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La organización política y militar de los talibán

20/07/2001 - Autor: Ahmed Rashid
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Si hubo un solo motivo de ánimo y esperanza de paz para los afganos de a pie después de que los talibán se hicieran con el poder, fue el hecho de que gobernaban mediante una dirección política colectiva, que era consultiva y buscaba el consenso, en lugar del dominio de una sola persona. La shura talibán en Kandahar afirmaba que seguía el primitivo modelo islámico, en el que tras la discusión se establecía un consenso entre «los creyentes», y se consideraba importante que los dirigentes fuesen sensibles y accesibles al público. El modelo de la shura también se basaba de una manera considerable en la jirga tribal pashtún, o consejo en el que todos los jefes de clan participaban en las decisiones sobre asuntos importantes para la tribu. Durante mis primeras visitas a Kandahar, me impresionaron los debates, que a veces se prolongaban durante toda la noche, cuando tanto jefes militares como mulás y soldados rasos eran convocados para expresar su parecer, antes de que el mulá Omar tomara una decisión.

Muchos afganos también estaban impresionados porque, al principio, los talibán no exigieron el poder para ellos, sino que insistieron en que estaban restaurando la ley y el orden y que entregarían el poder a un gobierno formado por «buenos musulmanes». Sin embargo, entre 1994 y la toma de Kabul en 1996, la postura de los talibán cambió por completo y se volvieron sumamente centralistas, sigilosos, dictatoriales e inaccesibles.

A medida que el mulá Omar se volvía más poderoso e introvertido, se negaba a viajar para ver y entender el resto del país y conocer al pueblo sobre el que mandaba, la estructura de poder del movimiento desarrolló todos los defectos de sus predecesores muyahidín y comunistas. Además, a partir de 1996 los talibán dieron a conocer su deseo de convertirse en los únicos dirigentes de Afganistán, sin la participación de otros grupos. Sostenían que la diversidad étnica del país tenía una representación suficiente en el mismo movimiento talibán, y para demostrarlo se lanzaron a conquistar el resto del país.

Las esperanzas iniciales alimentadas por los talibán fueron el resultado directo de la degeneración del anterior liderazgo muyahidín. Durante la yihad, los dirigentes muyahidín radicados en Peshawar estaban muy divididos en facciones y llenos de personalismos. Líderes y señores de la guerra carismáticos, más que una organización, mantenían la unidad de los partidos. A medida que la guerra avanzaba, esos líderes se hicieron cada vez más dependientes de los fondos y el armamento aportados por Occidente, a fin de conservar la lealtad de sus jefes militares y guerrilleros. Dedicaban gran parte de su tiempo literalmente a comprar apoyos dentro de Afganistán, mientras reñían entre ellos en Peshawar.

Paquistán ayudaba a promover este proceso de desunión. En 1970, el general Zia ul Haq, al mando de tropas paquistaníes, ayudó al rey Hussein de Jordania en su lucha contra los palestinos. Había visto personalmente la amenaza que un movimiento guerrillero unido planteaba al estado que le había dado refugio. Al mantener un movimiento desunido, sin un líder único, Zia lograba que los dirigentes muyahidín dependieran de la generosidad de Paquistán y Occidente. Pero en 1989, cuando las tropas soviéticas se retiraban e Islamabad necesitó con suma urgencia una dirección muyahidín coherente que ofreciera una alternativa política al régimen comunista de Kabul, y de nuevo en 1992, cuando se derrumbó el régimen de Najibulá, la desunión entre los dirigentes muyahidín radicados en Peshawar era demasiado profunda para que fuese posible remediarla, incluso con importantes sobornos. Esta desunión calaría muy hondo y en el futuro tendría como consecuencia la incapacidad de Afganistán de lograr un gobierno de consenso.

El segundo elemento en el liderazgo de la resistencia antisoviética eran los mandos militares, los cuales se sintieron cada vez más frustrados por la desunión y la corrupción de los dirigentes de Peshawar y la facilidad con que eran rehenes de los suministros de capital y armamento. La misma naturaleza y las penalidades de la guerra exigían que cooperasen entre ellos, a pesar de la enemistad inveterada entre su sjefes de partido en Peshawar.

