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Vistas desde fuera

30/10/2001 - Autor: Marcel Carret
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La primera vez que vi al Shayj Al‑‘Alawî fue en la primavera de 1920. No fue un encuentro casual, pues me habían llamado a su lado en mi calidad de médico. Apenas hacía unos meses que me había instalado en Mostagán.

¿Qué motivo pudo incitar al Shayj a consultar a un médico, él que daba tan poca importancia a nuestras pequeñas miserias corporales? ¿Y por qué razón me había elegido a mí, un recién llegado, entre tantos otros?

Lo supe más tarde por él mismo. Poco tiempo después de mi llegada a Mostagán había instalado en la ciudad árabe de Tigitt (1) una enfermería para uso exclusivo de los musulmanes, a la que acudía tres veces por semana a dar consulta por un precio mínimo. Los musulmanes sienten una repugnancia instintiva hacia los dispensarios estatales. Mi enfermería, instalada en su ciudad y dispuesta de acuerdo con sus gustos y sus costumbres, fue un éxito. Ecos de ello llegaron a oídos del Shayj.

Esta iniciativa de un médico francés recién llegado que, contrariamente a la mayoría de los europeos, parecía no considerar a los musulmanes desde las alturas de un orgullo despreciativo, llamó su atención. Sin que yo lo supiera, y sin la menor tentativa de investigación por su parte, era benévolamente informado por sus discípulos acerca de mi persona, mis actos y mis movimientos, mi modo de tratar a los enfermos y mi actitud de simpatía hacia los musulmanes. De todo ello resultó que el Shayj Al‑‘Alawî me conocía muy bien, en tanto que yo ignoraba su misma existencia. Una gripe bastante seria que contrajo durante la primavera de 1920 le decidió a hacerme llamar.

Desde el primer contacto tuve la impresión de hallarme en presencia de una personalidad fuera de lo común. La sala en la que me hicieron entrar estaba, como todas las habitaciones de las casas musulmanas, desprovista de muebles. No había en ella más que dos cofres que, según supe más tarde, contenían libros y manuscritos. Pero el suelo estaba cubierto de un extremo a otro de alfombras y esteras de junco. En un rincón había un colchón cubierto con una manta, y allí, con algunos cojines a su espalda, sentado con el torso erguido y las piernas cruzadas, con las manos sobre las rodillas, estaba el Shayj, en una posición hierática e inmóvil que, al mismo tiempo, parecía perfectamente natural.

Lo que me impresionó, en primer lugar, fue su parecido con el rostro con el que se acostumbra a representar a Cristo. Sus ropas tan parecidas, si no idénticas, a las que debió de llevar Jesús; el velo de tela blanca muy fina que enmarcaba su rostro, su postura, todo, en fin, contribuía a intensificar este parecido. Se me ocurrió la idea de que éste debió de ser el aspecto de Cristo cuando recibía a sus discípulos durante su estancia en casa de Marta y María.

La sorpresa me retuvo por un instante en el umbral de la puerta. Él también me miró atentamente, pero con una mirada lejana. Rompió el silencio, pronunciando las palabras habituales de bienvenida, y me rogó que entrara. Su sobrino, Sidi Muhammad, actuaba de intérprete, pues, aunque el Shayj comprendía bien el francés, lo hablaba con cierta dificultad y, en presencia de un extranjero, hacía como si lo ignorara por completo.

Pedí unas sandalias para recubrir mis zapatos a fin de no ensuciar las alfombras y las esteras, pero él dijo que eso no tenía ninguna importancia. A petición suya me trajeron una silla, pero me pareció tan ridícula en aquel ambiente que decliné el ofrecimiento y preferí sentarme en un cojín. El Shayj sonrió imperceptiblemente, y sentí que con este simple gesto me había ganado su simpatía.

Su voz era dulce, algo velada. Hablaba poco, en frases cortas, y las personas que le rodeaban le obedecían en silencio, atentos a sus menores palabras, a sus menores gestos. Uno sentía que se le rodeaba M más profundo respeto.

Conociendo ya las costumbres musulmanas y comprendiendo que me hallaba en presencia de alguien que no era un "cualquiera", me abstuve de abordar bruscamente la cuestión por la que me habían hecho llamar. Dejé que el Shayj me interrogara por mediación de Sidi Muhammad sobre mi estancia en Mostagán, los motivos que me habían llevado allá, las dificultades que había podido encontrar y las satisfacciones que había experimentado.

Durante esta conversación, un joven discípulo trajo una gran bandeja de cobre con té con menta y algunos pasteles. El Shayj no tomó nada, pero me invitó a beber una vez que el té estuvo servido y pronunció por mí el "Bismillah" ("con el Nombre de Al-lâh") cuando me llevé el vaso a los labios.

Sólo una vez finalizado este ceremonial de costumbre se decidió el Shayj a hablarme de su salud. Dijo que no me había hecho venir para que le recetara medicinas; sin duda tomaría medicinas si yo lo creía absolutamente necesario e incluso si pensaba que esto podría ayudarle, pero no deseaba hacerlo. Simplemente quería saber si la enfermedad que había contraído unos días antes era grave. Confiaba en que yo le diría, con toda franqueza y sin ocultarle nada, lo que pensaba de su estado. El resto tenía poca o ninguna importancia.

Me sentía cada vez más interesado e intrigado. Un enfermo que no participa del culto a los medicamentos es ya un fenómeno raro, pero un enfermo que no siente un deseo particular de curarse y desea simplemente saber dónde está constituye una rareza todavía mayor.

