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Terrorismo, televisión y sed de venganza

17/09/2001 - Autor: Norman Solomon - Fuente: www.zamag.org
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Imagen conflicto-darfur-sudan.blogspot.com
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Miramos fijamente la pantalla de televisión intentando comprender el sufrimiento provocado por el terrorismo. Mucho de lo que vemos es monstruoso pero real; una terrible angustia y dolor.

Al mismo tiempo, somos testigos de un fraude sistemático en los medios de comunicación. "Los grandes triunfos de la propaganda no se logran haciendo algo, sino absteniéndose de hacerlo" observó Aldous Huxley tiempo atrás. "La verdad es valiosa, pero aún más valioso, desde un punto de vista práctico, es el silencio sobre la verdad."

Un silencio rigurosamente selectivo invade las crónicas de los últimos días de los medios informativos. Para los políticos de Washington, la utilidad práctica de este silencio es enorme. En respuesta a la masacre cometida por los secuestradores, la moralidad de la acción militar de los EE.UU. se hace manifiesta, siempre y cuando su doble moral no sea revelada.

Mientras los equipos de rescate desafiaban el intenso humo entre apocalípticos escombros, el analista de ABC News, Vincent Cannistraro, se encargaba de poner en contexto los hechos para millones de televidentes. Cannistraro es un antiguo alto cargo de la Agencia Central de Inteligencia (Central Intelligence Agency, CIA) responsable de las operaciones de la CIA con la Contra nicaragüense durante los primeros años ochenta. En 1984 pasó a formar parte del Consejo de Seguridad Nacional (National Security Council, NSC), donde se convirtió en el supervisor de la ayuda encubierta a las guerrillas afganas.

En otras palabras, Cannistraro tiene un largo historial como patrocinador de terroristas: primero, los soldados de la Contra que rutinariamente asesinaban civiles nicaragüenses; después, los rebeldes mujaidín de Afganistán, entre los que se encontraba Osama bin Laden.

¿Cómo puede un viejo socio de terroristas denunciar de forma creíble el "terrorismo"? Es fácil. Lo único que hace falta es que la información en los medios de comunicación se mantenga dentro de una especie de limbo a-histórico en el que no hay cabida para ninguna faceta de la realidad que no interese admitir en ese momento.

En su libro 1984, George Orwell describía la dinámica mental necesaria: "Este proceso ha de ser consciente, pues, si no, no se verificaría con la suficiente precisión, pero también tiene que ser inconsciente para que no deje un sentimiento de falsedad y, por tanto, de culpabilidad (...). Decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar, y luego, cuando vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido sólo por el tiempo que sea conveniente, negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber que existe esa realidad que se niega.... todo esto es indispensable."

El Secretario de Estado Colin Powell denunció a "aquellos que creen que con la destrucción de edificios y el asesinato de personas pueden llegar a alcanzar objetivos políticos." Estaba describiendo a los terroristas que habían atacado a su país horas antes. Pero Powell al mismo tiempo estaba ofreciendo una adecuada descripción de una ilustre escuela de altos cargos en Washington.

Sería inusitado escuchar un comentario sobre este tipo de hipocresía en cualquiera de las principales cadenas de televisión de los Estados Unidos. Sin embargo, está claro que los políticos de EE.UU. creían poder "alcanzar objetivos políticos" con "la destrucción de edificios y el asesinato de personas" cuando lanzaron misiles contra Bagdad o Belgrado.

Tampoco hay ningún medio de comunicación nacional que esté haciendo mucho por informar sobre los ataques estadounidenses que fueron pregonados como "represalias" antiterroristas, tales como el lanzamiento de 13 misiles de crucero, un día de agosto de 1998, contra la planta farmacéutica Al Shifa en Jartum, Sudán. El ataque, que privó a un país empobrecido de medicinas urgentemente necesitadas, fue una atrocidad cometida (en palabras del analista político Noam Chomsky) "sin un pretexto verosímil, acabando con la mitad de los suministros farmacéuticos y probablemente matando a decenas de miles de personas."

Nadie sabe el número exacto de víctimas causadas por la grave interrupción del suministro de medicinas en Sudán, añade Chomsky, "porque los EE.UU. bloquearon una investigación de las Naciones Unidas que nadie está interesado en proseguir."

El escrutinio por parte de los medios de comunicación de las atrocidades cometidas por el gobierno de los EE.UU. es infrecuente. Sólo ciertas crueldades merecen nuestra atención. Sólo ciertas víctimas merecen nuestra empatía. Sólo ciertos crímenes contra la humanidad merecen nuestras lágrimas.

"Esta va a ser una monumental lucha del bien contra el mal" proclamó el presidente Bush. Las reacciones en los medios de comunicación a tal retórica han sido abrumadoramente favorables.

Pero las conmovedoras voces presentes en las ondas estadounidenses no son ni más ni menos importantes que aquellas voces que nunca hemos escuchado. Hoy, las víctimas del terrorismo en Estados Unidos merecen nuestra más profunda compasión. Del mismo modo que la merecen las lejanas víctimas de los Estados Unidos, seres humanos cuya humanidad ha pasado inadvertida para los medios de comunicación norteamericanos.

Detrás de esa omisión se esconde una arrogancia nacionalista compartida por la prensa y el estado. Pocos fueron los sorprendidos cuando la revista Time afirmaba en su edición del 10 de septiembre, "los EE.UU. se encuentran en uno de esos afortunados - y raros - momentos históricos en el que pueden moldear el mundo a su antojo." Esta actitud sólo puede acarrear una sucesión de desastres.

* Traducido por Eneko Sanz y Lidia Gutiérrez
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