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Revelación, intelecto y razón en el Corán

El racionalismo occidental se convirtió en un velo que separó al hombre de Dios

23/02/2001 - Autor: Seyyed Hossein Nasr - Fuente: Webislam
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Seyyed Hossein Nasr
Seyyed Hossein Nasr

Una de las más desafortunadas tendencias generalizadas hoy en ciertas regiones del mundo islámico es la adopción de una ideología que resulte de buen tono en el mundo occiden­tal y añadirle luego el adjetivo «isIámico». Así se ven términos como «democracia islámica», «socialismo islámico», «raciona­lismo islámico» y cosas por el estilo. Semejante tendencia, al procurar hacer grato el Islam modernizándolo y poniéndolo al día, traiciona el Islam al reducirlo de un cuerpo total de principios y de una cosmovisión completa a un adjetivo que modifica un nombre, de connotación completamente distinta en la matriz de la civilización occidental que ha dado naci­miento a tales términos.

De hecho, el Islam sólo puede ganar respeto e incluso adhesión entre los no musulmanes inteligentes, así como en­tre los mismos jóvenes musulmanes educados en occidente, al ser expuesto, no como otra versión de las ideologías occiden­tales que resultan hoy estar de moda, sino como una alterna­tiva bien clara a estas ideologías, presentando un programa completo para la vida misma y para la empresa total del hombre en este mundo.

Si la defensa del Islam ha de apoyarse en un grupo de excusadores débiles y en continua retirada, cuya técnica es hacer aparecer como islámico todo lo que está de moda, difícilmente podrá convencer a las personas serias. Es más, tales métodos harán aparecer el Islam ante el observador inte­ligente como una ideología occidental de segundo orden. Si el Islam se presenta por ejemplo como socialismo o raciona­lismo, ocurrirá que el hombre moderno serio que está fuera del mundo de la fe, busque la forma más pura de socialismo y racionalismo en las mismas filosofías e ideologías occidenta­les, antes que en su imitación islámica.

Hay ciertos musulmanes modernos que en nombre de lo que ellos tienen por un simple Islam racionalista, que barrun­tan estar acorde con el mundo moderno, están dispuestos a dejar de lado catorce siglos de civilización y de herencia inte­lectual islámicas, junto con las escuelas de sabiduría y filoso­fía cultivadas en ellas. Poco saben del hecho de que los princi­pales problemas planteados por el mundo moderno a la reli­gión, sean tales desafíos el marxismo, el darwinismo, o el existencialismo secular, pueden responderse, no por una sim­ple interpretación racionalista del Islam a la manera de la escuela salafiyyah y otras semejantes, sino recurriendo a aquel profundo tesoro de sabiduría metafísica y filosófica de carácter tradicional cultivado en el Islam y conectado en su mayor parte al sufismo, una sabiduría que siendo lógica y racional no es simplemente racionalista.

Emerge de esto la pregunta de qué significa exactamente racionalismo en las lenguas occidentales. Hay que distinguir entre el uso normal de la razón y la lógica, y el racionalismo, que hace de la razón el instrumento exclusivo para alcanzar el conocimiento y el único criterio para juzgar la verdad. Se habla a veces del racionalismo aristotélico, aunque en la filo­sofía de Aristóteles hay intuiciones metafísicas que no pueden reducirse a simples productos de la razón humana; pero el racionalismo en el sentido propio de la palabra se inicia en la filosofía europea moderna aunque también hay casos de él en la antigüedad tardía.

Si por racionalismo se entiende el intento de construir un sistema cerrado que abarca la realidad en su totalidad y ba­sado sólo en la razón humana, éste se inicia entonces Descartes, ya que para él el criterio máximo de realidad es el ego humano y no el Intelecto divino o el puro Ser. Su cogito ergo sum pone una limitación al conocimiento humano al constreñirlo al nivel de la razón individual y a la conciencia del ego individual. Ésta es la tendencia que alcanza su culmi­nación en el racionalismo decimoctavo y decimonónico, an­tes de que la misma pesantez del sistema racionalista em­piece a producir grietas en su propio muro de protección, a través de las cuales elementos irracionales empiezan a pe­netrar desde abajo.