Procedí a realizar un examen médico minucioso al que el paciente se sometió dócilmente. Cuanto más circunspecto me mostraba durante ese examen, con mayor confianza él se ponía en mis manos. Estaba asombrosamente delgado, hasta el punto de que uno tenía la impresión de hallarse ante un organismo en el que la vida funcionaba a velocidad reducida. Pero no tenía nada grave. La única persona que estuvo presente durante este examen fue Sidi Muhammad, quien, de pie en medio de la habitación, con los ojos bajos y dando la espalda en una actitud de respeto y tristeza, traducía en voz baja, sin ver nada, las preguntas y las respuestas.

Una vez que hube terminado, el Shayj volvió a tomar su posición hierática sobre los cojines. Sidi Muharrimad dio unas palmadas y entró un sirviente con más té.

Expliqué entonces al Shayj que tenía una gripe bastante seria, pero que no revestía gravedad, que sus órganos principales funcionaban con normalidad y que probablemente todas estas molestias desaparecerían por sí solas al cabo de unos días. Sin embargo, aunque era poco probable que surgieran complicaciones, siempre eran de temer en estos casos, de modo que, por precaución, tendría que volver a verle de nuevo para vigilar de cerca su enfermedad. Añadí que su delgadez me parecía alarmante y que debería comer un poco más. Me enteré, en efecto, durante mi interrogatorio, de que su dieta diaria no consistía más que en un litro de leche, unos pocos dátiles secos, uno o dos plátanos, y té.

El Shayj pareció muy satisfecho del resultado de mi examen. Me dio las gracias con dignidad, se disculpó por haberme molestado, y me dijo que podía ir a verle tantas veces como lo creyera necesario. En cuanto a la cuestión de la comida, él opinaba de otro modo. Para él el hecho de alimentarse constituía una obligación inoportuna, a la que se sometía reduciendo su dieta al mínimo.

Observé que una alimentación insuficiente le debilitaría cada vez más y reduciría su resistencia contra enfermedades futuras, Comprendía muy bien que no concediera importancia a esto, pero, por otra parte, si pensaba que debía, en cierta medida, prolongar o simplemente conservar su existencia, era indispensable que se doblegara a las exigencias de la naturaleza, por muy enojosas que fueran.

Este argumento evidentemente le impresionó, pues permaneció en silencio durante un buen rato. Luego, con un gesto evasivo de la mano y una ligera sonrisa, dijo dulcemente: "Al-lâh proveerá".

Había tomado de nuevo la actitud que tenía cuando entré y su mirada se había vuelto lejana. Me retiré discretamente, llevándome una impresión que, al cabo de más de veinte años, permanece tan claramente grabada en mi memoria como si todos estos acontecimientos hubieran ocurrido apenas ayer.

He narrado con todos sus detalles esta primera visita al Shayj Al-‘Alawî porque pienso que la mejor manera de destacar su personalidad era exponer antes que nada la impresión que me hizo en la ocasión de nuestro primer encuentro. Esta impresión es tanto más de fiar cuanto que yo no sabía nada acerca del personaje antes de haberlo visto.

Traté de informarme sobre esta persona tan fuera de lo común, pero nadie supo decirme nada de particular. Los europeos del Norte de África viven por regla general en una ignorancia tal de la vida íntima del Islam que para ellos un Shayj o un morabito es una especie de hechicero, sin ninguna importancia excepto por la influencia política que pueda tener; y como este Shayj no tenía tal influencia, nadie sabía nada de él.

Por otra parte, al reflexionar, empecé a preguntarme si no había sido un poco víctima de mi imaginación. Aquel rostro como de Cristo, aquella voz dulce, tan llena de paz, aquellos modales corteses, podían haberme hecho suponer una espiritualidad que quizá de hecho no existía. Su actitud podía no ser más que una pose calculada, y bajo esa apariencia prometedora podía no haber nada.

Sin embargo, me había parecido tan sencillo y natural, que mi primera impresión persistía, y lo que vino a continuación no hizo sino confirmarla.

Al día siguiente fui a verle de nuevo, al igual que los días sucesivos, hasta que se recuperó totalmente. Siempre le encontraba exactamente igual, inmutable, sentado en la misma posición, en el mismo lugar, con la mirada lejana en sus ojos y la tenue sonrisa en sus labios, como si no se hubiese movido desde el día anterior, semejante a una estatua para la que el tiempo no cuenta.

A cada visita se mostraba más cordial y confiado. Aunque nuestras conversaciones, aparte el lado médico, eran bastante limitadas y versaban sobre ternas de índole muy general, cada vez se reforzaba más mi impresión de que el hombre que tenía ante mí no era un impostor. Nuestra relación pronto adquirió un carácter amistoso, y cuando le anuncie que mis visitas como médico ya no me parecían necesarias, me dijo que había tenido un gran placer en conocerme y que le gustaría que fuera a verle de vez en cuando, siempre que mis ocupaciones me lo permitieran.

Así empezó una amistad que iba a durar hasta la muerte del Shayj, ocurrida en 1934. A, lo largo de estos catorce años tuve la oportunidad de verle al menos una vez a la semana. Unas veces iba por el placer de hablar con él en los momentos que tenía libres, otras porque me había mandado llamar para atender a algún miembro de su familia, y a menudo también porque su salud precaria necesitaba mi atención.

Poco a poco, mi mujer y yo nos convertimos en íntimos de la casa. Al cabo de un cierto tiempo nos hicieron sentir allí completamente a nuestras anchas y acabaron por considerarnos casi como miembros de la familia. Pero esto ocurrió de modo gradual e imperceptible.

En los primeros tiempos de mi relación con el Shayj, la zâwiya actual todavía no existía. Un grupo de fuqarâ había comprado los terrenos y había hecho don de ellos al Shayj. Los cimientos ya se habían empezado, pero los acontecimientos de 1914 habían interrumpido las obras, que no se reanudaron hasta 1920.

