; es el depositario del Imân en Al-lâh en el mundo y la naturaleza. Es él quien ha aprendido los nombres y, en mi opinión, el significado propio de los "nombres" son las verdades de la ciencia desde el nombre de una cosa, su símbolo, su definición, su forma conceptual. Así que la enseñanza de los nombres por Al-lâh significa un don de habilidad para captar y comprender las verdades inherentes al mundo. Gracias a las instrucciones primordiales de Al-lâh, el hombre obtiene el acceso a todas las verdades existentes en el mundo y esto constituye una segunda gran responsabilidad para el hombre. La sociedad humana es responsable de su propio destino: "tuyo es lo que obtienen y suyo es lo que obtienen" (Generoso Qur’ân, Surat al Báqarah, 134). El destino de las civilizaciones antiguas es exactamente el que ellas mismas se forjaron, y vuestro destino será el que ahora construyáis con vuestras propias manos. El hombre tiene así una gran responsabilidad ante Al-lâh porque tiene el libre albedrío. Aquí debemos incluir esta observación, la historia ha testimoniado una gran tragedia: nominalmente, el hombre no ha sido reconocido como un ser bidimensional. En contraste con otras religiones que afirman que Al-lâh y el Diablo existen en la naturaleza en mutuo combate, el Islam enseña que sólo existe una fuerza en la naturaleza, la fuerza de Al-lâh. Pero dentro del hombre, Satán dirige una guerra contra Al-lâh, y el hombre es el campo de batalla.

El dualismo del Islam, al contrario que las religiones del pasado, afirma la existencia de dos "polos", dos fundamentos en el interior del ser y la disposición del hombre, no en la naturaleza. En el Islam, Satán no es un contrincante de Al-lâh; es un adversario del hombre, o contra la mitad divina del hombre. Ya que el hombre es una criatura bidimensional compuesta del Espíritu de Al-lâh y de barro, necesita ambos elementos. Necesita creer en los fundamentos y el pensamiento del din (modo de vida revelado por Al-lâh) y asentar su vida asentando ambos tipos de necesidad y prestarles atención. La tragedia está en que la historia dice otra cosa. La historia nos dice que todas las sociedades y civilizaciones estaban orientadas exclusivamente hacia el futuro y la renuncia a este mundo, a este mundo de lágrimas.

La civilización de China comenzó estando orientada a este mundo, dando primacía al placer y la belleza, esforzándose en disfrutar plenamente los dones de la naturaleza, como testifica la vida de la aristocracia china. Entonces llegó Lao-Tsé con una religión orientada sólo al más allá y haciendo hincapié en las necesidades espirituales. Verdaderamente condujo a los chinos tan lejos en esa vía, que un pueblo que había vivido exclusivamente para el placer llegó a serlo de monjes, gnósticos y místicos. Confucio le sucedió, y reorientó la sociedad hacia este mundo y llamó a los chinos a los placeres de la vida mundana, provocando una vuelta a sus anteriores preocupaciones.

 India, la tierra de los rajás y las leyendas, estaba orientada al otro mundo por las enseñanzas de los Vedas y del Buddha, siendo devotos a la abstinencia, el monacato y el misticismo. Es por ello que ahora India es famosa por los hombres que duermen en camas de clavos, o subsisten cuarenta días con un dátil o una simple almendra, como reflejo de de su civilización.

 En Europa, la antigua Roma aficionada al asesinato y al derramamiento de sangre, estableciendo su dominio en el mundo y acumulando las riquezas de Europa y Asia, estaba inmersa en el goce y el placer, en luchas de gladiadores y satisfacciones. Entonces vino Jesús (a) y dirigió a la sociedad para que se concentrara en el más allá, así que Roma cambió su orientación del placer y la frivolidad al ascetismo y la contemplación del otro mundo, cuyo resultado será la Edad Media. El mundo medieval, por un lado, era un mundo de guerras, sangrías y auge militar; por otro, de monasterios, conventos, y retiros. Europa sólo fue sacudida de esta orientación por el Renacimiento, que causó que el péndulo oscilara en la otra dirección. Hoy vemos que la civilización europea es tan mundana en su orientación y define el propósito de la vida del hombre exclusivamente en el goce y el placer. El profesor Chandel ha afirmado que la vida del hombre contemporáneo consiste sólo en hacer instrumentos para dar comodidad a la vida. Esta es la necedad de la filosofía del hombre actual, el resultado de la tecnocracia. El significado íntegro de la civilización ha sido despojado de cualquier ideal, y el mundo occidental ha avanzado tan lejos en su banalidad que muchos ven necesario a otro Jesús.

 Para el Islam el hombre es un ser bidimensional, por lo que necesita un din que también sea bidimensional y ejerza su fuerza en las dos direcciones que existen en el espíritu del hombre y la sociedad. Sólo entonces el hombre será capaz de mantener el equilibrio. El din necesario es el Islam. ¿Por qué el Islam?

 Para entender cualquier religión se deben estudiar su divinidad, su libro, su profeta y los mejores individuos a quienes levantó y educó.

 Primero, Al-lâh tiene el aspecto de interesarse por la sociedad humana, es férreo, severo en el catigo y duro. Pero también es compasivo, Su Misericordia lo abarca todo. Todos estos atributos de Al-lâh pueden encontrarse en el Qur’ân. Este Libro contiene normas sociales, políticas y militares, incluso instrucciones de conducta para la guerra, captura y liberación de prisioneros. Está interesado en la vida, en la construcción, en la prosperidad, en la lucha contra el enemigo y los elementos negativos, pero también es un libro que atañe a la purificación del ego, la piedad espiritual y la perfección ética de la persona. El Profeta del Islam (s) también poseía ambos aspectos, que serían contradictorios en otro hombre, pero que en él se fusionaron en un sólo espíritu. Era un hombre dedicado constantemente a la lucha política contra sus enemigos y las fuerzas antisociales, comprometido en la edificación de una nueva sociedad y una nueva civilización en este mundo. También es un guía que orienta al hombre hacia un objetivo particular, o sea, un hombre dedicado a la adoración de Al-lâh, de gran piedad y amor.

Tres hombres educados por el Profeta (s) —‘Alî, Abu Dhar y Salman— fueron supremos ejemplos de seres bidimensionales equilibrados. Eran hombres de política y combate, luchaban por una vida mejor y estaban constantemente en los círculos de estudio y de debate, siendo además hombres de pureza y de piedad no inferior a la de los místicos de Oriente. Abu Dhar fue hombre político y piadoso. Sus reflexiones sobre el din pueden ser una llave que nos ayude a comprender el Qur’ân. Mirad a los Compañeros del Profeta (s), eran hombres de espada, hombres justos a la par que sensibles y pensadores.

 La conclusión que deseo perfilar es la siguiente: el hombre no es humillado ante Al-lâh en el Islam, es su compañero, su amigo, el soporte de su imân sobre la tierra. Goza de afinidad con Al-lâh en la medida que se abra a Él y se purifique. Él le enseñó y ve como todos los ángeles se postran ante él. Para poder llevar el peso de su responsabilidad, el hombre necesita de un din que trascienda las orientaciones referidas a este mundo o al otro, que le permita mantenerse armónico. Sólo un din capacita al hombre para cumplir con su gran responsabilidad.

 * Traducción de Abu Bilal


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