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Arabia Saudí (2): Problemas de integración y fuerzas de cohesión.

27/08/2001 - Autor: Xavier de Planhol
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El Hiyaz. Es el problema «fundador». ¿Cómo encajaron en ambiente liberal, abierto y sutil de las ciudades santas la ruda ley wahhabí, el dominio de los rústicos beduinos? De hecho, la riqueza eliminó reticencias y borró escrúpulos. Cuando apareció el maná del petróleo, sólo en el Hiyaz había personas educadas, en contacto con el extranjero desde la época del imperio otomano, aptas para las relaciones exteriores y los negocios. El Hiyaz proporcionó una parte considerable, desproporcionada con respecto a su población, de los diplomáticos, burócratas y tecnócratas del país. Su burguesía hizo gala de una lealtad oficial e interesada a la realeza wahhabí, no exenta de segundas intenciones. Su papel al servicio del estado saudí recuerda, mutatis mutandis, al de los coptos de Egipto: un alarde de diplomacia, un sentimiento íntimo de superioridad y una cooperación mutuamente beneficiosa. Por lo tanto, las amenazas o peligros para el régimen no podían surgir del Hiyaz.

Problemas de integración: los nómadas.

Llegaron de fuera, del lado de los fundadores del estado saudí, de los que pretendían encarnar sus valores genuinos. No resultó nada fácil doblegar a los beduinos, someterlos a la autoridad que se establecía. El primer episodio de la pacificación interna fue la disolución y dispersión de los ijwan, fuerza de conquista que no tenía lugar en un estado organizado. En los últimos años de lucha habían llegado a ser demasiado tumultuosos, y llevaron la inseguridad a la frontera con Iraq, provocando bombardeos de la aviación británica. Sus jefes, que habían sido compañeros fieles de Ibn Saud en su aventura, no dudaron en sublevarse dos veces, en apelar a los teólogos de la secta para que condenaran innovaciones censurables como los automóviles y su uso militar, y en reclamar la continuación de la guerra santa. A partir de 1930 sus unidades fueron disueltas, y fueron obligados a quedarse a vivir en sus campamentos, que se habían multiplicado. El rey mandó que les construyeran casas, y unos campesinos militarizados labraron tierras para ellos el primer año. Luego les abandonó a su suerte de veteranos más o menos pensionados. Pero los nómadas estaban decepcionados y amargados, y en su corazón conservaban un fuerte odio a los extranjeros y a los idólatras.

Este era solo un aspecto de un movimiento mucho más amplio de senderización dirigida que venia aplicando desde hacía tiempo el jefe wahhabí. Había comenzado en 1910 con una política de creación de centros fijos llamados hiyra hégira»), cimentados por la ideología wahhabí. El objetivo era controlar a los beduinos y crear unos focos de cristalización de la fe reformada. Muchos de estos hiyra fracasaron por completo. Otros se desarrollaron, como Artawiya, 250 kilómetros al noroeste de Riyad, y Gatgat, 30 kilómetros al oeste de la capital. Al mismo tiempo se desarrolló una primera fase de la evolución del nomadismo. La base era la pacificación, con la supresión de las razzias. Los beduinos, que ya no pudieron cobrar el «impuesto de fraternidad» a los de los oasis, perdieron parte de sus recursos. Al mismo tiempo se declararon de dominio público las tierras de paso, con lo que desaparecieron los territorios propiedad de cada tribu. De todos modos, el nomadismo no se vio muy afectado por estos factores indirectos de evolución. El gobierno prodigaba una ayuda generosa cuando había carestía, y los interesados recuerdan este periodo como una «época feliz» del nomadismo, en la que había seguridad y libertad para aprovechar los recursos.

A partir de 1960‑65 empezó la segunda fase. En esta ocasión la voluntad de crear un estado moderno, cada vez más apremiante, sí que tuvo una repercusión profunda en el nomadismo. Se procuró consolidar la sedentarización mediante el desarrollo de la agricultura, el acondicionamiento de pozos antiguos y la perforación de otros nuevos, que permitió la creación de parcelas de 5 a 10 hectáreas para todos aquellos que las reclamaran, unas parcelas que pasaban a ser propiedad del colono a los tres años de explotación de la cuarta parte como mínimo, de la superficie, según los principios del derecho islámico de cultivo de la tierra. Por otra parte, la creciente prosperidad de los beduinos les llevó a buscar empleos asalariados. Muy exigentes a la hora de elegir profesión, encontraron algunas ocupaciones compatible con su sentimiento tradicional de superioridad. Primero en los portes (como conductores de camiones y taxis): así podían conservar la movilidad, con su correspondiente fachada social. Luego en los empleos militares, que les proporcionaban el prestigio de las armas y la autoridad.

La motorización general de los nómadas tuvo profundas repercusiones. El proceso se desarrolló con mucha rapidez durante este periodo (de 14 campamentos estudiados en 1974‑75, 13 poseían 1 vehículo y 3 tenían 2), y se aceleró a principios de los setenta (en el grupo estudiado, la primera compra de un vehículo para un campamento se había producido 10 años antes, 3 campamentos habían comprado el suyo 4 años antes, 2 campamentos 2 años antes, y por último 6 campamentos el año anterior al estudio). El vehículo, que a veces se pagaba con la venta de ganado (entre la mitad y la tercera parte del rebaño, según los casos), pero por lo general con el salario o el sueldo de un miembro del grupo familiar ampliado, quedaba a disposición del campamento a cambio del cuidado del ganado de su propietario.