El modo en que se construyó esta zâwiya es a la vez elocuente y típico: no había arquitecto —al menos no lo había en el sentido ordinario— ni contratista de obras, y todos los obreros eran voluntarios. El arquitecto era el propio Shayj. No es que levantara plano alguno ni que manipulara la escuadra. Se limitó a expresar lo que quería, y su concepción fue comprendida por los constructores. No todos ellos eran de la región, ni mucho menos. Muchos venían de Marruecos, sobre todo del Rif, y algunos de Túnez, y todo ello sin reclutamiento de ninguna clase. Había corrido la voz de que las obras de la zâwiya podían reanudarse, y esto fue todo lo que se necesitó. Entre los discípulos norteafricanos del Shayj empezó un éxodo en tandas: albañiles, carpinteros, picapedreros, terraplenadores o incluso simples obreros manuales, liaban en un pañuelo sus escasas provisiones y se ponían en camino hacia la lejana ciudad donde vivía el Maestro para poner a su disposición el trabajo de sus manos. No recibían ningún salarlo. Se les daba de comer, eso era todo; y acampaban en tiendas. Pero todas las tardes, una hora antes de la oración, el Shayj los reunía y les daba instrucción espiritual. Ésta era su recompensa.

Trabajaban de este modo durante dos meses, a veces tres, y luego se iban, contentos de haber contribuido a la obra y con el espíritu satisfecho. Otros tomaban su lugar y al cabo de un tiempo se iban a su vez, para ser inmediatamente reemplazados por otros recién llegados, impacientes por ponerse a trabajar. Siempre venían más, y nunca faltó mano de obra. Esto duró dos años, al cabo de los cuales el edificio estaba terminado. Esta manifestación de devoción sencilla y franca me hizo experimentar un profundo sentimiento de felicidad interior. Era evidente que en el mundo todavía existían personas lo bastante desinteresadas como para ponerse, sin ninguna recompensa, al servicio de un ideal. Aquí, en pleno siglo XX, se daba el mismo fervor que levantó las catedrales de la Edad Media siguiendo sin duda un proceso análogo. Me sentía feliz de haber sido testigo asombrado de ello.

Una vez la zâwiya estuvo terminada, los fuqarâ expresaron su deseo de organizar una gran fiesta para celebrar su inauguración. El Shayj dio su consentimiento, viendo que no podía hacer otra cosa que acceder a su deseo.

Por aquel entonces le conocía desde hacía bastante tiempo como para poder expresarle mis ideas con toda libertad. Le comuniqué mi sorpresa de que consintiera una manifestación que se ajustaba tan poco a sus costumbres y que era tan contraria a su gusto por la soledad y el retraimiento.

Por aquella época ya había dejado de emplear a su sobrino como intérprete en nuestras conversaciones. Sin embargo, Sidi Muhammad casi siempre se hallaba presente en nuestros encuentros. Por regla general hablábamos en francés y Sidi Muhammad sólo intervenía cuando el Shayj creía no poder expresar exactamente su pensamiento en nuestra lengua.

Al oír mi observación hizo un imperceptible movimiento de hombros y dijo más o menos —no recuerdo exactamente sus palabras—: "Tiene usted razón. Estas cosas son superfluas. Pero hay que tomar a los hombres como son. No todos pueden hallar entera satisfacción en la pura inteligencia y la contemplación. De vez en cuando experimentan la necesidad de juntarse y de sentir que sus ideas son compartidas por otros muchos. Esto es todo lo que piden ahora. Por otra parte, no se trata aquí del tipo de fiesta que usted debe haber visto en algunos lugares de peregrinación musulmanes, con disparos de fusil, exhibiciones ecuestres, juegos diversos y comida en exceso. Para mis discípulos una fiesta significa gozo espiritual. Es simplemente una reunión para intercambiar ideas y rezar en común".

Vista así, la idea de una fiesta ya no me resultaba discordante. A juzgar por el número de discípulos que acudieron, la fiesta fue un éxito. Vinieron de todas partes y de todas las clases sociales. Por, lo que el Shayj me había dicho, creía que esta reunión no sería más que una especie de congreso en el que los espíritus escolásticos deseosos de hacerse valer discutirían sobre puntos complicados de la doctrina y exhibirían su talento para las argumentaciones sutiles y nimias.

Por lo que pude colegir de ciertos pasajes de discursos inaugurales que Sidi Muhammad me tradujo en sustancia, algo de eso hubo, especialmente entre los discípulos más jóvenes. Pero el interés no residía en aquello, sino en los discípulos mayores, que no hablaban y se hallaban absorbidos en una meditación profunda. Me impresionaron de modo especial los más humildes de todos ellos, los montañeses rifeños, que habían viajado durante un mes entero, yendo a pie de aldea en aldea, sostenidos y animados por el fuego interior que ardía en sus almas sencillas.

Habían emprendido el camino llenos de entusiasmo, como los pioneros de la fiebre del oro, pero no eran riquezas materiales lo que habían venido a buscar. Su búsqueda era puramente espiritual, y ellos sabían que no quedarían defraudados. Les observaba, inmóviles, silenciosos, saboreando el ambiente como sumergidos en una especie de beatitud por el simple hecho de estar allí, penetrados de la santidad del lugar, con su máxima aspiración realizada. Eran felices, se hallaban en completa armonía consigo mismos, en la Presencia de Al-lâh...

Otras veces, después de permanecer varias horas inmóviles y en silencio, los discípulos iniciaban lentamente una prolongada salmodia. Luego se juntaban en grupos formando un círculo y, cogiéndose de las manos, empezaban a balancearse hacia adelante y hacia atrás, lenta y rítmicamente, pronunciando con voz clara y a compás de cada movimiento el Nombre de Al-lâh. Esto empezaba con un ritmo bastante lento, que dirigía en el centro del círculo una especie de director de coro cuya voz dominaba sobre las de los demás. Mientras tanto, algunos de ellos seguían con la salmodia, que cada vez era más fuerte y enérgica. Poco a poco el ritmo se aceleraba. El lento balanceo del principio dejó paso a un rápido movimiento de doblamiento y brusco estiramiento de las piernas. Pronto, los componentes de cada uno de estos círculos en rítmico movimiento (los pies permanecían quietos) empezaron a jadear’ y las voces enronquecieron. Pero el ritmo continuaba acelerándose, los movimientos eran cada vez más violentos, bruscos, casi convulsivos. El Nombre de Al-lâh ya no era más que un hálito, y esto continuó así, cada vez más deprisa, hasta que la misma respiración dejó de oírse. Algunos caían al suelo, exhaustos.

