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Europa frente a su Sur mediterráneo y árabe

La construcción europea no sustituyó la retirada de las potencias coloniales por una política común

23/02/2001 - Autor: Agencia Islámica de Noticias - Fuente: Webislam
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Europa y el sur.
Europa y el sur.

I

Las diferentes potencias europeas tuvieron, hasta 1945, políticas mediterráneas propias cada una de ellas, por lo demás conflictivas la mayoría de las veces. Desde la segunda guerra mundial, los Estados de Europa Occidental ya no tienen prácticamente otra política mediterránea y árabe, ni particular de cada uno de ellos ni común, que la que implica el alineamiento con Estados Unidos. Con todo, incluso en este marco, Gran Bretaña y Francia, que tenían posiciones coloniales en la región, llevaron a cabo batallas de retaguardia para conservar sus ventajas. Gran Bretaña renunció a ello en lo que concierne a Egipto y Sudán desde 1954, y, después del fracaso de la aventura de la agresión tripartita de 1956, procedió a un viraje desgarrador "al oeste de Adén" y, finalmente, abandonó incluso, a fines de la década de los sesenta, su influencia particular en los países ribereños del Golfo. Francia, eliminada de Siria desde 1945, aceptó finalmente la independencia de Argelia en 1962, pero conservó cierta nostalgia de su influencia en el Magreb y en Líbano, incitada por lo demás por las clases dirigentes locales, por lo menos en Marruecos, Túnez y Líbano.

Paralelamente, la construcción europea no sustituyó la retirada de las potencias coloniales por una política común en este terreno. Recuérdese que, cuando los precios del petróleo fueron reajustados como consecuencia de la guerra árabe-israelí de 1973, la Europa comunitaria, sorprendida en su sueño, descubrió entonces que tenía "intereses" en la región. Pero ese despertar no suscitó ninguna iniciativa importante de su parte, por ejemplo referente al problema palestino. En este campo como en muchos otros, Europa siguió siendo veleidosa y finalmente inconsistente. Con todo, durante la década de los setenta se registraron algunos progresos en la dirección de una autonomía con respecto a Estados Unidos, que culminaron en la cumbre de Venecia (1980); pero estos progresos no se consolidaron y más bien se desgastaron con el tiempo durante la década de los ochenta para finalmente desaparecer con el alineamiento con Washington adoptado en la crisis del Golfo. Por eso, las percepciones europeas relativas al futuro de las relaciones Europa-mundo árabe e iraní deben ser estudiadas a partir de análisis propios de cada uno de los Estados europeos.

II

Gran Bretaña ya no tiene una política mediterránea y árabe que le sea específica. En este campo como en los demás, la sociedad británica en todas sus expresiones políticas (desde los conservadores hasta los laboristas) ha optado por un alineamiento incondicional con Estados Unidos. Se trata de una opción histórica fundamental, que supera con mucho las circunstancias coyunturales. A corto plazo implica la constitución de un bloque anglófono de pueblos (Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda), que no sólo comparten una adhesión sin reservas a los valores del capitalismo y de la democracia burguesa que le está asociada, sino también se sienten profundamente solidarios frente a todas las demás culturas del planeta. De Gaulle fue el único político europeo que comprendió que al ser esta opción fundamental en realidad incompatible con un proyecto europeo autónomo no había que buscar la adhesión formal de Londres a éste. Eso no ocurrió y hoy la guerra del Golfo lo ha ilustrado perfectamente, por desgracia: la participación de Gran Bretaña en las instituciones europeas refuerza considerablemente la subordinación de Europa a las exigencias de la estrategia estadounidense.

