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Una historia robada y una ilusión permanente

Las incoherencias de Dios en la religión cristiana

22/05/2001 - Autor: Mercedes Navarro Puerto
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A mí me robaron una parte fundamental de mi historia. Soy una mujer del sur, del sur de Andalucía para ser exactos. Y en mi tierra hay una hermosa historia de cristianos y cristianas, musulmanes y musulmanas, judíos y judías, que duró ocho siglos. Durante ese tiempo pudieron convivir tres culturas, tres etnias, tres lenguas... y tres religiones. Historia hermosa, pero ni lisa ni llana sino conflictiva y, a veces, dura. Esa historia me fue robada y con tal rapiña se me privó de claves sin las que, todavía hoy, no puedo entender bien a mi pueblo ni a mi país, ni a mi religión en ella. Pero de eso hablaré más tarde. Llevo en mi sangre y en mi historia la marca de la incoherencia de una religión que, en nombre del Dios de Jesús, antagonista de Alá y Yahveh, expulsó a los musulmanes/as y judíos/as para proclamarse vencedora. La religión como un pulso entre antagonistas. La religión excluyente y celosa. El robo como estrategia política con grandes alianzas religiosas en las que todavía no logro reconocerme, por una secreta y arcana rebeldía, quizás, que bulle en rincones de mi pueblo que, de forma inconsciente, me fue transmitida. Los años que llevo estudiando el evangelio no han podido curarme de la tristeza y la nostalgia. Tristeza por la lejanía entre mi religión y el evangelio. Nostalgia porque pudo ser de otra manera.

En este congreso y para esta mi ponencia, me gustaría contar con un público mixto: mujeres musulmanas y cristianas, varones musulmanes y cristianos. No es tan habitual como debiera que a una mujer se la convoque para una discusión experiencial e intelectual de talante ecuménico en ámbito masculino. Las mujeres reflexionamos menos que los varones sobre esta cuestión, pero tenemos práctica ecuménica: nos comunicamos, nos encontramos, hablamos, compartimos foros, preocupaciones y luchas comunes. Cuando nos juntamos, incluso para debatir sobre ideas, creencias, semejanzas y diferencias, solemos echar en falta a los varones. El género, creo yo, debería ser un elemento importante de dicho debatei.

Sintetizo las incoherencias de mi religión en tres grandes puntos o, mejor, tres identificaciones: la religión cristiana identificada con la prohibición; la religión cristiana identificada con el sacrificio y la religión cristiana identificada con el patriarcado. Las tres se superponen entre sí, se refuerzan mutuamente y, con frecuencia, se confunden. Yo, no obstante, las voy a separar por darme mejor a entender. Decir mi palabra sobre sus incoherencias me suena, en cierto modo, a realizar un diagnóstico. O es que quizás soy víctima de mi deformación profesional...

1. Religión cristiana = prohibición

En mi experiencia cristiana primero se encuentra el no, la prohibición, el pecado. Mis catequesis y mi formación religiosa están marcadas por las fronteras y las normas. No es extraño que durante muchos años identificara la fe cristiana con el cumplimiento observante de la moral y que ésta quedara reducida a la contabilidad de las conductas buenas o malas. Con pocos matices. No es extraño, tampoco, que las transgresiones fueran algo apetecible y temible, que las percibiera cargadas de una terrible ambivalencia. La prohibición y, junto a ella, la identificación entre transgresión de normas y pecado. Lamento profundamente esta equivalencia que me llevó a mí a varias generaciones a experimentar un cristianismo privado de gracia, saturado de méritos y moralizado hasta la médula. Las mujeres hemos sufrido muchísimo más que los varones estas premisas. Hubiera sido más coherente con el principio cristiano del amor gratuito y la confianza básica e incondicional en ese amor de Dios, haber nacido y crecido a la fe desde el sí, el amén, la confianza.

Enumero tres de sus consecuencias: la que se refiere a la liturgia, la relacionada con la antropología y la magnificación de un peculiar principio de obediencia.

- La moralización de la liturgia. Las celebraciones y los ritos se han hecho rígidos, aburridos y progresivamente faltos de contenido. Hemos sacrificado la creatividad, el talante de gozo festivo, la recreación de sus formulaciones y símbolos así como su potencial transformador en aras de a) una pretendida unidad entendida como uniformidad; y b) una imposición de la cultura hegemónica que hasta ahora ha sido la europea, latina y romana. La moralización de la liturgia nos ha hecho recelar de lo nuevo, de los demás, de otras confesiones y de otras religiones... La liturgia, que pertenece al orden de lo in-útil, a la esfera de lo gratuito, debería reforzar la dimensión contemplativa del/la creyente, su identidad profunda y dadora de sentido y debería repercutir en una visión subversiva de toda la realidad. La incoherencia es que se encuentra en el lado de la obligación, de lo que sirve y de lo que puede producir algún interés (ciertos elementos mágicos, la religión como funcional). La imagen de Dios derivada de esta incoherencia es tan manipulada como manipuladora. La liturgia, de este modo, se utiliza para el control y el poder. Algo que el cristianismo apoyado en los evangelios no puede admitir de ninguna manera.

El Concilio Vaticano II inició una reforma. Tuvimos la esperanza de que podría llevarse a cabo un verdadero cambio. Pero a los pocos años retornaron la moralización, el empeño unificador y homogeneizador. O es que quizás nunca se fueron... Se reavivó el miedo a la libertad de las puertas abiertas. Se frenaron las posibilidades apenas entrevistas.

La liturgia católica no se ha reformado. Sólo se ha revestido de algunos elementos que siempre entran forzados y siempre se perciben extraños. Es una situación incoherente que no parece tener en cuenta la creatividad de los ritos conformados por el mismo Jesús. Unos ritos los suyos que parten del gran signo de las comidas inclusivas y transgresoras y se expanden y remiten a los ritos de sanación y devolución de la dignidad de personas y grupos. Sin embargo en muchas de las Eucaristías de mi vida he tenido la impresión de que mi dignidad de persona mermaba. Por el lenguaje casi siempre; en muchos momentos a causa de las lecturas elegidas y, con mucha frecuencia, por la predicación. No es de extrañar que volver al evangelio fuera para mí, por un lado el gozo del encuentro conmigo misma y con Jesús y, por otro, la constatación de una absurda e intolerable incoherencia.

Esta moralización litúrgica antepone todavía el pecado a todo lo demás. Por ello, sigue remitiendo las celebraciones a principios del AT que Jesús mismo había abolido: el principio de la separación entre profano y sagrado y entre puro e impuro, por poner un ejemplo. No hay que olvidar que los rituales católicos comienzan, generalmente, con la toma de conciencia de la propia indignidad, de la propia condición pecadora y la petición del perdón divino. Como si ese perdón no estuviera dado de antemano, como si un/ a cristiano/a no debiera de conocer teórica y prácticamente la coherencia de la incondicionalidad de dicho perdón con los puntos fundamentales de la fe, como la encarnación, la redención y la antropología positiva (la gracia) que de ella se deriva. Como si la reconciliación tuviera necesidad de la repetición compulsiva... Es imposible dejar de sospechar acerca de lo saludable de anteponer el pecado a la gracia.