Este ejercicio, análogo a los de los derviches danzantes, está evidentemente destinado a provocar un estado anímico especial. Pero yo me preguntaba qué relación espiritual podía haber entre prácticas tan rudas y toscas como éstas y la nobleza y finura del Shayj.

Y, ¿cómo llegó la fama del Shayj a extenderse tanto? Nunca hubo una propaganda organizada. Los discípulos no hacían el menor intento de proselitismo. En las ciudades o pueblos donde vivían algunos de ellos tenían, y tienen todavía hoy, sus pequeñas zâwiyas muy cerradas, dirigidas por un muqaddam, esto es, por alguien investido de la confianza y la autoridad del Shayj. Estas pequeñas cofradías se abstienen por principio de toda acción exterior, como si quisieran guardar celosamente sus secretos. Sin embargo, la influencia se propaga, y continuamente llegan aspirantes a novicios para recibir la iniciación. Provienen de todas las esferas sociales.

Un día expresé mi sorpresa al Shayj. Me dijo:

— Vienen aquí todos los que se sienten turbados por la idea de Al-lâh.

Y añadió estas palabras, dignas del Evangelio:

— Vienen a buscar la paz interior.

Aquel día no me atreví a hacerle más preguntas por miedo de parecer indiscreto. Pero me di cuenta de que había una relación entre lo que dijo y los encantamientos que había oído a veces y que me intrigaron. En efecto, varias veces, mientras conversaba tranquilamente con el Shayj, había llegado hasta nosotros desde algún rincón alejado de la zâwiya el nombre de Al-lâh pronunciado con una nota prolongada y vibrante:

— ¡A ... l ... lâ... h!

Era como una llamada desesperada, una súplica apasionada que, desde el fondo de una celda, lanzaba un discípulo solitario en meditación. La llamada acostumbraba a repetirse varias veces, y luego todo volvía a quedar en silencio.

— Desde las profundidades del abismo he elevado mi voz hacia Ti, Señor (Salmo CXXX, 1).

— Desde el cabo de la tierra clamo a Ti, cuando se angustia mi corazón. Condúceme a lo alto de esta roca que es demasiado alta para mí (Salmo LXI, 2).

Estos versículos de los Salmos me vinieron a la memoria. Era en definitiva la misma súplica, la llamada suprema que dirige a Dios un alma angustiada.

No me equivocaba, pues, más tarde, cuando pregunté al Shayj qué significaba ese grito que volvió a oírse, me respondió:

— Es un discípulo que pide a Al-lâh que le ayude en su meditación.

— ¿Puedo preguntar cuál es el objeto de su meditación?

— Llegar a realizarse en Al-lâh.

— ¿Lo consiguen todos los discípulos?

— Raramente. Esto sólo es posible para unos pocos.

— Entonces, los que no llegan a ello, ¿se desesperan?

— No; siempre se elevan lo suficiente como para tener al menos la Paz interior.

La Paz interior. Éste era el punto sobre el que volvía más a menudo, y en esto residía, sin duda, la razón de su gran influencia. Pues, ¿qué hombre no aspira, de una forma o de otra, a la Paz interior?

Cuando se encontraba relativamente bien de salud, el Shayj siempre me recibía, excepto en invierno, en una especie de porche situado al fondo de un pequeño jardín rodeado de altos muros que recordaba ciertas pinturas de los manuscritos persas. En este marco apacible, lejos del ruido del mundo, entre el murmullo de las hojas y el canto de los pájaros, intercambiábamos palabras, interrumpidas a veces por largos silencios.

Como ocurre con las personas que se comprenden mutuamente y entre las cuales hay un grado suficiente de intimidad, no nos importaba permanecer en silencio; y el silencio a veces se imponía debido a una observación que merecía ser reflexionada. Además, el Shayj nunca pronunciaba palabras inútiles, y no sentíamos la necesidad de hablar más que cuando realmente teníamos algo que decir.

Al principio quedó sorprendido al ver que conocía un poco la religión musulmana, al menos en su esencia y sus principios, que estaba al corriente, en líneas generales, de la vida del Profeta y de la historia de los primeros califas, y que tenía noticias de la Kaaba y el pozo de Zamzam, y de la huida de Ismael con su madre Agar por el desierto. Esto era bien poco, pero la ignorancia del europeo medio sobre estas cosas es generalmente tan grande, que el Shayj no pudo ocultar su sorpresa.

Por mi parte, me sorprendió su amplitud de miras y su tolerancia. Siempre había oído decir que todo musulmán es un fanático incapaz de sentir hacia los extranjeros otra cosa que el mayor desprecio.

El Shayj dijo que Al-lâh había inspirado a tres (6) profetas: primero Moisés, luego Jesús, y después Muhammad. De ahí deducía que el Islam era la mejor religión por estar basado en el mensaje divino más reciente, pero dijo que el judaísmo y el Cristianismo eran, no obstante, religiones reveladas.

Su concepción del Islam era igualmente amplia. Sólo insistía en lo esencial. Solía decir:

— Para ser un musulmán ortodoxo basta con observar cinco puntos: creer en Al-lâh y reconocer que Muhammad fue Su último Profeta, hacer las cinco oraciones diarias, dar las limosnas prescritas a los pobres, practicar el ayuno y hacer la peregrinación a Meka.

