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En el interior de la básmala: traducción y rememoración

30/10/2001 - Autor: Abdelkarim Osuna - Fuente: Webislam
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Di: llamad a Al-lâh o llamad a ar-Rahmân, a quien quiera que llaméis, Él tiene los Nombres más hermosos, y no alces la voz en la salat ni la silencies sino que busca un camino intermedio."

Qur’an al-Isra’ 110.

Hay dos frases que se hallan fuertemente inscritas en el corazón de todo musulmán. La primera de ellas —"lâ Ilâh il-la Al-lâh"— hace referencia a la unicidad divina y se recomienda su recitación constante y silenciosa. La segunda es la básmala: "bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîm", cuya rememoración activa constituye el tesoro de la Umma.

"El mismo Rasulullah (s.a.s.) dijo que ésta fórmula es un obsequio singular con el que Al-lâh ha distinguido a su nación. Y también enseñó que todo acto que no fuera encabezado por la recitación de la Básmala debía ser considerado estéril". 1

Los atributos de "lâ ilâh il-la Al-lâh" son la verticalidad y el punto, su origen es "el viento que viene del desierto", la "nube primordial", y el modo de acceder a ella la concentración y la repetición incesante. El paso de la Unidad il-lahica a su despliegue está representado por el paso de ese dzikr silencioso a la abertura al mundo como manifestación del Deseo de Al-lâh. El musulmán sale del ensimismamiento al que la il-lâha lo transporta como sorprendido de que el mundo siga ahí, en él y ante él, cotidiano y accesible, pero inabarcable. Es por eso que la básmala se inicia como una eclosión en los labios del creyente...

Se han escrito libros, tratados enteros sobre la básmala, pero nosotros no tenemos acceso e esos libros. Tenemos que limitarnos a escarbar en nosotros mismos mediante el Qur’an al-Karim en busca de respuestas. Eso tiene la ventaja de propiciar descubrimientos: para nosotros el Islam no es algo que se nos de cómo acabado, sino que lo percibimos en su nacimiento, como si ahora mismo surgiera ante nosotros. La revelación se está produciendo ahora en el corazón del creyente y eso nos colma de alegría, pero nos deja temblorosos.

Nuestra limitación lingüística tiene el inconveniente de que podemos errar en el camino, y es aquí donde apelamos a la comprensión de los expertos... Solo la sinceridad con que abordemos la tarea que nos hemos propuesto puede ser garantía de un relativo éxito o fracaso, y ese éxito o fracaso está sin duda en la transmisión de algún valor auténtico, de algo que nos ayude a adentrarnos en la Realidad, a comprender aquellos procesos que son internos a nosotros mismos. En ese sentido el lenguaje Qur’anico se nos presenta como pleno de sentidos y la reminiscencia como la llave y el método de actualizar esos sentidos en un presente eterno.

Convivimos con la básmala intensamente, con máxima intensidad de que somos capaces. Hubo un momento que veíamos las cosas como saliendo de ella en una floración constante, y el mundo aparecía dentro de esa frase que ya no es solo frase sino el recipiente del resplandor maternal que inunda todo lo creado. La básmala no nos habla del mundo, no dice nada sobre el mundo. Es el propio modo del mundo de estar ahí desenvolviéndose lo que ella evoca —o simboliza— del mismo modo que una quietud sombría y sin reminiscencia evoca la ausencia de una dimensión sagrada, esa imposible ausencia en la que muchos hombres parecen haberse empeñado...

Hemos hablado de la llave: la actitud con que abordemos el Libro es lo único que ante nuestro Sustentador importa, y Él no ha de decirnos nada que no esté ya en nosotros: tan solo nuestro propio esfuerzo en la obertura es lo que determina que eso que esta en nuestro interior se haga presencia activa sobre el mundo. En realidad es la propia básmala quien nos ha conducido, nosotros únicamente nos hemos dejado llevar por nuestras intuiciones, y tratamos de escuchar ese dzikr progresivo que lo va llenando todo. Aquí la actitud abierta es mucho más importante que la capacidad de comprensión o que la inteligencia porque nos situamos ante el Libro, y puedes estar seguro de que este no se abre a quien no se adentra en él despojado de todo presupuesto, como musulmán que "usa" de la Rahma de Al-lâh para acceder al Mensaje que ha de donarle frutos si es sincero, si abre su corazón profundamente.

Bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîm

qul huwa l-lâhu áhad

Al-lâhu s-sámad

lam yálid wa lam yûlad

wa lam yákun lahû kúfuan áhad

(Qur’an, al-Ijlâs)

Di: Él es Al-lâh Único,

Al-lâh el Irreductible,

no ha engendrado ni ha sido engendrado,

y no tiene igual.

1. Traducción de la básmala

Cuando nos situamos en el interior del mundo quránico, lleno de resonancias, nos damos cuenta de un modo inmediato de que la traducción castellana habitual —"En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso"— nos pone frente a frente al Dios personal y bueno del cristianismo, y está muy lejos del Decir Qur’anico, ese Decir capaz de despertar con su recitación la conciencia del hombre de hallarse inscrito en el estar haciéndose del mundo.

En primer lugar, bismi no significa "en el nombre" sino "con el Nombre". La partícula "bi" (con) no indica compañía, sino utilización, expresando así la conciencia de que lo que se va a decir o hacer se hace únicamente gracias a Su Nombre, y no de una forma autónoma. Al traducir "en el Nombre" parece que estamos indicando lo contrario, estamos diciendo "esto lo voy a decir (o hacer) Yo en Su Nombre", como si fuéramos nosotros en última instancia quienes actuamos como sus representantes y, peor aún, como si tuviéramos poder de hacer algo sin Su consentimiento (sin la concurrencia de Su Nombre). La verdad es que los musulmanes no hacemos nada en representación de Al-lâh, pues eso sería usurpar Su función, lo cual no es más que una ilusión del ego. La partícula "bi" indica, entonces, esa conciencia de que es Él, en última instancia, quien está actuando a través nuestro. Pronunciarla lentamente es el soporte de la entrega.

Sobre el tema de "Dios" en vez de Al-lâh ya se ha escrito con profusión en los tiempos recientes. Recordaremos que Dios proviene de "Teos" (Zeus), y evoca un panteón de dioses de los cuales él es el supremo. Pero Al-lâh no es "un dios supremo" desde el momento en que no hay nada fuera de Él. Existe además la remora del Dios-hombre —y toda la teología que conlleva— para que consideremos como válida la traducción de Al-lâh como Dios. Esa remora es ya insalvable en la conciencia occidental, y desde ese momento Dios no es más que una idea (muerta).

Hablando de Dios se puede hablar de un Dios escondido (Teos angostos), del Dios patético, del Dios personal, del Dios bueno, del Dios del Antiguo Testamento, o del Dios del Nuevo Testamento, del Dios-hombre... etc., etc. Pero de Al-lâh a nadie se le ocurriría decir "el Al-lâh x" o "el Al-lâh y", como algo determinado y diferente. "El Al-lâh Generoso" no es nunca otro de "el Al-lâh que Crea", ni este es diferente de "El que destruye". Esas expresiones carecen de sentido, son un absurdo lingüístico y muestran un desconocimiento total de lo que Al-lâh es: el Único principio vital Absoluto, absolutamente indefinible y no susceptible de dichas determinaciones. Las únicas adjetivaciones que Al-lâh admite son las que ensalzan Su Majestad y Su Belleza, y no las que Lo explican. Dichas adjetivaciones, por otra parte, no son tales sino Sus Nombres, contenidos en el Qur’an Generoso.

La palabra "dios" no es más que el masculino de "diosa". Hay que tener en cuenta que —según algunos arqueólogos— el culto al aspecto femenino de la divinidad precede históricamente al culto a su aspecto masculino. Atribuir a Al-lâh un determinado sexo implica una idolatría inaceptable, y un caso de antropomorfismo de los más groseros. No podemos, por tanto, aceptar como nombre de Al-lâh una palabra que tiene plural ni género. A los que dicen que en el Qur’an se menciona repetidas veces a Al-lâh como Él (Huwa), les contestamos que ese Él se refiere al Nombre y no a "la persona", pues esa persona es un fantasma en la mente de los que desvarían. Aún aceptando que nuestro pensamiento tenga que pasar por una cierta objetivación para pensarlo, debemos tener siempre presente que Al-lâh no soporta dichas determinaciones, siempre está más allá de lo que podamos pensar de Él, siempre se amplía y se sumerge en nuevos horizontes.

