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Droga, petróleo y Estados Unidos - las razones del poder de los talebanes

16/10/2001 - Autor: Gennaro Carotenuto
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Talibanes (Foto: AP)
Talibanes (Foto: AP)

El próximo 26 de septiembre se cumplen cinco años desde que los talibanes, los llamados "estudiantes del Corán" que controlan el 90% del territorio afgano, conquistaron la capital Kabul.

Con la acusación por parte de los Estados Unidos hacia Afganistán de dar refugio a Osama bin Laden, el presunto autor intelectual de los atentados del martes 11, y la esperada represalia contra un país ya destruido por dos décadas de guerras civiles, se supone que llegue a su fin el largo coqueteo entre EE.UU. y el régimen fundamentalista afgano. Aunque, después del 11, en las declaraciones de los líderes occidentales, se haga caso omiso de la estrecha relación entre Estados Unidos y talebanes, tan solo el 17 de mayo de este año, el mismo Secretario de Estado, Colin Powell (Robert Scheer, Bushs Faustian Deal With the Taliban, Los Angeles Times, 22/5/01) otorgaba una ayuda de 43 millones de dólares y elogiaba públicamente a los talebanes por su ayuda en la lucha contra el narcotráfico.

En aquellos mismos días, los talebanes habían escandalizado al mundo con la destrucción de los dos budas gigantes de Bamiyan. La opinión pública mundial que no se conmocionó de la misma manera cuando la policía religiosa talebana cerró, a causa de presunta promiscuidad, el hospital de los médicos italianos de Emergency que, a pesar de todo, hoy, mientras los funcionarios de la ONU huyen de Kabul, siguen con su labor. El hospital de Emergency era uno de los pocos lugares donde las mujeres conseguían cuidado médico en un país donde no pueden trabajar ni ser tocadas por hombres, llegando en pocos años a la más alta mortalidad en el mundo. Ni mucho menos nos horrorizamos con la "fatua", el anatema, lanzado contra la minúscula minoría hindú que aún vive en el país que cuenta 26 millones de habitantes. Como en la Alemania nazi, los ulemas - los sacerdotes sunitas - impusieron a los hindúes llevar una marca, un hábito amarillo, para identificarlos. Entre hindú y sikh, la minoría no supera hoy las 3.000 personas, contra las 50.000 de hace un cuarto de siglo, cuando empezó el actual conflicto.

Culpables o no de esconder a los responsables del ataque al corazón de Estados Unidos, hoy en día los talebanes ya no serían funcionales al sistema de intereses que los llevó al poder, de la mano no tan invisible de Estados Unidos y Pakistán: no supieron garantizar intereses geopolíticos tan grandes como los del petróleo y del narcotráfico. Es en una historia que merece ser contada en detalle y donde los talebanes sólo fueron el último intento de estabilizar el Afganistán a la caída del régimen socialista y responder a intereses más vastos de las dos potencias nucleares.

Los talebanes aparecen en 1994 en el Sur del país. Son el fruto envenenado de la guerra civil combatida en la última fase de la guerra fría. En ésta, la CIA, junto al servicio secreto paquistaní, ISI - Inter Services Intelligence - organizaron la que fue definida como la más grande acción encubierta en la historia de los servicios, alimentando, financiando, entrenando y respaldando la Jihad - guerra santa - islámica de los mujahidin contra la invasión soviética. Era el tiempo en que Ronald Reagan definía a Nelson Mandela como un terrorista y a los mujahidin, incluso a Osama bin Laden, como combatientes de la libertad. Han pasado menos de 20 años. Hace una década otro ex-amigo islámico de Estados Unidos, Saddam Hussein, se había transformado en Satán. Son historias iluminadoras que nos aclaran pasajes decisivos de la política exterior de Estados Unidos hasta el 11 de septiembre.

En este contexto se enmarca la ayuda estadounidense a la Jihad no sólo afgana. Inicialmente, la lógica era la de la guerra fría: a Estados Unidos le parecía una gran gauchada armar al enemigo del enemigo.