Existía un deseo apasionado de mayor unidad estructural entre los mandos militares. En julio de 1987 Ismael Khan organizó, en la provincia de Ghor, la primera reunión de mandos, a la que asistieron unos 1.200 jefes militares procedentes de todo Afganistán. Adoptaron veinte resoluciones, la más importante de las cuales consistía en la exigencia de que fuesen ellos, y no los dirigentes de Peshawar, quienes ejercieran el mando del movimiento político. «El derecho de determinar el futuro de Afganistán corresponde a los herederos de los mártires y los musulmanes de las trincheras, quienes luchan en frentes sangrientos y están dispuestos a sufrir el martirio. Nadie más está autorizado a tomar decisiones que determinen el destino de la nación». (1)

Enjulio de 1990, unos trescientos jefes militares se reunieron de nuevo en la provincia de Paktia, y en octubre lo hicieron en Badajshan. Sin embargo, en 1992, cuando los muyahidín competían por apoderarse de la capital, el etnicismo, las rivalidades personales y el ansia de entrar en Kabul antes que nadie desbarató su consenso. La batalla de Kabul provocó que salieran a la superficie las divisiones entre el norte y el sur, los pashtunes y los miembros de otras etnias. La incapacidad de Ahmad Shah Masud de comprometerse con los jefes militares pashtunes contrarios a Hikmetyar, incluso en 1992, cuando Masud se apoderó de Kabul, produjo una mella considerable en su reputación política. Nunca recuperaría la confianza de los pashtunes, hasta después de que los talibán hubieran conquistado el norte en 1998.

Un tercer nivel de liderazgo dentro del movimiento de resistencia eran las personas instruidas, intelectuales, hombres de negocios y tecnócratas que habían huido de Kabul y hallado refugio en Peshawar. Muchos conservaron su independencia y abogaron por la unidad entre todas las fuerzas de resistencia. Pero ni los partidos de Peshawar ni Afganistán concederían nunca un papel político serio a ese grupo de afganos educados. En consecuencia, muchos abandonaron Peshawar para trasladarse a otros países, aumentando así la diáspora de profesionales afganos. Su influencia en la política de su país era marginal y, cuando después de 1992 fueron necesarios para que ayudaran a reconstruir el país, no estuvieron disponibles. (2) Los ulema y maestros de madrasas pashtunes estaban diseminados en el movimiento de resistencia, algunos como dirigentes de partido en Peshawar, otros como mandos militares, pero no constituían una presencia unida y potente en la resistencia e, incluso, en 1992 su influencia individual se había desvanecido de una manera considerable. Los ulema estaban maduros para que los absorbiera un movimiento al estilo talibán.

Cuando surgieron los talibán, en 1994, sólo quedaban los viejos líderes de la resistencia, hostiles entre ellos y a los que el presidente Burhanuddin Rabbani no había conseguido unir. En las regiones pashtunes había un vacío de poder total, pues los señores de la guerra campaban a sus anchas en el sur. Los talibán tenían razón al considerar a los antiguos líderes muyahidín corruptos y superfluos. Aunque reverenciaban a ciertos dirigentes ulema que en el pasado fueron sus mentores, no les dieron ningún papel político en el movimiento. Tampoco agradaban a los talibán los jefes militares de tendencia independiente, a quienes culpaban del desplome de los pashtunes después de 1992. Mandos importantes que se rindieron a los talibán no fueron nunca promovidos dentro de la estructura militar talibán. También rechazaban por completo a los intelectuales y tecnócratas afganos, a quienes consideraban el producto de un sistema educativo al estilo occidental o soviético, que ellos detestaban.

 

La aparición de los talibán coincidió así con una yuxtaposición histórica afortunada, en la que la desintegración de la estructura de poder comunista era total, los dirigentes muyahidín estaban desacreditados y el liderazgo tribal tradicional había sido eliminado. Era relativamente sencillo para los talibán barrer los pocos restos del viejo liderazgo pashtún que quedaban. A partir de entonces los talibán no se enfrentarían a ninguna posibilidad de oposición política a su dominio por parte de los pashtunes. Ahora tenían la oportunidad de formar una organización más tribalmente democrática y fundamentada. Imbuidos del factor legitimador islámico, éste podría haber respondido a las necesidades de la población, pero los talibán se rebelaron incapaces y reacios a hacerlo.

