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Shayj al-Alawî: vistas desde dentro

Un apunte biográfico

09/12/2001 - Autor: Martin Lings - Fuente: Webislam
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Sheij Al Alawi. Imagen www.tasawuf.info
Sheij Al Alawi. Imagen www.tasawuf.info

El Shayj nació en Mostagán en 1869. Su nombre, tal como figura en los títulos de la mayoría de sus libros, era Abû‑l-‘Abbâs Ahmad Ibn, Mustafa‑l‑‘Alawî; era el único hijo varón de sus padres y tenía dos hermanas. Poco menos de un año antes de su nacimiento, su madre, Fátima, «vio en sueños al Profeta que llevaba un junquillo en la mano. El la miró al rostro, le sonrió, y le arrojó la flor, que ella recogió con humilde modestia. Cuando despertó, contó su visión a su esposo, quien la interpretó en el sentido de que les sería concedida la gracia de tener un hijo piadoso; y, en efecto, había estado suplicando a Al-lâh que no te dejara sin heredero... al cabo de unas semanas Al-lâh confirmó el sueño y ella concibió a su hijo» 1.

Después de la muerte del Shayj, en 1933, se encontró entre sus papeles el siguiente fragmento autobiográfico 2. Evidentemente lo había dictado unos años antes 3 a uno de sus discípulos:

»Por lo que se refiere al aprender a escribir, nunca hice un gran esfuerzo en este sentido, y nunca fui a la escuela, ni un solo día siquiera. Mi única instrucción fue lo que aprendí de mi padre, en casa, durante las lecciones de Qur’ân que acostumbraba a darme, y mi escritura todavía es bastante torpe. Aprendí de memoria el Libro de Al-lâh hasta la Sûrat al‑Rahmân 4, y no pasé de ahí debido a las diversas ocupaciones a las que tuve que dedicarme por extrema necesidad. Mi familia no tenía bastante para vivir, aunque nadie lo hubiera sospechado, pues mi padre era digno y reservado hasta el punto de no dejar nunca que su rostro mostrara sus pensamientos, de modo que nadie hubiera podido concluir por los signos externos que tenía necesidad de algo 5. Yo dudaba entre varios oficios, y finalmente escogí el de zapatero remendón, en el que adquirí gran habilidad y a consecuencia de lo cual nuestra situación mejoró. Fui zapatero durante unos años, luego entré en el comercio y perdí a mi padre cuando tenía apenas dieciséis años. A pesar de ser tan joven, había hecho por él todo tipo de cosas, y mi mayor propósito fue siempre el complacerle. Me tenía un gran afecto, y no recuerdo que nunca me reprendiera ni me pegara, a no ser cuando me daba lecciones, y entonces era porque me mostraba perezoso para aprender el Qur’án. En cuanto a mi madre, todavía era más pródiga en su cariño y se inquietó por mí más que él. En efecto, después de la muerte de mi padre empleó todos los medios a su alcance, tales como reprimendas, golpes, puerta cerrada y demás, para impedirme salir por la noche. Tenía un gran deseo de satisfacerla, pero no podía resolverme a dejar de asistir a las lecciones nocturnas y las reuniones para practicar el dikr. La causa de su inquietud era que nuestra casa se hallaba fuera de la ciudad, en un camino que uno bien podía temer recorrer solo y de noche. Mi madre perseveró en sus esfuerzos por retenerme y yo continué asistiendo a esas reuniones hasta que finalmente, por la gracia de Al-lâh, ella dio su pleno consentimiento y nada turbó nuestro mutuo afecto, que perduró sin ninguna sombra hasta el día de su muerte, en 1332 6, cuando yo contaba cuarenta y seis años.

» En cuanto a mi asistencia a las lecciones debo decir que no fue muy constante, pues sólo podía ir en ocasiones, cuando mis ocupaciones me lo permitían; si no hubiera tenido una cierta aptitud y una cierta inteligencia naturales no hubiera obtenido nada de lo que valiera la pena hablar. Pero me entregaba intensamente al estudio y a veces me sumergía en los libros durante noches enteras; en este trabajo nocturno me ayudaba un Shayj a quien acostumbraba a llevar a nuestra casa. Después de varios meses, mi mujer se resintió y pidió el divorcio alegando que yo no le daba lo que se le debía, y de hecho tenía algún motivo para quejarse. Mi asistencia a las lecciones, en todo caso, no duró dos años; esto me permitió, sin embargo, además de lo que gané en cuanto a disciplina mental, captar algunos puntos de la doctrina. Pero mi espíritu no se abrió y no empecé a poseer una cierta aptitud de conocimiento y comprensión hasta que me interesé por la doctrina del Pueblo 7 y frecuenté a sus maestros.»

(En este punto la persona a quien dictaba estas palabras le preguntó cómo entró en contacto por primera vez con los que siguen la vía de los místicos.)

«Mi primera tendencia en esa dirección vino marcada por mi adhesión a uno de los maestros de la Tarîqa ‘Îsâwî 8 que me impresionó por su desapego del mundo y su evidente piedad. Me esforcé por satisfacer las condiciones de esta orden y lo conseguí muy fácilmente debido a mi juventud y a la atracción instintiva, inherente a la naturaleza humana, por los prodigios y las maravillas 9. Adquirí habilidad en estas prácticas y me gané el aprecio de los miembros de la orden; yo creía, en mi ignorancia, que lo que hacíamos era pura y simplemente un medio para acercarnos a Al-lâh. El día en que Al-lâh quiso que la verdad me inspirase nos hallábamos en una de nuestras reuniones; en un momento dado levanté los ojos y vi en la pared un papel en el que leí una fórmula atribuida al Profeta. Lo que aprendí en ella me decidió a abandonar todas las actividades tendentes a la realización de prodigios y resolví limitarme, dentro de las prácticas de la orden, a las letanías, invocaciones y recitaciones del Qur’án. A partir de aquel día empecé a retirarme y a excusarme ante mis hermanos hasta que por fin abandoné completamente todas aquellas prácticas. Deseaba apartar de ellas también a toda la cofradía, pero esto no era fácil. Por mi parte, rompí con todo ello tal como era mi intención, y sólo conservé de este contacto la práctica de encantar serpientes. Perseveré en ello, solo o con algunos amigos, hasta el día en que conocí al Shayj Sidi Muhammad Al‑Bûzîdî.

» En cuanto a mi encuentro con este Shayj, de cualquier modo que lo considere me parece haber sido una pura gracia de Al-lâh, pues, aunque mi amigo Sidi al‑Hayy Bin‑‘Awda —con quien compartía mi negocio— y yo tuviéramos vivos deseos de hallar a alguien que pudiera tomarnos de la mano y guiarnos, no fuimos en busca del Shayj Al‑Bûzîdî, sino que fue él quien vino a nosotros de forma totalmente inesperada. Mi amigo ya me había hablado de él, diciendo: “Conocía a un Shayj llamado Sidi Hamû 10, de la familia del Profeta. Dejó su casa y fue a Marruecos, donde pasó varios años. Cuando regresó muchas personas se unieron a él. Hablaba con autoridad sobre la vía de los místicos, pero, para probarle, Al-lâh envió contra él un hombre que le causó tal perjuicio que se encontró frente a todo tipo de dificultades, y ahora es tan discreto como un simple discípulo, sin mostrar rastro alguno de su anterior actividad espiritual. Sin embargo, creo que es alguien en quien se podría confiar como guía en la vía. Nunca ha aparecido un verdadero guía espiritual sin que Al-lâh le haya probado con alguien que le causara algún daño, ya sea abiertamente o a sus espaldas”.

» Esto fue en esencia lo que dijo e inmediatamente decidí ir a ver a este Shayj bajo la recomendación de mi amigo. Yo mismo no sabía nada de él, excepto que una vez, cuando niño, oí pronunciar su nombre estando yo enfermo. Me trajeron un amuleto y dijeron: “Esto viene de Sidi Muhammad, Shayj Al‑Bûzîdî”. Lo utilicé y me curé.

» Mi amigo y yo estábamos trabajando juntos unos días después de esta conversación cuando, de repente, exclamó: “Mira, ahí por el camino viene ese Shayj.” Fue a su encuentro y le rogó que entrara; el Shayj aceptó y estuvieron hablando durante un rato, pero yo estaba demasiado ocupado con mi trabajo para poder prestar atención a lo que decían. Cuando se levantó para marcharse, mi amigo pidió al Shayj que no dejara de visitarnos. Éste saludó y salió, y yo pregunté a mi amigo qué impresión había tenido; me respondió: “Su conversación está muy por encima de lo que uno encuentra en los libros.” Vino a vernos de vez en cuando y mi amigo hablaba con él y le acosaba con numerosas preguntas, mientras que yo permanecía más o menos mudo, en parte por deferencia hacia el Shayj y en parte porque mi trabajo no me dejaba mucho tiempo para hablar.

» Un día en que estaba con nosotros en nuestro taller, el Shayj me dijo: “He oído decir que sabes encantar serpientes y que no tienes miedo de que te piquen.” Asentí. Luego dijo: “¿Puedes traerme una ahora y encantarla aquí, delante de nosotros?” Respondí que esto era posible y, saliendo de la ciudad, busqué durante medio día, pero no encontré más que una serpiente pequeña, larga como casi la mitad del brazo. La llevé conmigo y la puse ante el Shayj, después de lo cual empecé a realizar mis prácticas habituales mientras él, sentado, me observaba. “¿Podrías encantar una serpiente más grande que ésta?”, preguntó. Repuse que el tamaño no tenía importancia para mí. Entonces dijo: “Quiero mostrarte una más grande que ésta y mucho más venenosa, y si eres capaz de dominarla, es que eres un verdadero sabio.” Le pedí que me indicara dónde se hallaba y dijo: “Hablo de tu alma que está entre los dos costados de tu cuerpo. Su veneno es más mortal que el de una serpiente y si tú eres capaz de dominarla y de hacer de ella lo que te plazca eres, como he dicho, de seguro un sabio.” Luego añadió: “Ve y haz con esta pequeña serpiente lo que acostumbras a hacer con ellas v no vuelvas nunca a estas prácticas.” Salí, preguntándome acerca del alma y sobre cómo su veneno podía ser más mortal que el de una serpiente.

