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El Islam: la alternativa al sistema

20/10/2001 - Autor: Abdelmumin Aya
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El propósito de esta exposición es el de que ciertos sectores de nuestra sociedad con capacidad crítica tengan acceso directo a un conocimiento básico de lo que es el Islam sin las manipulaciones ni las caricaturizaciones que propaga el Sistema respecto a los que declara sus enemigos.

El Sistema es viejo, y sabe lo que hace con aquellos que considera que pueden desestabilizado. Cuando hay disidencia interna dilucida si puede asimilada con ingenio o debe desarticulada con brutalidad (los medios no importan, lo que importa es la eficacia); o lo que es lo mismo, si puede darles lo que piden, corromperlos o destruidos. Cada enemigo interno que vence lo hace más fuerte. Pero con el Islam no ha logrado completamente su objetivo. Fracasó el experimento de "Islam sin guerra santa" que quedó plasmado en el Ahmadismo o el Bahaismo, y está en el peor de los descréditos en el mundo islámico el "Islam que apoya al Sistema" que encuentran sus mejores expresiones en Arabia Saudí o Kuwait. Mejor han funcionado los gobiernos títeres de los intereses occidentales, aunque la legitimidad del tiranicidio en el Islam, pone a estos gobernantes en una incómoda situación: deben promover el Islam para ser aceptados, pero no tanto que bajo sus tronos se frague un auténtico conocimiento islámico que acabaría con ellos. El mayor acierto de las estrategias del Sistema en el mundo islámico ha sido la prohibición durante la época colonial de los estudios coránicos e incluso del árabe, ya que esto —junto con el sentimiento de amenaza de los propios valores— ha contribuido a la aparición de los integrismos que tanto perjudican al Islam. Todos los integrismos son señal de debilidad.

Pero no simplifiquemos la cuestión del Islam reduciéndola al integrismo: junto con la aparición del integrismo en los países islámicos que han visto cómo sus valores tradicionales han padecido la entrada de un Occidente que no respeta la especificidad cultural de los pueblos a los que llega, encontramos el resurgir del Islam a lo largo y ancho de la tierra; y no sólo en forma de revoluciones islámicas victoriosas en diferentes puntos del Planeta, sino en un auténtico resurgir ideológico, una revitalización de los contenidos ideológicos del Islam que se está haciendo incluso desde Europa y Norteamérica por conversos cuyas actividades han desbordado las previsiones de los que pretendían ganar la batalla tan sólo despreciando a su enemigo.

A simple vista, cualquiera puede comprender que el Islam es profundamente incómodo para el Sistema Capitalista, el cual, incapaz de convencer ni destruir a los musulmanes, ha optado por desfigurar su imagen presentando el Islam como intransigente, intelectualmente pobre, machista e incluso terrorista. En este sentido, el Sistema se presenta y trata de legitimarse a sí mismo como la reserva de la Racionalidad, el Derecho y la Civilización, frente a esa caterva de salvajes que amenazan las murallas de "la ciudad ideal"; algunos de estos bárbaros sin bandera ideológica (por tanto aculturables) y los otros, los que encuentran en el Islam un camino de identidad frente a la deshumanización del Sistema, estos sí realmente difíciles de asimilar.

En esta exposición trataremos de explicar el porqué de esta imagen tan grotesca que se tiene del Islam, en contra de la realidad y la Historia, dejando para una nueva oportunidad la exposición de lo evidente, es decir, que hay Derecho que no es Derecho Romano, que hay Racionalidad que no es la Racionalidad griega, que hay Ciencia en Oriente —Feng Shui, Acupuntura, etc— sobre unas bases diferentes de aquéllas que sirven de cimiento a nuestra Ciencia, y sobre todo que cualquiera de las civilizaciones tradicionales —no sólo el Islam— han sido mucho más "civilizadas" que Occidente.

