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Ojos de la profecía

Ojo de barro y agua

23/11/2001 - Autor: Huseyn Vallejo - Fuente: Webislam
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Ojos
Ojos

Existen un ojo que se va y un ojo que se queda. El que se queda tiende hacia la lejanía, se lanza a divagar desde el cuerpo que lo lleva como un fanal hacia la concurrencia.

El otro ojo tiene que cerrarse, sumergirse en el magma indescifrable donde los peces lo saludan con una paradoja. A de saberse parte de una ciénaga intocable, ojo de barro y de agua, puente entre la materia y el sustrato final de lo visible. Poderosa luciérnaga en la noche, el ojo que se queda se vuelve innecesario, ojo del no saber que se evapora y deja humo de amor; símbolos que reposan sobre los animales, las plantas y la piedra.

Si tenemos dos ojos es para que intercambien sus secretos, para la danza de los encuentros y los desencuentros, para deshacerse de las dobleces del tiempo por las dobleces de la transparencia, para recomponer una energía en una recurrencia de vértices lograda por el Único eje que sostiene la cúpula del mundo.

Son ojos para ver la profecía, para palpar lo que vendrá a partir de la materia, del interior secreto del gemido, de la respiración autónoma del mundo. Ojos que han de trazar su recorrido, que han de mirar el alba y el ocaso, siempre rasgando el borde de las velas, a recorrer los signos como un soplo de luz que se ha incrustado en nuestro cuerpo.

Ahora el ojo abierto se sale de su cuerpo. Se santifica y habla con los peces, se persigna y despacio se humedece de tiempo destruido: ¡vedlo como voltea y parla a la cigüeña! Las que se van pernoctan en la cima del despertar y el ojo las devora. Son las imágenes de otoño, que han de caer del mundo a la deriva, salirse de su rumbo compartido para poder nadar en su sentido. Son las imágenes de otoño, la lejanía que saluda a la cierva salvada por el fuego. La sed revolotea, el agua sudorosa de cristal y de esperma nos transporta al umbral del umbral, donde ya estamos solos con multitud de objetos y de ruidos, en el centro del tiempo postergado.

El ojo que has cerrado busca recomponer el mundo en el oscuro túnel infinito, donde puedes mezclar las cosas en tú mente, donde existen caballos con cabeza de hombre y los burros rebuznan la gran sabiduría. Son las contemplaciones fervientes de aquellos que aún no saben que el sol está en la boca de la mujer amada, que no saben que uno más uno suman uno y el mundo es el espejo final de lo increado.

Imágenes doradas, redondas oquedades van hacia el ojo azul que se ha perdido, escapado del cuerpo donde habita canal sutil de pneuma incontrolable. También la voz se puede dar la fuga, también de los sentidos hay viaje, descendencia del tacto mensajero, sabor de transparente sol donado como una quemazón de terciopelo. Lugar de los encuentros es la imagen que de si mismo dona perfil y sobrevuela parajes y aventura, danzón desmenuzado por el ir y venir de símbolos sin vida, pendientes todavía de la definición del diccionario.

A veces esos símbolos concuerdan con lo que ha de venir, a veces dan el sí del desmedido encuentro, cuando rondas de veras la fuente inescrutable. De su propia hojarasca con el centro, desde su propia muerte con la vida, dan la nota triunfal de la aureola con formas y ataraxia. Son cosas que suceden, cosas que me han pasado, difícil es cifrar su contenido cuando el saber se esconde en su guarida. Los símbolos que encarnan, las luces revolcándose al son de la ceniza, la máxima pureza mezclada con aquello que ha de podridse y darse a los gusanos.

Es hacer el amor con la montaña, despertarse mojado por un sueño. Acción sin actos, el ojo desentraña la servidumbre y súmase al que sigue sus pasos rectos, caminar descalzo filo tras filo, centro desasido, y perdiendo el objeto perseguido dar con lo otro que no se sabía. El juego del espejo y el carril prohibido, de la imaginación que escapa de la fantasía y transfiere a tú mundo verdadero las imágenes del mundo de lo opaco. Son las incandescencias del camino, lugar donde el encuentro permanece con una intensidad de ciervo solitario, amigo de su propio desarrollo de ciervo al infinito.

