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Jutba sobre assirât almustaquîm

14/09/2001 - Autor: Seyyed az-Zahirí
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Surat Al Fatiha. Imagen abenyusuf.wordpress.com
Surat Al Fatiha. Imagen abenyusuf.wordpress.com

Los ídolos son falsos porque son aquellas imágenes que se codifican sustituyendo a Allâh. Las imágenes que cada uno se hace de su modo de servir a Allâh no son ídolos sino una parte necesaria de la apertura.

Se trata de intuir un lugar que nos es propio, de intuir el camino recto (el sirat almustaquîm) como un mandato recibido directamente de Allâh. Un modo que nos es absolutamente propio es aquello que Allâh quiere de cada uno de nosotros, y ese modo no es sino desarrollar nuestra capacidad al máximo. Es evidente que hay algo que nos está destinado, que "se nos da bien" y hacia lo cual tendemos de inmediato.

El mundo tradicional ofrecía tal vez menos variedad de vías pero era más preciso. Cada uno podía insertarse en el entramado social de un modo propio, sin grandes crisis de crecimiento y de conciencia. Hoy en día existen múltiples caminos, pero no existe una noción precisa de lo que cada camino significa. Existen caminos hechos para perderse, para gozar de la perdida, y existen caminos para desplazarse de uno mismo.

Hoy en día revientan las conciencias no sabiendo para donde tirar o que es lo que los llama, pues las voces publicitarias no dejan escuchar esa voz interior, no dejan ver los signos del camino. La educación se basa en la destrucción de esa sensibilidad que nos pone en armonía con nuestro entorno, se nos da artificio y se nos pide que devolvamos artificio, y es por eso que el joven desespera: la educación, la falta de nociones sobre camino recto recibidas directamente de su entorno, lo han traicionado.

Frente a los caminos de la dispersión están las religiones y las teologías. Estos son los largos caminos de la moral y la renuncia, que nos ofrecen un consuelo no inmediato. En el mejor de los casos esas nociones no son más que consejos o proverbios, consignas consabidas de "rectitud moral", normas de comportamiento básico y distante. Pero eso no tiene nada que ver con assirat almustaquim.

El camino recto es el camino directo. Esto es muy sencillo, a la medida de lo verdadero: no hay camino más recto que aquel que va directo del Señor al hombre, pues Él es lo más cercano, está, según el hadith, más cerca de ti que tu vena yugular, y en ese "más" hay una clave de comprensión que nos desarma. Debemos notar una cosa: el camino recto es siempre un atajo, algo que nos permite ir directamente a nuestro centro sin pasar por los largos caminos de las doctrinas y los catecismos, sin tener que obedecer a ninguna autoridad externa. Enderezarse es dirigirse directamente a Allâh, aprenderse a comunicar desde uno mismo con lo Real. Es renunciar a los mediadores que pretenden hacernos fácil el camino, que quieren guiarnos. Pero para el musulmán la única guía infalible proviene de Allâh, aunque haya gentes bien intencionadas, amigos que aconsejen... todo eso está muy bien mientras no traten de usurpar la función que nos es propia.

Eso es así porque a Allâh no "se llega" por el entendimiento: la diferencia es evidente: a Allâh no se lo puede poner delante, entender y manipular como a un objeto. No se puede "decir" lo que le dice a cada uno por el simple hecho de que Él no está nunca delante. Está, por así decirlo, "dentro" de las cosas, pero no es las cosas, se manifiesta en todo pero no es nada de todo eso en lo que se manifiesta. Él nos habla con un lenguaje diferente, con el lenguaje de los signos, y allí está el Qurán como testigo. Él, en Su infinita misericordia, ha puesto en nuestro mundo cotidiano las señales, los signos y las luces que nos reclaman. El musulmán mira al mundo y es su sensibilidad lo que lo hace ir por un lado o por otro, y ese sentido no se lo puede dar nadie: es una sensación, ilógica si queréis, pero cargada de sentido.