Ante todo tenía un valor simbólico de adhesión a la modernidad. Actualmente el automóvil goza del prestigio que antaño tuvieron la montura y sus arreos. La costumbre de hacer carreras de caballos o camellos en el desierto se ha mantenido con los automóviles. Todo esto, que también se puede aplicar a la población sedentaria es mucho más notorio en la nómada. Gracias al automóvil se ha conservado la identidad beduina, la satisfacción de sus viejas aspiraciones de independencia, de movilidad, de ostentación. Pero las consecuencias económicas también han sido espectaculares en cuanto a la evolución de las prácticas ganaderas y de nomadismo. El automóvil ha proporcionado a los beduinos mucha más movilidad. Después de las lluvias envían una furgoneta a reconocer los mejores pastizales, y así pueden desplazarse inmediatamente al lugar más adecuado. Este uso del automóvil, del que fueron pioneros los ruala del desierto arabosirio después de la Primera Guerra Mundial, se ha generalizado. Pero hoy también se utilizan vehículos para transportar el ganado a más de 100 kilómetros de distancia, aunque con los animales más débiles, ovejas preñadas y corderos, la distancia tiene que ser menor.

El automóvil también ha liberado al ganado de la servidumbre del agua. Los rebaños pueden quedarse en los buenos pastos, lejos de los abrevaderos, ya que les llevan el agua en automóvil, en toneles, depósitos o camiones cisterna. Con los vehículos también pueden llevarles complementos alimentarios (sorgo comprado en los mercados). La motorización, por último, ha impulsado la comercialización de los productos, sobre todo de la carne (corderos de 12 a 18 meses u ovejas viejas que ya no sirven para la procreación, y también dromedarios machos), ya que la leche no se vende nunca (pero sí la mantequilla y el queso, cuando sobra leche). La ganadería ha aumentado mucho con respecto a la de dromedarios, que ya no se usan tanto como antes para el transporte y el trabajo (el agua de los pozos se sacaba con dromedarios, pero ahora se hace con de motor). La elevación del nivel de vida también ha favorecido a los ovinos, cuya carne es más apreciada, lo mismo que la monetarización creciente, pues las ganancias proporcionadas por su venta son más rápidas.

Fue así como los beduinos, en una primera etapa, se convirtieron en productores de carne, todavía nómadas, pero ya plenamente integrados en la sociedad económica global. (un dato interesante es la transformación de sus viviendas. Las bandas de tela que forman el techo de la tienda (fliy) ya no las suelen tejer las mujeres beduinas, sino que se compran en mercados urbanos y proceden de Siria, lo cual indica que la condición y el papel de las mujeres en los campamentos, que ya apenas tejen, está cambiando rápidamente. En una segunda etapa las tiendas negras tradicionales han sido sustituidas por tiendas blancas de lona, siguiendo el modelo de las tiendas de las obras públicas. Todo esto no es más que el comienzo de una fijación espontánea y general. El primer paso suele consistir en que el hombre busca trabajo en la ciudad mientras la familia cuida el ganado. Alrededor de las ciudades siempre hay una fuerte concentración de campamentos nómadas.

La fijación también se produce junto a una explotación agrícola, casi siempre alrededor de los pozos tradicionales de veranada o cerca de ellos. En estos casos los desplazamientos otoñales se reducen a un radio de unos treinta kilómetros alrededor de las casas, para que los niños puedan ir a la escuela, aunque cuando hay lluvias excepcionales pueden producirse desplazamientos importantes. En esta fase suele aparecer una disociación familiar, con un hermano, por ejemplo, cultiva la tierra, mientras que otro sigue practicando el nomadismo. Por último, tras la sedentarización completa, persiste un periodo más o menos prolongado de nomadismo en el desierto con un rebaño pequeño, que no se mueve durante el resto del año. A veces los grandes propietarios que viven en la ciudad poseen rebaños que se desplazan todo el año, guiados por pastores asalariados. El agua y el forraje, cuando hace falta, se les lleva en camiones. Esta ganadería capitalista y absentista, basada en la máxima movilidad y motorización para aprovechar lo mejor posible las posibilidades del medio y las lluvias, es la forma más elaborada de integración de los beduinos en una economía en rápido desarrollo.

No todos los nómadas, por supuesto, se han adaptado de una forma tan satisfactoria. En los primeros años de sedentarización, antes de que el gobierno prodigara los subsidios, e incluso después, el proceso se llevó a cabo por los mecanismos clásicos de pauperización, y la fijación conllevó una indiscutible degradación social.

Un ejemplo significativo se ha descrito en el valle del uadi Fatima, en el escape del Hiyaz entre La Meca y Yidda. Entre 1950 y 1970 se fundaron aquí once aldeas pertenecientes a cinco tribus distintas. Casi todos sus habitantes eran nómadas empobrecidos que habían perdido su ganado por diversas razones y habían optado por el cultivo alrededor de unos pozos que al principio llegaban sin problemas a un manto de inferolux poco profundo. Se formó así un paisaje agrícola de minifundios (8 propietarios, 2 de ellos absentistas, y 33 explotaciones de 0,8 a 2 hectáreas para un total de 39 ha cultivadas, en una aldea tipo de 46 familias y 203 habitantes), pero estos asentamientos resultaron ser muy inestables, debido a que el nivel del acuífero bajó mucho con las captaciones sucesivas. Hoy sólo pueden perforar pozos los empresarios con capitales bastante elevados, sean o no propietarios del suelo (en el segundo caso venden el agua a otros propietarios), aunque la explotación está asegurada por los aparceros pobres.

Esto explica que la vida beduina conserve sus atractivos, y que el número de siga siendo elevado. La verdad es que resulta casi imposible de calcular, en un país donde nunca se ha hecho un censo digno de este nombre. En 1974 el gobierno saudí calculó que había 1,1) millones de beduinos, la cuarta parte de la población, y el plan para 1975‑1980 preveía un descenso del 2 % anual. Esta cifra estaba hinchada. Se ha podido demostrar en el caso de la provincia de Arabia Central (que incluye Riyad).

