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Abdelmumin Aya y el drama de la Palabra perdida

07/04/2001 - Autor: Abdelkarim Osuna
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foto 20abdelmumin
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"Quien emprende un camino buscando en él conocimiento, Allâh le facilitará en él un camino hacia el Yanna." (Lo transmitió Muslim)

"Según Ma’rúf al-Darjí, quien actúa para obtener un beneficio pertenece al número de los comerciantes, quien actúa por temor a un castigo pertenece al número de los esclavos, quien actúa únicamente por Allah es contado entre los libres y los nobles".

En un texto publicado recientemente en zawiya.org —página web de la Yamâ’a islámica de Al-Ándalus— titulado La Resurrección se afirmaba con gran contundencia que cualquiera que niegue la Resurrección de los muertos es un Kafir.

Ello no tiene nada de extraño, pues el Corán al-Karim afirma una y otra vez la Resurrección como aquello que ha sucedido, y sin lo cual el Profeta no sería Profeta (1). Se trata, por tanto, de algo intrínseco al Islam y no de un mero añadido. Es, en muchos sentidos, la piedra angular de la escatología coránica.

Si seguimos adelante con el mencionado artículo se nos habla de "cierto misticismo occidental" para el cual "sería más apetecible que la muerte fuera una descomprometida fusión en un dios vaporoso y anulador de individualidades, idea romántica y supuestamente ‘oriental’ que sólo está en la mente de quien no afronta con energía el desafío que le lanza su Dueño Interior".

Y, más adelante: "ese misticismo pretende coincidir con el ‘ateísmo’ en un campo de concesiones mutuas con las que el hombre pretende engañarse a sí mismo, estafándose en la esencia de su sentir, desviando sus intuiciones hacia un intelectualismo a medias entre la espiritualidad y el materialismo (...)".

Para todos los que hemos ido siguiendo el desarrollo y asistido con asombro a la gestación de un pensamiento capaz de representar el resurgir del Islam en Al-Ándalus aquí y ahora, para todos nosotros el contenido de dicha jutba no puede ser menos que decepcionante, y eso por los motivos que a continuación indico.

Se ve claramente como dichas afirmaciones parecen tener como objetivo desvincularse y denunciar como no-islámico un pensamiento surgido entre nosotros (y en la misma Yama’a.) Nos estamos refiriendo al de Abdelmumin Aya, el cual en sus libros "Ensayos de metafísica islámica" y "El creyente desnudo" (2) ha defendido la tesis de que cuando el Corán se refiere a la Resurrección se está refiriendo a un proceso que puede suceder en vida, tras la muerte simbólica del ego, y no como algo que ha de suceder después de la muerte física del cuerpo. Para Abdelmumin, la idea de los huesos y todos los órganos del hombre carnal recomponiéndose tras la muerte en un lugar ajeno al mundo es una farsa (paulina y eclesiástica), y no tiene nada que ver con una espiritualidad que pueda experimentar el creyente. En todo caso, si existe una Resurrección posible tras la muerte física, esta sería el germinar de aquello que nuestra acción ha sembrado en la tierra.

En ese sentido, nos dice Abdelmumin: "tras la muerte el instrumento cuerpo ha sido anulado o se ha consumado, como queramos decirlo, y eres lo que has hecho. Mejor dicho, quedan las acciones que hiciste". Es por eso que debemos valorar cada uno de nuestros actos buscando trascender en vida mediante el cuidado del mundo, mediante la suma atención y entrega al desarrollo de la vida. "Ése es el sabor de la eternidad que te es dado paladear". (3) Lo que trasciende de ti es aquello que has dejado, son los frutos de tu acción que continúan actuando en la tierra a través de los otros y las cosas cuando tu ya eres nada en Allâh.

Para comprender el alcance de esta controversia, y lo que significa, nos será necesario remontarnos a los orígenes de la propia Yama’a.

La Revelación ahora

El musulmán español todavía siente la emoción del despertar cuando lee los viejos textos de Abderrahmán Muhammad Maanán, aquellos en los cuales se planteaba la tarea enorme de descristianizar el Islam. Se trataba de desenmascarar todo aquello que los orientalistas y arabistas habían introducido en nuestra religión, en muchos casos de un modo premeditado y al mandato de la Iglesia, que siempre ha sabido que el Islam es portador de un Mensaje capaz de hacer desmoronarse su tan minuciosamente trabada teología. "Los agentes de la distorsión fueron en un primer momento los intelectuales arabistas y orientalistas que asentaron la base del discurso posible en torno al Islam, pero lo lamentable es que las líneas maestras de esas reflexiones hayan sido adoptadas acríticamente por los propios musulmanes". (4) Vemos, así, como ese Islam impregnado de concepciones católicas es adoptado por muchos musulmanes, ya sean conversos —a través de traducciones— o nacidos en países de población musulmana —a través de la educación y un bilingüismo controlado desde arriba. Basta imaginar a un misionero jesuita enseñando francés a un niño magrebí para comprender el veneno que se puede haber inyectado en sus concepciones. Y aunque el musulmán sigue viviendo como musulmán independientemente de lo que dice, es evidente que en sus contactos con occidentales ya no estará utilizando el lenguaje del Islam sino el de un Islam colonizado. La tarea de re-traducir los conceptos básicos de nuestra metafísica se hace, desde este momento, ineludible.

