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La historia va a nuestra manera

Final de la Historia

05/11/2001 - Autor: Francis Fukuyama - Fuente: El Periódico
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Sólo el sistema liberal-democrático seguirá dominando las políticas del mundo

Una serie de analistas han afirmado que la tragedia del 11 de septiembre demuestra que yo estaba completamente equivocado al decir, hace más de una década, que habíamos llegado al final de la historia. El coro empezó a clamar casi inmediatamente, con George Will afirmando que la historia había vuelto de vacaciones y Fareed Zakaria declarando el final del final de la historia.

Aparentemente, no tiene sentido y es insultante para la memoria de quienes murieron el 11 de septiembre declarar que este ataque sin precedentes no alcanzó el nivel de acontecimiento histórico. Pero el sentido en que empleé la palabra historia, o mejor dicho, Historia, era distinto: me refería al progreso de la humanidad a lo largo de los siglos hacia la modernidad, caracterizada por instituciones como la democracia liberal y el capitalismo.

Mi observación, que volví a formular en 1989 en vísperas del desmoronamiento del comunismo, era que este proceso evolutivo no parecía inducir a la modernidad a cada vez más regiones del mundo. Y si mirábamos más allá de la democracia liberal y los mercados, tampoco podíamos esperar evolucionar en ningún otro sentido; de ahí el final de la historia. Mientras hubiera regiones retrógradas que se resistían a dicho proceso, era difícil encontrar una alternativa viable al tipo de civilización en que la gente realmente quería vivir tras el descrédito del socialismo, la monarquía, el fascismo y otros tipos de gobierno autoritario.

Este punto de vista ha sido cuestionado por mucha gente, y quizá el que lo haya hecho con mayor elocuencia sea Samuel Huntington. Él argumentaba que más que avanzar hacia un sistema único global, el mundo seguiría viéndose envuelto en un "choque de civilizaciones" donde los seis o siete principales grupos culturales coexistirían sin converger y constituirían las nuevas líneas de fractura del conflicto global. Puesto que el ataque contra el centro del capitalismo global fue evidentemente perpetrado por extremistas islámicos descontentos con la mera existencia de la civilización occidental, los observadores han estado evaluando a la baja y con bastante dureza el "choque" de Huntington frente a mi propia hipótesis del "final de la Historia".  Creo que al final yo tengo razón: la modernidad es un tren de carga muy potente que no descarrilará por los acontecimientos recientes, por más dolorosos y sin precedentes que hayan sido. Con el tiempo, la democracia y el libre mercado seguirán expandiéndose como principios organizativos dominantes en la mayor parte del mundo. Pero la reflexión sobre cuál es el verdadero alcance del reto actual debe efectuarla el mundo entero.

Siempre he creído que la modernidad tiene una base cultural. La democracia liberal y el libre mercado no funcionan en todo momento y lugar. Funcionan mejor en sociedades con ciertos valores cuyos orígenes pueden no ser totalmente racionales. No es un accidente que la democracia liberal moderna surgiera primero en el Occidente cristiano, puesto que la universalidad de los derechos democráticos muchas veces se puede percibir como una forma secular de universalidad cristiana.

La cuestión central planteada por Huntington reside en si las instituciones de la modernidad, como la democracia liberal y el libre mercado, sólo funcionarán en Occidente o si poseen un atractivo más amplio que les permita progresar en las sociedades no occidentales. Yo creo que sí. La prueba podemos encontrarla en el progreso que la democracia y el libre mercado han experimentado en regiones como el este de Asia, Latinoamérica, la Europa ortodoxa, el sur de Asia e incluso África. La prueba también podemos verla en los millones de inmigrantes del Tercer Mundo que cada año votan con su propia movilidad por vivir en sociedades occidentales y asimilar eventualmente los valores occidentales. El flujo de personas desplazándose en dirección opuesta convierte en insignificante, por comparación, al número de los que quieren hacer saltar por los aires todo lo que puedan de Occidente.

Pero todo esto parece tener algo que ver con el islam, o al menos con las versiones fundamentalistas del islam que han sido dominantes en los últimos años y que hacen que las sociedades musulmanas sean particularmente resistentes a la modernidad. De todos los sistemas culturales contemporáneos, el mundo islámico es el que tiene menos democracias (sólo Turquía podría calificarse como tal) y no contiene países que hayan efectuado la transición del Tercer al Primer Mundo, a la manera de Corea del Sur o Singapur.