» Cierto día, durante esa época en que acostumbraba a visitarnos, el Shayj fijó su mirada en mí y dijo a mi amigo: “Este muchacho está calificado para recibir la enseñanza”, o bien, “recibiría la enseñanza con provecho”, o alguna otra observación por el estilo. En otra ocasión encontró en mi mano un papel en el que estaban escritas unas palabras en alabanza del Shayj Sidi Muhammad Ibn ‘lsâ 11; después de mirarlo, me dijo: “Si vives lo bastante serás, si Al-lâh quiere, como Shayj Sidi Muhammad lbn Îsâ”, o, “llegarás a su rango espiritual” —he olvidado sus palabras exactas— Esto me pareció una posibilidad muy remota, pero respondí: “Si Al-lâh quiere.” Poco después entré en su orden y lo tomé como guía para que me iluminara en el sendero de Al-lâh. Mi amigo ya había ingresado en la orden unos dos meses antes, pero no me había dicho nada de este hecho y no me informó de ello hasta que yo mismo ingresé. En aquel momento no comprendí la razón de este secreto.

»Después de transmitirme las letanías para recitar por la mañana y por la noche, el Shayj me dijo que no hablara de ello a nadie, “hasta que yo te lo permita” —dijo—. Luego, al cabo de menos de una semana me llamó a su lado y empezó a hablarme acerca del Nombre Supremo (Al-lâh) y del método para invocarlo. Dijo que me consagrara al dikr Al-lâh de la manera practicada generalmente en nuestra orden en aquel tiempo. Como él no tenía ninguna celda especial de retiro para practicar el dikr, no pude encontrar ningún lugar en el que pudiese estar solo y tranquilo. Cuando me quejé de esto, me dijo: “Para estar solo, no hay lugar mejor que el cementerio.” Por tanto, fui allá, solo, por las noches, pero no me resultó fácil. Estaba tan lleno de miedo que no podía concentrarme en el dikr a pesar de mis esfuerzos repetidos durante muchas noches.

»Me quejé de nuevo al Shayj y me respondió: “No te di una orden absoluta. Simplemente dije que no hay mejor lugar que el cementerio para estar solo”. Luego me dijo que limitara mi dikr al último tercio de la noche y, así, invocaba de noche y le veía a él durante el día. El Shayj venía a mi casa o yo iba a la suya, aunque su casa no siempre era un buen lugar para encontrarse a causa de los niños y por otras razones. Además de esto, al mediodía seguí asistiendo a las lecciones de teología que ya había seguido anteriormente. Un día me preguntó: “¿Qué lecciones son esas a las que te veo asistir?”. Le dije: “Son lecciones sobre la Doctrina de la Unidad (al‑tawhîd) y ahora estoy en ‘la comprensión de las pruebas’.” Dijo: “Sidi Fulano de Tal la llamaba ‘la doctrina de la turbiedad’ (al‑tawhîl).” Luego añadió: “Harías mejor ocupándote ahora de purificar el fondo de tu alma hasta que las Luces de tu Señor aparezcan en ella y llegues a conocer el significado real de la Unidad. La filosofía escolástica sólo servirá para aumentar tus dudas y para acumular una ilusión tras otra.” Por último, dijo: “Es mejor que abandones estas lecciones hasta que hayas terminado con tu tarea presente, pues tenemos la obligación de poner lo que es más importante por delante de lo que lo es menos.”

»Ninguna de sus órdenes me resultó tan dura de obedecer como ésta. Había tomado una gran afición a aquellas lecciones y había llegado a contar tanto con ellas para mi comprensión de la doctrina que estuve a punto de desobedecerle. Pero Al-lâh puso en mi corazón esta pregunta: “¿Cómo sabes si lo que recibes del Shayj Al‑Bûzîdî no es el tipo de conocimiento que buscas en realidad, o incluso algo todavía más elevado?” En segundo lugar, me consolé con la idea de que la prohibición no era definitiva; en tercer lugar, me acordé de que había hecho el juramento de obedecerle, y, en cuarto lugar, me dije que quizá quería ponerme a prueba, como hacen todos los Shayjs. Pero todos estos argumentos no suprimieron el dolor de la pena que sentía interiormente. Lo que lo disipó fue el pasar en invocación solitaria las horas que antes dedicaba a la lectura, sobre todo después que hube empezado a sentir los efectos de esta invocación.

» La manera en que el Shayj guiaba a sus discípulos de etapa en etapa era variable. A algunos podía hablarles sobre la forma en que Adán fue creado, a otros sobre las virtudes cardinales, y a otros sobre las cualidades divinas; cada enseñanza era particularmente apropiada para cada discípulo. Pero el sistema que más a menudo seguía, y que también seguí yo a la manera de él, consistía en ordenar al discípulo que invocara el Nombre acompañado de la clara visualización de sus letras hasta que éstas quedaban grabadas en su imaginación. Luego le decía que las extendiera y las agrandara hasta que llenasen todo el horizonte. El dikr debía continuar de esta forma hasta que las letras se volvían como la luz. Luego el Shayj mostraría el camino a partir de este punto —es imposible expresar en palabras cómo lo hacia— y gracias a esta indicación el espíritu del discípulo rápidamente se remontaba más allá del universo creado, en el supuesto de que tuviese suficiente preparación y aptitudes; de no ser así, habría necesidad de purificación y otras disciplinas espirituales. Con la indicación antes mencionada el discípulo se encontraba capaz de distinguir entre lo Absoluto y lo relativo, y veía el universo como una bola o una lámpara suspendida en un vacío sin principio ni fin. Luego, a medida que iba perseverando en la invocación acompañada de meditación, la visión del universo iba perdiendo intensidad hasta que ya no parecía un objeto definido, sino una simple sombra. Más adelanté incluso dejaba de ser esto, hasta que finalmente el discípulo se sumergía en el Mundo del Absoluto y su certeza era reforzada por Su Pura Luz. Durante todo este proceso el Shayj vigilaba al discípulo, le interrogaba acerca de sus estados y le fortalecía en el dikr paso a paso hasta que el discípulo llegaba a un término en el que era consciente de lo que veía por su propio poder y sin la ayuda de nadie. El Shayj no estaba satisfecho hasta que se alcanzaba este punto, y tenía la costumbre de citar las palabras de Al-lâh que se refieren a: “Aquél a quien su Señor ha dado la certeza y a cuya certeza ha hecho seguir de una prueba directa” 12.

» Cuando el discípulo había alcanzado este grado de percepción independiente, que era Intenso o débil según su capacidad, el Shayj lo devolvía al mundo de las formas externas que había abandonado, y éste le parecía lo contrario de lo que era antes, simplemente porque la luz de su ojo interior se había encendido. Lo veía como Luz sobre luz, y así era antes en realidad 13.

» En este grado el discípulo puede confundir la cuerda con la flecha, tal como ha sucedido a muchos de los que caminan hacia Al-lâh, y puede decir, como más de uno ha dicho: “Yo soy Aquél a quien amo, y Aquél a quien amo soy yo” 14, y cosas parecidas, suficientes para que cualquiera que no tenga ningún conocimiento sobre los estados de los, místicos y no esté familiarizado con sus exclamaciones le arroje lo primero que tenga a mano. Pero el que es dueño de este grado llega pronto a distinguir entre los puntos de vista espirituales, a dar a cada uno de los diferentes grados lo que le es debido y a cada una de las estaciones espirituales lo que le pertenece realmente. Esta estación se apoderó de mí, y fue mi morada durante muchos años; me he convertido, por así decirlo, en experto en ella; he dado a conocer las obligaciones que le corresponden y mis discípulos se han beneficiado de lo que escribí acerca de ella cuando estaba al principio de su dominio. Algunos de ellos tienen ahora conocimiento de sus obligaciones y otros están por debajo de este conocimiento. La acuidad de este estado todavía vuelve a mí de vez en cuando, pero no me impele a escribir sobre él. A decir verdad, me incita a hablar de él, pero me resulta más fácil que antes vivir con esto; es algo que siento más que algo que me sumerge.

» Esta vía que acabo de describir y que era la de mi Maestro, es la que yo mismo he seguido en el ejercicio de mi dirección espiritual y he conducido por ella a mis discípulos, pues he visto que era el más directo de los caminos que conducen a Al-lâh.»

El Shayj habla aquí con la voz de la «esclavitud» absoluta, y está de acuerdo con el tono general de este pasaje el que, aun con respecto a la misma cumbre de todo logro espiritual, subraye el aspecto de «obligación», al que el Qur’án se refiere con estas palabras: “Ofrecimos la responsabilidad de ser Nuestro representante a los cielos, a la tierra y a las montañas, pero no se atrevieron a aceptaría, y tenían miedo de ella. Y el hombre la tomó para sí. En verdad, ha demostrado ser un tirano ignorante” 15. Llegar al final del camino espiritual, que no es sino el estado en el que el hombre fue originalmente creado, significa, entre otras cosas, volver a asumir las tremendas responsabilidades que la humanidad en general ha abandonado.

Esta estación final, esto es, el estado de santidad suprema, al que, hablando con el doctor Carret, se refirió como la «Gran Paz», se define en otro de sus escritos como un estado de Intoxicación interior y sobriedad exterior, en virtud del cual la mente lleva a cabo su función analítica con perfecta claridad, si bien, como antes ha indicado, no existe ninguna barrera absoluta entre aquélla y el rapto del Corazón. Pero en el caso del místico que, aunque muy avanzado en la vía, todavía no ha alcanzado el final, es posible que una ebriedad espiritual invada su espíritu y le imprima una actividad sobrenatural e insoportable, o que produzca en él alguna otra anormalidad, creando así un desequilibrio en el alma. Incluso es posible, como lo muestra la referencia a al‑Hallâj y como veremos más claramente en otro capítulo, que un místico llegue en cierto sentido al final de la vía y alcance una plenitud de ebriedad que todavía no esté estabilizada por la perfección complementaria de sobriedad. Pues, aunque la Naturaleza Divina del santo es eterna y no experimenta desarrollos, su naturaleza humana se halla sujeta al tiempo y puede no ser capaz de adaptarse en un día a la Presencia Suprema, especialmente en casos en que el viaje espiritual se ha completado con una rapidez extraordinaria, como casi con seguridad ocurrió en el caso del Shayj Al‑‘Alawî.

Más de una vez cita en sus escritos las siguientes palabras de Abû‑l Hasan al‑Shâdllî16: «La visión de la Verdad vino a mí y no quiso abandonarme, y era más fuerte de lo que yo podía soportar, por lo que pedí a Al-lâh que pusiera un velo entre Ella y yo. Entonces una voz me interpeló, diciendo: ‘Aunque Le imploraras como sólo Sus Profetas y Sus Santos y Muhammad, Su amado, saben implorarle, no te separaría de Ella con un velo. Pero pídele que te dé fuerzas suficientes para soportarla.” Pedí, pues, fuerza y Él me fortaleció —¡loado sea Al-lâh!»