Lo que apreciaba particularmente en él era su total falta de proselitismo. Expresaba sus opiniones cuando le preguntaba, pero parecía importarle muy poco el que yo sacara provecho de ellas o no. No sólo no hizo nunca el menor intento de convertirme, sino que durante mucho tiempo pareció totalmente indiferente a lo que yo pudiera pensar en materia de religión. Esto era, por lo demás, muy característico de él. Solía decir:

— Los que tienen necesidad de mí vienen a mí. ¿Para qué intentar atraer a los demás? Se preocupan poco de las únicas cosas que cuentan, y siguen su propio camino.

Nuestras conversaciones se parecían, pues, a las que podrían mantener dos vecinos que se hallan en buenas relaciones y que de vez en cuando intercambian unas palabras por encima del seto que separa sus jardines.

Pero un día nuestra conversación derivó hacia mis propias ideas, y esto le llevó a sondearme un poco. Quizá él ya había pensado en hacerlo, sin saber cómo abordar esta delicada cuestión, y esperaba simplemente la ocasión.

Vino a propósito de estos negros musulmanes que han introducido determinadas prácticas sudanesas en el Islam. Estas gentes van por las calles, en ciertas épocas, conduciendo un toro adornado con flores y cintas, al son de tambores y panderetas, acompañados de danzas, gritos, cantos y ruido de castañuelas metálicas. Nos hallábamos en una de esas ocasiones, y bajo el porche, al fondo del pequeño jardín apacible, nos llegaban los ruidos lejanos y apagados de uno de esos cortejos. No sé por qué, pero hice una comparación entre esas manifestaciones y ciertas procesiones católicas, añadiendo que estas últimas me parecían pura idolatría, y también que la eucaristía no era más que una práctica de hechicería, a menos de considerarla desde el punto de vista simbólico.

— Sin embargo es su religión, dijo él.

— Según cómo —respondí—. Fui, en efecto, bautizado cuando todavía era un niño de pecho. Aparte de esto, no hay nada que me ligue a ella.

— ¿Cuál es su religión, pues?

—No tengo ninguna.

Hubo un silencio. Luego el Shayj dijo:

— Es extraño.

— ¿Por qué extraño?

— Porque, de ordinario, las personas que, como usted, no tienen religión son hostiles a las religiones. Y usted no parece serlo.

— En efecto. Pero las personas a las que usted se refiere han conservado una mentalidad religiosa e intolerante. Siguen siendo personas inquietas. No han encontrado, con la pérdida de sus creencias, la Paz interior de la que usted habla. Al contrario.

— ¿Y usted? ¿La ha encontrado?

— Sí. Porque he ido hasta las últimas consecuencias y considero las cosas dándoles su justo valor y situándolas en su lugar correcto.

Se quedó reflexionando durante bastante tiempo, y luego dijo:

— También esto es extraño.

— ¿Qué?

— Que usted haya llegado a esta concepción por otros medios que los de la doctrina.

— ¿Qué doctrina?

Hizo un gesto vago y se sumió en su estado de meditación. Comprendí que no deseaba hablar más de ello y me retiré.

A partir de aquel día tuve la impresión de que yo le interesaba más. Hasta entonces nuestra relación, siempre muy cordial y aparentemente íntima, no había ido más allá de los límites de una amistad casual. Había sido para él un conocido simpático y agradable, pero, a pesar de todo, extraño y algo distante. Habían transcurrido varios años durante los cuales no había representado para él más que un objeto de distracción pasajera, sin duda de muy poca importancia a sus ojos, el transeúnte que uno encuentra en el curso del viaje de la existencia, un compañero momentáneo que se acepta durante una parte del camino porque es cortés y no es aburrido, y que luego se olvida.

Después de esto, cada vez que nos encontrábamos solos la conversación tomaba un giro abstracto... Lamento vivamente no haber consignado entonces por escrito aquellas conversaciones maravillosas que encerraban mucho más de lo que concretamente se decía, y que, ahora me doy cuenta, habrían constituido un documento precioso, no sólo para mí, sino también para otros. Pero en aquella época no les daba la importancia que con el paso de los años han adquirido en mi memoria.

Por tanto, no puedo dar más que una idea general de estos encuentros e indicar algunos puntos sobresalientes que han quedado fijados en mi memoria. Unas veces el diálogo se limitaba a unas pocas observaciones entrecortadas por largos silencios; otras consistía en una exposición de mi punto de vista, solicitado por él. Pues ahora era él quien hacía las preguntas. Nunca discutimos, es decir, nunca tuvimos controversias del tipo en que cada interlocutor trata de convencer al otro de que tiene razón. Era un intercambio de ideas, nada más.

Así fue como llegué a explicarle mi actitud hacia la religión. Dije que, dado que todo hombre está preocupado por el enigma de su existencia y de su futuro, todos tratamos de hallar una explicación que nos satisfaga y apacigüe nuestro espíritu. ¿Con qué derecho iría yo a inquietar a los que han encontrado tranquilidad espiritual en la religión? Por lo demás, cualquiera que sea el medio empleado, o el camino elegido, para intentar obtener la tranquilidad espiritual, uno se ve siempre obligado a tomar una creencia como punto de partida. La misma vía científica, que es la que yo he seguido, está basada en cierto número de postulados, es decir, en afirmaciones consideradas como verdades evidentes, pero que, sin embargo, no pueden probarse. En cualquier dirección en la que uno mire siempre hay una parte de creencia, ya sea grande o pequeña. La única verdad es lo que uno cree que es la verdad. Cada uno sigue la dirección que más le conviene. Todas vienen a ser lo mismo.

Aquí me interrumpió y dijo:

— No, no son todas lo mismo.