No podemos renunciar a la palabra Al-lâh desde el momento en que aceptamos la "muerte de Dios" con todas sus consecuencias. Como musulmanes occidentales nos sabemos herederos de una doble tradición: la del llamado "nihilismo" occidental y la raíz semita del Islam y el judaísmo. Debemos darnos cuenta de que el primero ha hecho posible que hallásemos lo otro, y que, como dice Ali González, sin la lucha de los ateos y los místicos para librarse de la teología no seríamos musulmanes.

Basta leer a Nietzsche para comprender que lo muerto es Dios como idea, es decir: su utilización como concepto para separar un mundo suprasensible del mundo sensible, dando al primero todas las glorificaciones y haciendo del segundo el lugar donde todo se condena, el valle de lágrimas de todos los sermones. En este sentido, y lejos de ser una monstruosidad "impía", la "muerte de Dios" es el acto intelectual supremo por medio del cual ciertos hombres libres han consumado la destrucción de los ídolos que el Islam reclama.

Puedo afirmar que "no creo en Dios", pues me someto a Al-lâh con la mayor intensidad que me es posible. Creer en Al-lâh es algo absurdo, que no nos sirve para nada, del mismo modo que es absurdo "creer en lo Real", o "creer en lo Uno", lo cual no dice nada, y nos aboca a un mundo donde hemos renunciado a Al-lâh en su aspecto accesible, capaz de ser objeto de una experiencia corporal e intelectual intensa. La Unicidad del mundo es algo que se experimenta sin creer en ella, pues la creencia, siendo un acto irracional, confunde al pensamiento, lo saca de su límite y lo pone a divagar sobre dicotomías que no existen, entre la quietud (Dios) y el movimiento (mundo), o entre la materia y el espíritu como algo separado.

Debemos combatir con todas nuestras fuerzas esa teología, evitar que el Islam se confunda con ella, pues ha de traerle la misma muerte como idea, la misma desaparición de lo que se ha perdido, alejado del Mensaje. En Al-lâh no se cree, como no se cree en el viento: se lo respira y comprende estando dentro suyo, envuelto por la sensación de pertenencia a aquello que nos acaricia, envuelto en el recuerdo de lo Uno. La traducción de bísmil-lâhi por "en el nombre de Dios" puede considerarse triplemente idolátrica.

Si el término Dios nos resulta tan sumamente frío es a causa de su origen: se trata en su origen de un concepto y no una realidad, un concepto acunado por los diosólogos para designar a una divinidad cualquiera, a la que el cristianismo imperial ha entronizado. En ese sentido es muy diferente las palabras hebreas que fueron rechazadas por los traductores griegos de la Torah —Elohîm, Yahwéh, El-lâh—, Nombres cuya cualidad y verdadera intensidad todavía conserva algo de su engarce en el Descenso. Pero esos Nombres no son más que puertas del Nombre verdadero, al cual ningún hombre tiene acceso. Por ello en la Torah Yahwé tiene otros Nombres, y a este respecto Yosef Chiquitilla dejó escrito en el Sha’âre ‘orah: "Toda la Torah es como una explicación de Su Nombre inefable". 2

Existe, enlazado con lo anterior, un último argumento en relación a la no identificación y sustitución de "Dios" por "Al-lâh", un argumento que no dudamos en calificar de "gustativo". El sonido Dios es punzante y frío, carece de resonancia. La resonancia de la palabra "Al-lâh" está representada por la vibración y suspensión de la letra "l", y la expansión que la sigue, la expansión enormemente suave del sonido "a" prolongado hasta una "h" casi silenciosa, que nos deja en suspenso y nos entrega al mundo desde el mismo suspiro de Su Nombre. En esa exhalación final nos unimos a Su aliento. Es por ello que consideramos imprescindible —y siguiendo las recomendación de ‘Abdal-lâh Bartoll Ríos— escribir el guión entre las "eles" para evitar reproducir un sonido como el que contiene la palabra "ello" 3. Sobre el alcance de la sonoridad de la palabra "Al-lâh" se podrían decir numerosas cosas, basta decir que este Nombre ha sido repetido hasta la saciedad por muchísimos hombres que han hecho de ella una auténtica llave de acceso a lo Absoluto.