El texto dictado continúa así:

«Cuando hube cosechado el fruto del dikr —y su fruto no es otro que el conocimiento de Al-lâh por la vía de la contemplación— vi claramente la pobreza de todo lo que había aprendido sobre la doctrina de la Unidad Divina y comprendí el sentido de las palabras de mi Maestro a este respecto. Éste dijo entonces que volviera a asistir a las lecciones que había seguido anteriormente y cuando lo hice me encontré dotado de una comprensión totalmente diferente de la que antes tenía. Ahora comprendía las cosas con anticipación, antes de el Shayj que nos enseñaba hubiera terminado de expresarlas. Otro efecto de la invocación fue que mi comprensión iba más allá del sentido literal del texto. En una palabra, mi comprensión anterior no podía compararse con la que ahora poseía, y la profundidad de ésta se acrecentó hasta el punto de que, si alguien recitaba un pasaje del Libro de Al-lâh, mi espíritu se lanzaba para penetrar el misterio de su significado con una sorprendente rapidez, en el instante mismo de la recitación. Pero cuando este estado se apoderó de mí y se convirtió casi en una segunda naturaleza, temí caer totalmente bajo el imperio de su poderoso y persistente impulso; me puse, pues, a escribir lo que mis reflexiones internas me dictaban a modo de interpretación del Libro de Al-lâh, y me hallaba de tal modo bajo su poder que las expresé en una forma extraña y abstrusa. Esto me llevó a iniciar mi comentario sobre Al‑Murshid al‑Mu’în 17 en un intento de evitar caer en una forma de expresión todavía más abstrusa. Gracias a Al-lâh, esto me ayudó efectivamente a resistir los asaltos de esta oleada de pensamientos que había intentado en vano detener por todos los medios, y mi mente casi llegó a encontrar reposo. Era exactamente el mismo tipo de dificultad que me había llevado previamente a redactar mi libro sobre astronomía titulado Miftâh al‑Suhûd (La clave de la Percepción). Por determinadas razones, me hallaba preocupado de manera absorbente por el movimiento de los cuerpos celestes, y la flecha de mis pensamientos había salido de través. Para abreviar una larga historia —ya aludí a esta cuestión en el libro mismo 18—, cuando vi que era incapaz de resistir esta oteada de pensamientos, me quejé de ello a mi Maestro, quien me dijo: “Sácalos de tu cerebro y ponlos en un libro; entonces te dejarán tranquilo”, y ocurrió como él dijo. Pero todavía no he podido decidirme a autorizar la publicación del libro, y sólo Al-lâh sabe si será publicado algún día 19.

» Volviendo a lo que decía, cuando, después de muchos días, fui liberado de la obligación de consagrarme exclusivamente al Nombre Divino, mi Maestro me dijo: “Ahora debes hablar y guiar a los hombres hacia esta vía, puesto que ahora sabes con certeza dónde te encuentras.” Le dije: “¿Crees que me escucharán?”, y él respondió: “Serás como un león: serás dueño de todo aquello sobre lo que pongas tu mano.” Y fue como él dijo: cada vez que hablaba con alguien con la intención de conducirlo hacia la vía, mis palabras lo guiaban y seguía el camino que le indicaba; así, gracias a Al-lâh, esta hermandad creció.»

En otro lugar dice:

« Nuestro Maestro, Sidi Muhammad al‑Bûzîdî, siempre nos instaba a visitar la tumba del Shayj Sh‘ayb Abû Madyan 20 en Tremecén. Hablaba de él con una gran veneración y afirmaba que las plegarias hechas en su. tumba eran atendidas; y decía: “Fue por su bendición y con su permiso como fui a Marruecos. Pasé la noche junto a su tumba; después de recitar partes del Qur’án, me dormí, y entonces vino hacia mí con uno de mis antepasados.” Me saludaron y luego me dijo: “Ve a Marruecos. He allanado el camino para ti.” Yo respondí: “Pero Marruecos está lleno de serpientes venenosas. Yo no puedo vivir allí.” Entonces pasó su mano bendita sobre mi cuerpo y dijo: “Ve y no temas. Yo te protegeré contra todas las desventuras que pudieran ocurrirte.” Me desperté, temblando de temor reverencial e inmediatamente después de dejar su tumba me dirigí hacia el Oeste, y fue en Marruecos donde encontré al Shayj Sidi Muhammad ibn Qaddûr» 21.

El Relato del Shayj Al‑‘Alawî continúa:

« Pregunté a mi Maestro por qué me había ordenado hablar después de haberme impuesto primero el silencio. Respondió: “Cuando regresé de Marruecos, enseñé nuestra doctrina tal como la había enseñado allá. Luego, cuando me vi enfrentado a la oposición, vi en sueños al Profeta de Al-lâh, quien me ordenó permanecer silencioso. A partir de aquel momento me impuse tal obligación de mantener el silencio que a veces tenía la impresión de que iba a estallar en llamas. Después, justo antes de encontrarte, tuve otra visión en la que vi una reunión de fuqarâ, y cada uno de ellos llevaba mi rosario en el cuello. Al despertar, tomé lo que había visto como un buen signo de actividad para el futuro. Ésta es la razón por la que quiero que propagues las doctrinas de nuestra orden. De otro modo no me hubiera atrevido a permitirte que las dieras a conocer. Además, últimamente he visto a alguien que me ha dicho: “Habla a los hombres; no hay ningún mal en ello” 22. Con “alguien que me ha dicho” se refería sin duda alguna al Profeta, pero Al-lâh es más sabio.

» Así fueron mis comienzos; y permanecí a su lado durante quince años, haciendo todo cuanto podía por nuestra orden. Muchos otros me ayudaban en esto, pero de los antiguos ya no quedan ahora más que una decena —¡que Al-lâh prolongue sus vidas y muestre hacia ellos una creciente solicitud!

» En cuanto a mí, estuve de tal modo absorbido durante todo este tiempo por el servicio del Shayj y por la ayuda que debía prestar para el crecimiento de nuestra orden, que negligí las exigencias de mi propia subsistencia, y, de no haber sido por la amistad de Sidi al‑Hayy Bin‘Awda 23, que se hizo cargo de mis finanzas y mantuvo en orden mis asuntos, mi comercio hubiera ido a una ruina total. Estaba tan ocupado con el servicio a la orden que nuestra tienda se parecía más a una zâwiya que a otra cosa, tanto por las enseñanzas que allí se daban por la noche, como por el dikr que se practicaba durante el día —todo esto, gracias a Al-lâh, sin ninguna pérdida de dinero ni disminución del comercio.

» Entonces, poco tiempo antes de la muerte de mi Maestro, Al-lâh puso en mi corazón el deseo de emigrar. Estaba tan contrariado por la corrupción moral de mi país que comencé a tomar todas las disposiciones posibles para irme más hacia el Este, y algunos de mis amigos tenían la misma intención. Aunque sabía muy bien que mi Maestro no me dejaría abandonar el país a menos que él viniera con nosotros, toda clase de motivos plausibles me impulsaban a seguir adelante. Sin embargo, cuando ya había empezado la mudanza —esto ocurría unos días antes de su muerte—, cuando me había liberado de toda obligación comercial, había vendido mis bienes, hipotecado lo que, siendo inmueble, era difícil de vender, con la intención de hacerlo vender por otra persona después de mi partida, cuando ya mis primos habían partido delante de mí, y estando yo mismo a punto de irme, el estado de mi Maestro, que ya se hallaba enfermo, empeoró bruscamente, y podían verse en él los signos de una muerte próxima. No pude decidirme a dejarle en este estado y además mis amigos no me hubieran permitido hacerlo. Su lengua estaba paralizada, de modo que no podía hablar, aunque lo entendía todo.

» Lo que me resultaba particularmente penoso era que me sentía empujado en distintas direcciones para hacer cosas difícilmente conciliables: por una parte estaba la enfermedad de mi Maestro, que me obligaba a permanecer junto a él, y, por otra, disponía, para mi familia y para mí, de una autorización para viajar que expiraba en una fecha determinada, después de la cual ya no era válida; y lo que agravaba las cosas era que en aquel momento era difícil obtener un permiso. Además tenía que ocuparme de la liquidación de mi comercio y de la venta de mis muebles y había enviado a mi mujer con su familia, en Tremecén, para que se despidiera de ellos. De hecho, era como si ya no estuviera en mi propio país. Sin embargo, juzgué que no podía abandonar a mi Maestro justo en el momento en que iba a morir e irme después de haber pasado quince años a su lado, habiendo hecho todo cuanto podía para servirle y sin haberle contrariado una sola vez, ni siquiera en el más pequeño detalle.

» Faltaban pocos días para que fuera devuelto a la Misericordia de Al-lâh. Dejó un solo hijo, Sidi Mustafâ, que tenía algo de loco de Al-lâh; también dejó una mujer y dos hermanos, uno de los cuales, Sidi al-Hâyy Ahmad, ya ha muerto, mientras que el otro, Sidi ‘Abd al‑Qâdir, todavía está en los lazos de la vida. El Shayj amaba mucho a su familia, y especialmente a su hijo, Sidi Mustafâ. Justo antes de morir le vi dirigirle una larga mirada; era claro que pensaba en su estado de simplicidad y que temía que después de su muerte se le desatendiera; cuando me di cuenta de esto le dije: “Sidi, actúa en nuestro favor y cuida de nuestros intereses ante Al-lâh en el otro mundo, y yo actuaré en tu favor en este mundo y cuidaré de Sidi Mustafá.” Su rostro se iluminó de alegría, y yo mantuve mi promesa e hice todo cuando pude por su hijo hasta el día de su muerte. Nunca me sentí molesto en absoluto por su estado mental, que otros encontraban tan fastidioso. También me hice cargo de la hija del Shayj —sólo tenía una— hasta que se casó.

» Después que hubimos dicho un último adiós a nuestro Maestro 24, algunos de nosotros lo preparamos para ser enterrado, y fue sepultado en su zâwiya una vez que hube pronunciado por él las oraciones de funerales —¡que Al-lâh le colme de Misericordia y Bendiciones!—. Pocos días más tarde me llegaron noticias de mis suegros de Tremecén: “Tu mujer está muy gravemente enferma.” Fui, pues, a Tremecén y cuando llegué hallé a mi mujer, que era tan profundamente religiosa, tan llena de bondad y de tan amable compañía, casi en su último suspiro. Permanecí tres días con ella, y luego murió y se fue, llena de gracia, hacia la Misericordia de Al-lâh; regresé a Mostagán, habiendo perdido a mi Maestro y a mi mujer, sin hogar, sin medios de subsistencia e incluso sin mí permiso para viajar, que había expirado. Acudí al Ministerio para renovarlo, pero me echaron de allí varias veces. Luego me prometieron darme un permiso para mí sólo.

