webislam

Miercoles 11 Diciembre 2019 | Al-Arbia 13 Rabi al-Zani 1441
1588 usuarios en linea | Español · English · عربي

WebIslam.com

» Artículos

?idt=1736

Sobre los Signos de la Guerra

Sobre la Gran Yihad

12/11/2001 - Autor: Seyyed az-Zahirí
  • 0me gusta o estoy de acuerdo
  • Compartir en meneame
  • Compartir en facebook
  • Descargar PDF
  • Imprimir
  • Envia a un amigo
  • Estadisticas de la publicación

universo(1)
universo(1)

1. Harb

No es suficiente definir la guerra como destrucción o ausencia de creatividad. Se trata más bien de un desafío, de haber ocultado toda otra posibilidad como horizonte. Se trata de mostrar que no hay escape, que estamos enfrentados a la vida. Muchas veces Al-lâh nos conduce hacia esos callejones sin salida, la Realidad nos obliga a ser conscientes de las diferencias insalvables. Pero la verdad de la guerra no puede limitarse a la lógica de los bandos, sino al despertar de todo aquello que nos fuerza a la superación de lo que la ha hecho necesaria. Para alcanzar esa verdad nos vemos obligados a definir la guerra según los principios de la tradición, de oponer la tradición a un enfrentamiento dictado únicamente por el interés humano, o por unas supuestas diferencias esenciales entre lo uno y lo otro. Unas diferencias que no son nunca inocentes, que mueven a los hombres a tomar partido, que los parten y separan en uno y otro bando.

Tampoco es suficiente oponer a la guerra la paz de un modo frontal, pues en esa misma oposición triunfa la guerra en su aspecto destructivo (harb). La paz silenciosa e inactiva no es nunca capaz de desactivar la guerra en su aspecto destructivo, a no ser que ese silencio esté cargado de rahmâ, sea un silencio capaz de irradiar la ternura necesaria para devolvernos a nuestra intimidad de criaturas, donde ya somos uno. Pero Al-lâh nos lleva a callejones sin salida, donde acaso el silencio no sea suficiente.

Los que sueñan con la paz como ausencia de guerra deben recordar que en todos los conflictos está la obligación de reconsiderar el vínculo que hemos establecido entre lo múltiple y lo Uno, que el mundo se renueva mediante la voluntad del Uno, una voluntad que es movimiento incesante al que debe adaptarse completamente el hombre. Sin conflicto no existe crecimiento, sin crecimiento no hay nuevos desarrollos. No existe una inmovilidad que pueda salvarnos de la guerra. La verdadera paz no es lo contrario de la guerra sino una posibilidad que la trasciende. Hemos de llevar a este terreno la idea de la unión de los contrarios. La yihâd es la recuperación del sentido verídico de la guerra como esfuerzo en dirección al reestablecimiento de un modelo de comunidad basado en la apertura, capaz de dar cabida a los contrarios, un modelo social basado en los principios de la inclusión frente a la exclusión, de un dinamismo no violento, capaz de dar cabida a nuevas formas.

Desafío a nuestro entendimiento y a la misma raíz de la existencia: la guerra desarraiga cuando se hace en nombre de entidades ilusorias, de principios doctrinales, de religiones o de ideologías. Desarraiga doblemente cuando se hace en nombre de algún líder, enarbolando imágenes, banderas o estandartes. En ese momento la guerra se confunde con la idolatría, y no conduce más que al triunfo del interés frente a las actitudes desinteresadas. Triunfan los representantes de un bando u otro bando, pero jamás la idea que sostienen. La imposición de una opción personal es un escándalo. El culto a la personalidad nos parece encaminado a sepultar la posibilidad del hombre de medirse tan sólo con lo que su corazón le dicta, rompe con la adoración que sólo a Al-lâh le es debida. Los que combaten por Al-lâh deben saber que no son sus ideas las que importan, que no son sus egos los que deben prevalecer en el combate. Hay que llevar el desapego hasta el mismo campo de batalla.

No hay yihâd sin ese objetivo manifiesto de restablecer una armonía perdida. Cuando se nos dice que el yihâd es sólo defensivo no se está mintiendo, pero tampoco contribuimos a explicar su dimensión completa: defenderse contra el desarraigo es oponer una fuerza capaz de devolver las cosas a su origen. Oponer el yihâd al harb es entonces absolutamente necesario, y nos ayuda a aclararnos en nuestro camino, aunque sea desde un punto de vista negativo. En el Islâm no existen excusas de estrategia que permitan abandonar las reglas, no existen razones de fuerza mayor porque el propio modo de luchar es causa y la perfecta adecuación a ella es ya una victoria. La idea de que el fin justifica los medios es absolutamente intolerable. Es preferible ser aparentemente derrotado que vencer sin respetar escrupulosamente las normas que la tradición impone.