Por razones diferentes, Alemania tampoco tiene una política árabe y mediterránea específica y probablemente no se esforzará por desarrollarla en el futuro visible. Disminuida por su división y su situación, la RFA había dedicado todos sus esfuerzos a su desarrollo económico, aceptando tener un bajo perfil político al seguir las huellas simultáneas y ambiguas de Estados Unidos y de la "europeidad" de la CEE. La reciente reunificación de Alemania y su reconquista de una plena soberanía internacional no están destinadas a modificar este comportamiento, sino, por lo contrario, a acentuar sus expresiones. La razón de ello es que la absorción económica y social de los alemanes de la ex-RDA, financieramente costosa, seguirá siendo el objetivo preferente de los esfuerzos alemanes durante algunos años por lo menos. Más allá, incluso las fuerzas políticas dominantes (conservadoras, liberales y socialdemócratas) han optado por dar la preferencia a la expansión del capitalismo germánico en Europa central y oriental, reduciendo tanto más la importancia relativa de una estrategia europea común, tanto desde el punto de vista político como del de la integración económica.

Las posiciones de Francia son menos tajantes y más matizadas. País a la vez atlántico y mediterráneo, heredero de un imperio colonial, clasificado entre los vencedores de la segunda guerra mundial, Francia no ha renunciado a expresarse como una potencia, aun cuando la realidad económica y financiera no le confieren realmente esa condición.

Durante el primer decenio de la posguerra, los sucesivos gobiernos franceses intentaron preservar las posiciones coloniales de su país, principalmente en el norte de África y en el África subsahariana (y también en Indochina) por medio de una demagogia atlantista anticomunista y antisoviética. Sin embargo, no se granjearon sinceramente el apoyo de Washington, como lo demostró la actitud de Estados Unidos durante la agresión tripartita contra Egipto en 1956. La política mediterránea y árabe de Francia era entonces, por las circunstancias, simplemente retrógrada.

De Gaulle rompió con esas ilusiones a la vez paleocoloniales y proestadounidenses. Entonces concibió el triple proyecto ambicioso de modernizar la economía francesa, de llevar a cabo un proceso de descolonización que permitiera sustituir las antiguas fórmulas ya superadas por un neocolonialismo flexible y de compensar las debilidades intrínsecas a cualquier país mediano como Francia con la integración europea. En esta última perspectiva, De Gaulle concebía una Europa capaz de autonomizarse respecto a Estados Unidos no sólo en el terreno económico y financiero, sino también político e incluso, a corto plazo, militar, así como concebía, también a corto plazo, la asociación de la URSS a la construcción europea ("la Europa desde el Atlántico hasta los Urales"). Con una lucidez segura preveía la flexibilización progresiva del sistema soviético -la "convergencia de los sistemas"-, no parecía pues del todo convencido de que la "satanización" de la URSS fuera honesta y mas bien veía en ello el medio por el que Estados Unidos afianzaba su hegemonismo, subordinando a una Europa Occidental amedrentada. Esta concepción geoestratégica de la construcción de una Eurasia frente al continente norteamericano--que no era del agrado de Washington, puesto que Eurasia es para ellos la pesadilla que marcaría el fin de su hegemonía--implicaba una política árabe de Francia que guardara sus distancias tanto con respecto de la lógica estrictamente militar del papel de la región Mediterráneo-Golfo en la estrategia de la OTAN como con respecto de Israel, utilizado por Estados Unidos en el marco de esta estrategia militar.

