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Fantasías sobre el viejo de la montaña

20/10/2001 - Autor: Abdelkarim Osuna - Fuente: Webislam
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Hasan Sabbâh
Hasan Sabbâh

Se siguen repitiendo las fantasías sobre la supuesta "secta de los asesinos", que calumnia de forma inconcebible el ismailismo reformado de Alamut, un movimiento de iniciación y caballería espiritual comparable en cuanto a su belleza y amplitud de miras al de San Francisco de Asís, pero que se ve una y otra vez ensuciado por la necesidad de algunas mentes de hacer tenebroso lo que no se comprende. Ahora le ha tocado a Luis Racionero, del que apreciamos alguna de sus obras (como El mediterráneo y los bárbaros del Norte). Reproducimos parte de una entrevista aparecida el domingo día diez de octubre en La Vanguardia:

Racionero: Hassan Sabbah se instaló en el castillo de Alamut en el año 1090, y desde allí enviaba a sus kamikazes a morir matando. Bin Laden, encarna hoy ese arquetipo. Un arquetipo del mundo islámico.

( ... )

La Vanguardia: ¿Alguna otra semejanza?

Racionero: Muchas. Con sus barbas y su temible leyenda, los cruzados se encontraron con los asesinos del "viejo de la montaña" actuando por Jerusalén. "¡Con sólo dos hombres completamente leales, yo derrocaría al sultán!", declaraba Sabbah, en alusión al dominador otomano. Como Bin Laden: Sabbah sabía que no podía tener un ejército, pero que podría ser poderoso con unos adictos fieles dispuestos a todo.

La Vanguardia: Como los pilotos suicidas de Bin Laden.

Racionero: Eso es. Sabbah ideó ese sistema de leales suicidas que se lanzaban al crimen bajo su influjo. Y Bin Laden reproduce hoy ese esquema.

La Vanguardia: ¿Los leales del "viejo de la montaña" no temían morir?

Racionero: Eran asesinos suicidas, dispuestos a morir en el curso de sus acciones, en las que solían usar puñales.

La Vanguardia: ¿Cómo les convencía Sabbah?

Racionero: Con la promesa del paraíso de Alá, rebosante de huríes y placeres.

Racionero:¡Pero él se cuidaba de que sus leales hubieran catado ya ese paraíso!

La Vanguardia: No entiendo...

Racionero: El "viejo de la montaña" preparaba en su castillo de Alamut una orgía para sus reclutas a base de hachís y otras drogas y con bellas muchachas que retozaban con esos hombres entre los vapores de la droga.

La Vanguardia: Leí que Atta y los otros terroristas suicidas estuvieron en un local con chicas desnudas...

Racionero: En el caso de Sabbah, les prometía que volverían a gustar de ese paraíso si le obedecían ciegamente. Y ellos le obedecían. Se lanzaban a su misión asesina con dagas, espadas, venenos... Eran virtuosos del puñal. Y, por ser tomadores de hachís se les llamó "hashishin", ¡y de ahí proviene nuestra palabra "asesino"!

La Vanguardia: ¿Qué cosas hicieron los "asesinos" de Hassan Sabbah?

Racionero: Con un comando de pocas personas aterrorizó a la dinastía abbasida, asesinó al rey de Jerusalén, a cristianos... A los que mandaban. Uno se encontró una mañana una daga clavada en a almohada con esta nota: "La próxima, en el cuello". Sabbah, como ahora Bin Laden —que amenaza a la dinastía saudí y a la alianza occidental—, aterrorizaba a los que mandaban.

( ... )

El director de la Biblioteca Nacional ha demostrado un desconocimiento absoluto de la historia, y una imprudencia al hablar de "un arquetipo del mundo islámico"... pero queremos disculparlo, pues en realidad se ha limitado a repetir un tópico cien veces repetido. La leyenda negra de Hasan Sabbâh ha sido repetida numerosas veces desde que fuera recogida por algunas crónicas cruzadas y por Marco Polo. Según Henry Corbin relata en su Historia de la filosofía islámica, fue rescatada por Von Mammer-Purgstall en el siglo XIX (Geschichte der Assassinen), el cual transfirió su obsesión por las sociedades secretas a los fatimíes, y "les atribuyó todos los crímenes que en Europa atribuían a los francmasones o a los jesuitas". Él inventó el término "secta de los asesinos", y a partir de ahí se produce una etimología casi cómica: S. De Sacy, en su Exposé sur la religión des Druzes sostiene que "asesinos" viene de hashshâshin: consumidores de hashîsh.