Al mismo tiempo, se negaron a desarrollar un mecanismo que les permitiera incluir a los representantes de los grupos étnicos no pashtunes. Su posición predominante en las zonas pashtunes no podría repetirse en el norte, a menos que tuvieran la flexibilidad necesaria para unir el complejo mosaico de la nación afgana bajo un nuevo estilo de liderazgo colectivo. En cambio, lo que los talibán crearon en última instancia fue una sociedad secreta dirigida principalmente por kandaharis y de un talante tan misterioso, oculto y dictatorial como los Jémeres Rojos de Camboya o el Irak de Saddam Hussein.

El vértice del cuerpo decisorio talibán era la shura suprema, que seguía radicada en Kandahar, una ciudad que el mulá Omar ha abandonado una sola vez (para visitar Kabul en 1996) y a la que ha convertido en el nuevo centro de poder de Afganistán. En la shura dominaban los antiguos amigos y colegas de Omar, sobre todo pashtunes durranis, a los que se ha llegado a llamar los «kandaharis», aun cuando proceden las tres provincias de Kandahar, Helmand y Urozgan. La shura original estaba compuesta por diez miembros, pero jefes militares, jefes tribales y ulema intervenían en las reuniones de la shura, que era flexible y amorfa hasta el punto de que en ocasiones intervenían en ella hasta cincuenta personas.

De los diez miembros originales de la shura, seis eran pashtunes durranis y sólo uno, el maulvi Sayed Ghiasuddin, era un tayiko de Badajshan (había vivido durante largo tiempo en el cinturón pashtún). Esto bastó mientras los talibán avanzaban por el cinturón pashtún, pero tras la captura de Herat y Kabul, la shura dejó totalmente de ser representativa. La shura de Kandahar nunca ensanchó su base lo suficiente para incluir a pashtunes ghilzais y miembros de otras etnias, y ha seguido siendo un coto cerrado que no puede representar los intereses de toda la nación.

Otras dos shuras rinden cuentas a la de Kandahar. La primera es el gabinete de ministros en funciones radicado en Kabul, o shura de Kabul. La segunda es el consejo militar o shura militar. De los diecisiete miembros que la shura de Kabul tenía en 1998, ocho como mínimo eran durranis, mientras que tres eran ghilzais y sólo dos pertenecían a etnias distintas a la pashtún. La shura de Kabul se ocupa de los problemas cotidianos del gobierno, la ciudad y el frente militar de Kabul, pero las decisiones importantes se trasladan a la shura de Karidahan donde se toman realmente las decisiones. Incluso decisiones secundarias tomadas por la shura de Kabul y su jefe, el mulá Mohammed Rabbani, como la autorización a viajar para los periodistas o los nuevos proyectos de ayuda de la ONU, a menudo han sido revocados por la shura de Kandahar. Pronto le resultó imposible a la shura de Kabul, que actuaba como gobierno de Afganistán, tomar cualquier decisión sin prolongadas consultas con Kandahar, lo cual retrasaba de manera interminable las decisiones.

En Kabul, Herat y, más adelante, Mazar, en ninguna de las cuales existía una mayoría pashtún, los representantes talibán tales como el gobernador, el alcalde, los jefes de policía y otros administradores de alto rango eran invariablemente pashturtes kandaharis que, o no hablan dari, la lengua franca de esas ciudades, o la hablaban mal. En esas shuras locales no interviene ningún ciudadano local importante. El único rasgo de flexibilidad que han demostrado los talibán son sus citas con los gobernadores de las provincias. De los once gobernadores que había en 1998, sólo cuatro de ellos eran kandaharis. (3) En el pasado, los gobernadores y funcionarios importantes procedían de la elite local y reflejaban la composición étnica local de la población. Los talibán rompieron con esta tradición y nombraron personal externo.

Sin embargo, los poderes políticos de los gobernadores talibán se han visto considerablemente reducidos. La escasez de fondos a su disposición, su incapacidad de llevar a cabo un desarrollo económico serio o de rehabilitar a los refugiados que regresaban de Paquistán e Irán daba a los gobernadores incluso menos papel político, económico o social. El mulá Omar también ha ejercido el control de los gobernadores y no les ha permitido formar una base de poder local. Los ha cambiado constantemente de lugar y enviado de nuevo al frente de combate como jefes militares.

