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Daños bursátiles colaterales

World Trade Center

12/11/2001 - Autor: Ibrahim Warde - Fuente: Le Monde diplomatique
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¿Simple coincidencia? Los títulos más susceptibles de ser afectados por la tragedia -compañías aéreas, compañías de seguros y de reaseguros, bancos de negocios (en particular Morgan Stanley, uno de los principales ocupantes del World Trade Center y Merryll Lynch, cuya sede se encuentra no lejos de las dos torres destruidas)- experimentaron una fuerte especulación a la baja los días previos al 11 de septiembre.

En opinión de Antonio Martino, ministro de Defensa italiano, no había ninguna duda de que "detrás de esa especulación en los mercados internacionales se ocultaban Estados y organizaciones terroristas". La tesis parecía bastante plausible teniendo en cuenta que Osama Ben Laden, "millonario" saudí y presunto organizador de los atentados, había hecho sus primeras armas como tesorero mayor de la resistencia afgana contra el ocupante soviético. Y, como ha afirmado el ministro italiano, "los que organizaron los atentados de Nueva York son espíritus lúcidos en su locura, porque todo el mundo sabe que el dinero da el poder" (1).

Las autoridades bursátiles se dedicaron a investigar esas operaciones sospechosas en tres continentes. Pero algunos días más tarde, la Securities and Exchange Commission (SEC) y sus colegas británico, alemán, holandés francés y japonés anunciaron la suspensión de la investigación. En su opinión nada permitía sostener la tesis de una especulación concertada, de un delito de iniciados o de una manipulación de las cotizaciones.

Existe sin duda una explicación más convincente -y menos macabra- sobre esos movimientos especulativos: la víspera de los atentados, la crisis bursátil parecía agravarse, los analistas financieros predecían malos resultados para los sectores de la aviación y de los seguros, y la prensa económica abundaba en detalles sobre las dificultades judiciales y financieras de Merryll Lynch y Morgan Stanley (2).

La rapidez con la que se cerró el expediente de la especulación traduce igualmente la impotencia de los gendarmes de la Bolsa frente a los excesos de la desregulación, así como el escaso interés del mundo financiero en aclarar sus zonas de sombras. Los organismos de control bursátil disponen en teoría de un vasto arsenal de persecución y represión de los delitos financieros; en realidad, la opacidad del sistema limita sus márgenes de maniobra. Porque si las transacciones simples (compras y ventas por particulares) pueden identificarse fácilmente, los movimientos que realmente mueven a los mercados -transacciones complejas y sofisticadas que confeccionan los especialistas en ingeniería financiera, operaciones realizadas por los misteriosos "hedge funds" (fondos especulativos)- escapan casi siempre a cualquier detección. Por otra parte, el mundo subterráneo de las finanzas, compuesto por sociedades pantalla, paraísos fiscales y productos derivados indescifrables, se las ingenia para mantener sus secretos.

Desde comienzos de los años 80, el "dogal" reglamentario en el que el mundo de las finanzas estuvo confinado durante mucho tiempo se desvanece incesantemente. Desregulación, liberalización, apertura, privatización, son las palabras clave de un movimiento que partió de Estados Unidos y se extiende progresivamente por todo el mundo. Con el pretexto de crear un verdadero "mercado de capitales" era necesario dejar el campo libre a los operadores financieros y permitir a los capitales circular libremente a través de las fronteras. Ciertamente, los mercados financieros tuvieron un crecimiento sin precedentes, pero al precio del aumento de la delincuencia financiera y de la desestabilización de los fundamentos de la economía subyacente (3).

La única excepción a aquel principio de liberalización de los mercados fue la intensificación progresiva de la lucha contra el "lavado de dinero". Concebida inicialmente por la administración Reagan para secar las fuentes del tráfico de droga, cuyos efectos estaban asolando las ciudades estadounidenses, fue reforzada por las administraciones Bush y Clinton. Los métodos agresivos y la retórica de la "tolerancia cero" tropezaron con las protecciones legales y constitucionales así como con la lógica de la liberalización a ultranza. Cada vez más politizada, la lucha contra el lavado acabó por incluir todas las formas de "dinero sucio" (corrupción, terrorismo, etc.) y se extendió al conjunto del planeta gracias a los esfuerzos del Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), creado en 1989 por el G7.

La llegada de la nueva administración Bush, muy próxima a los medios de negocios, prometía debilitar el arsenal antilavado. Como afirmó Paul ONeill, secretario estadounidense del Tesoro: "Hace quince, quizás incluso veinticinco años, que tenemos un programa de lucha contra el lavado, destinado a impedir a los delincuentes transferir sus fondos en el seno de la economía mundial. Gastamos más de 700 millones de dólares al año en esta campaña, sin obtener nada por lo que hemos gastado. Hemos efectuado una sola captura consecuente en 25 años". ¿Cómo explicar entonces la escalada de la guerra contra el lavado? Según el comentario un poco cínico de ONeill, "cualquier acción se percibe como un progreso" (4). En ese terreno, los efectos publicitarios (creación de comités o de células de crisis, conferencias internacionales, congelamiento de cuentas, interpelaciones, publicación de listas negras) dan la impresión de un cuadro de caza impresionante, aunque el balance real sea raquítico.

