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Fe Versus Îmân

¿Por qué traducimos Imân por Fe?

01/09/2001 - Autor: Abdelwahid Houri al Kurtubi - Fuente: Verde Islam 16
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Como nos ha demostrado sobradamente nuestro hermano Abderrahmán Muhámmad Maanán, el îmân no es la fe. El árabe es un idioma muy puro, lo suficiente como para poder deducir una palabra del sentido de los términos a cuya familia pertenece. Ninguna de las palabras de la familia hamsa-m-n tiene que ver con “la aceptación de una verdad que no podemos comprobar racionalmente”. Veámoslas una por una para, finalmente, esbozar una traducción adecuada en castellano del término árabe îmân.

Amân

Era costumbre entre los árabes antes del Islam, cuando alguno de sus reyes era derrotado por otro y veía amenazada su vida y la de los suyos, el que acudiera despojado de sus galas ante el vencedor y se postrara en su presencia en señal de sumisión incondicionada y dependencia absoluta a la voluntad del triunfador; solicitaba de este modo que se le concediera asilo y seguridad. Esto es el amân.
Al otorgar el amân, el que había vencido hacía un gesto que sólo podía proceder de su liberalidad y magnificencia, pues nada le obligaba a mantener la vida de su enemigo. El amân es, por tanto, una alianza por la que se solicita y se otorga seguridad, protección, una especie de salvoconducto. La idea aparece en el Corán:
“Cuando un idólatra te pida la protección del vencido (amân), concédesela para que pueda oír las palabras de Allah, déjale llegar a ese estado de seguridad”
(Corán: 9,6)
En las cartas que Muhámmad envió a las tribus árabes, la palabra amân es sinónimo de “alianza, conciencia que compromete y derecho que se adquiere por la vecindad”. La institución del amân continúa de hecho la costumbre preislámica del Yiwar gracias a la cual el extranjero que en principio estaba fuera de la ley desde el momento en que había abandonado a su grupo social propio, recibía para su vida y para sus bienes la protección de un miembro de otro grupo social al que no pertenecía, y en consecuencia la protección de todo ese grupo. En la Constitución de Medina, Muhámmad declaró:

“La conciencia que compromete a Allah y a los musulmanes es una e indivisible; y el derecho de vecindad otorgado a quien sea por el más humilde de los musulmanes, los compromete a todos”.

Del mismo modo, aceptar el Islam concede al individuo el derecho a una protección permanente dentro de la Umma: esto es el amân del Islam. Desde que nacemos estamos en el amân de Allah. Es Su amân el que posibilita nuestra vida. Gracias al amân, la Humanidad entera existe. Es un dato objetivo: el universo en su totalidad es expresión de esa voluntad de Allah con la que protege y da asilo a las criaturas.

Amâna

La amâna alude a algo que se confía al cuidado de otro. El Corán nos dice que Allah ofreció la amâna a las montañas y a la tierra pero que éstas rehusaron hacerse cargo de esa responsabilidad; cuando le fue propuesta al hombre, éste aceptó porque ignoraba la responsabilidad que entrañaba su amâna. El ser humano es salvaguarda de ese secreto que le ha sido confiado, es su guardián. La vida nos confía un sinfín de cosas. Nuestra capacidad para responder a eso que se pone bajo nuestra protección es lo que Allah tiene en cuenta como lealtad y fidelidad a nuestra propia soberanía. El Profeta Muhámmad dijo:

“La îmâna liman la amânata lahu wa la dina liman la ’ahda lah carece de îmân quien no tiene sentido de la responsabilidad (amâna), y no es musulmán (mû’min) quien no sea fiel a su palabra. En este hadiz, como puede verse, el Profeta relacionaba tres términos de la familia hamsa-m-n, a saber: îmân, amâna y mû’min.

Amîn

La Sira nos enseña que, ya antes de la Revelación, Sidna Muhammad era conocido en Meca con el nombre de al-Amîn, aquel que es fiel a la confianza que se deposita en él, alguien que no traiciona, a cuyo lado te sientes seguro. También en este sentido decía el Profeta que el mû’min era aquel de cuya mano y de cuya lengua su prójimo estaba a salvo. El ser humano es amînullah ’ala l-ard, ‘la persona de confianza de Allah sobre la tierra’.

Si hacemos un repaso rápido, definiendo someramente los conceptos vistos, podremos deducir el sentido general de la familia de palabras para luego dar un sentido adecuado al término îmân. Tenemos que amân es protección que te da quien tiene poder para destruirte; que amîn es ser fiable, alguien a cuyo lado te sientes protegido; y que amâna es un depósito que se confía al cuidado de alguien; por último, buscamos en el diccionario y encontramos amn: seguridad. La conclusión se nos impone por sí sola: cualquier cosa que sea el îmân no tiene nada que ver con la credulidad ni con la aceptación de dogma alguno sino que es el resultado de una entrega cuya consecuencia es sentirse seguro, protegido.
El îmân es, por tanto, la actitud del musulmán de estar abandonándose en aquello que intuye como su Señor, que es su protección y seguridad. Tan sólo esto. Nada que ver con la fe, cimentada en una serie de dogmas que carecen de racionalidad alguna y que exigen la existencia de una serie de instancias de poder entre el creyente y la Divinidad encargadas de determinar y administrar dichos dogmas. A partir de esa actitud de confiada entrega en lo que intuimos como aquello que sostiene la existencia, podemos expresar con toda la belleza que queramos las manifestaciones del îmân en el creyente. Escribe mi maestro, Abderrahmán Muhámmad Maanán:

“La palabra îmân procede de la idea de ‘estar en seguridad’, porque reconduce hacia la Verdad de todas las cosas, allí donde el hombre encuentra la calma para sus inquietudes, donde abandona sus obsesiones y se libera de todos sus fantasmas. Lo opuesto al îmân es el kufr, y éste podría describirse como una atrofia del corazón. Así pues, el îmân es la actividad propia del corazón, considerado aquí como órgano dotado de una percepción sutil de la realidad fundamentada en la sensibilidad ante los fenómenos, siendo el îmân signo de vitalidad y su ausencia señal de muerte.

El îmân es esa intuición que hace trascender al ser humano, que lo espolea ante lo profundo de la existencia y le hace aspirar a aquello que le ha despertado a la realidad, del mismo modo que los objetos sensibles estimulan sus sentidos; Allah provoca así el îmân, la facultad humana por la que Allah es reconocible, fuerza recóndita que remueve los cimientos del ser humano, que le obliga a abrir bien los ojos del corazón y que le hace descubrir realidades no visibles, espacios no imaginados.

El îmân hace posible al ser humano admirar la belleza y crea en él el afán de conquistarla, lo enamora y lo arrebata, lo desnuda de sus torpezas y le hace anhelar lo imposible y remoto. Allah es su ‘objeto’ y para ello el îmân ejerce su acción sobre un amplio campo: descubre los significados, encuentra en la multiplicidad de la existencia y de los fenómenos su unidad esencial, es decir, su sentido. El îmân interpreta la existencia en clave unitaria y empuja al ser humano, lo violenta con su nuevo saber, lo compromete.

Al igual que la visión, el oído y la inteligencia nos comprometen imponiéndonos una determinada relación con el mundo, así el îmân nos sitúa ante Allah, y nos desafía exigiéndonos una respuesta. Al ser su dominio el de la sutilidad, nos arranca del mundo, no separándonos de él sino reintegrándonos verdaderamente en él: así descubrimos que formamos parte de la Realidad, y que ésta es mucho más vasta, mucho más profunda de lo que imaginábamos, que abarca muchas más cosas y que la interrelación que hay entre todas ellas es su ley estructural. ‘Nos arranca del mundo’ en el sentido de que nos despierta de un mundo de objetos para lanzarnos a un mundo de significados, para sumergirnos realmente en la inmensidad de Allah, para hacernos percibir la grandeza de la existencia”.

Así pues, si el îmân es esto, el mû’min, el poseedor del îmân, es aquél que se entrega a la protección de Allah. En sus reducidas dimensiones, el ser humano siente que en su interior hay espacio para lo inmensurable y que lo infinito ya está en él, habitándolo, rigiéndolo, moviéndolo: Allah es ese irremplazable torbellino que reside en los adentros del corazón, y a aquél que se asoma a ese vertiginoso abismo es a quien en árabe se llama mû’min. Ese asomarse a las profundidades del corazón, el îmân, engrandece al mû’min, y haciéndole espacioso interiormente le hace inmenso. Esto es lo que pretende el Islam.

El musulmán sabe que está en comunicación con todo; su individualidad no le engaña sino que le hace participar con conciencia de la Existencia. Por eso no tiene miedo a confiarse, a entregarse al amân de Allah: a esto se le llama îmân. El îmân no es fe, no es aceptación de doctrina, sino vivencia en la seguridad de Allah. El musulmán sabe que es Allah el que está detrás de todos los fenómenos, que si el agua satisface su sed es porque es parte del amân de Allah. Y así con todo. La conciencia que tiene del amân de Allah lo llena todo, y se confía sin reparos a Lo que lo sostiene todo. Imân es confianza en la vida, esa confianza con la que vive el hombre su fitra.

El kafir es aquél que cree en la ficción del ‘aislamiento’; es el que busca el amân en las cosas dispersas que sólo pueden satisfacerle parcialmente, y que, por lo general, acaban defraudándolo. El îmân no es el fruto de una actividad intelectual como lo es la fe; no es una aceptación de misterios sino que es sumergirse en la vida —transparencia de Allah— que podemos vivir en nuestra experiencia cotidiana.

La amâna del hombre fue el mundo, con todo lo que contiene. Nuestros cuerpos, nuestras familias, nuestros trabajos, el Islam, la Naturaleza..., cada segundo que vivimos es una amâna. Allah lo ha puesto todo bajo nuestra responsabilidad. Cada una de esas amânas supone una posibilidad de abrirse, de engrandecerse.

Rechazarlas es retrotraerse ante la vida, esconderse, huir de nuestro proyecto de ser. Aceptarlas es emprender una lucha, con todas las dificultades que ello implica, con derrotas, pero con la satisfacción de ir haciéndonos cada vez más conscientes de Allah como realidad interior de nuestro corazón. Como dice Allah en un célebre hadiz qudsi:

“No me abarcan ni los cielos ni la tierra, pero me contiene el corazón de quien se abandona a Mí (mû’min)”.

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