Tras la derrota de Mazar en 1997, los pashtunes ghilzais se mostraron cada vez más críticos por el hecho de que no les consultaban sobre cuestiones militares y políticas, pese a que ellos aportaban el grueso del potencial humano militar. Los talibán perdieron en Mazar unos tres mil de sus mejores soldados, 3.600 cayeron prisioneros y diez dirigentes murieron o fueron capturados. Así los talibán se vieron obligados a obtener nuevos reclutas de las tribus ghilzais de Afganistán oriental, pero no estaban dispuestos a cederles el poder político ni tampoco a incluirlos en la shura de Kandahan. En cuanto a los ghilzais, iba en aumento su rechazo a que los talibán los usaran como carne de cañón y se oponían al reclutamiento.

La estructura militar de los talibán está envuelta en un secretismo todavía mayor. El jefe de las fuerzas armadas es el mulá Omar, aunque no está en absoluto claro cuál es su posición o el papel que representa. Por debajo de Omar hay un jefe supremo de Estado Mayor y luego jefes de Estado Mayor del ejército y la fuerza aérea. Hay por lo menos cuatro divisiones de infantería y una división acorazada con base en Kabul. Sin embargo, no existe ninguna estructura militar clara con una jerarquía de oficiales y jefes, mientras que cambian continuamente de destino a los jefes de unidad. Por ejemplo, la fuerza expedicionaria Kunduz de los talibán, que era el único grupo en el norte tras la derrota de 1997 en Mazar, experimentó por lo menos tres cambios de jefes en el transcurso de tres meses, mientras que más de la mitad de las tropas eran retiradas, dirigidas al frente de Herat y sustituidas por soldados paquistaníes y afganos menos experimentados. La shura militar es un cuerpo flexible que planea la estrategia y puede llevar a cabo decisiones tácticas, pero no parece tener ningún poder para adoptar decisiones estratégicas. Omar decide la estrategia militar, los nombramientos clave y la distribución de los fondos para las ofensivas.

Aparte del reclutamiento general impuesto por los talibán, los jefes individuales de zonas pashtunes determinadas son responsables de reclutar a los hombres, de pagarles y ocuparse de sus necesidades mientras prestan servicio. La shura militar les proporciona los recursos para hacerlo: el dinero, el combustible, los alimentos, el transporte, las armas y las municiones. Hay un trasiego constante de familiares que se intercambian en el frente, pues se permite a los soldados pasar largos períodos en sus casas. El ejército regular talibán nunca ha contado con más de 25.000 o 30.000 hombres, si bien estas cifras podrían aumentar con rapidez antes de nuevas ofensivas. Al mismo tiempo, los alumnos de las madrasas paquistaníes, que en 1999 constituían cerca del 30 % del potencial humano militar de los talibán, también servían durante breves períodos antes de regresar a sus casas y enviar a nuevos reclutas. Sin embargo, este estilo azaroso de alistamiento, que tanto contrasta con los 12.000 o 15.000 soldados regulares de Masud, no permite la creación de un ejército regular y disciplinado.

Lo cierto es que los soldados talibán se asemejan a una lashkar, o milicia tribal tradicional, cuyos antecedentes históricos entre las tribus pashtunes tienen una considerable antigüedad. La lashkar siempre se ha movilizado con rapidez por orden del monarca o para defender un territorio tribal e intervenir en hostilidades locales. Quienes se unían a la lashkar eran estrictamente voluntarios a quienes no se les pagaba salario alguno, pero que compartían el botín tomado al enemigo. Sin embargo, las tropas talibán tenían prohibido el saqueo y en el período inicial fueron notablemente disciplinadas cuando ocupaban nuevas ciudades, aunque esto terminó en 1997 tras la derrota de Mazar.

La mayoría de los luchadores talibán no perciben salario y corresponde al jefe pagar a los hombres una suma de dinero apropiada cuando van de permiso a sus casas. Quienes cobran un salario regular son los soldados profesionales entrenados extraídos del antiguo ejército comunista. Esos pashtunes tanquistas, artilleros, pilotos y mecánicos luchan en realidad como mercenarios, pues han servido en los ejércitos de quienquiera que domina Kabul.