El periodista de Abc, John K. Cooley, estudia las relaciones entre Estados Unidos y el extremismo islámico desde los 70: con sus aliados más cercanos, Pakistán y Arabia Saudita habrían armado, entrenado y financiado hasta 250.000 personas, luego empleadas en distintos escenarios. La CIA y la ISI reclutan musulmanes radicales en 40 países. 35.000 combaten en contra de los soviéticos entre 1982 y 1992; los demás se entrenan y maduran en la política en la Jihad afgana.

Derrotado el comunismo, el cálculo estadounidense se revela errado, aunque tarden una década más en darse cuenta. Desatado el Islam contra el comunismo ateo, alimentar el fundamentalismo islámico empieza a tener efectos cada vez menos controlables. Es notorio por ejemplo, que en Argelia se combatió una guerra por interpósita persona - análoga a las combatidas en la guerra fría contra la Unión Soviética - donde aliada de Francia es la dictadura militar que derroca el FIS, partido islámico moderado legítimamente elegido, y los Estados Unidos son representados por los fundamentalistas islámicos que cometen masacres inenarrables. Si los guerrilleros islámicos pueden ser herramientas del diseño estadounidense en Chechenia - pero sin desestabilizar demasiado el aliado Eltsin - o en Argelia, los efectos son indeseados cuando actúan en contra de los turistas a la sombra de las pirámides, o cuando contribuyen a desestabilizar la Bosnia o bien cuando, después de la Guerra del Golfo, se consuma la ruptura entre los islamistas radicales y las monarquías petroleras - y parte de sus élites - culpables de haber permitido la cronificación de la presencia occidental cerca de los lugares más sagrados del Islam. Las motivaciones religiosas se superponen a las económicas. También las jóvenes masas islámicas sufren la imposición del neoliberalismo y la respuesta del integralismo aparece para muchos como una posibilidad.

Igualmente los servicios siguen jugando en varias apuestas. Quizás la ruptura definitiva sólo llegó con el trauma del 11 de septiembre, que más allá del rechazo y de las pretensiones de virginidad política, no puede no conllevar la idea de que, por primera vez, la política exterior y las decenas de guerras sucias combatidas por Estados Unidos en la historia, pueden llegar a tocar, aunque si en casos extremos y terribles, al mismo territorio de Estados Unidos.

15 años después de la invasión soviética, los talebanes emergen de las "madrasas", las escuelas coránicas de Peshawar en Pakistán y se reconocen en el mullah Mohammed Omar. Son reclutados de la misérrima vida de los campos de refugiados. A pesar de ser llamados "estudiantes", apenas el 2 o 3% sabe leer y con el sueldo mercenario de 2 dólares mensuales, esperan hacer un salto de calidad hacia el bienestar, desde una vida donde té y galletas son el régimen estricto. Si antes eran reclutados como milicia privada por algunos narcotraficantes ahora, la Jihad, la guerra santa, les ofrece una razón digna de combatir y morir. Y mueren en cantidades, carne de cañón al servicio de intereses más grandes.

Aparecen con un episodio significativo. Bloqueando las razias contra las caravanas de mercaderías que viajan entre Pakistán y las repúblicas asiáticas pos-soviéticas se imponen como los únicos capaces de reinstaurar el orden y garantizar el comercio en el área.

En pocas semanas, disciplinados y eficaces, rodeados por un alón de misterio y leyenda alimentado desde el inicio por la prensa y los servicios secretos paquistaníes, toman el control de la provincia de Kandahar, lugar de origen de Omar. A inicio de 1995, controlan 7 de las 28 provincias afganas y a la mitad de febrero ya lanzan el asalto a Kabul donde se empantanan en espera de la hora de conquistar el poder.

Son de etnia pashtun, como el 40% de la población del país y como casi 20 de los 142 millones de paquistanos, otro detalle importante que hoy, frente a la posible acción norteamericana, se teme pueda desestabilizar al más grande vecino. Étnicamente se plantean como un movimiento pan-pashtun, lo que aún excluye un acuerdo estable con las otras etnias, el 25% de tadjicos, el 19% de hazara, el 6% de uzbekos, y las otras minorías turkmena y kirguisa. En pocos meses barren del mapa grupos mujahidin con años de lucha y se enfrentan al débil gobierno de Burhanuddin Rabbani, respaldado por Ahmad Shah Masud.

