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La riqueza de la heroína. Las drogas y la economía talibán

10/08/2001 - Autor: Ahmed Rashid
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A sólo tres kilómetros del centro de la ciudad de Kandahar, los campos de adormidera se extienden hasta el horizonte. En la primavera de 1997, los campesinos trataban con sumo cuidado las hojas tiernas y verdes, parecidas a la lechuga, de las plantas sembradas pocas semanas atrás. Removían el suelo de una manera meticulosa para eliminar los hierbajos, rociaban fertilizante y reparaban las zanjas de riego destruidas por el ejército soviético en la década de los ochenta, para proporcionar agua a los campos. Al cabo de unas semanas, las hojas se transformarían en una flor de color rojo brillante que florecería hasta que los pétalos se desprendieran para revelar una cápsula endurecida.

Cuatro meses después de haber plantado las semillas de adormidera, las cápsulas estarían a punto para abrirlas con unas delgadas hojas de fabricación casera y extraerles el líquido dorado. El campesino apretaría cada cápsula con los dedos hasta que rezumara una sustancia viscosa de un blanco lechoso. Al día siguiente el opio se solidificaría, formando una goma parda que sería raspada con una paleta. Esta operación se repetiría a intervalos de pocos días, hasta que la planta dejara de producir goma. Recogerían el opio en bruto, formarían con él una especie de tortas y lo mantendrían humedecido en bolsas de plástico hasta que llegaran los traficantes. El opio de mejor calidad, que generalmente se obtiene en tierras bien regadas, es de un color marrón oscuro y tiene una textura pegajosa. Se le llama tor y es la sustancia que lubrica las finanzas de todos los señores de la guerra afganos, pero en especial de los talibán. (1)

—No podríamos estar más agradecidos a los talibán —dijo Wali Jan, un anciano campesino desdentado mientras desherbaba su campo—. Los talibán han traído la seguridad y ahora podemos cultivar en paz la adormidera.—Y añadió—: Necesito la cosecha para mantener a mi familia de catorce miembros.

El objetivo de los talibán de restablecer la paz y la seguridad e el campo se ha revelado enormemente beneficioso para los cultivadores de opio. En su pequeña parcela Wali Jan produce cada año cuarenta y cinco kilos de opio en bruto y gana unos 1.300 dólares, una pequeña fortuna para los campesinos afganos. Wali Jan sabe que la heroína refinada alcanza cincuenta veces ese precio en Londres o Nueva York, pero se siente más que satisfecho con lo que tiene. Los resultados de este flujo de dinero son evidentes por doquier, pues en los pueblos de alrededor de Kandahar la reconstrucción es superior a la de cualquier otro lugar de Afganistán.

Los talibán han dado una aprobación islámica a los campesinos como Wali Jan para que incluso cultiven mas opio, aun cuando el Corán prohíbe a los musulmanes producir y tomar sustancias tóxicas. Abdul Rashid, el jefe de la fuerza de control antinarcótico de los talibán en Kandahar explicó claramente la naturaleza de su singular tarea. Está autorizado a prohibir de manera estricta el cultivo del hachís «porque lo consumen los afganos y musulmanes». Pero, con un dejo de sarcasmo, me dijo: «El opio es permisible porque lo consumen los kafirs no creyentes de Occidente y no los afganos y musulmanes». Existen otros imperativos políticos para permitir que florezca el cultivo de adormidera. «Dejamos que la gente cultive adormidera porque los campesinos consiguen buenos precios. No podemos obligarles a cultivar trigo, porque si les obligáramos a interrumpir el cultivo de adormidera habría un levantamiento contra los talibán. Por eso cultivamos opio obtenenemos el trigo de Paquistán». (2)

El gobernador Mohammed Hassanjustificó esta original política con otro ardid: «Las drogas son malignas y nos gustaría sustituir la adormidera por otra cosecha rentable, pero eso no es posible de momento, porque no tenemos el reconocimiento internacional». En el transcurso de los dos años siguientes, el mulá Omar ofrecería periódicamente a Estados Unidos y la ONU el cese del cultivo de adormidera, si los talibán obtenían el reconocimiento internacional. Era la primera vez que un movimiento que controlaba el 90 % de un país ofrecía semejante opción a la comunidad internacional.

Los talibán se percataron en seguida de la necesidad de formalizar economía de las drogas para conseguir ingresos. Tras la toma le Kandahar declararon que eliminarían todas las drogas, y ese anuncio estimuló lo suficiente a los diplomáticos norteamericanos para establecer un contacto inmediato con ellos. Sin embargo, al cabo de pocos meses los talibán comprendieron que necesitaban los ingresos aportados por la adormidera y que, si prohibían su cultivo, enojarían a los campesinos. Empezaron a cobrar el zakat a todos los traficantes de opio. Según el Corán, los musulmanes deberían entregar a los pobres el 2,5 % de sus ingresos disponibles en concepto de zakat, pero los talibán no tuvieron ningún escrúpulo religioso al quedarse con el 20 % del valor de un camión cargado de opio como zakat. Por su parte, los jefes individuales y los gobernadores provinciales cobraron sus propios impuestos a fin de mantener sus arcas llenas y alimentar a los soldados. Algunos de ellos se convirtieron en auténticos traficantes de opio o utilizaron a sus familiares para que actuaran como intermediarios.

