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Arabia Saudí (1): formación y consolidación *

17/08/2001 - Autor: Xavier de Planhol
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El Islam nació en el desierto. Éste ocupa la mayor parte de la península donde tuvo lugar su primera expansión, fragmento de la gran zona tropical árida del hemisferio norte. En invierno el paso de depresiones ciclónicas de origen mediterráneo que llegan hasta el mar Rojo y el Golfo Pérsico interrumpe a veces el flujo seco dominante, que procede de las altas presiones centroasiáticas. Pero las precipitaciones que ocasiona son muy débiles, por debajo de 100 milímetros anuales en toda Arabia Central (Riyad: 81 mm) e incluso en las costas (Yidda: 75 mm, Mascate: 103 mm), y tampoco llegan a 200 mm en las alturas del escarpe occidental y noroccidental, por encima del mar Rojo, pese a que se alzan a más de 2.000 metros. En las cumbres de las sierras de Omán (más de 3.000 metros en yébel Ajdar, «la montaña verde»), donde la mayor parte de las precipitaciones son lluvias del invierno ocasionadas por las depresiones del Golfo, apenas superan los 300 mm anuales. Solo en la fachada meridional de la península interviene otro aporte, el monzón de verano procedente de las altas presiones subtropicales del hemisferio sur y cargado de humedad debido a un largo trayecto sobre el océano Índico.

Aunque en las costas no se produce ningún aumento de la humedad del aire, y las precipitaciones siguen siendo débiles (Adén: 46 mm anuales, Salala, en la costa sur de Dhofar: 108 mm), provoca lluvias abundantes en las montañas graníticas de Asir, en territorio saudí, que rozan los 3.000 m de altitud, donde se mezclan con las últimas lluvias de invierno para dar totales anuales superiores a 500 milímetros. En las altas mesetas volcánicas de Yemen, que se elevan a más de 3000 metros, el efecto orográfico es muy patente en las vertientes que dan al exterior (sur y suroeste). Las precipitaciones llegan a 630 mm en Taizz (1.350 m de altitud), 379 mm en Sanaa (2.200 m) en la vertiente interior y 1.390 mm en lbb (1.800 m) en la vertiente exterior. Posiblemente lleguen a 300 mm anuales en los montes Dhofar (Zufar), en territorio de Omán, que apenas sobrepasan los 500 metros de altitud. Con estas lluvias la fachada meridional se cubre de una vegetación arbórea o arbustiva de tipo intertropical (saheliano), en la que crecen el cafeto y arbustos aromáticos como el incienso, mientras que los árboles frutales templados o mediterráneos, como el olivo, hallan aquí los límites de su extensión.

Este contraste entre una «Arabia Feliz» del sur y una «Arabia Desierta», del que dieron cuenta los geógrafos de la antigüedad, domina la geografía humana y política de la península tanto como sus aspectos naturales. Sólo aquí, en esta franja meridional, pudieron a llegar las culturas campesinas estables que sentaron las bases de construcciones territoriales autónomas y duraderas. Otros puntos de cristalización política independientes surgieron en las costas del golfo Pérsico, antigua vía de comunicación entre el centro de la civilización mesopotámica y el subcontinente indio, donde florecieron las escalas y las ciudades. Pero el inmenso espacio desértico del interior siempre fue terreno inestable donde se enfrentaron fuerzas antagónicas, y sólo recientemente ha podido establecerse aquí una organización política.

1. Hiyaz y Nayd

Sobre los 20‑25 grados de latitud, en el centro y el oeste de la península, encontramos dos regiones humanas muy distintas, marcadas por contrastes naturales: una civilización urbana compleja y elaborada, de donde salió el Islam, y el mundo turbulento de las tribus nómadas, unas veces sumiso y otras amenazador. Este enfrentamiento es la clave de la geografía política de la Arabia Desierta.