Por supuesto que todo esto no muestra más que la imaginación enfermiza de algunos escritores, y es de lamentar que hoy en día se repitan semejantes historias, sobretodo después de los trabajos de investigación y exégesis que sobre el ismailísmo han realizado autores de la talla como el citado Henry Corbin (uno de los grandes pensadores del siglo XX), Ivanov o Christian Jambet, en su magnifica y reciente obra La grande Resurrection d’Alamut. Es lamentable que esas mentiras sean repetidas por el director de la Biblioteca Nacional de España, en un diario de larga tirada, y en un momento en el cual los hombres de conocimiento deberían estar hablando del "encuentro" entre el Islam y occidente, y no en despertar los falsos demonios creados por la imaginación de los ociosos. Pero hablar de lo que no se conoce es lo normal en nuestros días. Nosotros hemos de limitarnos a aportar unos pocos datos tomados de los autores mencionados.

El ismailismo es, junto con el imamismo duodecimano, una de las dos corrientes principales de la shía. Son los seguidores del Imam Ismâil, el hijo del sexto imâm Yafar al-Sâdiq. Ismail murió en el año 754, pero según otros había sido "ocultado". A la muerte de Yafar (el 765) no aceptaron el imamato de Musa al-Kazem (séptimo Imâm de los duodecimanos), y se produjo una fractura. Pero estos sólo son los aspectos exteriores del asunto: el hecho de declararse seguidores de un Imam desaparecido quiere significar un giro radical hacia el esoterismo que explica muchas de las incomprensiones que han suscitado. La historia del ismailismo corre paralela a la historia del Islam desde entonces hasta hoy, habiéndose visto enfrentados al reto de establecer diferentes gobiernos: los ismailíes gobernaron en Egipto con el nombre de fatimíes entre los años 969 y 1171. En Irán y Siria fueron conocidos como nizaríes, reivindicando la legitimidad de los fatimíes a través de Nizar, hijo del califa Mustansir bi’l-lâh, asesinado en El Cairo el 1096.

Algunos de estos nizaríes son los que han pasado a la historia como los "asesinos"... si citamos estos datos es para que se comprenda hasta que grado los ismaelíes fueron temidos por el califato abbasí de Bagdad, pues siempre aspiraron al establecimiento de sus propios gobiernos, al mismo tiempo que tenían un fuerte arraigo popular en muchas zonas, a causa de su lectura esotérica del libro. Su hermenéutica espiritual, ampliamente difundida por un intenso y meditado Da’wat (véase Corbin: El hombre y su ángel) ponía en peligro todo el engranaje oficial, con su pléyade de ulemas al servicio del poder. En ese contexto se origina la "leyenda negra" que reproduce Racionero, haciéndose eco, curiosamente, de la propaganda imperial abbasí para desprestigiar a su enemigo.

El Imam Hasan Sabbâh nació el 520/1126 y murió el 561/1166. Lo de "el viejo de la montaña" es un calificativo engañoso, pues murió a los cuarenta y un años de edad. Personaje carismático, a los 37 fue proclamado khodâvand (algo así como "gran maestro") de Alamut, encomienda donde se refugiaron muchos de los seguidores del Imam Nizar. El acontecimiento más memorable de su vida fue, sin duda, el 17 de Ramadán del año 559 (el 8 de agosto de 1164), cuando proclamó " la Gran Resurrección" (Qiyâmat al-Quiyâmât) en la montaña de Alamut ante sus adeptos, un año lunar exactamente antes del nacimiento de Ibn Arabî en Al-Andalus (17 de ramadán del 560). Esta proclamación ha sido interpretada como la liberación de toda interpretación literal del Corán y la exigencia a todos los musulmanes de que desarrollen una hermenéutica espiritual propia. En palabras de Henry Corbin: "lo que implicaba era nada más ni nada menos que el advenimiento de un puro Islam espiritual, liberado de todo espíritu legalista, de toda servidumbre a la Ley: una vía personal hacia la Resurrección que es nacimiento espiritual, en la medida en que hace descubrir y vivir el sentido espiritual de las revelaciones proféticas" (Historia de la filosofía islámica, ed. Trotta, pág. 96). No vemos que tiene esto que ver con ninguna novela sobre asesinos fumadores de hashîsh tantas veces repetida.