La moralización litúrgica es incoherente con un Jesús que se empeña en diluir las fronteras, especialmente las provocadas por la pureza ritual y por la división entre buenos y malos. Comer con pecadores y gente de mala fama es en los evangelios una provocación profética y creativa propia de Jesús y de su mensaje sobre Dios.

- La moralización del ser humano, la vida y las conductas remite a una antropología y teología equívocas cuando menos. Ha configurado una imagen de Dios que cuesta mucho deshacer y recomponer. Este principio moralizador remite a un Dios interesado no tanto en el bien de sus criaturas, cuanto en su conciencia de cumplidores/as. Esta moralización remite y refuerza una imagen de Dios perfecta e inmutable; crea y mantiene unos dogmas que enfatizan tales atributos. Este Dios perfecto era, desde luego, el Dios masculino. Una imagen incoherente con la formulación de una divinidad que supera la división de sexo y género. Pero, a la vez, una imagen enormemente coherente con otra serie de rasgos. Perfecto, masculino y, por ello, según la proyección de la manera de pensar la realidad en Occidente, un Dios racional y racionalista, que se instalaba tranquilamente en el super-yo humano haciéndose uno con él como si de su hipóstasis se tratara. Un Dios dispuesto, por ello, a censurar lo que se hace y se deja de hacer, lo que se piensa y lo que no, las cuentas que va a pedir y las consecuencias para la eternidad de una cosa u otra. Un Dios que, resumiendo, adoptaba el título de Padre haciendo caso omiso de la imagen divina (y su contenido) ofrecida por Jesús en los evangelios.

Esta visión de Dios tiene como efecto inmediato una determinada visión antropológica y social. Y hete aquí a Dios, como representante del orden establecido, en el que se apoya toda la organización de la iglesia, las comunidades cristianas, la familia y el autoconcepto humano que, para terminar de ser coherente, se dice imagen y semejanza de este Dios. Y así, por pura y exacta coherencia, se hace imposible modificar las características de una sociedad que se quiere perfecta, aunque todo a su alrededor cambie, se transforme y se derrumbe. Así se construye y refuerza una ley, atemporal y ahistórica, a la que se llama natural para justificar los esencialismos que subyacen y que, por más que se quiera, este mundo nuestro ha destruido.

Por eso, por coherencia con tal modelo de Dios, se mantiene una concepción de la imagen del varón como canon de lo humano, aunque algunas formulaciones pretendan distraernos de la fuerza y rigidez de las normas y conductas, diciendo que varón y mujer son iguales y que Dios no es solamente Padre sino también es Madre. Las mujeres creyentes sufrimos en carne propia tal paradoja de coherencia-incoherencia.

Este Dios representa el poder, por eso se le llama todopoderoso. Se omite, por coherencia interna al modelo, que se trata del mismo Dios que, impotente, no acudió al cadalso de la cruz para salvar a Jesús. No es extraño que no acabe de cuajar en la catequesis y la predicación la fuerza y el poder subversivo de los que no cuentan, de los humillados y débiles, de los que son expulsados y considerados malos, peligrosos, impuros o indeseables. La incoherencia del modelo de Dios es testigo de la más dura incoherencia con la fuente del modelo. Por eso esta iglesia mía, en algunos de sus sectores, no siente empacho alguno en colaborar con los poderes que exterminan a los peligrosos, en seguir apoyando la pena de muerteii y en mostrar que está de acuerdo con la idea de que la cárcel encierra a los malos y la calle nos cobija a los buenos...

Tal coherencia se refleja en la clericalización de la iglesia (también de otras confesiones cristianas, aunque quizás en menor medida). La unidad-uniforme depende de la estructura piramidal y jerarquizada efecto de tal clericalización. Por eso es necesario que se multipliquen los clérigos, que se sientan importantes y con poderiii, valorados y colocados por encima de los otros y, sobre todo, de las otras. Y, por coherencia, es necesario seguir dando a entender que los laicos y laicas están en un escalón por debajo y, si es posible, mantenerlos desinformados, mal formados y con una religiosidad infantil, culpabilizada o moralizada y dependiente. Por eso los/as cristianos/as, estamos llamados y llamadas a la incoherencia con el modelo institucional y a la coherencia con el evangelio.

El evangelio que no divide a la gente y a la comunidad de Jesús en categorías jerarquizadas de clérigos y laicos (laico él mismo según las escalas jerárquicas de su religión judía, pero persona sin etiquetas ante los suyos y ante las multitudes), propone una estrategia a seguir: no reconocer la división existente, formarse bien (tener no sólo una coherencia práctica, sino la coherencia que dan los buenos argumentos) y comenzar a dialogar sin pedir permiso, a debatir sin miedos, ser adultas y adultos y, por ello, libres.

La moralización de la vida, el propio concepto de persona y de las conductas se ha cebado de modo especial en las mujeres. Y es normal si en ellas se ha expulsado proyectivamente toda la sombra (en sentido junguiano) masculina, si los varones no han sabido qué hacer con la sexualidad, el placer, la creatividad, la intimidad y el mundo de las emociones y los afectos... es normal si la religión, controladora y racional, percibe que ellas no encajan en los modelos propuestos y se salen por todos los lados y ya no saben cómo controlarlas. Es normal la historia de abusos contra ellas, contra la sexualidad no ya moralizada sino culpabilizada y culpabilizadora; la historia de silenciamiento y control, de matanzas por puro miedo a los poderes potencialmente subversivos.

Por eso es normal y coherente, también, que las mujeres cristianas dejen silenciosamente la iglesia y las que no lo hacen dejen ya de pedir permiso y tomen la palabra, los ritos, la Biblia, la teología y se dediquen a crear. Tengo una amiga, creyente apasionada y biblista de profesión, que dice entre triste, rabiosa y decepcionada: es terrible, Mercedes, que haya que dejar la Iglesia para poder ser cristiana... Y no lo decía por ella, que sigue perteneciendo a la iglesia, sino por otras muchas que no han podido aguantar y por honradez y coherencia con su conciencia más cristiana, han decidido marcharse.

Esta culpabilización (chivo expiatoria) de las mujeres, de su condición de género (uno de los géneros, claro, pero para el otro el género), tiene mucho que ver con una determinada forma de celibato, con su imposición para el ministerio.