Si observamos las traducciones que corren veremos que siguen plagadas de términos como gracia santificante, lo santo (por qûdsico), perdón de Allâh (por magfira), y un largo etc, —todos ellos ajenos al Dîn del Islam. El mismo término Dîn se traduce como religión, cuando en realidad se trata de la Senda, de la sensibilidad del hombre hacia lo sagrado: "es lo que han enseñado todos los profetas" (5). Maanán va de lleno al problema cuando nos dice que el Islam ni es una religión ni es monoteísta. (6) La palabra Islam aparece ahora re-traducida como rendición, frente a sumisión, y así se comprenderá que la diferencia no es únicamente semántica, sino que atañe de un modo radical a la manera de estar del creyente en el mundo, a su posicionamiento ante Allâh y ante su hermano, y, en fin, a su vida completa.

Durante años hemos asistido a diversos esfuerzos en esa dirección, muchos de ellos notables. Trabajos como el del propio Abderrahmán Muhammad Maanán, el de Abdelmumin Aya, o el de Ali González —por citar solo algunos nombres— nos han ido alimentando, ayudándonos a adentrarnos en el Islam a través de nuestra propia lengua (7).

Quisiera mencionar, a modo de ejemplo, el caso de algo tan esencial como el de la palabra Îmân, cuya traducción habitual —en los diccionarios de árabe y la mayoría de coránes— es la de fé. Merece la pena recordar al respecto las palabras de Abderrahmán: "Consideramos que la traducción por ‘fe’ o ‘creencia’ falsea y traiciona completamente la idea que subyace en Îmân. Es más, estamos seguros de que nos impide la posibilidad de entender lo que significa en realidad, nos desvía y, finalmente, esa traducción nos lleva a ideas opuestas radicalmente al Islam. (...) Sólo la dejadez y la comodidad nos hacen seguir utilizando una traducción tan aberrante". (8)

Las consecuencias del rechazo a semejante manipulación es el aflorar de un sentido que nos permanecía velado, con todas sus resonancias. Algunas de las conclusiones a las que se llega nos parecen preciosas, pues nos dan claves vivenciales nuevas que pueden aflorar con la lectura del Texto revelado. Nuestra experiencia de la recitación se enriquece y ensancha, separándose de la violencia interpretativa a que el Libro ha sido sometido para hacerlo pasar por un tratado de leyes o de teología:

"El Îmân puede explicarse aproximadamente diciendo que es la ‘capacidad’ del corazón y su ‘actividad’: es su carácter abismal, sus honduras, y es sensibilidad, su esponjosidad ante lo que le viene de Allah, su Señor Verdadero. Y, además, ese latido se expande externamente, se desborda y crea un mundo reunificado en la percepción del Uno. No es la aceptación de una locura, sino nuestro saboreo de lo Infinito y nuestra integración en lo Eterno". (9)

El Islam se nos presenta aquí como algo vivo, como una sensibilidad, y no como una doctrina. Se trata de un método de trabajo que, aún entrando de lleno en la comprensión y el análisis del texto coránico, no pierde de vista su sentido espiritual. Unas palabras nos llevan a otras, provocando en el musulmán español una serie de resonancias de gran alcance, tanto intelectual como emotivo.

Quisiera resaltar que lo que así vamos logrando es dar nueva vida a la comprensión del Libro, y no hay nada mas importante para el musulmán que su vivencia del Libro. ­­­­­

Dicha vivenciación solo es posible merced a un contacto íntimo con la Palabra revelada. El Libro nos ofrece uno de sus dones mas preciados cuando nos vemos absolutamente implicados en aquello que describe, en aquello que se dice. Es por eso que debemos decir una y otra vez que el Mensaje del Corán no está acabado, que el Corán no es un Libro cerrado desde el momento en que desciende ahora en la recitación de miles de creyentes que lo hacen suyo entrañándolo y posándolo con el máximo cuidado de que son capaces en su corazón desnudo de prejuicios, sin atender ni siquiera a aquello que millones de personas dan por hecho. La vivencia de un creyente sincero vale tanto como la de un millón, y eso porque aquí no nos movemos en el reino de lo cuantitativo.

Si decimos que el texto coránico tiene un sentido unívoco no nos pondremos nunca de acuerdo, estaremos siempre peleando por ese sentido, y el Libro permanecerá oculto tras esa disputa. Acabaremos recurriendo a un consejo de expertos que determinen lo que es lícito e ilícito y habremos creado una iglesia. Pronto el Mensaje ya será cosa de ellos y no objeto de una vivencia directa por parte del creyente. Como todos sabemos esto ya ha sucedido, por ello hay que denunciarlo una y otra vez, denunciar la usurpación del Libro por parte de cualquier casta, alejarnos como de la peste de los expertos religiosos que nos dictan su sentencia.

Es en este momento cuando se agolpan las preguntas en la cabeza... ¿Qué sentido tiene decir que un pensamiento que ha surgido de dicha intimidad con el Corán es falso? ¿Puede realmente estar equivocado Abdelmumin —o quien sea— cuando nos habla desde su experiencia de creyente? ¿Qué sentido tiene decir que no debemos "dar un valor desmedido al punto de vista de unos cuantos, los occidentales que se han librado del cristianismo pero no de los prejuicios..." (10)? ¿Quién no debe dar ese "valor desmedido"? ¿Acaso somos nosotros, los propios occidentales, los que no deberíamos dar un valor —ni desmedido ni ligero— a nuestros propios puntos de vista...?

La confusión no puede ser mayor: si hablamos del sentido interno del Libro, de la Revelación como el único factor decisivo capaz de cohesionar al Islam debemos aceptar la variedad de vivencias que el Libro provoca, y esas vivencias son inseparables de las personas que las tienen. Un occidental solo puede vivenciar el Libro desde si mismo, desde su propia realidad de occidental. En el caso contrario el texto coránico puede aparecer ante nuestros ojos como algo inmóvil, que no tiene nada que ver con nosotros. Ciertas sectas musulmanas nos han hablado del cadáver del Libro (11), es decir: de aquellas interpretaciones que niegan todo sentido personal oculto en el lenguaje. Rechazar ese cadáver y sumergirse en el océano del Corán al-Karim nos parece algo esencial a la supervivencia del Islam.