Recordamos aquí la tradición según la cual Alî Ibn Abû Talib iba a matar a un enemigo, cuando éste le escupió a la cara. Alî le perdonó la vida, pues haberle matado en esas circunstancias hubiera sido actuar movido por su ego. Es decir: no lo mató porque ese hombre había despertado en él un odio incompatible con la verdadera lucha. La yihâd es incompatible con el odio, ni siquiera el desprecio del enemigo es tolerable.

2. Yihâd

En el Islam se llama yihâd a la superación de las contradicciones entre una idea de la paz que no comprende que el enfrentamiento es necesario, y a la guerra en su aspecto únicamente destructivo: el esfuerzo consciente por superar la identidad en el combate, por superar un paradigma de superioridad o exclusividad amenazada en favor de la mismísima unión de los contrarios, de la inclusión frente a la paradoja.

La paradoja estriba en que el musulmán sabe que combate contra un hermano que no se sabe hermano, que ha renunciado a su cualidad de hermano. Lucha por demostrar al otro que la persistencia en negar su pertenencia al Uno es insostenible, pues conduce a depredar el mundo. Sólo mediante la yihâd se puede despertar al otro desde el momento en que en la batalla se miran los hombres frente a frente. Es por eso que en la guerra moderna se ha renunciado al enfrentamiento, al cuerpo a cuerpo que desvela la identidad entre los aparentes enemigos. Se eluden los rostros a favor de las imágenes de la estrategia, pues en el rostro se halla la posibilidad de encuentro, la mirada a los ojos, al corazón sediento de apertura que posee todo combatiente.

La guerra tradicional tiene por objeto la defensa de la comunidad, y es incompatible con las ideologías, nos enfrenta desde nuestra identidad amenazada para obligarnos a poner por encima de las diferencias, a luchar contra la misma diferencia en su exclusividad amenazada. Saber retornar la guerra a su sentido positivo es desviarla de esas doctrinas que nos ponen uno frente al otro. Se lucha por la tierra, por las mismas raíces de la vida, se lucha por el derecho del árbol a ser árbol, pero jamás por el tú o por el yo que quieren imponerse. Se lucha por el hecho de pertenecer al pueblo, por el hecho de ser pueblo, y no por un sistema financiero o por una dicotomía inexistente.

La tradición nos da una opción de combate que no nos desarraiga, que nos hace conscientes de la trascendencia que puede tener el combate, según la transparencia de la entrega. Una posibilidad de canalizar nuestra energía destructiva, de ponerla en acción para la creación, de desligar la paz y la guerra como opuestos e insertarlos en el propio movimiento de la vida. No se trata sólo del Islam, sino de todo pensamiento tradicional: la guerra ha sido contemplada siempre como una posibilidad humana y como tal no tiene por que ser únicamente destructiva.

No importan la victoria o la derrota: el yihâd es el modo como el musulmán da testimonio de su entrega, de su amor insobornable hacia la vida, de su rechazo incuestionable hacia la manipulación, de su apartarse de la corrupción del mundo. La lucha contra la destrucción se presenta como un signo, y no se realiza con la idea de victoria o de derrota, sino que el propio hecho de realizarla es ya el signo de que hemos vencido, de nuestro desapego y rechazo de un mundo corrompido. Es por eso que el musulmán es indomable.

Este es el dilema de Medea: o aceptar el engaño o matar a sus propios hijos. Ella prefiere la destrucción a la profanación irremediable de la vida. Para el pensamiento clásico tal vez la suya sea la opción de la barbarie, pero también representa una noción de vida que no puede doblegarse, que se destruye o se comprende, y comprenderla es ya ponerse en la situación de reestablecer el vínculo perdido. Si Medea prefiere la destrucción a la mentira es porque para ella la trasgresión que le proponen es el equivalente a un cataclismo, a una perdida total de todo aquello que da sentido a la existencia. ¿Cómo dejar a sus hijos en semejante mundo? ¿Cómo respirar si el aire no es soplo divino, cómo seguir viviendo?

