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Explosión

21/09/2001 - Autor: Abdelkarim Osuna
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Cuando los símbolos explotan queda Lo Indestructible.

Cuando se supera la lógica de los bandos y de los enemigos estamos
frente al Uno.

Lo indestructible vela sobre los escombros, sobre la quintaesencia y el desierto. Lo indestructible no pude compararse a nada. Por el mero hecho de saber que hay algo indestructible sabemos que en realidad nada puede destruirse, ni las Torres Gemelas ni las vidas de los mártires de todas las naciones. Todos ellos tienen una larga vida por delante, una vida más intensa que la que hasta el momento de su muerte han conocido, su existencia se prolonga en la conciencia y se vierte en esfuerzos, sean estos actos ciegos de destrucción o acciones de creación sublime. No importa quien sea su causante ni quien el que la sufre. Se trata de algo muy sencillo: la destrucción se vierte en destrucción y la creación en mundo. Las Torres Gemelas son ahora más altas de lo que habían sido, su longitud prolonga las manos de los hombres hacia el cielo. Un cielo vacío de vida para aquellos que no saben separarse de los ídolos y cantan canciones de combate. Un cielo que se llena de humo, de vanidad y ruido. Las consignas de guerra de los dirigentes, se llamen demócratas o islámicos, no manchan ni por un momento la belleza del Islam ni de la Democracia. Las banderas son como las bellas actrices de moda: su realidad es intangible, no se sabe si son productos de un sueño malsano o huríes del paraíso. Pero algo las delata: la disposición artificial de los colores escogidos busca separar la gama que la luz despliega.

El Sheij Nazim ha ordenado a todos los miembros de la Tariqa Naqhshbandiyya que no miren la tele ni lean periódicos durante los próximos cuarenta días. Es una actitud notable, que no quiere permitir que se desvíe la atención del recuerdo de Al-lâh. Pero también hay que aprender a recordar a Al-lâh en sucesos como estos, a ver Sus Signos justo allí donde tratan de velarlo, de hacerlo desaparecer de nuestra vida. Separarse de la separación de los colores no nos puede servir de nada. Hay que ir más allá y unirse a los dos bandos, saberse hermano del uno y del otro y del otro. Hay que saberse unido a la barbarie como signo, y a la distancia como estigma, saber incluirse en todo y no buscar un centro (sagrado) donde permanecer al margen. El único refugio es Su Palabra: la posibilidad innata a cada ser humano de escuchar a Al-lâh sin mediación ni guía, pero a través de la apariencia, en el mismo mundo compartido donde viven hipócritas y mártires. Hay que enfrentarse a la mentira con que nos desvían, aprender a ver y oír y amar directamente desde nuestra condición indestructible. Hay que afirmar la posibilidad de prolongar esa Palabra hacia el encuentro, de bucear en las distancias y acortarlas mediante la comprensión y el abandono de los bandos.

Cada amanecer Al-lâh hiende los cielos con el puñal de Su Palabra. Realiza un tajo al borde de la tierra para separar la oscuridad de las tinieblas. Es su propia luz la que separa lo de abajo y lo de arriba, como un signo para el discernimiento. Al-lâh degolla la oscuridad esencial como quien degolla un cordero. Un degollamiento Halal, perfectamente pulcro. Separa las tinieblas sin herirlas, dejando que lo Uno se desdoble, que se manifieste como aire y como tierra, separados por una hendidura invisible. A través de esa hendidura (y es así como Chouraqui traduce la palabra falaq) penetra en el mundo la rahma y nosotros nos hacemos capaces de penetrar la rahma. En el hombre es el agua del encuentro y el fuego del deseo que buscan esa brecha donde se une todo. La sura al-Falaq (119) nos conduce a la conciencia de cada amanecer como acontecimiento teofánico, del estallido de la aurora como explosión al margen de la muerte, y es una protección contra la historia, contra la división (racial) del mundo:

1. qul a‘ûdzu bi-rábbi l-fálaqi

Di: Me refugio en el Señor del falaq

2. min shárri mâ jálaqa

contra el mal de lo que ha creado,

3. wa min shárri gâsiqin idzâ wáqaba

contra el mal de la oscuridad cuando se desliza,

4. wa min shárri n-naffâzâti fî l-‘úqadi

contra el mal de las que soplan en los nudos,

5. wa min shárri hâsidin idzâ hásad*

contra el mal del envidioso cuando envidia.