Oficialmente, el número de nómadas en esta provincia ascendía 163.000. Pero las autoridades locales, que como en toda Arabia Saudí tienden a hinchar las cifras de población, habían exagerado las cifras para dar importancia a su distrito. Muchos beduinos fueron contados dos veces, en la ciudad donde durante parte del año, y en el lugar donde pasaban el verano o tenían sus cultivos. El autor del estudio llega a la conclusión de que la cifra real se sitúa entre la tercera parte y la mitad la cifra oficial. Es uno de los poquísimos casos en que los nómadas, lo general subestimados escandalosamente en los censos, están sobrevalorados.

¿Cómo han evolucionado estos efectivos? ¿Cabe esperar una parición, o si acaso una marginación del nomadismo en un plazo menos corto, en este país que tanto le debe? Es difícil dar una respuesta de valor universal, debido a los contrastes que encontramos entre las aspiraciones de los distintos grupos e incluso de las categorías de edad dentro del mismo grupo.

En 1977 se hizo una encuesta detallada, con motivo de las «campañas de verano» de los servicios gubernamentales (sobre todo sanitarios y educativos), que se ponían en contacto con los nómadas durante sus dos meses de concentración junto a los pozos. Los 208 cuestionarios se repartieron entre tres grupos: uno de al‑Morra, grandes nómadas de la «media luna vacía» del sureste (véase más adelante), otro de Dawasir de Nayd, que también nomadizan a larga distancia, y el tercero de Bani Zayed, de la región costera del suroeste, pastores con un radio de acción mucho más corto que ya estaban parcialmente sedentarizados y practicaban la agricultura. En total el 53 % de los entrevistados cultivaban en mayor o menor medida, el 23 % tenían casas, y el 44 % vehículos automóviles, porcentaje que se elevaba al 90 % entre los dawasir. Los beduinos aceptaban plenamente las medicinas modernas y generalmente aspiraban a que sus hijos recibieran una educación, aunque no parecían muy dispuestos a sacrificarse para ello. En total sólo el 12 % se declaraban contrarios al asentamiento, pero este porcentaje podía ser engañoso, ya que los entrevistados pertenecían a grupos con los que se había tenido contacto durante las «campañas de verano», y por lo tanto a priori más proclives que otros a este modelo de integración. La proporción de nómadas contrarios a la sedentarización subía al 21 % en los grupos que se desplazaban a grandes distancias (38 % entre los dawasir y 10 % entre los al‑Morra, diferencia probablemente debida a que los primeros habían comprado muchos vehículos, que les permitían adaptarse a la vida moderna y lograr cierta prosperidad sin renunciar a su modo de vida tradicional). Otro aspecto interesante era que el deseo de asentamiento aumentaba en los beduinos más viejos, quienes al parecer aspiraban a tener un descanso. En cambio los jóvenes, que estaban sobresocializados y mantenían el ideal ancestral de los nómadas, basado en la virilidad y el honor, eran mucho más reticentes. Esta actitud de las jóvenes generaciones augura una supervivencia prolongada del modo de vida beduino.

Este modo de vida no es incompatible, ni siquiera en el caso de los nómadas puramente camelleros que viven en pleno desierto, con una integración social y psicológica satisfactoria en el estado moderno, que se puede lograr con el servicio en la Guardia Nacional. El ejemplo de los al‑Morra, representativo de esta categoría, es muy significativo.

Esta tribu, que en 1970 contaba con unos 15.000 miembros, posee un territorio muy extenso, el más extenso con diferencia de los territorios tribales de Arabia. Va desde Nayran, en el suroeste, que se considera su lugar de origen, hasta los sectores oriental y central del Gran Erg de Rub al‑Jali, cuyo borde sur marca su frontera. Hacia el norte incluye los erg de Dahna y Yafura, que son apéndices por este lado del Gran Erg, y su límite tradicional por el norte son los oasis de Hasa, aunque en realidad sus migraciones de invierno pueden llegar hasta Kuwait y el sur de Iraq, en los territorios de otras tribus. Los pozos sobre los que reclaman derechos exclusivos (una veintena de pozos mayores en el centro y este de Rub al‑Jali y en todos los márgenes septentrionales del Gran Erg) están repartidos entre Nayran y Hasa. Este territorio casi nunca es visitado por otras tribus, salvo a veces el borde norte del gran Erg, donde también poseen pozos algunas fracciones exteriores. Por su parte, ellos se adentran con frecuencia en los territorio de otros grupos de la región de Nayran, al norte de Hasa o al este del erg de Yafura.

Los al- Morra crían sobre todo camellos (un promedio de 50 reses por familia en la fracción estudiada), los que a veces se suman unos cuantos corderos y cabras. Su vida se divide en tres estaciones. El verano (de principios de junio a mediados de septiembre, por término medio) es el periodo en que se concentran junto a los pozos del margen septentrional del Gran Erg. Entonces las manadas, divididas en cuatro grupos (camellas con crías recién nacidas, camellas aún lactantes con crías lechales de entre 8 meses y año y medio, camellas preñadas, camellos machos y otros animales), se separan más o menos según las necesidades de agua de cada grupo. Durante el otoño (de mediados de septiembre a mediados de diciembre) los animales beben menos y se dispersan por el Gran Erg para aprovechar todos los pastizales disponibles. Por último, el invierno es la estación de una migración grande (de 600 a 700 kilómetros) y rápida (quince días) al norte, hasta Hasa o incluso más allá, desde el comienzo de las lluvias, que allí se presentan mucho antes que en el centro y el sur de la península. El regreso se realiza más despacio en abril y mayo. Los al‑Morra son «nómadas por excelencia», según la expresión del que los estudió (nomads of the nomads). En total sólo poseen cuatro oasis con palmerales muy descuidados y sin poblados permanentes.

Estos rudos beduinos han sido muy reacios a los intentos de asentamiento dirigido que se han producido en varias ocasiones.