¿Cómo vamos a creer en el sirat almustaquîm sino es viendo al mundo como lugar de la revelación, donde Allâh se revela, se muestra a los hombres? Eso es de suma importancia, una importancia que nos reclama una atención constante. No podemos despreciar ninguna de las manifestaciones de la rahma, pues tal vez detrás de ella está esa señal que Allâh nos envía. En la senda del Islam prevalece la apertura, el abrir los oídos y los ojos del corazón a todo lo que vive, a los florecimientos de la rahma, incluso si esta florece como terremoto o como incendio.

Debemos renunciar a nuestras ideas convencionales de lo bueno y de lo malo y aceptar la Realidad tal y como se presenta. A lo mejor, si se nos quema la casa es una señal de Allâh, por doloroso que parezca, y debemos andar hacia otra parte... El Islam no te consuela, te invita a someterte a lo Real como única posibilidad de no alienarte, de no refugiarte en doctrinas de la salvación y el intercambio, a aceptar la muerte, las aparentes desgracias como acciones que Allâh ha llevado a cabo, y sólo Él sabe el porque.

A lo mejor os parecerá que estoy diciendo una salvajada, pero lo que en verdad quisiera que retuvieseis es lo siguiente: en la vida es todo Mensaje. El mundo, tal y como lo vivimos, es el mismo Qurán en otro plano, en otra dirección. Leer el Qurán, recitarlo, tratar de comprenderlo y de adentrarse en sus simbolismos, en su naturaleza eterna, es algo necesario para facilitarnos la lectura del mundo, nuestra penetración en lo Real, en la Realidad que nos envuelve. El Qurán es una guía hacia el camino recto, una guía cuya lectura y recitación pausada está destinada a provocar en el hombre una resonancia interminable. Debemos "resonar" con él, volver a escuchar la voz de los orígenes, de nuestro comienzo en lo Absoluto. Y para eso hay que aguzar los sentidos, hacerse capaz de interiorizar la fuerza de los signos, no como consuelo sino como abundancia de la rahma.

Es entonces cuando nos damos cuenta de que una verdadera educación será aquella que nos sensibilice para escuchar esos signos con los cuales Allâh nos está hablando. Una sensibilidad extrema hacia todo lo que le rodea es el signo del creyente bien guiado. Pero hoy, como sabemos, la sensibilidad es algo bastante desprestigiado, que se asocia con un ego llorón o con una debilidad del hombre. Pero la sensibilidad, evidentemente, tampoco tiene que ver exactamente con el ego, ni con la sensiblería, sino con la infancia, con esa apertura instintiva hacia las cosas que caracteriza al niño. Por eso decimos que los niños están en fitra, porque no han sido "adultados", convertidos en adultos, que es casi como decir "adulterados".

Cada día le pedimos a Allâh que nos guíe por el camino recto, y sabemos que ese camino nos dirige a lo Real, nos lleva a penetrar la Realidad con todo nuestro cuerpo y nuestro aliento, con nuestro ser de aire y nuestro ser de fuego, con nuestras naturalezas terrestre y acuosa hermanadas en el barro: ni demasiado sólido (pues nos inmoviliza) ni demasiado líquido (pues nos desharía). Somos naturaleza y lo real nos llama: nos reclama con una insistencia absoluta. El musulmán escoge, simplemente, lo Real frente a lo ficticio, y eso no es tan difícil de precisar, si lo pensamos lentamente.

Se comprende que el sirat almustaquim es impensable sin saber que Allâh se comunica directamente con cada uno de nosotros. Ese pensamiento nos llena de alegría, nos colma y nos otorga una responsabilidad inmensa. Quiere decir que Allâh nos está hablando ahora mismo a través de algo, quizás un sonido que viene de la calle, quizás un niño que llora, quizás una intuición que nos dice que estamos perdiendo el tiempo, que tenemos a nuestro padre enfermo y requiere de cuidados, no lo sé... Todo eso no es tan difícil de discernir si nos fijamos. Lo difícil es hacer de eso algo permanente, la guía de tu vida, de todas tus acciones.