La opción del Islâm es, en cierto sentido, la suya: no es tolerable una vida despojada de su verdadera dimensión, pues no merece la pena vivir esa mentira de civilización que se presenta como desarraigo, que despoja al hombre de su humanidad y lo reduce todo a un destino utilitario. Pero el musulmán, a diferencia de Medea, no vive en una tradición estancada, sino que participa del propio dinamismo de la naturaleza. El Islâm no es la barbarie, aunque los occidentales prefieran verlo como el griego clásico a Medea. El Islâm nos trae la posibilidad de mantener esa dimensión sagrada de la vida en un mundo complejo, que comprende el comercio y la globalización de las ideas, que comprende el desarrollo de la técnica como una bendición y no como un desastre necesario.

Destruir lo que destruye no puede hacerse inocentemente, no hay impunidad para quien separa en dos momentos diferentes creación y destrucción, para quien dice como se combate sin decir como se crea. La anulación de los aspectos creadores de la guerra es lo que denominamos harb. Entre el harb y el yihâd hay una distancia enorme. El yihâd está reglado y no puede separarse del sentido que lo fundamenta. El harb nos retrotrae al caos para instaurar un orden despótico (humano), un orden no natural (ideológico) que ha de significar el desarraigo. Desactivar el yihâd es lo que han tratado siempre de lograr unos y otros, y es en esta situación cuando debemos reivindicar su dimensión completa. Aún cuando se trate de la guerra externa, de la guerra militar, siempre existe la necesidad de restaurar el mundo según las reglas de las cuales el yihâd, como una pieza, participa. Caer en el harb en nombre del yihâd es ya reconocer el triunfo del harb en toda regla.

3. Sayfu-l-Islam

Las armas son un signo: Cristo mismo anunció “yo no vengo a traer la paz sino la espada”. Traer la espada aquí significa zarandear al hombre, lanzarlo hacia aquello que puede liberarlo. Significa el abandono de un estado de laxitud y de pereza, donde somos perfectamente utilizables. La espada es heredera del relámpago, hiende las tinieblas. Su filo es capaz de separar lo verdadero de lo falso, nos devuelve a la claridad del mundo que aparece.

“Y tenía en la mano derecha siete estrellas, y de su boca salía una espada de dos filos aguda, y su semblante como el sol cuando resplandece con toda su fuerza”. (Apocalipsis 1, 16).

Las siete estrellas que el jinete del caballo blanco sostiene con su mano derecha pueden ser vistas como culminación luminosa de un ciclo. El siete se refiere a la unión de lo temporal (cuatro) y lo espiritual (tres), es signo de una multiplicidad completa, que se refiere al resplandor de Cristo: “estrella brillante de la mañana” (Apocalipsis 22, 16).

Pero queremos centrarnos en esa “espada que salía de la boca”. Esa es sin duda la espada que nos zarandea, y al final de los tiempos esa espada volverá como Verbo. Se trata del logos en su aspecto combativo, de oposición frontal a las tinieblas. Es el discernimiento. El Verbo hiende el horizonte para encontrar un camino, donde es indispensable el contacto directo entre el hombre y su arma, entre la mano y la espada como instrumento del combate, pero en tanto que logos el contacto entre la espada y el hombre es distinto: se da como aliento, como palabra compartida. Sin esa materialidad unida al aliento la yihâd se convierte en otra cosa. Se trata de un trabajo completamente físico y mental, que moviliza todo el cuerpo, que es movido por un soplo que desborda.

Son las ideas-fuerza a través de las cuales continuar la resistencia. La espada como símbolo de fuerza y de capacidad de penetrar en la realidad, y cuyo simbolismo axial nos retrotrae a las ideas-eje, al encadenamiento de las fuerzas en el corazón del mumîn. Unas ideas capaces de anudar a los hombres, presentadas de un modo que puedan despertar al otro. Unas palabras limpias, renovadas, que puedan servir como puente, superación de las dicotomías que la guerra establece como una paradoja.

Sayfu-l-Islâm, siendo un instrumento, debe ser tocable, materializable en obras. El Islâm trae siempre consigo un determinado proyecto social, traza el camino del encuentro. La espada contiene el simbolismo del eje del mundo. Los dos filos de la espada hacen referencia a los dos polos, pero también a las dos formas del esfuerzo. Esto quiere decir que las dos formas de combate se anudan en un signo. Existen hombres combatiendo con una metralleta en algún sitio, otros combaten mediante la palabra. Todo depende del lugar y de la situación concreta de cada hombre. En el Islâm no hay una moral cerrada, y cada musulmán debe encontrar el modo de combate que le es propio. La única norma valida para juzgar su esfuerzo es la sinceridad con que lo emprenda.