» Entretanto, mientras esperaba que me lo entregaran, los miembros de nuestra orden conferenciaban para saber quién se haría cargo de los fuqarâ. Yo no me hallaba presente en sus deliberaciones, y estaba dispuesto a aceptar su decisión. Además, no me había resignado en absoluto a la idea de quedarme en el país, por lo que les dije: “A vosotros os corresponde designar a quién queráis que desempeñe esta función y yo os apoyaré”, pues sabía que entre ellos había alguien capaz de hacerlo (además de mí) y yo presumía que elegirían a esta persona 25. Pero aquella asamblea de fuqarâ se reveló algo indecisa, pues, si bien estaban todos de acuerdo en elegirme a mí, sabían que estaba decidido a partir, de modo que cada uno proponía la solución que le parecía mejor, por lo que había una gran divergencia de opiniones. El muqaddam Sidi al‑Hayy Bin‑‘Awda dijo: “Sería mejor dejar de momento esta cuestión y reunirnos de nuevo la semana próxima. Si durante este tiempo alguno de los fuqarâ tiene una visión, que nos la haga saber.” Todos aprobaron esta sugerencia y antes del día fijado se habían producido numerosas visiones —todas se consignaron por escrito en aquel momento— y cada una de ellas era una clara indicación de que la función en cuestión me estaba destinada. Por lo tanto, los fuqarâ se fortalecieron en su resolución de hacerme quedar con ellos para guiarles en el recuerdo.»

Al tratar de averiguar algunos detalles acerca de las visiones encontré el siguiente pasaje de Sidi ‘Udda:

« El Shayj al‑Bûzîdî murió sin haber dicho nunca a nadie quién debía sucederle. De hecho, la cuestión le había sido planteada por uno de sus discípulos más prominentes, quien tenía una alta opinión de sí mismo y se imaginaba estar calificado para ocuparse en nuestra orden de dirigir las almas y guiarlas en el recuerdo de Al-lâh; pero el Shayj al‑Bûzîdî le respondió lo que sigue: “Soy como un hombre que ha estado viviendo en una casa con permiso del Dueño y que, cuando desea abandonar esta casa, Le devuelve las llaves. Es Él, el Dueño, el que ve quién es el más digno de tener la casa a su disposición. No tengo nada que decir sobre el asunto. Al-lâh crea lo que El quiere, según Su elección” 26, y después de su muerte sus discípulos se encontraron muy desconcertados, si bien la mayoría de ellos mostraban muy claramente su inclinación hacia Sidi Ahmad Bin‑‘Alîwa 27, por el hecho de que, como era sabido, ya había ejercido las funciones de su Shayj, incluso en vida de éste, hasta el punto de guiar a algunos discípulos hasta el final de su viaje. Ésta era la señal más convincente de la estima en que le tenía su Shayj y de cuán calificado estaba para sucederle.

» Ahora bien, puesto que hay que atenerse a las visiones para conocer la verdad acerca de las cosas que están ocultas a nuestras facultades normales de percepción 28, y puesto que se consideran como buenas noticias 29 para el que las ve o para aquél a quien se refieren, quiero referir aquí algunas de las visiones que se produjeron acerca de nuestro Maestro, el Shayj Sidi Ahmad Bin‑‘Alîwa» 30

Luego refiere 31 varias de las numerosas visiones que se produjeron después de la muerte del Shayj al‑Bûzîdî. He aquí algunas de ellas:

« En mi sueño vi al Shayj Sidi Muhammad al‑Bûzîdî y, sin olvidar que estaba muerto, le pregunté sobre su estado; me dijo: “Estoy en la Misericordia de Al-lâh.” Entonces le dije: “Sidi, ¿a quién has dejado los fuqarâ?”, y él me respondió: “Soy yo quien plantó el retoño, pero es Sidi Ahmad Bin‑‘Alîwa el que cuidará de él y, si Al-lâh quiere, entre sus manos alcanzará la plenitud de su fructificación.” (‘Abd al‑Qâdir Ibn ‘Abd al‑Rahmân de Mostagán.)

» En mi sueño me vi yendo a visitar al Shayj Sidi Muhammad al‑Bûzîdî, y el Shayj Sidi Ahmad Bin‑‘Alîwa se hallaba sentado al lado de la tumba, que estaba abierta. Vi que el cuereo del muerto se elevaba hasta quedar al nivel del suelo. Entonces el Shayj Sidi Ahmad fue a retirar el sudario de su rostro y allí, incomparablemente hermoso, estaba el Shayj. Pidió al Shayj Sidi Ahmad que le trajera un poco de agua y, una vez que hubo bebido, me dio lo que quedaba, después de lo cual empecé a decir a los fuqarâ: “En este resto de agua que ha dejado el Shayj hay un remedio para toda enfermedad.” Luego se puso. a hablar con el Shayj Sidi Ahmad y lo primero que le dijo fue: “Yo estaré. contigo dondequiera que estés, no temas, pues, y te doy la seguridad de que has llegado a lo mejor de este mundo y del otro. Está bien seguro de que, allí donde estés, también estaré yo.” Entonces el Shayj Sidi Ahmad se volvió hacia nosotros y dijo: “El Shayj no está muerto. Está tal como lo veis ahora, y la muerte de la que hemos sido testigos no era sino un rito que debía realizar.” (Al‑Munawwar Bin‑Túnis de Mostagán.)

» Vi al Shayj Sidi Muhammad al‑Bûzîdî que se detenía y llamaba a la puerta de mi casa, y cuando me levanté para hacerle entrar encontré que la puerta ya estaba abierta. Entró; con él iba un acompañante, alto y muy delgado, y me dije a mí mismo: “Éste es Sidi Ahmad Bin‘Alîwa.” Después de pasar un rato sentado con nosotros, el Shayj Sidi Muhammad al‑Bûzîdî se levantó para irse. Entonces alguien le dijo: “Si te vas, ¿a quién dejarás para ocuparse de nosotros?”, y él dijo: “Os dejo a este hombre, este hombre”, y señaló al Shayj Sidi Ahmad Bin‘Alîwa. (Un miembro de la familia de Al‑Hayy Muhammad al‑Sûsî de Galîzân.)

»Vi al Imam ‘Alí 32 y me dijo: “Sabe que yo soy ‘Alî y que vuestra Tarîqa es ‘Alawiyya.” (Al‑Hayy Sâlih Ibn Murâd de Tremecén.)

»Después de la muerte de Shayj ‘Sidi Muhammad tuve una visión: me hallaba a orillas del mar y muy cerca de allí había un enorme barco en el centro de¡ cual se levantaba un minarete; ahí, en la torrecilla más elevada, estaba el Shayj Sidi Ahmad Bin‑‘Alîwa. Entonces un pregonero gritó: “Oh, gente, venid a bordo del barco”, y de todas partes subieron a bordo hasta que estuvo lleno, y cada uno de ellos sabía muy bien que aquél era el barco del Shayj Sidi Ahmad; cuando rebosaba de pasajeros fui al Shayj y le dije: “El barco está lleno, ¿eres capaz de hacerte cargo de él, y él dijo: “Sí, me haré cargo de él con el permiso de Al-lâh.» (Al‑Kîlânî Ibn al‑‘Arabî.)

Sidi ‘Udda cita también la siguiente visión del propio Shayj Al‘Alawî:

«Durante mi sueño, pocos días antes de la muerte de nuestro Maestro, Sidi Muhammad Al‑ Bûzîdî, vi entrar a alguien en el lugar donde me hallaba sentado y me levanté por respeto hacia él, lleno de temor ante su presencia. Luego, cuando le hube rogado que se sentara y yo me senté frente a él, vi claramente que era el Profeta. Me reproché a mí mismo no haberle honrado como debiera, pues no se me había ocurrido que fuera él, y me quedé allí, con la cabeza baja, hasta que me habló, diciendo: “¿No sabes por qué he venido hasta ti?”, y respondí: “No lo sé, oh Mensajero de Al-lâh.” Él dijo: “El Sultán de Oriente ha muerto, y tú, si Al-lâh quiere, serás Sultán en su lugar. ¿Qué dices a ello?” Dije: “Si fuera investido con esta alta dignidad, ¿quién me ayudaría y quién me seguiría?” Él respondió: “Yo estaré contigo, y yo te ayudaré.” Luego se quedó en silencio y al cabo de un momento me dejó; me desperté justo cuando partía, y fue como si, despierto y con los ojos abiertos, tuviera de él una última vislumbre mientras se iba» 33.

El texto dictado continúa:

«Como los fuqarâ sabían muy bien que no podían disuadirme de mi intención de partir, me obligaron a hacerme cargo de ellos, al menos mientras esperaba mi permiso para viajar, aunque su propósito era hacerme renunciar a mi viaje por todos los medios posibles. Uno de los que estaban más decididos a hacerme quedar era mi querido amigo Sidi Ahmad Bin‑Turayyâ, que no ahorró ningún esfuerzo para conseguirlo, siempre por motivos puramente espirituales. Una de sus estratagemas fue la de casarme con su hija sin imponerme ninguna condición, a pesar de que sabía que yo estaba decidido a irme. Acepté su ofrecimiento con gran alegría y le di a su hija lo poco que tenía como dote.

» Desgraciadamente, ésta no consiguió llevarse bien con mi madre. A medida que pasaba el tiempo mi dilema era cada vez más grande. Me sentía obligado a hacer todo cuanto podía por mi madre y ya había tomado partido en su favor en más de una situación de este tipo; pero una separación que había sido relativamente fácil para mí en el caso de otras esposas, parecía muy difícil en el caso de esta última. En cuanto a una posibilidad de reconciliación entre ellas dos, a decir verdad, era claramente muy remota. Cuando mi suegro vio el dilema en que me hallaba sugirió el divorcio e incluso lo pidió con insistencia: “Tu deber es cuidar de los derechos de tu madre 34. En cuanto a los derechos de tu mujer, están garantizados por las palabras: Si los dos se separan, Al-lâh los enriquecera a ambos con Su Abundancia 35, y todo esto, si Al-lâh quiere, no afectará en nada a nuestra amistad.” No cesó de repetir esta sugerencia, y yo sabía que era sincero, aunque mis propios sentimientos se oponían absolutamente a ello. Cuando Al-lâh hizo que ocurriera, contra la voluntad de ambas partes, yo estaba lleno de pesar, y mi suegro lo estaba tanto como yo. Pero no podíamos hacer nada más que resignarnos a lo que claramente parecía ser la voluntad de Al-lâh. Nuestra amistad, sin embargo, continuó inalterada, y aquel santo varón siguió siéndome tan leal como siempre hasta el mismo final de su vida, gracias a la pureza de su afecto, que tan bien integrado estaba en la vía espiritual.