Las tribus. El interior de la península está ocupado a esta altura por un ancho fragmento del zócalo antiguo, del «escudo árabe» con más de 1.000 metros de altitud. Son las «tierras altas», el Nayd, rocoso y yermo, pobre en agua y en suelo. Los macizos de dunas, los nafud, cuyas arenas responden de inmediato a la menor precipitación y brindan pastos efímeros pero abundantes después de las lluvias de invierno o primavera, tienen muy poca extensión, y los oasis son escasos y minúsculos. Sólo son más abundantes en la caída septentrional y oriental del zócalo antiguo, donde aparecen los estratos sedimentarios, con ellos los mantos que alimentan las líneas de manantiales en con los afloramientos arcillosos impermeables, o en la periferia de las grandes masas arenosas. Estas tierras altas, sólo accesibles a los nómadas, es el territorio por excelencia de las grandes tribus beduinas.

Este modo de vida se instaló aquí hace más de 3.000 años. Antes sólo recorrían el desierto los cazadores, poco numerosos. Cuando a finales del II milenio a.C., en el norte del desierto arabo‑sirio, se inventó la monta sobre la joroba del dromedario a la manera de los primeros caballistas, este animal fue utilizado para la penetración masiva en el desierto. A partir de entonces surgió un modo de vida original que se fue extendiendo a toda la parte desértica de la península Arábiga, y en los primeros siglos de la era cristiana llegaba a los confines de la Arabia Feliz, amenazando a las poblaciones sedentarias. Los cazadores, primeros ocupantes, se incorporaron a ella formando la casta inferior de los slubba. Esta existencia se basaba en la movilidad y la agresividad, se tradujo en asaltos de estos pobres a las periferias laborables y fértiles, mientras que la razzia en el interior del desierto tuvo un cierto carácter ceremonial, de reparto sin excesiva violencia del ganado y los elementos de prestigio. La organización social era inestable, siempre sometida a un patriarcado que actualmente ha borrado todo rastro de las estructuras matriarcales aún evidentes en la época del Profeta, pero sometida también a la influencia de jefes más o menos carismáticos, rodeados de clientelas que no tardaban en consolidar sus precarios cimientos con falsas genealogías. Al final se formaron amplias confederaciones, que mantuvieron relaciones con los poderes políticos exteriores y delimitaron las grandes rutas de desplazamiento.

Estas rutas, en el norte de la península, se orientaron sobre todo en el sentido de los meridianos, entre el Gran Nafud, zona de invernada, y el desierto sirio, adonde los nómadas se dirigían en verano. En el centro las rutas eran transversales al macizo antiguo de Nayd. En su vertiente oriental los territorios de las tribus incluían siempre un sector del escudo y fragmentos más o menos extensos de su cobertura sedimentaria, cuyos estratos descienden regularmente hacia el norte. Los itinerarios, basados en una dispersión invernal en busca de los pastizales de las zonas donde había llovido y en una concentración estival alrededor de los pozos, que eran propiedad de las tribus, variaban mucho de un año a otro, pero siempre dentro de estos límites definidos. La presión de las tribus se dirigía constantemente hacia periferia del macizo central donde, en los estratos sedimentarios y en contacto con los horizontes impermeables, se encuentran los acuíferos más extensos y los manantiales más abundantes. En estos oasis fue donde las tribus sentaron sus bases políticas y económicas, y consolidaron su poder. Hail, en el borde sur del Gran Nafud, fue el eje del poder de los shammar. Las tribus del Nayd propiamente dicho buscaron sus puntos de apoyo más bien en la vertiente oriental, donde las depresiones paralelas que se suceden al pie de las líneas de cuesta de la cobertura acogen a numerosas poblaciones. Pero este dinamismo existía en todas partes. Aunque por el oeste tropezaba con otro centro imortante de acción política.

