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La Irresponsabilidad de la Prensa

15/09/2001 - Autor: Uthman Mendoza - Fuente: Verde Islam 17
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Al día siguiente de los atentados, y teniendo la misma información que nosotros —todos somos consumidores de televisión— la prensa española prácticamente en bloque estaba señalando al mundo islámico, unos de forma descarada y otros de una manera más velada.

Si un terrorista irlandés hubiera hecho eso a nadie se le hubiese ocurrido acusar al ‘mundo católico’ como culpable, como albergador de ninguna ‘trama’, ni alimentaríamos el odio indiscriminado hacia todos los católicos del mundo. Pero eso es precisamente lo que hacen los medios de comunicación, siendo así los transmisores (a veces sin saberlo) de la incomprensión y de todos los estereotipos.
Nosotros somos musulmanes, seguimos la senda del Islam porque creemos que es la mejor vía de entendimiento entre todas las naciones, un entendimiento que no pasa por imponer un modelo monolítico de vida sino por el reconocimiento de nuestra pertenencia al mismo origen increado. La palabra musulmán designa al hombre que reconoce dicha pertenencia y se somete a Al-lâh, la Realidad inabarcable. ‘Musulmán’ no designa, en la mente del occidental, nada más que a un hombre armado y con barba que vive en el desierto o tiene su guarida entre las montañas. Casi nos da vergüenza tener que decirlo, pero nuestros compatriotas muestran hacia el Islam una incomprensión rayana en lo increíble, y aún sabiendo —¿o no lo saben?— que hay unos 1.200 millones de musulmanes en el mundo, insisten en propagar la imagen que a ciertos poderes les conviene.

No es posible en estas líneas desenredar semejante ‘trama’, sólo quiero decir que una traducción posible de la palabra musulmán es la de “pacificador-pacificado”, siendo por ese carácter pacificador un hombre activo en su comunidad y, como hombre pacificado, aquel que se entrega a la Unidad como Absoluto. Siendo así y viviendo según estas premisas, se nos hace imposible pensar que un musulmán realice un acto semejante de barbarie al que vimos suceder el martes, pero ya dije que somos 1.200 millones, y es normal que una comunidad tan inmensa, al verse constantemente denostada y vulnerados los derechos de muchos de sus miembros, genere unos cuantos individuos que clamen venganza. Creo que eso, aún siendo injustificable, puede ser comprensible para todos.

Sabemos que el ser humano es conducido a veces hacia callejones sin salida donde explota como un endemoniado. La cultura de la violencia nos da pruebas a diario de ello, y nosotros solo pedimos que no se prejuzgue desde aquí a todos los musulmanes por eso, por una situación que a muchos nos desborda y paraliza. ¿Es posible que esos países que se llaman a sí mismos civilizados se lancen a semejante campaña de despropósitos como los que estos días hemos visto? ¿Es posible que nos metan a todos en un saco?

Es cierto que el Islam es incompatible con el capitalismo cuando éste se basa en la destrucción y en la guerra. Es cierto que el Islam propone una vía de paz contraria al expansionismo de cualquier imperio, que propone un modo de vida ajeno al consumismo y a la explotación indiscriminada de recursos, que propone una vía de encuentro que no quieren comprender los poderes, atareados en buscar nuevos consumidores, en fomentar la competencia despiadada y la codicia. Pero estos son débiles soportes.

Algunos ejemplos de la prensa

Quisiera ahora realizar un breve comentario sobre esos periódicos, siempre comprendiendo que entre sus muchas páginas pueden haberse colado a veces opiniones imprudentes, ajenas al talante democrático que los caracteriza.
Las informaciones son muchas, tantas que estamos desbordados. Sólo hemos escogido dos ejemplos superfluos entre los muchos posibles. Y créanme cuando les digo que hay algunos aterrorizadores, que dan ganas de dejar de llamarse Abdelkarim o Ahmed. No creo tener que insistir en ello, pues existe ya en la mente de miles de personas una asociación entre las palabras ‘terrorismo’ e ‘islámico’ que, por decirlo suavemente, nos preocupa. Se trata de una asociación instintiva, como en uno de esos experimentos conductistas en los cuales se le da una descarga eléctrica a un ratón cada vez que se le ofrece el queso.