Nosotros intuimos que dicha supervivencia está unida a la eficacia del texto, de aquello que provoca en nosotros —de catárquico o de liberador, de iluminador o de estímulo— para seguir avanzando en la Vía. El Corán es en verdad protéico, es Revelación desde el momento en que es capaz de hablar a todos los seres vivos en su circunstancia. De las palabras del autor del artículo La Resurrección se desprende que un occidental no puede ser musulmán, pero el hombre lleva su pasado encima y eso es así porque Allâh lo quiere.

No me resisto a transcribir el siguiente pasaje de Muhyyidin Ibn ‘Arabî, pasaje que en este contexto muestra su vigencia:

" En lo que concierne a la Palabra de Allâh, cuando está revelada en la lengua de un pueblo determinado y sucede que los que hablan esa lengua difieren entre ellos en cuanto a qué quiso decir Allâh con tal palabra o tal grupo de palabras, cada uno de ellos, por diferentes que sean sus interpretaciones, comprende efectivamente lo que Allâh ha querido decir... porque Allâh conoce todas esas acepciones y no hay ninguna que no sea la expresión de lo que ha querido decir a esa persona en concreto". (Fut, IV, 25) (12)

El drama de la Palabra perdida

Así pues, de lo que entre nosotros se trata es del drama de la Palabra perdida, es decir, de tratar de superar todas aquellas barreras tanto mentales como idiomáticas, etc, que se interponen entre nosotros y el Mensaje. Se trata de avanzar en el camino de un Islam depurado de todas aquellas interpolaciones que no solo los jesuitas y arabistas, sino también los ‘ulemas a sueldo del poder y los medios han tratado de poner entre nosotros y el Mensaje.

Al hacernos musulmanes nos sentimos lejanos, como si una distancia interminable nos separase del Libro. Empezamos el estudio del árabe para poder desembarazarnos de unas traducciones que han manipulado el Mensaje, y vemos que necesitaremos muchos años de estudio para aprender la lengua de la Revelación con la suficiente profundidad como para entender lo que nos dice. El camino es largo, pero lleno de intuiciones, de descubrimientos que no pueden ser despreciados. Vamos viendo poco a poco como todo aquello que veíamos como un obstáculo ya no lo es tanto, pues nuestras intuiciones se parecen más a lo que leemos de la primera comunidad de musulmanes que no a aquello que muchos musulmanes actuales nos presentan como Islam.

Llega un día en que nos sentimos afortunados, pues vemos claramente que nuestra relación con el Corán puede llegar a ser mas directa que no la que puede tener alguien educado en la religión musulmana, por sorprendente que esto parezca. Eso es así porque nosotros no vinculamos el Corán inmediatamente a una Ley profana. Ley profana es toda ley que el Estado utiliza, aunque surja del Libro Revelado. La simple presencia del Estado y su aparato anula inmediatamente cualquier carácter sacro, pues el Estado es el resultado de la ruptura de los hombres entre sí, es el resultado del odio y el resentimiento, justo aquello que la Ley sagrada viene a sustituir.

No se trata de interpretaciones en el sentido puramente hermenéutico, puesto que aquí no nos enfrentamos con un texto que podamos desglosar en busca de su sentido, por muy oculto que este sea considerado. Se trata de interiorizar, de dar cabida a la Palabra como algo propio, y no de la aceptación de una interpretación determinada, pues toda interpretación se nos presenta necesariamente con los ropajes de la exterioridad: palabras y conceptos podrían llegar a apartarnos de la Palabra, pues esta es aquello que anida en lo más íntimo del hombre, y surge enlazado a la Palabra mediante la recitación: puro entrañamiento, acto radical de lectura capaz de donarnos un sentido propio. Recitar a la espera de que la Palabra surja realmente de tus labios como tuya, y ya no eres transmisor o soporte sino parte de ella. Tu estar en la tierra es un aflorar del mismo modo que la Palabra primigenia aflora en tus labios. El Decir va mas allá del hablar cuando entra en contacto con lo anterior al lenguaje. Se trata, entonces, de asistir al propio nacimiento del lenguaje como algo capaz de unir a los hombres, y no ya del lenguaje que pone límites a lo que es tuyo y mío. (13)

En el pensamiento de Abdelmumin dicho proceso ha sido realizado. Él ha captado el momento en el cual la disolución de aquello que nos frena es la aparición de un nuevo yo mas fuerte capaz de luchar contra la corrupción que la mentira opera en la conciencia separada. Para él el mumin es aquel que "hace Realidad", y hacer Realidad es pertenecer al proceso creador sin otros límites que los que el instante nos exige. Doblegarse a esos límites es lo que el Islam nos pide. Hay que asentarse en el mundo como hogar para desplegar nuestra potencia. Se trata del paso de lo meramente virtual (espíritu) a la realidad Única, a nuestra única Realidad posible. La no-aceptación de dichos límites es lo propio del kafir, y no del mumin. La trascendencia pasa por la plena sumisión al mundo inmanente. No se trata de buscar, sino de encontrar en aquello que Allâh nos ha dado. No hay, en ese sentido, ninguna concesión que hacer a una supuesta espiritualidad que escinde al hombre. Dentro de dicho planteamiento el tema de la Resurrección no puede dejarse de lado, y más si nos damos cuenta de cómo ha sido utilizado para manipular conciencias.