Es necesario recordarlo a cada instante: estamos por algo y para algo, debemos realizar una acción determinada. Para hallar esa acción determinada nos es necesario recogernos, separarnos del ruido (del dunia). Ese ruido embrutece: embota los sentidos, hace que nuestro oído se pierda los sonidos más preciosos, que nuestro ojo se desvíe de lo luminoso hacia lo llamativo. En el ruido somos aplastados, perdemos nuestra sensibilidad innata.

La acción de recogerse es lo que nos permite ir encontrando en nosotros mismos el modo de penetrar la realidad, de escapar a las determinaciones sin sentido. Nos permite recobrar el gusto, recobrar el tacto, la visión, el olfato. Recogerse en la salat es romper con ese ruido que hemos mencionado. La salat es la fuerza de la ummah, es aquello que hace que los musulmanes seamos hombres libres, capaces de encontrar en la intimidad de los sentidos, en el recuerdo de nuestro origen absoluto, una determinación hacia lo abierto.

Vamos al islam con todo nuestro ruido encima, con nuestras fantasías y las agresiones de un entorno concebido para aplastarnos. Hacemos wuyud, recitamos la fatiha, nos postramos con el recuerdo de Allâh, recobramos nuestra dimensión adámica de criatura y nos levantamos ante Allâh. Surgimos de la salat como hombres capaces de afrontar nuestro presente cotidiano. Eso es importante: la salat es algo cotidiano, no el sueño de grandes cambios, de nuevas fantasías, sino la determinación de enderezarse lentamente, de ir puliendo nuestras vidas al mandato de lo interno, de irnos acercando poco a poco al Creador, en la simple medida en que es posible.

Nuestro acto de culto, nuestra ‘ibada, es la conciencia de nuestro papel trascendente en el mundo. La repetición de unos determinados gestos, de unos actos cada día, tienen una fuerza impensable, nos hacen salir de lo disperso e insertarnos en el entramado global, cósmico de la vida.

Solo oponiendo una visión adámica del hombre, como algo que tiene su origen en Allâh, podremos volver a enraizarnos rectamente, a ocupar nuestro lugar en el "cosmos cotidiano". Una imagen de uno mismo en cuanto a siervo, la imagen del creyente en cuanto a creador es aquello que la situación nos exige, pues precisamente se han perdido los mecanismos de inserción social, se nos lleva mecánicamente a un "afuera" donde seremos devorados.

Nosotros oponemos la salat a la técnica como instrumento de dominación de las conciencias. La salat es ese momento de intimidad con nuestro Señor, del cual nace la conciencia del camino. No se trata de una oposición ideológica, sino cosmovisiva: se trata de la visión de la capacidad del hombre por guiar su vida, de un vínculo del hombre con el todo que no es el de la guerra por la supervivencia, y, lo más importante: se trata de la capacidad de transformar lo Real, de hacer que lo Real suavemente recomponga sus rasgos ante nuestros ojos de criatura que despierta. Se trata de adorar, de transformar el mundo de azar mecanicista en la maravillosa obra de un Creador que nos responde si sabemos llamarlo rectamente. Y ese llamado es una escucha, el desarrollo del sentido de la escucha más allá de lo aparente.

Se podrían decir muchas cosas sobre assirat al mustaquim, cosas sin duda más valiosas que estas. Podríamos hablar de la belleza interna de la frase, de la cadencia y de cómo adquiere una musicalidad propia, un cálido seseo, de como se desenvuelve en nuestro paladar cada vez que la pronunciamos... Hay una sensualidad en esta frase que nos hace acceder a nuevos desarrollos, y no puedo evitar desarrollar un pensamiento, una intuición que me parece luminosa.

En otro lugar hemos dicho que el mundo, y el desarrollo de la vida, no es más que el trayecto que el Uno realiza hasta el Uno, un recorrido que envuelve las galaxias, que nos incluye sin devorarnos, dejándonos espacio para un aliento separado, para una sensación de ego, de ser un individuo. Esa posibilidad que tenemos de ser, de existir como algo separados del Uno es lo que nos permite adorarle, realizar el acto para el que estamos destinados.

