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Palabras humanas sobre la Palabra revelada

23/11/2001 - Autor: Abdelkarim Osuna
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La Palabra anterior a la palabra

La Palabra anterior a la palabra no es humana, no meramente humana. Se trata de alcanzar el lugar del nacimiento del lenguaje como el lugar de afloración de una palabra que, por ser pura emanación del Uno, es verdadera. Palabra verdadera es aquella que no representa el interés humano, que no dice el ser sino la tierra. La palabra del hombre solo puede hablar de si mismo, en una tautología desesperada. La palabra humana se enrosca en si misma como una serpiente, se dice a si misma. Lo grave es cuando dicha tautología trata de explicar el mundo: acaba forzando a la realidad a adaptarse a ella.

La palabra del ser es palabra inter-esada. La palabra de lo existente es el correlato febril de unos días sin cielo. El discurso nace cuando lo inmediato se hace de humo, cuando la presencia y el tacto se cruzan y toman caminos diferentes.

Debemos recuperar el sentido profundo de la Revelación como Palabra anterior a los tiempos, cuya anterioridad no es mesurable. Se trata de una anterioridad ontológica, una anterioridad en el sentido de que se trata del Decir originario. La Revelación es adaptable, por ello, a todos los tiempos. Su carácter proteico nos absorbe, es el supremo regalo de Al-lâh para la ummah.

La Revelación es el permanente regalo de Al-lâh, ante el cual la única respuesta es el absoluto agradecimiento. El agradecimiento implica acción, es la primera respuesta. Debemos prolongar ese lenguaje con nuestros actos de modo que no se desvirtúe. Los actos de los creyentes son la prolongación del lenguaje primordial, son el seguir siendo de la Palabra revelada.

La Palabra revelada debe ser palabra que revela, palabra reveladora de un sentido que está ahí. El sentido es aquello que está ahí, y la Palabra viene a Decir ese sentido. Sin la preeminencia del sentido, de una significación implícita a todo, no tiene sentido hablar de una Revelación, pero la captación de ese sentido "que está ahí" no puede hacerla el hombre como hombre, porque el hombre está encerrado en su círculo circunstancial, y sólo es capaz de captar aquello que le toca como hombre, y no simplemente el todo, nunca el sentido global, no meramente humano desde el momento en que hay otras formas de vida para las cuales también existe ese sentido.

No se trata pues del sentido del mundo, ni del sentido de la vida individual. La búsqueda de un sentido individual solo puede darse contra ese sentido que está ahí, y que precede al individuo. Se trata del sentido que engloba la significación humana (solo expresable mediante construcciones tautológicas) y el no-saber del mosquito, de la piedra, del mar y de la planta, pues se trata de un no-saber cargado de sentido. Justamente es ese no-saber lo que la revelación revela.

El Libro

Debemos penetrar el como de la Palabra revelada y sus relaciones con el lenguaje humano. Nosotros usamos los mismos signos para lo uno y lo otro, y sin embargo admitimos que su origen es totalmente diferente. Sabemos que Al-lâh ha utilizado el lenguaje de los hombres para hacerse comprender, pero ello no nos debe hacer pensar en que Al-lâh, por usar una estrategia, ha tenido que "renunciar" a Su lenguaje.

El carácter transversal de la Rahma ha propiciado el encuentro, la posibilidad de purificar nuestro decir en busca de la fuente del lenguaje, y el musulmán hoy siente que en ello hay una clave existencial necesaria para vivificar el Dîn, pues el acoso al lenguaje, la constante manipulación de los conceptos, acaba por desvirtuar toda comunicación y derivarla a mera fórmula donde el encuentro verdadero nos es escamoteado.

Debemos ser conscientes de que lo que se escucha cuando verdaderamente se escucha es al otro, a lo Otro. Escuchar implica necesariamente un reconocimiento del otro y de su habla, el reconocimiento de un lenguaje distinto, que en un principio nos es desconocido.

Estamos en el Libro, en la Palabra que se ensancha y que desciende, hiende la tierra, el corazón del muerto, y hace nacer montañas y horizontes. Las rimas y los versos, la suavidad de los vocablos, su aspereza, su cualidad sonora, sus sentidos, son átomos y letras, son presencia, soplo divino y fuente que no cesa.