Respecto a los motivos del encontronazo del Sistema y el Islam, Occidente argüirá razones bien elaboradas respecto a la incomprensión que el Islam muestra por lo que es diferente a sí mismo, cuando a nuestro parecer es justamente lo contrario. El Islam no ha tenido problema alguno en abrirse a ninguna de las civilizaciones que ha encontrado en su expansión natural: en Siria y Egipto asimiló de los griegos lo que luego dejó en herencia a un Occidente perdido en lo más tenebroso de sus siglos oscuros, en Iraq e Irán aprendió el refinamiento de lo persa, en África ha llegado a asumir de tal forma los modos autóctonos de sentir el mundo que —tal y como pronosticó el primer traductor de Las mil y una noches, sir Richard Burton— se ha convertido en "la religión natural del negro", etc. No es la diferencia lo que incomoda al Islam, ni lo que abre una brecha entre el Islam y cualquier otra civilización.

El Profeta Muhammad conminó a los musulmanes a ir en busca de la sabiduría así tuvieran que llegar a la China. Y el aprendizaje les ha llevado a intentar el experimento de la occidentalización. Incluso después de la desgarradora experiencia colonialista hay voces que se alzan para que no se dé la espalda a las verdades del Primer Mundo recordando las palabras del Profeta Muhammad de beber el Conocimiento así sea de los labios del hipócrita.

Lo que queremos decir es que el Islam ha sido inocente en su contacto con los pueblos que presentaban diferentes rasgos culturales, justo lo contrario que Occidente. Y esta inocencia ha sido la que ha puesto en un tris de su desaparición a una cultura como la islámica edificada sobre bases tradicionales (es decir, edificada sobre la certeza del sentido trascendente de la existencia) cuando se encuentra con un Occidente que habiendo sido víctima tantos siglos de la religión del pecado (de la culpabilidad, de la naturaleza caída, de la mortificación...), evoluciona y progresa con la consigna de olvidar toda relación con lo trascendente. Claro que este sentido trascendente no supone en el Islam —como sí sucede en el Cristianismo— un dar la espalda a este mundo, ni a los sentidos, ni a los placeres que generosamente hemos recibido en tanto que manifestaciones de la divinidad para perseverar en el ser, entre los cuales la sexualidad es uno de los más queridos por Allâh.

Lo cierto es que en alguna medida las estrategias del Sistema han logrado sus objetivos. Es bien patente cómo se ha conseguido que los que más puedan desconocerlo sientan una perfecta indiferencia por dejar a los musulmanes explicar sus razones. Si alguien con conocimiento de causa viene a hablamos del Tantra, del Holismo, de la Gestalt o cualquier otra cosa, seguramente le escucharemos con atención. Del Islam, por el contrario y —valga la ironía— lo sabemos todo. Del Islam sabemos a priori todo lo que teníamos que saber. Antes de leer el Corán, saber árabe o escuchar a gentes tenidas por hombres de Conocimiento entre los musulmanes, ya sabemos lo que van a decimos.

A diferencia de lo que hacemos con el resto de los conocimientos, el Islam es el único que no interesa a los que lo ignoran. Una cultura que estructura las diversas sociedades de más de mil millones de personas en todos los continentes, con un papel civilizador fundamental en África, con una capacidad intrínseca de rebelión contra la injusticia en los países del Tercer Mundo, con una históricamente probada facultad organizadora de sociedades humanas donde antes no había nada, y con un pasado glorioso de Ciencia, Poesía y Filosofía en nuestra querida Al-Andalus (que por otra parte es la explicación última del ser andaluz), ya no tiene ningún secreto que revelamos. Quizá tan sólo podríamos llegar a interesamos algo por el Sufismo; en realidad no por el Sufismo real, sino sólo por esa especie de "filosofía de nueva era" de lejana inspiración islámica que se vende en Occidente convenientemente privada de sus implicaciones políticas y esa capacidad revolucionada que —por poner sólo un ejemplo— expulsó con Abdelqader a los franceses de Argelia.

El Islam es mucho más que ese inodoro, incoloro e insípido Sufismo de marketing. El Islam es mucho más rico y diverso de lo que pretenden los que tratan de simplificado en forma de fundamentalismo; mucho más cálido y humano de lo que pretenden los que tratan de demonizarlo en forma de terrorismo; y al mismo tiempo mucho más peligroso de lo que se suponen los que creen que pueda desbaratarse con los medios que hasta ahora han servido contra otro tipo de enemigos que no creían en la trascendencia.