Entre tanto, las medidas enérgicas de los talibán contra el hachís, sustancia básica en la dieta de los camioneros afganos, eran eficaces en extremo y demostraban que unas medidas similares contra el opio se podían llevar a la práctica de un modo igualmente estricto. En dos almacenes de Kandahar se almacenaban centenares de sacos de hachís confiscados a cultivadores y traficantes. La gente corriente se declaraba demasiado asustada para consumir hachís después de que los talibán lo hubieran prohibido. Para quienes seguían haciéndolo clandestinamente, los talibán habían ideado una nueva manera de curar su adicción. «Cuando detenemos a contrabandistas de hachís o drogadictos, los interrogamos y golpeamos sin piedad para averiguar la verdad», me dijo Abdul Rashid. Y añadió: «Entonces los metemos en agua fría durante muchas horas, dos o tres veces al día. Es una cura muy buena». (3) Rashid entró en los calabozos y sacó a varios drogadictos detenidos para que hablaran conmigo, quienes convinieron sin vacilación en que la terapia de choque de los talibán era eficaz. «Cuando me azotan o estoy metido en agua fría me olvido por completo del hachís», me dijo Bakht Mohammed, un tendero y traficante de hachís condenado a tres meses de cárcel.

Entre 1992 y 1995 Afganistán había producido de 2.200 a 2.400 toneladas métricas de opio al año, rivalizando con Birmania como el principal productor mundial de opio en bruto. En 1996 Afganistán produjo 2.250 toneladas métricas. Funcionarios del Programa de Control de Drogas de las Naciones Unidas (UNDCP) informaron de que, en 1996, tan sólo la provincia de Kandahar produjo ciento veinte toneladas métricas de opio cosechadas en campos de adormidera que tenían una extensión de 3.160 hectáreas, un incremento asombroso desde 1995, cuando en 2.460 hectáreas se produjeron sólo setenta y nueve toneladas métricas. Entonces, en 1997, cuando el control de los talibán se extendió a Kabul y más al norte, la producción de opio de Afganistán experimentó el asombroso aumento del 25 %, hasta alcanzar 2.800 toneladas métricas. Las decenas de millares de refugiados pashtunes que llegaban desde Paquistán a las zonas controladas por los talibán cultivaban sus tierras para que dieran la cosecha más fácil y lucrativa a su alcance.

Según el UNDCP, los campesinos recibían menos del 1 % de los beneficios totales generados por el tráfico de opio, y otro 2,5 % se quedaba en Afganistán y Paquistán, en manos de los traficantes, mientras que el 5 % recaía en los países por los que pasaba la heroína en dirección a Occidente. El resto de los beneficios correspondían a los traficantes y distribuidores de Europa y Estados Unidos. Incluso con esta tasa baja de beneficios, según un cálculo conservador, un millón aproximado de campesinos afganos ganan más de cien millones de dólares al año con el cultivo de la adormidera. Así pues, los talibán obtenían como mínimo veinte millones de dólares en impuestos, e incluso más por otros conceptos.

Desde 1980, todos los señores de la guerra muyahidín han utilizado el dinero de la droga para ayudar a financiar sus campañas militares y llenarse los bolsillos. Han comprado casas y negocios en Peshawar, han renovado su flota de todo terrenos y abierto cuentas en bancos extranjeros. Se han negado a admitir públicamente que traficaban con drogas, pero siempre culpaban a sus rivales muyahidín de hacerlo. Sin embargo, nadie había sido tan descarado, o sincero, de declarar que no se proponían controlar las drogas, como los talibán. En 1997, el UNDCP y los expertos de Estados Unidos calcularon que el 96 % de la heroína afgana procedía de zonas bajo el dominio talibán.

Los talibán habían hecho algo más que limitarse a expandir la zona disponible para la producción de opio. Sus conquistas también habían ampliado considerablemente las rutas comerciales y de transporte. Varias veces al mes convoyes fuertemente armados de camionetas Toyota abandonaban la provincia de Helmand, donde se cultiva cerca del 50 % del opio afgano, y emprendían un largo viaje por carreteras polvorientas. Algunos convoyes se dirigían al sur, a través de los desiertos de Beluchistán, hasta ciertos puertos de la costa paquistaní de Makran, mientras que otros entraban en la ruta occidental, bordeaban Teherán y viajaban hasta Turquía oriental. Otros convoyes iban al noroeste, a Herat y Turkmenistán. En 1997, los traficantes empezaron a transportar opio por vía aérea en aviones de carga, desde Kandahar y Jalalabad a puertos del Golfo tales como Abu Dhabi y Sharjah.