Al intentar comprender el papel de la razón en el Islam es esencial distinguir entre el racionalismo tal y como anterior­mente se ha descrito y el respeto por la lógica, porque en su propio nivel la lógica es un aspecto de la verdad, y la verdad (al‑haqq) es un nombre de Allah. La inteligencia, de modo semejante, es un don divino que conduce al hombre a afirmar la doctrina de la unidad (al‑tawîd) y las verdades esenciales de la revelación islámica. El uso de la lógica en la cosmo­visión del Islam es como el de una escalera que sube al hombre desde el mundo de la multiplicidad hacia lo Divino.

El racionalismo, como se desarrolló en el occidente ‑un occidente en el que el hombre cristiano tradicional estaba ligado a Dios más por su voluntad que por su inteligencia, como ocurre en el Islam‑ se convirtió en un velo que separó al hombre de Dios y marcó la revuelta humana contra el cielo.

El resultado de la aplicación de la lógica y la inteligencia en el Islam es la mezquita cuya simetría y regularidad es ocasión para contemplar la Presencia divina. El resultado de la aplicación de la ciencia moderna occidental, que está plan­tada en el racionalismo del siglo diecisiete, es la fábrica o el rascacielos modernos que como la mezquita son geométricos y a veces simétricos, pero que están particularmente marca­dos por la falta de connotación trascendente y de hecho, representan las obras de aquel tipo de hombre que se ha rebelado contra Dios. En la diferencia entre estas dos aplicaciones de la lógica, entre la mezquita o la casa musulmanas tradicionales y el rascacielos o el edificio de apartamentos moderno uno puede observar la profunda diferencia entre el racionalismo en occidente y el uso de la razón y la lógica en el Islam.

No cabe la menor duda de que uno de los mayores servi­cios que el Islam puede rendir al mundo moderno, donde la dicotomía entre razón y revelación o ciencia y religión ha alcanzado proporciones tan peligrosas, es representar esta po­sibilidad de unión entre revelación y razón tal como se en­cuentra en el Corán. La fuente de la revelación en el Islam es el arcángel Gabriel o el Intelecto Universal. Intelecto (al‑‘aql al‑kullî en el lenguaje del hadith) y la misma palabra ‘aql significan etimológicamente a la vez lo que liga o limita lo Absoluto en la dirección de la creación y también lo que liga al hombre a la verdad, a Dios mismo. En la perspectiva del islam, es precisamente el ‘aql el que mantiene al hombre en el camino recto (en el sirât al‑mustaqîm) y le impide andar desca­rriado. Es por esto por lo que tantos versículos del Corán equiparan los que están descarriados con los que no pueden usar su intelecto (como en la expresión wa la ya (6) qilun, «ellos no entienden» o literalmente «no usan su intelecto» ‑el verbo ya’quilun deriva de la raíz ‘aqala relacionada con ‘aql ‑; o la aleya la yafqahûn, «ellos no entienden», donde el verbo yaf­qahûn está relacionado con la raíz faqiha, que también signi­fica comprensión o conocimiento).

Del mismo modo, el conocimiento o ciencia (al-‘ilm) en el lenguaje del Corán y el Hadith significa aquel conocimiento que hace al hombre consciente de Dios, de las verdades eter­nas, del mundo por venir y del retorno a Dios. Esta es una verdad innegable aun cuando tantos apologistas musulmanes modernos equiparen el ‘ilm sin ninguna restricción ni modifi­cación con la ciencia moderna, como si uno pudiera salvar la profunda diferencia de los tipos de conocimiento involucra­dos por el simple uso del mismo término para connotar los diversos tipos de ciencia en cuestión. Algunos hadiths simplemente han equiparado el ‘ilm con el conocimiento del otro mundo, al‑âkhirah. El Intelecto, el instrumento a través del cual se obtiene este tipo de conocimiento, que a la vez es la fuente de la revelación y existe microcósmicamente en el interior del hombre, no debe ser confundido con la sola ra­zón. El ‘aql es a la vez tanto el intellectus o nous como la ratio o razón. Es a un tiempo el sol celestial que brilla en el interior del hombre y el reflejo de este sol en el plano de la mente que llamamos razón.

Uno puede ir desde el reflejo a la fuente siempre que el ‘aql no esté empañado por pasiones, siempre que sea el Inte­lecto sano, equilibrado y armonioso que en la terminología islámica es llamado al-‘aql al‑salîm. Pero si el ‘aql está oscurecido por las pasiones, por la nafs, entonces puede con­vertirse en velo que esconde al hombre de lo divino y lo descarría. De no ser así no habría ninguna necesidad de reve­lación. La revelación es la manifestación macrocósmica del Intelecto Universal, el Kalimat Allâh, que provee un marco para la manifestación microcósmica del Intelecto en el hom­bre y una Ley Divina que protege al hombre de sus propias pasiones y hace posible que el intelecto permanezca sano o salîm.