Quizá convendría, antes de analizar los puntos que hacen del Islam algo intragable por el Sistema, entrar en determinar esta trascendencia en la que cree el musulmán, sin cuya explicación probablemente se crea que estamos hablando de una especie de paralelo árabe de los conceptos que ya conocemos por nuestra educación cristiana. Nada más lejos. El Islam es un fenómeno ni mejor ni peor, simplemente diferente del Cristianismo. En primer lugar, podría decirse que Allâh no es Dios, como se desprende de la obra de Abu Yihad Hisham al-Qurtubí, discípulo del Sheij Abderrahman Mohammed Maanán:

La cultura occidental nos hace aceptar como indiscutibles un mundo de objetos, de sensaciones, de realidades aisladas, sin conexión alguna. La desolación que produce no encontrar un nexo lógico entre las cosas genera el sentimiento de soledad existencial, nos revela el aislamiento al que creemos estar condenados, y finalmente nos ha llevado a inventar un mundo ideal, un mundo de arquetipos platónicos que resuelvan nuestras dudas, aplaque nuestro temor ante el Cosmos y aligere nuestra desazón en los avatares de la vida.

Muy al contrario, para los musulmanes, la unidad del Universo, de la existencia entera, es algo más que evidente, está en la impresión inmediata que nos produce la Vida. vivimos inmersos en un Todo del que formamos parte indisoluble, en el que no hay nada aislado sino que todo está sabia y perfectamente engarzado. La vida, los seres, cobran sentido en ese cosmos unificado: no son necesarios los consuelos imaginarios ni las elaboraciones intelectuales.

Estrictamente hablando, desde un punto de vista islámico, el concepto "Dios" no es más que una absurda recreación de la mentalidad idolátrica: "Dios" no es más que un supremo ídolo, una imagen inventada y un recurso mediocre que debe ser superado por el espíritu humano. No es sino nuestro propio ego proyectado hacia el cosmos. Ante esta simplificación ridícula de lo sagrado, el musulmán dice "Allâhu Akbar" (Allâh está más allá), sentencia perfecta que derriba todos los ídolos por engañosos y sibilinos que sean: Allâh es algo absolutamente inconcebible, inalcanzable, inabarcable... Esto hace que para los musulmanes carezca de contenido cualquier Teología. Allâh es la meta imposible de la aspiración humana.

Como ha sido expresado, Allâh es la realidad trascendente de todo lo que podemos contemplar o imaginar, siempre más allá de nuestros sentimientos y de nuestro pensamiento. Allâh no es nada determinable, ni tan siquiera un algo dotado de las más altas cualidades que podamos concebir. Allâh no es bueno ni malo, no es bello ni feo, no tiene nada que ver con los juicios humanos ni se somete a nuestras categorías de lo justo y lo injusto. Su emergencia supone la desaparición de todo lo múltiple. Allâh presupone la destrucción de cualquier ídolo sin renunciar al sentido de la trascendencia propio del ser humano. Allâh es "Verdad" en el sentido más absoluto, y es el que confiere realidad a la existencia: Allâh es la real, la fuente­ Una de lo que todo brota, el manantial que todo lo alimenta, que da sentido a todo, lo que rige a cada criatura, le da el ser y lo conduce, subyacente en todo y destino final en el que todo acaba diluyéndose.

Nada de lo anteriormente dicho define a Allâh, nada lo describe, porque lo que quiera que sea eso a lo que nos referimos con el nombre de Allâh no tiene límite alguno, suficiente en Sí mismo, inimaginable... Es el soporte de las realidades múltiples, su razón y su sentido, el soplo que da vida a todas las existencias. Allâh es el Nombre que hace referencia a esa Realidad impensable, que está fuera del discurso humano, ajena a nuestros procesos racionales y que es sin embargo vertebradora del lenguaje y de la inteligencia: Allâh es siempre anterior a todo, anterior a cualquier pensamiento, a cualquier fórmula con la que el ser humano quiera descifrado.