Hasan Sabbâh fue compañero de estudios y amigo íntimo de Omar Khayan, el conocido autor de los Rubayats, matemático y astrónomo eminente. La inmensa biblioteca de Alamut fue incendiada por las tropas mongolas, de ahí que las vicisitudes históricas de lo que allí sucediese se han perdido definitivamente, quedando sólo en pie los rumores esparcidos por sus oponentes, y algunos detalles que se han conservado milagrosamente.

La comparación con los franciscanos no es gratuita: ellos también fueron acusados de practicar orgías y de cometer asesinatos en sus primeros tiempos, pues la propagación de un movimiento puramente espiritual —en uno y otro caso— no conviene a los poderes, que necesitan apoderarse de los lazos que vinculan a los hombres con la Realidad, con el fin de administrar la salvación y tenernos dominados. La táctica de propagar historias de este tipo sobre las minorías es muy vieja. Recordamos que durante muchos años los jesuitas tenían fama de ser una secta en el mundo anglosajón, y más de una vez fueron culpados de conspiraciones, asesinatos y de realizar conjuros y otras animalidades. Estos sólo son varios ejemplos de unas prácticas muy difundidas hoy en día.

Pero hay mucho más que eso: siendo una corriente esencialmente espiritual es normal que los ismailíes buscasen el contacto con otros espirituales, tanto hacia oriente (budismo, hinduismo) como hacia occidente (cristianismo). Se conocen detalles de sus contactos con los caballeros templarios durante las cruzadas, y parece ser que establecieron algún tipo de vínculo sólido con ellos. Los ismailíes estaban organizados como una "caballería espiritual", y se ha hablado de su influencia sobre la orden del Temple. Los intercambios de ideas eran perfectamente normales en una época donde la curiosidad intelectual y las necesidades del espíritu movían a los hombres hacia lo desconocido. Debemos entonces situar el ismailismo reformado de Alamut en la línea del encuentro entre civilizaciones, con lo cual las palabras de Racionero resultan mucho más chocantes.

En la misma época se sitúan las especulaciones de Joaquín de Fiore (1135-1202) sobre el advenimiento de una iglesia espiritual, especulaciones que pueden ponerse al lado de las de los ismailíes, y que también han sido demonizadas en occidente (véase En pos del milenio, de Norman Cohn). Cuando contaba entre 20 y 25 años de edad, Fiore viajó a Constantinopla en misión diplomática. De ahí se evadió del servicio diplomático para ir a Tierra Santa, en busca de inspiración. Según su particular leyenda, Joaquín escuchó un llamado espiritual de Dios mientras vagaba por los desiertos de Palestina. A raíz de ello pasó la cuaresma meditando en el monte Tabor. En su Expositio in Apocalypsim insinúa que la víspera de pascua recibió el "conocimiento pleno".

Joaquín aplicó lo que el llamaba la intelligentia espiritualis a la lectura del Apocalipsis. Tras el Evangelio del Padre (la Tora: de Adán a Moisés) y el del Hijo (el Nuevo Testamento: de Moisés a Cristo), el fraile calabrés sostenía la llegada inminente del Tercer Evangelio, correspondiente al Espíritu Santo. Como dice Cola di Rienzo:

¿A qué rogar por la venida del Espíritu Santo si negamos la posibilidad de que pueda venir? Sin duda ninguna, no fue solo en un momento de la antigüedad cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, sino que desciende cada día, nos inspira y habita en nosotros.

