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Amordazando a los escépticos

20/10/2001 - Autor: George Monbiot - Fuente: Rebelión
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Ataque a Afganistán
Ataque a Afganistán

Si la sátira pereció el día que Henry Kissinger recibió el Premio Nobel de la Paz, entonces, la semana pasada exhumaron su cadáver para darle a puntapiés. Como jefe del departamento de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas, Kofi Annan no impidió el genocidio en Ruanda o la masacre en Srebenica. Ahora, como secretario general, parece haber interpretado la carta de la ONU en la forma más magnánima posible para permitir que se lanzara el ataque contra Afganistán.

El Artículo 51 permite a los estados que se defiendan contra ataques. No dice nada de represalias subsiguientes. No da licencia para atacar gente que puedan estar dando refugio a los enemigos de una nación. El bombardeo de Afganistán, que comenzó antes que el consejo de seguridad de la ONU diera su aprobación, es legalmente discutible. Pero el hombre y la organización que pasaron por alto este obstáculo para posibilitar la guerra, son honrados por su contribución a la paz.

Legados como el Premio Nobel de la Paz han sido seguramente hechos para recompensar el sacrificio. Nelson Mandela renunció a su libertad, F.W. de Klerk, renunció al poder, y ambos fueron dignos receptores del premio. Pero Kofi Annan, el burócrata de carrera, no ha renunciado a cosa alguna. Ha sido recompensado por hacer lo que se le manda, mientras se somete noblemente a un gigantesco salario y a gastos de representación ilimitados.

Entre los otros candidatos al premio, había un grupo cuyas calificaciones eran algo más robustas. Miembros de Mujeres de Negro, han arriesgado rutinariamente sus vidas, con la esperanza de impedir la guerra. Han permanecido en hogares de palestinos bombardeados por los tanques israelíes y han enfrentado a criminales de guerra en los países balcánicos. Han permanecido de pie mientras las insultan y les escupen durante vigilias en todo el mundo. Pero ahora, en este mundo espejo en el que la guerra es paz y la paz es guerra, en lugar de ganar el premio de la paz, las Mujeres de Negro han sido calificadas de potenciales terroristas por el FBI y amenazadas con una investigación por un jurado de acusación.

Están en buena compañía, el director del FBI nombró a las caóticas pero inofensivas organizaciones, Reclaim the Streets y Carnival Against Capitalism, en la declaración sobre el terrorismo que presentó al Senado. Ahora, en parte como resultado de sus deposiciones, la nueva ley sobre el terrorismo del Senado, así como la Ley sobre el Terrorismo 2000 en Gran Bretaña, redefine el crimen de forma tan amplia que los miembros de Greeenpeace corren el riesgo de ser tratados como miembros de al-Qaeda. La doctrina Bush – si no estás con nosotros, estás contra nosotros- ya está siendo aplicada.

Este gobierno por silogismo no tiene sentido alguno. Osama bin Laden y al-Qaeda han desafiado al gobierno de EE.UU.; ergo cualquiera que desafíe al gobierno es un potencial terrorista. Que bin Laden sea, según los funcionarios de EE.UU., un "fascista", mientras que los otros grupos son progresistas, es irrelevante: toda mano levantada en público para objetar, será desde ahora tratada como una mano levantada en público para atacar. Considerando que bin Laden no es progresista sino millonario, tendría seguramente más sentido hacer una redada e interrogar a todos los millonarios.

Tachar de la misma manera a Mujeres de Negro y a al-Qaeda requiere sólo una pequeña adición al vocabulario: han sido clasificados en conjunto como "antiamericanos". Este término, tal como es utilizado por todos, desde el secretario de defensa de EE.UU., Donald Rumsfeld, y el Daily Mail, hasta Tony Blair y varios escritores en estas mismas páginas, se aplica no sólo a los que odian a los estadounidenses, sino a aquellos que han puesto en tela de juicio los objetivos exteriores y de defensa de EE.UU. Implícita en esta denuncia está la exigencia de apoyo ciego, de un amor al gobierno más concordante con los códigos de la Rusia zarista que con los ideales por los que fue fundado Estados Unidos.