- El principio de obediencia es la tercera consecuencia de la identificación entre religión cristiana y prohibición, estrechamente vinculada a las precedentes consecuencias. La obediencia, entendida como sometimiento a la voluntad de Dios. Y no habría especial problema si no fuera por la forma en que se entiende la voluntad de Dios: un querer, también atemporal y ahistórico, dado de antemano, que sólo conocen y pueden administrar aquellos que han recibido tal encargo de la divinidad. Tal comprensión del principio obediencia ha configurado una comunidad de creyentes dividida en sumisos y rebeldes, entre los que brillan con luz propia aquellos y aquellas que no entran en el juego de los dos extremos. Los/as más lúcidos y capaces de saber y decir que esa voluntad sólo puede ser intuida en medio de grandes oscuridades, de una continua búsqueda y en el sonido del silencio. Que no hay garantías previas, como se encarga de decirnos toda la historia cristiana de Occidente. Que en su nombre se amparan con frecuencia los deseos más inconfesados, por rastreros y violentos, de los humanos, sean cuales sean los cargos que desempeñen. Que conservamos páginas muy negras debidas al sometimiento a la voluntad de Dios, no discernida ni lúcida, sino ciega, injusta y sangrienta. El sometimiento, como sabe bien la psicología, no subsiste sin una intensa carga de hostilidad y resentimiento. Por eso genera, en el otro lado de su misma cara, la rebeldía agresiva de los que estuvieron sometidos/as.

- ¿Situación desesperada? No estamos ante una situación desesperada. Es posible restablecer la lente desde la que percibir la realidad. En lugar de colocar norma y prohibición en el punto de partida, podemos situar la gracia, lo gratuito y lo agradecido. Es posible volver a las fuentes, a la Palabra, a los evangelios. Volver no de una manera ciega y fanática fundamentalista y controladora, sino tan fresca y lúcida, como tanteante. Volver de la mano de las ciencias que hoy nos ayudan a ver más y mejor, a entender Escrituras y Tradición de forma más complexiva e integral y, por ello, a encontrarnos y perdernos continuamente en el ejercicio necesario del discernimiento libre de creyentes adultos/as.

Contra la norma como principio ritual, está la gratuidad de la celebración. Con ello la liberamos de su obligatoriedad para que pase al orden de lo no impuesto, al orden de lo creativo que marca la fiesta y el gozo. La liberamos para que nos devuelva la imagen de un Dios fuente de felicidad. Para hacer posible, cuando tanto lo necesitamos, sentarnos a la mesa hombres y mujeres, esclavos y libres, buenos y malos, cristianos y musulmanes en plano de igualdad, con nuestras convicciones y verdades parciales (cf Gal 3,28). Una verdad que nunca está de una parte sola. Necesitamos poner la mesa y llamar a los invitados y volver a los caminos para que acuda libremente todo el/la que quiera.

Contra la prohibición está la transgresión de estilo evangélico; aquella que devuelve siempre la dignidad a las personas y grupos. La transgresión profética de quienes, don de Dios a su pueblo, pueden colocarse en las fronteras y denunciar, gritar y llamar la atención aunque eso suponga pérdidas tan dolorosas como la libertad de expresión, la propia dignidad y la vida, incluso.

En este empeño estoy con todas mis convicciones y con mis dudas y miedos. A veces sola y en muchos momentos apoyada y acompañada por otras mujeres, con sus nombres y apellidos, y por grupos de mujeres. De vez en cuanto y, para algunas cuestiones, cuento, también con algunos varones. Pero a ellos siempre les cuesta la perspectiva del género.

2. Religión cristiana = sacrificio

He nacido y he crecido creyendo que el sacrificio era un ingrediente sin el cual no podría ser una buena cristiana. Yo toda mi vida he querido ser santa. De niña la santidad era la alternativa femenina a la sana aspiración a héroe, propuesta para cualquier muchacho y prohibida para mí. La sensación de aventura, de prueba, reto y superación, me llegó proyectada en el ideal de la santidad. Pero supe en seguida que ser santa era vivir una lucha. La pelea permanente con el disfrute, el placer y el bienestar. Era la pura y gratuita renuncia. Quedarse con lo mejor del ser humano que se presupone en la negación de sí. Era pasar apenas por esta vida y, desde luego, sin enterarme de que tenía cuerpo, con necesidades, exigencias y deseos. Era, sobre todo, negar y superar mi cuerpo femenino, más cercano a las antípodas del ideal de la santidad. El cuerpo, la carne (máxime si era carne de mujer), era un verdadero antagonista del sacrificio y, por lo tanto, de la santidad. Hoy anhelo (y trabajo en ello) por recuperar otro modelo de santidadiv.

Me enseñaron que cuanto más me sacrificara más grata sería a los ojos de Dios. Imitar a Jesús era vivir la ascesis de una vida sacrificada hasta el martirio. Había que ser como él, es decir, merecer morir de una muerte lo más parecida posible a la suya. Jesús murió por todos/as y los/as cristianos, especialmente por las cristianas (hijas de Eva a fin de cuentas). Se negó a sí mismo. Los humanos hemos venido a este mundo no para nuestro beneficio ni disfrute, sino para entregar nuestra vida por los demás.

- La importancia del martirio. Los/as mártires eran y son los grandes ejemplos a seguirv. Y puesto que ya no era tan habitual el sacrificio cruento, lo sería el incruento. Los santos eran y son canonizados por sus virtudes heroicas, por su afán de superarse a sí mismos superando los peligros de esta vida. Los estilos más perfectos en la vida cristiana son aquellos que pueden decir con sus signos específicos el valor del sacrificio por encima de cualquier otro. De este modo ha habido un deslizamiento en torno al sentido del martirio que, de colocar el énfasis en el testimonio, se fue desplazando al sacrificio y a la negación. Es difícil (se nota en que hay que estar explicándolo siempre) hacer entender que el martirio, en cuanto testimonio, no es más que el colofón de una forma de ser, de vivir y de actuar. Y que no todas las muertes violentas de los/as cristianos/as responden a estos criterios. Y que, en cambio, muchas vidas de marginación y dolor, consecuencia (¡no querida, desde luego, como en el caso de Jesús!) de la coherencia cristiana, son vivos testimonios, martirios, del Dios de Jesús, del evangelio. Es decir, testimonio y signo de las causas más humanas que generalmente se encuentran de la parte de los más pobres.

Se olvidaron de decirme que, como se lee en el evangelio, para poder negarme tengo primero que afirmarme (cf Lc 9,24ss), puesto que negación es correlato de afirmación. Y el evangelio, Jesús, la Pascua cristiana es, antes que nada afirmación de la persona, del valor de la vida, el gozo, el disfrute y el placer. Se olvidaron de enseñarme la premisa del tener para dar. Y, por ello, por este olvido, primero me negué y luego necesité mucho tiempo para recuperarme, saberme a mí misma, tenerme y sólo entonces plantearme libremente si quería y podía entregarme, entregar mi vida... Este olvido lo pagamos caro. Muchas mujeres que fueron creyentes entregadas y negadas hoy se retienen a sí mismas asustadas de que ésta u otra religión vuelva a quitarles lo que son, vuelvan a tacharlas como inexistentes e invisibles. Muchas de ellas no son recuperables. Menos mal que el Dios de Jesús las entiende...

