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El gobierno norteamericano ha legitimado los atentados

20/10/2001 - Autor: Ahmed Lahori
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Desde el momento en que el ejército norteamericano está matando civiles afganos las cosas han cambiado, ya no podemos callarnos por más tiempo: ¿dónde están las protestas y los comunicados de condena? ¿dónde están las condolencias a los familiares de las víctimas y las recaudaciones de fondos por parte de famosos? Estamos diciendo algo absurdo: son solamente afganos, miembros de un pueblo condenado y no ciudadanos del primer mundo, con sus coches de lujo y sus cuentas corrientes, y sus mensualidades millonarias. La verdad es que no importa cuantas o cuan atroces sean las muertes: ni el SIDA ni la desnutrición ni las masacres del Congo y Ruanda nos movilizan, lo único que importa es lo que recibe la convenida atención mediática, que hace de uno un hermano y del otro un ser primitivo y superfluo, cuya existencia no es individualmente valorable.

La situación del mundo es espantosa. Estamos convirtiendo el mundo en un inmenso campo de trabajo. Si la pobreza forzosa no nos conmueve es porque no somos hombres, sino los resultados de un experimento colectivo. Hemos perdido la verdadera dimensión de ser humano, el sentimiento de nuestra pertenencia a algo inmenso, que nos desborda y une por encima de toda diferencia. Hemos perdido nuestra humanidad en favor de una vida confortable, donde nuestra vulnerabilidad está velada. Nos creemos seguros en un universo hecho a la medida de nuestras carencias. Únicamente derramamos lágrimas por los que la televisión enseña, en un inmenso experimento conductista. No queremos saber la verdad porque nos conviene seguir recibiendo las ventajas de estar del lado del que roba, del bando de "la libertad y la justicia", de un mundo que se sabe "superior" por su capacidad de esclavizar al otro.

Un millón de hombres murieron en Ruanda y no queremos saber el porque de esa masacre. El colton, ese superconductor que corre por nuestros teléfonos móviles acaso está detrás de todo ello... pero no hay investigación ni culpables: es un asunto interno entre los negros. Las matanzas del Congo tienen la misma causa, y los millonarios contratos que muchos gobiernos han realizado con las empresas de telefonía móvil son culpables de esos genocidios, pero probablemente saldrán elegidos los mismos gracias a la publicidad que han de pagar con los beneficios de esas muertes.

A los días de los atentados en España ya estaban deteniendo a combatientes de la oposición argelina, bajo la excusa de estar "asociados a Bin Laden", cuando en realidad se trata de proteger los intereses españoles en Argelia: el segundo gaseoducto, que defiende un régimen terrorista y anti-islámico, uno de los más crueles del mundo, que realizó un golpe de estado cruento con el apoyo de "occidente" (aunque en realidad Argelia no está más al oriente que Alemania). Y así en otros países: se aprovecha para encarcelar disidentes, para acallar las voces de protesta. En todos los países se aprovechan de los muertos, con un canibalismo cargado de desprecio. Al día siguiente de los atentados ya se especulaba en bolsa, y el ejército USA está en Asia Central para usurpar el petróleo o el gas de los afganos, y no para buscar justicia.

¿Es tolerable tanta hipocresía? ¿Es tolerable el desprecio a los hombres que mueren de hambre en Centroamérica, a dos pasos de una superpotencia que lanza mísiles de un millón de dólares al barro para justificar nuevos contratos? ¿Es tolerable el genocidio cometido en África, la propagación del SIDA y la negativa a distribuir medicamentos a pueblos que padecen una muerte atroz, importada de occidente sin vacuna? ¿Es tolerable el embargo a Iraq, que ha provocado tantas muertes que no caben en estas pocas páginas? ¿Es tolerable el uso continuado de armas químicas contra la población civil? Ni una primera página, ni llamamientos a combatir a los culpables, ni una lágrima merecen los que no tienen nada.

