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Estados Unidos: la derrota en el frente interno

05/11/2001 - Autor: Naomi Klein - Fuente: Masiosare
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Curt Weldon
Curt Weldon

Lo que hace a Estados Unidos más vulnerable al terrorismo no es un arsenal de armas reducido, sino un sector público que se cae a pedazos. Los nuevos campos de batalla no son sólo el Pentágono, sino también la oficina de correos; no sólo la inteligencia militar, también la capacitación de los médicos y las enfermeras; no un sensual escudo antimisiles, también la aburrida Administración de Alimentos y Medicamentos. Las mejores armas de los terroristas son los agujeros en la infraestructura pública, resultado de largos años de privatizaciones y recortes. Prepararse para una guerra biológica hubiera requerido un cese al fuego en la vieja guerra contra el sector público.

Unas cuantas horas después de los ataques terroristas al World Trade Center y al Pentágono, el representante republicano Curt Weldon estuvo en la CNN y anunció que no quería escuchar a nadie hablar sobre fondos para escuelas u hospitales. De ahora en adelante, todo se enfocaría hacia espías, bombas y otros asuntos de hombres.

"La primera prioridad del gobierno estadunidense no es la educación, no es el sistema de salud, es la defensa y protección de los ciudadanos estadunidenses", dijo. Y añadió: "Soy un maestro que está casado con una enfermera; nada de eso importa ahora".

Pero ahora resulta que estos frívolos servicios sociales importan mucho. Lo que hace a Estados Unidos más vulnerable a las redes terroristas no es un arsenal de armas reducido, sino su devaluado y hambriento sector público que se cae a pedazos. Los nuevos campos de batalla no son sólo el Pentágono, sino también la oficina de correos; no sólo la inteligencia militar, también la capacitación de los médicos y las enfermeras; no un nuevo y sensual escudo antimisiles, sino la aburrida y vieja Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés).

Ya se puso de moda decir, con ironía, que los terroristas usan la tecnología de Occidente como arma contra el propio Occidente: los aviones, el correo electrónico, los teléfonos celulares. Pero, conforme crece el temor al bioterrorismo, bien podría ser que sus mejores armas sean las rasgaduras y los agujeros en la infraestructura pública estadunidense.

¿No hubo tiempo para prepararse contra los ataques bioterroristas? Poco probable. La administración estadunidense ha reconocido abiertamente la amenaza de ataques biológicos desde la Guerra del Golfo, y Bill Clinton llamó a proteger a la nación del bioterror tras los bombardeos a las embajadas en 1998. Y sin embargo, sorprendentemente, poco se ha hecho al respecto.

La razón es sencilla: prepararse para una guerra biológica hubiera implicado un cese al fuego en la vieja y menos dramática guerra estadunidense: la que se libra contra el sector público. No ocurrió. He aquí algunas estampas desde la línea de fuego.

El sistema de salud

La mitad de los estados de la Unión Americana no tienen expertos federales capacitados en bioterrorismo. Los Centros de Control y Prevención de Enfermedades están cediendo bajo el peso de los temores al ántrax, sus laboratorios con presupuestos bajos hacen lo que pueden para cubrir la demanda de pruebas. Se ha realizado poca investigación sobre cómo curar a niños que hayan contraído el ántrax: la ciprofloxacina, el antibiótico más popular, no se recomienda para infantes.

Muchos médicos del sistema público de salud no han sido capacitados para identificar los síntomas del ántrax. Recientemente, un grupo del Senado estadunidense se enteró de que hospitales y departamentos de salud carecen de las he rramientas de diagnóstico básicas y es difícil compartir información pues algunos no tienen acceso a correo electrónico. Muchos departamentos de salud están cerrados los fines de semana, sin personal de guardia.

Si hay desorden en el tratamiento, los programas federales de vacunación están en un peor estado. El único laboratorio con licencia para producir la vacuna contra el ántrax dejó al país sin capacidad para enfrentar la crisis actual. ¿Por qué? Es un típico fracaso de la privatización. El laboratorio, con sede en Lansing, Michigan, era operado y pertenecía al Estado. En 1998 fue vendido a BioPort, que prometió mayor eficacia. En vez de ello, el nuevo laboratorio ha reprobado varias inspecciones de la FDA y hasta ahora ha sido incapaz de proveer una sola dosis de la vacuna a los militares estadunidenses, mucho menos a la población en general.

En cuanto a la viruela, no hay suficientes vacunas para cubrir a la población, lo que llevó al Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas a experimentar diluyendo las vacunas existentes a razón de 1/5 o hasta 1/10.

El sistema de agua potable

Documentos internos muestran que la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) tiene años de atraso en salvaguardar las provisiones de agua contra ataques terroristas. Según una auditoría dada a conocer el 4 de octubre, se suponía que la EPA habría identificado puntos vulnerables en la seguridad en las provisiones municipales de agua en 1999, pero aún no completa esta primera fase.

La oferta alimenticia

La FDA ya probó que no puede aplicar medidas que protejan mejor del "agroterrorismo" la oferta alimenticia -bacterias mortales introducidas en los alimentos-. Ya que la agricultura está cada vez más centralizada y globalizada, el sector es vulnerable a la difusión de enfermedades, tanto dentro de Estados Unidos como fuera (como lo demostró recientemente la fiebre aftosa). Pero la FDA, la cual el año pasado sólo logró inspeccionar 1% de las importaciones alimenticias bajo su jurisdicción, dice que "necesita más inspectores desesperadamente".

Tom Hammonds, director del Instituto de Mercadotecnia Alimenticia, un grupo industrial que representa a vendedores de alimentos, dice que "si hay una crisis -real o inventada- las deficiencias en el sistema actual se volverían patentemente obvias".

Después del 11 de septiembre, George Bush creó el cargo de "Seguridad Interna", diseñado para dar la imagen de una nación determinada y preparada para cualquier ataque. Pero resulta que lo que realmente quiere decir "seguridad interna" es una frenética carrera por rehacer la infraestructura pública básica y resucitar los niveles de salud y seguridad que han sido drásticamente erosionados. Las tropas en la línea de fuego de la nueva guerra estadunidense están realmente asediadas: las mismas burocracias que han sido restringidas, privatizadas y denigradas durante dos décadas, no sólo en Estados Unidos sino en prácticamente todos los países del mundo.

"La salud pública es un asunto de seguridad nacional", dijo el secretario de Salud estadunidense, Tommy Thompson, a principios de este mes. ¡No me lo digas! Durante años, los críticos han argumentado que hay costos humanos en todos los recortes presupuestales, las desregulaciones y las privatizaciones -choques de trenes en Gran Bretaña, brotes de cólera en Walkerton, intoxicaciones alimenticias, y sistemas de salud por debajo de los estándares-. Y sin embargo, hasta el 11 de septiembre, "la seguridad" aún estaba reducida a la maquinaria de guerra y de patrullaje, una fortaleza construida sobre bases que se desmoronan.

Si existe una lección que aprender de este caos es que la seguridad real no puede ser acordonada. Está tejida en nuestro más básico telar social, desde la oficina de correos a la sala de urgencias, del metro a las reservas de agua potable, desde las escuelas a las inspecciones alimenticias. La infraestructura -esa cosa aburrida que nos une- no es irrelevante en los serios negocios de combatir al terrorismo. Es la base de toda nuestra futura seguridad.

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