Desde el momento en que sabemos que la Palabra Qur’anica es recitación este argumento se nos presenta como definitivo: recitación implica una "gustación" sonora a la que la palabra "Dios" no nos conduce. La comprensión se da como correlato de la repetición pausada de la palabra, cuando esa Palabra se ha internado en nosotros hasta una profundidad que nos es desconocida. Sólo entonces es posible la "inspiración" como desvelamiento del sentido de la Palabra.

Si seguimos adelante debemos considerar la trilítera árabe r-h-m, de donde provienen las palabras Rahmân y Rahîm, palabras que están en boca de todos los musulmanes desde la época de la revelación Qur’anica, y cuyo sentido profundo se nos escapa con la traducción cristianizante. Las palabras Misericordioso, Compasivo, Clemente, etc, son válidas si se entienden como "calor materno", y si van acompañadas de un adjetivo como "creadora" —p.e.: misericordia creadora—, pero debe descartarse en cuanto que implican una criatura quejosa y desvalida (el hombre) al cual un Dios externo socorre.

Sobre el Nombre al-Rahmân nos dice Ibn ‘Arabî que los árabes de su tiempo le preguntaban al Profeta: "¿qué significa eso?". Quiere decir que ese Nombre no era inmediatamente comprensible en su propio contexto idiomático, pues no es un Nombre deducible ni "analógicamente, por derivación etimológica": "los árabes no conocían esa palabra como Nombre determinado". 4 El esfuerzo de comprensión debe ser para nosotros análogo, pues se trata de una palabra nueva, no reductible a nuestro convencional lenguaje pseudo-religioso sobre "Dios", del mismo modo que era nueva para los habitantes del Hiyaz.

Lo que tanto sorprendía a los árabes es que la palabra árabe rahâm se refiere al útero o matriz, y referido a Al-lâh podemos hablar del "principio Creador Maternal (fecundante) de los Universos". Siendo la matriz el lugar donde se desarrolla la vida, ar-Rahmân es el que hace sitio a la vida, refiriéndose al espacio como lo que simboliza con Al-lâh. Rahmân nombra la universalidad de la Rahma: el "calor Creador" que está en el origen de todas las creaciones, de todas las fecundaciones, de todo lo cálido que protege la vida y la permite crecer y desarrollarse: matriciante. Rahîm es aquel que tiene cualidad de Rahma: matricial, que hace de todo matriz en un sentido individual, y cuya posibilidad es asimismo ser matriz de nuevas concurrencias.

Es por todo ello que se ha considerado como la traducción más correcta:

Con el Nombre de Al-lâh Matriciante, Matricial.5

siendo por su carácter matriciante el origen de todas las cosas, el único "lugar" desde el que se produce el verdadero aflorar de la existencia, y por su carácter matricial Aquel que otorga a todo lo existente un carácter matriciante propio, permitiendo que realice su aflorar concreto, su posibilidad de tener una existencia creadora. Esta forma islámica del principium individuationis —válido aquí tanto para seres vivos como para objetos— es a lo que hace referencia la partícula "bi": "con...". Como hemos dicho, no se trata de "con Su compañía" sino "mediante Su Nombre", es decir: utilizando activamente los Atributos de Al-lâh Matricial y Matriciante es como las cosas y los hombres llegan a ser lo que son en si mismas sin escindirse del Todo que las crea.

Es aquí donde las palabras de Abderrahman Muhammad Maanán nos parecen tan valiosas:

"Con esta fórmula, el musulmán se educa en una forma de mirar hacia la realidad. Pasa a detectar en ella esa Presencia misteriosa e inefable que todo lo rige sin necesidad de tocarlo y sin la que nada sería real. El Nombre, asociado a todas estas ideas, rememora en el ánimo del que lo pronuncia el carácter insondable de la Verdad creadora."