Al hablar de su Unidad (sinónimo de su Existencia) no nos referimos a un dato objetivo, sino a una operación que realizamos nosotros con la que nos desembarazamos de la mentalidad idolátrica. "Allâh es Uno" significa en última instancia que no aceptamos dioses ni ídolos, pues nada puede compartir con esto que hemos llamado "Allâh" ninguna de sus cualidades en la absoluta e indefinible dimensión de su realidad, ni puede ser interpretado de modo alguno. El tawhid —el principio de la Unidad y Unicidad de lo sagrado— no es una doctrina sino el germen de un método, la descripción inicial de una senda. Es un camino hacia ese vacío que es Allâh, un vacío en el que está todo, un todo en el que los musulmanes encontramos el salám, la paz, pues nos libera de los engaños y la falsedad.

A Dios, afirmemos de Él lo que afirmemos, definámoslo como lo definamos, siempre nos lo encontraremos como un concepto producto de una elaboración, una idea más o menos desarrollada teológicamente y ante la que debe someterse el hombre —incluso cuando se predican de él cosas incomprensibles— por la fe. Según el Islam, Dios es un ídolo más— una imagen ficticia a la que el hombre da el ser y con la que intenta superar sus propias contradicciones. Dios es un añadido a la Creación, un producto del discurso y la razón sujeto a demostraciones racionales Y premisas lógicas. Allâh está más allá. Es célebre la respuesta de un discípulo a su sheij cuando lo encerró para que pensara en Allâh, tras de cuyo encierro fue preguntado: "¿Has llegado ya a comprender la esencia de Allâh?"; el discípulo contestó: "Ni Alláh llega al final de Sí mismo". Ciertamente, los plantemientos humanos no describen nada de Allâh. La más elaborada prueba de la existencia de Allâh que da el Corán es la constatación de la existencia de las palmeras, las estrellas o la lluvia, sin más explicación. Porque el Profeta Muhammad no comprendía que un hombre con todos sus sentidos capaces no fuera sensible a Allâh. "No he visto ninguna cosa sin ver en ella a Allâh", dijo en cierta ocasión.

La teorías de las religiones acerca de Dios sólo pueden ser doctrinas o dogmas, enseñanzas que únicamente pueden ser aceptadas por la fe, montajes que sostienen ideológicamente los edificios de instituciones mediadoras entre el hombre y su afán insaciable por trascender, afán que lo dirige a Allâh y no a los ídolos. Cuando en el Islam hablamos de Allâh no pretendemos conceptuado, nos referimos más bien a esa empresa profundamente humana que consiste en indagar en el Universo-Uno para encontrar su sentido último. Pero Allâh ni tan siquiera es un objetivo; dirigirse hacia Él como lo hace el musulmán es, por una parte, instalarse plenamente en el instante presente y, por otra, aventurarse por espacios insondables donde el ser humano —tras superar el limitado punto de vista del que ve el Todo desde la cárcel del "yo"— se reencuentra, se reconoce y se comprende, sin las ataduras de ninguna doctrina, de ninguna institución.

Sobre esta base —y soy consciente que no es el tema de este ensayo, pero nos parecen presupuestos esenciales para comprender el Islam— se desmontan pieza a pieza los presupuestos de lo que entendemos en Occidente por "religión". En el Islam no hay sacerdotes —nadie entre el fiel y Allâh— puesto que "Allâh está más cerca de uno que uno de su propia vena yugular" (Corán); No existe el pecado puesto que el hombre no puede ofender ni hacer nada contra Allâh; No hay "conversión al Islam" puesto que el estado natural del hombre es la vivencia de la trascendencia; No hay Teología puesto que es imposible pensar nada cierto sobre qué sea eso de Allâh; No hay fe, puesto que no son necesario los dogmas, es decir, aquellas verdades que tenemos que creer sin comprenderlas; No hay Iglesias puesto que Allâh habla al corazón de cada uno de los creyentes, y un largo etcétera de incómodas negativas en relación a lo que a muchos les gustaría que fuera una religión para que nos sintiéramos superiores a los que aún no se han liberado de sus ataduras. Y es que, como bien nos recuerdan los mencionados autores, el propio Islam no es una religión, sino un "din":

El Islam es el Din. Esta palabra árabe designa el principio que da forma y consistencia a una nación, es como la sangre que corre por sus venas, el nervio que la hace vibrar. El Din es el corazón de un pueblo: une a los hombres, les proporciona los recursos que hacen de ellos una civilización. El Din de cada colectivo humano es el motor que lo impulsa, que lo hace universal. Por ello el Islam es el Din por antonomasia. Un Din construido sobre "La illaha ílla lah" (No hay realidad sino Allâh).

