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La ruta hacia el petróleo: el sueño imposible de EEUU

30/10/2001 - Autor: George Monbiot - Fuente: www.elmundo.es
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gaseoducto_caspio
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«¿Es que acaso hay aquí alguien que no sepa que el germen de toda guerra en el mundo de hoy es la rivalidad industrial y comercial?», preguntó Woodrow Wilson al término de la I Guerra Mundial. En 1919, en un momento en el que los estadounidenses veían cómo una arruinada Europa pugnaba por sacar algo aprovechable de sus propias ruinas, la respuesta habría sido un no. Ahora bien, las lecciones de las guerras nunca duran mucho tiempo.

La invasión de Afganistán es, no cabe duda, una campaña contra el terrorismo, pero quizá se trate también de una tardía aventura colonial. Afganistán posee reservas de petróleo y gas, pero no suficientes como para que el país alcance la categoríade importante preocupación estratégica. Sus vecinos más al norte, por el contrario, albergan reservas que podrían resultar vitales para el futuro abastecimiento mundial.

En 1998, Dick Cheney, que ahora es vicepresidente de EEUU pero que entonces era el máximo ejecutivo de una importante empresa petrolera, destacó lo siguiente: «No me viene a la cabeza ningún otro momento en el que hayamos asistido a la aparición, así, de pronto, de una zona tan importante, desde el punto de vista estratégico, como el mar Caspio».

Sin embargo, el petróleo y el gas allí existentes no valen ni un duro si no se los saca de allí. La única ruta que tiene sentido, tanto desde el punto de vista político como del económico, es la que pasa por Afganistán. Un sistema de oleoductos a través de Afganistán permitiría a EEUU tanto alcanzar su objetivo de «diversificar los suministros energéticos» como conseguir su penetración en los mercados más lucrativos del mundo.

En Europa se registra un incremento del consumo de petróleo muy lento y, además, la competencia es feroz. En el sur de Asia, por el contrario, la demanda crece de manera espectacular y escasean los competidores. Bombear petróleo hacia el sur, para venderlo en Pakistán y la India proporciona muchos más beneficios que bombearlo hacia el oeste para venderlo en Europa.

Tal y como el autor Ahmed Rashid ha demostrado con documentos, la empresa petrolera de EEUU, Unocal, empezó a negociar en 1995 la construcción de oleoductos y gasoductos desde Turkmenistán para, a través de Afganistán, alcanzar los puertos paquistaníes en el mar de Omán. El plan exigía la existencia de un único gobierno en Afganistán, que garantizaría el tránsito seguro de las mercancías.

Poco después de que los talibán tomaran Kabul, en septiembre de 1996, el Daily Telegraph informaba de que «los expertos del sector del petróleo afirman que el sueño de conseguir un oleoducto a través de Afganistán es la razón fundamental por la que Pakistán, un firme aliado político de EEUU, ha apoyado tan decididamente a los talibán y la razón, asimismo, de que haya consentido tácitamente la conquista de Afganistán».

Durante el primer año de gobierno de los talibán, la política de EEUU hacia el régimen parece haber estado condicionada principalmente a los intereses de Unocal. En 1997, un diplomático estadounidense declaró a Rashid que «los talibán van a experimentar probablemente un desarrollo como el que tuvieron los saudíes. Habrá unos oleoductos de Aramco, el antiguo consorcio petrolero de EEUU en Arabia Saudí, un emir, ni hablar de Parlamento y sharía, la legislación musulmana, a tope. Podremos soportarlo».

La política estadounidense sólo empezó a cambiar cuando los movimientos feministas y ecologistas emprendieron campañas tanto contra los planes de la empresa Unocal como contra el apoyo mal disimulado del Gobierno a Kabul.

Aún así, tal y como demuestran las actas de una audiencia del Congreso que ahora circulan entre los opositores a la guerra, Unocal no fue capaz de entender el mensaje. En febrero de 1998, John Maresca, su jefe de relaciones internacionales, declaró ante los congresistas que el crecimiento de la demanda de energía en Asia y las sanciones contra Irán llevaban a concluir que Afganistán seguía siendo «la única ruta alternativa posible» para el petróleo del mar Caspio. La empresa, en unos momentos en los que el Gobierno afgano ya había obtenido el reconocimiento de la diplomacia y la banca extranjeras, mantenía todavía la esperanza de construir un oleoducto de 1.600 kilómetros por el que pasaría un millón diario de barriles.

Hubo que esperar a diciembre de 1998, cuatro meses después de los atentados con bombas contra embajadas de EEUU en el Africa oriental, para que Unocal renunciara a sus planes.

Sin embargo, la importancia estratégica de Afganistán no ha cambiado. En septiembre, poco antes del ataque terrorista, el organismo estadounidense de información sobre cuestiones energéticas daba cuenta de que «la importancia de Afganistán desde el punto de vista de la energía resulta de su localización geográfica como posible ruta de paso de los sistemas de conducción de las exportaciones de petróleo y gas natural desde Asia central hasta el mar de Omán. Esta circunstancia no excluye la posible construcción de sistemas de conducción de exportaciones de petróleo y gas natural a través de Afganistán».

Dado que el Gobierno de EEUU está dominado por ex directivos del sector petrolero, sería estúpido creer que esos planes no figuran ya entre sus concepciones estratégicas.

La política exterior estadounidense está gobernada por la doctrina de la «preponderancia en todos los ámbitos», lo que quiere decir que EEUU debería controlar la evolución de losasuntos militares, económicos y políticos en todo el mundo.

Si EEUU lograra echar a los talibán del poder y sustituirlos por un gobierno prooccidental y si consiguiera ligar las economías de Asia central a la de su aliado Pakistán, no sólo habría aplastado al terrorismo sino también las ambiciones de Rusia y China. Como siempre, Afganistán es la clave para que los occidentales dominen Asia.

Yo no creo que el Gobierno de EEUU mienta cuando proclama su intención de acabar con el terrorismo empleando el Ejército en Afganistán, por mal aconsejado que esté. Pero, seríamos unos ingenuos si creyéramos que no está haciendo nada más.

George Monbiot es analista de The Guardian.
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