Los primeros tuvieron lugar en el marco de la política de sedentarización de los ijwan. En Yabrin, su principal oasis, se fundaron hiyra dos veces, y una vez en cada uno de los otros tres. No tardaron en ser abandonadas. También fracasó casi por completo el proyecto de integrarles, a principios de los sesenta, en el proyecto conocido como «del rey Faisal». Después de varios años de sequía que afectó mucho a los beduinos, la superación consistía en instalar a 1.000 familias nómadas, el 90 % en al‑Morra, repartidas en ocho aldeas con 4.000 hectáreas de tierras preparadas para el cultivo, en un sector situado entre Riyad y las ciudades industriales de 1 lasa, que debían proporcionar los mercados para la producción agrícola. En 1970, cuando el proyecto estaba muy avanzado, sólo dos linajes de al-morra se habían beneficiado de él, lo que obligó a recurrir a otros elementos humanos para seguir adelante con un plan que, evidentemente, no se adaptaba bien a la mentalidad beduina.

Hubo en cambio algunos conatos de sedentarización espontánea, pero fueron muy limitados.

Entre ellos cabe citar los poblados de chabolas, ejemplo clásico de asentamiento por empobrecimiento. En los años sesenta había tres, uno de ellos junto a la carretera de Riyad a Dhahran, con una treintena de familias de distintos linajes. La mitad de ellas conservaban las tiendas y el ganado, y las mujeres y los niños seguían practicando el pastoreo de primavera, mientras los hombres hacían trabajos asalariados en una cercana. Al parecer los al‑Morra prefieren esta clase de asentamiento a instalarse en una ciudad, en contacto con los sedentarios. A partir de 1960‑1965, y gracias a la creciente prosperidad que proporcionaban las rentas petroleras, los salarios más altos se invirtieron en la perforación de pozos profundos y la construcción de casas en los oasis tradicionales, lo cual supuso un asentamiento de nivel social más alto.

Los grandes castillos de adobe edificados durante el periodo de sedentarización dirigida de los ijwan, que se encontraban en un estado más o menos ruinoso, fueron ocupados de nuevo en esta época como lugares de reunión estival por los trabajadores que volvían en verano junto a las concentraciones de tiendas. Los nómadas, utilizando mano de obra Yemen, construyeron casas con habitaciones y cocinas separadas para las mujeres y salones de café para los hombres. En ellas se celebraban las festividades de verano y las familias rivalizaban en generosidad a la hora de ofrecer el café tradicional. Sirvieron para marcar las diferencias sociales entre los jefes del linaje (que adoptaban el título de Amir al-hiyra y brindaban una hospitalidad ostentosa en sus viviendas de fábrica), los nómadas de nivel social medio (que también pasaban en casas parte del verano), y los pobres (que aún vivían en tiendas). Estos últimos, aún respetados, compartían cierta aura con los jefes de linaje, relacionada con la práctica del modo de vida ancestral, pero ya empezaban a parecer anticuados. De todos modos el movimiento espontáneo de asentamiento chocó con la pureza tribal absoluta de tres de los oasis. Sólo en el de Yabrin se mezclaba gente de distintas procedencias. Las familias dirigentes de cada asentamiento querían conservar esa pureza, y temían sobre todo que los obreros yemeníes se afincaran de modo permanente.

Pero también existe una alternativa social al asentamiento que garantiza la permanencia del nomadismo de los al‑Morra, compaginándolo con una participación ejemplar, pero simbólica, en el estado moderno. Se trata del servicio militar en la Guardia Nacional, una integración flexible pero que da mucho prestigio. Los beduinos aún se consideran soldados del Islam. Se llaman a sí mismos instrumentos militares del Islam, moyahidin. La verdad es que muchos de ellos viven de su paga de soldados, y de este modo se insertan en la estructura social económica del país. No se ha olvidado el decisivo papel que tuvo el movimiento belicoso de renovación en el nacimiento de Arabia Saudí. Su expresión institucional moderna es la Guardia Nacional.

Probablemente es la fuerza militar más eficaz de Arabia Saudí, y sus filas sólo sirven nómadas. El ejército propiamente dicho, que es de creación reciente, recluta a sus miembros sobre todo entre la población tribal de Hiyaz, y está dirigido por una administración burocrática que depende del Ministerio de Defensa y Aviación. La Guardia Nacional es mandada directamente por un hermano del rey, y es independiente de las burocracias ministeriales. En cierto modo se puede decir que es el ejército

particular de la familia real. Ha evolucionado a partir de los ijwan, pero presenta notables diferencias con ellos. Los ijwan estaban acantonados en sus propios territorios tribales, mientras que los nómadas que sirven a tiempo completo en la Guardia Nacional, se concentran en campamentos situados en las inmediaciones de las principales ciudades del reino. Generalmente no son oriundos de las tribus autóctonas de los territorios donde están acantonados, y aunque la mayoría de los miembros de una unidad de la Guardia pueden proceder de una misma tribu, siempre hay miembros de otras tribus en ella. Cierto número de al-Morra sirven de forma permanente en la Guardia Nacional. Algunos de los que se afincaron recientemente en Yabrin ocupan puestos importantes. Pero como grupo los al‑Morra han ingresado sobre todo en la sección de reserva de la Guardia, mandada por el jeque de la tribu, cuyos acuartelamientos están en sus territorios.

Sirven de puntos de reunión la tribu. De hecho, las reuniones de la Guardia son las únicas ocasiones en que se juntan los linajes. Nadie es automáticamente miembro de la Guardia, y no todas las familias están representadas en ella. Los linajes estrechamente emparentados con el del jeque tienen una representación mayor que los otros, aunque todos estén representados. Ninguno de los otros dos linajes dirigentes de los al‑Morra tiene representantes en la sección de reserva, aunque sí en la Guardia Nacional permanente. En los acuartelamientos de la sección de reserva cada linaje posee uno o varios dormitorios contiguos, y sus miembros van a un comedor común. Cada grupo tiene un jefe del mismo linaje, y el jeque (amir) dispone de ayudantes de su propio linaje, incluso de su familia. La organización de la sección de reserva es, pues, inseparable de la estructura tribal, y garantiza su mantenimiento. Aunque el acuartelamiento esté dividido según las filiaciones, los ejercicios de las unidades activas son mixtos (se juntan cinco o seis linajes distintos), y las unidades de diferentes orígenes se disuelven y sus miembros se mezclan para la ocasión. En tiempo de paz la única actividad habitual de la sección de reserva consiste en reunirse una vez al mes para cobrar la paga. Pero a veces los al‑Morra son movilizados para el servicio activo, sobre todo en la frontera con Yemen. Aunque los guardias disponen de sus sueldos para comprar en los mercados urbanos (sobre todo en el de Hofuf), a veces el linaje decide disponer de los de sus miembros, sobre todo para modernizar los pozos de uso común. En este caso las familias que no tienen ningún miembro en la Guardia gozan del mismo derecho que las demás a utilizar el pozo. Los sueldos también sirven para pagar el precio de la sangre u otros perjuicios, repartidos de acuerdo con el número de individuos alistados en la Guardia.