Las ciudades santas. Entre la alta región de Nayd y las tierras bajas (tihama) de la llanura litoral existe un medio natural original. Aquí el zócalo árabe, elevado hacia el escarpe occidental que domina la fosa sumergida del mar Rojo, está dislocado, fragmentado. A través de la línea de cresta, que sobrepasa los 2.000 metros, se abren numerosos collados, que corresponden a estas dislocaciones tectónicas transversas. Amplias coladas basálticas formaron extensas mesetas basálticas (harrat), donde se infiltran las aguas que alimentan, en su base, importantes resurgencias y grandes oasis. Esta región dividida, compleja, donde se cruzan distintos itinerarios, es el Hiyaz, (la barrera), tierra de montañas abruptas y depresiones encajonadas, cuya variedad contrasta con la desesperante uniformidad de los altiplanos de Nayd.

En esta situación favorable a las relaciones comerciales, por el descenso del eje y los pasos transversales que llevan fácilmente hasta la costa, pronto floreció una activa vida urbana. Etapas en la ruta del incienso, que encaminaba hacia el área de la civilización mediterránea los perfumes de los arbustos espinosos de la Arabia Feliz, y centros del tráfico caravanero, La Meca y Medina vieron nacer el Islam y explotaron la peregrinación a los santos lugares, al tiempo que sus mercaderes se lanzaban a lejanas empresas comerciales. Estas ciudades y sus puertos, Yidda y Yanbo, poseen un trazado urbano peculiar, caracterizado por grandes arterias adaptadas a la circulación de un tráfico importe, y edificios de varios pisos, infrecuentes en las ciudades orientales tradicionales, destinados al alojamiento de los peregrinos. Su prestigio religioso y la importancia que tenía el título de «guardián de los santos lugares» para los soberanos musulmanes decidieron el destino de estas ciudades, que en vez de ser centros de estados independientes se integraron en los imperios que se sucedieron en Oriente Medio desde el fin del califato Omeya. Siempre abiertas al mundo exterior, quedaron muy marcadas por su integración en el imperio otomano hasta la Primera Guerra Mundial (el ferrocarril de Hiyaz llegó a Medina en 1908). Las potencias exteriores a la península siempre las usaron como punto de apoyo para extender su influencia entre las tribus beduinas, con dudosos resultados.

Significado de la Arabia Saudí

Entre estas dos sociedades tan distintas, las ciudades civilizadas y comerciantes, centros de cultura y de fe, y las rústicas tribus de las tierras altas, famélicas y brutales, el contraste era total y el choque inevitable. Ni siquiera la religión bastó para crear un vínculo permanente de dependencia, una vez que los beduinos, ya en los primeros años del Islam, fueron derrotados por las tropas del Profeta en la batalla de Hunain (31 de enero de 630) e integrados bajo la misma bandera. En las ciudades santas la mentalidad era ortodoxa pero tolerante, gracias a la llegada de peregrinos de sectas musulmanas muy diversas. Los beduinos, creyentes mediocres, eran terreno abonado para la propagación de toda clase de doctrinas heterodoxas, que sólo podían prosperar separadas de los focos teológicos regulares. Entre ellos actuaban a sus anchas aventureros de toda laya, y también los reformadores, que hacían proselitismo al margen de los poderes establecidos. En el hervidero de Nayd, origen constante de agitación y disturbios, estos reformadores aportaban pretextos religiosos que justificaban grandes empresas en el marco del Islam. De allí salió, entre otros, el movimiento de los qármatas, de obediencia más o menos ismailí, que durante mucho tiempo hizo temblar al califato de Bagdad. El movimiento que dio origen al reino saudí no es más que el último episodio de esta dialéctica que marca el ritmo de la historia de Arabia.