Asia Central fue la región más afectada por el tráfico de la heroína afgana. La mafia rusa, que tenía vínculos con Afganistán establecidos durante la ocupación soviética, utiliza sus redes para transportar la heroína por Asia Central, Rusia y el Báltico hasta llegar a Europa. Tayikistán y Kirguizistán han creado importantes rutas del opio y ellos mismos se han convertido en importantes productores de la droga. Mientras que anteriormente el opio afgano era refinado en laboratorios de Paquistán, las enérgicas medidas que se instauraron en ese país y la nueva diversificación de las rutas estimularon a los traficantes a instalar sus propios laboratorios en el interior de Afganistán. El anhídrido acético, una sustancia química necesaria para convertir el opio en heroína entraba de contrabando en Afganistán a través de Asia Central.

Resulta irónico que el gran incremento de la producción de heroína no tuviera lugar en Afganistán, sino en Paquistán. Este país se había convertido en uno de los principales productores de opio en la década de los ochenta, con unas ochocientas toneladas métricas al año, es decir, el 70 % del suministro mundial de heroína hasta 1989. Un inmenso tráfico de narcóticos se había desarrollado bajo el paraguas legitimador de la línea de suministro proporcionada clandestinamente por la CIA y el ISI a los muyahidín afganos. «Durante la década de los ochenta, la corrupción, las operaciones clandestinas y los narcóticos se entrelazaron de tal manera que resulta difícil separar el tráfico de narcóticos de Paquistán de las cuestiones más complejas de la seguridad regional y la lucha de los insurgentes», decía un memorable estudio efectuado en 1992 sobre el fracaso de la política estadounidense con respecto a los narcóticos. (4) Como sucedió en Vietnam, donde la CIA prefirió hacer caso omiso al tráfico de drogas que llevaban a cabo las guerrillas anticomunistas a las que la CIA financiaba, así también en Afganistán Estados Unidos prefirió dejar de lado la creciente connivencia entre los muyahidín, los traficantes de drogas paquistaníes y los elementos militares.

Los ejemplos de esta connivencia que salió a la luz en los años noventa eran sólo la punta del iceberg. En 1983, el jefe del ISI, el general Akhtar Abdur Rehman, tuvo que expulsar a todo el personal del ISI en Quetta, debido a su implicación en el tráfico de drogas y la venta de armamento proporcionado por la CIA y con destino a los muyahidín. (5) En 1986, el comandante Zahooruddin Afridi fue sorprendido cuando conducía por la carretera de Karachi a Peshawar con doscientos veinte kilos de heroína pura, la mayor interceptación de droga en la historia de Paquistán. Dos meses después, un oficial de la fuerza aérea, el teniente Jalilur Rehman, fue capturado en la misma ruta con otros doscientos veinte kilos de heroína. El oficial confesó con serenidad que aquélla era su quinta misión. El valor que tan sólo esas dos capturas tenían en el mercado de Estados Unidos era de seiscientos millones de dólares, equivalente a la suma total de la ayuda norteamericana a Paquistán aquel año. Ambos oficiales fueron retenidos en Karachi hasta que, misteriosamente, se fugaron de la cárcel. «Los casos de Afridi y Rehman señalan la existencia de una banda de traficantes de heroína en el seno del ejército y el ISI vinculado a Afganistán», escribió Lawrence Lifschultz. (6)

A lo largo de los años ochenta, la Drugs Enforcement Administration (DEA) de Estados Unidos contó con diecisiete agentes a dedicación plena en Paquistán, que identificaron a cuarenta grandes bandas de traficantes de heroína, algunas de ellas dirigidas por altos funcionarios del gobierno. Ni una sola de las bandas fue desarticulada durante ese período. Existía con toda evidencia un conflicto de intereses entre la CIA, que no deseaba revelaciones embarazosas sobre los vínculos establecidos por el narcotráfico entre los «heroicos muyahidín» y los funcionarios y traficantes paquistaníes y la DEA. Varios agentes de la DEA pidieron que los asignaran a otros puestos y uno por lo menos presentó su dimisión porque la CIA se negaba a permitirles que cumplieran con sus obligaciones.