Es aquel Masud, líder de la oposición arrinconada en el norte en menos del 10% del territorio, quien será asesinado el 9 de septiembre en un atentado suicida del cual sería extremadamente interesante entender la relación, si es que la hay, con los atentados en Nueva York y Washington 48 horas después. Es el mismo Masud que nadie quiso recibir hace dos años en su viaje a Occidente en búsqueda de ayudas contra los talebanes y que ahora, muerto, es conmemorado oficialmente por el plenario del Parlamento Europeo en Bruselas.

Musulmanes sunnitas, plantean desde su primera aparición pública, en la ciudad paquistana de Peshawar en 1995, la construcción de una "verdadera sociedad islámica". A seis años de estos planteamientos, y con cinco en el poder, es evidente que la sociedad talebana es simplemente el regreso a la edad media. La prohibición de trabajo e instrucción para las mujeres, la obligación para éstas de vestirse de la cabeza a los pies con el burka y para los hombres de llevar barba y gorro, la destrucción de cine, radio y televisión, son los caracteres macroscópicos de un régimen que nada tiene que ver con la enseñanza sunnita. A cinco años de distancia han transformado el país en otra Somalia, hundiendo el Estado en una ausencia total de proyecto, sin clase dirigente, ni educación y donde sólo el dinero del narcotráfico dicta relaciones de poder que ya son insostenibles para los países vecinos.

Rabbani, en abril de 1992, por fin derroca el gobierno del Presidente Mohammed Najibullah, sobrevivido a la caída de Gorbaciov y de la Unión Soviética. Las facciones de mujahidin, ganada la guerra pierden la paz, dividiéndose en una guerra sin cuartel.

Enemigo principal de Rabbani y Masud es el primer ministro, Gulbuddin Hekhmatjiar. Subalterno al Pakistán de Zia ul-Haq y aliado de Uzbekistán, Hekhmatjiar desencadena otro violento asedio a Kabul que en sus últimas fases hasta se superpone al de los talebanes. Los intereses de Estados Unidos sobre Afganistán desde los años 70 coinciden con los del aliado Pakistán. Para Zia, un estado islámico sunnita en Afganistán, representa la solución estratégica ideal. De un lado presiona las fronteras orientales del Irán chiíta adquiriendo meritos hacia Estados Unidos. Del otro soluciona la eterna cuestión fronteriza occidental - reuniendo en un Pashtunistan los Pashtun de los dos países, para dedicar sus atenciones a India, enemigo desde la disolución del país, y con el cual ya tres veces en medio siglo se ha llegado a guerra abierta.

Si Estados Unidos no pueden reconocer abiertamente los talebanes, no es extraño que los únicos países que reconocen el régimen afgano son los tres más firmes aliados de Estados Unidos en el área: Pakistán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.

¿Por qué los Estados Unidos no han cortado las relaciones con los talebanes y por lo menos hasta mayo 2001 seguían ayudándolos a pesar de haberlos incluidos en la lista de "estados canallas"? Debido a las mismas razones por las cuales los talebanes llegan al poder: petróleo y narcotráfico.

Luego de la disolución de la Unión Soviética, emergen las nuevas repúblicas de Asia Central. En competencia con Irán, entonces enemigo principal de Estados Unidos, Pakistán, garantizando con la pacificación ofrecida por los talebanes las rutas comerciales, se ofrecía como socio decisivo para estados sin salida al Océano y alternativo al puerto iraní de Bandar Abbas. Son los años en los cuales crece el interés a explotar los enormes yacimientos del Mar Caspio. El primero a llegar en Turkmenistán es un empresario argentino, Carlos Bulgheroni, incondicional de Carlitos Menem y hoy día con varios problemas con la justicia de su país.

