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Los hombres de lo oculto

El estado de teofanía

21/12/2001 - Autor: Huseyn Vallejo
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Derviche. Imagen portal.unesco.org
Derviche. Imagen portal.unesco.org

"Los siervos del Compasivo son los que van por la tierra humildemente y que, cuando los ignorantes les dirigen la palabra, dicen: ¡Paz!"

(Corán 25:63)

Hay hombres subyugados por el mundo como una epifanía, que allí donde dirigen su mirada no ven otra cosa que a Al-lâh. Son hombres de paz que cruzan el camino que va de lo evidente a lo secreto, que conversan suavemente con los djins y los malaikas, midiendo sus palabras con una lentitud de árbol que florece. Son hombres que casi han alcanzado la pulcritud del viento que penetra por todos los rincones y todo lo alimenta, que sin decir lo dicen todo en su mirada, que sólo ven a Al-lâh manifestarse, incluso en los desastres y en las salvajes destrucciones.

A veces eso es sorprendente, cuando se trata de un terremoto o de la muerte de miles de personas, y hace pensar a sus vecinos que son gentes insensatas, sin corazón ni sentimientos, pero ellos no saben contestar más que dirigiendo la mirada hacia la Majestad de lo creado. Cuando la gente les muestra su desesperación no tienen otra respuesta que el deseo de ver como los círculos se cierran, como las heridas se encuentran con la Palabra abrasadora. Hacen du’a para que nada de lo mundano se interponga ante el recuerdo. Ellos se maravillan aún ante la apariencia del desastre y ven surgir debajo de todos los escombros una ilación de rahma que trasciende la apariencia.

Si muere tú esposa, o la persona que te es más amada, ellos son capaces de responder como Rumi: "Alégrate, pues ahora la posees por completo, no sólo en su apariencia..." Para nosotros es difícil comprender estas palabras, pues ellos han anulado toda complacencia ante los dramas de la vida, han rechazado la fascinación de la tragedia. Aunque ya no están sujetos a la animalidad de las pasiones, su amor es carnal hasta el delirio, capaz de penetrar hasta la misma médula del mundo, y su mirada está vacía de avaricia.

Ellos suelen afirmar que el amor de Al-lâh precede a su ira, pues siempre hay un principio de justicia implícito en todos los acontecimientos que va más allá de su apariencia más prosaica. Ellos dicen que el kafir ya tiene su desgracia, que el asesino está en el Fuego de su incapacidad para la vida, que los depredadores de la tierra, aún viviendo entre seda y aún poseyendo grandes riquezas, viven en la miseria de su ego.

Esos hombres tienen la conciencia de la Ley metida en las entrañas: saben que la justicia es algo inherente a la existencia, y que todo el trabajo de los corruptores por sustituir la Shar’îa por una ley humana no es sino el intento ciego de compensar su falta de armonía. Ellos dicen que la ignorancia y la falta de trascendencia ya es un castigo doloroso en esta vida, y que los poderosos de la tierra no tienen nada que valga una mirada limpia a las estrellas, o el sonido del agua cuando fluye, o el sabor de la salat y del ayuno.

Son hombres a los cuales ha aniquilado la Majestad y la Belleza de lo Uno, la calidez del mundo que amanece, la plenitud del tiempo que se extiende como un manto de luz y de nieve. Su ceguera es el modo con que andan, su caminar es la quietud de un centro constantemente alado. Caminan de puntillas, con toda su energía puesta en las puntas de los pies, para no pisar ninguna hormiga, para no despertar a ningún animal microscópico dormido en su sueño larvado. Son discretos hasta desaparecer a las miradas de los necios. Han alcanzado la invisibilidad perfecta del que vuela, del que se siente amado por Al-lâh.

Son hombres que se funden con la rahma, que están en ella y que son portadores silenciosos de las más bellas palabras de alabanza, que musitan al lado de los árboles en días de tormenta, para calmarlos y abrazarlos con su canto, unas palabras que vemos transformarse en salvia, y no diferenciarse de la servidumbre hacia lo Uno. Extienden la mirada hacía la lejanía para decir al mundo que amanezca con la plena conciencia de su origen, de ser mundo creado por Al-lâh.

Nosotros no somos esos hombres, su verdadera dimensión se nos escapa, pero podemos mirarnos en ellos para acceder al límite de nuestro palpitar de criatura, de nuestras frustraciones dominantes. Tal vez están ahí, muy cerca del que busca, como guía celeste y puerta de sus construcciones más secretas. Tal vez están ahí para donarnos la imagen del siervo perfecto, de aquel que está entregado completamente al movimiento de los astros, a la misericordia creadora. Podemos abrirnos a una comprensión idealizada para destruir nuestra agonía, aquello que aún nos tiene presos en el dunia.

Son hombres que no se dejan arrastrar por nada que no sea el aliento illahico del tiempo, ese sabor a estrellas en la boca que nos moja de rahma y de abandono, que nos deja postrados en silencio, húmedos de baraka. Son los hombres de lo oculto, esos que Ibn ‘Arabî llamaba "los desconocidos", que sólo habrán de visitarte si te haces consciente del inmenso silencio con que a veces te envuelve la Tierra de los sueños, si abres tú pecho ante la transparencia de la Última Vida.

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