Palabras éstas que están en la línea de una espiritualidad pura, que no necesita mediadores (ni iglesia ni ulemas) sino la verificación de los mensajes proféticos en el corazón del hombre. La temporalidad histórica que representan a primera vistas las palabras de Fiori queda rota: la venida del Espíritu santo es la culminación de un proceso de iniciación individual que puede alcanzar una formulación colectiva tan solo a través de los hombres. Se invita así a los hombres a realizar esa venida, a recoger las inspiraciones del espíritu. Para Joaquín de Fiore el Tercer Evangelio no podía constituir en ningún modo en un nuevo libro, sino en la interpretación de los mensajes, en la vivenciación individual del fenómeno profético: "no habrá nueva literatura sino que se conocerá a fondo la ya existente":

La primera época fue aquella en que estuvimos sujetos a la ley; la segunda cuando estuvimos sujetos a la desgracia; la tercera, cuando vivamos en anticipación de una gracia aún más generosa... La primera fue el conocimiento, la segunda de autoridad por la sabiduría, y la tercera de perfección en el entendimiento. La primera en las cadenas del esclavo, la segunda en el servicio de un Hijo, la tercera en la libertad. La primera es miedo, la segunda es fe y la tercera amor. La primera en servidumbre de esclavo, la segunda en libertad y la tercera en amistad. (Joaquín de Fiore, Expositio in Apocalypsim, citado de Una visión espiritual de la historia, Delno C. West y Sandra Zimdars-Swartz, Fondo de Cultura Económica).

Todo ello nos conduce también a las ideas de "emancipación de la Ley" y de la "servidumbre a la autoridad". El término amistad con que hemos terminado la cita de Joaquín de Fiore es paralelo al que los ismailíes (y los sufíes) emplean para caracterizar la situación del gnóstico con respecto a la divinidad. Es aquí cuando hemos de hablar de un triple ciclo también en el ismailísmo: ciclo de la shari’ât (la ley, la religión literal, que puede aprenderse), ciclo de la tariqât (de la vía espiritual, servicio por el conocimiento, sacrificio y extinción del ego) y ciclo de la haqîqat (de la amistad, donde el místico pasa a ser "íntimo de Al-lâh"). Puede aquí citarse el versículo coránico según el cual Al-lâh nos dice: "sed siervos (abd) hasta alcanzar la certeza (yaquin)". La palabra haqîqat tiene un alcance inesperado, pues combina las nociones de verdad y realidad según su etimología: "es a la vez la verdad que es real y la realidad que es verdadera" (Corbin, El hombre y su ángel).

Diremos aquí que ni el islam sunníta oficial, ni la iglesia católica aceptan este último estadio en el cual el hombre se libera definitivamente de las cadenas de la literalidad y del dogma para adentrarse en el mundo como una teofanía, donde todo es signo que habla directamente al hombre. Esta especie de "anarquismo espiritual" no puede sino desconcertar a muchos que únicamente son capaces de ver como se dispersan los creyentes, separados de lo que externamente los unía. Es entonces cuando se hablará de reestablecer el equilibrio entre lo exotérico y lo esotérico, entre el culto externo y la interpretación simbólica, un vínculo que ya no atañe al estado sino a la comunidad de los creyentes. Comprendemos entonces el encarnizamiento con que los ismailíes han sido perseguidos, incluso después de dejar de ser una alternativa al califato menor.

La imagen de los tres evangelios tuvo una grandísima influencia sobre el movimiento franciscano, tanto por su carácter puramente espiritual como mesiánico: el anuncio de la culminación de los tiempos conmovió a muchos hombres y los movilizó contra la tiranía, tal y como demuestra la repetición de dicho esquema (que aquí simplificamos demasiado) en casi todos los movimientos campesinos desde el siglo XII. Véase la monumental obra de Henri de Lubac sobre el Joaquinismo.