Los medios de comunicación nos muestran imágenes de los manifestantes indonesios y señalan al "fanatismo islámico", pero ¿alguien se para a pensar por que esos hombres rechazan a los EEUU? ¿Qué es lo que combaten? No es posible comprender un fenómeno sin ir a sus causas, y en este caso son bien evidentes para quien quiera mirar a la verdad de frente: "un millón de personas fueron asesinadas con la complicidad de los gobiernos de EE.UU. y Gran Bretaña: los estadounidenses suministraron listas de asesinatos al General Suharto, y después iban marcando los nombres a medida que eran liquidados. ‘El que volvieran al país las compañías británicas y el Banco Mundial, fue parte del acuerdo’, dice Roland Challis, que fue el corresponsal de la BBC en Asia del Sudeste". Son palabras del periodista británico John Pilger.

Citamos ahora a Noam Chomsky: "El ejército, respaldado por EE.UU. tomó el control de Indonesia en 1965, organizando la matanza de cientos de miles de personas, en su mayoría campesinos sin tierras, en una masacre que la CIA comparó con los crímenes de Hitler, Stalin y Mao. Eso llevó a una euforia ilimitada en Occidente, una exhibición desbocada de entusiasmo, en los medios nacionales y en otras partes. Los campesinos indonesios no nos habían hecho daño alguno".

Y ahí está la verdad: esos hombres protestan contra un sistema financiero que está vendiendo sus vidas, poniéndolos a trabajar en unas condiciones inhumanas para esos bancos o empresas del primer mundo. Muchos de esos jóvenes son hijos de cadáveres, de hombres asesinados por oponerse a que las riquezas de su tierra fueran a parar a manos de millonarios norteamericanos, y no les duelen los muertos de las Torres porque para ellos han muerto esos mismos millonarios que les quitaron todo, o unos parecidos, que les quitaron todo a unos campesinos peruanos. No son fanáticos: luchan por un poco de justicia. En muchas partes del mundo se lanzan a justificar los atentados, y nosotros debemos tratar de comprenderlos, de no mirar hacia otro lado a la hora de buscar explicaciones. Nuestro mundo está podrido, y es normal que se hunda en el fango de su intransigencia, que despierte oposiciones enconadas.

Todo esto es comprensible, perfectamente comprensible, y el rostro de Bin Landen aparece aquí como un icono, quizás sombrío pero necesario para que todo esa rabia acumulada se despierte. Él es un fanático, sin duda, y no nos interesan para nada sus ideas, de las que únicamente conozco su rechazo a un sistema que yo también rechazo, pero con unos métodos que no podemos aprobar porque tan solo acarrearán más muertes. La izquierda sudamericana se da perfecta cuenta de que Bin Laden no les representa, de que combatió con la CIA contra el sandinismo en Nicaragua. Se dan perfecta cuenta de que todo esto es un engaño y de que no pueden ponerse del lado de unos terroristas retrógrados, que han confundido el Islam con una ideología intransigente, poniendo el mundo en las manos de los fabricantes de armamento.

Pero Bin Landen no importa, no es más que un juguete de la historia, o de lo que quiera que está detrás de todo esto. Lo verdaderamente importante, lo que nos impresiona, es la capacidad del Islam de conmover los mismos cimientos de la tierra si es preciso para luchar contra la injusticia, una fuerza que no puede ser despreciada por aquellas gentes a lo largo de todo el planeta que están viendo como la explotación están encaminando al mundo hacia "el campo de concentración global". La política de las grandes corporaciones financieras es la del máximo rendimiento, y para lograr éste todo el mundo sabe que lo mejor es poner a trabajar a millones de personas sin derechos, no malgastar recursos en los que mueren de hambre y no sirven como fuerza de trabajo. Hoy en día un país del tercer mundo no tiene más que dos salidas: si tiene recursos naturales que interesan a occidente se ven sometidos a unos sistemas totalitarios que ponen a trabajar a la población en masa como esclavos para las grandes corporaciones. Si no tiene recursos el hambre es su destino, según ese guión trazado por la lógica de empresa, de una maquinaria que ya casi funciona por si sola y tiene como máximo objetivo declarado la propia acumulación de capital, quien sabe para que.

Siendo así las cosas ¿cómo no comprender que los musulmanes llamemos a la yihad?, ¿cómo no referirnos al esfuerzo del hombre por ser Hombre, y no una marioneta del capitalismo? ¿cómo renunciar a la guerra contra unas estructuras de poder que se creen con todos los derechos sobre la vida y la muerte de millones, que realizan planes macabros que afectan a millares de personas para conseguir un beneficio económico?