Uno de los hechos más importantes de nuestra historia —que es la historia de la manipulación y destrucción del imaginario por parte de todos los poderes de este mundo— fue la decisión de dar el control de la Inquisición a los jesuitas, decisión tomada en el Concilio de Trento como reacción a la Reforma. Se trataba de contrarrestar con una imagen de eficacia inmediata el peligro que surgía de la libre interpretación de la Biblia promovida por Lutero. El doble movimiento Reforma-Contrarreforma significó lo que el escritor rumano Ioan P. Culianu ha calificado como "la gran censura de lo fantástico". (14)

Uno y otro movimiento se entendieron perfectamente al hablar del cielo y el infierno, se entendieron perfectamente a la hora de hacer residir las expectativas de los fieles en el Más allá. Sin duda esa coincidencia no es casual, pues ambos movimientos —a pesar de los esfuerzos de unos cuantos verdaderos hombres de espíritu— no tenían otros fines que los políticos.

Basta con abrir los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola para darse cuenta de la importancia que se le da al tema del infierno. Una y otra vez se insta al creyente a imaginar las penas del infierno y los placeres del paraíso. Ambos serán descritos por la literatura jesuita de los siglos posteriores con un detallismo rayano en lo obsceno. (15) La violencia ejercida por la Iglesia contra la imaginación es el verdadero monstruo con el que aún hoy muchos deben medirse. El miedo a lo desconocido hace que nos refugiemos en lo ya conocido. Hoy en día se perpetúa mediante la transmisión televisiva de muertes, terremotos, que pretende hacernos sentir bien y refugiados en nuestro universo privado.

Pero nosotros, creyentes educados en el kufur, sabemos que ese tormento doloroso existe aquí como supresión de los lazos del hombre consigo mismo. Hemos accedido al Islam como el re-establecimiento de un vínculo que nos había sido robado, como liberación de una libertad que en realidad sólo pretende desorientarnos para dejarnos a merced del capital y de la oferta. Nosotros sabemos que ese "tormento doloroso"del que nos habla el Corán es la carencia de ese lazo con lo Absoluto, es el resultado del no-fluir del hombre, del no-con-fluir del hombre con la Creación como un todo Absoluto.

No es pues casual que entre nosotros haya surgido un pensamiento valeroso, una intuición poética —por utilizar la definición de José Manuel Martín (16)— que afirme sin tapujos que ese tormento es la falta de vida que nos rodea si no nos enfrentamos a nuestro destino, si no nos afirmamos contra la ley y aquel que la utiliza y codifica, si no nos vinculamos a la Ley desde el corazón que piensa.

Dicho pensamiento, en su sinceridad y rectitud de intención es plenamente islámico, se trata de un trabajo desde el corazón que nos desgarra, que nos pone frente al enigma de comprensión al que el Corán nos anima.

Abdelmumin nos ha dado ya muchas pruebas de su sentir de musulmán, un sentir que no se deja confundir porque emana de una experiencia directa de Allâh, una experiencia que no puede traicionarse porque se ha posicionado en su corazón como en un trono. Es una experiencia y no una idea lo que Abdelmumin nos transmite. Él no es un kafir, sino todo lo contrario.

(Siempre hay algo peor que enfrentarse al propio camino escandaloso —pues el propio camino siempre nos obliga a situarnos en la paradoja de un estar viviendo por y para el Absoluto desde la pequeñez de nuestro anhelo— cuando lo que se nos anuncia es el "tormento doloroso" por no cumplir con una ley que no sirve al Creador sino al Estado.)

Empezar a decir la shahâda

Pero lo que realmente escandaliza es la conexión que se establece entre el Islam y el ateísmo, que Abdelmumin enuncia con las siguientes palabras: "La crítica atea de las religiones tuvo razón todo el tiempo al afirmar que el creyente —cuando defendía la existencia de lo sagrado— buscaba seguridad, consuelo, eternidad y poder. (...) El Islam parte de donde se quedó la crítica atea. Todo lo que defendió el ateo nos parece incuestionable verdad..." (17)

Abdelmumin no es el único que ha visto esa conexión, y eso es lógico si se tiene en cuenta que muchos de nosotros nacemos en un entorno en el cual ser ateo es lo normal, y sin embargo algo sucede en ese entorno que nos conduce a la creencia.

La sección de webislam titulada Los maestros desconcertantes incluye la anécdota siguiente: "En cierta ocasión preguntaron a Abderrahmán Medina que si un ateo podía ser musulmán. ‘Claro. -contestó- Nosotros decimos ‘la ilaha’, no existen los dioses, igual que los ateos, sólo que ellos tienen que acabar de decir la shahada. Un ateo es un musulmán que tiene que acabar de decir la shahada’." (18)

Sobre ello quisiéramos decir algo que creemos importante. Muchos de nosotros venimos del ateísmo y hemos recibido el Islam como consumación de ese ateísmo. A lo que accedemos es al Islam como religión primigenia del hombre, y no únicamente como la religión del Muhammad histórico. Se trata de algo que el propio Corán explicita y que en nosotros —que hemos descendido a la fuente del no saber y regresamos con la mirada vacía de preceptos— se nos presenta como una evidencia: Muhammad fue enviado para completar esa religión universal, para que algo que ya había sido transmitido adquiriese su carácter definitivo, y si ahora vuelve a ser ese tiempo no es únicamente gracias a la religión legalista, sino también a aquellos desarrollos de pensamiento que ha alimentado el inconformismo en occidente hacia toda forma de dominación y tiranía.

Cuando el poder todo lo engulle, cuando todo es poder por no poder ser otra cosa, cuando todos los ámbitos de la vida están regidos por el interés y por la usura, entonces solo queda como refugio lo indeterminado: esa zona oscura que hemos llamado la muerte, aquella zona donde toda determinación es abolida, liberada del precepto, aquella zona oscura del bosque donde todo es raíz y tiende hacia la transparencia.

