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Las contradicciones de un negocio del que dependen vidas

16/10/2001 - Autor: expansiondirecto.com - Fuente: www.expansiondirecto.com
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Portada del libro Prescription Games obra de Jeffrey Robinson
Portada del libro Prescription Games obra de Jeffrey Robinson

Es, como se dice en la solapa, "el libro que las farmacéuticas no quieren que lea". Prescription Games (Juegos de receta), la última obra del neoyorquino Jeffrey Robinson -autor de cinco novelas y varios trabajos de investigación-, es una demoledora crítica a las grandes farmacéuticas. Con un estilo directo y muy periodístico, recogiendo decenas de testimonios, Robinson desmenuza un mercado en el que mandan, en su opinión, el dinero, el poder y la vanidad. Podría pasar por algo desgraciadamente común en el mundo de los negocios, pero, como recuerda el autor, el farmacéutico no es un mercado cualquiera: "Mucha gente va por la vida sin tomar refrescos ni comprarse un coche, pero todo el mundo, en algún momento, necesita medicación e incluso su vida depende de unos fármacos", escribe.

Prescription games se estructura en doce capítulos que bien podrían ser reportajes independientes. En todos Robinson se plantea, directa o indirectamente, la misma pregunta: ¿La lucha de las farmacéuticas por obtener beneficios se hace a expensas de la salud de los consumidores?

La respuesta de Robinson es un rotundo sí. Su tesis es que las farmacéuticas sólo investigan, desarrollan y ponen en el mercado fármacos que cumplan tres premisas: estar dirigidos al primer mundo, aliviar los síntomas -que no siempre significa curar las enfermedades- y necesitar un uso prolongado, lo que hace aumentar las ventas. El resultado es que medicamentos contra la obesidad, la impotencia y la alopecia inundan las farmacias occidentales, mientras que en África el cólera, la malaria y el dengue siguen matando a miles de personas. Así, el medicamento más vendido en el mundo durante 2000 fue Zocor, un tratamiento contra el colesterol de Merck Sharp & Dohme que desde su puesta a la venta hasta el año pasado había alcanzado unas ventas por valor de 3.100 millones de libras esterlinas -5.086 millones de euros, 846.300 millones de pesetas-.

Esto, se puede replicar, es lógica económica: se ponen a la venta los productos que mejor se venden y el primer mundo -entendido como Norteamérica, Europa Occidental y Japón- supone el 80% del mercado mundial de fármacos. Pero el ataque de Robinson tiene más profundidad.

El libro recuerda, de forma machacona, los enormes márgenes comerciales de los medicamentos, especialmente en Estados Unidos, el mercado en el que tienen precios más altos. Las farmacéuticas se escudan en las grandes inversiones que tienen que hacer en investigación y desarrollo. Concretamente, según sus propios datos, 2.700 millones de dólares al año -3.131 millones de euros, 521.100 millones de pesetas-. Lo que no dicen, cuenta Robinson, es que el 80% de sus gastos en este terreno se destinan a fármacos dirigidos a competir con los productos de los rivales y a desarrollar variantes de medicamentos propios cuyas patentes están a punto de expirar. Robinson se detiene en un caso concreto: el Prozac. Lanzado al mercado en 1988 por la estadounidense Lilly, la patente de su principio activo, Fluoxetina, expiraba en 1994. No obstante, Lilly se había cuidado de proteger su joya con otras dos patentes más prolongadas -sobre su uso para tratar desórdenes mentales y sobre el mecanismo del fármaco en el organismo- que, desde todos los puntos de vista, no tenían base legal. Una empresa neoyorquina de genéricos, Barr Laboratories, decidió presentar batalla en los tribunales. Lilly reforzó sus posiciones retocando la composición del Prozac para tratar de lograr una nueva patente. En principio, los tribunales dieron la razón a Lilly; tras un recurso, Barr se vio por fin autorizado a poner en venta su genérico en 2001. En el transcurso de la batalla legal, el Prozac había seguido en el mercado sin competencia, llevando miles de millones a las arcas de Lilly.

Las farmacéuticas también gastan ingentes cantidades de dinero en relaciones públicas. Por una parte, se trata de reforzar su mala imagen; algo urgente desde que la ONU decidió unirse a la lucha para lograr unos fármacos contra el SIDA más baratos. Pero también hay actividades de imagen más sutiles, como la estrecha relación de las grandes farmacéuticas con los médicos, sus grupos de presión en el ámbito político y su estrecha relación con los departamentos de investigación de las más pujantes universidades estadounidenses. Robinson reparte críticas en todas las direcciones e incluso dedica un capítulo entero a los vínculos entre los profesionales médicos y la industria.

"En un mundo perfecto, los médicos y los laboratorios tendrían el mismo objetivo: mejorar la salud de los pacientes. Pero esto no es un mundo perfecto", escribe. "El primer compromiso de los médicos es con sus pacientes, por juramento y por ley. El primer compromiso de la industria es con sus accionistas y con sus empleados. Y la diferencia se manifiesta cada vez que un médico prescribe una receta". Para influir en ese momento, las farmacéuticas cuentan con auténticas legiones de representantes dedicadas a mediatizar la decisión médica. Robinson ofrece datos reveladores: "

En Occidente las grandes farmacéuticas presupuestan entre 8.000 y 13.000 dólares al año -aproximadamente entre 1,5 y 2,5 millones de pesetas- por médico en márketing directo". Y pone ejemplos concretos: "GlaxoSmithKline tiene alrededor de 350 representantes en el Reino Unido. Generalmente visitan entre cuatro y ocho médicos al día y la duración media de las visitas es de once minutos". Tanto esfuerzo, asegura Robinson, no suele ser baldío.

La presión sobre los legisladores no es menor. Robinson se centra en la Unión Europea y los Estados Unidos y cita personajes muy significativos, como George Bush, presidente de la primera potencia mundial entre 1989 y 1992. Tras dejar la dirección de la CIA en 1976 por la llegada del demócrata Jimmy Carter al poder, Bush pasó al Consejo de Dirección de Lilly, donde estuvo dos años: en 1980 fue elegido vicepresidente tras la victoria electoral de Ronald Reagan. Ya desde la Casa Blanca, en 1982, intercedió ante el presidente para tumbar una iniciativa de la Secretaría del Tesoro, que pretendía hacer pagar más impuestos a las farmacéuticas que operaban en Puerto Rico. Entre las empresas amenazadas estaba Lilly. Robinson insinúa que ésa no fue la única ocasión en la que Bush devolvió favores: en 1989, ya en la Casa Blanca, nombró vicepresidente a Dan Quayle. El entonces número dos de la principal potencia del planeta "es un destacado miembro de la familia Pulliam, una de las principales accionistas de Lilly. De hecho, fue el padre de Quayle quien introdujo a Bush en el Consejo de Dirección de Lilly".

Si hay algo que no falta en Prescription games son denuncias de este tipo, generalmente apoyadas en testimonios con nombre y apellido. Sin embargo, se puede reprochar a Robinson cierto tono maniqueo: puede que las farmacéuticas no sean unas empresas modélicas, pero resulta difícil creer que sean culpables de tantos males. Al menos, Prescription games -en la misma línea que El jardinero fiel, de John Le Carré, pero con otro estilo- hace reflexionar sobre unas empresas que prefieren no estar en el punto de mira.

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