En el texto de Fiore citado más arriba se nos habla de la "anticipación de una gracia aún más generosa". Se trata de vivenciar en la tierra la gloria del paraíso. Todo en Joaquín de Fiore apunta a la venida del Tercer Evangelio como culminación de un proceso espiritual, de una apertura a la Realidad que pasa por la vivenciación de la escatología. La palabra "anticipación" nos remite a la idea ismailí del "paraíso en potencia", de la vivencia del "estado paradisíaco" del hombre en la tierra, que se alcanza mediante la meditación y el dzikr (recuerdo de Al-lâh) y no mediante el asesinato. Desde el momento en que Islam y cristianismo no son vías de salvación únicamente individual sino que comparten un fuerte aliento colectivo se comprende que se está apuntando hacia un pensamiento utópico. En última instancia la salvación es comunitaria, pues en otro caso somos devueltos al egoísmo. En esa línea también está la idea de los Bhodisatvas, que renuncian al nirvana a favor de la predicación de la liberación colectiva. Se trata de un logro maravilloso, y la yihad comparte mucho de esa idea. No estamos tan lejos los unos de los otros.

La idea de "paraíso en potencia" ha contribuido a despertar las fantasías de los comentadores. Ideas similares las vemos reproducirse hoy en día con respecto a supuestos mártires que se inmolan, pero antes pueden gustar las primicias del paraíso, es decir: orgías, vino, etc. Semejante idea del paraíso solo puede caber en una mente enferma, y los que asocian eso a las corrientes del esoterismo están fuera de órbita... La concepción del Llana como estado espiritual es totalmente contraria a lo que esas fantasías se refieren, tendiendo más bien hacia lo contemplativo.

Hay muchas otras concomitancias entre templarios, franciscanos e ismailíes. Por ejemplo: estos últimos identificaban la parousía del Imâm oculto con el advenimiento del Paráclito, y es evidente que estamos hablando de un universo escatológico muy semejante al del Mesías de los últimos tiempos que proclaman algunos espirituales franciscanos. Gog y Magog pertenecen al Islam lo mismo que al ámbito cristiano. Islam y cristianismo se aproximan fuertemente cuando penetramos en la pura vivencia y nos alejamos de todo el engranaje doctrinal que nos ahuyenta.

Podemos decir entonces que la ruptura con lo meramente literal nos conduce a un encuentro más grande y diferente, a separarnos aparentemente de lo propio para encontrarnos con lo aparentemente otro. Lo propio y lo impropio varían sus fronteras, la identidad se pierde y se disuelve. Todo muestra su unidad si se despoja de las vestiduras de la religión exotérica. Es por eso que los espirituales de todos los tiempos son los únicos capaces de establecer un auténtico dialogo interreligioso y tender puentes entre diferentes doctrinas o culturas, pues son capaces de traspasar esos velos sin necesidad de abandonarlos.

A partir de un momento dado el ismailísmo se mezcla y se confunde con el propio sufismo, pasando de la clandestinidad a otra forma de combate. Muchas de las tariqâts actuales están organizadas según la idea de la fotowwat, de la caballería espiritual. Resulta evidente que las ideas que hemos mencionado como propias de los ismailíes lo son también de otras corrientes y otras religiones, pues tanto las ideas como las vivencias espirituales, siendo realidad y no doctrina, se repiten a lo largo de la historia de múltiples maneras.

En tiempos recientes "la leyenda negra" de Alamut ha sido repetida y actualizada convenientemente por Bernard Lewis en su obra La secta de los asesinos. El conocido orientalista no se hace eco de los estudio serios sobre el tema, y se limita a repetir la propaganda abbasí. Recordemos que Lewis es el autor de Los orígenes de la rabia musulmana, una referencia indispensable utilizada por Huntington para fundamentar su tesis sobre El choque de civilizaciones, que propugna el genocidio del Islam por parte de occidente, defendiendo la incompatibilidad esencial de una y otra "civilización", como si el Islam y occidente fuesen cosas monolíticas, como si no hubiese mil modos de "Islam" y mil modos de "occidente", muchos de los cuales confluyen y se interrelacionan desde hace catorce siglos, como si no tuviésemos una historia en común, incluso unos objetivos parecidos...