Me callé, esperando una explicación, que vino:

— Son lo mismo, si usted sólo considera la cuestión de alcanzar el sosiego. Pero hay distintos grados. Algunas personas lo alcanzan con poco, otras hallan satisfacción en la religión, otras veces tan más. No es sólo la tranquilidad lo que deben poseer, sino la Gran Paz, que trae consigo la plenitud del Espíritu.

— ¿Y qué ocurre con la religión?

— Para estos últimos, la religión es sólo un punto de partida.

— Entonces, ¿existe algo por encima de la religión?

— Por encima de la religión está la doctrina.

Otras veces ya le había oído emplear esta palabra: la doctrina. Pero cuando le había preguntado qué entendía por ello, había rehusado contestar. Tímidamente, lo intenté de nuevo:

— ¿Qué doctrina?

Esta vez respondió:

— Los medios de llegar hasta Al-lâh.

— ¿Y cuáles son estos medios?

Me dirigió una sonrisa de lástima.

— ¿Para qué decírselos, si usted no está dispuesto a hacer uso de ellos? Si usted viniera a mi como discípulo podría darle una respuesta. Pero, ¿de qué serviría satisfacer una vana curiosidad?

En otra ocasión dimos en hablar de la oración, que yo consideraba como una contradicción por parte de los que creen en la Soberana Sabiduría de la Divinidad.

— ¿Para qué rezar?, pregunté.

— Adivino lo que piensa —dijo— En principio, tiene usted razón. La oración es superflua cuando se está en comunicación directa con Al-lâh. Pues entonces uno posee un conocimiento directo. Pero ayuda a los que aspiran a esta comunicación y todavía no han llegado a ella. No obstante, aun en este caso, la oración no es indispensable. Hay otros medios de llegar a Al-lâh.

— ¿Cuáles?

— El estudio de la doctrina y la meditación o la contemplación intelectual cuentan entre los medios mejores y más eficaces. Pero no están al alcance de todo el mundo.

Lo que más le sorprendía era que pudiera vivir con toda serenidad con la convicción de que estaba destinado a la aniquilación total, pues veía bien claro que yo era profundamente sincero. Poco a poco, cuando, a intervalos, volvía a esta cuestión, le daba a entender que mi serenidad era más bien debida a la humildad que al orgullo. La ansiedad del hombre proviene de que quiere a toda costa sobrevivir a su propia muerte. La calma se obtiene cuando uno se libera totalmente de este deseo de inmortalidad. El mundo existía antes de mí y seguirá existiendo sin mí... El mundo no era más que un espectáculo al que había sido invitado sin saber cómo ni por qué, cuyo significado no podía comprender, si es que tenía alguno. Pero este espectáculo, sin embargo, no carecía de interés. Ésta era la razón por la que dirigía mis ojos más de buen grado hacia la naturaleza que hacia las ideas abstractas. Cuando tuviera que abandonar el espectáculo lo haría lamentándolo, porque lo encontraba interesante. Pero con el tiempo acabaría sin duda por aburrirme. Además, en cualquier caso, no tenía opción. ¿Y qué importaba? Cuando uno aplasta una hormiga el mundo sigue su marcha.

— Lo que usted dice es cierto respecto del cuerpo, sin duda —dijo—. Pero, ¿y el Espíritu?

— En efecto, también hay el espíritu. La consciencia que tenemos de nosotros mismos. Pero no la tenemos al nacer. Se ha desarrollado lentamente junto con nuestras sensaciones corporales. No la liemos adquirido sino progresivamente, poco a poco, a medida que nuestro conocimiento ha ido aumentando. Se ha desarrollado paralelamente al cuerpo, ha crecido con él, se ha fortalecido con él, como una suma de las nociones adquiridas, y no llego a convencerme de que pueda sobrevivir a este cuerpo al que en realidad le debe su existencia.

Hubo un largo silencio. Luego, saliendo de su meditación, el Shayj dijo:

— ¿Quiere saber lo que a usted le falta?

— Sí, ¿qué es?

— Para ser uno de los nuestros y ver la Verdad, le falta el deseo de elevar su Espíritu por encima de usted mismo (5). Y esto es irremediable.

Un día me preguntó a quemarropa:

— ¿Cree usted en Dios?

Contesté:

— Sí, si por ello entiende un principio indefinible del que todo depende y que sin duda da un sentido al Universo.

Pareció satisfecho con mi respuesta. Y añadí:

— Pero considero que este principio está fuera de nuestro alcance y de nuestro entendimiento. Lo que me extraña, sin embargo, es ver que tantas personas que pretenden ser religiosas y que incluso creen que lo son, y que están convencidas de su inmortalidad en Dios, puedan seguir dando importancia a su existencia terrena. No son lógicos ni sinceros consigo mismos... Me parece que si yo tuviera la certeza de que existe una vida después de la muerte, el espectáculo de la vida terrena perdería todo interés para mí y me sería totalmente indiferente. No viviría sino a la espera de la verdadera vida futura, y, como sus fuqarâ, me consagraría enteramente a la meditación.

Me miró largamente como si leyera mis pensamientos. Luego, dirigiéndome a los ojos una mirada que iba más allá de ellos, dijo lentamente:

— Es una pena que se niegue a dejar que su Espíritu se eleve por encima de usted mismo. Pero, diga lo que diga, y piense lo que piense, usted está más cerca de Dios de lo que cree.

 

"Está más cerca de Dios de lo que cree".

Cuando me dijo estas palabras, al Shayj Al‑‘Alawî no le quedaba mucho tiempo de vida. La peregrinación a Meka que había querido realizar antes de morir, y a la que añadió un viaje a Siria y Palestina, le había dejado exhausto. Se hallaba extremadamente débil, pero su espíritu seguía estando alerta.

Entre tanto, Sidi Muhammad, su sobrino (6), que realizaba la función de muqaddam, había muerto, y fue reemplazado por otro de los sobrinos del Shayj, a quien éste apreciaba particularmente, Sidi Adda Bin‑Túnis (7).

