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La Rendición Global

Todo terrorismo es, antes que nada, un crimen contra la humanidad

15/09/2001 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Verde Islam 17
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edificios derrumbándose
Edificios 5

Millones de seres humanos se han rendido a los pies de una imagen devastadora, una imagen que aniquila la más fecunda capacidad de imaginar, que hace difícil precisar la cifra nefasta de la muerte porque nos hace presentir a las otras víctimas, a esas otras imágenes sucesivas de guerra y venganza desproporcionada que los poderes están ahora dibujando para lavarle la cara al símbolo maltrecho, para recuperar mediante la cirugía el corazón herido del american way of life. La imagen recuerda ese arcano antiguo del Tarot, la Torre herida por el rayo, la Torre de Babel, y otros símbolos escatológicos.

Millones de espectadores atónitos ante la imagen de la destrucción inevitable, del Talión revivido —sobrecogidos en la repetición incesante de una sola imagen que pone en peligro su sentido de la realidad— asumen sin poderlo evitar los mensajes y consignas de la ideología única, la sola palabra que tiene hoy poder para definirlo todo, a amigos y enemigos. Esa imagen nos ha mostrado a todos por un lado el error de cálculo de Francis Fukuyama, que había preconizado el fin de la historia, y por otro el triunfo a todas luces de las tesis de Huntington, el inevitable enfrentamiento entre un mundo rico y civilizador y otros mundos arcaicos y retrógrados que se empeñan en mantener sus culturas oponiéndose al paso de la apisonadora global.

Aunque es cierto que hoy la disidencia y la autocrítica tienen muy poco peso en el seno de las sociedades del bienestar, se han levantado voces y plumas alertando a la dormida ciudadanía de los aviesos intereses que se esconden tras las bambalinas del poder económico y militar. No han sido los musulmanes quienes más han alertado del peligro que supone dar una carta blanca a Estados Unidos para que continúe con más fuerza la cruzada que hace ya tiempo emprendió contra el Islam en todo el mundo.

El propio Fukuyama ha salido a la palestra y habla de los acontecimientos del World Trade Center como de un revulsivo que puede sacar a los estadounidenses de su desinterés por las cuestiones políticas y llevarlos a una mayor conciencia de los problemas reales que existen fuera de sus fronteras. O sea, que considera los hechos como una “lección saludable” que provocará cambios significativos en las relaciones entre Estados Unidos y el mundo exterior. Según afirma este analista, estamos ante el fin del aislacionismo y la relajación que han generado dos décadas de bonanza económica, pero el principal cambio será de naturaleza psicológica cuando dice:

“Quizás así la primera potencia se convierta en una nación más normal y corriente, en el sentido de estar sujeta a unos intereses determinados y a una auténtica vulnerabilidad, en lugar de estar convencidos de que son capaces por sí solos de definir de manera unilateral la naturaleza del mundo en el que viven.” Financial times, 15-6 septiembre 2001.

Todo esto nos habla de la complejidad de una situación que, por supuesto, no se ha resuelto ni podrá resolverse mediante la guerra, porque de lo que se trata en definitiva es de una confrontación entre quienes defienden la guerra como medio, la alientan y la expanden y quienes la sufren y están convencidos de que la solución no es precisamente la escalada militarista.

No sólo Estados Unidos, sino todas la potencias supervivientes de la Guerra Fría, encarnan concepciones expansionistas y de dominio. Los primeros están ahora en plena cresta de la ola y son reconocidos por todos los demás como líderes indiscutidos del proyecto de ordenación global. Se pactan las condiciones de la guerra igual que se pactan las condiciones de la paz, desde la desigualdad, desde la amenaza de los que son más fuertes, de esos que ahora tratan las cuestiones comerciales que se derivarán previsiblemente de la prometida venganza. Mientras, el capital internacional abre a China las puertas de la Organización Mundial del Comercio —China llevaba décadas aspirando a ello y lo ha conseguido dos días después del atentado, en plena paranoia de ‘reordenamiento’ global— garantizándole su parcela en el nuevo reparto a cambio seguramente de su neutralidad ante la traca que viene.

Entretanto, los medios de comunicación van construyendo poco a poco la narración de la guerra como fenómeno inevitable para frenar el avance de la amenaza islámica, presentada a los televidentes con todos los rostros posibles de la crueldad y del atraso. Se ha señalado al Islam y a los árabes con dedo acusador, incluso antes de poderse probar la autoría de estos hechos execrables, incluso antes de que se produjeran los atentados, día a día, informativo tras informativo, durante años.

La misma debilidad de la acusación contra los autores y las otras interpretaciones —se han hecho análisis que apuntan a la extrema derecha norteamericana, al narcotráfico, al capital internacional y al sionismo, no sólo en Oriente Medio sino en muchos medios de comunicación occidentales— son cuestiones que, de momento, permanecen cuidadosamente envueltas por la estrategia norteamericana en espera de una versión definitiva y consensuada que se emitirá oficialmente una vez que Estados Unidos sepa realmente hasta dónde puede llegar.

Se puede especular sobre argumentos posibles que puedan interesar a este orden nuevo y reluciente como el acero. Argumentos que pasan por demostrar la amenaza que el Islam supone para la civilización. Para ello no están ahorrando esfuerzos en la construcción de una imagen religiosa. En los documentales que están emitiendo las televisiones sobre Usamah Ibn Laden, éste aparece siempre investido de un aura mesiánica capaz de conmover a las almas de los fanáticos, con la legitimidad necesaria para llamar al Yihad a todo el mundo islámico, ser reconocido como el Mehdi y arrastrar a millones de musulmanes a un seguro holocausto. Existe la necesidad de acabar con el Islam porque es el último baluarte de oposición significativa al proyecto global. Para ello es necesario denigrarlo, ensuciarlo y hacerlo irreconocible, de una manera realmente hipócrita.