"Existimos, y nuestra existencia es indicio de una de las cualidades de la Verdad. A esa cualidad se la llama Rahma. La Rahma es inclinación hacia la vida. Somos el resultado de un deseo de vida. Confundidos en las tinieblas de la indeterminación, sumergidos en la irrealidad de la no-existencia, fuimos arrancados de ella por la Rahma de Al-lâh que quiso nuestro ser. Llamamos Rahma a la fuerza que nos emancipó de la Nada, una energía que no es nuestra porque nosotros ni tan siquiera éramos. La Rahma, es, pues, el Amor de Al-lâh, su Deseo. Y por ello, Él recibe dos nombres. El primero de ellos es Rahmân: Aquél que extrae lo vivo de lo muerto, el ser del no-ser. Rahmân es el que posibilita la vida, y no deja de hacerlo en ningún momento. Gracias a ese Nombre cae la lluvia vivificadora, corren los vientos cargados de semillas y la madre siente ternura protectora hacia el recién nacido. De miles de modos se manifiesta esa Rahma en nuestro universo, tal como se manifestó en los orígenes remotos de la existencia. No hay instante en que esa Rahma no se evidencie: si no actuara a cada momento, la vida sería imposible. Hay vida, una vida que no depende de nosotros ni de nuestros recursos, ni de los de nada ni de los de nadie, por lo que afirmamos que la Rahma es la esencia que la posibilita, que emplea mil apariencias distintas pero que siempre es la misma. Esa es la Rahma del Rahmân, que no hace distingos, que es universal y abarca a todas las criaturas."

"Y después está el Rahîm, pues la vida tiene una gradación ascendente. Comprobamos que es más intensa en unos seres que en otros. Es más poderosa en las plantas que en los objetos inanimados, en los animales que en los vegetales, en los seres humanos que en todas las demás criaturas, porque el hombre no sólo siente sino que es consciente. Esta gradación ascendente de la Rahma, que escoge y se hace más plena, que va creciendo, es a lo que llamamos Rahma del Rahîm: gracias ella aparece la vida en la vida, como luz añadida a la luz de la Rahma del Rahmân. Su expresión más resplandeciente es la conciencia del ser humano. Pero incluso en esa conciencia hay gradación, y unos hombres superan a otros en la sensibilidad de sus corazones: son aquellos que se han abierto a Al-lâh, y con ello han agigantado sus seres, son los dichosos, los que pueden gozar de la inmensidad. A todo esto hacen referencia las dos últimas palabras de este signo: ar-rahmân ar-rahîm." 6

2. El Dzikr de la Básmala

"La muerte y la vida están en poder de la lengua y el que la ama comerá de sus frutos..."(Proverbios, 18; 21)

Una vez dicho esto podemos comprender la básmala como llave de todas las suras, con la excepción de una: es mediante la utilización consciente de ese carácter matricial y matriciante como se accede a todos los interiores, como se consigue penetrar en los secretos de la quietud y el movimiento, de los desarrollos y el sentido que los une en una sola imagen invisible. Sin el secreto del Sí indescifrable no existe modo alguno de penetrar en el Qur’an, y nos quedamos a las puertas como niños ante el cristal de una pastelería.

Al hablar de la "palabra" Al-lâh y del carácter cálido que su sonido evoca, nos introducimos en el presente tema. La traducción, aún siendo necesaria para aquellos que no conocen el idioma árabe, no puede servirnos más que de apoyo para la verdadera comprensión de la básmala, que sólo la recitación pausada puede darnos —según el Qur’an nos dice:

"No muevas tu lengua deprisa, repitiendo las palabras de la revelación: pues, ciertamente, Nos corresponde a Nosotros recogerlo en tu corazón, y hacer que sea recitado. Así pues, cuando lo recitemos, sigue su recitación. Luego, ciertamente, Nos corresponde a Nosotros hacer claro su significado." (Sura al-Quiyama, 16-19)

