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La inmigración africana: verdades y contraverdades

05/05/2001 - Autor: Mbuyi Kabunda - Fuente: Letra Internacional, nº 68.
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En los últimos años, la inmigración africana, por su carácter visible y por el número creciente de víctimas que se cobra de entre los que intentan cruzar el Estrecho, o como resultado de brotes de racismo y xenofobia como los acontecimientos de El Ejido, ha suscitado apasionados debates en los medios de comunicación y en la opinión pública, teñidos a menudo con una frivolidad desconcertante, que ha de ser objeto de un análisis riguroso para determinar hasta dónde llega la verdad y dónde empieza la intoxicación. En relación con el problema de la inmigración, se suele insistir más en sus efectos que en sus causas. Nos dedicaremos a continuación a esta tarea, para proporcionar la información precisa y oportuna a la población del Norte sobre el fenómeno migratorio, para que lo entienda y lo asuma. Por lo tanto, es preciso recordar los contextos histórico y estructural en los que se ha generado dicho problema, y sus aspectos positivos —sociales, culturales y económicos—, para proponer después unas soluciones al margen de las oficiales, que suelen obedecer a las consideraciones partidistas, incluso demagógicas, utilizando una tragedia humana con fines políticos.

Se imponen pues la adaptación de las leyes de extranjería y la mejora de las condiciones de los inmigrantes, que se han convertido en nuevos agentes del mestizaje y de la multiculturalidad, fenómenos de los que no puede sustraerse el Norte en esta era de la globalización, que no debe ser solamente económica sino también humana. Ello viene justificado por el hecho de que la inmigración es un fenómeno imparable que no ha hecho más que empezar.

Las verdades sobre la inmigración africana

Uno. El fenómeno migratorio es inherente a la historia de la humanidad, y se comprueba incluso en la propia naturaleza con los desplazamientos de rebaños a la busca de mejores condiciones de existencia para asegurar la supervivencia de la especie. En los seres humanos, obedece a factores económicos y sociopolíticos, y ha sido siempre generado por las situaciones bélicas, de injusticia social, las hambrunas o por factores relacionados con las confesiones, por enfermedades o las calamidades, naturales, o la escasez.

Son estas las razones que explican que aproximadamente el 2 % de la población mundial es decir, unos 120 millones de personas, vivan fuera de sus hogares de origen. La propia tradición africana se caracteriza por importantes movimientos migratorios, motivados por la búsqueda de nuevas tierras fértiles, para la población concernida o para alimentar los rebaños tras un cambio estacional. A nivel individual, la emigración de los africanos se explica por razones culturales y económicas, tales como la necesidad de independizarse tras el proceso de iniciación y la búsqueda de trabajo para reunir la dote y contraer un matrimonio exogámico. Dicho de otra manera, el nomadismo es una constante en la vida de los africanos. La propia colonización europea, con su política de reclutamiento de mano de obra para las minas y los cultivos de exportación, favoreció este fenómeno. Culminó con las irracionales políticas de desarrollo poscoloniales. inspiradas desde el exterior y mayormente responsables del éxodo rural, al descuidar las zonas rurales y la agricultura en favor de las ciudades y de la industria, y, en aras al mito, importado, de la industrialización como motor del desarrollo.

Dos. La inmigración africana, en el Norte en general y en Europa en particular, se remonta a la década de los cincuenta y sesenta, y fue dictada en este periodo por la necesidad de mano de obra en estos países, donde la expansión de la industria clásica la requería. Dicha inmigración se incrementó en la primera mitad de la década de los setenta por varias razones, entre ellas: la escasez de población europea debida a la planificación familiar, el fácil acceso a la contracepción, el matrimonio tardío, Y la liberalización del divorcio y del aborto; la conversión de Italia y España, tradicional m ente países de emigración, en países de inmigración, que para desarrollar sus industrias necesitaban la mano de obra africana y asiática; y por el desarrollo del sector de servicios y de economía sumergida en los países del sur de Europa que, para eludir los altos sueldos exigidos por los ciudadanos y los gastos de seguridad social, prefirieron la mano de obra barata africana.

La explosión demográfica que caracterizó a muchos países africanos, la excesiva carga de la deuda externa, el deterioro de los términos de intercambio, la generalización de las dictaduras militares y civiles, convirtieron la emigración hacia Europa en una de las alternativas en la década de los setenta y ochenta. De un fenómeno esencialmente campesino obrero en sus orígenes, la inmigración africana paso a ser, en este periodo, un fenómeno de las clases medias cualificadas y de las mujeres como resultado, por una parte, de la política de reagrupación familiar y, por otra, de la búsqueda de nuevas fuentes de ingresos.

