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Tribuna libre: Iconoclastia y Modernidad

03/03/2001 - Autor: Manuel Delgado - Fuente: El Mundo
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Buda de Bamiyan
Buda de Bamiyan

El espanto que suscita la inminente destrucción de un grandioso patrimonio artístico en Afganistán, incluyendo restos de aquel primer y colosal ejemplo de mestizaje cultural que fue la civilización grecobúdica, ha vuelto a desatar los tópicos sobre la condición medievalizante del fundamentalismo islámico, visto como un fanático mecanismo de oposición a los avances del mundo moderno.

Sería caso de retomar aquí las reflexiones de quienes -Clifford Geertz, Ernest Gellner, Alberto Cardín- han advertido hasta qué punto el integrismo islámico es un instrumento al servicio de los procesos de modernización. O de Lévi-Strauss, que al final de su Tristes trópicos, y ante el magnífico espectáculo de esa misma arquitectura y estatuaria de Ghandara que está a punto de ser demolida, era capaz de percibir cómo «el Islam es el Occidente de Oriente», es decir cómo el islamismo estaba aplicando en Asia las mismas imposiciones homogeneizadoras que el cristianismo y el humanismo ilustrado estaban extendiendo por el resto del planeta.

De hecho, la misma imagen de los tanques disparando contra los budas gigantes de Bamiyán nos debería evocar no la acción de una primitivizante horda de bárbaros, sino el bombardeo de la Esfinge por las tropas napoleónicas que invaden Egipto o los fusilamientos del Cristo del Cerro de los Angeles por los milicianos republicanos en 1936. ¡Cuánto sabemos los europeos de destrucciones masivas de tesoros de incalculable valor! La historia de nuestra vanidosa modernidad está hecha de estatuas religiosas derribadas, de templos incendiados, de piras enormes en que arden altares, crucifijos, cuadros...

Miles de obras de arte fueron destruidas en las guerras de religión en las hoy tan civilizadas Inglaterra, Holanda, Francia o Suiza. Nuestro propio país fue escenario, hace apenas 65 años, de lo que posiblemente fue la explosión de iconoclastia más terrible que ha conocido la historia humana.

Puestos a hablar de la destrucción de patrimonios artístico-religiosos los musulmanes no tienen nada que enseñarle ni a los cristianos modernizados ni a las diferentes ideologías laicas de Occidente. Los talibán podrían pasar por escrupulosos ejecutores del mandato bíblico: «Suprimiréis todos los lugares donde los pueblos que vais a desalojar han dado culto a sus dioses...; demoleréis sus altares, romperéis sus estelas, romperéis sus cipos, derribaréis las esculturas de sus dioses y suprimiréis su nombre de ese lugar» (Deuteronomio 12 2-3).

Por su parte, en nombre de la libertad, se han despedazado infinitamente más obras de arte religioso que en nombre del Profeta. De hecho, bien deberíamos reconocer que, a diferencia de puritanos, liberales o libertarios, el Islam sólo excepcionalmente ha sido intolerante con la representación de lo divino.

La tibieza islámica en relación con el culto a los símbolos figurativos permitió que los prolongados periodos de dominación árabe u otomana no afectaran apenas la integridad de los iconostasios de las iglesias cristianas arábigas y limitó sus restricciones contra la sacralización figurativa al culto a iconos de bulto exento entre los cristianos cismáticos orientales.

La clave de esa actitud permisiva hay que buscarla en el status de inocuidad que el Corán supone a las formas naturalistas y figurativas de culto: «Los idólatras han tomado otros dioses distintos de Él, dioses que no han creado nada, que han sido creados. Que no pueden hacer ningún bien ni ningún mal, que no disponen de la vida, ni de la muerte, ni de la resurrección» (Corán 25 3-4).