El origen. El punto de partida, en efecto, fue la influencia de un reformador religioso, Muhammad ibn Abd-al-Wahhab (1703-1787), que predicó entre las tribus del norte de Arabia en la primera mitad del siglo XVIII un Islam ortodoxo, afín a la escuela jurídica hanbalí, uno de los cuatro grandes ritos reconocidos, muy riguroso y depurado, que prohibía terminantemente las innovaciones, como por ejemplo el tabaco, y condenaba severamente el culto a los santos y todas las practicas populares, desde el rosario hasta los adornos de las mezquitas. Al-Wahhabb fue acogido en Diriya, a una veintena de kilómetros al oeste de Riyad, por Muhammad ibn Saud (que reinó de 1735 a 1765), jefe de una tribu de la gran confederación de los aneze, e inspiró un movimiento espiritual y político que ha llegado hasta hoy. Fue así como surgió un primer "estado" saudí en el siglo XVIII, que extendió su dominio sobre la mayoría de la Arabia Desierta, desde el sur de Iraq hasta Omán y Yemen. En 1788 se apoderó de Hasa y Kuwait, devastó los santos lugares shiíes de Iraq, como Karbala en 1801, y por último ocupó La Meca en dos ocasiones (1803 y 1806-1813), de donde los wahhabíes sólo fueron expulsados por el ejercito egipcio al mando de oficiales franceses del imperio, que tomó Diriya en 1818. En 1821 hubo un resurgimiento, con la toma de Riyad y la formación de lo que a veces se ha llamado el segundo estado saudí. Pero en la segunda mitad del siglo XIX el poder wahhabí se debilitó a favor del emirato creado por los shammar a partir de su centro de Hail. Los shammar se apoderaron de Riyad en 1885, y el último representante de la familia saudí tuvo que refugiarse en Kuwait, donde contó con la protección del jeque local, a su vez protegido por Gran Bretaña. Del poder saudí sólo quedaron "recuerdos y polvo". Pero se conservó una semilla, que no tardaría en germinar.

La expansión.

En apenas un cuarto de siglo Abd al-Aziz ibn Saud, hijo del exiliado en Kuwait, realizó la proeza de conquistar más de las tres cuartas partes de la península. En 1902, cuando tenía 22 años, con un puñado de hombres escaló por la noche las murallas de Riyad y se apoderó de la ciudad, que volvió a ser el punto de partida del resurgimiento. En pocos años extendió su autoridad al oasis de Qasim, alrededor de Buraidah, en el borde nororiental del zócalo, y logró que las tribus del Nayd le reconocieran como jefe supremo. 1912 fue un hito decisivo. En este año ibn Saud devolvió al movimiento wahhabí su fuerza religiosa explosiva con la creación de un cuerpo de combatientes permanentes, los ijwan, (hermanos), que encuadraba beduinos de todas las tribus y también sedentarios, incluso parias, en batallones sagrados concentrados en campamentos, el primero de los cuales se fundó ese mismo año en Artawiya. Los ijwan fueron un instrumento militar y espiritual de primer orden, que sirvió para combatir tanto contra los shiíes del bajo Iraq como para reprimir a los ciudadanos corruptos de Hiyaz. En 1913 ibn Saud conquistó en poco tiempo Hasa, región limítrofe del Golfo, al noreste de la península, y los turcos tuvieron que resignarse a reconocer su posesión del territorio, lo que le permitió entablar relaciones regulares con los agentes británicos.