La historia de Alamut parece demostrar que ese tipo de encuentros molestan a muchos, y que son ocultados de la manera más grosera. Siendo así nos damos cuenta de que la propagación de la mentira por parte de los arabistas no tiene un sentido inocente, sino que forma parte de una concepción política determinada. (Sobre éste tema, recomendamos la obra de Edward Said Orientalismo, así como su artículo El choque de las ignorancias, en webislam nº 143).

Éste no es el único caso en que algún aspecto concreto del Islam se presenta como si fuese algo aberrante, sino uno entre tantos. El tema de la mujer, de los impuestos, de la poligamia, de la yihad, son muestras suficientes de lo que decimos. Estos días se esta poniendo en evidencia la ignorancia de nuestros intelectuales. Cuando los medios de comunicación les preguntan por el Islam estamos acostumbrados a oír respuestas llenas de fantasía, no siempre inocentes. En el mejor de los casos se limitan a repetir las mentiras de los arabistas de las generaciones anteriores, muchos de ellos eclesiásticos que tenían por misión desprestigiar el Islam, tarea que se continúa impunemente. Siguen hablándonos de "fe", de "arrepentimiento", de "pecado", de "santidad", de "monoteísmo", conceptos todos ellos extraños al Islam, que no pueden aplicarse a él sino es mediante una gran violencia expositiva.

Hace cincuenta años, cuando casi no habían musulmanes en España, y no estaban expuestos a las miradas de todos, esas mentiras podían pasar desapercibidas, pero hoy en día, cuando viven entre nosotros un alto número de musulmanes —españoles y emigrantes— que conocen el castellano perfectamente, es absolutamente intolerable que se den las mismas tergiversaciones de antaño. Los musulmanes españoles lo miramos desde lejos asombrados... ¿por qué en los debates sobre el Islam no hay musulmanes? ¿por qué la prensa no pregunta a los musulmanes sobre el Islam? Hay opiniones que nos paralizan, que tienden a hacer crónicas los tópicos y la ignorancia. También es notable que nuestros "especialistas" no hayan sabido entender la referencia del líder de Al-Qaeda al genocidio cometido contra los musulmanes de España, a pesar de estar ampliamente documentado y haberse prolongado durante siglos.

En un fragmento de la entrevista citada Luis Racionero compara al Imam Hasan Sabbâh (el llamado "viejo de la montaña") con Osama Bin Laden... algo así como comparar a Hildegarda de Bingen con el Che Guevara. Y no estoy exagerando. La comparación no puede ser más desafortunada desde el momento en que sabemos que los talibanes (con los que el saudí parece identificarse) se han caracterizado, entre otras cosas, por su poca tolerancia hacia el shiísmo y por un literalismo estricto. Grupos ismailíes siguen existiendo en numerosos países, entre ellos Afganistán, y estamos seguros de que semejante identificación les haría pensar (y con razón) que en España somos unos ignorantes. Lejos de ser "un arquetipo del mundo islámico", esta leyenda es un arquetipo de las fabulaciones de los arabistas y de la incomprensión que las corrientes espirituales despiertan en nuestros "eruditos".

Para una información más completa, y para profundizar en el ismailismo, recomendamos los siguientes libros: La grande Resurrection d’Alamut (de Christian Jambet, ed. Verdier 2000), El hombre y su ángel (Henry Corbin, ed. Destino, 1995), Temps ciclique et gnose ismaélienne (Corbin, Berg International, 1982), Face de Diéu et face de l’homme (Corbin, Flammarion, 1983), así como los trabajos de Ivanov: Ismaili Tradition concerning the Rise of the Fâtimids y Studies in Early Persian Ismailism. Las obras que se conocen de autores estrictamente ismailies son pocas. Se pueden conseguir, en francés: El desvelamiento de las cosas ocultas (de Abû Ya’qûb Sejestani, Bibliothèque Iranienne 1, 1949); Le "livre reunissant les deux sagesses" ou harmonie de la philosophie grecque et de la teosophie ismaéliene (de Nasir-e Khosraw, Bibliothèque Iranienne 3, 1953); Trilogie Ismaélienne, textos de Sejestani, de Sayyid-nâ al-Hosayn ibn ‘Alî y de Mamad Shabestarî presentados por Corbin.
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