Tres. El confinamiento de África en la repulsión y el subdesarrollo y el atrincheramiento de Europa en un mundo atractivo y desarrollado —ayer, por los mecanismos de acumulación primitiva de capital mediante la explotación y extorsión de otros pueblos y continentes, y en la actualidad por el neocolonialismo neoliberal— crea en el continente una situación de desesperación de la que los empobrecidos intentan huir por todos los medios. De este modo se ha realizado la profecía de Keynes: si la riqueza no va allí donde están los hombres, son los hombres los que van allí donde están las riquezas. Al convertirse el Mediterráneo en la barrera que impide a la riqueza trasladarse hacia una África cercana y empobrecida, son los africanos los que intentan, aunque arriesgando la vida, alcanzar el “paraíso terrenal” o la “tierra prometida”, siguiendo las autopistas que tomaron y siguen tomando sus recursos. Los desheredados africanos huyen pues de la miseria del hambre.

Cuatro. El imperialismo cultural y publicitario occidental, que ha invadido hasta las aldeas y los suburbios africanos, es responsable de dicha emigración. Consiste en presentar a Europa como el escaparate del éxito de una sociedad de consumo, el modelo y la referencia obligada en todo proceso de desarrollo y de modernización, tal y como se puede contemplar en las emisiones de televisión captadas en la orilla sur del Mediterráneo y en los suburbios de las grandes ciudades africanas, invadidas por las antenas parabólicas. La educación recibida por las elites, intelectualmente neocolonizadas, les conducirá a reproducir, en sus prácticas, los comportamientos extrovertidos aprendidos de sus “mentores” euro-norteamericanos, desdeñando lo interno, considerado como primitivo y atrasado, y avalando lo europeo, presentado como símbolo de progreso y modernidad.

Jean Ziegler denuncia, en La victoria de los vencidos, esta alienación de las elites y clases gobernantes en estos términos: “La mayoría de las clases dirigentes del África contemporánea, puestas en su lugar, formadas y teledirigidas por el antiguo colonizador, se esfuerzan por seguir al pie de la letra las recomendaciones de Jaurés: sus modos de pensar, sus formas de vestir, sexuales, sus costumbres de consumo, de vivienda, su lenguaje político; todo denota una furiosa voluntad de imitación, de reproducción de los valores de la metrópoli. Las significaciones y valores autóctonos, las estructuras familiares, las solidaridades de clan, las cosmogonías comunitarias y las conductas que generan se ven mutiladas, pervertidas, desacreditadas. La cultura tradicional es negada, asfixiada por la cultura imitativa, porque se organiza su olvido”. Esta situación tendrá en las masas un impacto negativo, con el deseo de viajar a Europa para mejorar su estatus social convertido en una obsesión. La actitud arrogante de sus dirigentes les convencerá de que la única manera de competir con ellos es dirigirse a la fuente de sus privilegios: Europa.

Cinco. La generalización de las dictaduras y de los conflictos armados (20 de los 53 Estados africanos y el 20 % de la población africana viven en situaciones de guerra), en los que la población civil es víctima de todo tipo de vejaciones cometidas tanto por las fuerzas gubernamentales como por los movimientos rebeldes, crea una situación de inseguridad generalizada. Las limpiezas étnicas, los genocidios, las exclusiones oficiales y la violación sistemática de derechos humanos se han convertido en prácticas corrientes en muchos países africanos, e incluso en modos de gobierno. Dicho sea de paso, muchos de los gobiernos dictatoriales y de los movimientos rebeldes siguen beneficiándose del respaldo político, financiero y militar de los gobiernos del Norte, que los han tornado en sus principales interlocutores asegurándoles la impunidad total, en su afán por controlar los mercados locales y las materias primas estratégicas.

En estas condiciones de sufrimiento humano, la inmigración se convierte en el comportamiento racional más elemental, para asegurar la propia supervivencia. Los oprimidos africanos huyen hacia Europa, considerada no sólo como el continente de la riqueza, sino además como la tierra de la libertad y, de los derechos humanos. Los centros de decisión y de toma de iniciativas, que han sustituido al Estado africano, están ubicados generalmente en Europa. Reciben en sus propias puertas a los africanos que vienen a buscar los servicios sociales que se les han quitado, y que en Europa sigue asegurando el Estado, un Estado que, al contrario de su contraparte africana, ha mantenido su protagonismo económico y político. Prefieren las cárceles europeas en las que gozan de una cierta dignidad humana asegurada por un Estado de derecho, a la vida constantemente amenazada en sus países por las guerras, las dictaduras y las epidemias de toda índole.