Me acostumbré a mirar en mi entorno y ver como toda normalidad el carácter anhedónico de los creyentes. Durante mucho tiempo la figura humana ejemplar que deseaba era la pura ascesis, apenas si reconocible corporalmente más que como hecha de raíces y ramas secas. Pero mi estructura somática, cuerpo de andaluza, no respondía al ideal. Todo lo demás, el resto de los modelos, era pecaminoso o, como mucho, sospechoso de caer por la ladera del precipicio del placer y la ruina humana y religiosa. La incoherencia llegaba cuando, en compañía de mi padre, mi madre y mis hermanas y hermano lograba entrar a fondo en la menos aburrida de todas las ceremonias religiosas vividas en mi infancia y adolescencia: la vigilia pascual. Creo que aprendí a racionalizar mi gozo más radiante dejando la práctica de lo que allí celebraba para la ocasión propicia, es decir, la otra vida.

Cuando entré en la Vida Religiosa, el sentido del valor del sacrificio se acrecentó puesto que lejos del mundo la vida ascética y austera estaba más que garantizada. Todos/as los creyentes admiraban mi decisión de sacrificarme por Dios y por los demás. Tan arraigada se encuentra esta concepción de lo que significa la Vida Religiosa, que todavía hoy mis alumnas y alumnos de Psicología (UP de Salamanca) que son creyentes, piensan que esta vida tiene valor sólo por la admiración que les provoca la renuncia y el sacrificio. Imagino que yo, que en este sentido no doy el tipo, debo desconcertar... Los signos de que vivimos otras cosas, de otra manera y con otro sentido en la Vida Religiosa ni siquiera quedan registrados en sus mentes. La estrategia de la disonancia cognoscitiva les lleva a excluir datos de la realidad que les obliga a cambiar el esquema. Es más sencillo excluir que arriesgarse a cambiar.

- Sacrificio y víctimas. Ascesis, renuncia, sacrificio, ofrenda... desembocan en un concepto que ha traído graves consecuencias para los creyentes cristianos: el concepto de víctima. Y, de la mano de él, nos adentramos en los lugares clandestinos del masoquismo que, como ocurría con la vertiente del sometimiento, tiene su otra cara en el sadismo.

Esta concepción de la vida, el cuerpo y el mundo no la reconozco como visión cristiana aunque fuera instruida en ella. No es coherente con la perspectiva de la encarnación ni, contra lo que pudiera parecer, con la perspectiva de la redención.

Hoy me pregunto mediante qué fisuras entró el gorgoteo refrescante del Dios de la felicidad y la desmesura, cuando todo en mi entorno me predicaba lo contrario. Y qué idea del mundo me fue transmitida de forma que lo normal era despreciarlo, temerlo, infravalorarlo y desear superarlo por todos los medios, por el medio de sacrificio. Recuerdo el estallido de vida que me producían mis paseos de adolescente por los entornos de los palacios árabes granadinos en las mañanas de algunos domingos de mayo y de junio. El sonido del agua por doquier, el sol y la brisa en perfecto maridaje, los juegos del color y de la luz, la magia y el misterio, el lujo de los adornos perfectos de los muros y las salas, el orden simétrico de las fuentes para el descanso y el relax.... Recuerdo que aquella experiencia sensual me llevaba a vivir un infinito agradecimiento a Dios. La experiencia sensual se convertía en una experiencia religiosa, algo que es bastante frecuente en las mujeres, pero que parece chocar con la concepción cristiana de la austeridad y el sacrificio.

La pasión y muerte de Jesús es, sin duda, una objeción válida a favor del sacrificio victimista. ¿Y no es acaso verdad que es pilar el sacrificio de Jesús que fundamenta el cristianismo? ¿no es la pascua, celebración sacrificial y victimal, la experiencia más fuerte y fontal de nuestra fe que reconocemos los cristianos? Si es así no se entiende cómo las incoherencias suceden unas detrás de otras. Pongamos algunos ejemplos:

- Se proclama a un Jesús más muerto que resucitado, cuando es la resurrección y sólo ella, la que ratifica el valor de su vida y de su muerte. Es el cristianismo de viernes santo que señaló Niesztche, en lugar del cristianismo del domingo o primer día de la semana. La dificultad para cambiar esta concepción se advierte todavía en el pueblo creyente que celebra la Semana Santa litúrgica (al menos en este país): las iglesias se llenan en las celebraciones del jueves y del viernes santo en la misma medida en que se vacían en la del sábado de gloria y, en menos medida, el domingo de resurrección.

- Se utiliza el signo creativo de la última cena de Jesús para proponerle como víctima. Esta utilización identifica la última cena con la pascua judía, cuando en realidad se trata de una recreación de significado nuevo realizada por el mismo Jesús. Esta utilización de la cena como autoinmolación esconde la sombra de un Dios sádico que entrega la vida de su Hijo a la muerte. Si esto es así, no es de extrañar que cualquier seguidor suyo espere que Dios le honre con sufrimientos que puedan ser vividos como sacrificio propio y refuercen esta idea sádica de Diosvi. La entrega a los demás se pervierte y en lugar de nacer de la sobreabundancia y la experiencia de la gratuidad y la desmesura, como es el caso de Jesús, se hace obligación y sacrificio. En lugar de obedecer al principio primero y principal del cristianismo, el amor, responde a oscuras motivaciones ya sean conscientes o inconscientes. Tal vez por eso la caridad se ha vuelto beneficencia paternalista y maternalista, en lugar de un compartir solidario propio de quien considera a los demás sus iguales y de quien tiene un don que desborda.

- De aquí a la conciencia victimista, sometida y pasiva no hay más que el paso que hemos dado durante muchos siglos y que se encuentra todavía anclado en nuestra mentalidadvii.

- Tampoco es de extrañar que no haya sido posible erradicar el trasfondo victimista y expiatorio de la eucaristía, que ha impregnado todos los símbolos, incluso después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II: ara, altar, holocausto, víctima, sacrificio, cuerpo-sangre, ofrenda...viii La comprensión de la Eucaristía como celebración de la pascua en su vertiente de resurrección, o al menos desde ella, la experiencia litúrgica de una comida fraterna y sororal, inclusiva y universal, se abre paso a duras penas por entre las rendijas del sacrificio.

- En la experiencia religiosa cotidiana, en la vivencia de la práctica de la fe, el sacrificio ha adquirido la connotación de mortificación: mortificar el cuerpo, mortificar la mente, el corazón, la persona... para purificar las intenciones, para separar, en definitiva, lo sagrado de lo profano, para convertir la realidad del corazón, la mente, el cuerpo y las conductas en víctima propicia a la divinidad. Afirmamos un Dios de vivos para la vida, pero proclamamos una práctica de muerte y mortificaciones. Afirmamos una antropología positiva, pero proclamamos continuamente un concepto peyorativo del ser humano.