Un día nos levantamos extenuados y solo podemos ya decir con un hilo de voz casi apagada: "Me refugio en Aquel que hace estallar la aurora". Esas son las palabras que aparecieron en los labios de Husseyn Vallejo una mañana, según el mismo nos ha relatado (19). Husseyn nos cuenta que entonces no sabía del Islam más que las mentiras que difunden los medios de comunicación. Por ello su sorpresa fue enorme cuando abrió un Corán —"más por curiosidad intelectual que con la esperanza de hallar algo valioso..."— y leyó lo siguiente: "Dí: me refugio en el Señor del alba." Se trata de la sura Al-Falaq (El Amanecer). Vale la pena aquí transcribir su testimonio:

"Estas Palabras son mis palabras cobrando dimensión definitiva. No son las palabras de un ateo. Son aquellas en las cuales la Palabra que Allâh nos envía a través de un Mensajero sin tacha coinciden con aquello que experimenta un joven que sale de la oscuridad del nihilismo a la luz del Islam sin otra mediación que la propia vivencia interna y un hilo de voz como único vestigio de humanidad que aflora". (20)

La Revelación se impone porque nos pertenece, porque es nuestra propia Palabra que Allâh nos envía. Se trata de aquello que nos guía cuando ya nada queda salvo el puro y simple hecho de estar vivo. Pocos hombres son capaces de pronunciar esa Palabra. Se trata de la inspiración, de la voz interior que debe conducir la vida de todo hombre que no falsea su existencia mediante la sumisión a un discurso heredado. Nosotros únicamente podemos llegar a vislumbrar una chispa de esa voz, pero hubo hombres que hicieron de esa voz algo constante, hasta el punto de hacerse receptáculos de la Palabra de Allâh. Ninguno como Rasulullah, ninguna Revelación nos ha sido transmitida de un modo tan completo y fidedigno como el Corán al-Karim, y por eso y solo por eso a él nos dirigimos.

Nosotros somos en muchos sentidos hijos del nihilismo, aquellos que han llevado a cabo la destrucción de ídolos que se ordena en el Libro. No nos habléis de dogmas ni de iglesia, no proclaméis ninguna verdad externa al mundo porque a nosotros no nos afecta mas que aquello que podamos experimentar y nos da forma.

Si destruimos los ídolos no fue para aceptar ahora un Islam dogmático y cargado de prejuicios, cerrado en si mismo e incapaz de hacerse comprensivo. Nosotros somos musulmanes porque ser musulmán es la consecuencia natural de la destrucción de toda creencia y todo criterio tautológico, formado por el hombre y para el hombre, y donde el hombre se engaña y desvirtúa su potencia. Ser musulmán no puede ser otra cosa que no creer en nada y dejar que la vida se consume, se realice en ti, por ti, a través de ti.

La Revelación se impone porque necesitamos una comunidad donde la vida despojada sea posible, donde sean posibles los lazos sin carcoma, sin mediadores ni otra guía que la Palabra que congrega.

¿Y si fuera cierto lo que Abdelmumin ha visto? ¿Y si el Islam es verdaderamente la consecuencia lógica de un ateísmo consciente de la importancia de la destrucción que opera? Estaríamos, entonces, en el umbral de algo sorprendente. Nosotros creemos que la verdadera puerta del Islam en occidente no es la emigración, sino el corazón humano. Del encuentro entre musulmanes liberados del Islam legalista y musulmanes conversos puede esperarse mucho, siempre que uno y otro se entreguen a ese encuentro. La emigración también puede llegar a ser una puerta del Islam hacia el oriente.

Tal vez sea este el modo que Allâh tiene de burlar los planes del shaytán, pues este no sabe de corazones ni del misterio de la aparición de la Palabra, pues toda palabra para él carece de sentido, es —como decían del universal los nominalistas— flatus vocis, soplo de voz vacía.

No nos hables, pues, Abderrahmán, de la verdad. Ayúdanos con tus conocimientos a profundizar en la dirección en la cual Allâh nos ha puesto. Disculpa incluso nuestros errores de bulto. Piensa que hoy en occidente no nos es fácil hacernos musulmanes, todo está en contra nuestra. No se trata, pues, de algo que hallamos querido o buscado, se trata de algo que se nos ha impuesto y ante lo cual no podemos mas que asentir con toda la energía de que es capaz el hombre que se entrega. No nos condenes tan pronto.

"Solo se puede reestablecer (el equilibrio del mundo) si el pensar gana respuestas desde el cosmos espiritual... La singularidad de nuestra situación permite concluir que esos actos de pensar tienen que preceder temporalmente a las posiciones teológicas, pero apuntando a ellas..."

"Quien menos conoce la época es quien no ha experimentado en sí el increíble poder de la Nada y no sucumbió a la tentación. El propio pecho: esta es, como antiguamente la Tebaida, el centro del mundo de los desiertos y las ruinas." (21)

Ambas citas pertenecen al libro de Ernst Jünger Sobre la línea. Este no es el único pensador importante que ha comprendido que el nihilismo ha situado al hombre occidental al borde de algo nuevo, de una experiencia religiosa cuya significación se le hace evidente al musulmán converso, pues —en muchos casos— él mismo ha sentido la muerte y ha cruzado la línea.

La Resurrección ahora

Es ahora el momento de volver a las palabras con que empezábamos este artículo:

"Negar y rechazar la Resurrección es Kufr".

Eso sin duda es así: negar la Resurrección es kufr porque es negar toda posibilidad de Realidad a la escatología, al despliegue del hombre en si mismo y el mundo como un proceso liberador de aquello que lo separa de si mismo y del mundo. Negar la Resurrección es negar la posibilidad del hombre de acceder al carácter paradisiáco de este mundo.