Durante la yihad, tanto los muyahidín como los oficiales del ejército comunista de Kabul aprovecharon la oportunidad. La logística de sus operaciones era de lo más sencillo. Los convoyes de asnos, camellos y camiones que transportaban armas a Afganistán regresaban vacíos. Ahora transportaban opio en bruto. Los sobornos de la CIA y el ISI pagados a los jefes pashtunes para permitir el paso de los convoyes de armamento por las zonas tribales, no tardaron en ir también para que esos mismos jefes tribales permitieran el paso de la heroína por las mismas rutas de regreso a Paquistán. La Célula Logística Nacional, una compañía de transporte de armamento por carretera, que llevaba armas de la CIA desde el puerto de Karachi a Peshawar y Quetta, era usada con frecuencia por traficantes bien relacionados para transportar heroína a Karachi, desde donde se exportaba. El tráfico de heroína en la década de los ochenta no habría sido posible sin el conocimiento, si no la connivencia, de funcionarios en el nivel superior del ejército, el gobierno y la CIA. Todo el mundo hizo caso omiso para dedicarse a la tarea más importante de derrotar a la Unión Soviética. El control de las drogas no figuraba en el programa de nadie.

Hubo que esperar a 1992, cuando el general Asif Nawaz fue nombrado jefe del ejército de Paquistán, para que los militares iniciaran un esfuerzo conjunto a fin de extirpar a la mafia de los narcóticos que se había formado en las fuerzas armadas paquistaníes. Sin embargo, el dinero de la heroína ya había penetrado en la economía, la política y la sociedad paquistaníes. Las agencias antinarcóticos occidentales radicadas en Islamabad seguían la pista a los señores de la droga, quienes se convirtieron en miembros de la Asamblea Nacional durante los primeros gobiernos de la primera ministra Benazir Bhutto (1988‑1990) y Nawar Sharif (1990‑1993). Los señores de la droga pagaron a los candidatos a puestos importantes tanto del Partido del Pueblo Paquistaní, de Bhutto, como de la Liga Musulmana de Paquistán, de Sharif. El dinero blanqueado procedente de la droga financió cada vez más la industria y el comercio, y la economía sumergida, que representaba entre el 30 y el 50 % del total de la economía paquistaní, estaba fuertemente subvencionado por el dinero procedente de la droga.

Sólo tras la retirada soviética de Afganistán aumentó la presión de Estados Unidos y Occidente sobre Islamabad para que redujera la producción de opio de Paquistán. Durante la década siguiente (1989‑1999), Occidente proporcionó a Paquistán unos cien millones de dólares en ayuda para combatir el narcotráfico. El cultivo de adormidera se redijo de un modo drástico, y pasó de ochocientas a veinticuatro toneladas en 1997 y a dos toneladas en 1999. Los proyectos de sustitución de cosechas en la Provincia Fronteriza del Noroeste tuvieron un gran éxito. Sin embargo, los traficantes y la mafia del transporte no se marcharon y recibieron un estímulo considerable con la llegada de los talibán y el aumento consiguiente de la producción de heroína en Afganistán. Paquistán ya no era un productor de heroína, pero se convirtió en una ruta de transporte esencial para las exportaciones de heroína de los talibán. Los mismos traficantes, camioneros, madrasas y contactos en el gobierno y la cadena de armamento, combustible y alimentos que servía a los talibán también canalizaba las drogas, tal como lo hiciera el flujo de armas a los muyahiddín en la década de los ochenta.

Paquistán estaba retrocediendo a los malos hábitos. En febrero de 1998, la administración Clinton acusó a Islamabad de hacer muy poco para reducir la producción y las exportaciones de heroína. Estados Unidos se negó a certificar que Paquistán estaba reduciendo la producción de narcóticos, pero renunció a tomar medidas por razones de seguridad nacional. (7) Sin embargo, el problema de las drogas no se limitaba a Paquistán y Afganistán. Mientras las rutas de exportación se multiplicaban en todas las direcciones, había un aumento espectacular del consumo de drogas en la región. En 1998, el 58 % de los opiáceos se consumía en la misma región, y sólo el 42 % se exportaba. (8) Paquistán, donde no había adictos a la heroína en 1979, tenía 650.000 en 1986, tres millones en 1991 y, según se calcula, cinco millones en 1999. La adicción a la heroína y el dinero del narcotráfico originaron violaciones de la ley y el orden, así como desempleo, y permitieron que se armaran ciertos grupos sectarios extremistas.

En 1998, el gobierno de Irán admitió que el número de adictos era de un millón doscientos mil, pero unos altos funcionarios de Teherán me dijeron que la cifra real se aproximaba a tres millones, a pesar de que Irán tenía una de las políticas antinarcóticos más duras del mundo, y cualquiera sorprendido con unos pocos gramos de heroína se enfrentaba automáticamente a la pena de muerte. (9) Y, sin embargo, Irán se había esforzado mucho más que Paquistán por mantener a raya la amenaza de las drogas. Desde los años ochenta, lrán había perdido 2.500 hombres de sus fuerzas de seguridad en operaciones militares para detener a los convoyes que transportaban drogas desde Afganistán. Después de que Irán cerrase sus fronteras con Afganistán, durante las tensiones con los talibán, en septiembre de 1998, en unas pocas semanas las fuerzas de seguridad iraníes capturaron cinco toneladas de heroína en la frontera. Los talibán se enfrentaban a una crisis financiera de grandes proporciones, puesto que el cierre de la frontera significaba la caída en picado de las exportaciones de heroína y de los ingresos por impuestos.