De esta manera lo cristiano parecía y parece perderse en las entretelas de elementos de la experiencia religiosa que fueron superadas por Jesús, cuya intención es que todos/as tengan vida y la tengan en abundancia (cf Jn 10,10). Estos desplazamientos de sentido han ido tomando forma gracias a la interpretación por separado de la vida de Jesús y de su pasión, muerte y resurrección. De todas las posibilidades de interpretación teológica que pueden deducirse de los evangelios y del resto del Nuevo Testamento se ha enfatizado el victimismo expiatorio, en cuyo trasfondo se adivina un Dios muy cercano a ciertas imágenes del AT superadas ya en los mismos evangelios. Este Dios de tintes sádicos ha hecho un terrible daño al cristianismo, a Occidente y, mediante la hegemonía occidental, al resto del mundo.

La concepción de un Jesús Sumo Sacerdote, se apoya en la carta a los Hebreos, olvidando, sin embargo, que en esa misma carta se dice que se trata de un sacrificio único hecho una vez para siempreix y, por ello, irrepetible. Olvidando que la carta, con lenguaje, esquemas y criterios judíos que sus destinatarios debían entender, supera tal esquema, lenguaje y criterios. Los elementos de compulsión que se advierten en nuestra forma de rememorar la cena de Jesús y su pascua, ciertamente dan que pensar y, desde mi punto de vista, son incoherentes con el sentido de la vida completa de Jesús.

Jesús no cuestionó en sí mismo el propósito social de las reglas de pureza y los sacrificios, sino el modo en que eran interpretadas en función de ese propósito. Por eso dice, recolocando las cosas: el sábado fue hecho para el hombre no el hombre para el sábado (Mc 2,27). Y deja claro que esto es algo que, en todo caso, necesita el ser humano, no Dios, que “pasa” incluso de eso haciendo salir el sol para buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45). Lo que Dios quiere es el bienestar del pueblo y que todo el mundo pueda tener acceso a Él. Un Jesús sacrificado por la voluntad (sádica) de Dios pierde su dignidad humana y, sobre todo, su libertad. Y sin ella no hay redención.

La superación del carácter sacrificial y victimista del sentido de la vida de Jesús y del sentido de la Pascua no es negación de la cruz. El conflicto, el dolor, el sufrimiento, la muerte y también el mal son realidades de la vida. Aceptarlas como tales no significa resignarse, sino querer, como quería Jesús, reducirlos, aliviarlos y, si fuera posible, superarlos. Pero esto ya no responde a la concepción sacrificial y mucho menos victimista de la religión cristiana.

- El sacrificio y la negación de la corporalidad. El estudio de los evangelios me ha devuelto a un Jesús encarnado que nunca imaginé. La realidad corporal que se desprende del personaje narrado, la que se deduce de la forma en que actúa, vive, comparte y ofrece los signos del Reino, ha logrado que mire mi cuerpo y el cuerpo de los otros/as a una luz ya resucitada. He ganado en coherencia con la fe cristiana más, infinitamente más, de lo que me habían enseñado en la catequesis, la predicación, la formación en la VR y la teología, incluso.

Haber descubierto a un Jesús consciente de su cuerpo y de los cuerpos ajenos, que cambia la visión de impureza antropológica y ritual en sus contactos curativos, que hace del cuerpo el signo vivo de la llegada de su Reino, no precisamente como un cuerpo que recupera la salud, el bienestar, la capacidad de relación y de placer, me han ayudado a reconciliarme con mi propia corporalidad.

Y un Jesús que toca y se deja tocar, que se invita y se deja invitar a la mesa, que es acusado de comilón y bebedor, amigo de pecadores y prostitutas, está más cerca del cuerpo del placer que del cuerpo del sacrificio, la ascesis y la mortificación. Esta experiencia más plena y sensual le prepara, paradójicamente, para la entrega libre, voluntaria y generosa de su vida cuando esa vida suscita envidia y odio hasta planear su muerte. Y es que el placer está mucho más vinculado a la libertad que la ascesis, el sacrificio y la mortificación. Pero la mortificación, el sacrificio y la ascesis, permiten un mayor control de los sujetos.

Este Jesús más sensual, placentero, amigo de la dignidad humana, de la libertad y del goce de la vida, es coherente con la imagen del Dios judío creador y salvador, que promete una tierra que mana leche y miel, que da la lluvia y cuida de la tierra, la riega y la enriquece sin medida, que, en los poemas de profetas como Isaías se presenta como una madre que dispone una mesa en la que todos y todas puedan comer y beber en abundancia. Las reminiscencias en las parábolas evangélicas, imágenes y sueños del Reino de Dios son muchas, claras y coherentes con esta visión. El Apocalipsis como también el mismo Corán, al final, recupera esta tradición para hablar del fin de los tiempos y de la otra vida.

Si el cristianismo se ha identificado con la prohibición y con el sacrificio ha sido en detrimento de la visión positiva de la corporalidad y, sobre todo, a costa de la exclusión del placer al que ha demonizado desde hace demasiados siglos. Tantos, que se tiende a pensar que los esfuerzos por buscar la coherencia primigenia, en particular desde la exégesis y la teología hecha por mujeres, suena a imposición forzada de algo que nunca fue y quiere ahora meterse con calzador.

Me vienen a la memoria los pecados capitales. Entre ellos hay tres, al menos, que aluden específicamente a la corporalidad y al placer. Dos, especialmente: el placer de la comida y el placer del sexo. Pereza, gula y lujuria parecen aliarse para sembrar el recelo y la sospecha. Contra ellos se encuentran los antídotos del trabajo, la moderación y la castidad. No es extraña la sospecha de que tras semejante formulación se halla no solamente la filosofía estoica y neoplatónica, sino toda una cultura y la mentalidad del grupo de célibes que ha gobernado esta iglesia desde hace tantos siglos. Y no es que yo crea que es el celibato, en cuanto tal, el primer responsable, sino la forma en que lo han vivido los varones y la han impuesto a las mujeres. Soy una célibe convencida de su valor, pero crítica con el uso pervertido que el celibato, entendido como negación del sexo, ha hecho mi iglesia.

El pecado de la pereza, por una paradójica incoherencia, ha generado generaciones de obsesivos/as sacrificados al trabajo y el rendimiento. Recuperar un tiempo para el descanso corporal y mental, para el sosiego espiritual, el encuentro consigo mismo/a y la superación de la mentalidad del rendimiento, no es en absoluto algo conseguido. No hay más que contemplar los programas de vacaciones, viajes, ofertas de descanso que pululan en nuestro mundo occidental. Si el descanso es hoy un mercado rentable, qué decir de la obsesión del trabajo en la generación de los yuppies...