En lo que sí coinciden muchos analistas es en alertar de los peligros de la nueva situación, y en señalar a sus beneficiarios y perjudicados.

Algunas consecuencias

Se refuerza la legitimidad de la cultura de la guerra en nombre de la civilización y frente a la barbarie. Pero ya desde hace tiempo, mucho tiempo, se está diciendo que la barbarie es el Islam, una forma de vida deformada y distorsionada por la ideología de los medios de comunicación hasta la saciedad. Se ha trabajado intensamente durante los últimos años en condicionar a los ciudadanos occidentales para que relacionen naturalmente al Islam con el peligro, con el terror, con la amenaza. Se ha definido así a un enemigo que puede estar en todos sitios, que vive incluso entre nosotros, en los suburbios de las grandes ciudades europeas y americanas, que puede amenazarnos en cualquier esquina, un enemigo que quiere justificar de forma rotunda la propuesta de un estado policial global a la manera de Orwell o Huxley.

Ese estado policial es el que necesita el nuevo orden para poder llevar a cabo la expoliación definitiva de los recursos que aún quedan en el planeta. El atentado de New York es el cierre de la definición, su nihil obstat.

Israel tiene ahora las manos libres para cerrar el cerco a los palestinos. ¿Quién alzará ahora su voz contra la verdadera barbarie, una barbarie legalizada y legitimada desde sí misma, desde su propio poder? ¿Quién detendrá ahora el genocidio que se viene perpetrando sin interrupción desde hace siglos contra los desposeídos, contra los pobres de todos los lugares del mundo? ¿Quién osará plantarle cara a una humanidad monstruosa que ya ni siquiera puede reconocerse a sí misma en una cultura, en una ética ni en una espiritualidad?

Israel está ahora en un momento muy delicado. Desde el asesinato de Isaac Rabin las cosas han cambiado mucho en esa tierra. La irrupción de Sharon, acusado de crímenes contra la Humanidad y calificado de genocida durante la Conferencia contra el Racismo de Durban, en la explanada de las mezquitas hace unos meses también ha formado parte del guión. El viejo sueño del sionismo de reconstruir el templo sobre la explanada de las mezquitas podría hacerse pronto realidad, coincidir incluso con la fiel reconstrucción de las torres caídas, alarde tecnológico de la nueva era que irá tomando cuerpo a medida que se supere la recesión.

Es cierto que el panorama es sombrío. La conciencia crítica, el librepensamiento residual que aún pueda quedar entre los escombros del World Trade Center no tiene el peso ni la influencia suficientes para llevar adelante un proceso de autocrítica que pudiera reconducir a esta forma de vida a su propia continuidad, no tiene fuerza para oponerse al pensamiento único, arrogante y autoritario.

Hasta nuestro presidente Aznar, imbuido de esa misma ideología única, ha definido el ataque terrorista no como una agresión contra la Humanidad, sino contra la democracia y la libertad, parafraseando su discurso antiterrorista nacional.

Todo terrorismo es, antes que nada, un crimen contra la humanidad. Luego podremos definir su expresión política según nuestra ideología o nuestra forma de pensar. Es una zafiedad decir que los musulmanes no sentimos compasión por esas víctimas inocentes que han muerto en número tan elevado. Los musulmanes de todo el mundo somos sensibles a la muerte gratuita y a la injusticia y luchamos contra ellas, cada uno en su Yihad, que no es esa Guerra Santa fanática y sanguinaria que ahora se perfila en los medios de comunicación, sino la lucha interna de cada uno para resolver el conflicto, el compromiso de cada ser humano con la verdad. Sentimos un enorme pesar por las víctimas y consideramos a este horrible atentado como uno de los mayores crímenes contra la Humanidad que han tenido lugar en esa Historia que ahora parece contradecir a Fukuyama.

Víctimas son los ciudadanos de multitud de procedencias, etnias y nacionalidades que estaban en las torres, los militares y estrategas del Pentágono que perecieron allí, pero esas víctimas, cuyas cifras e imágenes están siendo cuidadosamente manejadas, no deben ocultar a su vez al grueso de las víctimas habidas y por haber, que se presienten muchas.

Ya se ha definido el escenario y se ha condenado a un pueblo, a los afganos que llevan sumidos en la pobreza y la guerra tantos años, que tantas pruebas de entereza han dado, que tantas geoestrategias han soportado en forma de guerra civil y empobrecimiento. Todo ser humano al que quede un poco de conciencia de la realidad debería oponerse con todas sus fuerzas al crimen que ahora se está perpetrando contra un pueblo castigado e inocente de lo que ahora se le imputa desde el poder.

La imagen del horror, de la amenaza y el miedo no deberían insensibilizarnos ahora que se está llevando a cabo el siguiente capítulo del genocidio. Esa conciencia residual debe —ahora o nunca, por el alcance de las posibles consecuencias— posicionarse en contra de la verdadera barbarie, de la barbarie que quieren imponernos legalmente a todos, a los enemigos y a los aliados, por la fuerza y sin rechistar.

Hashim I. Cabrera: artista plástico y director de la revista Verde Islam

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