La acusación de "antiamericanismo" es en sí profundamente anti-estadounidense. Si EE.UU. no significa libertad de pensamiento y expresión, diversidad y disensión, entonces nos han engañado sobre la naturaleza de su proyecto nacional. Si los fundadores de la nación estadounidense se congregaran hoy a discutir los principios incorporados en su declaración de independencia, serían denunciados como "antiamericanos" e investigados como potenciales terroristas. Antiamericano significa hoy precisamente lo que significó en los años 50. Es un instrumento de rechazo, un medio para excluir a los críticos del discurso racional.

Bajo el nuevo macartismo, este rechazo se extiende a cualquiera que trate de promulgar una versión de los eventos diferente de la que es sancionada por el gobierno de EE.UU. El 20 de septiembre, el presidente Bush nos dijo que "éste es el combate de todos los que creen en el progreso y el pluralismo, la tolerancia y la libertad". Dos semanas más tarde, su secretario de estado, Colin Powell, se reunió con el Emir de Qatar para pedir que se suprimiera el progreso, el pluralismo, la tolerancia y la libertad. Al-Yazira es una de las pocas estaciones de televisión independientes en el Oriente Medio, cuya popularidad es el resultado de su respeto poco común por la libertad de expresión. Es también la única estación a la que se le permite operar libremente en Kabul. La solicitud de Powell de que fuera destruida fue un golpe preventivo contra la libertad, que, esperaba, impediría que el mundo viera lo que sucedía realmente una vez que comenzaran los bombardeos.

Desde entonces, tanto George Bush como Tony Blair han tratado de impedir que al-Yazira emita declaraciones por vídeo de bin Laden, sobre la base de la absurda intriga infantil de que "podrían contener mensajes en código". Durante el fin de semana, el gobierno trató de persuadir a las emisoras británicas de que restringieran su cobertura de la guerra. Los doctores de la manipulación de Blair advirtieron: "No se puede confiar en ellos los talibán de ninguna manera, condición o forma." Aunque sea cierto, esto se aplica con igual fuerza a las técnicas utilizadas por Downing Street. Cuando Alastair Campbell comienza a informar a los periodistas sobre "el manipulador Laden", se trata de la tarántula hilando alrededor de la araña del dinero.

Si hemos de preservar el progreso, el pluralismo, la tolerancia y la libertad que el presidente Bush pretende estar defendiendo, debemos dudar de todo lo que vemos y escuchamos. Aunque sabemos que los gobiernos nos mienten en tiempos de guerra, la mayor parte de la gente parece creer que esta regla universal se aplica a todo conflicto excepto el actual. Muchos de aquellos que ahora aceptan que los bebés no fueron lanzados fuera de las incubadoras en Kuwait, y que el Belgrano iba huyendo cuando fue hundido, parecen, a pesar de todo, estar dispuestos a creer lo que se les está diciendo sobre Afganistán y el terrorismo en EE.UU.

Hay muchas razones para ser escéptico. La mágica aparición del equipaje de los terroristas, sus pasaportes y su manual de aviación, parece demasiado buena para ser verdad. El expediente con "evidencia" que se supone establece la culpa de bin Laden consiste sobre todo de suposiciones y conjeturas. Los paquetes de raciones que están siendo lanzados sobre Afganistán no tienen otro propósito concebible que crear la falsa impresión de que se está alimentando a la gente hambrienta. Incluso el pánico por el ántrax parece sospechosamente conveniente. Justo cuando los halcones en Washington estaban perdiendo la discusión pública sobre la extensión de la guerra a otros países, los periodistas comienzan a recibir sobres llenos de bacterias, que podrían igual haber tenido una etiqueta diciendo "un regalito de Irak". Por cierto, podría ser la obra de terroristas, que podrían tener sus propias razones para expandir el conflicto, pero hay muchos otros ejecutores implacables que se beneficiarían con un cambio en la opinión pública.

La democracia es sostenida no por la confianza del público sino que por su escepticismo. A menos que estemos dispuestos a poner todo en tela de juicio, a denunciar, a dudar y a disentir, conspiramos por el fin del sistema por el cual se supone que estén combatiendo nuestros gobiernos. Los verdaderos defensores de EE.UU. son aquellos de los que ahora se nos dice que son antiamericanos.

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