En la edición del martes de El País, en la misma portada, leemos sobre los atentados: “con el claro sello del conflicto árabe-israelí”. En un artículo interior de Carlos Mendo se dice lo siguiente: “la política de represión de Ariel Sharon, basada en la táctica de asesinatos selectivos de eventuales terroristas, sale reforzada en la conciencia popular por los atentados de Nueva York y Washington”.

Son éstas palabras muy graves, por lo menos imprudentes. ¿Por qué se asocia el asesinato sin juicio de “eventuales terroristas palestinos” a un atentado cometido por no se sabe aún quién? Estamos abriendo las puertas a la justificación de la barbarie y a la represión más impune, pues todo el mundo puede llegar a ser un ‘eventual’ terrorista para el poder que nos gobierna, y ya sabemos que a todos los poderes a los que se les da una posibilidad de eliminar a sus opositores no dudan en emplear ese poder hasta sus últimas consecuencias.

La sociedad occidental se ha salido ya hace mucho tiempo de los marcos de la legalidad aceptando situaciones como estas, que ahora se presentan como una posibilidad a gran escala, sin velos y a la luz del día. Lo de la “conciencia popular” se refiere, sin duda, a la opinión pública, pero en su aspecto de conciencia, en su lado más sensible. Esa sensibilidad herida parece justificar el terrorismo de estado para nuestro periodista, que así únicamente contribuye a que esa opinión pública se insensibilice y acepte la barbarie como algo mecánicamente lógico.

El diario ABC ya incluía, en su portada del miércoles y como titular, la frase “el terrorismo islámico ataca a occidente”, dando por hecho una autoría que ni siquiera había sido afirmada con claridad por las autoridades estadounidenses. En su interior leemos titulares estremecedores: “el fanatismo integrista islámico ha arrastrado al mundo a una crisis similar a la que provocó el ataque japonés a Pearl Harbor...”, participando así en la difusión de esa especie de paranoia guerrera que se ha adueñado de nuestra sociedad. Lo cierto es que parecen no recordar que en los últimos años han habido matanzas igualmente abominables que no han suscitado más que un pequeño comentario piadoso. Pero claro, en ese caso se trataba de cuasi-seres-humanos, de tercermundistas y no de ciudadanos del mundo ‘civilizado’. La diferencia de trato y de importancia dada a unos muertos sobre otros es abominable. Para nosotros la sangre de todos los hombres es la misma, vale lo mismo en su pureza incuestionable de criatura.

Las alusiones a Pearl Harbor en ABC han sido constantes estos días, aún cuando aquí no hay enemigo japonés sino unos fantasmales terroristas que anidan como excusa de todas las batallas. Eso se vió confirmado ampliamente al día siguiente, cuando leemos: “Los Estados Unidos en pie de guerra”, mientras en su editorial se anima a una escalada bélica “contra el integrista islámico” para el cual “la democracia es una forma de impiedad que despoja a su Dios de Su poder en provecho de las criaturas humanas; el capital financiero y el judío que ocupa la tierra sagrada expresan el poder maligno que debe ser exterminado”.
Para combatir a esa concepción es necesario, claro está, firmeza moral y todo lo alejada posible del pensamiento débil, de “la debilidad moral de nuestros dirigentes”.

El clima bélico ha sido minuciosamente preparado, casi al detalle. En la portada de La Vanguardia se nos dice: “Bush prepara la guerra con apoyo de la OTAN”. Se trata de “una lucha monumental entre el bien y el mal”.

Nos aproximamos hacia una Guerra del Golfo a gran escala, siendo el Irak de ayer todos los países de mayoría musulmana. ¿Se trata de convertir a Oriente Medio en un inmenso Irak, es decir, en un campo de concentración?

La aplastante lógica de la maquinaria bélica está adueñándose de todos los corazones, está jugando a través de la prensa a los soldados, amenazando acabar con millones de personas del modo más cruel posible: jugando al tiro al blanco. Los poderes tienen que probar sus nuevas armas y ¿qué mejor blanco que esos musulmanes “fanáticos miembros de una religión fanática” que se interponen en el camino de la globalización y la uniformidad?

No debemos permitir que eso suceda, y apelamos a la conciencia (sensible) de los periodistas, tanto como a su código ético para que no se dejen arrastrar por este espíritu de guerra.

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