Seis. El envejecimiento de la población europea (la media de niños por mujer es de 1’9 en el Norte —España tiene la más baja de Europa con 1’16 niños por mujer— y 3’5 en los demás países del Sur) explica que la inmigración sea una necesidad para ciertos sectores económicos, tales como la agricultura o la construcción, que reclaman a trabajadores extranjeros ante la falta de mano de obra local, y para renovar a la población de los países ricos. En el caso particular de España, se necesitarían cada año a más de 200.000 inmigrantes para compensar en los años venideros el déficit demográfico. La vecina África, cuya tasa de crecimiento de la población, en torno al 3%, es la más alta de mundo, se presenta como una reserva lógica, por razones históricas y culturales.

Las contraverdades sobre la inmigración africana

Uno. Las motivaciones económicas no explican del todo la inmigración africana, que se origina también en las guerras y las dictaduras, muchas de ellas fomentadas, apoyadas y financiadas por los gobiernos del Norte y la propia crisis del Estado, junto con las catástrofes o calamidades naturales (desertificación, deforestación, graves sequías e inundaciones que han afectado a varias regiones del continente) echando a millones de personas de sus hogares. Las convulsiones internas, de carácter social y político, condenan a los africanos a migraciones internacionales para buscar la seguridad individual y colectiva. Las innumerables guerras civiles, intra o interestatales, han convertido a algunas regiones del continente en un verdadero infierno del que huyen los ciudadanos para escapar a la muerte segura. Dicho de otra manera, los africanos se dirigen hacia Europa por atracción del liberalismo político y cultural y por su mayor nivel de vida. La verdadera explicación económica estriba fundamentalmente en el desequilibrio económico, cada vez más profundo, entre África y Europa, entre el Sur y el Norte.

Dos. La inmigración africana no constituye en absoluto una amenaza a la identidad cultural de los países europeos. Todo lo contrario, contribuye a la expansión internacional de los países de acogida, razón ésta que explica la decisión del ministro francés de Exteriores de facilitar el visado de entrada en Francia a todos los que contribuyen a la extensión de la influencia cultural, política y económica de Francia, al desarrollo de sus proyectos de cooperación, y al fortalecimiento de las relaciones bilaterales, dando prioridad a los estudiantes, profesores, artistas, hombres de negocios, personas influyentes o cuadros científicos e investigadores. A ciencia cierta, se puede afirmar que una proporción importante de las familias africanas inmigrantes ha vivido considerables metamorfosis culturales mediante la transformación de la concepción de la familia. que es cada vez más una conciliación entre la familia nuclear occidental y la familia extensa africana. así como el abandono o la limitación de la poligamia y de la escisión para algunos pueblos que tradicionalmente las practicaban.

Tres. No es verdad que Europa, a través de la inmigración, acoja a toda la miseria del mundo. La inmigración africana es más intracontinental u horizontal que extracontinental, ya que se produce de los países del Sahel hacia los países costeros ricos del África occidental (Costa de Marfil y Nigeria), de los países del África central y occidental hacia Gabón, de los países del África austral hacia Sudáfrica, de los países del Cuerno de África hacia Kenia o de los ruandeses y burundeses hacia el Congo‑Zaire y Tanzania, que tuvieron que recibir en sus territorios a más de tres millones de refugiados en 1994. Dicho de otra manera, de cada diez personas que deciden abandonar su país de origen, ocho se quedan en los países de la zona y dos se dirigen hacia las puertas de salida hacia Europa: Mauritania, Marruecos y Túnez, donde suelen caer en el engaño o la trampa de las mafias.

Cuatro. Los inmigrantes africanos no quitan los puestos de trabajo a los nativos. Ocupan puestos desdeñados por los nativos y trabajan en condiciones de casi esclavitud, explotados por los empresarios. Estos aprovechan su situación de ilegalidad o clandestinidad para pisotear los principios y los derechos fundamentales de la persona, pues prefieren a esta mano de obra barata y clandestina, para no pagar los impuestos, los gastos de seguridad social y los altos sueldos que suelen exigir los empleados nativos, no dispuestos a aceptar los sueldos de miseria y las condiciones infrahumanas en las que trabajan los inmigrantes. La verdad es que muchos países europeos necesitan a los inmigrantes, cuya presencia en sus territorios evita que se alcancen niveles negativos de crecimiento demográfico. Es una fuerza de trabajo indispensable e imprescindible.