Varios miembros de la shura militar son también ministros en funciones y crean un caos todavía mayor en la administración de Kabul. Así, el mulá Mohammed Abbas, ministro de Sanidad, fue el segundo en el mando de la fuerza expedicionaria talibán atrapada en el norte tras la derrota de Mazar en 1997. Lo retiraron de allí y enviaron a Herat para que organizara otra ofensiva y, finalmente, al cabo de seis meses, volvió a su cargo de ministro, dejando consternadas a las agencias de ayuda de la ONU con las que trataba. El mulá Ehsartullah Ehsan, gobernador del Banco Estatal, estuvo al frente de una fuerza de elite formada por unos mil kandaharis y logró que su actividad financiera recibiera escasa atención antes de que muriese en Mazar en 1997. El mulá Abdul Razaq, el gobernador de Herat que fue capturado en Mazar ese mismo año y más adelante liberado, ha encabezado ofensivas militares en todo el país desde 1994. Casi todos los miembros de las shuras de Kandahar y Kabul, excepto aquellos con incapacidades físicas, han actuado como jefes militares en un momento u otro.

En cierto sentido, esto confiere una notable flexibilidad a la jerarquía talibán, pues todos actúan al mismo tiempo como administradores y generales, lo que los mantiene en contacto con sus soldados. Sin embargo, la administración talibán, sobre todo en Kabul, resulta muy perjudicada. Cuando un ministro está ausente, en el frente, no es posible tomar ninguna decisión en el ministerio. El sistema aseguraba que ningún ministro talibán llegara a ser diestro en su cometido ni creara una base de poder local gracias a la influencia política. El mulá Omar ordenaba que cualquier ministro que adquiría demasiado poder político fuese enviado de inmediato al frente. Pero el resultado de esta confusión era un país sin gobierno y un movimiento cuyos líderes no tenían unos papeles claramente definidos.

El excesivo secreto que caracteriza a los talibán ha sido uno de los principales causantes de la desconfianza que les profesa la gente en las ciudades, los medios de comunicación extranjeros, las agencias de ayuda y la comunidad internacional. Incluso después de la captura de Kabul, los talibán se negaron a explicar cómo pensaban establecer un gobierno representativo o fomentar el desarrollo económico. Que insistieran en el reconocimiento internacional cuando no existía ningún gobierno claramente delimitado no hizo más que incrementar las dudas de la comunidad internacional sobre la capacidad del gobierno. El portavoz de la shura de Kabul, sher Mohammed Stanakzai, un talibán ghilzai que hablaba inglés y era relauvamente cortés, natural de la provincia de Logar y adiestrado como policía en la India, era el enlace talibán con las agencias de ayuda de la ONU y los medios de comunicación extranjeros. Sin embargo, en seguida resultó evidente que Stanakzai carecía de verdadero poder y ni siquiera tenía acceso directo al mulá Omar para transmitirle mensajes y recibir respuestas. En consecuencia, su trabajo carecía de sentido, pues las agencias de ayuda nunca sabían si sus mensajes llegaban a Omar.

Los talibán aumentaron la confusión al efectuar una purga en la burocracia de Kabul, cuyos mandos inferiores siguen en sus puestos desde 1992. Sustituyeron por pashtunes, tanto si estaban cualificados como si no, a todos los burócratas veteranos tayikos, uzbekos y hazaras. Como resultado de esta pérdida de personal experto, los ministerios, en su conjunto, dejaron de funcionar.

La ética laboral de los talibán en los ministerios es indescriptible. Por muy grave que sea la crisis militar o política, las oficinas del gobierno en Kabul y Kandahar sólo están abiertas cuatro horas al día, de ocho de la mañana a mediodía. Entonces los talibán se dispersan para dedicarse a la oración y hacer una larga siesta. Por la noche tienen largas reuniones sociales. En las mesas de los ministros no hay expedientes y en las oficinas del gobierno no hay público. Así pues, mientras centenares de cuadros militares y burócratas talibán colaboraban para obligar a la población masculina a dejarse largas barbas, no había nadie en los ministerios para responder a las consultas de la gente. El público dejó de esperar nada de los ministerios, mientras que la falta de representación local en las administraciones urbanas provocaba que los talibán aparecieran como una fuerza de ocupación más que administradores deseosos de congraciarse con los administrados.

Hasta la fecha los talibán no han dado ninguna indicación de cómo y cuándo establecerían un gobierno representativo más permanente, basado o no en una Coiistitución, y de qué manera estaría dividido el poder político. Cada dirigente talibán tiene opiniones distintas al respecto. Un ministro me dijo: «Los talibán están dispuestos a negociar con la oposición, pero con la única condición de que ningún partido político participe en las discusiones. La mayoría de los talibán proceden de partidos políticos y sabemos los conflictos que originan. El Islam está en contra de todos los partidos». Según otro: «Al final, ctiando estemos en paz, el pueblo podrá seleccionar su gobierno, pero primero es preciso desarmar a la oposición». Otros querían un gobierno talibán exclusivo.