Los adictos a la heroína también aumentaron en Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán y Kirguizistán, pues formaban parte de la cadena de exportación de la heroína. En 1998, los guardianes en la frontera entre Tayikistán y Afganistán confiscaro una tonelada de opio y doscientos gramos de heroína. En enero de 1991, el presidente de Tayikistán, Imomali Rajirtanov, reveló en una conferencia internacional que la droga de contrabando se introducía en su país desde Afganistán a razón de una tonelada diaria y que la adicción iba en aumento. Las autoridades uzbekas informaron de que durante 1998 se había producido un incremento del 11 % de las drogas procedentes de Afganistán.

Presencié la venta de heroína a plena luz del día, ante hoteles de cinco estrellas en Ashjabab, la capital de Turkmenistán, y en el interior de los hoteles vi llamativos mafiosos turcos y rusos con sus amigas aún más llamativas que hablaban de sus viajes a la frontera afgana «para hacer negocios». En 1997, las autoridades capturaron dos toneladas de heroína y treinta y ocho de hachís. En 1999, Turkmenistán, con su política conciliadora hacia los talibán, se había convertido en la principal ruta de exportación de heroína afgana, y funcionarios turcos corruptos se beneficiaban del tráfico. (10) En enero de 1999, el presidente Askar Akayev de Kirguizistán me dijo que su país era «una de las principales rutas del tráfico de drogas y responsable del aumento de la delincuencia». Según Akayev, la guerra contra las drogas no se ganaría hasta que hubiera paz en Afganistán, y la guerra civil se había convertido en el factor más desestabilizador de la región. (11)

El problema de la heroína procedente de Afganistán está afectando ahora a la política y la economía de toda la región. Debilita a las sociedades, distorsiona la economía de unos estados ya frágiles de por sí y crea una nueva elite del narcotráfico que contrasta con la pobreza creciente de la población. «Las drogas están determinando la política de esta región como no había ocurrido hasta ahora», manifestó un embajador occidental en Islamabad. «Ahora equiparamos este problema a otras amenazas graves, como la del fundamentalismo islámico, el terrorismo y el posible derrumbe económico de algunos de esos países», añadió. (12)

Este empeoramiento de la situación hizo que la comunidad internacional intentara conversar con los talibán. Al cabo de seis meses de negociaciones secretas, en octubre de 1997 el UNDCP concluyó un acuerdo con ellos. Los talibán accedieron a erradicar el cultivo de adormidera si la comunidad internacional aportaba los fondos de ayuda necesarios para que los campesinos se dedicaran a cultivos alternativos. Pino Arlacchi, el director del UNDCP solicitó a los donantes veinticinco millones de dólares para financiar un proyecto de diez años destinado a la eliminación de la adormidera en las zonas controladas por los talibán. «La heroína afgana constituye el 80 % del suministro de la droga a Europa, y el 50 % del suministro mundial», dijo Arlacchi, entusiasmado. (13) Según el UNDCP, mediante ese programa se introducirían nuevos cultivos comerciales, se mejoraría el riego, se construirían nuevas factorías y se costearía el personal encargado de imponer la ley.

Pero los talibán no llevaron ese acuerdo a la práctica y, tras la retirada de las agencias de la ONU de Afganistán en 1998, quedó en suspenso. Al cabo de seis meses, Arlacchi era menos optimista cuando me dijo: «Afganistán es uno de los lugares más difíciles y cruciales del mundo, pero se necesita un acuerdo político más amplio antes que sea posible controlar la producción de drogas». (14) La relación de países ricos que apoyaban la iniciativa del UNDCP tampoco era muy esperanzadora. Entre 1993 Y 1997, el UNDCP pidió 16,4 millones de dólares a donantes internacionales para la labor contra los narcóticos en Afganistán, y sólo recibió la mitad de esa suma.

Los impuestos sobre las exportaciones de opio se convirtieron en el soporte principal de los ingresos y la economía de guerra de los talibán. En 1995, el UNDCP calculaba que las exportaciones de droga de Paquistán y Afganistán obtenían unos cincuenta billones de rupias (1,35 billones de dólares) al año. En 1998, las exportaciones de heroína habían duplicado su valor y eran de tres billones de dólares. El dinero procedente de las drogas se empleaba en armamento, munición y combustible para la guerra. Proporcionaba alimentos y ropas para los soldados y pagaba los salarios, el transporte y las prebendas que los dirigentes talibán a sus luchadores. Lo único que puede decirse en favor de los talibán es que, al contrario que en el pasado, estos ingresos no parecían llenar los bolsillos de sus dirigentes, que seguían llevando una clase de vida frugal en extremo. Sin embargo, enriquecían extraordinariamente a los traficantes afganos y paquistaníes.