Por otra parte, está la fuga de cerebros africanos, que ayudan de una manera involuntaria y barata a Europa, al ofrecer sus servicios por la mitad o la tercera parte del sueldo de sus Colegas europeos, con los que comparten el mismo nivel de formación, y la emigración de los jóvenes que constituyen la principal fuerza de trabajo de los países africanos. Ambos aspectos constituyen una nueva forma de extorsión de los países africanos, que les necesitan para el desarrollo local. En definitiva, lo que no entienden los africanos, fieles a su tradición de hospitalidad, es que se permita la libre circulación de mercancías o la entrada de sus recursos en Europa excluyéndoles a ellos. Europa, que favorece la libre circulación de personas, bienes y capitales, ha de favorecer también la de las personas no europeas. Lo contrario sería caer el, una tremenda contradicción, incluso con los propios principios fundamentales del neoliberalismo.

Las soluciones

El trato policial o la construcción en la frontera entre Marruecos y Ceuta de una inmensa barrera metálica de tres metros de altura y de ocho kilómetros de longitud para impedir a los inmigrantes africanos entrar en Europa, junto a las expulsiones, es decir la “inmigración cero”, no constituye la solución pues no ha impedido la entrada masiva de inmigrantes clandestinos. Por lo tanto, la solución pasa por:

Uno. La regularización de los inmigrantes clandestinos presentes en los países europeos, facilitándoles la integración social y el acceso a la nacionalidad. incrementando sus oportunidades en el mercado de trabajo, reconociendo sus derechos culturales. y favoreciendo su participación en los mecanismos de toma de decisiones en la sociedad de acogida, en particular el derecho al voto en las elecciones municipales. Es decir, la política de igualdad de oportunidades con los nativos, contra la discriminación y la exclusión.

Dos. Los africanos, ya presentes, no deben refugiarse en guetos y encerrarse en sus identidades. Han de integrarse en la sociedad de acogida, a través de la escuela y la formación, a las que se le, debe facilitar el acceso para que sean útiles a su, países si deciden más tarde regresar, y el aprendizaje de la lengua y de la cultura del país de acogida. que constituyen siempre un elemento enriquecedor y que les podría permitir realizar un cambio de mentalidad, en el sentido del progreso, en sus país de procedencia.

Tres. La harmonización europea de las cuestiones de inmigración, de admisión de refugiados y de asilados, para repartirse equitativamente la carga y evitar las actuales soluciones divergentes en función de la situación demográfica, el nivel de desarrollo económico, la demanda y oferta de la mano de obra en el mercado del trabajo, las condiciones de trabajo y cl nivel de salarios en cada país. Por lo tanto, dichas soluciones van desde el cierre de las fronteras a la inmigración, pasando por las expulsiones y la marginación, hasta la definición de una política de cooperación con los países africanos para limitar los flujos migratorios y la integración individual y/o colectiva. En pocas palabras, unos la consideran como una solución y otros como un problema. Así pues, a menudo se ha creado una situación de no expulsión y de no regularización.

Cuatro. La solución de prestar ayuda al desarrollo de los países africanos para limitar el flujo migratorio, por la que abogan los gobiernos y ciertos sectores bien intencionados del Norte, tiene una clara connotación simplista, paternalista e incluso racista, por varias razones: consiste en fijar en el continente a los negros “buenos”, y a evitar la salida de los “malos” y “peligrosos”, que amenazan la dolce vita del “paraíso de la riqueza” (Europa). Olvida que los focos de inmigración ya no son las zonas desfavorecidas sino las capas urbanas más cualificadas y cómodas; pierde de vista que la ayuda al desarrollo sólo puede servir de paliativo a la extrema pobreza, pero nunca puede convertirse en motor del desarrollo, que necesita soluciones estructurales.

Es difícilmente concebible que los países del Norte que no han erradicado completamente la pobreza en sus propias sociedades lo consigan en África; la experiencia de la ayuda al desarrollo de Id, tres o cuatro últimas décadas se ha revelado como un fracaso, pues no ha tenido en sus preocupaciones los aspectos de justicia social y la mejora de las condiciones de los más pobres. Dicha ayuda ha servido para todo salvo para el desarrollo, además de convertirse en la ayuda de los ricos de los países ricos a los ricos de los países pobres. Sería caer en la trampa de los dirigentes africanos, que seguirán favoreciendo dicha inmigración con el fin de presionar a Europa para que aumente su ayuda al desarrollo.