Que la Resurrección es una Realidad Absoluta es algo evidente para quien comprenda el carácter simbólico de todo lo que existe. La Resurrección es la maravillosa consecuencia de toda Vía espiritual auténtica, al final de la cual vemos amanecer al hombre universal completo, ese mismo que hoy en día tan solo somos en potencia.

La Resurrección es lo que sigue a aquella muerte a la cual todo musulmán debe aspirar, según el conocido y mil veces repetido hadith en el cual el Rasulluallah nos exhorta: "muere antes de morir". Aspirar a la muerte como extinción de todo aquello exterior que nos domina para alcanzar la subsistencia puramente vinculada a Allâh, y a la creación perpetua que Él opera en el mundo. Entonces comprendemos lo que dicha Creación significa: el constante estar haciéndose de Allâh en lo que vive y florece, ya sea en el dolor o en el vacío, ya sea en lo que sea.

Tan solo una leve intuición de los dones que la Resurrección depara bastan para hacernos alcanzar la plena certeza de nuestra pertenencia al mundo de Allâh ya no únicamente como siervos, sino como participes activos en la Creación del mundo.

El generoso Corán nos dice que aquel que muere como kafir hallará su tormento. Nosotros tuvimos un compañero que nos confirmó la Realidad de ese tormento. Él murió como kafir para nacer como creyente, y en esa muerte inicial él halló su tormento. ¡Oh, creyentes! No desesperéis de alcanzar el Paraíso. Para ello debéis morir como creyentes, alcanzar la certeza de vuestra propia Vía. No os separéis del Libro, interiorizar vuestra lectura, que vuestro Dikr se alce por encima de todas las voces que pretendan deciros lo que el texto dice sin tener en cuenta su carácter proteico, su cualidad de Libro revelado por todos, para todos y por todo.

Pues el que verdaderamente siente sabe cada día que su emoción lo sobrevive, y que darse es el modo de trascendencia que todavía nos queda. Hacemos Realidad mediante nuestra entrega, y allí somos eternos, donde nuestro silencio es escuchado fluyendo por detrás de las palabras (o por debajo, o por el lado, o por encima...). La Resurrección no es nunca el resultado de nuestra renuncia al mundo, no es un premio sino la vivencia de la acción dadora de un sentido mas allá de nuestro aparentemente pequeño alcance de criatura.

La Resurrección es algo inherente a la Vía del Islam aquí y ahora, y querer separarla lanzándola a un hipotético después de la muerte física, en el que sonarán trompetas reales y nuestro cuerpo saldrá de la tumba completo, no nos añade nada a no ser que nos adentremos en su significado simbólico. Algunos, por ahora, como Vladimir Holan, sólo llegamos al pre-sentimiento de la resurrección anunciada en el canto del gallo:

¿Qué después de esta vida tengamos que despertarnos un día al terrible estruendo de clarines y trompetas?

Perdóname, Dios, pero yo me consuelo pensando que el principio de nuestra resurrección lo anunciará el simple canto de un gallo...

Entonces quedaremos todavía un minuto tendidos en la cama.

La primera en levantarse será mamá...

La oiremos encender sigilosamente el fuego, poner sin ruido el agua sobre la estufa y coger suavemente del armario el molinillo de café.

Estaremos de nuevo en nuestra casa. (22)

Hace años soñaba con el fuego, vivía con el fuego. Creía comprender aquella sentencia de Séneca que dice: "no toquéis el fuego, pues tiende hacia lo alto". Se trataba de integrar el elemento fuego de mi naturaleza como aquello que nos eleva, la fuerza que nos hace salirnos de nosotros mismos hacia arriba... y así en realidad ha sido, pero debo decir que dicha elevación contiene la semilla de la muerte. Hace años comprendí que dicha aspiración a elevarse no está nunca libre de sospechas, que en realidad ese deseo de salirse de nuestra materialidad no es mas que el producto de una insatisfacción insana, del malestar que el sistema kufr nos inyecta. Toda aspiración a lo alto, a lo sublime, desaparecieron de mi cuando me reconocí musulmán. Ahora es el mundo que me pide suma atención y cuidado. Ya todo está en-ante nosotros como algo que debe vivenciarse, y el mundo ya no es eso de lo que se huye para alcanzar un hipotético cielo de cristal que nos protege. El mundo es el lugar de la teofanía, donde todo es hogar y presencia, donde todo está entregado.

Y ciertamente, Oh gentes, os hemos asignado una excelente posición en la tierra y os hemos puesto medios de subsistencia en ella: sin embargo, ¡que raras veces sois agradecidos!

Y, ciertamente, os hemos creado y luego os dimos forma; y luego dijimos a los malaika: "¡Postraos ante Adán!" —y se postraron todos excepto Iblis, que no fue de los que se postraron.

Y Allâh dijo: "¿Qué te impidió postrarte cuando te lo ordené?" Iblis respondió: "Yo soy mejor que él: a mí me creaste de fuego, mientras que a él lo creaste de barro."

Se trata de la sura siete: Al-Aaraf (La Facultad del Discernimiento) (23).

¿Qué es aquello que no se postra? ¿Qué existe en el hombre que se desprecia a si mismo? La perfección ontológica del hombre, su ser completo ya está presente, pero existe algo en él que le hace verse como impío. Aquello en el hombre que no se acepta a si mismo es lo que Iblis personifica. Es aquello que valora el elemento fuego sobre el elemento barro: su deseo de salirse de la forma material, su deseo de ser pura fuerza etérea que se eleva. El Mensaje del Corán, aquí, me dice que el hombre se rebela ante Allâh y ante si mismo cuando no acepta su propia materialidad como regalo divino, como un don precioso. El hombre quiere escapar de las condiciones del tiempo y el espacio hacia el cielo extático donde sólo es de fuego, pero su cuerpo de barro lo mantiene pegado en el suelo. El camino del Infierno pasa por no valorar la vida tal y como nos ha sido dada, y esperar recompensas es parte de ese juego.