Junto con el tráfico de drogas, el contrabando tradicional afgano desde Paquistán y ahora desde los estados del Golfo, se expandió bajo el dominio talibán y causó estragos económicos en los estados vecinos. El Afghan Transit Trade (ATT), descrito con detalle en el capítulo cuarto de la tercera parte de esta obra, es la fuente de ingresos oficiales más importante para los talibán, y se calcula que genera unos tres billones de dólares anualmente para la economía afgana. Los funcionarios de aduanas en Kandahar, Kabul y Herat se niegan a revelar sus ganancias diarias, pero cada día pasan unos trescientos camiones por Kandahar, camino de Irán y Asia Central, a través de Herat, y otros doscientos camiones cruzan Jalalabad y Kabul hacia el norte, por lo que esas ganancias son considerables. El comercio ilegal de bienes de consumo, alimentos y combustibles a través de Afganistán está debilitando las industrias, reduciendo los ingresos estatales y ocasionando periódicas escaseces de alimentos en los estados vecinos, cuya economía resulta afectada de una manera como nunca se dio durante la yihad.

Los ingresos que obtienen los talibán por las tasas de aduanas procedentes del contrabando se canalizan a través del Banco Estatal de Afganistán, que está tratando de establecer sucursales en todas las capitales de provincia. Pero no existe una contabilidad que muestre el dinero que entra y adónde va a parar. Estos ingresos «oficiales» no cuentan para el presupuesto de guerra, que acumula y gasta directamente el mulá Omar en Kandahar, y que procede de los ingresos por el tráfico de drogas, la ayuda de Paquistán y Arabia Saudí y otras donaciones. «Tenemos ingresos por las aduanas, la minería y el zakat, pero hay algunas otras fuentes de ingresos para el esfuerzo de guerra que no pasan por el Banco Estatal de Afganistán», admitió el maulvi Arifulá Arif, viceministro de Hacienda. (15)

Como el mulá Omar dirige la guerra con sus arcas de hojalata llenas de dinero, que tiene debajo de la cama, preparar un presupuesto nacional es prácticamente imposible... aun cuando hubiera expertos disponibles, y no los hay. El Ministerio de Hacienda no cuenta con ningún economista ni banquero cualificado. El ministro y sus ayudantes son mulás con una educación de madrasa, y los burócratas que tenían conocimientos fueron sometidos a purgas. Para juzgar la escasez de los fondos oficiales baste decir que en 1997 el Ministerio de Hacienda había fijado un presupuesto por el equivalente de cien mil dólares para toda la administración del país y los programas de desarrollo para el año financiero, de febrero de 1997 a enero de 1998. En realidad, esa cantidad sólo cubría los salarios de los funcionarios.

Algunos de los mulás negociantes integrados en el movimiento talibán intentan fomentar la industria y la inversión extranjera, pero estos esfuerzos no parecen tener un apoyo serio por parte de los dirigentes. «Queremos desarrollar Afganistán como un estado moderno, y tenemos enormes recursos en minerales, petróleo y gas que deberían interesar a los inversores extranjeros», me dijo el maulvi Alimed Jan, ministro de Minas e Industria, quien dejó su negocio de alfombras en Arabia Saudí para unirse a los talibán y dirigir las industrias de Afganistán. «Antes de que controláramos el sur, no había ninguna fábrica que funcionara en el país. Ahora hemos abierto de nuevo las minas y las fábricas de alfombras con la ayuda de los mercaderes paquistaníes y afganos», añadió. Convino en que pocos miembros de la poderosa shura de Kandahar se interesaban por los asuntos económicos, pues todos estaban demasiado atareados con la guerra. (16)

Como un incentivo para la inversión de los extranjeros, en particular los mercaderes paquistaníes, Ahmed jan ofrecía gratuitamente tierras a todo el que estuviera dispuesto a construir una nueva fábrica. Pero con el desmoronamiento de la infraestructura del país, todo inversor debería tender sus propias carreteras y aportar la energía eléctrica y la vivienda. Sólo unos pocos mercaderes transportistas radicados en Peshawar y Quetta, que ya se dedican al contrabando o al lucrativo negocio ilegal de la madera desde Afganistán, parecen interesarse por proyectos como la minería.

No queda en el país ninguna clase culta o profesional. Con las diversas oleadas de refugiados que han abandonado desde 1992, todos los profesionales cultos, instruidos, incluso los operadores de teléfonos, electricistas y mecánicos, se han marchado. La mayoría de los talibán que dirigen los departamentos de finanzas y economía, así como el sector social, son mulás comerciantes, hombres de negocios, transportistas y contrabandistas, quienes sólo ven el motivo fundamental de la construcción del país en la perspectiva de expandir el mercado para el contrabando y el negocio del transporte con camiones a través de la región.