La lentitud y el modo pausado de aproximarse a la Palabra de Al-lâh con sumo respeto, manteniéndose al margen de un decir que en verdad precede todo nuestro esfuerzo. El Decir de la básmala está allí a la espera de que nuestros labios lo pronuncien, se hagan participes de ese decir eterno. Se trata de conseguir hacer del hombre un receptáculo, según la forma de la letra árabe "b". La lentitud implica gustación consciente, implica unir a la recitación una comprensión de todos sus segmentos. La recitación se dirige hacia el interior de la básmala cuando rompemos con el hecho del decir frontal, informativo. No la decimos para informar a nadie de nada ni para transmitir un contenido, sino que en el decir mismo está la llave, ese decir germinativo impulsa al hombre a la participación activa en ella misma: por eso decimos "con el Nombre". Es el propio mundo cuando ha sido pronunciada lentamente, se agranda hasta abarcarlo todo, o más bien es el mundo quien se agranda hasta básmala. Ella es el mundo en su desglose causal y en su raíz interna. Cuando acaba la básmala, y nos volvemos a sumir en el silencio, hemos recorrido el ciclo completo de la vida.

Según un hadiz, Rasulul-lâh (sallâllahu allâihi wa sallam) dijo que todo acto que no fuera encabezado por la recitación de la básmala debía ser considerado estéril. Con ello quiere decir que todo lo que se realiza sin el dizkr de la basmala es estéril por definición. La esterilidad de la lectura es aquella que no propicia una floración de sentido, que no está asociada a la conciencia de nuestro propio carácter rahmático, de "lugar" a través del cual la rahma se propaga.

Toda lectura del Qur’an se inicia con esa declaración de abertura a la Rahma, con la intención de participación en el desglose de la Creación. Es por ello que el Libro permanece estéril para los que se muestran incapaces de escuchar con el corazón, permanece velado a una lectura no creativa. El Qur’an se inicia así haciéndonos adoptar la intención de actuar como propagadores de la rahma, y no como una declaración externa de Al-lâh que al creyente le llegue de fuera. En ese iniciar la lectura el creyente declara su intención de hacerse recipiente de la rahma, y desde ese momento ya estamos atrapados: pertenecemos al mundo creador, donde todo es raíz y el movimiento tiende puentes sutiles donde se germina.

Es el que recita quien dice las palabras que Al-lâh le ha enviado para que las haga suyas mediante esa recitación. La diferencia de esa lectura con la lectura de un libro externo (escrito por otro) es evidente. El Qur’an no tiene autor, en el sentido de que nunca se agota, y por eso puede decirse que su escritura no ha sido clausurada. Debe ser actualizado por todos los musulmanes que lo leen. Esto hace del musulmán co-participe del Libro en el momento en que lo lee, siendo su participación el apaciguamiento del ego y la activación de un modo de comprensión sutil, de un modo de percepción y sensibilidad altamente orgánica que nacen de la extinción en Al-lâh.

Es imprescindible citar aquí el hadiz según el cual todas las revelaciones proféticas anteriores se encuentran en el Qur’an y todo el Qur’an está resumido en la sura al-Fâtiha, que a su vez está contenida en la básmala. De acuerdo con otra tradición que se remonta a Alî Ibn Talib, se dice que la básmala está asimismo contenida en la "ba" inicial, y ésta en su punto diacrítico.

En la forma árabe de la letra "ba" ( D) el "álif" que ha abierto el alifato queda como un punto (se retira a su caverna, al interior del hombre), permitiendo así el despliegue horizontal de la palabra, o sea: la propia existencia del discurso, del Decir que informa. Desde ese punto diacrítico se proyecta un haz de luces invisible: se trata de la Rahma. El modo de estar de Al-lâh en lo existente es representado por ese abismo insalvable, ese espacio silencioso que va del punto diacrítico hacia el signo. La forma del signo señala el despliegue como un horizonte que tiende a plegarse sobre si mismo, a volver a la "álif" de donde parte. Eso es fundamental, pues se trata de la vida en su proceso, en vías de completar el círculo y volver a ser punto, de retornar al Uno indual. La curvatura de la letra "ba" árabe es comparable a una barca meciéndose en ese espacio cósmico, en el mar primordial. Se trata de la materia sostenida por ese punto inalcanzable.

La il-lâha está representada por la letra "álif", la primera de las letras, con la que empezamos a decir el Nombre Al-lâh. La "álif" contiene en si todo el alfabeto, nace en un punto y anuncia su despliegue. El descenso de la "álif" al mundo es el comienzo de la Revelación escrita. La básmala se identifica con la segunda letra del alifato: la "ba" es la letra del despliegue, de la explosión de la naturaleza. Se ha hablado de una revelación antes de la Palabra, y esa revelación está representada por el lenguaje de la naturaleza.

