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Tres semanas de guerra y un balance muy poco alentador

30/10/2001 - Autor: Javier Navia - Fuente: La Nación
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conflicto afg
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En febrero de 1968, mientras todo Vietnam era sacudido por la Ofensiva del Tet -la batalla más importante de la guerra, que en coincidencia con el año nuevo lunar había comenzado con ataques coordinados del Vietcong en todo el país-, Walter Cronkite, el más influyente presentador de noticias de la televisión norteamericana, declaró desde Saigón que, a su entender, la guerra tal vez nunca podría ser ganada por Estados Unidos.

El vaticinio de Cronkite tuvo un efecto inmediato y fue probablemente más determinante para el curso que tomó en adelante el conflicto que cualquier táctica guerrillera u ofensiva militar. Pocas semanas después de sus dichos, el presidente Lyndon Johnson, que alguna vez había dicho "si perdemos a Walter, perdemos la guerra", anunció que no buscaría un segundo mandato. Y, por los mismos días, el general Westmoreland, comandante de la tropas norteamericanas en el terreno, fue relevado y se dio comienzo al lento repliegue militar estadounidense, que acabaría en 1973 con la partida del último soldado.

Desde la admisión de Cronkite, la guerra se tornó más impopular que nunca dentro y fuera de los Estados Unidos, donde el cuestionamiento era: "¿Qué estamos haciendo en Vietnam si no podemos ganar?"

Esta semana, el secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, admitió que el terrorista saudita Osama ben Laden tal vez nunca pueda ser atrapado, ni vivo ni muerto. Cuando aún no se habían cumplido tres semanas desde el comienzo de los bombardeos sobre Afganistán, las declaraciones del jefe del Pentágono causaron asombro y desconcierto.

Rumsfeld intentó luego matizar sus dichos, pero su vocero, el contraalmirante John Stufflebem, fue más allá y reconoció su sorpresa por "la forma empecinada en la que el enemigo se aferra al poder", en una confirmación de que Washington empieza a advertir que las cosas no están marchando como deberían en Afganistán.

Si bien fue el propio presidente Bush quien aclaró desde un principio que la guerra no sería fácil ni corta y recomendó paciencia a sus ciudadanos, se hace cada vez más evidente que la derrota del terrorismo prometida por el mandatario republicano aún se dislumbra lejana y que Estados Unidos está ahora más dedicado a derrocar a los talibanes (un enemigo tradicional que nada tiene que ver con los modernos conceptos de guerra asimétrica) que a desmantelar una red que todavía le resulta invisible. Y aun en este intento parece no estar obteniendo los mejores resultados.

En un país donde, según el mismo Rumsfeld, no hay muchos objetivos que destruir, resulta bizarro que la mayor fuerza aérea del mundo no haya logrado aún culminar con éxito su intensa campaña de bombardeos, pese a no tener oponentes en el aire y a haber silenciado hace tiempo las pobres defensas antiaéreas afganas.

Ventiún días de ataques casi ininterrumpidos tampoco habrían logrado destruir al ejército talibán, que, pese algunos reveces militares, sigue siendo un duro oponente para la Alianza del Norte, la que, a su vez, parece imposibilitada de conquistar algo más que el 10% del territorio que controla desde hace meses. Incluso la estratégica ciudad de Mezar-e-Sharif, desde hace semanas a punto de caer en manos opositoras, no termina nunca de ser "liberada".

Algunos informes desde el norte afgano, citados por la agencia Associated Press, sugieren incluso que las tropas de la Alianza están "cansadas, hambrientas, mal equipadas y decididas a dejar de luchar durante el Ramadán", el mes sagrado de los musulmanes, para el que sólo faltan días.

Incluso en el terreno de la inteligencia los talibanes han tenido tal vez más éxito que los norteamericanos, ya que han podido atrapar y ejecutar a por lo menos seis líderes opositores acusados de espionaje en el sur de Afganistán, sin que Estados Unidos haya logrado hasta ahora obtener, ni siquiera con la intervención de los Rangers, resultados similares.

Para peor, en el frente interno los ataques con ántrax continúan haciendo estragos sin que el FBI tenga una sola pista de lo que está ocurriendo, mientras en la opinión pública crecen las críticas al gobierno por el manejo de la crisis.

De esta manera, al tiempo que las bombas inteligentes siguen errando blancos y confundiendo depósitos de la Cruz Roja con objetivos militares, y los siempre indecisos aliados musulmanes se muestran cada vez más desconcertados y temerosos de las consecuencias internas que podría acarrearles una guerra sin fin, muchos norteamericanos podrían evocar muy pronto aquel punto de inflexión del 68 y comenzar a preguntarse: "En Afganistán... ¿podremos ganar?"

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