Pero el gaullismo no sobrevivió a su fundador y, a partir de 1968, las fuerzas políticas francesas, tanto de la derecha clásica--incluso en sus componentes presuntamente "gaullistas"--como de la izquierda socialista -heredera, entre otras cosas, del proatlantismo y del prosionismo de la antigua SFIO-, regresaron progresivamente a las actitudes anteriores a la crisis de 1958. Su visión de la construcción europea se limitó a la dimensión del "mercado común", al cara a cara Francia-Alemania Federal (al punto que cuando la unificación alemana se realizó, en París estuvieron algo sorprendidos y preocupados) y a la apremiante invitación hecha a Gran Bretaña para que se uniera a la CEE (olvidando que Inglaterra sería el caballo de Troya de Estados Unidos en Europa). Naturalmente, este deslizamiento implicaba el abandono de cualquier política árabe digna de ese nombre propia de Francia, es decir, de cualquier política que fuera mas allá de la simple defensa de intereses mercantiles neocoloniales inmediatos heredados tanto en el África del Norte como en el África subsahariana, aun cuando estuvieran adornados con el discurso cultural de la "francofonía". Desde el punto de vista político Francia actúa tanto en el mundo árabe como en el África subsahariana como fuerza complementaria de la estrategia de hegemonía estadounidense. Es en este contexto donde hay que volver a colocar el nuevo discurso mediterráneo de París, cuyo objetivo es asociar a los países del Magreb al carro europeo (al estilo de como está asociada Turquía), con objeto de quebrar la perspectiva de un acercamiento unitario árabe, dejando al Machreq abandonado a la intervención israelí-estadounidense. Sin duda, las clases dirigentes magrebíes son responsables de las simpatías que han pregonado por este proyecto. Sin embargo, la crisis del Golfo ha perjudicado seriamente este proyecto al haber proclamado en voz alta las masas populares de África del Norte, con este motivo, su arabidad y su solidaridad con el Machreq, como era de prever.

III

Italia es, por su misma situación geográfica, forzosamente sensible a los problemas mediterráneos. Esto no significa que, por eso mismo, tenga una política mediterránea y árabe real y, menos aún, eficaz o autónoma.
Marginada durante mucho tiempo en el desarrollo capitalista europeo, Italia se vio forzada a situar sus ambiciones mediterráneas bajo el alero de una alianza obligada con otras potencias europeas, más decisivas. Desde la realización de su unidad, a mediados del siglo pasado, hasta la caída de Mussolini, en 1943, siempre vaciló entre la alianza con los dueños del Mediterráneo -es decir, Gran Bretaña y, detrás de ella, por lo menos desde la Entente Cordial (1904), Francia- o con quienes podían impugnar las posiciones anglo-francesas, es decir, Alemania y, detrás de ella, Austria-Hungría.

Pero la Italia de hoy ya no es la Italia del período 1860-1945. Italia ha sido, con Japón, la sede del mayor "milagro" del desarrollo capitalista central de nuestra posguerra. Ahora es un país europeo completamente desarrollado, que incluso garantiza a sus ciudadanos niveles de vida iguales o superiores a los de la Inglaterra decadente, capaz de competencia eficaz -aun cuando fuera selectiva- en el mercado mundial. Podría, pues, desarrollar una política árabe propia y/o influir en el equilibrio europeo en el sentido de una política común autónoma con respecto a las preocupaciones hegemonistas estadounidenses. No lo ha hecho hasta ahora.

Como lo recuerda Salvatore Palidda, Italia no ha reconquistado su soberanía en materia de defensa y acepta el trato de base sur de la OTAN, sin contrapartidas ni condiciones. No ha intentado reconstruir una fuerza militar modernizada, como lo han hecho Gran Bretaña, Francia y Alemania. En este terreno ha reducido sus fuerzas de defensa a un mínimo tan estricto que le ha impedido obtener cualquier capacidad operativa autónoma. Para ciertos analistas, esta opción pacifista es uno de los factores de su asombroso éxito económico. Pero, por mi parte, pienso que esta tesis sigue siendo discutible, porque ciertos gastos militares cumplen en otras partes funciones importantes en la innovación tecnológica y, por consiguiente, en la competitividad en los sectores de punta.

Respecto a las opciones de estrategia política a largo plazo, la opinión pública italiana sigue siendo, no obstante, considerablemente menos monolítica que la de los demás países europeos. Aquí, Salvatore Palidda propone una reclasificación de las divergencias en cuatro tendencias: el atlantismo, el universalismo, el "mittel" europeísmo y el mediterraneísmo.