Se trata del haz de luces o del cáliz, de la naturaleza como recipiente hacia el cual el punto diacrítico —la unicidad il-lâhica— se proyecta. Esta dualidad aparente no debe engañarnos: se trata de un mundo dual tan solo para aquellos que no tienen en cuenta el carácter existencial de lo que aquí se representa: el punto está incesantemente proyectándose sobre la superficie, y es ese carácter incesante, de la Creación constante, lo que sostiene la Unidad del todo.

A Al-lâh no se dirige el musulmán diciendo: "compadéceme o, ten piedad de mi": eso no es Islam sino pietismo. Ser musulmán es someterse a lo real y es interiorizando diariamente la básmala como el musulmán se introduce dentro de esa corriente de Rahma que parte del Uno y recorre los mundos. Podemos entonces decir que el creyente se com-pasiona con la Creación, participa de la Rahma mediante su propagación consciente, una Rahma que lo atraviesa todo y que Al-lâh se ha prescrito a si mismo como ley, según lo ha expresado:

Di: "¿De quien es todo cuanto hay en los cielos y en la tierra?"

Di: "De Al-lâh, que se ha prescrito a Sí mismo la Rahma como ley."
(Qur’án, Al-Anaam, 12)

Sobre esta extraordinaria aya, de importancia capital para cualquier meditación sobre el modo de manifestarse de Al-lâh en la existencia, nos dice Muhammad Assad:

"La expresión, "Al-lâh se ha prescrito a Sí mismo como ley" (kataba aala nafsihi) aparece solamente en dos ocasiones en el Qurán —aquí y en el versículo 54 de este sura— y en ambos casos referida a Su misericordia (rahma); ningún otro atributo divino ha sido descrito de forma similar. La excepcional cualidad de la Rahma de Al-lâh se destaca de nuevo en 7:156 —"Mi Rahma se extiende sobre todas las cosas"— y encuentra eco en la Tradición auténtica en la que, según transmitió el Profeta, Al-lâh dice de Sí mismo: "Ciertamente, Mi Rahma prevalece sobre Mi Ira" (Bujari y Muslim)". 7

Desde el momento en que sabemos que la Rahma no se detiene en nada, y que es esencialmente contraria al detenerse, sabemos que la frase quránica "Al-lâh se ha prescrito a si mismo la Rahma como ley" significa su movimiento constante, su estar haciéndose en el mundo, como algo incesante. Quiere esto decir que a Al-lâh no se lo puede fijar ni hallar "localizado" en nada a no ser por ese movimiento interno que afecta hasta a las piedras.

Desde el punto de vista filosófico, no existe una idea más contraria a la del Primer Motor aristotélico que el principio creador de los mundos que el Qurán presenta. El primero es completamente estático, el segundo absolutamente dinámico: es el dinamismo propio de la naturaleza llevado a su grado más excelso. Es por eso que en los últimos tiempos se ha producido un cuestionamiento radical de la simbiosis entre el pensamiento islámico y el aristotélico de los primeros tiempos del kalâm sunnita, cuestionamiento que solo podía producirse en un contexto en el cual la idea del "dios personal" del cristianismo ha entrado en la más completa decadencia, en la ruina total que se ha significado como muerte.

El movimiento incesante como lo propio de la rahma de Al-lâh tiene otra aplicación gnoseológica en la consideración del principio de identidad. La certeza del camino recto (as-sirat al-mustaquim) como camino único, camino directo que enlaza al siervo con su Señor, sin otra mediación que nuestra propia sensibilidad y capacidad en el recuerdo (dzikr). La relación del uno (la persona individual) con el Uno, del único que somos con el Único Absoluto, es el más gran misterio que envuelve a toda criatura, que le da la capacidad para reconocer el propio camino, una senda que hay que buscar en lo indeterminado, en nuestra pertenencia al más allá de todo lo pensable, y jamás en normativas impuestas desde fuera. Nuestra sumisión al mundo como creadores es algo indiscutible para el siervo que alcanza la certeza, y el Islam debe considerarse como aquello que conserva en su interior la Rahma y que hace de su misión el propagarla y defenderla ante todo intento de instrumentalizar la vida.