En 1914 ibn Saud adoptó el título de kaymakam de Nayd. Durante la Primera Guerra Mundial mantuvo una neutralidad absoluta, pese al tratado que firmó con Gran Bretaña y la pensión que recibió de esta potencia, mientras los jerifes de La Meca, emanación de la sociedad de las ciudades santas, incitaban a las tribus bajo su influencia a la sublevación contra los turcos en Hiyaz, con apoyo británico, y parecían destinados a ser la principal fuerza política de Arabia y el Creciente tras la caída del imperio otomano. Pero mientras las dinastías jerifianas se establecían transitoriamente en Damasco, antes de ser expulsadas por las tropas francesas, y eran colocadas por los británicos en los tronos de Iraq y Transjordania, su enfrentamiento con los puritanos de las tierras altas se agravó rápidamente. El arbitraje británico resultó infructuoso, y los ijwan triunfaron en todos los grandes oasis del norte, en Hail y en Jaibar, así como en las montañas de Asir, al sur de las ciudades santas. Estas últimas no tardaron en caer cuando el jerife Hussein cometió la imprudencia de proclamarse califa en el momento en que la institución era abolida en Turquía, en 1925. Ibn Saud se apoderó de Taif, y en diciembre tomó La Meca. El 8 de junio de 1926 se proclamó rey de Nayd, Hiyaz y sus dependencias. Fue la victoria definitiva de las tribus del desierto sobre la burguesía de las ciudades santas.

Las fronteras.

Quedaban por fijar los límites de este nuevo estado. Durante mucho tiempo permanecieron imprecisos.

Por el norte la intervención británica aceleró los acuerdos teóricos, cuando no su concreción práctica. El poder saudí se comportó como una potencia pacífica. Pronto se establecieron las fronteras mediante tratados. Fueron las fronteras de derecho, líneas trazadas en el mapa. A finales de 1922 se concertó un modus vivendi con el nuevo estado hashemí de Bagdad, fijando así las fronteras de Iraq. Se creó una zona neutral desmilitarizada, donde las tribus de los dos estados tenían los mismos derechos al agua y a los pastos. El mismo año se creó otra zona neutral similar en Kuwait. También con la protección de Gran Bretaña, el 1 y el 2 de noviembre de 1925 se firmaron entre Yidda y La Meca los acuerdos de Bahra, sobre las incursiones de las tribus, y Hadda, sobre las fronteras transjordanas, con los estados rivales del norte. Por último, en virtud de un tratado firmado con Gran Bretaña en Yidda el 20 de Marzo de 1927, el reino saudí renunció prácticamente a nuevas expansiones, en detrimento de los soberanos protegidos por los británicos en la periferia de Arabia. En el norte sólo estaban sin reducir los enclaves internos, como el oasis de Taimaa, al oeste del Gran Nafud, que había quedado "olvidado" y no fue sometido hasta 1934. Las rectificaciones y cambios posteriores de estatuto se sometieron a acuerdos negociados y equitativos. En 1981 se dividió por la mitad la zona neutral saudoiraquí, donde no se había descubierto ningún yacimiento petrolífero. En la zona neutral saudokuwaití el petróleo fue explotado a partir de 1954 por concesionarios, por cuenta de los dos estados, que se repartían a medias los beneficios. Esta zona fue dividida en 1966, y se delimitó sobre el terreno en 1969, aunque los dos estados siguieron repartiéndose los beneficios de toda la antigua zona neutral. En 1965, en un espíritu de buena vecindad, se firmó un tratado con Jordania para el intercambio de territorios desérticos que amplió 24 kilómetros el acceso marítimo de este país al golfo de Aqaba.

Por el sur las fronteras de guerra, o por lo menos disputadas, permanecieron indeterminadas durante mucho tiempo, y todavía hoy lo están. La guerra victoriosa de 1934 contra Yemen, que no aceptaba la presencia saudí en las montañas de Asir, desplazó la frontera política hacia el sur, mucho más allá de los límites mayores, biogeográficos y humanos, de la Arabia Feliz.

En primer lugar hay un límite religioso y psicológico que enfrenta al puritanismo de Nayd con el espíritu más abierto de las tierras altas del sur. Es el más septeptrional, y los oasis de Bisha, a 20º N, pertenecen ya al tipo meridional, mientras que el aosis de Ranya es el último de mentalidad centroarábiga. Pero incluso en su aspecto más formal, la ortodoxia tampoco se impone en todo el territorio saudí. El cisma zaidí sobrepasa ligeramente hacia el norte las fronteras políticas de Yemen. Un apéndice nórdico de los países del sur es la región de los ismailíes, instalados desde comienzos del siglo XVIII en los parajes montañosos que rodean el oasis de Nayran, país refugio por encima del límite de la palmera datilera, en el que se encuentra Badr, su capital, rodeada de higueras. El origen de esta secta está en el proselitismo procedente de Yemen.