Miro las manifestaciones de Indonesia y otros lugares: me parece admirable la fuerza de ésta gente. Me conmueve su capacidad de movilizarse por la causa del tercer mundo, de rebelarse contra la injusticia. Yo no entiendo como podemos ser tan sumisos y me maravilla su capacidad de convicción y lucha en un momento en que es tan necesaria. Donde el marxismo está domado y la izquierda y los movimientos antiglobalización perdidos, con un claro objetivo a destruir pero no un sentido global del hombre, de la unidad de las razas y los pueblos, de la solidaridad y de la entrega.

Los acontecimientos del 11 de septiembre ya han pasado a la historia. En su momento todos los lamentamos, pero ahora ya no sucede lo mismo. El gobierno norteamericano ha legitimado esas muertes al considerarlas como parte de una guerra, implícitamente las ha justificado. Son daños colaterales, muertos por la causa del imperio. Las víctimas del 11 de septiembre han sido insultadas como víctimas, el gobierno de los EEUU está ampliando sus dominios en su nombre, está utilizando los cadáveres aún recientes para aumentar las cuentas corrientes de unos cuantos hombres.

Eso mismo hicieron los sionistas para lograr la formación del estado de Israel, un estado terrorista que se ha levantado sobre los montones de cadáveres del nazismo, en un alarde de la capacidad de "rentabilizar" la muerte que nos provoca espanto. Los hombres muertos en los "campos de la muerte" se revuelven en sus tumbas, pues son utilizados como ahora lo son los hombres deshechos entre los escombros de Manhattan. Eso ha hecho pensar a muchos que en realidad lo hicieron ellos, pues la prontitud para sacar partido de cosas como estas es absolutamente sospechosa, nos pone los pelos de punta pensar que pueda ser así. De hecho el abuelo de Bush fue sancionado por comerciar con la Lutwaffe, la aviación de Hitler, que lanzaba bombas sobre Europa. George Bush, el padre, pasó de presidente de la CIA a presidente de la Lily, una de las máximas empresas farmacéuticas de los EEUU. Todos conocemos los contactos de la familia Bush con el petróleo, sus intereses en apartar a Iraq de las cuotas de petróleo a favor de los saudíes, que ha propiciado un embargo que mata cada día. El cinismo de algunos es espeluznante.

Muchos pueden decir ahora que en realidad lo que fue atacado ese día fue el corazón del sistema militar y financiero de los EEUU, y la mayoría de las víctimas pertenecían a la elite de una maquinaria que hace del planeta un basurero. Pueden decir que no eran civiles, que en su mayor parte eran altos ejecutivos con sueldos millonarios. Pueden decir que esa muertes son lamentables pero que era la única manera de despertar al mundo, de conmovernos y decir que todavía hay gentes dispuestas a morir por una causa justa. Nosotros perdimos la fe ya hace tiempo, se la quedó la iglesia. Tuvimos el sueño del marxismo, se lo quedó el estado. Sin estado ni iglesia el Islam se nos presenta como capaz de dar la cara y nos ha dejado a todos con la sangre hirviendo.

El Islam da miedo, despierta los más delirantes comentarios, hace salir a flote la irracionalidad latente en muchos. Se presenta como algo incomprensible, como una identidad inclasificable, parece no querer explicarse, esconderse en un hieratismo milenario. No saben reducirlo a ninguna imagen precisa... sólo la postración, que ya lo dice todo: una voluntad de entrega absoluta, de reconocimiento de la vida como algo que nos sobrepasa. Muchos comprenden ahora porque nos presentan como si fuésemos demonios, como hicieron con los comunistas. No pueden engañarnos, y sabemos que algo bueno hay en unas gentes que despiertan tanta enemistad y un temor tan hondo, que hace temblar al imperio.

Aceptar la tiranía es limitarse como ser humano, es castrarse en la capacidad de nuevos movimientos, de una apertura a la vida que no acepta sucedáneos. Tal vez en eso todos los hombres que nos oponemos a la explotación del hombre por el hombre los occidentales seamos profundamente musulmanes.

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