La razón, este reflejo del Intelecto en el nivel de la psique, puede ser por lo tanto un instrumento para alcanzar las ver­dades divinas halladas en la revelación, verdades que son supra-racionales pero no irracionales, y a la vez un velo que esconde al hombre estas mismas verdades. En el último caso, se convierte en el medio con que el hombre se rebela contra Dios y su religión revelada.

Los sabios musulmanes de todos los tiempos han recono­cido este doble filo de la espada de la razón. Algunos como Ghazzâli, Jalâl al‑Dîn Rûmî y Fakhr al‑Dîn Râzî han subrayado el aspecto negativo de la razón puramente humana como velo y limitación y su incapacidad para alcanzar las verdades divinas. Rûmî era de hecho muy consciente de la diferencia entre razón (‘aql-i juz’î) e intelecto ‘aql-i kullî) cuando dijo: «Es la razón quien ha destruido la reputación del Intelecto.»

Otros, como Ibn Sînâ (Avicena), Ibn ‘Arabî y Sadr al‑Dîn Shîrâzî han tratado de alcanzar el Intelecto mediante la misma razón de hacer uso de la lógica y las facultades racionales del hombre para conducirlo mucho más allá de estos planos y facultades.

Sería pura locura ignorar estos dos aspectos de la razón equiparando el Islam al racionalismo en lugar de beneficiarse del inmenso tesoro de la sabiduría islámica en el que este problema está elaborado, especialmente en los tratados de sufismo. ¿Qué fundamentos lógicos existen para esperar que de alguna manera los resultados del racionalismo en el Islam sean diferentes de lo ocurrido en la Europa cristiana? Si el Islam ha de evitar la dicotomía fatal entre fe y razón y contra­rrestar la tendencia ya existente en algunos de la generación más joven a apartarse del Islam como resultado de su primer contacto con la ciencia y la filosofía occidentales, se debe preservar y dar a conocer a todos a quienes concierne la jerarquía del conocimiento que siempre ha sido un rasgo esencial de la cosmovisión islámica.

No se puede armonizar el Corán y la ciencia con la simple ecuación de tal o cual verso del Corán, con un descubrimiento científico particular que además pronto pasará de moda. El Corán no provee una ciencia detallada de las cosas sino los principios de todo conocimiento. Lo que se puede hacer es preservar y revivificar una cosmovisión total, una metafísica que tenga las raíces en el Corán y que derive de la luz del Intelecto, luz tan íntimamente vinculada al Corán, tanto en lo concerniente a su fuente como a su contenido. A la luz de esta sabiduría uno puede entonces alumbrar una filosofía de la naturaleza y a la vez del hombre capaz de rendir plena justicia a las necesidades de la razón sin caer en la trampa de un racionalismo agnóstico y prometeico.

El mundo entero, tanto el musulmán como el no musul­mán, precisa de esta sabiduría y de la filosofía del hombre que se basa en ella. Además, esta sabiduría sólo puede ser resuci­tada y devuelta a la vida en términos de los modos de expre­sión modernos recurriendo a la herencia intelectual del Islam, inmensamente rica, y no destruyendo esta herencia y recu­rriendo a un racionalismo romo, vacío de cualquier dimen­sión trascendente. Al proveer una solución basada en la jerarquía del conocimiento y en la armonía entre fe y razón que deriva del Intelecto, que es fuente a la vez de la fe y la razón, el Islam puede ofrecer un mensaje de la máxima signi­ficación al mundo entero. En lugar de recoger las migajas de la mesa de los pensadores occidentales y tratar de añadirles la etiqueta islámica, el Islam puede proveer su propia visión fresca de la relación entre razón y revelación o ciencia y religión ‑así como de la existente entre hombre y naturaleza, donde yace la raíz de la presente crisis ecológica‑. Esta visión es de importancia vital para el futuro del Islam y también es la que desesperadamente está buscando mucha gente seria de todo el mundo. Puedan los líderes intelectuales del mundo islámico tener éxito en esta tarea de ofrecer una visión fresca de las enseñanzas tradicionales del Islam; no puede haber tarea más vital que ésa.

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