Yo misma me encuentro atrapada en la ascesis del trabajo y, aunque me empeño en equilibrarlo con el placer y el descanso, no acabo de lograrlo. En mi contexto de Vida Religiosa, aunque decimos y decimos la importancia del descanso, el goce y lo no útil, lo que de verdad, de verdad se sigue valorando es que te mates en el trabajo. Se nota en que cuando no te matas bajas puntos casi sin darte cuenta en la valoración de las demás. Que una religiosa sea muy trabajadora y, por ende, muy sacrificada, es algo tan valorado que suele ser una de las notas a destacar en los panegíricos de las fallecidas.

El pecado de la gula, como exceso, contempla asustado su revés sacrificial en los trastornos de la alimentación que se han cebado en las mujeres desde tiempos inmemoriales y que ahora pasa también a ser un síntoma de jóvenes muchachos. Jesús fue acusado de gula porque comía y bebía y, probablemente, por su forma de comer y beber, placentera y reposada, como de quien gusta y agradece, saborea y deja que su cuerpo se nutra tanto de los hidratos de carbono como del placer sensual de los sabores experimentados en compañía. He recuperado el placer de la comida y por ello, paradójicamente, me encuentro más preparada para poder elegir la renuncia, la escasez o la ausencia del alimento y de su gusto, si fuera preciso. Más preparada y libre para elegir la austeridad y la escasez si ello puede ser un signo profético para denunciar las injusticias y anunciar otros valores fundamentales del ser humano. Más libre y generosa para compartir.

El pecado de la lujuria, como desbordamiento del placer, no ha sido precisamente un problema más que cuando ha tenido que ver con las mujeres como sujetos de placer sexual. En la esfera masculina, el predominio obsesivo y posesivo (no tanto entendido como el disfrute) del sexo (femenino) se vincula ahora, como nunca, con la violencia contra las mujeres. Pero, aunque nosotras no aceptamos ya la culpabilización, sufrimos las consecuencias.

Las mujeres estamos hoy asustadas por las racionalizaciones que el aumento de la violencia masculina contra nuestro sexo, sobre todo el aumento de la violación, hace nuestro mundo patriarcal (en mujeres y varones) y, menos directamente, la moral eclesial. Pero se olvida y oculta el significado profundo de dicha violencia sexual. Como dice un autor: tiene más sentido en los tiempos que corren que en los anteriores, el suponer que la violencia sexual masculina se ha convertido en la base de control sexual (...). La violencia es una reacción destructiva a la mengua de la complicidad femeninax.

- Violencia contra las mujeres y religión. El sacrificio, la concepción victimista de los valores cristianos, los criterios para la santidad y la moralización, no son exclusiva del cristianismo. He leído los periódicos, he visto reportajes, he leído novelas y he escuchado testimonios más que suficientes como para no cerrar los ojos a la violencia contra las mujeres que tiene lugar en ciertos ámbitos musulmanes. Pero no me rasgo las vestiduras como si en mi religión no hubiera existido una violencia religiosa similar contra nosotras.

No estaría de más recordar que hasta ayer hemos sufrido la censura del vestido y fuertes restricciones morales contra el sexo, así como una doble moral que todavía persiste. Y si no se ha acabado con la vida física de muchas mujeres de conducta sexual marginal, se las ha matado psicológica y socialmente al reducirlas al aislamiento o al encerrarlas en un manicomio. He tenido casos en centros en los que he ejercido de psicóloga. Y todo ello en nombre del orden moral amparado en la religión, en la voluntad de Dios y en el buen ejemplo.

Por eso, en lugar de rasgarme las vestiduras me coloco al lado de las mujeres musulmanas que luchan por la dignidad y respeto de ellas mismas y sus congéneres. Y lo hago en nombre de mi fe religiosa cristiana. Por coherencia con ella. Porque es lo que Jesús mismo hubiera hecho, como hizo en su tiempo y en sus circunstancias.

3. Religión cristiana = patriarcado

Quizás no debo abundar en este punto puesto que no haría más que repetir lo que he escrito en otros lugares, tanto desde la perspectiva biográfica experiencial como desde la perspectiva bíblica y psicológica. No obstante, aunque sea de forma más breve, quisiera indicar algunos puntos.

He tenido que hacerme adulta y madura en años para saber que esta identificación ha sido un engaño y un fraude no solo para mi vida y las de tantas mujeres, sino también para el mismo cristianismo. Y ahora que ya lo sé sin vuelta atrás no puedo menos que luchar contra una institución que pretende en nombre de la voluntad de Dios seguir afirmando y consolidando los fundamentos del patriarcado eclesial.

Las formas de las instituciones eclesiales son tomadas de la historia y de los vaivenes de la hegemonía política y es normal que su ritmo se acople a tales pautas. Pero, a la vez, puesto que su carácter es religioso y se supone que, por ello, más libre y flexible, debe permanecer siempre vigilante y crítica consigo misma. No serlo es una verdadera incoherencia con la dimensión histórica de la revelación tal como aparece en las sagradas escrituras. Y en la situación actual es exponer a muchos grupos a una ideología y a una práctica fanática, fundamentalista y excluyente.

La iglesia, entendida como una pirámide en cuyo vértice se encuentra Dios y, en seguida Jesucristo, no es muy coherente con la forma en que Jesús presenta a Dios y a su Reinado a partir de sus parábolas. La iglesia piramidal supone a un Dios dueño de todo, todopoderoso, omnisciente y por encima, que decide desde arriba. Y en este orden, formando la base, se encuentran los laicos y un escalón por debajo, las laicas. Un orden perfecto e inmutable. En él no caben la libertad ni la disensión ni ese cierto caos que forma lo mas creativo de los seres humanos y de la vida. No hay lugar para la igualdad sin la cual no es posible el reconocimiento y respeto de todas las diferencias. Los otros y otras siempre constituirán una amenaza para el orden. La pirámide buscará siempre estrategias que le permitan la homeostasis.

Jesús no se ocupó de este tipo de equilibrio. Estar en la frontera, como forma de estar en la vida, hacer del camino el lugar sociológico de encuentro de todos, en lugar de sacralizar sitios como el templo y la sinagoga, no se lo permitía. Jesús aparece como narrador de relatos. El mundo de sus parábolas es el mundo normal de la vida de la gente y el Reinado de Dios que late en ellas no es para después sino para ahora. No es un mundo de ascesis ni de sacrificio sino, en muchos casos, de fiesta y de pausa del discurrir ordinario. Son tiempos críticos y creativos. Y en otras ocasiones es el mundo normal y corriente de la gente. La transformación de la realidad que asoma y que subyace en tales relatos nunca viene de fuera, sino de dentro: una viuda que no se comporta conforme al estereotipo y chilla y amenaza nada menos que al juez, una mujer que barre y encuentra su moneda y celebra ese encuentro con sus vecinas (cf Lc 15, 8ss), el asombro de ver acudir al desecho humano a la gran fiesta del rey y ver, más asombrados todavía, que es expulsado ¡uno que no lleva vestido de fiesta! (Cf Mt 22,1-14).

