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El dinero saudí siembra la yihad

Instinto de supervivencia

05/11/2001 - Autor: Javier Valenzuela
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La ideología wahabí ha roto con los talibán, pero es responsable del ascenso mundial del integrismo musulmán

Si la familia real de Arabia Saudí resiste y prospera en el volcánico mundo de Oriente Próximo es porque, además de su rigorismo religioso wahabí y su gusto por el lujo ostentoso, tiene un gran instinto para la supervivencia. Éste es a veces un poco lento en manifestarse y han sido precisas dos semanas para que los saudíes rompan oficialmente con el régimen de los talibán, su pariente religioso y su ahijado político. Pero la decisión llegó el martes y fue acompañada, según The Washington Post, del permiso para que Estados Unidos pueda utilizar en su campaña contra Afganistán la flamante base militar de Príncipe Sultán.

Los saudíes tampoco caerán en esta crisis. Con la benevolencia y, en ocasiones, hasta el apoyo de EE UU, Arabia Saudí ha patrocinado con su ideología wahabí y cientos de millones de dólares la extensión del cáncer del integrismo en las últimas dos décadas por todo el mundo musulmán suní. Osama Bin Laden es saudí; los muyahidin que en los años ochenta expulsaron a los soviéticos de Afganistán fueron bendecidos, armados y financiados por los saudíes, y los talibán nunca hubieran conquistado Kabul en los noventa sin el apoyo de Riad.

Pero no es sólo eso. Desde Pakistán hasta la mezquita madrileña de la M-30, pasando por Egipto y Argelia, los predicadores y el dinero de raíz saudí llevan años patrocinando el regreso de los musulmanes a la aplicación más intransigente de la sharia o ley coránica. Nadie puede acusar a los saudíes de haber deseado que ese totalitarismo de raíz religiosa desembocara en delirios criminales como los atentados en Nueva York y Washington del 11 de septiembre. Ellos son partidarios de una coexistencia pacífica del Islam y Occidente basada en el modelo que han construido en su propio país. Así, Arabia Saudí es socio económico de EE UU, Europa y Japón, proveedor bastante leal de petróleo, defensor del modelo capitalista y suministrador de grandes clientes para los hoteles, las zonas turísticas y las empresas de productos de lujo.

Pero en su tierra, donde están los sagrados lugares musulmanes de La Meca y Medina, no se aplican los valores occidentales. Nada de democracia ni de derechos humanos. En Arabia Saudí, ni tan siquiera se aplica un Islam más tolerante como el marroquí. Su familia real milita en la interpretación del credo coránico predicada en la península Arábiga en el siglo XVIII por su pariente Mohamed Abdul Wahab. Las mujeres deben ir enteramente cubiertas y no deben ejercer ningún tipo de actividad pública; el alcohol está estrictamente prohibido; los delitos se castigan con latigazos, amputaciones y ejecuciones en público, y las imágenes figurativas están proscritas. El culto a los santos y las peregrinaciones festivas que caracterizan el Islam marroquí son consideradas en Arabia Saudí como manifestaciones intolerables de idolatría.

Éste es el Islam de Bin Laden y los talibán afganos. Si Bin Laden se levantó a comienzos de los años noventa contra la familia real saudí fue porque ésta había autorizado la permanencia de tropas estadounidenses en la tierra de La Meca y Medina. El ahora hombre más buscado del planeta llevó a sus últimos extremos la lógica wahabí, que prohíbe la estancia de cristianos y judíos en los lugares santos musulmanes.

Por su parte, los talibán, como señala el especialista francés Oliver Roy, son el fruto de la germinación del wahabismo en suelo afgano. La semilla fue llevada allí a través de las escuelas o madrazas paquistaníes subvencionadas por los saudíes. Riad rompió con el Kabul de los talibán el pasado martes, dos semanas después de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Al considerar aquella barbarie como una declaración de guerra y exigir a todo el mundo que tomara partido entre EEUU y el terrorismo, George W. Bush puso a los saudíes, grandes amigos de su padre y de él mismo, entre las cuerdas.