Cabe preguntarse cómo es posible que estos pastores tengan tantos hombres disponibles para el servicio militar. En realidad, en todas las unidades nómadas hay más hombres válidos de los que se necesitan para pastorear. Siempre ha sido así. Antiguamente buena parte de ellos permanecían siempre más o menos inactivos, listos para las razzias. El servicio en la Guardia Nacional es como un sustituto de aquéllas, en una época en que el estado ejerce su autoridad y reina la seguridad. La organización de esta milicia nómada también permite conservar la identidad tribal, protegiéndola del desmembramiento que se produciría inevitablemente en las presentes circunstancias económicas. Brinda a los jóvenes nómadas la oportunidad de aprender oficios nuevos, con las técnicas de manejo de las armas modernas, y de integrarse en la sociedad saudí en mejores condiciones que los obreros sin cualificar o los conductores, las otras dos posibilidades que tienen. Por último, asegura la lealtad de los beduinos al estado, al tiempo que le proporciona a este último una base militar muy segura. Gracias a este original sistema Arabia Saudí, pese a los rencores y frustraciones generados por el severo sometimiento de los ijwan, ha podido resolver el problema nómada en unas condiciones materiales y psicológicas muy satisfactorias. Los beduinos, lejos de ser un peligro para el estado, se han convertido en uno de sus más fieles apoyos.

Problemas de integración: los shiíes de Hasa.

En cambio, la minoría shií del noreste del país sí que constituye una amenaza potencial, encubierta pero temible. Este viejo problema, que siempre fue grave, lo es todavía más hoy, puesto que con la explotación petrolera de Hasa se ha convertido en el foco principal de riqueza del país, y se encuentra en una situación estratégica delicada, en la costa del golfo y cerca del Irán shií posrevolucionario. Nadie conoce el número exacto de shiíes. Los cálculos de los observadores a comienzos de los años ochenta variaban de 200.000 a 440.000 personas, y en 1985 parecía plausible la cifra de 350.000 en una población total de seis millones de personas, es decir, cerca del 6 %. Sea como fuere, no cabe duda de que es una fracción importante de los habitantes de la provincia de Hasa, actualmente quizá la tercera parte, proporción que podría llegar a la mitad de la población de Hufuf y al 95 % de la de Qatif, en la costa.

Esta proporción va disminuyendo a causa de la llegada de personas de otras partes del país, atraídas por la industria. En efecto, en los años cincuenta se calculaba que los shiíes eran la mitad de la población de la provincia. De todos modos sigue habiendo un bloque compacto, que alcanza a los shiíes del sur de Iraq, heredero directo del periodo de preponderancia shií en el estado de los buyíes (siglos X‑XI), que en todo Hasa forma el estrato antiguo de la población. En efecto, Hasa es mucho más «iraquí» que «árabe». Es el «país de los arenales y los pantanos», donde la presencia a escasa profundidad de un horizonte impermeable y compacto acerca a la superficie el agua de los mantos por los que se desplazan hacia el noreste de la península las precipitaciones infiltradas en la cobertura sedimentaria del zócalo, conforme a la pendiente estructural de este último.

Este paisaje de abundantes manantiales y grandes palmerales más o menos entremezclados con mantos de agua estancada, se parece mucho más a los extensos pantanos del sur de Iraq que a las grandes extensiones arenosas, pedregosas y yermas del centro de la península Arábiga. No es extraño, pues, que los geógrafos más sagaces lo consideren ein ganz unarabisches Bild (Wissmann): un cuadro que no tiene nada de árabe, carente por completo del romantic lure of unknown que tanto atraía a Doughty y Philby durante su exploración del Nayid o la «media luna vacía».

No obstante, en el transcurso de los siglos han ido llegando beduinos procedentes de las tribus del interior, sunníes, que forman indiscutiblemente una clase social dominante, superpuesta a los shiíes de los oasis. No hay muchas aldeas mixtas, y en ellas los shiíes son casi siempre minoritarios. En cambio se dan muchos casos de fundación reciente de aldeas shiíes por minorías oprimidas que se han marchado de las aldeas de mayoría sunní. Los grandes propietarios de los oasis de Hasa son tradicionalmente sunníes, excepto en Qatif, que está en la costa, donde no ha habido inmigración nómada y la clase dirigente sigue siendo shií.

Esta superposición seguramente es el resultado del dominio wahhabí, que se extendió a Hasa en repetidas ocasiones: primero de 1792 a 1818, luego de 1830 a 1872 (con una interrupción entre 1837 y 1843), y el definitivo a partir de 1913. Al principio se caracterizó por una feroz opresión. Para los wahhabíes, cuya doctrina se basa en el Dios único, los shiíes, con su veneración de tumbas y mausoleos de santos personajes, son la quintaesencia de la heterodoxia, rayana en el politeísmo. Durante la primera dominación wahhabí sobre las regiones shiíes del noreste de Arabia y el sur de Iraq, las tumbas fueron sistemáticamente arrasadas, y Karbala fue devastada. El segundo estado saudí no fue mucho más tolerante, y durante la tercera dominación wahhabí los ijwan persiguieron con saña a los shiíes, y sólo fueron aplacados por la intervención de Ibn Saud, interesado en ganarse a sus nuevos súbditos.