Uno de ellos es el mulá Abdul Rashid, un hombre de aspecto fiero, jefe militar de Helmand, quien ganó notoriedad en abril de 1997, cuando capturó una patrulla militar paquistaní que había entrado en territorio afgano desde la provincia de Beluchistán persiguiendo a una banda de contrabandistas de drogas. Rashid detuvo a los soldados y los envió a Kandahar, lo cual motivó una querella con Paquistán. Este hombre también dirige la mina de mármol propiedad de los talibán en Helmand. La mina, que emplea a quinientos hombres provistos de picos, carece de ingenieros en minería, equipamiento, electricidad y pericia. Las técnicas mineras de Rashid se limitan a usar explosivos para dinamitar (y estropear) el mármol.

El apetito talibán de inversiones extranjeras tuvo primero el acicate de la competencia entre dos compañías petrolíferas, Bridas de Argentina y la norteamericana Unocal, que rivalizaban por influir en los talibán a fin de construir un gasoducto desde Turkmenistán a Paquistán a través del sur de Afganistán. El gasoducto atrajo a algunos hombres de negocios aventureros y dispuestos a aceptar riesgos. Entre ellos figuraban comerciantes afganos y paquistaníes, los cuales construyeron bombas para la extracción de petróleo en Kandahar y a lo largo de la ruta de Herat. También prometieron que construirían carreteras. En 1999, un grupo radicado en Estados Unidos proporcionó a los talibán una red de teléfonos móviles entre Kabul y Kandahar Tales actividades hicieron poco por establecer de nuevo una economía regulan Su único propósito era mejorar el negocio del contrabando y facilitar la vida a mercaderes y transportistas.

Desde luego, las inversiones extranjeras serias e incluso la ayuda para iniciar la reconstrucción no se producirán hasta que la guerra haya terminado y exista un gobierno capaz de asegurar un mínimo de estabilidad y lealtad por parte de la gente. Entre tanto, Afganistán es como un agujero negro económico que emite oleadas de inseguridad y caos a una región que ya se enfrenta a múltiples crisis económicas. La infraestructura de Afganistán está en ruinas. Las comodidades básicas disponibles en cualquier país subdesarrollado son inexistentes. No hay agua corriente, la electricidad escasea, falatan teléfonos, carreteras transitables y suministros regulares de energía. Hay graves carencias de agua, alimentos y vivienda, así como otras necesidades básicas. Lo que está disponible es demasiado caro para que la mayoría de la gente pueda permitírselo.

La colocación de millones de minas durante la guerra ha creado graves problemas de realojamiento en las ciudades y el campo, donde las minas obstaculizan la agricultura y el riego de las zonas más fértiles. Desde 1979, 400.000 afganos han muerto y un número similar han resultado heridos a causa de explosiones de minas. Nada menos que el 13 % de las familias afganas tienen algún familiar muerto o herido en accidentes provocados por minas, y todos los meses más de trescientas personas mueren o sufren mutilaciones. Aunque unos cuatro mil desactivadores de minas que trabajan para la ONU y otras ONG intentar eliminar las minas del país en la medida de lo posible, probablemente transcurrirá otra década antes de que se haya eliminado el peligro de las minas en las grandes ciudades. En 1998, tras seis años de trabajo intensivo, en Kabul hay todavía trescientos veinte kilómetros cuadrados de un total de ochocientos en los que no se han desactivado las minas. (17)

Aparte de las minas, la batalla diaria para la mayoría de los kabulíes estriba en conseguir una cantidad suficiente de los mugrientos billetes de banco afganos para pagar los alimentos diarios. Aunque las tiendas están llenas de género traído de contrabando desde Irán y Paquistán, la gente no tiene dinero para comprarlo. El salario de los cirujanos afganos que no han huido de Kabul es el equivalente dé cinco dólares al mes, y sólo sobreviven gracias a los subsidios de la Cruz Roja Internacional. Los salarios medios oscilan entre uno y tres dólares al mes. Como resultado de la tremenda pobreza y falta de trabajo, un gran porcentaje de la población urbana depende por completo de las agencias de la ONU para su supervivencia básica y los subsidios alimentarios. La mitad de la población de Kabul, cuyo total es de un millón doscientos mil habitantes, recibe alguna ayuda alimentaria de las agencias humanitarias occidentales.

Esto plantea un perenne dilema a la ONU, a saber, si la ayuda humanitaria que presta no hace más que mantener el conflicto bélico, puesto que proporciona a los señores de la guerra la excusa para no responsabilizarse de la población civil. Los talibán insistían continuamente en que ellos no eran responsables de la población y de que Allâh proveería. Sin embargo, el sufrimiento de los afganos corrientes no haría más que aumentar si la ONU y las ONG interrumpieran sus operaciones de ayuda y, en particular, dejaran de alimentar a los grupos vulnerables, tales como las viudas y los huérfanos.