La religión por su parte es definida como la relación personal entre el hombre y Dios. En el mundo de compartimentos estancos que es Occidente, no supone más que otra de las quiebras del ser humano, no es más que una experiencia parcial y por ello frustrante, limitadora y represiva.

Con el Islam no se trata de nada parecido. La integralidad del Din, de la civilización islámica, es el resultado natural y consecuente de una voluntad unitaria. Allâh no es un ser separado, no es otra realidad producto del desengaño. Su verdad hace verdaderas las cosas. El ser humano lo encuentra en todo: cuando el hombre pierde la dimensión trascendente de la existencia, se fragmenta y se pierde en el sinsentido de nuestra vida actual, de nuestra vida idolátrica, en la que todo está parcelado, todo dividida.

Por el contrario, el musulmán encuentra su modelo en el Profeta Muhammad que fue soldado, místico, gobernante, legislador, esposo, etc. Porque cada especialización es una amputación que el hombre recibe en el resto de su ser. La fragmentación llega al interior del hombre: su cuerpo y su alma están en pugna haciendo de él un hombre dividido contra sí. La religión debería ser vida —vida cotidiana— o no ser nada. Si es algo aparte de la vida se degenera y fragmenta la realidad humana; si es din unifica al hombre y a su sociedad. La religión, al no ser un lazo verdadero, al no "religar" nada con nada, puesto que Allâh no es algo diferente de lo que existe, nos descamina, nos hace perdemos en una selva de ritos que en nada contribuyen a nuestra inmersión en la realidad de la existencia para encontrar en ella lo que rige los mundos.

A partir de este rudimentario acercamiento a la metafísica islámica, podremos comprender lo que sigue, a saber, las que son a nuestro juicio las razones del rechazo del Sistema al Islam: comenzaremos por una sede de motivos, que no son el fundamental, de este rechazo, sino simplemente "incomodidades ideológicas" que —de encontrarse aisladas— podrían ser desactivadas sin mayor problema el Sistema. Por ejemplo:

— Según el Islam no hay Estado legítimo, ni siquiera pretendidamente islámico. La única forma política de organización que reconoce el Islam es la comunidad no mayor de lo que pueda serlo una tribu, que muy al contrario que el Estado es una unidad natural, donde gobierna la asamblea, la shura, de los que en ella viven. Todo lo más que llegó a darse en vida del Profeta Muhammad fue una federación de tribus que libremente firmaron un pacto de lealtad con el Profeta y a su muerte reivindicaron no estar ya sujetos a esta federación según el derecho beduino. Entre el hombre y Allâh no hay sacerdotes ni mullás ni imames, ni reyes ni emires ni califas que tengan un poder legítimo si este poder no está reconocido por los creyentes.

Esto lo saben todos los musulmanes, aunque no salga en los medios de comunicación. Dice el hadiz: Se levantó Allâh al final de los tiempos y con el mundo en la mano derecha gritó: "Yo soy el verdadero Rey, ¿dónde están los reyes de la tierra, dónde están los tiranos?". Y para juzgados los mantendrá cogidos por cogote sobre un precipicio por el que se tarda en caer cuarenta años. Los gobiernos islámicos tiránicos, como lo fue el del Sha de Persia, o lo es el de Hassam II, tienen miedo de los sufís que predican al hombre de la calle que oigan y obedezcan la voz de Allâh en su interior, pero no pueden tocados porque no hablan sino de "espiritualidad" (como diríamos en Occidente). Ésta es una estrategia inteligente en el Tercer Mundo donde la vida humana no vale nada, y la de un revolucionario menos.