Sidi Adda no me ocultaba su inquietud. Por él supe que el Shayji se absorbía cada vez más en profundas meditaciones, de las que sólo parecía salir a su pesar. No comía prácticamente nada, y aunque yo le reprendía y le suplicaba, se limitaba a esbozar una sonrisa y a decirme:

— ¿Para qué? El momento se acerca.

Y yo nada podía responder. Veía en los ojos de los fuqarâ una expresión particular. Me di cuenta de que trataban de adivinar qué pensaba de la salud del Shayj. De ordinario los veía poco. Sabían quién era, y la amistad que el Shayj me mostraba bastaba para ganarme sus simpatías. Pero, sin embargo, por lo general se mantenían algo distantes. La sensación de que su Maestro estaba en peligro les acercó a mí. Les tranquilicé con una sonrisa. Estaba, en efecto, persuadido de que el Shayj viviría hasta agotar la última chispa de sus fuerzas, no porque luchara por vivir, sino porque había acostumbrado su cuerpo a contentarse con tan poco que su organismo seguía funcionando a velocidad reducida. Sabía que continuaría así, con un mínimo de fuerzas que desde mucho antes hubieran sido insuficientes para cualquier otro. Consumiría hasta la última gota de aceite de la lámpara de la vida, que había puesto a media luz. Y él lo sabía también.

El Shayj apenas me presentó a ninguno de los fuqarâ, excepto a los de origen occidental. De vez en cuando venía alguno. Pero mi relación con ellos fue siempre bastante limitada. No siendo un iniciado, yo no hablaba su mismo lenguaje, y la discreción me impedía interrogarlos para saber cómo habían entrado en esta vía... Algunos eran verdaderas personalidades, como, por ejemplo, un célebre artista (8), al que nunca hubiera esperado conocer en estas circunstancias. Junto con la Tradición, este artista había adoptado el vestido musulmán, que le sentaba tan bien que él mismo hubiera podido pasar por un Shayj. Pasó ocho días en la zâwiya. Iba acompañado de un miembro del Tribunal de Túnez y de una dama, ambos iniciados como él y extremadamente agradables.

Hubo también un americano, apenas sin recursos, que había llegado no se sabe cómo, pero que cayó enfermo al cabo de unos días, tuvo que ser enviado al hospital, y finalmente fue repatriado.

A pesar de que su debilidad iba en aumento, el Shayj seguía conversando con sus discípulos, pero se vio obligado a acortar las sesiones. Su corazón se debilitaba, su pulso se volvía irregular, y me costó mucho hacerle tomar los tónicos cardíacos necesarios para restablecer su ritmo desfalleciente. Por fortuna, dosis ínfimas eran suficientes para actuar sobre un organismo que nunca había sido contaminado por la acción de los medicamentos.

En 1932 se produjo uña alarma grave debido a un ataque cardíaco parcial que el Shayj sufrió. Fui llamado con toda urgencia, y cuando llegué su pulso era imperceptible y él parecía haber perdido el conocimiento. Una inyección intravenosa le hizo volver en sí. Abrió los ojos y me dirigió una mirada de reproche.

— ¿Por qué ha hecho esto? —me dijo—. Tenía que haberme dejado ir. No hay razón para retenerme. ¿Para qué?

— Si estoy a su lado —respondí— es porque Dios lo ha querido así. Y si lo ha querido así es para que yo cumpla con mi deber como médico.

— Está bien —dijo— In sha ‘Al-lâh.

Me quedé algún tiempo a su lado para vigilarle el pulso, temiendo una recaída, y no le dejé hasta que me pareció fuera de peligro.

Después de este aviso hubo otros. Sin embargo, el Shayj todavía vivió, con altibajos, casi dos años más. Cuando se encontraba relativamente bien reanudaba su vida normal como si nada hubiera pasado. Parecía, sin embargo, estar esperando el fin, deseoso, pero sin impaciencia. Su intensa vida interior sólo se manifestaba en su expresión. Su cuerpo no parecía más que un soporte gastado que iba a caer convertido en polvo de un momento a otro.

Una mañana me hizo llamar. Su estado no parecía ser más grave que en días anteriores, pero me dijo:

— Será hoy. Prométame no hacer nada y dejar que las cosas sigan su curso.

Le dije que no parecía que estuviera peor, pero él insistió.

— Sé que será hoy. Y hay que dejarme regresar a Al-lâh.

Le dejé, impresionado por lo que había dicho, aunque un poco escéptico. Le había visto tantas veces con la vida pendiente de un hilo sin que el hilo se rompiera que, pensé, aquel día ocurriría lo mismo que en tantas otras ocasiones.

Pero, cuando volví por la tarde, el panorama había cambiado. Apenas respiraba, y no pude contarle el pulso. Abrió los ojos cuando sintió mis dedos en su muñeca, y me reconoció. Sus labios murmuraron:

— Al fin voy a reposar en la Presencia de Al-lâh.

Me apretó débilmente la mano y cerró los ojos. Era su último adiós. Mi lugar ya no estaba allí. Desde aquel momento pertenecía a sus fuqarâ, que esperaban. Me retiré, pues, diciendo a Sidi Adda que había visto al Shayj por última vez.

Aquella noche supe que, dos horas después de mi marcha, se había extinguido suavemente, de manera casi imperceptible, rodeado con reverencia por todos los discípulos que vivían en la zâwiya o se hospedaban allí.

La última gota de aceite se había consumido.

He tratado de dar una idea de cómo fue el Shayj, Al‑‘Alawî. Soy bien consciente de cuán insuficiente es este relato, pero me he limitado a no referir más que los recuerdos de los que estaba completamente seguro. Algunas de las frases que he citado son exactamente, palabra por palabra, las que el Shayj pronunció, De otras no puedo afirmar que empleara los mismos términos que yo le atribuyo, pero puedo garantizar su sentido general.