»Casi me ocurrió lo mismo con Sidi Hammâdî Bin‑Qâri’ Mustafâ: tuve que divorciarme de una mujer que era miembro de su familia y de la que él era tutor; pero Al-lâh es testigo de que tanto en mi presencia como a mis espaldas —a juzgar por lo que he oído decir de él— su actitud fue muy parecida a la de Sidi Ahmad Bin‑Turayyâ, y todavía somos excelentes amigos. La causa de este divorcio fue el estado de preocupación en que entonces me hallaba, casi hasta la ebriedad, primero por el estudio y luego por el dikr. Durante este tiempo los derechos de mi mujer estuvieron desatendidos, como lo estuvieron, casi por igual, los de toda mi familia. Así, de una manera o de otra, mi destino ha sido divorciarme de cuatro mujeres. Pero esto no fue a causa de malos tratos por mi parte, y ésta es la razón por la que mis suegros no se lo tomaron a mal. De hecho, por mí son todavía suegros; y, lo que es más sorprendente, algunas de mis esposas renunciaron al resto de su dote después de separarnos. En una palabra, las deficiencias que hayan existido, han sido de mi parte, pero no fueron voluntarias.

»Cuando los fuqarâ hubieron tomado la determinación de no dejarme partir —y todas las circunstancias estaban a su favor— decidieron celebrar una reunión general en la zâwiya de nuestro Maestro... y me prestaron, de palabra, juramento de fidelidad. Este juramento lo fueron haciendo de la misma forma los fuqarâ antiguos, mientras que los recién llegados lo hicieron después mediante el estrechamiento de manos 36. En cuanto a los miembros de la orden que estaban fuera de Mostagán, no escribí a ninguno de ellos, ni les puse en la obligación de acudir a mí. Pero no pasó mucho tiempo sin que grupos de fuqarâ empezaran a venir por su propia y libre voluntad para reconocerme, dando testimonio de sus propias convicciones, contando lo que habían oído decir de mí a nuestro Maestro o lo que les había llegado por intuición o inspiración. Esto continuó así hasta que todos los miembros de la orden, salvo dos o tres, estuvieron reunidos. Esta unión de los fuqarâ fue considerada por nosotros como una milagrosa gracia de Al-lâh, pues yo no disponía de ningún medio externo para someter a mi influencia a personas de tantos lugares distintos. Fue su certeza absoluta, y nada más, de mi total conformidad a nuestro Maestro a este respecto. Además la formación que habían recibido de él para discernir la verdad y admitirla fuese cual fuese estaba firmemente arraigada en ellos, pues el Shayj no había cesado de darles los medios de hacerlo hasta que, gracias a Al-lâh, se convirtió para ellos en una segunda naturaleza.

»Recibí su juramento de fidelidad y les di consejos; gasté con los que entonces me visitaron parte de lo que tenía en efectivo para mi viaje, y no les pedí nada, pues siempre me ha resultado incómodo pedir dinero a la gente.

»A resultas de todo esto yo permanecía perplejo, sin saber qué hacer ni cuál era la voluntad de Al-lâh. ¿Debía partir, de acuerdo con la imperiosa necesidad que sentía de hacerlo, o debía abandonar toda idea de irme y consagrarme al cumplimiento de la función de “guía en el recuerdo” con los fuqarâ, como parecía ser ya mi destino? Dudaba todavía cuando llegó el momento para el que Al-lâh había decretado que yo visitara la capital del Califato 37. Un día puso en mi alma un sentimiento de constricción tan persistente que me puse a buscar un medio de aliviarlo, y se me ocurrió ir a visitar a alguno de los fuqarâ que se hallaban fuera de la ciudad. Llevé conmigo a un discípulo que vivía con nosotros, Shayj Muhammad Ibn Qâsim al‑Bâdisî, y partimos con la bendición de Al-lâh. Cuando llegamos a nuestro destino se nos ocurrió que también podríamos visitar a algunos fuqarâ de Galîzân, lo cual hicimos; y después de permanecer con ellos unos dos días, mi compañero me dijo: “¡Si pudiésemos llegar hasta Argel...! Allí tengo un amigo y, además, podríamos ir a ver a algunos editores; este contacto podría ayudar a que Al‑Minah al‑Quddûsiyya se imprimiera antes.” Llevábamos con nosotros el manuscrito de este libro, de modo que le dejé hacer a su guisa. En Argel no teníamos a ninguno de nuestros fuqarâ y, cuando llegamos, mi compañero se dispuso a buscar a su amigo, sin que, no obstante, tuviera grandes deseos de encontrarlo. Respecto a esto, me dijo: “Los lugares en que no hay fuqarâ están vacíos.” Tal era la experiencia que tenía de su amabilidad y su cordialidad.

»Después de tomar contacto con un editor tuvimos la impresión de que, por diversas razones, no era probable que ninguna firma de Argel estuviera dispuesta a aceptar mi libro, por lo que mi compañero dijo: “Si pudiésemos ir a Túnez todo sería muy sencillo. “Por mi parte, estaba ocupado revisando mi libro (cosa que podía hacer en cualquier sitio) entre visitas al editor y otras salidas, de modo que le dejé hacer a su guisa una vez más y viajamos de ciudad en ciudad hasta Túnez. El único hombre que practicaba el recuerdo (dâkir) y que yo conocía era un ciego que sabía de memoria el Libro de Al-lâh. Acostumbraba a venir a vernos en Mostagán cuando iba a Marruecos a visitar a su maestro... En cuanto a mis numerosos compatriotas establecidos en Túnez, no había ninguno al que deseara ver. Entramos, pues, en la ciudad a la hora de la siesta y encontramos habitaciones. Decidí no moverme hasta que viniera algún dâkir con el que pudiéramos salir. Esto fue a causa de una visión que tuve, en la que unos hombres miembros de cofradías sufíes venían a la casa en que me hallaba y me llevaban a su lugar de reunión. Cuando le conté esto a mi compañero, la cosa fue demasiado para él, y exclamó: “No he venido aquí para quedarme encerrado entre estas cuatro paredes.” Así pues, salía a hacer diversos recados, recorría algunas partes de la ciudad, y luego volvía. Al cabo de cuatro días de permanecer en esta casa, vino a nosotros el grupo de personas que había visto en mi visión. Eran discípulos del Shayj Sidi Al‑Sâdiq al‑‘Sahrâwî, que había muerto pocos meses antes. El linaje espiritual en el camino de Al-lâh de este santo varón se remontaba por Sidi Muhammad Zâfir y su padre Sidi Muhammad al‑Madanî hasta el Shayj Sidi Mawlây Al‑Arabî al‑Darqâwî» 38.

Unos veinticinco años antes, el Maestro de Al‑Sâdiq al‑‘Sahrâwî, Muhammad Zâfir al‑Madanî, había escrito:

«Mi venerado guía y padre, el Shayj Muhammad Hasan Zâfir al‑Madanî, partió de Medina hacia el año 1222 de la Hégira (1807 d. J. C.) y fue hasta Marruecos en busca de una vía por la cual pudiera llegar hasta Al-lâh, y se puso bajo la dirección de muchos Shayjs... Entonces Al-lâh le puso en contacto con su maestro, el Portaestandarte de la Tarîqa Shâdilî en aquel momento, Sidi Mawlây Al‑‘Arabî ibn Ahmad al‑Darqâwi. Su encuentro tuvo lugar el 23 de Safar del año 1224 de la Hégira en la Zâwiya Darqáwi de Bu‑Barih en el Bani Zarwal, a dos días de viaje de Fez. Entró por él en la vía y su corazón se abrió bajo su dirección, y si se preguntara quién fue el Shayj de mi padre, fue Mawlây Al‑‘Arabî al‑Darqâwî.

»Fue su compañero durante casi nueve años... Luego Mawlây Al‑‘Arabî le dijo un día, con gran vehemencia: “Ve a tu casa, Madanî. Ya no tienes necesidad de mí”; y en otra ocasión indicó que había alcanzado el término de toda perfección, y dijo: “Has alcanzado lo que es alcanzado por los perfectos entre los hombres”, y le dijo que fuera a su ciudad natal, la Casa de la Tumba Perfumada. Cuando se despidió de él, lloró y dijo: “He hecho de ti el instrumento de mi crédito ante Al-lâh 39 y un eslabón entre Su Profeta y yo.”

» Mi padre fue a Medina y permaneció con su familia durante tres años... Todos los años se unía a los peregrinos en el Monte Arafat 40 y luego regresaba a Medina, donde visitaba continuamente la Tumba del Profeta, pasando su tiempo vuelto hacia Al-lâh, sumergido en la contemplación, en el más total desapego... Y dijo: “En aquella época encontré al Shayj perfecto, al Gnóstico, Sidi Ahmad ibn Idrís. Vi que practicaba en el más alto grado la costumbre 41 del Profeta y quedé de tal modo maravillado de su estado que recibí de él la iniciación por la bendición que suponía."

» Durante su estancia en Medina algunas personas que buscaban un maestro solicitaron su dirección espiritual, pero él no les dio respuesta alguna por piadosa cortesía hacia su Shayj 42 hasta que oyó una voz proveniente de la Tumba Pura que le decía: Sé un guía en el recuerdo, pues, en verdad el recuerdo es provechoso para los creyentes 43 Dijo: “Me estremecí y temblé por la dulzura de estas palabras y comprendí que eran una autorización del Apóstol del Rey lleno de Bondad.” Obedeció, pues, la orden de Al-lâh y transmitió la iniciación a varias personas en la ciudad del Profeta... luego regresó junto a su Maestro, Mawlây Al‑‘Arabî al‑Darqâwî... y permaneció con él durante unos meses. Después Mawlây Al‑‘Arabî murió, y mi padre partió de nuevo hacia Medina... Cuando llegó a Tripoli, los ojos de algunos de sus compañeros se abrieron a la excelencia de sus virtudes y a la plenitud de su realización espiritual, y recibieron de él la iniciación. Más adelante, el número de sus discípulos aumentó y la cofradía se hizo célebre. La gcnte la asoció a su persona y a causa de ello se la llamó Al‑Tarîqat al-Madanîyya; es una rama de la Tarîqa Sadilî 44.