— Por otra parte, los musulmanes, que no reconocen intermediarios de ningún tipo entre ellos y Allâh son ciertamente fastidiosos de gobernar. Un herrero o un zapatero consciente de su valor cósmicamente incalculable como manifestación y recipiente de la voluntad divina (puesto que Allâh dijo "No me abarcan los Cielos ni la Tierra, pero me abarca el corazón del hombre"), son harto incómodos para un gobernante. Si a esto añadimos la ishtjad por la que no se reconoce en el Islam una interpretación canónica del Corán sino que se acepta la libre interpretación del texto, más aún cuando este texto dotado para los musulmanes de una naturaleza cuasi-mágica no dice nada por sí mismo. Desde antaño los musulmanes cuando se han negado a obedecer leyes que no les parecían que tuvieran que ver con un sentir religioso del mundo han demostrado ser modélicos objetores de conciencia.

— Para continuar, los musulmanes hacen un auténtico alarde de falta de miedo a la muerte en la labor de realizar la sociedad más justa que predican, como se ha visto en Afganistán, Palestina, Chechenia... Frente a los "civilizados" que no parecen ya capaces de luchar por ideal alguno, los musulmanes pueden vivir durante años en las montañas, en los desiertos, y tras ello encontrar la muerte, sólo por reclamar el derecho a su tierra y a organizada socialmente del modo que mejor les parezca. En Afganistán no hay nada salvo montañas pero es la tierra de los afganos. Palestina es un desierto pero es la tierra de los palestinos, Los civilizaciones del Primer Mundo no entienden lo que es el amor a la tierra, porque llegan, compran y se van, dejándolo todo esquilmado, como bien comprendieron los aborígenes norteamericanos. Se produce en este punto un evidente y chocante contrasentido, y es que los "civilizados" muestran un miedo pánico en lo relativo a defender con sus vidas esos valores propios de la civilización occidental que consideran la cumbre de la evolución humana, mientras que "los salvajes" —que teóricamente no tienen nada que enseñar a "los civilizados"— no dudan en ofrecer sus vidas por unos ideales que a nuestros ojos son pura bagatela; evidentemente algo falla.. o nuestros valores no son de verdad para nosotros tan excelsos, o esos valores del "pensamiento salvaje" no son tan fútiles como se quiere hacemos ver.

Todo lo mencionado, si bien hace del Islam algo incómodo, no sería de por sí un problema si la visión islámica del mundo no implicara otro tipo de compromisos, que son los que realmente afectan al Sistema: el Islam sería tan sólo una especie de anarquismo religioso, quizá con más claridad de ideas y más ferocidad de lo que nunca tuvo ningún anarquismo. Ciertamente, un anarquismo con mil millones de seguidores, que anhelan la unión, y muchos de los cuales están dispuestos a morir por ello, pero a eso el Sistema no le teme. Podría llegar a desarticularlo. En realidad, hay más en el odio mutuo que sienten el Islam y el Sistema. Y el tema económico es el que lo explica todo:

De todos es sabido que el musulmán no es buen consumidor ni buen productor, se dice que los moros son indiferentes y perezosos, que se conforman con cualquier cosa... Pero la verdad es que el buen musulmán es indiferente al ciclo consumo—­producto porque se ha marcado una meta diferente en la vida: la de conservar —pese a todo— la inocencia de cuando era niño. Nada más y nada menos. Está embarcado en una búsqueda personal de la pureza que existe en el mundo, lo cual le exige su apertura a Allâh, y no le importan lo más mínimo las seducciones del consumismo, compra esto y lo otro, diversiones caras, vicios caros, viajes maravillosos, ropa a la última. Su diversión es la búsqueda de Allâh, su viaje es la búsqueda de Allâh, su deporte es la búsqueda de Allâh, su droga es la búsqueda de Allâh. Y que el musulmán sea así afecta a los negocios del Sistema, porque no consume gran cosa y no produce más allá de lo que le sea saludable.