De todos modos, en enero de 1927 el rey no tuvo más remedio que publicar en Riyad una fatwa que obligaba a los shiíes a la conversión o el destierro. Su victoria definitiva sobre los ijwan le dispensó de aplicarla, y el shiismo volvió a ser tolerado en privado, pero no en público. La condición social de los minoritarios siguió siendo muy inferior. Se calcula que en los años setenta el 25 % de los obreros de la ARAMCO eran shiíes, pero los miembros de esta comunidad estaban totalmente excluidos de los puestos directivos de la empresa. En la misma época en Arabia Saudí sólo había un shií con un puesto de rango ministerial. Los shiíes seguían estando marginados en la economía. Hofuf y Qatif eran poblaciones descuidadas y arcaicas, a diferencia de Dammam y Yubail. Los shiíes se quejaban de que el estado se había olvidado de ellos, y de que les trataban peor que a los judíos. Pero hasta entonces, si exceptuamos algunas protestas ocasionales, permanecían callados.

La revolución iraní lo cambió todo. En los años setenta y ochenta hubo manifestaciones que degeneraron en tumultos. Ante el peligro de sabotaje de las instalaciones petroleras el gobierno saudí, tras una enérgica represión, cambió ostensiblemente de política, optando por la zanahoria sin soltar el palo. En 1980, después de una visita del rey Jalid a Qatif, se hizo un esfuerzo considerable de equipamiento y desarrollo de la provincia. En la actitud saudí hacia los shiíes, que hasta entonces se había guiado por criterios religiosos, prevalecieron las consideraciones políticas y el interés del estado, con vistas a su integración. Aunque parece controlado, el problema sigue estando ahí.

Problemas de integración: los inmigrantes.

De entrada se podría pensar que la llegada masiva de inmigrantes extranjeros, a causa del enriquecimiento y el desarrollo del país, creó problemas similares a los que plantea, por lo menos en potencia, la minoría shií. Pero aquí la situación no es comparable a la que se ha creado en otros países del Golfo.

En Arabia Saudí hay muchos extranjeros. Aunque su número es difícil de calcular, y más aún su proporción con respecto a la población local, ya de por sí mal conocida, se puede decir que los inmigrantes son por lo menos la tercera parte de la población global. Un estudio crítico realizado en 1980 a partir de los datos poco realistas del censo de 1974 y otras fuentes da una cifra de 1.200.000 personas sobre un total de 5.800.000, cifra que debió de aumentar después de los últimos acontecimientos de 1990 y la guerra del Golfo. Un cálculo mucho más dudoso de 1985 fijaba el número de extranjeros en 4.500.000, sobre una población autóctona de 7 millones de personas. Sin embargo esta inmigración masiva tiene características que la diferencian de la observada en otros países petroleros de la región. En primer lugar, al margen de los valores exactos, es muy inferior en número a la población local. Además se trata sobre todo de una inmigración árabe, y no plantea grandes problemas culturales. La proporción de asiáticos no árabes, muy elevada en las ciudades estado del Golfo, en este caso es bastante reducida. En 1975 era del orden de la décima parte, apenas superior a la de técnicos u hombres de negocios europeos y norteamericanos, y aunque ha aumentado desde entonces, sigue siendo modesta.

Por su parte la inmigración árabe tiene dos componentes, cuyos efectivos quizá sean similares en cuanto a número, pero no en cuanto a nivel social: una inmigración de «clérigos», sobre todo palestinos, pero también sirios y egipcios, que proporciona elementos instruidos, administrativos que han contribuido al funcionamiento del país; y una inmigración de mano de obra sin cualificar, sobre todo yemení, empleada en las obras y en los tareas más duras, malsanas o bajas. La actitud saudí con estos dos grupos ha sido muy distinta. Se ha aceptado la asimilación de la fracción instruida, con selectividad y prudencia, y algunos de sus miembros ocupan cargos elevados en la administración del país, confundiéndose con la antigua burguesía de Hiyaz. Los intereses materiales garantizan su lealtad política. En cuanto a los yemeníes, lo que se puede decir es que no se ha hecho nada para estimular que se establezcan en el país, y menos aún para asimilarlos. Ni siquiera resultan fáciles de manipular, pues son demasiado rudos y no han un nivel de organización suficiente para eso. Además están separados por orígenes y obediencias, con una fracción sunní y otra zaidí. Trabajan como temporeros en malas condiciones, no se hacen acompañar por sus familias ni echan raíces, por lo que carecen de la fuerza que les da la religión a los obreros shiíes de Hasa. Su expulsión masiva a consecuencia de la actitud de Yemen en la crisis de 1990-91 no acarreó ningún problema serio a Arabia Saudí. La experiencia demuestra que este país controla con rudeza y eficacia a estos elementos foráneos.

Las fuerzas de cohesión: la dinastía.

El país tiene un encuadramiento sociopolítico muy peculiar. Su origen está en la extraordinaria fecundidad de Ibn Saud. En 1932 ya se había casado sucesivamente con 184 mujeres, aunque como "buen musulmán" nunca tenía más de tres en su harén, mientras sus diligentes emisarios beduinos buscaban en las tribus a las bellas muchachas de las familias nobles candidatas a ocupar la cuarta plaza vacante. En esa fecha ya habían nacido 130 niños de estas uniones, Así se sentaron las bases del estado dinástico. Pero hacía falta una consagración legal, que llegó en la primavera de 1933 cuando el rey, rompiendo con la tradición árabe según la cual el heredero al trono debía ser un pariente entrado en años, hizo proclamar príncipe heredero a su hijo Saud, no sin antes obtener la adhesión de los ulemas wahhabíes.