Este último párrafo exige algunas observaciones generales sobre la iniciación. La práctica de injertar un nuevo vástago en un tronco viejo es ajena al mundo moderno excepto en el plano material. Pero en todo el mundo antiguo esto se practicaba también, y sobre todo, en los planos superiores; y desde que el alejamiento de los Misterios se convirtió en una «segunda naturaleza» para el hombre, se consideró indispensable, antes de que éste pudiera entrar en el camino que conduce a ellos, el que un vástago de naturaleza humana primordial se injertara en este tronco «caído», que por definición está dominado por el puramente mental, y por tanto antimístico, «conocimiento del bien y del mal» 45.

Al principio de una religión la cuestión de la iniciación no es tan urgente, pues los primeros creyentes están bajo el dominio de una Intervención Divina, en un momento cíclico que es mejor que mil meses y en el que los Ángeles y el Espíritu descienden 46. Puesto que se hallan en uno de los orígenes de espiritualidad, las semillas dormidas de su interior (para emplear un símil diferente) pueden impregnarse tan fácilmente como pueden salpicarse de agua las que están cerca de una fuente o de una cascada. Pero cuando la caravana se aleja de este oasis a través del desierto de los siglos, los hombres pronto se dan cuenta de que el agua tan preciosa ya no está en el aire y de que sólo puede encontrarse almacenada en ciertos recipientes.

Estrictamente hablando, el rito de transmisión de un recipiente a otro no puede ser limitado a ningún conjunto particular de formas. Su forma puede depender, en casos excepcionales, de la inspiración del momento. Por ejemplo, además de la iniciación Sadilî que el Shayj al‑Darqâwî recibió de su Maestro el Shayj ‘Alî al‑Yamal, recibió otra de un anciano Santo a punto de morir quien le hizo su heredero espiritual mediante el acto, sin precedentes desde el punto de vista ritual, aunque altamente significativo, de colocar su lengua en la boca del Shayj al‑Darqâwî y decirle que succionara. Pero normalmente la transmisión adopta una forma consagrada por un precedente apostólico. Hemos visto que la iniciación en la Tarîqa Shâdilî‑Darqâwî consiste en un juramento de fidelidad, y este rito tiene su modelo en la “Beatífica Fidelidad” 47, una excepcional ocasión de rebosamiento espiritual en el origen del Islam, en la que el Profeta se sentó bajo un árbol e invitó a todos los Compañeros que estaban presentes a que renovaran su juramento de lealtad hacia él.

Aparte esta ocasión, hubo un continuo flujo espiritual en forma de Nombres Divinos para invocar o de letanías para recitar que el Profeta transmitió a sus Compañeros, ya fuera individual o colectivamente. La iniciación, en algunas cofradías, toma la forma de alguna de estas transmisiones. Además, en todas las cofradías, estas transmisiones son en cualquier caso indispensables, como iniciaciones secundarias o confirmatoriasl 48, para cualquiera que quiera beneficiarse de la plenitud de bienes es ítuales del Sufismo. En las portadas de la mayoría de los libros del Shayj Al‑‘Alawî, éste es calificado de «célebre por la transmisión del Nombre Supremo». Ningún sufí se consideraría calificado para practicar metódicamente una invocación a menos de haber sido formalmente iniciado en ella 49.

Una transmisión puede efectuarla cualquiera que la haya recibido incluso en el caso de que él mismo no la haya hecho fructificar, aunque nadie que no sea un maestro puede proporcionar una dirección experta. Esto no excluye la posibilidad de que, conformándose estrictamente a los métodos tradicionales de la orden, un iniciado dotado, incluso sin un maestro real, pueda evitar el permanecer estacionario en la vía en virtud de¡ gran peso de la herencia espiritual que tiene tras de sí. Pero la presencia de un maestro significa el contacto directo con la Fuente Divina misma, y al mismo tiempo esta presencia transmite, como ninguna otra puede hacerlo, la fuerza plena de la herencia espiritual. Además, la mayoría de los grandes maestros del Sufismo podrían afirmar, como el Shayj Al‑‘Alawî y el Shayj Al‑Madanî, haber recibido una investidura especial directamente del Profeta.

Al final de este libro, el árbol genealógico muestra las líneas principales 50 de la herencia espiritual de los ‘Alawî, las ininterrumpidas cadenas de transmisión —cualquiera que sea la forma que hayan podido tornar— a través de las cuales su linaje se remonta hasta el Profeta. Además de la iniciación normal que marca la entrada en la vía espiritual, es posible obtener la adhesión a una cadena «por su bendición», como lo hizo el Shayj Al‑Madanî después de su regreso a Medina. Y aunque este caso particular sea excepcional, la «iniciación de bendición» es buscada con mucha frecuencia por aquellos que no son capaces de seguir una vía espiritual o incluso de concebir lo que ésta pueda ser, pero que aspiran de una manera indefinible a beneficiarse de una presencia sagrada. Hacia el final de su vida el Shayj Al‑‘Alawî tenía numerosos discípulos de este tipo.

El Shayj Al‑‘Alawî prosigue el relato de su encuentro con los fuqarâ de la tarîqa Madanî en Túnez:

« Todos los reunidos nos sentamos y tuvimos una larga conversación; vi la luz de su amor a Al-lâh brillar en sus frentes. Me pidieron que fuera con ellos a un lugar que tenían pensado y no dejaron de insistir hasta que me llevaron y me alojaron en casa de uno de sus amigos. Después, uno detrás del otro, los fuqarâ vinieron a visitarnos, llenos de ardor. Tal fue su hospitalidad y el honor que recibí de ellos 51 —¡que Al-lâh quiera recompensarles!—.

» Durante mi estancia en Túnez recibí continuamente la visita de teólogos, canonistas y otros hombres eminentes... y con ellos venía un determinado número de sus estudiantes. Algunos de ellos ya eran iniciados, otros no, y de estos últimos varios entraron en la vía. Uno dé los estudiantes sugirió que les diera una lección sobre Al‑Murshid al-Mu‘mîn. Lo que dije obtuvo el favor de mis oyentes y fue la causa de que algunos estudiantes se hicieran iniciar en la orden. Así fue cómo pasamos nuestro tiempo, practicando y a la vez enseñando el recuerdo, y algunos sacaron provecho de ello. ¡Que Al-lâh sea loado por esta visita!

» En cuanto a la cuestión de hacer imprimir Al‑Minah al-Quddûsiyya, hicimos un contrato con el propietario de una imprenta por mediación de un compañero de viaje. Los dos nos gustaron realmente mucho, y esto fue lo que nos indujo a hacer el contrato, a pesar de que sabíamos que aquella imprenta no estaba muy bien equipada. Como consecuencia de ello el libro no apareció en la fecha prometida y yo tuve que partir y dejarlo al cuidado de otra persona.

» Había decidido continuar hasta Trípoli a fin de visitar a mis primos que se habían marchado de Mostagán para instalarse allá, tal como antes he mencionado. Como tenía un permiso para viajar, pensé que era mejor aprovechar esta ocasión. También me impulsaba la idea de visitar la Casa Sagrada de Al-lâh y la Tumba del Profeta, pero desgracidamente, recibí una carta de Mostagán en la que se me decía que la Peregrinación estaba prohibida 52 aquel año y que evitara la estación de Arafat 53, pues podrían multarme.

» De todos modos, me embarqué para Trípoli, solo, y suftí bastante a causa de los rigores del viaje en aquella estación. De hecho, sólo tuve un día de alivio: mientras reflexionaba sobre la multitud —hombres de Yerba 54 y otros— que llenaban el barco, preguntándome si habría algún dâkir entre ellos, uno de los pasajeros se paró junto a mí y me miró fijamente como si tratara de leer en mi rostro. Luego me dijo: “¿No eres tú el Shayj Ahmad Bin‑‘Aliwa?”. “¿Quién te lo ha dicho?”, respondí. “Desde siempre, he oído hablar de ti —dijo él— y ahora mismo, mientras te miraba del modo en que lo he hecho durante un rato, de golpe me he dado cuenta de que tú debías de ser el propio Shayj.” Le dije que, en efecto, lo era y luego fui con él a otra parte M barco y, habiéndole preguntado su nombre, supe que sé llamaba Al‑Hayy Ma’tûq. Desde que empezamos a conversar comprendí que era un Gnóstico. Le pregunté si encontraba alguna ayuda espiritual entre sus compatriotas y me dijo: “Soy el único hombre de este arte en todo Yerba.” Desde el momento de mi encuentro con él el tiempo pasó tan agradablemente como se hubiera podido desear hasta que llegamos a Yerba, donde él, y los que viajaban con él, desembarcaron. Después tuve que afrontar una vez más la soledad y los inevitables rigores del viaje en invierno hasta el momento en que yo mismo desembarqué en Trípoli.

» Mis primos me esperaban en el puerto. Deseábamos volver a vernos con tanta mayor impaciencia cuanto que nuestra separación había sido forzada. Tan pronto como llegamos a su casa y nos sentamos discutimos la cuestión de la emigración y todos los problemas relacionados con ella. Me dijeron que se hallaban en buena situación económica, gracias a la protección de Al-lâh. En cuanto al país, me pareció, por lo que había podido ver, un buen lugar para emigrar, puesto que la gente era tan parecida como era posible a la de nuestra tierra, tanto por la lengua como por las costumbres.

» Hacia la puesta del sol pregunté a mis primos si conocían a algún dâkir o algún Shayj que fueran gnósticos. Me dijeron que sólo conocían a un Shayj turco, hombre de la más evidente piedad, que era jefe de algún departamento del Gobierno. Pregunté si nos sería posible verle al día siguiente y, justo mientras estábamos considerándolo, llamaron a la puerta. Uno de mis primos salió y volvió diciendo: “El propio Shayj está en la puerta, preguntando si puede entrar.” Nunca les había visitado en su casa. Les dije que lo hicieran pasar y entró. Era un hombre alto, con una larga barba, vestido enteramente a la moda turca.