Entre estos once párrafos la buena manera del pez se desplaza intocada, sin voz ni caída de escamas, ralea despacio y deprisa: ralea despacio por verse adherida al suceso, ralea deprisa por ver superada la fuerza de la corriente subterránea, por ver más allá de la imagen su fuente de piedra irreductible. ¡Estalla con cien ojos, cien pies, cien heridas que estallan cien veces cien días que clavan cien cristos de vidrio, cien veces fugado!

Oh los versos y el ojo que dicen dorado se escapa de nuevo en su noche de seda. Todo es sabor y tiempo que se eleva desde su soledad a la cigüeña que retorna del ciclo que sus células le dictan. Ha traspasado ya el azul del cielo, el amarillo ronda la voz del sol salado por el mar inmortal de aquel gemido. Dolor de quemazón o esfuerzo trenzado a su cariño de niño en brazos de una madre no nacida. ¡Oh la naturaleza que se viste, que se incendia de amor y separa la imagen de su fuente! Dolor del tiempo en su camino hueco, al borde de pensarse como encuentro de nuez y corazón, de redes y ceniza... ¿para que han de servirte los símbolos si el ave de repente se para y estornuda? ¿Para que ha de servirte la música sin el mundo no gira al son de la cigüeña?

¡Perfora más, perfora cuanto puedas! Deshazte de las ruinas del comienzo, rutina de las últimas rarezas y portal de incipiente maravilla. La verdad es natural y el mundo sigue los pasos de tu propia fuerza. A de embocar sabores, verse contaminado por las sombras que antes de arder ya dicen su ceniza. Destrenzarse de nuevo para que el no saber se vuelva desde el humo a las manos del ciervo que toca la trompeta. Y el pez recóndito, sudor de lo adorable sin forma y sin sonido, recóndito se queda. Arder y arder: sonidos que entrevuelan distancia y corazón del mundo enamorado.

A partir de aquí nace el camino de las contradicciones: la cigüeña trajo de infante al ojo que se cierra, pero el ojo que se mantuvo abierto es ya un anciano, ha devorado mundo y va cansado de una imagen a otra: todo tiene el sabor de lo pasado. El niño de Saturno que porta la guadaña, que ha dejado su arco y se sabe mirando el milenario mundo. La mismidad del arco disparado por un bello sonido de hojarasca. ¡Oh mundo anciano, oh formas que no cesan de repetir la misma maravilla! ¡Oh epístolas del tiempo! Un mirar nuevo que se sabe anciano, una mirada de anciano que se sabe recién nacido al mundo, que sabe que el instante es uno eternamente, el mismísimo instante de todos los comienzos.

¡Oh el ojo del anciano sabedor del frío, del desgaste infinito que queda en infinito cuando el desgaste ya ha sido asumido! ¡Oh el ojo joven viéndose a si mismo nacer en el instante donde el mundo nuevamente es creado, donde la cigüeña es ángel y ese ciervo resurrecto dará a su monte el galopar del viento! Un galopar de tiempo que entra y que sale dándose al esfuerzo de lo que permanece como un pez parado en el mar inmortal de nuestro anhelo, del anhelo de Aquel que no se sabe.

Del día camina el camino del día que pasa por ser el único camino. Lo viese muerto cuando se extraviaba, pero es lo mismo ahora cuando lo recorre por el otro carril... ¡cuando retorna la cigüeña! Ya es hora de decir que el día se ha doblado hacia el mundo y postrándose se eleva. Ya es hora de decir que el cuerpo es el poema donde el ojo retorna como un feto inmortal en manos de la imago, y que el amor es un texto donde las caricias dicen la profecía, donde se han atado las manos a si mismas y encuentran la semilla del Sí que se renueva.

Las aguas desembocan en actos de pisada sin otro destino que el de ser pisada. Los actos, el instante, la suave despedida del centro identitario te funden en la llama que arde en secreto en cada rama de cada árbol, de cada encuentro, de cada respirar, y toda llama es llama del humo universal que nos congrega en torno a una Palabra, Palabra de lo abierto, del ritmo primigenio, donde voz y dilema son puestos bocabajo.