Si estamos tan lejos de comprender que estamos ya en el Yanna es por lo que le hemos hecho al mundo, porque el universo kufur domina en el paisaje. Precisamente por eso es tan importante afirmar la Creación como un todo absoluto, donde el antes y el después, la obra y el premio, no tienen sentido como cosas separadas. La vida es un todo absoluto, sin partes pero con un desarrollo. Se trata del despliegue pausado de aquello que eres y serás eternamente, siendo aquí eternidad la vivencia de ese todo como condición de su despliegue pausado sobre el mundo. El modo de agradecimiento al que el Corán nos invita es el desarrollo de nuestra potencialidad innata, y no el mero cumplimiento de una norma. Es un sentir la vida como un regalo que debe aceptarse con plenitud gratificante. Ninguna ley es sagrada si no ha arraigado en el corazón, y para que esto sea posible debemos comprender que se trata de un modo de vida que Allâh nos enseña y a través del cual nos será posible desarrollar nuestra energía innata. De cualquier otro modo todas las disposiciones a que el Libro nos invita, todas las normas carecen de valor, pasan a ser un puro engorro, lo cual es lamentable.

El autor del artículo La Resurrección debe comprender que no se trata de ideas New Age (24), pues ni siquiera se trata de una idea. Debe comprender que la vivencia es anterior a la doctrina, pues esta no es algo que se nos de hecho. Sin esa vivencia la ‘aquida no es posible mas que como un injerto, como algo que nos aliena de nuestro propio entorno. Cuando lo asombroso es ver como todo se encaja, como los caminos nos llevan a encontrarnos en torno a un pensamiento que surge de la tierra, ante eso que captamos cuando somos sinceros en nuestra rendición a lo cualsea (aquello que sucede y es así porque Allâh lo ha querido) que nos cohesiona, sin necesidad de una doctrina explícita. La elaboración de la ‘aquida solo viene después, cuando esta se ha hecho ya evidente por si misma.

Creemos que el mundo no se aleja de Allâh sino que Él se pliega en el mundo siempre de un modo que solo Él conoce. Su Misericordia siempre actúa dándonos una posibilidad de liberarnos de aquello que nos impide acceder a Su despliegue de un modo plenamente consciente y entregado. Que el creyente trasciende en vida es aquello que uno puede comprobar a diario, es aquello que debemos afirmar con nuestros actos. Es entonces cuando resurge un proyecto de comunidad sin presupuestos ni Estado.

Eso es lo que algunos intuimos que significa ser musulmán aquí y ahora, y esto es precisamente lo que Abdelmumin trata de ser con todas sus fuerzas. Que Allâh le proteja por ello, que Allâh le conceda sus dones y le permita alzarse frente a aquellas voces que reniegan de ese esfuerzo y que lo anatemizan y condenan en nombre de ya no se sabe bien que religión ni que proyecto.

Nosotros sentimos que un pensamiento como el de Abdelmumin contiene algo de aquello que nos permite seguir avanzando, y su pensamiento ya no es suyo. A él le ha sido dado escuchar y su esfuerzo constructor nos dona un fruto tras de otro, y estos son los frutos de su simplicidad y su ternura, y no de una especulación vacía. El trabajo de Abdelmumin es, en realidad, la captación del pensamiento ambiente, de aquello que anida en el Al-Ándalus eterna y que es capaz de germinar con nuevas formas para traernos la mismo verdad Revelada.

La alabanza sea con Allâh por lo que ha hecho descender en nuestro corazón y por aquello que descenderá mañana, y por lo que nos inspiró y sale al encuentro del mundo, por el agradecimiento que al ser dicho nos llena de alegría, por la voz dadora de sentido, por el azul del cielo y por la fuerte caricia del Mensaje. Alabado sea Allâh por todos los dones de la Vía, por todos los dones que surgen de nuestra entrega cotidiana al mundo. (25)