En 1998 la situación económica empeoró visiblemente: tres terremotos devastadores afectaron el norte de Afganistán; el asedio talibán del Hazarajat condujo a una extensa hambruna en el centro de Afganistán; las inundaciones en Kandahar sumergieron pueblos y cosechas y, en agosto, la población urbana sufrió el infortunio de la retirada de las agencias de ayuda tras los ataques norteamericanos con misiles. La desnutrición era visible en las calles de Kabul durante el gélido invierno de 1998‑1999, cuando pocos podían permitirse siquiera una comida al día o calentar sus hogares. No obstante, había signos de esperanza, con solo que llegase la paz. El PMA calculó que la producción de cereales para 1998 sería de 3,85 millones de toneladas, un 5 % más que en 1997, y el mejor año de producción desde 1978.

Estos datos reflejaban la mejora de la ley y el orden en las zonas rurales bajo dominio talibán, la ausencia de lucha y el retorno de los refugiados para cultivar sus tierras. Aunque hay todavía 1,2 millones de refugiados afganos en Paquistán y 1,4 millones en Irán, entre 1992 y 1999 más de cuatro millones de refugiados regresaron a sus casas. No obstante, en 1998 los talibán y las agencias de la ONU tuvieron que importar 750.000 toneladas de trigo para que los ciudadanos compensasen la escasez de alimentos. Es evidente que los talibán no crearon la desolación económica en Afganistán, sino que más bien la heredaron de la guerra civil que libraron todas las facciones después de 1992. Pero ninguna de las facciones, incluidos los talibán han prestado la menor atención a las necesidades de la población civil.

Así pues, no es sorprendente que los países occidentales estén padeciendo la «fatiga, del donante», la renuncia a aportar más dinero para ayuda humanitaria, cuando la guerra civil no tiene trazas de finalizar y los señores de la guerra son tan irresponsables. «El grado de sufrimiento experimentado por el pueblo afgano es horrendo» dijo Alfredo Witschi‑Cestari, coordinador de la ONU para Afganistán hasta 1998. «A medida que transcurren los años, los fondos llegan cada vez con mayor lentitud y conseguimos menos de la mitad del dinero que pedimos». (18) A los señores de la guerra no les preocupa ni remotamente planificar la reconstrucción del país. El agujero negro económico de Afganistán se está agrandando y absorbe cada vez más a su propia población y a los pueblos de la región.

Notas
(1). Agradezco las entrevistas con funcionarios del Programa de Control de Drogas de las Naciones Unidas (UNDCP) en Islamabad por su ayuda al hablarme del cultivo de opio.
(2). Entrevistas, Kandahar, mayo de 1997. Véase también Ahmed Rashid, «Drug the infidels», Far Eastem Economic Review, mayo de 1907.
(3) ‑ Ibid.
(4). Lawrence Lifschultz, «Pakistan, the Empire of Heroin», en Alfred McCoy y Alan Block, op. cit.
(5). Barnett Rubin, The Fragmentation of Afganistan, State Formation and Collapse of the International System, Yale University Press, 1995.
(6). Lawrence Lifschulz, «Pakistan, the Empire of Heroin», en Alfred McCoy y Lin Block, op,. cit.
(7). Ahmed Rashid, «Dangerous liaisons», Far Eastern Economic Review, 16 de abril de 1998.
(8). Entrevistas con funcionarios de UNDCP y DEA, marzo de l 998.
(9). Entrevistas con funcionarios iraníes, Teherán, marzo de 1998. Ahmed Rashid: «Dangerous liaisons».
(10). Observatoire Geopolitique de Drogues, París, «Report on Turkmenistan», marzo de 1999.
(11). Entrevista con el presidente Akayev en Davos, Suiza, 29 de enero de 1999.
(12). Entrevista con el embajador, Islamabad, mayo de 1998.
(13). Informe del UNDCP, 25 de octubre de 1998.
(14). Entrevista con Pino Arlacchi en Davos, enero de 1999.
(15). Entrevista con Arif, Kabul, mayo de 1997.
(16). Entrevista con Jan, Kabul, mayo de 1997.
(17). Oficina de la ONU para la eliminación de minas en Afganistán. Durante varios años la ONU y las ONG afirmaron que había más de diez millones de minas en Afganistán. En 1997 dijeron que ésa era una cifra exagerada, que al ritmo a que van los trabajos de eliminación, tardarían cinco mil años en desaparecer. Ahora el Banco Mundial financia un examen más detallado, pero se calcula que varios miles de kilómetros cuadrados están todavía cuajados de minas. Sólo el 19 % de ese territorio, sobre todo en las grandes ciudades, fue limpiado entre 1992 y 1999.
(18). Entrevista con Cestari, Islamabad, junio de 1997.
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