Pero, si nos damos cuenta, el verdadero trayecto de todo desarrollo es un mero estar presente dentro de ese trayecto intradivino. Allâh va de si mismo a si mismo, realiza un trayecto, pero ese trayecto no lo mueve. Permanece siempre en movimiento pero no está sujeto a ninguno de los accidentes de desgaste que nosotros vivimos con el tiempo. Él es preexistente y preeterno, no lo abarcan los cielos ni la tierra. Lo que quiero hacer notar es que, enfrentados a la realidad illahica nos damos cuenta de que nuestro movimiento es aquello que realizamos para seguir el movimiento celeste de los mundos.

El hombre que sigue el sirat almustaquîm se acompasa a las órbitas, es el hombre que vive en el presente eterno del desarrollo illahico del mundo. En verdad no se mueve, realiza ese mínimo acto cotidiano de adaptarse al Unoindual como vasallo. Todo va desde un punto hacia otro punto, y ese punto es el mismo. Todos los trayectos transitan en Allâh, por Allâh, hasta Allâh. Es un pensamiento que gustamos como liberación, como una bendición inigualable.

¿Qué es pues assirât almustaquîm? En primer lugar un desarrollo posible, el único desarrollo que nos es absolutamente propio, que no nos desvía de nosotros mismos. Una posibilidad de transitar por lo aparente sin ser presa de la causalidad que nos devora, del mecanicismo de la mercancía. La posibilidad de una causalidad en lo incondicionado.

En segundo lugar una certeza: la certeza de que todos los desarrollos conducen a Allâh, surgen del Uno para ser disueltos en el Uno tras haber trazado el círculo de adoración que les es propio, como esas estelas fugaces que dejan en el cielo un signo que proclama su pertenencia a lo incondicionado, signo de identidad que cede y se disuelve, de una fugacidad que alcanza la respuesta.

De todo lo mucho que se podría añadir solo quiero, para terminar, destacar una cosa, por su importancia trascendente de cara a la ummah, a la comunidad humana: si nos fijamos en la expresión árabe veremos que la palabra "Íhdinâ" es plural. Quiere esto decir que el camino recto es siempre solidario: el hombre, para realizarse, se realiza junto a otros, debe buscar a otros hombres según su rectitud, interactuar con ellos según su pertenencia a la misma Creación bendita. No hay aquí posibilidad al solipsismo, a la soledad del eremita, ni a la santidad artificial de los que "huyen del mundo".

En el Islam el dunia, el mundo que se huye y hay que evitar, es el de la dispersión y el abandono de los lazos de solidaridad que unen a los hombres. El sirat almustaquim pasa por el mundo, por un mundo no únicamente nuestro sino compartido. El Qurán alKarim nos invita: "¡Gastad!". Quiere eso decir que desbordemos nuestros dones, que no retengamos nada de lo que nos ha sido dado. Si queremos a alguien debemos decírselo, debemos regalarnos, estar constantemente compartiendo dones, alimentos, bellezas, pensamientos... todo aquello que nos ilumina se hace real si es compartido. Existe una tradición según la cual Rasuluallâh —sâllallahu ‘alâihi wa sâllam— dijo que una cosa no nos pertenece hasta el momento en que seamos capaces de entregarla. Nada vale si no es compartido, pues compartir es reconocer nuestra pertenencia a algo más grande que nosotros. Así pues el Islam nos invita a entregar nuestras vidas a Allâh, para que ellas, verdaderamente, lleguen a ser nuestras, y no de los poderes mediáticos que acosan al hombre.

"Vía directa" es, precisamente, lo que significa "Sharî’a": la ley islámica, la protección que Allâh, el Rahmân el Rahîm, ha otorgado a la ummah para que dentro de ella todos podamos "andar" el sirat almustaquim de una forma plena, sin que intereses espurios interrumpan la relación personal del uno con el Único, reclamándole al hombre lealtades y conductas innobles, que no forman parte de nuestra naturaleza inmediata.

Allâh nos ha hecho depositarios de Su confianza, y solo devolviéndole esa confianza, teniendo imân, es como no podemos perdernos. Él corregirá nuestros errores si somos sinceros. La acción que nos está destinada es el despliegue de nuestra presencia como acontecimiento teofánico, donde el Unoindual se manifiesta.

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