» Nos saludamos, y cuando se hubo sentado dijo: “Un hombre del Occidente —quería decir Shustarî— 55 dice de la Manifestación Divina: “Mi Amado abarca toda existencia y aparece a la vez en blanco y en negro.” Yo respondí: “Dejemos las palabras del Occidente a los hombres de Occidente, y oigamol algo de Oriente.” Él replicó: “El poeta dice: ‘abarca toda existencia’, y no especifica entre Oriente y Occidente.” Reconocí en estas palabras que estaba muy versado en la ciencia de los místicos. Aquella noche estuvo con nosotros durante una o dos horas, muy ardiente, escuchando atentamente con todas sus facultades, según ví. Luego se despidió de nosotros, no sin habernos hecho prometer que le visitaríamos al día siguiente en su oficina. A la mañana siguiente fuimos, pues, al lugar donde trabajaba, el Servicio de Aduanas maritimas, del que era director. Nos recibió con la más viva alegría, dio órdenes de cesar el trabajo y dio vacaciones a su personal, aunque había mucho trabajo que hacer. Luego salimos con él solo. Sería demasiado largo referir nuestra conversación sobre la doctrina mística, pero puedo contar que me dijo: “Si quieres quedarte en nuestro país, esta zâwiya de aquí es tuya, así como todas las dependencias que la acompañan, y yo seré tu servidor.” Yo sabía que decía todo esto con perfecta sinceridad, y le dije que dejaría mi casa y me intalaría allí. Di un corto paseo por los alrededores y me sentí muy atraído por aquellos parajes, como si correspondieran a algo presente en mi naturaleza... 56.

» Al tercer día de mi estancia en Trípoli oí un pregonero que anunciaba: “Quien quiera ir a Estambul puede conseguir un billete por muy poco”, y añadió que el barco tenía que partir enseguida. Inmediatamente experimenté el deseo imperioso de visitar la capital del Califato y pensé que muy probablemente allí podría encontrar la enseñanza de la que sentía necesidad. Así pues, pedí a uno de mis primos que viniera conmigo y aceptó, pero la visión de la furia del mar y el estrépito de las olas le detuvo. Ciertamente aquél no era tiempo para hacer una travesía. ¡Baste decir que alcanzamos la otra orilla!.

»¡No me pidas detalles sobre nuestro embarco! Una vez que hube encontrado un sitio en la cubierta empecé a preguntarme a dónde podría dirigirme para obtener ayuda y refugio durante mi viaje, y no hallé consuelo más que en la confianza en Al-lâh.

» Cuando llegamos a Estambul estaba casi muerto a causa del mareo; lo que agravaba todavía más mi estado era que en aquel momento no tenía en Estambul ni un sólo amigo que me tomara de la mano, y desconocía tanto la lengua turca que me encontraba muy apurado para decir la cosa más simple.

» Al día siguiente de mi llegada, me encontraba paseando por los arrabales de la ciudad cuando, de pronto, un hombre me tomó la mano, me saludó en un árabe excelente, y me preguntó mi nombre y de dónde venía. Le dije quién era, y él no era otro que una autoridad en derecho islámico de Argel, un hombre de la familia del Profeta. En aquel momento tenía un deseo muy vivo de visitar la capital del Califato, así que me puse en sus manos y él me ayudó mucho, mostrándome lo que deseaba ver. Pero no pude satisfacer completamente mi sed debido a las insurrecciones en las que el Califato 57 se hallaba envuelto y los disturbios que pronto iban a estallar entre el pueblo turco y su sedicente “juventud del Renacimiento” o “juventud Reformista”. Este movimiento estaba dirigido por numerosos individuos que el Gobierno había desterrado y que, a resultas de ello, se habían diseminado por distintos países de Europa, en donde habían publicado periódicos y revistas con la única intención de criticar al Gobierno y de exponer sus debilidades ante los ojos de las potencias extranjeras; y los arribistas encontraron en este movimiento subversivo rendijas y puertas por las que se abrieron camino y lograron sus fines. Así fue como el Califato fue condenado a ver a su soberano detenido y arrojado en prisión, mientras la “juventud del Renacimiento” emprendía su obra en todas partes, con una brutalidad absolutamente sin límites, hasta que, por fin, consiguió alcanzar sus objetivos. El significado de su “Renacimiento”, “Patriotismo” y “Reforma” se volvió entonces tan claro como el agua para cualquiera que tuviera ojos para ver. Pero no voy a hablar más de ello: lo que los kemalistas han hecho me dispensa de describir paso a paso esta degradación.

» Me convencí de que la estancia que había esperado hacer en aquellos lugares no era realizable por diversas razones, la principal de las cuales era que sentía la inminente transformación del reino en república y de la república en tiranía sin principios. Así pues, regresé a Argelia, con el sentimiento de que mi regreso era el fruto suficiente de mis viajes, aun cuando no hubiera obtenido nada más, y, en verdad, no tuve el alma en paz hasta el día en que puse el pie sobre suelo argelino. Loé a Al-lâh por el comportamiento de mi pueblo, por su perseverancia en la fe de sus padres y antepasados, y porque seguía el ejemplo de los hombres piadosos 58.