Hemos entrado ya en el reino de la profecía, donde lo cuantitativo es signo que conduce a la ruta de la seda, donde la lluvia oblicuamente dona sus gestos a la sombra concurrente, donde la voz ha vencido a la fatiga y surge de la pura transparencia.

La captación del recinto increado donde los corceles recorren la distancia entre la realidad por dentro y el camino trazado por lo que acontece, entre el suspiro y su sentido, entre el encuentro como norma del cielo que desciende, y el corazón que busca el calor de la mañana.

Estamos hablando de los ojos, del ojo que se queda y el ojo que se va, de la mirada que ha de recomponer el mundo en torno a unos actos decisivos, actos de culto si se quiere, hechos con la intención del gesto, con la reminiscencia del Otro que los hace a través tuyo. La captación del recinto increado como marco donde la creación sucede, donde las paradojas son la misericordia creadora del mismo corazón del tiempo que siendo Uno recompone un ritmo, se desmenuza y juzga desde la mismidad de la materia.

A partir de aquí es cuando decimos que todo es visión, que todo está estregado a la visualidad de la Palabra:

Veo una voz que se abre como un puente en la memoria y danza el embozado del no saber por medio de esta fuga. No han de atraparlo ya las máscaras del mundo, reconoce el sabor lumínico del rostro desnudo de atributos, sensible como herida. No han de paralizarlo las lúgubres cadencias del mundo destruido, pues sabe que los pasos recomponen su música en lo Uno, y el firmamento hiende con luz toda inocencia.

Forman las manos la tela de araña, reconocen el cuerpo de lo intenso y hienden la concavidad del día. Estoy diciendo que lo indestructible se apodera del hombre si se entrega. Se inmortaliza el árbol en el mundo. Se dirige a la raíz la mano que se sustrae y busca las manos de la noche. Tacto glacial y escóndase el futuro, tacto de luz y anéguese el que busca respuestas y se rompe en su alegría.

Pedazos de cielo y de fuego, fragmentos de voz esparcida como un cristal sediento de imágenes, de devolver los cuerpos de la imagen a la fuente de todo nacimiento. En un pedazo el pez se sale de la mar y busca la humedad del aire, se busca en el encuentro con el mundo. En un pedazo el ciervo se mira en lo infinito y el ojo se sumerge en sangre. Un espejeo vuelve desde el jade a piel de ciervo o árbol de esmeralda.

Veo una voz y oigo una memoria, y estoy en la esperanza de la piedra. Son los entrecruzados pensamientos del árbol y la nube, dominación extensa de una noche que no se sabe noche, que se sabe la luz del otro mundo.

Veo contradicciones que se asientan en tronos de marfil. Son las pistas del rumbo decisivo, del viraje del tiempo hacia su eje. Puentes de telaraña, noticias del deshielo de la sangre.

Veo una voz y dígase su canto. Y dígase la voz que reconoce su pertenencia a ese decir que rompe la distancia. Veo una voz y ya se van formando siluetas, y el cuerpo se confunde con otro cuerpo de animal dorado, que conserva su fuerza mientras busca palabras adecuadas con que decir su entrega. Poco a poco las cosas adquieren un contorno, ya pueden ser tocadas las sombras, veo una dimensión indestructible.

Veo una voz y el tacto se imagina capaz de asir la luz de la conciencia. Se imagina capaz de imaginar lo Real, capaz de dar a la verdad un cuerpo.

Palpo la luz y encuentro una caricia de luz que me recorre, que reconoce al propio pensamiento como otro cuerpo que se funde y se confunde con la imagen trazada por las alas del tiempo.

Es la salud del mundo en su comienzo, la salvación del hombre en la mirada, en una voz visible, en un lugar donado como pura presencia, en un sonido intenso que recorre los mundos y se posa sobre el cuerpo.

Luz abisal que vence a la fatiga del ser y da a las alas un motivo, un estremecimiento al cuerpo y un camino a las hormigas hacia su hormiguero.

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