No se mata al Shaytán, se lo convierte. Convertir al propio Shaytán al Islam es la tarea de los musulmanes, y en cuanto a los que no conocen la existencia del Shaytán y sus susurros... ¿acaso podemos culparlos a causa de su ignorancia? No: casi todos los americanos que claman venganza son tan inocentes como aquellos que sus ejércitos van a matar mañana. Todos creen defender su civilización no queriendo saber que hay hombres que buscan el poder detrás de las consignas. Pero Al-lâh está detrás de todos ellos. Todos son mis hermanos, incluso los que se han decantado hacia la destrucción en estos días. Soy musulmán y por tanto son mis hermanos los que han muerto y los que los han matado, son mis hermanos los que van a morir y los que van a asesinarlos. Soy musulmán y por tanto reconozco que todo procede de Al-lâh, que el verdugo y la víctima se unen en su origen increado. No me está permitido hacer distinciones de raza, de nacionalidades o de clases: he superado la lógica de la separación y de la guerra: la gente de Âdám es mi gente.

Al-lâh nos pone a prueba. Todos los musulmanes que se alegran con lo que ha sucedido deben mirarse al espejo: el Shaytán los ha arrastrado, ha confundido el amor al Islam con el odio hacia occidente, y lo ha hecho mediante los estereotipos. Son víctimas de lo que hace tiempo estamos denunciando: no existe una dicotomía entre occidente y el Islam, esa dicotomía es tan solo una mentira creada por los medios, en uno y otro "bando". Los "musulmanes occidentales" somos la prueba viviente de que esa dicotomía es falsa. Pero muchos siguen llamando musulmanes a gentes como Bin Laden (ex agente de la CIA) y dicen que son kufar los "hombres de las Torres". Recibimos noticias de Egipto y de otros países: la gente sale a la calle celebrando la tragedia. La lógica de la separación, de la exclusión y de la guerra se ha posicionado en el corazón de muchos hombres que se llaman a si mismos musulmanes. Con su alegría han demostrado que su odio hacia una ficción política es superior a su amor al Creador. Su Islam es solo ideología. Siendo así no veo como Al-lâh no ha de querer la muerte de esas gentes: el peor de los hombres es el hipócrita, el que traiciona su creencia, el que desvía la Palabra hacia otros fines que los de la adoración y del encuentro. Al fin y al cabo el ignorante es ciego, no sabe lo que hace, pero matar a civiles o alegrarse de ello en nombre del Islam es imposible sin desatar fuerzas contrarias. Tal vez ellos han provocado que Al-lâh quiera purificar la Ummah. Hoy todo está podrido. Es mejor la destrucción que la mentira, y Él está tras el Shaytán cuando maquina.

No hay nada que no provoque su propia ruina. Ya hemos sido derrotados desde el momento en que aceptamos la frontalidad de la batalla, la dialéctica que hace incompatibles al uno y al otro, de los frentes de combate. Esa dialéctica se pone hoy por encima de lo Único Real y apasionadamente cierto: la Majestad del Uno y la belleza de lo manifiesto cuando el hombre es capaz de verlo por su propia calidez y su aureola, y no como un objeto (histórico) de uso. El Islam no es nunca un instrumento, no es algo que usar y que nos llevará a "la liberación de las naciones o los pueblos". El Islam es la conciencia de que lo indestructible permanece siempre ahí en todo aquel que sepa reconocer su pertenencia al Uno. Belleza manifiesta y Majestad oculta que se encuentran en el corazón del hombre que ha superado la dualidad y sabe penetrar por esa brecha de la Realidad donde se muestra todo como un signo de Al-lâh, y no como un suceso únicamente histórico.