Guiados por su instinto de supervivencia, los saudíes optaron por sus socios de Washington contra sus correligionarios de Kabul. Y accedieron también a que EE UU instale el cuartel general de su campaña en la base de Príncipe Sultán, situada en pleno desierto, a unos 100 kilómetros al sur de Riad, construida, paradójicamente, por empresas de la familia Bin Laden e inaugurada hace apenas mes y medio. Desde allí puede dominarse el espacio aéreo de Oriente Próximo y el sur de Asia en un radio de miles de kilómetros.

La familia real saudí llevaba cierto tiempo preparándose para la ruptura con el monstruo que había contribuido a crear. Poco antes de los atentados en Nueva York y Washington, ya había destituido como jefe de sus servicios secretos al príncipe Turki Ben Feisal al Saud, el principal enlace entre Riad y los talibán. El vínculo había arrancado en los ochenta, cuando el príncipe Turki, toda la familia saudí, Osama Bin Laden, la CIA y el Washington de Ronald Reagan tejieron una explosiva coalición para apoyar a los muyahidin en su lucha contra la invasión soviética de Afganistán.

En aquellos tiempos, EE UU consideraba que el rigorismo islámico suní, siempre que estuviera controlado por socios como los saudíes, podía ser un eficaz aliado en la guerra fría. En su combate contra la secular OLP de Yasir Arafat, Israel también hacía la vista gorda ante la reislamización de Gaza y Cisjordania que alentaban los Hermanos Musulmanes. Eran también tiempos en que la bandera de la yihad o guerra santa la enarbolaban el Irán shií del imam Jomeini y sus correligionarios de Hezbolá o el Partido de Dios libanés. Y frente a ellos, EEUU, Arabia Saudí e Israel hacían extrañas maniobras conjuntas, como el apoyo de los dos primeros al Irak de Sadam Husein o el asunto Irán-Contra, concebido por espías norteamericanos e israelíes.

La invasión iraquí de Kuwait alteró el juego, pero reforzó la dependencia de Riad frente a Washington. Eso sí, Bin Laden se descolgó cuando las tropas norteamericanas hollaron el suelo sagrado de la península Arábiga. Los saudíes, y en particular el príncipe Turki, fueron decisivos en el ascenso de los talibán en los noventa. Y no sólo a través de la generosa financiación de las madrazas que extendieron por Pakistán y Afganistán la extremadamente puritana visión wahabí.

También personalmente. El príncipe Turki y otros jeques saudíes viajaron a Kandahar, la segunda ciudad de Afganistán, para practicar su deporte favorito: la caza. Y les dejaron a sus huéspedes dinero, automóviles y sistemas completos de telefonía. Los ulemas saudíes, incluido el prestigioso jeque Abdul Aziz Bin Baz, predicaron en las mezquitas del reino a favor de la toma del poder por los talibán. Cuando éstos conquistaron Kabul, sólo fueron reconocidos por Pakistán, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí.

Cáncer integrista

Tras escandalizar a medio mundo por su brutal misoginia, la destrucción de las estatuas de Buda y la persecución de predicadores cristianos, los talibán se enfrentan ahora a la ira norteamericana por su amparo a Bin Laden, el autor intelectual de las matanzas del 11 de septiembre. Los saudíes, que ya le retiraron en 1994 la ciudadanía a su compatriota, convertido en caudillo de la yihad suicida, acaban de romper con sus discípulos afganos. Pero si ya es difícil extirpar el tumor afgano más aún lo es curar el cáncer integrista que se extiende por el mundo árabe y musulmán. Todos los especialistas coinciden en que no hay solución duradera mientras persistan el problema palestino, el embargo a Irak, la miseria social y económica en esos países y el apoyo occidental a regímenes despóticos y corruptos. Y también mientras socios de Occidente como Arabia Saudí destine fortunas a sembrar su particular visión del Islam.

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