El atlantismo, que en Italia se ejerce en una visión que implica un perfil político exterior bajo en la línea de Estados Unidos, ha dominado la acción y las opciones de los gobiernos demócrata-cristianos desde 1947. También es dominante, en una visión más ideologizada aún en ciertos sectores de la burguesía laica (los republicanos y los liberales, ciertos socialistas). Pues entre los demócrata-cristianos está moderado por la presión del universalismo de la tradición católica. Es característico que, por eso mismo, el Papado haya tomado muchas veces posiciones con respecto a los pueblos árabes (sobre todo, en la cuestión palestina) y a los del Tercer Mundo menos retrógradas que las de numerosos gobiernos italianos y occidentales en general. El deslizamiento a la izquierda de una parte de la Iglesia católica, bajo la influencia de la teología de la liberación de América Latina, refuerza hoy ese universalismo, del cual se encuentran versiones laicas en los movimientos pacifistas, ecologistas y tercermundistas.

La corriente "mittel" europeísta hunde sus raíces en el siglo XIX italiano y el corte norte-sur que la unidad italiana no ha superado. Realista, aferrada a los intereses del gran capital milanés, esta corriente propone dar preferencia a la expansión económica de Italia hacia el Este europeo en estrecha asociación con Alemania. En este marco, los objetivos inmediatos de las políticas preconizadas son Yugoslavia y Hungría, a tal punto que ciertos analistas ven aquí intenciones "expansionistas" italianas en dirección de Dalmacia. Por supuesto, esta opción implicaría que Italia, lo mismo que Alemania, prosiga la tradición de su perfil internacional bajo y, sobre todo, margine sus relaciones con los ribereños del sur del Mediterráneo. La opción está, pues, encaminada a reducir el alcance de la construcción europea sin ponerla en tela de juicio formalmente. Una opción paralela de España -de la que volveremos a hablar más tarde- aislaría aún más a Francia en el concierto europeo, cuyo alcance reduciría a su más bajo denominador común.

La corriente mediterránea, que siempre es débil, a pesar de la aportación que podría hacerle el universalismo, se ha expresado, por esta razón, en una versión que Palidda califica de "levantina": se trata de "hacer algún que otro negocio" aquí o allí, sin preocuparse del marco de estrategia política en el que se sitúa. Para cobrar otra consistencia, más noble, que asocie. aperturas económicas a Italia, situadas en una perspectiva de refuerzo de su autonomía y de la de sus socios árabes, sería necesaria una convergencia entre este proyecto y los ideales universalistas, sobre todo de una parte de la izquierda italiana, comunista y cristiana.

IV

España y Portugal ocupan un lugar importante en la geoestrategia de hegemonía mundial de Estados Unidos. En efecto, el Pentágono considera que el eje Azores-Canarias-Gibraltar-Baleares es esencial para la vigilancia del Atlántico norte y sur y para el bloqueo de la entrada en el Mediterráneo. Así pues, Estados Unidos forjó su alianza con estos dos países inmediatamente después de la segunda guerra mundial, sin sentir la menor incomodidad debido a su carácter fascista. Al contrario, hasta el furioso anticomunismo de las dictaduras de Salazar y Franco servía bien a la causa hegemonista de Estados Unidos, permitiendo que se hiciera admitir a Portugal en la OTAN y se establecieran en suelo español bases estadounidenses de primera importancia. En cambio, Estados Unidos y sus aliados europeos apoyaron sin reserva al colonialismo portugués hasta el término de su derrota en su guerra contra los movimientos de liberación de Angola, Mozambique, Guinea-Bissau y Cabo Verde.

El bloqueo de la entrada en el Mediterráneo se completa con la actitud de comprensión amistosa de Marruecos con respecto a Estados Unidos. Esta comprensión está reforzada desde el acuerdo concertado entre Marruecos y Estados Unidos en 1982, que da a las fuerzas militares estadounidenses facilidades instaladas en suelo marroquí (radares y otras), que les permiten completar su derecho de fiscalización del eje Azores-Canarias-Baleares. En cambio, los occidentales adoptaron en la disputa entre Marruecos y Argelia relativa a su frontera y el Sahara occidental una actitud más bien favorable a Rabat, bloqueando de ese modo la posibilidad de resoluciones firmes de Naciones Unidas, conformes a los deseos de la Organización de Unidad Africana. Marruecos, es verdad, también se beneficiaba en este terreno con la neutralización de la Liga de Estados Arabes, a su vez dividida por la actitud amistosa de Arabia Saudí con respecto a Rabat.