Luego tenemos un límite agrícola y biogeográfico, entre el país de viñas y cafetales de Yemen y los oasis con palmerales de Arabia central. En todos los grandes oasis de Hiyaz suele haber viñas, pero la gran región de viñedos empieza en Qabdha, al sur de Dhahran, en territorio saudí. El cafetal empieza en la región de Zahran, a 20º 40’ N, en las laderas del Amr, pero no es importante hasta mucho más al sur, en el yébel Jaulan y los relieves aislados de enfrente, en el tihama, separados del borde de las tierras altas. Esto significa que una parte considerable de la región productora se encuentra en territorio saudí. Por último la zona de cultivos fluviales en bancales llega también a la altura del paralelo 20, al sur del cual forman una orla casi continua en la ladera principal del Asir. El aporte de agua a veces es incrementado con la concentración artificial de la arroyada de las vertientes, sobre todo en los relieves aislados del tihama. Pero los paisajes presentan muchos contrastes locales. Justo al norte de la frontera yemení, por ejemplo, en el yébel Faifa, los habitantes se dispersan por los bancales, mientras que en la región de los Bani Malik, que linda con la interior por el norte, el hábitat se concentra y las terrazas desaparecen.

El límite político entre Arabia Saudí y Yemen es el más meridional de todos. Desde el tratado de 1934 expresa un equilibrio de fuerzas políticas que no corresponde a las realidades naturales o humanas, y refleja la presión de la construcción territorial dinámica realizada por las belicosas tribus de Nayd.

En la otra vertiente de la península sólo el poderío británico pudo la expansión saudí, durante la crisis de Boraimi.

En este oasis, situado en el reverso interior de las sierras de Omán, había nueve aldeas de población mezclada y dudosa dependencia, ya que era una encrucijada de rutas de migración sobre la que podían reclamar derechos todas las grandes tribus del sureste de Arabia, con el apoyo bien de Arabia Saudí, bien de Omán o de Abu Zabi. La disputa duró cerca de 40 años, desde que en 1935 Ibn Saud reclamara una frontera que, además de incluir Boraimi, le proporcionaba un acceso al Pérsico de más de 200 kilómetros de ancho entre Abu Zabi y Qatar. En 1955 el asunto tomó el cariz de una crisis internacional cuando las tropas de Gran Bretaña, protectora de Abu Zabi, expulsaron de una de las aldeas del oasis al destacamento saudí que la había ocupado en 1952. La potencia británica impuso el trazado de una frontera que hacía retroceder Arabia Saudí hasta Umm az Zomul, más de 150 kilómetros al interior. Tras la independencia y la formación de los Emiratos Árabes Unidos en 1971 los saudíes acabaron aceptando esta frontera en 1971, y en compensación recibieron un amplio acceso al golfo al este de Qatar, país con el que habían firmado un tratado en 1965.

Entre los dos sectores, cuyas disputas se acabaron zanjando por la fuerza, no volvió a estallar ninguna crisis importante de este tipo. Pero no parece que la situación se haya estabilizado por completo. Arabia Saudí y Omán firmaron en 1982 un pacto de seguridad que con todas las disputas territoriales, pero su frontera sigue siendo imprecisa a lo largo de unos 700 kilómetros de desierto. Lo mismo sucede, pero a lo largo de 1.500 kilómetros, con Yemen, donde las circunstancias políticas son bien distintas, en una atmósfera de relaciones económicas y políticas entre ambos estados por un lado estrechas, debido a la emigración yemení a Arabia Saudí, y por otro pésimas, a causa de las viejas diferencias religiosas y a la actitud de Yemen durante la guerra del Golfo de 1990-1991. La lealtad de los nómadas, única base de separación posible, es caprichosa, dadas las constantes rivalidades entre tribus. Hoy Arabia Saudí ya no es la potencia agresiva de antaño en este conflicto potencial. El estado wahhabí se ha estabilizado y ha encontrado un equilibrio geográfico.