Notas
1 ‘ Al‑Rawdat al‑Saniyya, p. 9. Esta obra fue compuesta por Sidi ‘Udda y publicada dos años después de la muerte del Shayj. Contiene informaciones diversas sobre su vida y su actividad espiritual.
2 ‘Al‑Rawdat al‑Saniyya, pp. 9‑27. Aparte algunos resúmenes aquí y allá para evitar repeticiones, el texto se cita íntegro, con la intercalación de otras citas que ayudan a completarlo.
3 Las referencias a Turquía que se hacen al final demuestran que fue dictado desde 1923.
4 Es decir, había aprendido de memoria nueve décimas partes del Qur’ân.
5 El Shayj alude claramente a Qur’án II, 273. Su familia, sin duda, estuvo en mejor situación anteriormente. En todo caso, un poema de principios del siglo XIX se refiere a Ahmad, bisabuelo del Shayj, como a uno de los notables de Mostagán, eminente por su piedad y su conocimiento de la ley islámica.
6 1914.
7 Los sufíes son conocidos como «el Pueblo» (al-qawn) en virtud de la Tradición siguiente y otras análogas: «En verdad, Al-lâh tiene Ángeles, noble compañía de viajeros, que buscan por la tierra las asambleas del recuerdo. Cuando descubren una se apiñan sobre ella, ala contra ala, de suerte que los que están más arriba se hallan en el Ciclo. Al-lâh les dice: “¿De dónde venís?”, y ellos responden: “Venimos de ver a Tus servidores que Te están glorificando, Te magnifican y testifican que no hay dioses sino Tú, que Te imploran y buscan Tu Protección...” Entonces Al-lâh dice: “Sed testigos de que les he perdonado, de que les he concedido aquello por lo que Me imploran y de que les he asegurado Mi Protección contra aquello respecto de lo cual la piden”. Entonces los Ángeles dicen: “Señor, entre ellos, sentado con ellos, se encuentra un pecador”. Y Al-lâh dice: “A él también le he perdonado, pues está entre un pueblo (qawn) cuyo compañero, aquel que se sienta con ellos, no será maldito» (Muslim, Dikr. 8).
8 La palabra tanqa (vía) se emplea especialmente para designar la vía de los místicos y por extensión ha llegado a designar, como aquí, una orden o cofradía de los que siguen esta vía.
9 En la Tarîqa ‘Îsâwi, o al menos en alguna de sus ramas, son usuales ciertas prácticas, como el comer fuego o el encantamiento de serpientes. Su origen se remonta al fundador de esta orden, Muhammad ibn ‘Îsâ (fallecido en 1523). Habiendo incurrido en los celos del Sultán de Mequinez, recibió la orden de abandonar la ciudad junto con sus discípulos. Carecían de provisiones para este éxodo y pronto estuvieron extremadamente hambrientos, por lo que los discípulos rogaron a su Maestro, que era célebre por sus milagros, que les diera algo de comer. El Maestro les dijo que podían comer todo lo que encontraran en el camino y como allí sólo había guijarros, escorpiones y serpientes, comieron de ellos y calmaron su hambre sin sufrir ningún daño (véase L. Rinn, Marabouts et Khouan, p. 305).
10 El Shayj Al‑Bûzîdî era conocido generalmente por este nombre, que es un diminutivo de Muhammad.
11 El ya mencionado fundador de la Tarîqa ‘Îsâwî.
12 Qur’án, XI, 17. Este versículo es susceptible de varias interpretaciones distintas; en la traducción sólo puede conservarse una, con exclusión de las otras. El Shayj Al‑Bûzîdî entendía claramente la palabra shâhid en el sentido de “evidencia directa” o “ilustración concreta”.
13 No carece de interés citar aquí la siguiente fórmula del Budismo extremo oriental: «Como lo ha expresado uno de los Maestros Zen, primero el discípulo, cuyo espíritu está todavía inmerso en el espejismo cósmico, percibe a su alrededor objetos tales como montañas, árboles y casas; después, por la adquisición de un conocimiento parcial, las montañas, los árboles y las casas desaparecen; pero al final, cuando ha llegado a una inteligencia total, el hombre, que ya no es un discípulo, ve de nuevo, las montañas, los árboles y las casas, pero esta vez sin las superposiciones de la ilusión» (Marco Pallis, The Way and the Mountain, p. 108. Peter Owen, 1960. Traducción cast.: El Camino y la Montaña. Ed. Kier, Buenos Aires, 197 3 (N. del T.)
14 Al‑Hallâj. Cfr. Le Diwân d’A1‑Hallâj, edit. Massignon, 1965, p. 93. El verso continúa: «Somos dos espíritus en un cuerpo», y es en gran parte la base de la teoría de Massignon —tan poco críticamente seguida por otros orientalistas— según la cual Al‑Hallâj no era un «monista», es decir, no creía en la wahdat al‑wuyûd, la Unicidad del Ser. Esta cuestión se considera más adelante con mayor detalle, pero podemos mencionar aquí que Gazzâli, en su Mishkât al‑Anwâr (véase Yawâhir al-Gawâlî, El Cairo, 1343, p. 115), cita estos versos en un contexto muy similar al anterior y, como el Shayj Al‑‘Alawî, los considera producto de un estado de ebriedad espiritual que todavía no está, por así decirlo, equilibrado por una sobriedad espiritual complementaria y que, por consiguiente, no representa la convicción definitiva de Al‑Hallâj.
15 Corán, XXXIII, 72.
16 Fallecido en 1258. En su calidad de fundador de la gran Tarîqa Shadilí era antepasado espiritual del Shayj Al‑‘Alawî a la vez por la Tarîqa Darqâwî (a la que pertenecía el Shayj Al‑Bûzîdî) y por la Tarîqa ‘Îsâwî, ambas ramas de la primera.
17 Guía de los Elementos Esenciales del Conocimiento Religioso de Ibn’Âs’ir (fallecido en 1631). El comentario del Shayj sobre esta obra, Al‑Minah al‑Quddûsiyya, que revisó varios años después, es una de sus obras más importantes, y una de las más difíciles de conseguir.
18 En su introducción al Miftâh al‑Suhûd dice: «La causa de este escrito fue un estado de absorción interior que envolvía habitualmente a mi corazón y que impedía que mis pensamientos recorrieran toda región inferior a la de los cuerpos celestes; a veces este estado se apoderaba de mí, Corazón y todo, y me conducía hasta la misma Santa Esencia. Pero, cualquiera que fuese el grado en que yo estuviera, me venían inspiraciones y relámpagos de conocimiento directo, fuera del alcance de mi comprensión, uno detrás de otro, sin descanso. Al principio traté de apartarme de ellos, negándome a reconocer como auténticas las exigencias con que me acometían, pero finalmente me vencieron y pusieron el sello de su autoridad sobre mis más íntimas convicciones. Sabiendo, por tanto, que era impotente para resistirme a ellas, y convencido de estar prisionero de esta estación, me resolví a aceptarlo y me sometí a la Voluntad de Al-lâh, después de haber tomado refugio en el consejo de mi Maestro, quien me dijo que escribiera este libro. Me dijo, además, que no hiciera del libro, por lo que pusiera en él, la maravilla de las maravillas, y me citó la Tradición: “Habla a los hombres según la capacidad de su inteligencia”.»
19 Fue publicado en 1941, es decir, siete años después de su muerte. El manuscrito estaba fechado en el año 1322 de la Hégira (1904 d. J.C.).
20 Fallecido en 1197. Su tumba es un lugar de peregrinación para todo el mundo musulmán.
21 Al convertirse en discípulo de este Shayj darqâwi-sadilî en Marruecos, el Shayj al‑Bûzîdî se convirtió en descendiente de Abû Madyan, que era el bisabuelo espiritual de Abû‑l‑Hasan al Sâdílî (véase Apéndice B).
22 Al‑Mawâdd al‑Gaitiyya, p. 13.
23 Como el Shayj Al‑‘Alawî, también él era en aquel momento un representante (muqaddam) del Shayj al‑Bûzîdî, con poder para recibir en su nombre a novicios en la tarîqa e instruirles.
24 El Shayj Al‑Bûzîdî murió el 12 Shwwâl del año 1327 de la Hégira (27 de octubre de 1909).
25 Aquí el Shayj se expresa de una forma muy elíptica. He tratado de desarrollar el sentido de sus palabras.
26 Qur’án, XXVIII 68.
27 El tatarabuelo del Shayj Al‑‘Alawî, Al‑Hâyy ‘Alî (hâyy es el título que se da a alguien que ha realizado la Peregrinación), era conocido en Mostagán como Al‑Hâyy ‘Alîwa (diminutivo dialectal). De ahí viene el nombre de Bin‑‘Alîwa dado a sus descendientes.
28 El Profeta dijo: «La visión del creyente es la cuarentaiseisava parte de la profecías» (Bujârî, Kitâb al‑Hiyal, Bâb al‑Ta’bir, 4, y la mayoría de los demás libros canónicos), y: «Las visiones vienen de Al-lâh y los sueños de Satán» (Bujârî, ibid., 3).
29 El Profeta dijo: «De la profecía ahora ya no queda más que las portadoras de buenas noticias.» Y dijeron: «¿Qué son las portadoras de buenas noticias?», y él respondió: «son las visiones de los hombres piadosos» (ibid 5). También dijo: «Si alguno de vosotros tiene una visión que ama, esta visión no viene de nadie más que de Al-lâh» (ibid., 3).
30 Al-Rawdat al-Saniyya, pp. 129-133 (resumido).
31 Ibid., pp. 131-149.
32 Primo y yerno del Profeta, cuarto Califa, a quien se ha llamado a veces «el San Juan del Islam». En la mayoría de las cadenas de sucesión espirituales a través de las cuales las órdenes sufíes indican su descendencia del Profeta, él es el eslabón que une con el propio Profeta.
33 Uno de los discípulos del Shayj, el único con el que he tenido un contacto directo, me hizo observar en una ocasión que una visión manifiesta su origen espiritual incluso en su «textura», por un frescor y una claridad de los que los sueños ordinarios, proyecciones del subconsciente, carecen totalmente. Añadió que una de las características secundarias de la visión es que a menudo va seguida inmediatamente por un estado de plena vigilia sin ningún proceso intermedio de despertar.
34 «Un hombre se presentó al Profeta y le dijo: “Oh, Apóstol de Al-lâh, ¿quién tiene más derecho a mi consideración?” El Profeta respondió: “Tu madre.” El hombre dijo: “¿luego?” Él respondió: “Tu madre.” El hombre dijo: “¿Y luego?” Él respondió: “Tu madre.” El hombre dijo: “¿Y luego?” Él respondió: “Luego tu padre” (Bujârî, Adab, 2).
35 Qur’án, IV, 130.
36 Los fuqarâ antiguos no repitieron este rito del estrechamiento de manos puesto que ya habían sido iniciados en la orden anteriormente, y de una vez por todas, por el Shayj Al‑Bûzîdî. No obstante, algunos lo renovaron cinco años más tarde, como signo de fidelidad, cuando el Shayj decidió independizarse de los Darqâwîs.
37 Estambul.
38 Fundador de la tarîqa a la que pertenecía el Shayj Al-Bûzîdî.
39 Porque iba cerca de Meka.
40 El punto culminante de la peregrinación es el momento en que los peregrinos se encuentran sobre el Monte Arafat, a pocas horas de viaje al este de Meka, el día anterior a la Gran Fiesta.
41 Esta palabra se emplea para traducir sunna, que incluye en su significado todas las practicas habituales del Profeta, el cual dijo: «Os prescribo que sigáis mi Costumbre.»
42 Aunque cualquiera que haya recibido la iniciación es capaz de transmitirla, el Shayj Al‑Darqâwî no le había dado instrucciones formales al respecto, quizá porque pensaba que dificilmente podía hacer muqaddam a alguien que se había convertido en su igual espiritual.
Al parecer tenemos aquí, por ambas partes, un sutil ejemplo de aquella piadosa cortesía (adab) que tiende a presidir las relaciones humanas en todas las civilizaciones teocráticas, y en ninguna más que en el Islam, particularmente en las hermandades sufies, en las que adquiere casi un aspecto metódico como medio de purificación.
43 Qur’án, LI, 55.
44 Al-Anwâr al-Qudsiyya fi Tarîq al Shadiliyya, pp 38‑40. (Estambul, 1884).
45 Por extensión, la iniciacion también se consideraba necesaria para la realización de cualquier función —sacerdotal, real, caballeresca, etc— que presuponga que su poseedor es verdaderamente humano, es decir, que es un mediador entre el Cielo y la tierra, o para la práctica de un arte u oficio —como la albañilería, por ejemplo— que en virtud de su simbolismo es susceptible de ser integrado en la vía de los Misterios. Gracias a la iniciación, el novicio adquiere una nueva herencia espiritual. Pero esta restauración virtual de la original norma humana de santidad no exime al iniciado de la tarea tremenda de actualizarla, es decir, de esforzarse para que el nuevo retoño se desarrolle y florezca plenamente y para que el vicio tronco no vuelva a afirmarse.
46 Qur’án, XCVII, 4.
47 Este nombre está tomado de la afirmación coránica (XLVIII, 18) de que el juramento de fidelidad confirió a los que lo hicieron el Ridwân de Al-lâh. Esta palabra, que a menudo se traduce en un sentido demasiado débil, es de enorme importancia cuando se emplea en relación con la Divinidad. Muchas Tradiciones (por ejemplo, Tirmidî, Yanna, 18; Bujârî, Riqâq, 151) declaran que la beatitud en cuestión es más excelente «que el Paraíso, y los Compañeros del Árbol», como fueron llamados los que en aquella ocasión la recibieron, fueron especialmente venerados hacia el final de sus vidas y posteriormente.
48 Del relato del Shayj Al‑‘Alawî sobre su entrada en la Tariqa Darqâwî podemos colegir que primero hizo el pacto preliminar de fidelidad, luego recibió, por transmisión, las letanías de la orden, y finalmente fue iniciado en la invocación del Nombre.
49 Puede decirse que esto se aplica a todos los métodos en todas las místicas, desde los budistas japoneses del Extremo Oriente hasta los «medicine men» de los pieles rojas del extremo Occidente. Para tornar un ejemplo de una vía que, estando basada en la invocación (el Japa‑Yoga hindú), es similar a los diversos caminos del Sufismo, los lectores de aquella tan inspiradora autobiograf ia de un místico ruso del siglo XIX que está traducida al inglés con el título The Way of a Pilgrim traducción castellana en ed. Olañeta, recordarán cuán importante era para el peregrino recibir directamente de un starets calificado la transmisión de aquella forrna particular del Kyrie Eleison que iba a ser su oración perpetua. En el caso excepcional de una gran contemporánea, aunque más joven, del Shayj Al‑‘Alawî, la hermana capuchina Consolata Betrone, que también siguió un camino invocatoirio, la invocación fue transmitida por el propio Cristo (véase L. SALES, Jesus Appeals to the World, St. Paulls Publications (Trad. francesa: Jesus parte al mondo, Éditions Saint Canisius, Friburgo, 1957 (N. del T.) ).
50 No se incluye la línea que une al Shayj Al‑‘Alawî con Abû‑l‑Hasan al-Shâdilî a través de la Tariqa ‘Îsâwi. Por otra parte, las ramificaciones de todas las diversas ramas, aun si se conocieran, serían demasiado complejas para ser reproducidas en un solo árbol. La economía de este árbol se puede juzgar por el caso de Hasan al‑Basri (640‑727 d. J.C.), quien en su larga vida debió de recibir varias transmisiones de muchos distintos Compañeros del Profeta, mientras que aquí se registra como el heredero espiritual de un solo Compañero.
51 Dos años más tarde, en 1911, les envió un mensajero desde Mostagán y todos se convirtieron en discípulos suyos (Sahâ’id. p. 145).
52 Por las autoridades francesas y debido a una epidemia que hubo aquel año en Arabia Saudita.
53 Véase nota 40. El «Día de Arafat» en cuestión fue el 22 de diciembre de 1909.
54 Una isla situada frente a la costa, entre Túnez y Trípoli.
55 Poeta y místico indaluz fallecido en 1269. El poema lo da Massignon en Recueil de textes inédits relatifs a la mystique musulmane, p. 136.
56 Ya no se hace más mención del Shayj turco.
57 La visita del Shayj a Estambul tuvo lugar en el invierno de 1909‑1910. El Sultán ‘Abd al‑Hamid había sido depuesto el 28 de abril de 1909 y le había sucedido su hermano, Muhammad V, que era más o, menos un instrumento en manos del «Comité para la Unión y el Progreso».
58 Aquí termina la autobiografía del Shayj.
(Capítulo 3º de Un santo sufí del siglo XX, ed. Olañeta, pp. 47-76)
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