Hubiera sido fácil bordar un tema como éste, pero he preferido mantener la seca sobriedad de los recuerdos de los que estaba seguro, y me parece que de este modo la fisonomía del Shayj se desprende de manera más clara y fiel a la realidad. Mi retrato posee además la especial característica de haber sido hecho imparcial y objetivamente, sin elogios inútiles, y sin la aureola con la que un discípulo, sin duda, hubiera estado tentado de rodearlo. Se basta a sí mismo y quizá gana por haber sido esbozado por un "profano".

He evitado toda apreciación personal de la doctrina del Shayj. Mi opinión sobre estas cuestiones hubiera sido en todo caso irrelevante, pues mi intención era simplemente la de dar una impresión del Shayj tal como le conocí, y no la de discutir sus ideas. Sé que la doctrina en cuestión era una doctrina esotérica, sobre la que, no siendo iniciado, sólo puedo tener nociones muy vagas.

Quizá los iniciados sonreirán cuando lean algunas de mis impresiones, pero me agradecerán que haya sido tan sincero y sencillo como he podido. Observarán también que en ningún lugar he empleado la palabra "fe"... Recuerdo haberle dicho en una ocasión que lo que me impedía tratar de "elevar mi espíritu por encima de mí mismo" era sin duda la falta de fe.

Me respondió con estas palabras:

— La fe es necesaria para las religiones, pero deja de serlo para los que van más lejos y llegan a autorrealizarse en Al-lâh. Entonces uno ya no cree, porque ve. Ya no hay ninguna necesidad de creer cuando uno ve la Verdad.

Notas
(1) Mostagán es uno de los pocos lugares de Argelia en los que la ciudad europea está netamente separada de la árabe. Esta separación es sistemática en Marruecos, donde Lyautey pudo aprovechar la lección de los errores cometidos en Argelia. En Mostagán fue la naturaleza del terreno la que impuso la topografía actual. Los dos barrios están separados por un profundo barranco, y cada uno conserva sus características peculiares. La ciudad musulmana cuenta por sí sola entre doce y quince mil habitantes, y se llama Tiyyitt. Allí es donde vivía el Shayj Al‑‘AIawî, y donde se edificó, mirando al mar, la zâwiya que él hizo tan célebre, y donde sus restos reposan en la actualidad. (Esta nota es del doctor Carret). Las demás son de Martín Lings)
Zâwiya: esta palabra, literalmente «rincón», se aplica al lugar donde se reúnen regularmente los miembros de una orden sufí, y puede consistir en una simple habitación o, como en el caso de la zâwiya del Shayj Al‑‘AIawí, en una mezquita con varias dependencias. Traducir zJw¡ya por «monasterio» daría lugar, sin duda, a malentendidos; sin embargo, las órdenes monásticas son, en el Cristianismo, el equivalente más próximo de las hermandades sufíes del Islam, si bien los sufíes no son célibes.
(2) Ibri ‘Abd al‑Bári’, uno de los discípulos del §ay¡, le preguntó un día por qué comía tan poco. «Es ‑Contestó‑, porque siento tan poca inclinación para comer. Esto no es ascetismo por mi parte, como algunos de los fuqará` piensan, aunque la verdad es que no me gusta que mis discípulos sean glotones ni epicúreos» (Sahi’id, p. 116). Plural de faqír (de donde el castellano «faquir»), «pobre», que se emplea en el Islam en el sentido de pobreza espiritual para designar a los miembros de una orden sufí.
(3) Este «jadeo» es un medio de integrar el cuerpo en el ritmo.
(4) No dijo tres en un sentido limitativo, pues El Corán menciona veintiocho. Además, en uno de sus tratados para los novicios (Al‑Qawl al Maqbúl, p.7), llama la atención sobre las palabras del Corán (dirigidas a Muhammad): En verdad, hemos enviado a otros Mensajeros antes de ti: las historias de unos te las hemos contado, las de otros no (Corán, XL, 78), y advierte a sus discípulos que no hay que limitar el número de los Mensajeros y Profetas de Dios ni el número de Sus Libros Revelados.
(5) En uno de sus poemas el §ay¡ escribió:«Nos ves entre los hombres, pero no somos lo que tú ves, pues nuestros Espíritus resplandecen por encima de las más altas cumbres» (I)íwán, P. 5. Todas las referencias al Diwi1n corresponden a la segunda edición.)
(6) Una de las hermanas del Shayj tenía dos hijos, Sidi Muhammad y una muchacha llamada laira, a los cuales adoptó. Escribí a uno de sus discípulos más antiguos aún en vida, Sidi Muharnmad al‑Hálimí, quien emigró de Tremecén a Siria muchos años antes de la muerte del §ayj,‑y que es ahora jefe de la Záw¡ya ‘Alawi de Damasco, y le pregunté si el §ay¡ había tenido algún hijo propio. Y contestó: «Sé que no tuvo ninguno de su primera ni de su segunda esposa. Cuando vino a vernos a Damasco de regreso de su peregrinaci6n, le pregunté:‑‑‑¿Hastenido algún hijo durante todo este tiempo?‑, y respondió: ‑No.‑ Luego dijo: "S~i, vosotros sois mis hijos‑‑‑, oyendo lo cual todos los hermanos presentes se alegraron.» (El Shayji Al‑Hálimi murió en 1961.)
7) Sidi Adda (o, mejor, ‘Udda) Bin‑Túnis, sobrino político del Shayji (se casó con la hermana de Sidi Muhammad), murió en 1952.
(8) ‘Abd al‑Karim jossot.
* Vistas desde fuera: Capítulo inicial de Un santo sufí del siglo XX, de Martin Lings, ed. Olañeta, pags. 15-33
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