Con todo, el control del estrecho de Gibraltar es objeto de una doble impugnación: de parte de los españoles, que han renovado su reivindicación sobre la base inglesa de Gibraltar, y de la de Marruecos, que nunca renunció a recuperar su soberanía sobre los presidios españoles de Ceuta y Melilla.

La evolución democrática de España después de la muerte de Franco no fue motivo de un replantamiento de la integración del país en el sistema militar estadounidense-occidental. Al contrario, incluso la incorporación formal de España en la OTAN (mayo de 1982) fue objeto de un verdadero chantaje electoral dejando entender que la participación en la CEE exigía esa incorporación, que la mayoría de la opinión pública no deseaba. La URSS previno en esa época (en 1982) a Madrid contra esa incorporación e incluso amenazó con compensar ese refuerzo de la OTAN autorizándose de antemano a negociar con Yugoslavia y Libia la concesión de bases en el territorio de estos dos países. Ni que decir tiene que esta página ya ha sido pasada. Desde entonces, el alineamiento de Madrid con las posiciones de Washington es sin reserva. En cambio, Estados Unidos habría intervenido, al parecer, para "moderar" las reivindicaciones marroquíes e incluso para intentar convencer a Gran Bretaña sobre el tema de Gibraltar. En este último aspecto se puede dudar de la eficacia de esa intervención habida cuenta de la amistad especial y profunda que vincula a Estados Unidos y Gran Bretaña. Por otro lado, Marruecos, por más moderado que sea, no puede abandonar definitivamente sus reivindicaciones sobre las ciudades marroquíes de Ceuta y Melilla. Apoyado en éstas por unanimidad por el Tercer Mundo, y especialmente tanto por la Liga Árabe como por la OUA, Marruecos se beneficia, además, con el acercamiento de Argelia y Mauritania, miembros de la Unión del Magreb Árabe (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania), creada en 1988. Lo cierto es que el alineamiento atlantista reforzado de Madrid se ha reflejado en cambios radicales en la organización de las fuerzas armadas españolas, calificadas por los analistas de ésta (entre otros, Mariano Aguirre, Roberto Montoya y Alberto Santos) de "balanceo hacia el Sur". En la tradición española, en efecto, el ejército estaba diseminado por todo el territorio del país. Concebido, además--desde Franco de un modo evidente--, más como una fuerza de policía interior que como una fuerza de disuasión dirigida contra el exterior, el ejército español había seguido siendo rústico y, a pesar de la señalada atención dirigida por el poder supremo de Madrid al cuerpo de generales y oficiales, no había sido objeto de una verdadera modernización, a semejanza de los ejércitos de Francia, Gran Bretaña y Alemania.

El nuevo gobierno socialista español de Felipe González procedió, pues, a un redespliegue de las fuerzas españolas para hacer frente a un eventual "frente sur", así como se comprometió en un programa de modernización del ejército de tierra, de la aviación y de la marina. Este balanceo, exigido por Washington y la OTAN, es una de las numerosas manifestaciones de la nueva estrategia hegemonista estadounidense que sustituye al Este por el Sur en la "defensa" de Occidente. Está acompañado, en España, por un nuevo discurso, que pone por delante un "hipotético enemigo que viene del Sur", cuya identificación, por más ambigua e imprecisa que sea en la forma, no deja sospecha alguna. Curiosamente, ese discurso de los círculos democráticos (y socialistas) españoles se alimenta de la vieja tradición de la Reconquista, popular en los círculos del ejército "católico". El balanceo de las fuerzas armadas españolas es, pues, la señal de una determinación de España de desempeñar un papel activo en el seno de la OTAN, en el marco de la reorientación de las estrategias occidentales en previsión de intervenciones enérgicas en el Tercer Mundo. Ya, por lo demás, la península ibérica constituye el primer relevo del eje Washington-Tel Aviv, la principal cabeza de puente europea de la Rapid Deployment Force estadounidense (que desempeñó un papel decisivo en la guerra del Golfo), completado por las bases de Sicilia (las cuales, tampoco, nunca sirvieron hasta ahora más que para operaciones dirigidas contra el mundo árabe: Libia, bombardeo israelí contra Túnez) y, curiosamente, por las facilidades otorgadas por Marruecos. Por supuesto, esta opción occidental vacía el discurso "euro-árabe" de cualquier contenido serio. La nueva España democrática, que pretende activar una política de amistad en dirección de América Latina y del mundo árabe, ha iniciado más bien su movimiento en un sentido en realidad inverso a las exigencias de sus proclamaciones de principio.