Nadie piensa en la Revelación, y en lo que significa. Los ulemas y los poderosos han hecho del Libro un espejo de sus ansias de control, de su miedo a la Verdad Creadora, constantemente abierta a nuevas interpretaciones. Han confundido el fiqh con la Sharia y han hecho del Islam una religión idolátrica, cargada de preceptos y manías, una religión que se reduce a unos cuantos signos de identidad: manos cortadas, barbas, velos y mezquitas. Si ese Islam fuese luz el Shaytán no lo hubiese alcanzado. El machismo y el patriarcalismo (ambos completamente contrarios al Dîn del Islam) están tan presentes en las sociedades que se llaman "musulmanas" que nos provoca náuseas. Hay países en los cuales hombres con barras de hierro meten a otros hombres en las mezquitas a la hora del salat. En Yemen se encierra a una mujer embarazada y sin marido hasta que haya parido. Luego una multitud la mata a pedradas, a no ser que un viejo adinerado quiera "adquirirla" como cuarta esposa. En Sudán se trafica con esclavos negros. En muchos países se lapidan a las adulteras. Pakistán se llama a si misma "República Islámica" y tiene una deuda externa que alcanza los 36.000 millones de dólares. Ha puesto a toda la población a trabajar para la banca. Los wahabbíes prohíben a los musulmanes mezclarse con los no-musulmanes. Dicen que son Kufar, sin haberlos conocido, por el simple hecho de no llevar una barba a la medida. Hay un moralismo exacerbado, totalmente contrario a la posibilidad de actualización de la Palabra. Muchos justifican el asesinato de civiles. La corrupción es norma. Las masas adoptan esa falsa religión sin cuestionarla, convertida en una ideología del odio y de la diferencia, de la exclusión y del enfrentamiento. Su Islam se reduce a un inmovilismo que prolonga la mentira de los primeros tiempos del imperialismo omeya, cuando la realidad de la mezquita como lugar de reunión fue transformada en templo.

Pero hoy el musulmán es aquel que quiere abrirse a todas las Vías de conocimiento, aquel que reconoce en todo su pertenencia al Uno. En el mundo futuro, tal y como lo contemplo desde la hendidura, el musulmán sincero deberá interesarse en todas las culturas, y no solo en el Islam histórico. Deberá ser capaz de reconocer que los profetas del antiguo México son profetas del Islam. Que Buda es un hombre sometido, que el Tao Te King es un libro inspirado por Al-lâh. Deberá recordar a su Señor en todo, incluso deberá aceptar que eso que llaman "ateísmo" no es sino la destrucción de toda idolatría, y que sus enemigos son tan solo los exclusivismos religiosos, nacionales o raciales. El musulmán ha de quedar como el hombre de lo abierto, capaz de recibir nuevas revelaciones, de vivenciar el Libro como si descendiese aquí y ahora.

Hemos hablado del Islam, del lamentable estado de la Ummah. Es hora de decir que algo similar ha sucedido con la democracia: ha caído en poder de los las grandes corporaciones financieras, que se han apoderado de todos los medios de difusión para propagar el "pensamiento único", junto al "monoteísmo de mercado". Pero nosotros sabemos que occidente es en muchos sentidos el producto de una larga búsqueda de la justicia, una búsqueda una y otra vez truncada por los intereses económicos y por la tiranía, capaz de adoptar todas las máscaras y de adaptarse a todas las creencias. Desde el momento en que aceptamos la usura estamos dando paso a grupos de presión, a la acumulación de capital en unas pocas manos, un capital que juega con la debilidad del hombre, compra conciencias y busca la guerra como el gran negocio. El falso Islam y el falso Occidente están destinados a quemarse el uno frente al otro. Allahu Akbar. Hacemos du’a por los inocentes, pero sabemos que Al-lâh los llevará consigo.

Lo indestructible permanece. Los musulmanes quedan como los hombres del encuentro, que reniegan de los exclusivismos, que busca a través de una hendidura ese "sabor" de rahma que recorre todo lo creado. No hay nada esencialmente malo en ningún sitio. Solo la idolatría nos destruye.

Baraka Al-lâh wa Rahma.

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