La solución radica en el co-desarrollo, propuesto por Sami Naïr, que consiste en convertir a los inmigrantes en agentes o vectores del desarrollo, mediante su integración en los países de acogida, al tiempo que hacerles encargados de la solidaridad activa con sus países de origen, mediante la multiplicación de micro-proyectos gestionados por ellos mismos con el apoyo de los poderes públicos del Norte, que les han de facilitar una formación adecuada para satisfacer las necesidades de sus países. Ello viene justificado por el hecho de que han revelado ser unos cooperantes eficaces, al encargarse con sus escasos ahorros de mantener en sus tierras a los potenciales candidatos a la inmigración mediante las ayudas que les proporcionan, al ocuparse de los aspectos de desarrollo humano (compra de herramientas agrícolas para la creación de empresas familiares, construcción de pozos de agua, de escuelas y dispensarios que no suelen ser la principal preocupación de las agencias oficiales de desarrollo), además de constituir sus envíos de dinero la principal fuente de divisas de países como Marruecos, Mauritania, Senegal y Malí. Se ha de favorecer la ayuda de retorno a los inmigrantes que expresen dicha voluntad y al mismo tiempo ofrecerles la oportunidad de regresar a Europa, pues saben que al salir de allí sin esta garantía les resultaría difícil o imposible retornar. Por lo tanto se quedan, incluso en la clandestinidad. Han decidido quedarse en Europa, por no haber alcanzado el objetivo por el que abandonaron sus tierras, en las que no se les perdonará el fracaso.

Cinco. La identificación de la inmigración africana con la delincuencia, el terrorismo y el narcotráfico, Los hechos en las sociedades de acogida, al margen de algunos casos aislados, demuestran a menudo lo contrario: están implicados en estos delitos más nativos que inmigrantes, que de caer en ellos lo hacen más por necesidad de supervivencia o por un sentimiento de frustración, nacido de la contradicción entre el sueño de acceder a la sociedad de consumo que les fascina por su irresistible poder de atracción, y la realidad de miseria y exclusión en la que viven. Por lo tanto, desarrollan actitudes agresivas contra los símbolos de la opulencia europea. Encontrando una fuente de ingresos segura, no se dedicarían a dichas actividades.

Seis. Se ha de favorecer la enseñanza de las realidades africanas en los centros de enseñanza en Europa, para erradicar los prejuicios negativos transmitidos desde hace siglos y generaciones, y que derivan en la definición negativa del continente, cerrando los ojos sobre los aspectos positivos. No sólo la ignorancia de dichas realidades conduce a las actitudes xenófobas y racistas, sino que se está creando una nueva corriente, que pasa casi desapercibida, y que consiste para ciertas personas, sin la mínima idea de la realidad africana, en autoproclamarse “especialistas de África”. Dicho de otra manera, cuando se trata de África todo el mundo se convierte en especialista, con la consiguiente proliferación de tópicos.

Estas personas, consciente o inconscientemente, rinden un mal servicio a África y a los africanos, por transmitir conceptos erróneos y equivocados, y por caer a menudo en el euro-centrismo destructor o la autoflagelación injustificada, actitudes ambas que se notan en los jóvenes, incluso universitarios, a los que no se suele proporcionar una información adecuada. Todo lo que consiguen es favorecer en la sociedad la actitud de rechazo o de complejo de superioridad con respecto a los africanos. Se impone la recuperación de este problema en un plano de análisis y de difusión responsable. siendo el objetivo reparar este daño.

La presencia de los inmigrantes es una oportunidad para los europeos de enriquecerse conociendo los modos de pensamiento africanos, en este siglo XXI que se anuncia y que será culturalmente mestizo. Representan una fuente de enriquecimiento pan-humano y multicultural hacia el que camina la humanidad.

Conclusión

El control de la inmigración africana, que no se puede erradicar completamente por ser un fenómeno natural y constante, pasa por la lucha contra la pobreza, los autoritarismos locales y las desigualdades tanto a nivel internacional como a nivel interno, devolviendo a los africanos su dignidad mediante el fortalecimiento del afrocentrismo, que consiste en la afirmación de su propia identidad abriéndose al mismo tiempo a la de los demás en lo que tiene de positivo, y en la realización de la autosuficiencia colectiva. La ayuda a las economías africanas para superar sus estructuras coloniales o la dependencia con respecto a las materias primas es un importante requisito en la resolución del problema de la inmigración.