La claridad del Libro, su precisión en ti, su modo decisivo de penetrar a través de los velos que le impones, hasta hacerse equivalencia, paredro celestial, compañero en las sombras y en la lucha, parte de ti completa.

Todo en el Libro dice de tu vida compartida, todo en el libro dice que eres agua, tierra, fuego y aire, que debes integrar tierra en la tierra, fuego en el fuego y aire con el aire. Que debes asumir del agua la morada, despertar la substancia del agua presa de lo opaco, estancada en la aparente solidez de tus ficciones.

Oh Al-lâhuma que nos desbordas,
cuya presencia escapa a toda posibilidad humana, cuyo sentido va siempre más allá del molde en que quieren ponerlo los gusanos.

Oh Al-lâhuma que has descubierto el velo,
que has puesto velos como sombra protectora y has mandado a tu siervo que desvele, que trate de apartarse de la senda de la quietud y que abra el torso de la idea con el puñal de la palabra.

No me es posible escuchar el Qur’ân sin tener esa actitud... no debemos creer nunca que sabemos lo que dice, pues una y otra vez nos sorprende su profundidad sin límite. La Rahma de Al-lâh solo descansa en Al-lâh, pero por nosotros pasa y no se queda.

Tenemos la sensación de que ella está perpetuamente asentada en nosotros porque está cruzando constantemente por nosotros. Esa diferencia es esencial, pues si pensamos que la Rahma está en nosotros creemos que la Rahma es nuestra, que se asienta en nuestro interior. Eso es soberbia, es pensar que porque mencionamos la Palabra de Al-lâh esta palabra es nuestra, que podemos sujetarla a límites precisos. Existe un hadith en que el Profeta — sâllallahu ‘alâihi wa sâllam — dice: "el Qur’án se escapa más que un camello del establo..."

La Palabra Qur’ânica germina y retorna siempre al mismo sitio: a la profundidad insondable del mundo, donde los creyentes se lanzan a buscarla.

La presencia

Si el hombre está en apertura simbólica ve a Al-lâh resplandeciendo en todo lo visible. Los cambios de este mundo no alteran su secreto interior y las calamidades envia­das por el Cielo no hacen que el fuego de su amor se aleje.

El Qur’ân es el lenguaje illahico tal y como se deja escuchar, es el lenguaje de la escucha, de la actitud atenta a lo otro que sí.

El Qur’ân no es accesible a aquel que habla, pero tampoco es accesible únicamente al que escucha: solo existe como algo verdadero para el oidor que concentra su potencia en el acto conjunto del Decir y de la Escucha.

Igual que hay una suma atención que desenmascara lo mundano, y que conocemos como contemplación, existe una suma actitud de Escucha que nos sobrepone al ruido y nos abre al Decir de lo inmediato, a la música sutil y silenciosa del acontecimiento, de lo que sobrevuela los discursos y el trasiego. Dicha suma atención a la Palabra anterior a la palabra hoy en día nos es imprescindible, pues de otro modo nuestro lenguaje derivará en consumo, se perderá en su juego.

Lo propio del arif es escuchar los símbolos, estar atento al aflorar del símbolo. Para el arif llega un momento en el cual todo simboliza, y ya no puede ver las cosas como cosas sino como portadoras de un Mensaje. Nada de lo que pueda pasarle es casual y todo se abre a la interpretación y a la visión del mundo como el lugar de la teofanía, del desglose de ese universo escatológico que se expresa en el Libro.

Toda presencia se convierte en espejo de una realidad intangible en la cual se halla inscrito. Dicha realidad intangible —pero sensible— que le es propia es asimismo espejo, se refleja en el mundo interactuando. El arif tiene la pretensión de actualizar el Libro, o aquello del Libro que le es propio, del mismo modo que el Profeta — sâllallahu ‘alâihi wa sâllam — fue enviado para actualizar la totalidad del Libro (por eso su esposa Aisha decía de él que era "el Qur’ân con piernas").

El habitar en el mundo del musulmán es doble: por un lado le es necesariamente la contemplación de las realidades simbólicas del libro en el devenir, y por otra parte es necesariamente activo, pues le es necesario interactuar para propiciar el cumplimiento del símbolo, su plenitud en la vivencia.