Desde entonces hubo un reparto de papeles. Mientras el príncipe heredero mantenía la actitud tradicional de su padre, su hermano menor Faisal, rey de Hiyaz, multiplicaba los contactos con los occidentales, cuyas lenguas hablaba. A partir de entonces Arabia Saudí se organizó como una hacienda familiar. Todos los años los hijos de juraban lealtad a su hermano mayor para consolidar la dinastía. La familia parecía muy unida, pese a que el hermano del rey se negó durante mucho tiempo a prestar juramento a su sobrino, y la renovación anual de este juramento que reconoce los derechos del hijo mayor denota que era una práctica difícil de aceptar en un país beduino. De hecho hubo sus más y sus menos, como el destronamiento del rey Saud en 1964 y el asesinato de su sucesor Faisal en 1975 a manos de un sobrino suyo. Pero el sistema resistió, cimentado por los intereses comunes de una familia real cuyos miembros, según cálculo de 1980, oscilaban entre 2.000 y 3.000. Estas personas acaparaban todo los puestos cruciales del país, y en conjunto funcionaban como una organización política estructurada, comparable con el partido dominante en los regímenes de inspiración marxista: el parentesco no tiene nada que envidiar a la ideología como fuerza de cohesión. En todo caso este partido real, con su clientela, se basta y se sobra para controlar el país. Arabia Saudí, pese a su falta aparente de constitución, está dominada por una auténtica oligarquía dinástica salida de su fundador. La mística reformadora de los orígenes ha perdido fuerza, pero el origen común garantiza una comunidad de intereses y un fuerte sentido de la propiedad. No es el fundamento de una nación pero es el esqueleto de un estado.

Las fuerzas de cohesión: las infraestructuras viarias.

Pero este encuadramiento social sólo podía ser eficaz en un país tan extenso (2.150.000 km 2) y poblado (la cifra de 7 millones de habitantes dada por el único censo de 1974 es, sin duda, muy baja) con unas comunicaciones rápidas. La construcción de Arabia Saudí al término de la Primera Guerra Mundial fue inseparable de la difusión del automóvil. Uno de los mayores méritos de Ibn Saud, a veces asombrosamente moderno bajo un arcaico caparazón, fue darse cuenta de ello. Enseguida adoptó este medio de transporte (pese a la oposición de los ijwan, para quienes era una innovación reprobable) como instrumento destacado en sus conquistas militares, especialmente en la guerra contra Yemen, cuando una inmensa flota de vehículos artillados ocupó en poco tiempo y sin disparar un tiro la llanura costera del tihama de Asir.

Esto explica la rapidez con que el país fue dotado de una tupida red de carreteras (más de 25.000 kilómetros en 1983), la primera en fecha e importancia de las grandes infraestructuras destinadas a modernizar el ferrocarril entre Riyad y Hasa aseguraba la conexión entre la y la principal región económica, pero el plan de desarrollo de la red viaria era mucho más ambicioso. Sus líneas maestras eran las grandes vías transarábigas que iban de costa a costa y unían la capital con La Meca y Nayran. Luego se sumaron unas carreteras estratégicas paralelas a las fronteras: carretera de la llanura costera del mar Rojo, de Aqaba a la frontera con Yemen, y carretera de Hasa a Jordania, paralela al oleoducto de la Tapline, que asegura la vigilancia de las fronteras septentrionales. Un ramal de esta carretera lleva hasta Medina y Yanbo, a las orillas del mar Rojo. La eficacia de esta red quedó probada con la movilización de los ejércitos que reconquistaron Kuwaiy.

Sólo la «media luna vacía» y las fronteras interiores de la Arabia Feliz permanecen al márgen de esta circulación principal, signo evidente de que no se percibe ninguna amenaza por este lado. Por estas grandes arterias circula un número creciente de vehículos (en la actualidad más de tres millones). Forman una sólida armazón. Es una primera victoria sobre el espacio.

Las fuerzas de cohesión: la urbanización.

Hay otra victoria, que pasa por la concentración de los hombres en un medio urbano infinitamente más maleable y accesible al progreso material. En Arabia Saudí la urbanización, ligada al desarrollo económico, ha sido espectacular. Se calcula que en 1990 la población urbana (poblaciones de más de 5.000 habitantes) ascendía a 10.700.000 habitantes, de un total de 14 millones. El primer lugar lo ocupa Riyad, que ha pasado de un crecimiento continuo pero moderado (19.000 habitantes en 1920, 62.000 en 1945) a un desarrollo explosivo (160.000 habitantes estimados en 1960, 430.000 en 1974, 1.180.000 en 1980 y 2.380.000 en 1990), y desde hace medio siglo se ha convertido en una ciudad hongo (que dobla su población cada diez años), lo que supone un récord absoluto en el planeta. Pero el crecimiento de las ciudades de Hiyaz también ha sido muy rápido. La población de Yidda ascendía a 560.000 habitantes en 1974, fecha en que todavía superaba a Riyad, y hoy será de más de un millón.

Pero este movimiento de concentración en las ciudades tropieza con ciertas limitaciones. Al principio tuvo una dimensión regional, sin una verdadera mezcla a escala nacional. Dejando a un lado a los inmigrantes de origen extranjero, que proceden de horizontes lejanos y se reparten por todas las grandes ciudades, la cuenca de atracción de las ciudades parece relativamente limitada. Es verdad que Riyad atrae a un número considerable de oriundos de las provincias occidentales. En 1977 se calculaba que un 50 % de los recién llegados procedían de la provincia central, es decir, sobre todo de las tribus de Nayd, mientras que las ciudades de Hiyaz y las regiones vecinas, incluido Asir, proporcionaban la tercera parte. El número de shiíes de Hasa era insignificante. La capital wahhabí no debía resultar muy atractiva para ellos. La zona de influencia de los centros de Hiyaz, ciudades cosmopolitas desde hacía mucho tiempo que contaban con numerosas colonias de peregrinos de las procedencias más variadas, no se extendía mucho hacia la vertiente oriental de la península. Lo cual plantea el problema de la homogeneidad de esta nueva sociedad urbana. Basada en una prosperidad material que alcanzaba a todo el país, ¿tenía aspiraciones y móbiles comunes?