Después de 1996, el poder estuvo totalmente concentrado en manos del mullá Omar, mientras que las consultas a la shura de Kahandar eran cada vez más infrecuentes. Wakil, el confidente de Omar, lo hizo patente: «Las decisiones se basan en el consejo del Amir‑ul Momineen. Nosotros no tenemos necesidad de consultas, y creemos que esto concuerda con la sharia. Aceptamos la opinión del emir aunque nadie más la comparta. No habrá un jefe de estado, sino un Amir‑ul Momineen. El mulá Omar será la primera autoridad y el gobierno no podrá poner en práctica ninguna decisión con la que él no esté de acuerdo. Las elecciones generales son incompatibles con la sharia y, en consecuencia, las rechazamos». (4)

Para poner en práctica sus decisiones, el mulá Omar confió menos en el gobierno de Kabul y cada vez más en los ulema kandaharis y la policía religiosa de Kabul. El maulvi Said Mohammed Pasanai, presidente del Tribunal Supremo islámico de Kandahar, quien enseñó a Omar los elementos básicos de la sharia durante la yihad, se convirtió en uno de los principales consejeros de Omar. Afirmaba ser el responsable de haber puesto fin al desorden imperante en el país por medio de los castigos islámicos. En 1997 me dijo: «Tenemos jueces que presiden trece tribunales supremos en trece provincias, y en todas partes hay paz y seguridad para la gente». El octogenario Pasanai añadió que él había aplicado castigos islámicos durante casi medio siglo en los pueblos de su región y que había orientado a los muyahidín a aplicar la sharia durante la yihad.

El Tribunal Supremo islámico de Kandahar se convirtió en el tribunal más importante del país debido a su proximidad a Omar. El tribunal nombrabajueces islámicos, qazis, así como ayudantes de los jueces, en las provincias, y una o dos veces al año los hacía reunirse a todos en Kandahar para hablar de los casos y la aplicación de la ley shaúa. Un sistema paralelo existe en Kabul, donde radican el Ministerio de justicia y el Tribunal Supremo de Afganistán. El Tribunal Supremo de Kabul se ocupa de unos cuarenta casos a la semana y comprende ocho departamentos especializados en la legislación relativa al comercio, los negocios, las leyes penales y públicas, pero es evidente que no tiene los mismos poderes que el Tribunal Supremo de Kandahar. Según el ministro de justicia, el maulvi Jalilullá Maulvizada, «todas las leyes están siendo islamizadas. Las leyes incompatibles con el Islam se eliminan. Tardaremos varios años en revisar todas las leyes y cambiarlas o eliminarlas».

El empeoramiento de la situación económica y la alienación política en las zonas controladas por los talibán, junto con las grandes pérdidas militares que han sufrido, provocaron la intensificación de las divisiones internas. En enero de 1997, los talibán se enfrentaron a una rebelión en el mismo centro de Kandahar, debido al reclutamiento obligatorio. Al menos cuatro reclutadores talibán murieron a manos de aldeanos que se negaban a unirse al ejército. Los talibán fueron expulsados de numerosas ciudades cercanas a Kandahar tras unos tiroteos en los que hubo víctimas en ambos bandos. Los más viejos del lugar decían que cuando los jóvenes se alistaban al ejército estaban enfrentándose a la muerte. «Los talibán habían prometido la paz, y en cambio no nos han dado más que guerra», me dijo un viejo aldeano. En junio, los talibán ejecutaron a dieciocho desertores del ejército en la prisión de Kandahar. Hubo movimientos similares contra el reclutamiento en las provincias de Wardak y Paktia. El reclutamiento obligatorio ha aumentado la impopularidad de los talibán y les ha forzado a obtener más reclutas de las madrasas paquistaníes y los refugiados afganos instalados allí.