El radicalismo musulmán del que los talibán son ejemplo se aparta de esa tradición de tolerancia hacia la figuración de lo sagrado. El integrismo hace suya esa materia prima básica que tan buen resultado había dado en Occidente: una rectitud trascendente, inalterable, pero no por ello menos concreta, fundada en la elaboración legal de un texto divino. En un principio, ese rigorismo quedó limitado a una minoría de musulmanes cultos urbanizados, conocedores de los preceptos sagrados, mientras que la gran mayoría de los pueblos que hicieron suyo el islamismo continuaron, en un grado u otro, fieles a prácticas y creencias preexistentes. Ni que decir tiene que las muestras de objetos de culto de otras religiones continuaron beneficiándose de una indiferencia casi absoluta.

Fue tardíamente cuando el puritanismo islámico, idéntico al cristiano en sus principios (las mediaciones simbólicas son intrínsecamente perversas y sólo la fe y la moral interiores tienen valor verdadero para la salvación), acabó mostrándose como un modelo a seguir, válido para que amplísimas masas se redimieran de una situación vivida como de postración.

El Islam podía así agrupar en torno a sus verdades reveladas a una población castigada en sus condiciones de vida y herida en su orgullo por el colonialismo occidental. Para que esa eficacia doctrinal del Islam pudiera hacerse real se debía asumir la necesidad de abrazar una religiosidad teológicamente más correcta, depurada de toda dependencia de los símbolos externos.

En otras palabras, la necesidad, paradójicamente resultado del proceso de occidentalización, de obedecer un conjunto de principios inapelables de valor universal se ha traducido en los países de predominio islámico en una recuperación del islamismo dogmático.

La mayoría de movimientos rigoristas islámicos que, como los talibán, exigen la depuración de sus sociedades de toda jahiliyya o ignorancia pagana están inspirados en la salafiyya. Los salafis son ulemas o pensadores seglares extremadamente escrituristas, que como indica su nombre de salaf -antepasado o predecesor- se basan en una obediencia absoluta al ejemplo de Mahoma y sus amigos, así como de los primeros califas y juristas. Para los salafis, toda pretensión de que es posible mediar entre Alá y los humanos por otra vía que no sea la de los textos sagrados es, por definición, blasfema. Eso les convierte en enemigos acérrimos de toda veneración a objetos o personas, incluyendo los santos, así como de toda modalidad de esoterismo que pretenda una comunicación directa e íntima con Dios.

De la salafiyya ha surgido un buen número de corrientes reformadoras del Islam, que han tomado como punto de partida el dogma de que lo que convierte a un ser humano en musulmán no es sólo la aceptación de un credo, sino el compromiso activo con una empresa colectiva para «ordenar el bien y prohibir el mal». De todas estas corrientes salafitas, entre las cuales destaca la de los Hermanos Musulmanes, fundados en Egipto en los años 20, la que primero alcanzó una situación de predominio político absoluto fue el wahabismo, que ha dirigido ideológicamente la integración de Arabia Saudí en el sistema de mercado y en el concierto político de las naciones.

El wahabismo, fundado en el siglo XVIII por Ibn Abd il-Wahhab, representó la más radical intolerancia hacia las formas externas de piedad y practicó la iconoclastia. En concreto, prohibió los minaretes de las mezquitas, así como el culto a los santos y a los ángeles, e incluyó episodios de violencia tan notables como la destrucción de la tumba de Mahoma en Medina. El wahabismo resultó fundamental para los movimientos modernizadores musulmanes que protagonizaron la independencia de la India, primero, y, de la mano de los muwahhidun o unitarios, la creación del Estado de Pakistán, enseguida.

Pakistán, Arabia Saudí, Hermanos Musulmanes. He ahí los grandes referentes del régimen talibán. Pero esos faros no alumbran un pasado de miseria, de atraso y de postración, sino una vía por la que, una vez más, volver a ensayar el acceso a la plena modernidad. Esos fanáticos han aprendido de nosotros que, al parecer, sólo la destrucción de lo que es bueno y es bello puede elevar a una sociedad a la condición de verdaderamente civilizada.

Manuel Delgado es profesor de Antropología Religiosa en la Universidad de Barcelona y autor de obras como Las palabras de otro hombre, La ira sagrada y Luces iconoclastas.

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