Pero esto no es todo. Hay algo que hace mucho daño al Sistema: En el Islam existe la terminante prohibición del préstamo a interés, es decir, la usura, que consiste en lucrarse de la necesidad ajena: esta aparente simpleza supondría la ruina absoluta de miles de banqueros si fuera ideología dominante. En el Islam el que quiere prestar dinero lo hace y el que no quiera no tiene por qué hacerlo, pero, si lo hace, no puede recibir ni un céntimo más de lo que ha prestado. Si a esto añadimos el sentimiento post-colonial de no dejar a las Multinacionales extranjeras seguir expoliando países que hasta hoy han sido coto privado de intereses del Primer Mundo, y si, por último, ponemos de relieve hasta qué punto los musulmanes pretenden la unión de la Umma (la comunidad mundial de musulmanes), la abolición de los Estados y las fronteras dentro de ella, comprenderemos lo terrible que es el Islam para el Sistema. Hay países del Primer Mundo que pasarían a ser nada, si los musulmanes estuvieran unidos, y pactasen el precio del petróleo o del gas natural. Hay países como Francia que —si no se avinieran a comprar a un precio razonable— tendrían incluso problemas para calentar la comida o bañarse. Estamos hablando de necesidades básicas.

Esto es lo que ha hecho temblar al Sistema al encontrarse con un Irán, por ejemplo, que no se ha vendido como otros gobiernos "islámicos» a Occidente, que ha nacionalizado el petróleo y que emplea un alto tanto por ciento de su renta en extender su ideología por el mundo, especialmente por lberoamérica.

El que piense que el odio que existe en el Sistema al Islam es por la defensa de los logros culturales de la Humanidad o cualquier tipo de derechos de la persona humana es un completo ingenuo. A los dirigentes del Sistema les importarían un pimiento los derechos humanos o los logros culturales, si no fuera porque se hace tanto más fuerte cuando mejor aparente preservados. El odio al Islam es tan sólo por miedo de los poderes fácticos de los países ricos a perder el nivel de vida adquirido, y es porque el Islam da al Sistema en el centro del centro del corazón de la Bestia: el dinero. Durante mucho tiempo pensé cuál era la llave de la puerta, la palabra mágica que desarticulaba el Sistema, y estaba ahí mismo, delante de mis narices. El Sistema oculta su punto débil exponiéndolo sin pudor en su mismo nombre: Capitalismo, que viene de "capital": eso es todo. El Sistema te permite que prediques ideas políticas, religiosas, sociales,... las que quieras, pero predica algo que toque el bolsillo de los países que conforman el Sistema y lo haces tambalear.

Constituirse en el enemigo público número uno del Sistema es tan sencillo como eso: luchar por una idea que no dé su bendición al enriquecimiento inmoral de los países del Primer Mundo a costa de la explotación del Tercer Mundo y la generación de un Cuarto Mundo de miseria dentro del Sistema. El Islam es ideología de Tercer Mundo que hace frente al Primer Mundo como nadie —excepto el Marxismo— lo ha hecho antes. Con un sano orgullo, sin complejos, sin miedo a la muerte. Sin entrar en razonamientos ni en autojustificaciones. Son los incivilizados del Tercer Mundo, y no tienen por qué demostrarnos nada, aprobar ningún examen. Sí, son salvajes y tontos hasta el punto de "luchar hasta la muerte tantas veces como pudieran resucitar" —como reza el dicho del Profeta Muhammad—, por una sociedad sin diferencias sociales, por una sociedad donde todavía la pureza de corazón signifique algo, donde la moralidad esté clara porque —según el "primitivo" punto de vista del Islam— sólo existen dos tipos de personas, los que destruyen y los que cuidan del mundo. No entienden la extraña moralidad de los "civilizados", donde nadie es malo ni bueno, cuando lo cierto es que todos contribuimos a las muertes en el Tercer Mundo, muertes de hombres, de especies animales, de bosques y selvas. En definitiva, los musulmanes son incomprensibles y por ello inasimilables por el Sistema. Así que éste debe de destruidos: con corrupción, manteniendo golpes de Estado como el de Argelia, sobredimensionando o manipulando las noticias, comprando dirigentes como los de Egipto, Arabia Saudí o Marruecos.

Los musulmanes, a fines del siglo XX, están sufriendo de parte de los medios de comunicación un silencioso martirio. Pero están dotados de la más rabiosa ilusión por cambiar el presente estado de cosas, con una fuerza que sin duda ya han perdido "los civilizados" del Primer Mundo.

A veces, cuando los escucho con sus recitaciones coránicas nocturnas, tan lejos de nuestras ambiciones de riqueza o poder, en cualquiera de nuestras ciudades, pienso que son (incruentas pero inexorables) bombas de relojería vivientes en el corazón del Sistema.

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