Muchos pueblos no occidentales prefieren la parte económica y tecnológica de la modernidad y esperan alcanzarla sin tener que aceptar las políticas democráticas o los valores culturales occidentales (como por ejemplo China o Singapur). Hay otros a los que les gustan ambas cosas, tanto la versión política como la económica de la modernidad, pero no consiguen resolver el problema de cómo hacerlas realidad (Rusia es un ejemplo). Para ellos, la transición a la modernidad al estilo occidental puede ser larga y dolorosa. Pero no hay barreras culturales insuperables que puedan impedir alcanzarla. En total constituyen unas cuatro quintas partes de la población mundial.

En contraste, el islam es el único sistema cultural que parece producir regularmente gente, como Osama bin Laden o los talibanes, que rechaza por completo la modernidad. Esto plantea la cuestión de lo representativa que pueda ser esta gente con respecto a toda la comunidad musulmana y de si este rechazo es algo inherente al islam. Si los opositores son algo más que unos extremistas lunáticos, Huntington tiene razón al decir que estamos inmersos en un conflicto prolongado que se ha vuelto peligroso en virtud de su poderío tecnológico.

La respuesta que los políticos del este y el oeste han estado dando desde el 11 de septiembre es que los simpatizantes de los terroristas son una "minúscula minoría" de musulmanes y que la gran mayoría está horrorizada por lo que ha sucedido. Consideran que es importante decirlo para evitar que los musulmanes, como grupo, se conviertan en objetivo del odio. El problema es que la aversión y el odio a Norteamérica y su significado están mucho más generalizados que todo eso.

Ciertamente, el grupo de individuos deseosos de realizar misiones suicidas y conspirar activamente contra Estados Unidos es minúsculo. Pero la simpatía se puede manifestar, aparte de las sensaciones iniciales de schadenfreude ante la visión de las torres hundiéndose, con una inmediata sensación de satisfacción porque Estados Unidos estaba recibiendo lo que merecía, a la que sólo después seguirían las expresiones formales de desaprobación. Bajo este punto de vista, la simpatía por los terroristas es patrimonio de algo más que una "minúscula minoría" de musulmanes, extendiéndose desde las clases medias de países como Egipto hasta los inmigrantes que residen en Occidente.

La aversión y el odio más generalizados podrían representar algo mucho más profundo que la mera oposición a las políticas norteamericanas como el apoyo a Israel o el embargo a Irak, provocando un odio subyacente hacia la sociedad. Después de todo, mucha gente de todo el mundo, incluyendo muchos norteamericanos, está en desacuerdo con las políticas de Estados Unidos, aunque ello no les haga entrar en paroxismos de ira y violencia. Ni es necesariamente una cuestión de ignorancia sobre la calidad de vida en Occidente. El pirata aéreo suicida Mohamed Atta era un hombre de buena educación, nacido en una acaudalada familia egipcia, que vivió y estudió en Alemania y Estados Unidos durante varios años. Quizá, como han especulado muchos analistas, el odio procede de un resentimiento por el éxito occidental y el fracaso musulmán.

Pero más que psicoanalizar al mundo musulmán, lo que tiene sentido es preguntarse si el islamismo radical constituye una seria alternativa a la democracia liberal occidental para los propios musulmanes. (Huelga decir que, a diferencia del comunismo, el islamismo radical no ofrece virtualmente ningún atractivo en el mundo contemporáneo excepto para aquellos que,

Para los mismos musulmanes, el islam político ha demostrado ser mucho más atractivo en abstracto que en su aplicación real. Tras 23 años de ser gobernados por religiosos fundamentalistas, a la mayoría de los iranís, y en particular todos los que tienen menos de 30 años, les gustaría vivir en una sociedad mucho más liberal. Muchos de los afganos que han experimentado el Gobierno talibán tienen las mismas sensaciones. Todo el odio antiamericano que se ha despertado no se traduce en un programa político viable para las sociedades.

Seguimos estando al final de la historia porque sólo un sistema seguirá dominando las políticas del mundo, el del Occidente liberal-democrático. Ello no comportará un mundo libre de conflictos, ni la desaparición de la cultura como característica que distingue a las sociedades. (En mi artículo original observaba que el mundo poshistórico continuaría sufriendo el terrorismo y las guerras de liberación nacional).

Pero la refriega a la que nos enfrentamos no es el choque de varias culturas distintas e iguales luchando entre sí como los grandes poderes de la Europa del siglo XIX. El choque consiste en una serie de acciones de retaguardia de sociedades cuya existencia tradicional se ve realmente amenazada por la modernización. La fuerza de la reacción violenta refleja la gravedad de esta amenaza. Pero el tiempo y los recursos están del lado de la modernidad, y no parece que, en la actualidad, la falta de voluntad prevalezca en Estados Unidos.
* The Wall Street Journal. 2001. Dow Jones & Company, Inc.

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