Atentados a bajo costo

Como en tantos otros dominios, el drama del 11 de septiembre ha trastornado todos los datos. En la "nueva" guerra prometida por Estados Unidos, la primera batalla se ha situado en el terreno financiero. El domingo 23 de septiembre, acompañado de su secretario del Tesoro y del secretario de Estado Colin Powell, George W. Bush anunció: "Hoy hemos lanzado un duro golpe a las fundaciones financieras de la red planetaria del terror". Reconociendo que lo esencial de los bienes de la "red Bin Laden" se encontraba fuera del territorio estadounidense, el presidente Bush lanzó una advertencia solemne "a los bancos e instituciones financieras del mundo":

"Trabajaremos con vuestros gobiernos y les pediremos que bloqueen la capacidad de los terroristas para acceder a sus fondos. Si se niegan a ayudarnos y a proporcionar las informaciones de las que disponen o a congelar las cuentas, el departamento del Tesoro dispone a partir de ahora de la autoridad necesaria para bloquear vuestras cuentas y vuestras transacciones en Estados Unidos".

Un decreto presidencial señaló en seguida a veintisiete individuos y organizaciones: Osama Ben Laden, sus 11 principales comandantes, 11 grupos terroristas y 4 organizaciones caritativas. Cuando anunció, una semana más tarde, el congelamiento de 50 nuevas cuentas, el presidente Bush añadió que eso constituía un "progreso en el frente financiero" (5). Después, se han publicado otras listas, y los recursos de los órganos de lucha contra el lavado, en particular del GAFI tuvieron un aumento masivo.

Esta guerra financiera, fundada en el principio de que "el crimen organizado está motivado por las ganancias financieras", reposa, al fin de cuentas, en un malentendido (6). La lógica de los autores de los atentados es diferente a la de los traficantes de droga o de los círculos mafiosos. Según el FBI, que examinó cuidadosamente la situación financiera de los diecinueve comandos suicidas, las operaciones del 11 de septiembre no habrían costado mas de 200.000 dólares. Los piratas vivían modestamente, algunos tenían pequeños trabajos, otros recibían dinero de sus familias. Sólo los cursos de pilotaje parecían necesitar un aporte financiero exterior. En 1993, un primer atentado contra el World Trade Center, que causó 6 muertos y 1.000 heridos, sólo había costado 20.000 dólares (7). En esas condiciones, no es seguro que el agotamiento de las fuentes de financiación ponga fin a la amenaza terrorista. Si existe un problema financiero, se trata de "ennegrecimiento" de dinero limpio, y no a la inversa: una parte ínfima de las sumas legalmente obtenidas es desviada con fines terroristas.

Ello demanda una nueva reflexión sobre la estrategia antiterrorista -que privilegiaría por ejemplo una mejor calidad en la información y en la infiltración de medios sospechosos- más que focalizarse en los clásicos métodos antilavado. Las instituciones financieras ya estaban obligadas a declarar a las autoridades todas las transacciones dudosas. Actualmente, tienen que asegurar una verdadera vigilancia policial de sus clientes y asociados. Mientras las grandes instituciones tienen capacidad para escaparse a los controles, los pequeños establecimientos, sobre todo aquellos vinculados con el mundo musulmán, están más expuestos.

Por otra parte, la sospecha ya no se limita a los circuitos financieros tradicionales. La revelación de que uno de los terroristas había recibido tres transferencias, por una suma total de 15.000 dólares, por medio de una hawala (8), coloca también a esas agencias, que se encuentran en todas las economías rudimentarias, en la mira de la lucha antilavado. Además, el apoyo aportado al terrorismo por organismos caritativos ha desacreditado al conjunto de este sector. Algunos comentaristas antimusulmanes repiten desde hace años que su razón de ser es financiar el terrorismo (9). En realidad, la importancia de ese sector se debe a que la limosna (zakat) es uno de los cinco pilares del islam (10).

En suma, en un clima de psicosis, la amalgama musulmán = islamista = terrorista se expande a la esfera financiera: un flujo financiero proveniente del mundo islámico es presumido culpable. En la guerra financiera contra el terrorismo, la lógica del castigo colectivo -cuando hay una oveja negra hay que acabar con todo el rebaño- ya está provocando daños colaterales.

Notas
1 The Guardian, Londres, 18-9-01.
2 Cf. Por ejemplo The Wall Street Journal, Nueva York, 10 y 11-9-01.
3 "Les assises du système bancaire ébranlées par la déréglementation", Le Monde diplomatique, París, enero de 1991.
4 Emisión The Newshour with Jim Lehrer, PBS, 19-9-01.
5 Financial Times, Londres, 1-10-01.
6 www.ncis.co.uk National Criminal Intelligence Service (NCIS), Overview of Money Laundering.
7 The New York Times, Nueva York, 25-9-01.
8 Establecimientos de cambio y agencias de transferencias de fondos que se encuentran en el Próximo Oriente y en el subcontinente indio.
9 The Wall Street Journal, Nueva York, 24-8-1998.
10 Ibrahim Warde, "Las paradojas de las finanzas islámicas", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, en Internet, octubre de 2001. www.eldiplo.org
* Investigador de la Universidad de Harvard, Boston, Estados Unidos. Autor de "Islamic finance in the global economy", Edinburgh University Press, 2000.
Traducción: Le Monde diplomatique, España
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