Muchos hombres comprenden la yihâd tan sólo en un aspecto. Hablan de “guerra santa” o de “esfuerzo”, o de yihâd mayor y menor, pero no de la unión de las dos cosas. Empuñar las armas para desarrollarse interiormente, ir de lo uno a lo otro para no claudicar, usar las palabras como armas, para lograr la paz por cualquiera de los medios que nos han sido señalados. El musulmán jamás abandona la acción, como tampoco el diálogo. No es aceptable una yihâd que no se abra a la posibilidad de un pacto que solucione los conflictos. La yihâd es siempre portadora de un proyecto, de unas determinadas opciones de futuro que comprendan la superación de toda diferencia. En ese sentido yihâd es iytihâd: realizar el máximo esfuerzo de reflexión posible para aplicar la Ley del Islâm en las nuevas situaciones.

Sayfu-l-Islâm es el signo de la axialidad de un combate exterior por la paz que interioriza el combate interior por la justicia, que se desborda en nuevos proyectos, en la necesidad de renovarse según ese mandato que nos zarandea. La Palabra y la Guerra son sinónimos del cambio, de un devenir que no ha encontrado una respuesta adecuada en la comunidad humana. Es entonces cuando lo Uno se expresa mediante la guerra, nos expresa su desconfianza, lo real se rebela y nos separa, nos enfrenta para vernos perecer por unos signos que se han cosificado. Si sabemos apartarnos de esos signos en su aspecto exclusivo y escuchar la nueva respuesta en medio de la noche, podremos despertar del caos a la lucha, recuperar el mundo para la Palabra.

El Islâm se constituye en ummah cuando los creyentes se reúnen en torno a la Palabra que desciende. Empuñar la “espada del Islâm” (Sayfu-l-Islâm) es tomar la decisión de entregar la vida, de darse definitivamente a un proyecto vital que se vislumbra no en la ideología, no en la moral ni en el estado, sino en la consecución de una sociedad capaz de proteger la vida en su desarrollo interno, que no premia la trasgresión sino la entrega, que no potencia la depredación del mundo y la acumulación de capital sino el reparto equitativo. En ese sentido es bien conocida la negativa de todo musulmán a aceptar la injusticia, su ausencia de sumisión a los poderes y su tendencia a rebelarse.

4. Imân

El dogmatismo no es más que la repetición incesante de lo mismo, una repetición identitaria que prescinde de los devenires, de las declinaciones y los cambios, y se instaura como orden. El orden es siempre repetitivo: pretende parar el mundo según un modelo social definitivo, un modelo ideal que se repite al infinito. La repetición de lo ideal, verdadero núcleo de todo orden, es el principio de identidad, que se expresa en la fórmula A = A.

En un sentido negativo el orden es la negación del caos. ¿Qué es el caos? El caos es indefinible, se refiere al desorden, a la ausencia de referentes y al vacío tenebroso de lo indeterminado. El caos es la ausencia de apoyos. Etimológicamente la palabra caos nos remite a lo abierto. En ese sentido: ¿acaso el imâm no es dirigirse al caos como fuente? Transitar de lo determinado a lo indeterminado con plena confianza en un orden más grande, que nos es desconocido, que no podemos abarcar y nos es necesariamente inalcanzable.

El orden, al negar el caos, está negando ese orden que nos es desconocido. Siendo este orden esencialmente indestructible, tan solo consigue destruir el vínculo entre lo abierto y lo determinado. El dogmatismo rompe con la fuente de todo nacimiento, separa a los hombres de lo indeterminado. Para el hombre con imâm el caos ya no existe como tal, se transforma en sentimiento oceánico. El imâm es posterior a la vivencia del abismo, es el resultado de encontrar una paz secreta en lo indeterminado, una paz que el orden no puede fijar porque se renueva en lo abierto.

De ahí que digamos que el imân no es sólo intraducible como fe, sino que son contrarios. La fe es el instrumento de manipulación que los poderes han creado para tener vinculados a los hombres en torno a unos valores invisibles, que no pueden saborearse en esta vida. Creer en algo que no se nos da es signo de una candidez que necesita repararse. Para la fe el caos es un enquistamiento, se hace sordo al declinar del mundo, pero el imân se abre a la certeza de que en pleno seguimiento de lo abierto se decide nuestra vida, adaptándose constantemente, haciéndonos cambiar de posiciones, buscando siempre la actualización de lo presente según el mandato de lo Uno.