El musulmán ha hecho del Qur’ân un puro símbolo de la presencia, de la posibilidad de que el Decir del mundo como un todo se le haga presencia constante, le revele constantemente su sentido. Al reflejarse en el Libro se proyecta en ese universo simbólico capaz de donarle con precisión la llave de donde se encuentra, de que lugar ha alcanzado en su camino hacia la realización del universo escatológico. Ese universo es para él lo único que tiene ya sentido, pues es a través suyo que se producen la "conquistas espirituales", las "iluminaciones", los acontecimientos teofánicos, la rememoración del Nombre, las apariciones de luz y los fotismos: todo aquello que podemos compartir con la Realidad en su absoluto.

Hemos utilizado la palabra "sentido" con plena conciencia: no se trata meramente de un significado (una significación captable por el raciocinio) ni una sensación (captable por la sensibilidad), sino de algo realmente sentido, que engloba ambos aspectos: una sensibilidad del raciocinio que nos lleva a ver el mundo como un todo simbólico que fluye.

El lugar

Las palabras son aquí como un crisol, como el aro de fuego que cruza el león en el circo, como una puerta a otra realidad que es en verdad la misma transmutada. Son una protección y un hechizo, dar un rodeo para evitar la frontalidad que nos separa.

Eso que penetramos mediante las palabras es lo real, pero esa Realidad es un enigma inapresable. Se trata de un don, que aún siendo recibido como algo que nos viene, nos hace partícipes como si fuera algo que surge de nosotros. Requiere de nosotros una materialidad moldeable de barro capaz de recibir las formas que tejen la salat y el abandono, y aún así nos mueve y nos delira, nos hace salirnos de las formas hacia la felicidad de la materia como un todo.

Frente a la paradoja de la palabra recibida y entregada, palabra fija y en movilidad constante, que cambia de sentido y permanece siempre idéntica a si misma, existe el tema del donde: ¿dónde se recibe la palabra?, ¿dónde se entrega? Es el misterio del lugar que compartimos, no ya con los otros sino con "Aquel que envía las Palabras". El problema del lugar es anterior y posterior al problema de la finalidad, del objetivo. No se trata del que ni del porque sino del como es posible que la revelación suceda.

El "donde" no se acaba, la extensión se prolonga al infinito. Del mismo modo hace variable al tiempo, lo hace existir aquí y allí en si mismo separado: separado en si mismo. Esto quiere decir que el lugar de las palabras que ahora escribo es el lugar donde tu estás, que el instante de escribirlas y el instante de leerlas es el mismo: es el instante en el que cobran vida estas palabras. El tiempo se mira a si mismo a través de la palabra compartida. Mucho más que esto ha de suceder con la Palabra revelada...

Se han acabado las palabras que se quedaron enquistadas. Nosotros no somos hombres de espíritu, no somos "espirituales". Somos hombres de aliento, y en nosotros alienta una calidez intempestiva. Nuestro alentar una palabra compartida es como ese fuego en una noche de invierno alrededor del cual giran atenazados los que se han perdido, los que no han sido incluidos por las palabras enquistadas. Nuestro aliento es el vapor en la boca de los hombres en la nieve, un vapor que calienta las manos, las hace capaces de agarrar objetos, de entregarse a las manos extendidas.

Al-lâh es entonces el espacio, el mismísimo hecho del espacio como anterior al tiempo. No lo abarcan los cielos ni la tierra. El espacio, la paradoja de un espacio que es lo extenso y que no puede estar limitado, nos abre la boca y nos sitúa en un entramado de realidades sin un centro. La ausencia de centro específico hace que todo sea centro. Nos hace capaces de concebir en todo un centro.

Un mundo sin centros políticos, sin capitales financieras, donde la acumulación está vedada. Un mundo sin centros ideológicos es un mundo en el que la utopía del espacio como algo abierto se ha cumplido. El estallido de la luz en nuestras manos es la ofrenda que nos queda por hacer un día, es la constancia de esa forma fiera y arrodillada que habita ya en los tiempos del Profeta, y aún antes junto Âdam el Yanna. Retro-traer los símbolos al mundo compartido, descender la espiral de lo posible, convocar el Polo...

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