La consolidación

De la peregrinación al petróleo. El motor de esta transformación ha sido el formidable desarrollo económico desencadenado por el cambio de recursos. Hasta la exportación del petróleo, dichos recursos se basaban exclusivamente en los ingresos de la peregrinación. Hasta 1925 cada peregrino debía pagar una tasa elevada (unas 25 libras esterlinas por cabeza). En esa época entraban en el país unos 150.000 peregrinos. Esas tasas se fueron suprimiendo poco a poco. En 1970 aún era del orden de 6 libras esterlinas por persona. Durante las primeras etapas de la era petrolera los recursos indirectos generados por de los peregrinos aún eran una partida importante de la balanza de pagos, la tercera detrás de las exportaciones petroleras y los gastos en el país de las compañías explotadoras. Se calcula que en 1969 ascendían a 40 millones de libras esterlinas (un promedio de 100 libras per cápita). El número de peregrinos extranjeros, que a raíz de la crisis mundial había bajado a 20.000 en 1933, ascendió a escasos 100.000 en 1937, para caer de nuevo a 9.000 en 1939, y crecer de manera rápida y constante después de la Segunda Guerra Mundial. En 1949 ya pasaba de 100.000, en 1954 de 200.000 personas, y en 1969 de 400.000. Al mismo tiempo Arabia Saudí realizó importantes inversiones para modernizar la peregrinación, con infraestructuras en Hiyaz, sus puertos y aeropuertos. La más espectacular fue la reapertura del ferrocarril de Hiyaz, construido por los turcos en 1908 y destruido en gran parte durante la Primera Guerra Mundial, emprendida por Arabia Saudí en común con Siria y Jordania en 1964, con una interrupción debida a la guerra árabe-israelí de 1967.

En realidad, se calcula que desde comienzos de los años setenta los gastos para la peregrinación superaron con creces los ingresos generados por ésta. El número de peregrinos, que en 1974 se acercó al millón, acabó estabilizándose en unos dos millones, pues las previsiones de desarrollo de las instalaciones hasta una capacidad de tres millones resultaron poco realistas. Aunque hoy la peregrinación da trabajo a miles de personas en Hiyaz, no hace ninguna aportación positiva a la economía del país. Al contrario, debido a lo complicado de su organización y a los temibles problemas políticos que plantea, es una pesada carga, aunque compensada por el prestigio que proporciona.

Con el descubrimiento de yacimientos petrolíferos en el noreste de la península (provincia de Hasa) a partir de 1936 se inició una nueva fase. La producción, que ascendía a 1.400.000 toneladas en 1944, pasó a más de 50 millones de toneladas en 1954, a unos 100 millones de toneladas en 1965, a 420 millones de toneladas en 1974, y desde esta fecha se sitúa por encima de 500 millones de toneladas, cuya utilización más o menos íntegra varía con los avatares económicos y políticos, pero coloca al país, con unas reservas de más de 20.000 millones de toneladas, en una posición de fuerza en los mercados petroleros del planeta. Los cánones pagados al gobierno saudí por la ARAMC0 y las demás compañías concesionarias, que ascendían a 166.000 dólares en 1939, sumaron 5 millones de dólares en 1949, 112 en 1951 y 524 en 1964. En 1973 superaron los 4.300 millones de dólares, antes de la entrada mayoritaria del gobierno saudí en la ARAMCO en 1974, que fue total en 1980, con lo que el país recuperó el control de todos sus recursos. Estos recursos, que durante mucho tiempo se confundieron con la fortuna personal del rey y su dinastía, a partir de 1971 fueron utilizados racionalmente en el marco de unos planes quinquenales que han ocasionado un desarrollo prodigioso.