Desde el punto de vista de la básmala, de la existenciación y del carácter matricial y matriciante, a Al-lâh no hay que buscarlo "arriba" en los cielos —como hacen los contemplativos y las monjas—, sino "abajo", debajo de la tierra como raíz absoluta, como principio activo de todo lo que aflora. Ese estar "abajo" de Al-lâh es lo que en una concepción histórico-lineal se nos niega. Nuestra pertenencia y paso por el mundo es fugacidad que se emancipa y busca su locus en lo Uno. El propio lugar como un resorte desde el cual realizamios el cuidado, nuestra suma atención a todo lo creado.

La suspensión a la que nos lleva la bismil- -la —que exageramos aquí gráficamente—, se resuelve en la dualidad Rahman-Rahim como en ese romperse del Nombre Al-lâh del que surge la básmala, y ese rompimiento (el partirse de la piedra o la montaña cuando la rahma se posa sobre ella) se halla asimismo en el interior de a básmala. Se da un transito eterno de la il-lâha a la básmala, situándose una dentro de la otra, y dando pie siempre esa suspensión interna del Nombre Al-lâh a una nueva manifestación. Todo ello evoca el entramado de la Realidad haciéndose a si misma, naciendo de si misma.

Nosotros realizamos asimismo ese transito en cada acto de ibada, en todas las acciones rectamente guiadas, para desaparecer en la plegaria. Pero, como dice Ibn ‘Arabî, no hay disolución más que como signo, pues Al-lâh ha aniquilado en su interior la nada de la que hizo el mundo. La inexistencia de la nada nos enfrenta a un mundo eternamente haciéndose a si mismo, donde la cualidad está en seguir los desarrollos en la fuente, en el mismo origen, en lo abierto. El imán es la receptividad del mumîn, su capacidad de permanecer abierto a nuevos desarrollos, de ejercer el esfuerzo (yihâd) de renovación constante (iytihâd) de la Realidad, según su esencia creadora.

El hombre no accede a la "ausencia de algo" (la nada), no tiene acceso ni a " la Realidad en si" más que a través de la recitación del Nombre, pero con ello solo consigue aproximarse. Vivimos en el interior de la básmala porque ésta simboliza el movimiento generador de Al-lâh como floración de lo Real, de la Verdad creadora, de lo que uno mismo es cuando se despoja de sus máscaras, siendo en si mismo inalcanzable, se disuelve en actos, en creaciones y en caricias, se resuelve en la entrega a los signos y ayats del camino. Vivimos en la il-lâha en el mismo momento en que somos capaces de captar el puro hecho de la vida como pertenencia al Uno, sin historia, sin atributos ni manifestación ni tramas. No alcanzamos Realidad más cuando somos capaces de alzarnos en el intenso murmullo de la recitación y del recuerdo.

Wa-l-lâhu a’lam

Notas:
1 Abderrahmân Muhammad Maanán.
2 Gershom Scholem, Desarrollo histórico e ideas básicas de la kábala, ed. Riopiedras, 1994, página 207.
3 En la introducción a su traducción inédita del Qur’an al-Karîm, ‘Abdal-lâh Bartoll nos dice: "es necesario que los musulmanes de habla castellana se den cuenta de lo mal que transcriben el nombre Al-lâh. Cualquier no musulmán que, motivado por la curiosidad, lee alguna publicación musulmana actual y ve la trascripción del nombre "Al-lâh" y lo quiere pronunciar, dirá "allá" y pensará con toda la razón que los musulmanes somos tan ignorantes que ni siquiera sabemos transcribir el Nombre del Todopoderoso".
4 Ibn ‘Arabî, El misterio de los Nombre de Dios, editora Regional de Murcia, traducción de Pablo Beneito, página 37.
5 En la traducción francesa del Qur’ân realizada por André Chouraqui, (L’Apell, ed. Robert Laffont, 1990), encontramos la siguiente traducción: "Au nom d’Allah. Le Matriciant, le Matriciel". Idéntica traducción en Jean Loup Herbert.
6 Abderrahmân Muhammad Maanán, Tafsir.
7 Muhammad Assad, El significado del Corán, edición de la Junta islámica.
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