El dogmatismo se genera tanto en el miedo a esa vivencia como en el miedo a perder las referencias, a no reconocerse en lo vertiginoso. El dogmatismo es el resultado de la imposibilidad de establecer una norma positiva que recoja esa experiencia, que permanezca abierta a nuevos desarrollos, al devenir y al cambio. Pero esa imposibilidad es falsa. Si el yihâd es el esfuerzo por superar las dicotomías que se nos presentan como un hecho consumado, entonces el iytihâd es el esfuerzo por renovar la Ley del Islâm según su sentido universal, capaz de dar cabida a lo indeterminado.

El desorden no es tan solo sin sentido, es el reclamo de una nueva concurrencia. La destrucción se opera aquí y allí para que lo mismo nazca en otro lado, no según unos principios de identificación sino de recurrencia, de vuelta de la fuerza a la Palabra. No es lo mismo identitario: son las ideas-fuerza. Pueden ser las mismas formas que han cambiado de sentido, o la misma significación que busca nuevas formas para hacerse comprensible. En este último caso se trata de acordar la voluntad del hombre a la eternidad de las palabras.

Pero es en el primer caso cuando en verdad somos puestos a prueba, cuando la situación nos demanda la entrega de la misma noción de recurrencia. Nuestra dualidad constructora-destructora es llevada a la máxima tensión. El cambio de significado de lo aparentemente idéntico a si mismo solo puede ser operado desde el Uno, pero la recepción se da en la escucha, en una actitud de entrega a la Palabra que desciende. Ese cambio implica un movimiento substancial de la materia, implica que el mundo se está haciendo, que lo que Al-lâh pudo querer en un momento que comprendiese el hombre debe llegar a ser necesariamente distinto, debe variar su contenido. Se trata de aceptar que lo que comprende un hombre y lo que comprende otro, aún siendo diferentes, son lo mismo que se adapta a cada uno.

Es entonces cuando el caos nos remite al signo, lo hace necesario. El referente “externo” es sustituido por una referencia propia. Si tomamos el objeto como signo, el mismo signo tiene un significado distinto para cada uno, pero esa diferenciación no es otra cosa que una Misericordia de Al-lâh. Ese es el lenguaje del Uno, capaz de diversificarse y hacer posible la plenitud del hombre en cuanto individuo a través de una sola forma colectiva.

¿Cómo es posible esa multiplicidad de sentidos en una misma forma?

Se trata de la misma realidad interna entre los hombres que busca nuevas formas y nos obliga al esfuerzo del encuentro, de materializar la unión mediante la consecución de una estructura social capaz de dar cabida a todas las visiones que nacen de lo Uno. La escucha de la Realidad nos desbarata, rompe las ilusiones y nos atenaza: no existe ya un camino propio sino la Realidad que nos convoca en su Unidad orgánica. Debes saber que tú enemigo busca lo mismo que tú a través de su combate, debes buscar ese punto de unión que se ha hecho invisible y devolverlo al centro de la lucha.

5. Ummah

Se trata, propiamente, de la negación del dogmatismo, del principio de identidad como aplicable a la comunidad de Al-lâh. Él no es determinable, está siempre más allá de todos los principios, hasta el punto que debemos decir que la fórmula “Al-lâh = Al-lâh” es falsa. Él no es nunca idéntico a sí mismo para que no podamos atraparlo como idea.

La negación del dogmatismo es mantenerse en la apertura de los Signos: el hecho de que Al-lâh se dirija a los hombres a través de la apariencia, decidiendo su camino mediante unas señales a las cuales el hombre que recorre el sirat al-mustaquin se entrega. El símbolo, como la shar’îa, no es codificable. Por mucho que lo digan los diccionarios, no se puede determinar lo que una cosa significa dentro del universo simbólico del hombre. Por mucho que lo digan los juristas, la Ley debe permanecer abierta, no se puede determinar de antemano su modo de aplicación, porque eso es negarle la movilidad al mundo. El dogmatismo es tratar de fijar en unas estructuras lo que es por definición indefinido, es cerrar las puertas a la capacidad de la apariencia por enviar sus mensajes renovados. Pero el hombre de Al-lâh sabe que todo es Signo y todo pertenece al lenguaje de lo Uno.

El lenguaje de lo Uno es también metafórico, capaz de utilizar una cosa para referirse plenamente a otra, de despertar la mirada de los hombres hacia lo luminoso a partir de lo aparentemente opaco. Son las correspondencias, que hacen saltar las cosas de la una a la otra, enlazándolo todo al mismo principio creador sin límite ni máscara, no determinando en nada la apariencia de lo sagrado.

