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Entre la conversión y la expulsión

10/08/2001 - Autor: Josep María Soria
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Expulsión de los moriscos
Expulsión de los moriscos

El reino nazarí de Granada, que ocupaba las actuales provincias de Granada, Almería y Málaga, de unos 28.000 kilómetros cuadrados, vivía desde 1481 en continua tensión. La guerra entre abencerrajes y zegríes, las dificultades de relacionarse con los reinos del norte de África tras la pérdida del Estrecho y una economía empobrecida se añadían a la presión militar de los Reyes Católicos, que se fortalecía a través de la firma de exiguas treguas, que daban lugar a raptos y escaramuzas continuas, en lugar de una paz de igual a igual.

Vivían en lo que quedaba del reino andalusí unas 400.000 personas, en su mayoría musulmanes, aunque había también judíos y cristianos libres ("elches" o renegados). La caída de Granada se inició en 1482 con la toma por sorpresa de Zahara por los granadinos, a la que siguió la de Alhama por las tropas del marqués de Cádiz. A partir de ese momento se iniciaron escaramuzas, asedios y capitulaciones. Málaga cayó en 1486 y sus habitantes fueron sometidos a esclavitud. Las disensiones entre el "traidor" Boabdil y su tío El Zagal hicieron el resto. Quedaba únicamente la ciudad de Granada, regentada por un grupo de fanáticos. Las tropas cristianas se instalaron en la vega (1489) y sometieron la ciudad a un largo asedio en espera de su capitulación, que llegó, tras secretas negociaciones, el 2 de enero de 1492.

Las capitulaciones fueron muy generosas. Libertad religiosa, libertad personal, conservación de bienes, propiedades, armas y derecho tradicional, que muy pronto serían recortadas. Los reyes pretendían la emigración de los notables e impedir la del pueblo para evitar la decadencia económica. Una minoría emigró al Magreb y fundó la ciudad de Xauen. Granada fue repoblada con 40.000 personas, en su mayoría procedentes de la Andalucía Occidental. Pero las tierras eran pocas y para una precaria subsistencia era preciso un gran trabajo. Esto provocó casi inmediatamente una actitud agresiva frente a los vencidos y el fracaso de la convivencia. Los intentos apaciguadores y de respeto a las tradiciones musulmanas del obispo Hernando de Talavera chocaron con los cristianos más intransigentes, que se escandalizaban de que se oyera todavía la voz del muecín llamando al rezo.

En 1499, el nuevo obispo de Granada, Jiménez de Cisneros, ordenó la quema de los alcoranes y la actuación de la Inquisición, que provocaron las sublevaciones del Albaicín y de la serranía de Ronda. Con ese pretexto, los Reyes Católicos abolieron las capitulaciones y pusieron a los vencidos en el dilema de la conversión o la expulsión. Entonces se produjo una segunda emigración al Magreb (1501). El año siguiente, una segunda pragmática puso la misma condición a los mudéjares de Castilla, muchos de los cuales fingieron aceptar el cristianismo para no abandonar las tierras que trabajaban y en las que vivían desde hacía siglos.

La comunidad morisca, modesta y apegada a la tierra, pasó en su mayoría al vasallaje y se convirtió en mano de obra barata, que se ganaba la vida en la construcción, o como carpinteros, mieleros, trajineros, cultivadores de viña y, desde luego, hortelanos. En las ciudades, lo hacían como muleros, carreteros, mozos de cuerda, descargadores de muelle y pequeños artesanos. No eran odiados porque, a diferencia de los judíos, los moriscos formaban parte del pueblo llano. La implantación de este colectivo, sin embargo, era muy irregular. Mientras en el Levante era muy notable, en Castilla estaba muy diseminada. En Valencia, por ejemplo, había 135.000 moriscos, casi la mitad de la población total en España, que formaban "la nación de los cristianos nuevos de moros en el reino de Valencia", y eran en su mayoría trabajadores agrícolas.

Los moriscos se convirtieron al cristianismo con la creencia de que podrían seguir practicando el Islam en privado. El profesor Vernet explica que el Corán dice que "el que reniega de Dios, después de haber creído, no el que sufre una presión y cuyo corazón queda fiel en su fe, sino aquel que en plena conciencia abre su corazón a la incredulidad: la cólera de Dios está sobre él y un castigo terrible le esperará". Jaume Vicens Vives escribe que "ni que decir tiene que se convirtieron en masa, con el resultado de crear un núcleo inasimilable y pronto a toda acción subversiva. En conjunto quedaron en toda la monarquía 300.000 moriscos, de los cuales la mitad en la Corona de Aragón".

Desde 1525 cesa oficialmente de existir la religión islámica en España y se les prohíbe vender oro, plata, joyas, ganado o cualquier mercancía. Tenían que llevar una media luna de paño azul y no podían trabajar los festivos cristianos. Los moriscos granadinos fueron obligados a pagar la "farda", impuesto con el que se sufragó la construcción del palacio de Carlos I y la guarda de costas. En 1568-1571 se produce la sangrienta rebelión de las Alpujarras que enardeció a los cristianos viejos. Los moriscos fueron entonces dispersados por varias regiones de Castilla.

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