Esta pirámide patriarcal ha establecido, por coherencia con su modelo, grados y jerarquías en la santidad, segregación en los distintos grados de pureza en cuya base seguimos estando las mujeres con nuestro cuerpo y nuestro sexo y diferencias éticas jerarquizadas. Todo ello en clara incoherencia con la comunidad de Jesús, circular y equidistante (cf Mc 3,31-35), con su práctica subversiva con respecto a los límites de exclusión y segregación tanto sociales y rituales como religiosos.

El patriarcado no es cristiano. Por eso lo combato. Jesús no excluyó a nadie. Por eso intento alimentar una percepción inclusiva de la vida y de la gente. Jesús no utilizó el poder, las capacidades y la autoridad que poseía para someter ni dominar. No tenía necesidad de sentirse importante a costa de los otros y las otras. Por eso no renuncio ni al poder, ni a mis capacidades, ni a la autoridad, pero vigilo sobre la tentación de imponer, dominar y someter.

En resumen: las incoherencias de mi religión desde mi experiencia y desde la experiencia de otras muchas cristianas y cristianos viene a ser identificar religión con prohibición, límites y restricciones; con la fatalidad y el destino antes que con la búsqueda o el riesgo; tener las respuestas antes que las preguntas; identifica religión con corporativismo y superioridad masculinas con separación, exclusión y, en definitiva, con patriarcado. Pero esto no puede ni debe ser la última palabra, por eso no quiero terminar como si no existiera esperanza, como si alguien o algo determinara el futuro... porque eso, sencillamente no sería cristiano. Mi última reflexión quiere expresar mi conciencia de creyente y mi fe resucitada.

4. Las coherencias posibles

Ser una mujer cristiana, ser una teóloga feminista, me ha abierto campos creativos inimaginables. Mi reflexión, mi experiencia, mi trabajo de investigación debe mucho al feminismo. Gracias a él, contra la opinión de lo que mucha gente cree, soy una persona más inclusiva, abierta y universal. El feminismo ha apoyado toda la universalidad que he encontrado en el evangelio. Por eso, no sólo no se oponen, sino que se entienden muy bien.

Es verdad que muchas mujeres de mi tiempo y más jóvenes han sacudido el polvo adherido a sus sandalias en el tiempo que duró su pertenencia a mi religión y se han marchado. Todas tenían sus razones y todas son dignas de ser tomadas en serio. Pero ni ésta es la reacción definitiva de las mujeres con respecto a la religión ni los datos son tan concluyentes sobre el alejamiento femenino de las mujeres en un mundo secularizado. En Europa central y Europa del Norte, que pueden ser considerados los países no sólo más avanzados sino más secularizados, las estadísticas ofrecen datos curiosos: aumenta el número de mujeres que se proclaman creyentes (cristianas en su mayoría) y aumenta su implicación activaxi. En el Sur del viejo continente estamos todavía en un momento diferente. Y si vamos a la América del Norte, Estados Unidos y Canadá, las cosas no son muy distintas. Y cito estos países para no parecer tramposa si afirmo que mujer y religión no es algo del pasado, aludiendo a los países del hemisferio Sur.

Pero es cierto que el binomio mujer-religión que va naciendo en diferentes contextos sociales y culturales ya no es ni será el mismo que he criticado en mi trabajo. Las mujeres, seamos cristianas o musulmanas, judías o de religiones autóctonas de otros pueblos, budistas o hinduistas, luchamos por cambiar las identificaciones descritas:

- Si la religión fue el equivalente del no, la negación y prohibición, ahora es y puede ser afirmación lúcida, libre, gozosa y vitalista.

- Desde la revolución sexual la moralización de la religión ya no es tan clara. Las cosas se van recolocando. La liturgia que celebran las mujeres a lo largo y ancho de este mundo es río de color, de fiesta y de canto. El Sínodo Europeo de Mujeresxii fue un ejemplo hace tres años. La reunión en África para celebrar los 10 años de un plan internacional para el desarrollo, la igualdad y la comunión humana y religiosa, es otro testimonio todavía más reciente. Las celebraciones religiosas preparadas y dirigidas por mujeres no tienen nada que ver con la moralización que yo he encontrado y encuentro en la inmensa mayoría de las celebraciones católicas de mi país.

- Las mujeres luchamos contra la identificación entre religión y sacrificio sobre la base de la terrible experiencia que de ella hemos tenido. El Dios de Jesús y Alá no es contemplado por nosotras, mujeres cristianas (sobre todo feministas) y mujeres musulmanas como un Dios y un Alá que obliga, tortura, exige víctimas e impide la vida. Para nosotras es un Dios libre y liberador, que porque nos ama nos respeta y nos hace dignas.

- Lo mismo que las cristianas llevamos décadas buceando en nuestra tradición religiosa para encontrarnos y encontrar lo más genuino de nuestra fe, las musulmanas llevan años en un esfuerzo igualmente intensoxiii. Y si entre las cristianas existe una sana pluralidad de enfoques y perspectivas teológicas e interpretativas, entre las musulmanas también existe diversidad y pluralidad..

Por todo ello, por este intento del presente en el que nos hermanamos y nos apoyamos sororalmente las mujeres musulmanas y las cristianas, percibo un futuro apasionante y lleno de interés. No hemos hecho más que abrir una pequeña puerta a un camino que nos está tocando recorrer. No es un futuro fácil para ninguna de nosotras, mujeres y teólogas cristianas, como no lo es para las mujeres y teólogas musulmanas. Pero ya no es posible retroceder y la promesa y creatividad de este futuro religioso para unas y otras bien merece la lucha contra los obstáculos y las dificultades. Hoy, más que nunca, me siento al lado de mis hermanas musulmanas en una búsqueda común en la que la igualdad es premisa para el inmenso respeto por las diferencias e idiosincrasias. Gracias a ellas el futuro puede ser todavía más plural y rico.

Conclusión

Para el final quiero recuperar la memoria de la historia que me han robado. Cuando yo era niña escuché hablar mal de los moros y de los judíos. La historia, tanto civil como religiosa, que me enseñaron en la escuela apenas si pasaba por el tiempo de aquello que llamaban la dominación de ocho siglos. Como si ocho siglos de historia en un pueblo pudiera interpretarse a semejante luz. Visité Granada por vez primera siendo todavía una niña. No sé explicar por qué sentí que aquello que se palpaba en el ambiente de la ciudad, los rasgos de las mujeres, términos nuevos para mí en el vocabulario árabe reminiscente... me pertenecía, tenía que ver conmigo. Esta percepción me acompañó a mi vuelta a mi Jerez natal. Los sabores, las costumbres, algunos rasgos... me resonaban de otra manera, a pesar de que muchos de ellos me llegaban envueltos en el barroquismo sevillano heredero del siglo XVI.