Por parte de los responsables europeos, se impone una explicación inequívoca del fenómeno de la inmigración a través de la educación para la tolerancia de sus poblaciones, que la comprenderán y la aceptarán si reciben información adecuada de dicho proceso, en lugar de supeditar esta cuestión a objetivos políticos ocultos como se suele hacer. Los discursos políticos sobre la inmigración contrastan a menudo con la realidad económica que la necesita. Los políticos han de exigir que se cumpla el deber de injerencia humanitaria contra la impunidad e inmunidad de los dirigentes africanos, a favor de los derechos humanos de los pueblos que, al tener asegurada su alimentación y su seguridad física, se quedarán en sus hogares.

El problema se plantea pues a nivel global y local. En cuanto al primero, había que cuestionarse las económicas internacionales para reducir la brecha entre el Norte y el Sur, entre Europa y África. Pues, según remarcaba Georges Tapinos, viendo tan bajas las tasas de crecimiento económico de Argelia o Malí —en parte como resultado del deterioro de los términos de intercambio y de la excesiva carga del servicio de la deuda externa— haría alta un siglo para que un argelino alcanzara el nivel de vida de un inglés y cuatro siglos para que lo hiciera un maliano. ¡Esto desanima al más paciente! En cuanto al nivel local, habría que asegurar el derecho a la seguridad física y política de les africanos en sus propios países, pues las poblaciones son constantemente agredidas por las tropas gubernamentales o sometidas a represalias por los señores de la guerra, que no dudan en recurrir a las prácticas inhumanas, tales como las amputaciones, las torturas y los asesinatos para horrorizar a los ciudadanos desarmados.

Ante ambas agresiones, los pueblos no tienen otra salida que la emigración para salvar sus vidas. Ha llegado la hora de exigir la institución de Estados de derecho y transmitir un claro mensaje a los dirigentes africanos: sus crímenes contra la humanidad no pueden quedar impunes en nombre de la soberanía nacional, y han de responder de ellos ante los tribunales internacionales. No se puede pedir a los pueblos africanos que se quedan en sus países y asegurar al mismo tiempo la impunidad a sus agresores o a los violadores de los derechos humanos. Lo primero que los europeos suelen hacer en el caso de un conflicto es evacuar a sus nacionales o a los comunitarios de las zonas de combate y del país, dejando a lo, pueblos desarmados en manos de los beligerantes que imponen la ley del más fuerte.

Queda claro que sólo la creación de empleos, el buen reparto de ingresos a los niveles internacional y nacional, y la instauración de la seguridad en cada país africano pueden parar los flujos migratorios hacia Europa. Las legislaciones represivas, las medidas policiales o de expulsión no pueden contenerlos, pues frente a la pobreza y a la desesperanza en que viven en muchos africanos en el continente, no hay barreras que puedan impedir la emigración. Las leyes no pueden impedir los movimientos migratorios humanos. Frente a un drama humano, el lema de todos ha de ser: “No a la pobreza y a la violación de derechos humanos”.

Se trata de racionalizar y humanizar la inmigración. La carta encontrada en los cadáveres de los jóvenes guineanos (Yaguine Kofta y Fodé Tounkara), descubiertos en el avión de la Sabena que hacía el trayecto entre Conakry y Bruselas a finales de julio de 1999, carta dirigida a los responsables europeos, lo resume todo: las lacras del continente son las guerras, las enfermedades y la falta de alimentos. El mensaje de estas dos víctimas de la atracción de Europa, al igual que muchas otras «espaldas mojadas» del estrecho de Gibraltar, es patético: “Si nos sacrificamos y exponemos nuestras vidas, es porque lo necesitamos para luchar contra la pobreza y poner fin a las guerras en África”. La solución es humana, y no administrativa o policial, empezando por la instauración de un orden internacional justo y el fin de la cultura de la impunidad.

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1 Comentarios

Rafael Hernndezli dijo el 02/12/2014 a las 05:15h:

Lo queramos o no, el africano es alguien fuerte e inteligente a pesar se que los europeos le han querido trasplantar una cultura ajena y me da gusto que asi sea porque los africanos tienen gran calidad humana y en su pobreza suelen ser musulmanes muy sinceros.


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