Valiéndose de su adhesión atlantista incondicional, Madrid esperaba desempeñar un papel rentable, al menos en términos de prestigio. Pero aquí España se enfrenta con las reticencias tradicionales de Portugal, que rechazó las proposiciones de Madrid con vistas a constituir un mando ibérico unificado. Al mismo tiempo, el contencioso luso-español sobre los derechos de pesca está todavía sin solución. En cuanto a la modernización del ejército, sigue estando dificultada por el retraso tecnológico español, juzgado por los expertos responsable de la incapacidad del país de acceder, en la actual situación, a la propiedad de tecnologías que estén a la altura de sus responsabilidades militares. Por esta razón, mientras tanto, Estados Unidos asume directamente la responsabilidad del control del eje estratégico Canarias-Gibraltar-Baleares.

En el marco europeo, España no ha escogido, pues, unirse al campo eventual de una autonomía con respecto a Estados Unidos. Todavía más que Italia, se niega a capitalizar su posición mediterránea a favor de una nueva política europea en dirección del mundo árabe, África y el Tercer Mundo, guardando distancias con respecto a las exigencias del hegemonismo estadounidense. Por eso mismo, la idea francesa de un grupo "mediterráneo" en el seno de la Comunidad Europea sigue estando suspendida en el aire, sin punto de apoyo serio. Por otra parte, en el terreno económico, el capital español, heredero aquí de la tradición franquista, ha puesto sus principales esperanzas de expansión en el desarrollo de acuerdos con Alemania y Japón, invitados a participar en la modernización de Cataluña.

V

Mientras existió, la línea de enfrentamiento Este-Oeste pasaba a lo ancho de los Balcanes. La adhesión obligada de los Estados de la región sea a Moscú, sea a Washington--la única excepción había sido la de Yugoslavia, desde 1948, y luego la de Albania, a partir de 196W había entonces puesto sordina a los conflictos nacionalistas locales, que habían hecho de los Balcanes un polvorín europeo.

Turquía se había situado por sí misma en el campo de Occidente desde 1945, después de haber dado apresuradamente por terminada su neutralidad más bien condescendiente con respecto a la Alemania hitleriana. Las reivindicaciones soviéticas sobre Kars y Ardahan, en el Cáucaso, y relativas al derecho de paso en los estrechos, formuladas por Stalin inmediatamente después de la victoria, sólo fueron rechazadas por Ankara gracias al apoyo decidido de Washington. En cambio, Turquía, miembro de la OTAN, también a pesar de su sistema político poco democrático, acogió las bases estadounidenses más cercanas a la URSS. Con todo es verdad que la sociedad turca sigue siendo una sociedad del Tercer Mundo, aun cuando, desde Ataturk, las clases dirigentes de este país proclamen la europeidad de la nueva Turquía, llamando a la puerta de la CEE, que no la quiere. Fiel aliada de Estados Unidos y de sus socios europeos en la guerra del Golfo, ¿desea Turquía volver a su pasado y desempeñar un papel activo en Oriente Medio, haciendo pagar a Occidente los servicios que podría prestarle en esta región?

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