Entre tanto, las diferencias que hervían a fuego lento entre las shuras de Kandahar y Kabul se incrementaron de una manera espectacular en abril de 1998, tras la visita a Kabul de Bill Richardson, el representante diplomático de Estados Unidos. El mulá Rabbani, jefe de la shura de Kabul, decidió poner en práctica los puntos del programa de Richardson, pero al día siguiente, el mulá Omar rechazó el acuerdo desde Kandahar. Rabbani se tomó uno de sus periódicos permisos de larga duración y hubo rumores de que estaba bajo arresto. En octubre de 1998, los talibán detuvieron a más de sesenta personas en Jalalabad, la ciudad más grande en el este de Afganistán, basándose en que ex oficiales militares leales al general Shahnawaz Tanai, el general pashtún que en 1990 desertó del ejército de Najibulá y se unió a los muyahidín, habían intentado dar un golpe de estado. Los oficiales pashtunes de ese general habían apoyado a los talibán desde 1994, y muchos sirvieron en el ejército talibán. En diciembre, los talibán mataron a un estudiante e hirieron a varios más durante los disturbios en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nangarhar, en Jalalabad. En la ciudad se produjeron huelgas y protestas contra los talibán.

El creciente descontento en Jalalabad parecía instigado por quienes apoyaban al mulá Rabbani, más moderado, quien había organizado una base política en la ciudad. Los poderosos mercaderes de Jalalabad que dirigían el negocio del contrabando desde Paquistán también deseaban una actitud más liberal por parte de los talibán. Tras los incidentes de Jalalabad, la superioridad ordenó de nuevo al mulá Rabbani que se desplazara desde Kabul a Kandahar y se perdió de vista durante varios meses. En 1998, la shura de Kabul era partidaria de una política talibán moderada, de manera que las agencias de la ONU pudieran regresar a Afganistán y fluyera a las ciudades una mayor ayuda internacional. Los dirigentes talibán de las shuras de Kabul y Jalalabad percibían el creciente descontento público por el aumento de los precios, la falta de alimentos y él recorte de la ayuda humanitaria. Sin embargo, el mulá Omar y los dirigentes de Kandahar se negaron a permitir una expansión de las actividades de ayuda de la ONU, y acabaron por obligar a marcharse a la organización internacional.

En el invierno de 1998‑1999, soldados talibán cometieron varios actos de saqueo y robo, lo que reflejaba la creciente indisciplina causada por las penurias económicas. En el peor de tales incidentes, ocurrido en Kabul en enero de 1999, seis soldados talibán sufrieron la amputación del brazo y el pie izquierdos por saquear. Entonces las autoridades colgaron los miembros amputados de los árboles en el centro de la ciudad, a la vista del público, hasta que se pudrieran. Aunque las diferencias internas hicieron aumentar las especulaciones sobre un grado importante de debilidad en el seno del movimiento talibán, que podría desembocar en una guerra civil, la posición suprema y los poderes incrementados del mullá Omar le permitían conservar un dominio absoluto del movimiento.

Así pues, los talibán, como los muyahidín antes que ellos, han recurrido al gobierno de un solo hombre sin ningún mecanisnio organizativo para acomodar a otros grupos étnicos o distintos puntos de vista. La lucha entre talibán moderados y partidarios de la línea dura tenía lugar en la clandestinidad, y no había ningún dirigente talibán que estuviera dispuesto a contradecir a Omar u oponerse a él. Es más que probable que semejante situación acabe por ocasionar una explosión en el seno del movimiento talibán, una guerra civil entre unos y otros talibán que sólo puede dividir de nuevo a los pashtunes y ocasionar más sufrimiento al pueblo.

 

Notas
(1). Radek Sikorski, Dust of the Saints, Chatto and Windus, Londres, 1989. Éste es el relato más completo sobre la reunión de los jefes.
(2). Ralph Magnus y Eden Naby, Afganistan: Mullah, Marx and Mujahid, Harper Collins, India, 1998. Agradezco a los autores que me hayan proporcionado esta útil división del liderazgo muyahidín.
(3). Afganistán tiene 31 provincias (wilayat), al frente de cada una de las cuales hay un gobernador (wali). Cada provincia se divide en distritos (uluswali) y subdistritos (alaqdari). Kabul está dividida en karts y subdividida en distritos más pequeños llamados nahia.
(4). Al‑Majallah, 23 de octubre de 1996. Entrevista concedida a una revista árabe.

*Extraído de Los Talibán. El Islam, el petróleo y el nuevo "Gran Juego" en Asia Central, ediciones Península, febrero de 2001, pp. 149-162
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