Estratos culturales y unidad saudí.

En el territorio de Arabia Saudí se superponen tres culturas. En la base tenemos lo que se ha llamado «culturas tribales y regionales». Incluso en Nayd, de donde salió el movimiento wahhabí, estas culturas son independientes de él. El movimiento de los ijwan tuvo unos fundamentos de este tipo, marcado por la homogeneidad de las hiyra, se pudo concentrar a nómadas que tenían el mismo origen, incluso en Artawiya, la más famosa de todas. Y la rebelión de los «hermanos», aunque su pretexto inicial fuera el purismo doctrinal, tuvo sobre todo el carácter de una reacción frente a un poder unificador e implacable, y no de fidelidad a una ideología ajena a los rústicos beduinos, que fueron manipulados por ella. Lo mismo se puede decir de las regiones donde existen tradiciones particulares, como Hasa, Asir y tihama. En ellas hay un fondo de culturas populares muy conscientes de su originalidad.

Luego está la ideología fundadora del estado saudí, reformadora y «nacional», en la medida en que ha tratado de borrar las diferencias y de acabar con las prácticas que se consideran restos del paganismo. Buen ejemplo del rigor con que el poder puritano procura erradicarlas son la prohibición de la música, el baile y el canto, que se castigan con azotes, o de ciertas prácticas locales de circuncisión en el tihama, que se castigan con la ablación de la mano. Aunque han retrocedido mucho no desaparecido del todo, y si sobreviven es gracias a la conciencia de pertenencia a una tribu, que crea un vínculo muy estrecho. Sea como fuere, oficialmente el Islam depurado del wahhabismo es la única referencia del estado saudí.

Pero ya ha quedado atrás la época en que los celadores, armados con grandes látigos, recorrían las calles de Riyad a la hora de las cinco oraciones diarias y empujaban hacia las mezquitas a los creyentes remolones. Una cultura nueva, cosmopolita, emanada de la riqueza, se ha sumado a la fe austera de los fundadores. Expresada generalmente en inglés, transmitida por los nuevos medios de comunicación audiovisuales que penetran en la intimidad de las familias, difundida ampliamente por ciertos servicios públicos impregnados de técnica occidental y por los numerosos saudíes que han cursado estudios superiores en Estados Unidos, se caracteriza por la acumulación de bienes (en el polo opuesto de la cultura beduina tradicional, que se basa el el prestigio del reparto) y por el individualismo social, simbolizado por el automóvil y la televisión.

Cuenta como modelo ejemplar, el propio Ibn Saud, que admiraba las técnicas modernas y recurría a ellas sin vacilar para cumplir su misión político‑religiosa. En un texto oficial saudí se pone claramente de manifiesto la superposición de las tres culturas mencionadas: «Abdalaziz fue el primero en reunir a los hombres en concordia y fraternidad, cuando eran pueblos y tribus que se mataban entre sí... Abdalaziz logró que pasaran de una vida beduina primitiva a una vida más noble y más bella. Los pueblos olvidaron sus odios, y emprendieron el camino de la edificación y la civilización, con la ayuda de las técnicas y los inventos modernos que Abdalaziz puso a su alcance».

Estos tres niveles culturales están presentes por doquier en la realidad diaria, ya se trate de la medicina y la relación con el cuerpo, las expresiones artísticas (y en especial musicales) o la situación de la mujer en la sociedad y su evolución, y a menudo chocan entre sí. Pero también se produce una coincidencia parcial. Las culturas tradicionales y el wahhabismo tienen en común su pertenencia al Islam, y en este sentido el segundo se puede considerar un encarecimiento de las primeros. Pero el wahhabismo y el occidentalismo comparten su opción por las explicaciones racionales y su admiración por la ciencia. Por último, las culturas tradicionales y la occidental coinciden en su oposición al wahhabismo en lo referente a su austeridad y su rígida moral. En total, todos estos enfrentamientos y coincidencias crean una situación compleja, ya que los tres componentes coexisten en todos los grupos sociales y regionales, e incluso en cada individuo.

Pero dentro de este equilibro la occidentalización avanza sin cesar, mientras que las otras referencias culturales están en decadencia y a la defensiva. Buen ejemplo de ello son las cada vez más fuertes demandas sociales, sobre todo femeninas. Podemos imaginar, a medio plazo, una Arabia Saudí en la que las tradiciones populares, como en todas partes, se irán borrando bajo el molde de la uniformidad, mientras que el wahhabismo pasará a ser un mito fundador, reverenciado oficialmente pero sin eficacia práctica. Y el ideal nacional que proporcionó el wahhabismo en la primera mitad de este siglo, pero luego, contrariado y debilitado por la aspiración modernista, ya fue incapaz de construir, ¿podrá aportarlo dicha aspiración? ¿Es posible basar un sentimiento de identidad únicamente en la prosperidad material y en una cultura de masas de difusión mundial y sin raíces locales? Este proceso, imaginable en los estados‑ciudad del Golfo, cuyas dimensiones son más reducidas, no parece aplicable a una construcción territorial tan extensa. Aquí el desarrollo generará fuerzas centrífugas, y es posible que surjan tensiones en una clase dinástica con intereses cada vez más dispares. Del molde wahhabí pueden salir unas fuerzas integristas de distinta índole, que ya no estarían refrenadas y moderadas por la fidelidad a la imagen inicial. Esta evolución no parece inminente. La cohesión del parentesco y la eficacia de estructuras de encuadramiento sociomilitar como la Guardia Nacional pueden bastar durante mucho tiempo para salvaguardar el estado. Pero todavía no está claro como podrían engendrar una nación.

 

* Las Naciones del Profeta, ed. Bellaterra 1998, traducción de Juan Vivanco, pp. 86-109
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