El musulmán debe recuperar la axialidad de su combate, debe constituirlo en constructor de mundo, en una concurrencia inesperada, que solo es encontrable en el calor de la batalla. Debemos luchar contra todo principio identitario que nos separe de los otros definitivamente y luchar por un concepto de comunidad abierto, sin trabas externas más que el propio orden inherente a la existencia.

Frente a la idea de nación se sitúa la idea de la ummah: una comunidad accesible, en la cual todos sus miembros puedan participar en las decisiones colectivas. Debemos profundizar en esa línea de desacralización de todas las estructuras, de diversificación de las respuestas. La universalidad del hombre nos exige recorrer ese camino, ofrecer una idea de encuentro entre culturas muy alejada de la idea de imperio y del monoteísmo de mercado, pero también de la shar’îa como algo cerrado hace cientos de años.

Debemos aquí por supuesto referirnos a una dimensión interna del hombre, pues todo esto no tiene sentido sino es para garantizar el desarrollo de todas sus potencias. En esa dimensión sabemos que el islâm es inseparable de la ‘ibada, de todos esos actos mediante los cuales somos conscientes de estar realizando el mandato, preparando nuestros cuerpos para la última vida. Dentro de esa dimensión debemos situar también una tendencia innata que se desborda hacia lo exterior para cumplir el mandato de embellecer el mundo (ihsân). ¿Cómo podemos separar algo tan preciado como lo es la shar’îa de dicho mandato, confinarla a unos libros de leyes quemados por el polvo? Mantener la vitalidad de la shar’îa implica separarla de esos libros y devolverla a las fuentes de donde manan las más bellas construcciones que el islâm ha realizado, incluidos esos libros.

Contra los expertos religiosos, contra los curas y ulemas, contra todos los que quieran instrumentalizar y cerrar la Palabra en códigos o dogmas, nosotros queremos situarnos en la dimensión de la shar’îa como algo vivo, desde una inmediatez que participa del estar haciéndose del mundo. La ley es algo vivo porque los hombres están vivos, descubriendo ahora mismo su dimensión de hombre, abriendo puertas para la consumación del tiempo.

En el momento en que los musulmanes seamos capaces de recuperar la verdadera dimensión de la shar’îa podremos ofrecernos como alternativa al desarraigo. Será entonces cuando el islâm en occidente, lejos de mostrarse como una tradición retrógrada y atada a su pasado, podrá mostrarse como una profundización de las ideas de justicia y democracia, y proponer en verdad su cumplimiento.

El Islâm es aquello que mantiene siempre la semilla del encuentro, la posibilidad de reestablecer los vínculos perdidos en un mundo cambiante. La ausencia de culto y de apegos exteriores hace del musulmán alguien perfectamente adaptable a todas las situaciones, pero para ello debe realizar ese esfuerzo, debe demostrar su desapego. Es entonces cuando reconocemos la importancia de la yihâd como reestablecimiento del vínculo perdido, como la posibilidad de arraigar en lo abierto.

Negar el yihâd, como negar la iytihâd, la shura o el ihsân, es negarle a la sociedad la posibilidad de evolucionar para mantenerse fieles a la Palabra de Al-lâh en su actualidad creadora, de realizar el esfuerzo por mantener su humanidad dentro de los límites de lo comunitario, donde somos hermanos, y rechazar toda estructura de poder que nos separa a los unos de los otros.

Anuncios
Relacionados

El Yihad, y el uso de la violencia en el Islam

Artículos - 13/03/2003

Islam y violencia

Artículos - 10/12/2006

Claves para la comprensión del conflicto afgano

Artículos - 21/09/2001



Escribir comentario

Debes iniciar sesión para escribir comentarios.

Si no estás registrado puedes registrarte en un minuto.

  • Esta es la opinión de los internautas, no de Webislam
  • No están permitidos comentarios discriminatorios, injuriantes o contrarios a la ley
  • Céntrate en el tema, escribe correctamente y no escribas todo en mayúsculas
  • Eliminaremos los comentarios fuera de tema, inapropiados o ilegibles

play
play
play
play
Colabora


 

Junta Islámica - Avda. Trassierra, 52 - 14011 - Córdoba - España - Teléfono: (+34) 957 634 071

 

Junta Islámica
https://www.webislam.co/articulos/25913-sobre_los_signos_de_la_guerra.html