El Turkmenistán es el país de Asia Central que más se aleja de la influencia de Moscú y en la guerra civil afgana siempre tiene una política de no intervención, la que ahora le deja manos libres. La compañía petrolífera argentina, la Bridas, obtiene concesiones importantes. Para explotarlas Bulgheroni sueña con un gasoducto y un oleoducto que unan Turkmenistán a Pakistán pasando por Afganistán. Encuentra todas las facciones, Rabbani, Masud, hasta el líder taleban Omar. Paga coimas y promete dividendos. Sus contactos llegan hasta el presidente turkmeno Saarmurad Nijazov y a Benazir Bhutto, que ha sustituido Zia, asesinado en un incidente aéreo del cual muchos, entre los cuales Mohammad Yusaf, coordinador de los mujahidin durante la ocupación soviética, responsabilizan a la CIA. El negocio es demasiado grande; la inversión prevista es de 4700 millones de dólares. De un día para el otro, en octubre de 1995, Nijazov sustituye la Bridas con la compañía estadounidense Unical, detrás de la cual está Henry Kissinger y que puede emplear la influencia del entonces presidente Clinton. Única condición: la pacificación de Afganistán según el diseño paquistano que prevé la utilización de la carta talebana.

Es en este momento que más que nunca los intereses petrolíferos se conjugan con los del narcotráfico y los de Estados Unidos con los de Pakistán y es cuando los talebanes resultan perfectos a estos diseños. Hasta los 70 Pakistán es el primer productor mundial de opio pero no había producción local de heroína. También la historia del comercio de drogas en Asia Central está conectada a la acción encubierta de los servicios estadounidenses: en apenas dos años de actividad de la CIA, la frontera entre Afganistán y Pakistán se transforma en el primer productor mundial de heroína (Alfred McCoy, Drug fallout: the CIAs Forty Year Complicity in the Narcotics Trade. The Progressive; agosto 1997). En Pakistán la población drogadicta pasa del virtual cero de 1979 a 1,2 millones de 1985. Como para el escándalo Irán-Contras, la CIA encuentra conveniente cerrar un ojo y financiar con el narcotráfico los mujahidin que utiliza en clave anti- comunista.

Es uno de los dramas de la política exterior de Estados Unidos y en los últimos años enfriará las relaciones con el tradicional aliado paquistano. Como escribe Giulietto Chiesa (G. Chiesa, I misteri dei Talibani, Limes, Roma 2001), los Estados Unidos están empeñados con la mano izquierda de la DEA - la Drug Inteligence Agency - a deshacer lo que la mano derecha de la CIA ha tejido durante años. No lo consiguen - y a cambio la lucha al narcotráfico puede ser funcional a proyectos políticos - así como no lo consiguen en otros escenarios, antes en Vietnam, hoy en Colombia.

Hasta la llegada de los talebanes, Afganistán compite con Birmania en la producción de opio. En 1995 aún produce 220 toneladas por año. En 1997, con apenas un año de poder, trepa a 2800 toneladas. Decenas de caravanas de Toyota todoterreno, con escoltas pesadamente armadas, salen varias veces por mes de las provincias productoras de Helmand y Kandahar con dirección a Pakistán. Es un tráfico muy bien organizado. Según la Undcp - el programa de la ONU contra la droga - hay un millón de campesinos afganos empleados en la producción, para quienes no les queda más que el 1% de las ganancias: 100 millones de dólares. Apenas otro 7,5% se pierde en las fases de intermediación, pero el 91,5% enriquece la criminalidad de los centros de consumo de los países "civilizados". Son más de 9000 millones de dólares por año - y sólo desde Afganistán - y se calcula que el 60% de este monto llegue a Estados Unidos.

En este contexto, el cuadro de alianzas que en 1995 lleva al poder los talebanes, hoy ya no existe. La alianza de Riyadh con Washington, Islamabad y la capital turkmena Ashkhabad fue la respuesta obligada a la peligrosa consolidación de intereses entre Moscú, Pekín, Teherán con las capitales de Asia Central, Dushanbe y Tashkent en primer lugar. Hoy los Estados Unidos - empujados por Europa - ya suavizan su enemistad con Teherán y miran a un reequilibrio de sus tradicionalmente malas relaciones con India en detrimento de las con Islamabad.

Sean o no culpable de los atentados del 11, los talebanes, custodios del narcotráfico, además de estar en la lista de los países canallas, ya no están en condición de gobernar el país, ni de reconstruirlo, ni de sostener la seguridad del comercio ni de garantizar la construcción de aquellas vías para los gases y el petróleo: todas razones para las cuales llegaron al poder.

Sean o no culpables de los atentados del 11, hoy solo pueden contar con ellos mismos, sobre la dificultad objetiva de una invasión, sobre las ganancias del narcotráfico y sobre el fundamentalismo islámico.

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