Notas:
(1) En webislam.com nº 103 aparece este texto: "La traducción al castellano de esos pasajes coránicos -que son innumerables- falsean toda la posibilidad de otra interpretación desde el momento en que se elige poner todos esos verbos en futuro... ¿Cómo están en el texto coránico? En pasado, normalmente, o en presente; nunca, o casi nunca, en futuro. No están haciendo referencia, por tanto, a un acontecimiento futuro sino a una experiencia ya tenida por Muhammad (sws). Esto es una clave esencial. Todas esas descripciones son la descripción de algo que sintió, que padeció, Muhammad (sws). Realmente, ¿qué es el yaum al qiyâma, la Resurrección? La Resurrección es la Revelación". (Extracto de una conferencia de Abderrahman Muhámmad Maanán pronunciada en Sevilla el 17 de diciembre de 1999).
(2) Ensayos de metafísica islámica . El creyente desnudo, ed. Padilla, libro escrito en colaboración con Ali Gonzalez y Abdelwahid Houri, y en el cual Abdelmumin Aya firma la segunda parte: Contra el alma.
(3) Ambas citas pertenecen al capítulo La Resurrección ahora de los Ensayos de metafísica islámica. Por supuesto que aquí no podemos referirnos a todo el alcance del pensamiento de Abdelmumin, cuya raíz poética no está reñida con una claridad expositiva y un rigor notable. Para desarrollos paralelos al tema de la Resurrección (sobretodo a lo que se refiere al concepto de nafs como único sustento posible de cualquier modo de espiritualidad en el hombre) remitimos a los libros mencionados.
(4) El Islam colonizado, zawiya.org
(5) Definición del Dîn, zawiya.org
(6) En El islam colonizado, zawiya.org. Según sus palabras: "Que el Islam sea una religión monoteísta está más que asumido en occidente, y por los musulmanes de formación occidental. Pero el Islam ni es una religión ni es monoteísta: si logramos tener en cuenta constantemente esto, nos veremos obligados a reelaborar nuestro discurso, a reinterpretar muchas cosas importantes, y a pesar de las dificultades iniciales, será lo mejor que podemos aportar al Islam, comenzaremos a hacerlo comprensible aunque al principio cueste trabajo".
(7) Para profundizar en todo lo dicho, recomendamos la mencionada publicación digital de la yamâ’a islámica de Al-Ándalus, zawiya.org, página web que el propio Maanán dirige. También recomendamos la lectura de los artículos de pensamiento actual publicados en webislam.com.
(8) Definición de Imán, zawiya.org/Cultura
(9) Idem.
(10) La Resurrección, zawiya.org
(11) Véase Christian Jambet, La grande résurrection d’Alamût, ed. Verdier. En este libro puede leerse lo siguiente: "S’il est une résurrection des morts, c’est donc avant tout quìl est une résurrection des vivants, c’est-à-dire le surgissement à l’être de ce qui n’était pas. Cette identification de la résurrection au pur acte d’exister, au surgissement dans l’être, conteste le dogme exotérique". Este libro contiene un precioso análisis lingüístico y metafísico del término árabe que designa la Resurrección: qiyâmat. Christian Jambet, eminente discípulo de Henry Corbin, ha realizado recientemente una traducción francesa de Mollâ Sadrâ Shîrâzî con el título francés Traité de la résurrection, editorial Fata Morgana, año 2.000. Todo ello lo apuntamos como signos de que se trata de un tema que interesa —y mucho— en occidente...
(12) Citado por Michel Chodkiewicz en El Corán en la obra de ibn ‘Arabî, (en Los dos horizontes, editora regional de Murcia, pag. 141.)
(13) Véase Ferdinand Ebner, La Palabra y las Realidades Espirituales, Caparrós editores. Sobre la relación dialógica del hombre con la divinidad como base a las relaciones entre el yo y el tú, véase Martín Buber, Yo y Tú, en la misma editorial.
(14) Eros y magia en el Renacimiento , Ioan P. Culianu, ed. Siruela, pags. 251 y sig.
(15) Véase Ana Martínez Arancón, Geografía de la eternidad, donde la autora realiza un recorrido por dichas descripciones. Como muestra basta con una imagen, perteneciente al libro Desengaños para Vivir y Morir bien del muy devoto Francisco de la Cruz, donde se describe la siguiente visión de una monja carmelita, Ana de San Agustín: "Están las pobres almas oprimidísimas, muy consumidas, desfiguradas, y con terrible y espantable fealdad, y están muy avergonzadas, desnudas, y con gran confusión. Tienen las bocas abiertas, y sacadas las lenguas, y con grandes ansias y desesperación están diciendo a gritos sus maldades. Unos están colgados de los pies, y abajo, por las narices y la boca, les están dando terrible ahumada. A otros los están empringando y azotando. A otros asando. A otros ahorcan. A otros atan de pies y manos, y con argollas a las gargantas los echan a mazmorras oscuras..." pag. 71-72.
(16) Véase el prólogo a El creyente desnudo, Padilla libros.
(17) El creyente desnudo, pag. 9.
(18) Los maestros desconcertantes nº 8, aparecido en webislam. com nº xxx
(19) Recogido en el libro colectivo Vivencias coránicas, hasta ahora inédito.
(20) Ídem.
(21) Ernst Jünger, Sobre la línea, ed. Piados, pág 68 y 69.
(22) Vladimir Holan, Una noche con Hamlet y otros poemas, Barral editores, pag. 98. Este poema se títula, por supuesto, La resurrección.
(23) Traducción del Corán editado por la Junta islámica, (7, 10-12)
(24) La Resurrección, zawiya.org
(25) Dado que en este ensayo no pretendemos mas que responder a la incitación que el articulo de zawiya nos ha provocado, dejamos fuera todo desarrollo ulterior del tema. Pero no queremos despedirnos sin apuntar lo que sigue. La unidad esencial entre el hombre y Su Señor es aquel conocimiento que el yaum al qiyâmat depara al mumin. La medida de dicha unidad es el ijlâs, la sinceridad en el imâm. Se trata de la posibilidad única y absoluta que toda criatura tiene de cumplir con lo que de él espera Allâh. Se trata de posicionarnos correctamente sobre el mundo para realizar plenamente aquello que nos ha sido encomendado (que está escrito). Entonces será cuando podamos decir, con Kermanî: "El Yanna del mumin no es otro que su propio cuerpo". Y eso es sin duda así porque no hay otro que Él, por que cada uno tiene en si y ante si a Allâh bajo la forma que le es propia, aunque ninguna forma lo contenga. El cuerpo del creyente es su paraíso en la medida en que es capaz de sentir, en la medida en que su sensibilidad se ha ampliado hasta el punto de abarcarlo todo. Una sensibilidad extrema es el signo del resucitado. A través de dicha sensibilidad y capacidad de acción es como el mundo se sostiene. El mundo no se deshace porque hay algunos hombres capaces de desplegar sobre el toda su potencia. Es así como servimos a Allâh, cohesionando el mundo. Y eso no tiene un mero sentido social, sino que se trata de nuestra pura pertenencia al mundo de las formas sutiles, a esa materia espiritual de la cual todo está hecho. Todas las alabanzas para Allâh, que nos ha dado un Camino, que nos hace suyos a través del fenómeno y la vida. Alabanzas a los Nombres que posibilitan la existencia.
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