La base de este desarrollo ha sido la exportación masiva del petróleo, primero a través del oleoducto submarino que llevaba a la refinería de Bahrain (1945), y el de la "Tapline" hasta el puerto libanés de Saida (1950), con una capacidad de 20 a 25 millones de toneladas, un suministro cortado a menudo por razones políticas; más adelante por vía marítima, desde los puertos construidos en la costa del golfo, en particular Ras Tannura, terminal de ARAMCO; hasta que en 1981, con entrada en servicio del oleoducto transarábigo, el puerto de Yartbo, en el mar Rojo, pasó a ser el principal punto de embarque. Pero en los años ochenta empezó una nueva fase con el desarrollo de dos poderosos complejos petroquímicos, el primero en el puerto de Yartbo 1 segundo, más importante, en el de Yubail, junto a los yacimientos de Hasa. Al mismo tiempo surgieron industrias en tres focos regionales: Yidda (y accesoriamente las ciudades santas de Hiyaz), Riyad, Damman y otras ciudades de Hasa. Por último, lo que no deja de ser paradójico, también se hicieron importantes inversiones en la agricultura, seguramente para demostrar que Israel no era el único país capaz hacer «florecer el desierto». Con un coste elevado se lograron unos resultados notables aprovechando, mediante riego por aspersión, el agua de los acuíferos fósiles que hay en muchos puntos de la cobertura sedimentaria de la periferia del zócalo antiguo del Nayd: la región de Lisa, donde se creó el primero de estos gigantescos perímetros, los alrededores del Gran Nafud (Hail y Buraidah), la región de Riyad y por último la grandiosa realización (40.000 hectáreas) del uadi al-Dawa-sir, al sur del escudo central, en los límites de la «media luna vacía» (Rub al-Jali). Se han creado otros espacios agrícolas con la construcción de presas, sobre todo en las inmediaciones de los montes Asir: en el uadi Yizam, situado en el tihama (71 millones de m3 embalsados), construida en 1967-71, y en el interior, sobre Nayran (85 millones de M3). La superficie regada era de 540.000 ha en 1985, y la producción de pasó de 3.300 toneladas en 1978 a 2.500.000 toneladas en 1986, año en que superó ampliamente las necesidades del país. Aunque la inmensa mayoría de las reservas de agua subterránea no son renovables y se van agotando poco a poco, y aunque el precio del trigo así producido triplica su cotización mundial, este desarrollo extraordinario revela el dominio de las técnicas de fomento que ha adquirido el país, con la ayuda de numerosos técnicos extranjeros y una mano de obra masivamente importada.

Este desarrollo, que se ha hecho extensivo a todo el territorio, se nota sobre todo en Hiyaz y las regiones centrales de la península, alterando de forma radical su equilibrio. La Arabia Saudí de 1925, surgida del enfrentamiento entre Hiyaz y Nayd, justificaba su existencia política con la posesión de los santos lugares y su centro de gravedad estaba en el oeste del país, pese a que su capital, la todavía modesta Riyad, miraba más bien a la vertiente oriental. El descubrimiento del petróleo y su explotación en masa, la construcción del único ferrocarril del país entre Damman y Riyad (577 kilómetros de largo, terminado en 1951), desplazaron hacia el noreste y el Golfo el origen de los recursos y las principales fuerzas de la modernización. Esta alteración tuvo unas implicaciones geopolíticas considerables. ¿Cómo se podían unir dos focos de actividad y evolución separados por más de 1.000 kilómetros? ¿Cómo podía asegurar de forma duradera y sólida la colusión de estas provincias periféricas un gobierno salido de las tribus beduinas?

* Las Naciones del Profeta, ed. Bellaterra 1998, traducción de Juan Vivanco, pp. 69-86
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