Aquella sensación de familiaridad, que se extendía a determinados ritos cristianos impregnados de reminiscencias musulmanas, la he recuperado muchos años después envuelta en la rabia que me produjo el conocimiento concreto de la historia robada. No solamente es el lenguaje o el arte o determinadas costumbres. Quedan resabios de la moral musulmana, de la organización de la vida personal y social, del sentido de ciertos rituales. Muchos de ellos no sé ya si son cristianos o son musulmanes, porque tienen una historia común que costaría un rastreo a lo largo de ocho siglos. No se trata de una recuperación idealizada y romántica, porque he abominado, por poner un ejemplo, del mundo de control femenino y agobiante típico de ciertos gineceos musulmanes. Pero aunque no esté idealizada, sigo teniendo dos sentimientos de apariencia opuesta: la nostalgia de algo que nunca tuve y he añorado y la esperanza de poseer, siquiera en mi conocimiento, una historia de convivencia que me lleva a decir ¡es posible! Cuando los conflictos o la ausencia de comunicación me llevan a un callejón sin salida.

Eso nadie puede negarlo: durante siglos las tres religiones del libro, los tres monoteísmos, pudieron convivir y relacionarse. Y es un patrimonio del que me siento orgullosa. ¿Quién dice que esta historia no puede repetirse cuando tantas otras, para desgracia y tortura de los más pobres, no para de hacerlo?


Notas:
i. Cuando la Asociación de Teólogas Españolas tuvo sus Primeras Jornadas de Mujer y Teología (Madrid, junio 1992), organizamos una mesa redonda ecuménica y solicitamos al centro islámico de Madrid la presencia de una mujer. Acudió un hombre. Lo acompañaba una mujer que se quedó en una butaca de la primera fila. Nosotras aceptamos lo que había, pero nos hubiera gustado tenerla a ella también junto al varón en la mesa de ponencias.
ii. Ello a pesar de las enmiendas hechas a ciertas afirmaciones del catecismo de la Iglesia católica. Cf. El breve artículo de A. MILÁ, que explica la confianza eclesial en la fuerza de las armas, la violencia y la imposición, en A. MILÁ y M. NAVARRO, La iglesia del futuro, ed. SM, Madrid 1998.
iii. La deficiencia de la formación teológica en los seminarios me parece muy peligrosa. La ignorancia se defiende a menudo con la imposición, la fuerza y el bloqueo de la comunicación y el diálogo. La formación seria y fundada permite establecer diálogo, puentes y posibilidades de entendimiento y negociación. Justamente lo que no se tiene.
iv. A este respecto conviene darse cuenta de las figuras del AT que damos por ejemplares y santas, que en nada se aparecen a los modelos cristianos: no llamamos santo a Abraham ni a David, ni a Sara... y sin embargo los consideramos figuras con elementos ejemplares y estimulantes. Y no son precisamente un dechado de virtudes....
v. Tal vez hoy somos un tanto más recelosos por las implicaciones políticas de muchas de las beatificaciones y canonizaciones que han tenido lugar en la segunda parte del siglo XX.
vi. No es ajeno a todo ello que los síntomas psicosomáticos de ciertas experiencias religiosas sigan siendo los estigmas, el dolor, ciertos sufrimientos..... Teniendo presentes los criterios de la psicología de la religión y los de la antropología cultural, puede afirmarse que estos síntomas serían imposibles si no hubiera una aquiescencia de la autoridad y el poder constituido. Esto da que pensar sobre la coherencia de los recelos de la jerarquía católica a la hora de admitir o no determinados signos. En un nivel más profundo se sigue dando a entender que estos signos-síntomas pueden venir de Dios, que pueden ser un don del Señor que elige a ciertas personas para que se identifiquen más con Él, es decir, con su muerte cruenta, sacrificial y expiatoria. A mi modo de ver esto es perverso. No significa que no sea comprensible y explicable desde las dos ciencias a las que he aludido. La perversión es la incoherencia (el doble vínculo, doble lengua) y la manipulación que se percibe en el análisis del signo como tal.
vii. Desde la perspectiva de la antropología cultural y de la psicología de la religión sacrificio viene a ser un sinónimo de santificación aunque reducido a ciertos elementos de la vida. Se trata, como la misma palabra sugiere, de hacer sacro lo profano, sacro-ficio. El sacrificio pone aparte lo destinado a Dios como propiedad suya exclusiva. Desde el punto de vista sociológico, sacrificio es un acto religioso que, a través de la consagración de una víctima, modifica la condición moral de la persona moral que lo realiza o de aquellos ciertos objetos con los cuales está interesado, relacionado afectado.
La estructura-base social de una condición moral es el sistema clasificatorio de una determinada sociedad. El origen psicológico de este sentido moral, identificado como pecado o impureza, está relacionado con el miedo a la suciedad o la mancha. El miedo a la mancha o la suciedad (impureza, desorden, contaminación...)y el miedo al abandono (entrega...) Es el desarrollo de la experiencia que tiene el sí mismo del objeto de sí (yo personal) durante el periodo del narcisismo primario, y posteriormente, en todas las ocasiones en que éste se reactiva, especialmente durante periodos de transición (liminales), clasificatorios, como son los ritos de pasaje.
Para un estudio del tema en perspectiva de género cf. N. JAY. “Sacrifice as Remedy for Having Been Born of Woman”, en C.W. ATKINSON-C.H. BUCHANAM. Inmaculate and Prowerfull: The Female in Sacred Image and Social Reality, Boston 1985, pp. 283-309.
viii. A la Psicología de la Religión no le es difícil ver en todo ello un trasfondo de agresividad reprimida, desplazada y, hasta cierto punto, compulsiva al modo del ritual.
ix. La concepción narrativa de la temporalidad en el evangelio de Marcos parece corroborar esta misma idea de que el sacrificio de Jesús fue único y, a partir de su resurrección, no debe ser repetido.
x. A. GIDDENS. La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas. Madrid 1998, p. 115.
xi. Es interesante el estudio de L. SJORUP. “Women´s Lives. Women´s Religiosity”. Gender-Nature Culture. Working Paper 8 (1994), porque indica que en 1981 el número de mujeres creyentes activas era de un 79% y el de los hombres un 69% y cuando se repitió a los 10 años en 1991, las mujeres habían aumentado en un 82% mientras que los varones habían disminuido al 64%.
xii. Puede verse P. DE MIGUEL, Europa con ojos de mujer. Estella (Navarra) 1997.
xiii. A modo de ejemplo quiero referirme sólo a dos trabajos de teólogas musulmanas, distintas e interesantes las dos: Ghazala ANWAR. “Discursos feministas musulmanes”. Concilium 263 (1996) 79-88 y Leila BADAVI, “Islam” en J. HOLM-J. BOWKER. Women in Religion. London, New York 1994, pp. 84-112.
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