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Hombre y naturaleza: la crisis espiritual del hombre moderno (IV)

La doctrina metafísica podría ayudar a redescubrir la naturaleza virgen, eliminando la influencia estranguladora del racionalismo

24/01/2001 - Autor: Seyyed Hossein Nasr - Fuente: Webislam
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Seyyed Hossein Nasr
Seyyed Hossein Nasr

Capítulo IV

Ciertas aplicaciones a la situación contemporánea

Si fuera a haber un redescubrimiento de la metafísica y el restablecimiento de una tradición metafísica en Occidente, ligada a los métodos espirituales apropiados y dentro de la grey cristiana, entonces podría esperarse el rejuvenecimiento tanto de la teología como de la filosofía, y el nacimiento de un criterio para juzgar y regular las ciencias. A la luz de esta restauración, la teología podría expandirse para abrazar también una teología de la naturaleza. La filosofía, más que ser una nota al pie para los frutos de la ciencia experimental, podría recuperar su independencia y volverse, a la vez, juez y crítico de los métodos e hipótesis de la ciencia. Además, las doctrinas metafísicas mismas podrían actuar como el centro inmutable en torno del cual gira todo esfuerzo intelectual y cuyas aplicaciones a diferentes dominios determina el sendero a seguir en cada uno

El primer resultado de la aplicación de los principios en cuestión sería la creación de normas con qué juzgar los resultados e implicaciones de las diferentes ciencias; no para dictarlas, sino para señalar el linde dentro del cual funciona cada ciencia, y el significado que sus descubrimientos poseen más allá de esos lindes. En suma, sería la creación de los medios para criticar la ciencia y sus aplicaciones creativa y fructíferamente. Es en verdad curioso que en el mundo moderno, donde todo se critica y cuestiona, donde hay críticos de arte, literatura, política, filosofía y hasta religión, no hay críticos de la ciencia. (1) Aunque se encuentren críticos ocasionales, se los expulsa de la respetada comunidad académica y erudita y no ocupan el mismo status que el crítico de arte o literario.

Alguien podría decir que mientras el arte y la literatura, o inclusive la política y la religión, son asunto de elección y gusto personales, la ciencia tiene valor por sus aplicaciones positivas que nadie puede negar o criticar. Pero esta objeción es falsa no sólo porque descuida las normas y principios objetivos de la religión, del arte y de otros dominios no-específicos sino porque también interpreta mal, por completo, la estructura teórica de la ciencia y sus aplicaciones prácticas en la tecnología y la ingeniería. Los que en el siglo XIX inventaron el motor de vapor usaron una teoría física que hoy en día se considera científicamente falsa. (2) Concretamente, los inventores fueron, hasta épocas muy recientes, para la mayoría, ignorantes de la ciencia de su tiempo, y aplicaron teorías que demostraron ser falsas. Además, inclusive hoy, una teoría física o química puede cambiar mientras su aplicación continúa intacta. Por ello, el logro de la ciencia aplicada no es razón para aceptar la infalibilidad de las teorías científicas que involucre. Debería haber una crítica inteligente y consciente de la ciencia y sus aplicaciones, tanto para los que están comprometidos en las ciencias, como más que todo para los que son los que reciben las versiones popularizadas de las teorías científicas. En ciertos casos, la filosofía de la ciencia trató de apuntar hacia la falta de coherencia lógica en algunas definiciones y métodos científicos. Pero habiéndose rendido a los frutos de los métodos experimentales y analíticos, ella misma no puede ser juez independiente de la ciencia moderna.

La restauración de una doctrina metafísica completa podría servir también a la importantísima función de delinear una vez más el nivel y las etapas de la realidad, y de presentar la anatomía del ser en sus múltiples grados y estados. Con Descartes, la realidad, en la filosofía occidental, se redujo a mente y materia, y a través de la posterior generación de filósofos como Malebranche, Spinoza y hasta Leibnitz, este empobrecimiento de la realidad se convirtió en hecho aceptado y sirve de fondo a la ciencia y especialmente a la física matemática del día de hoy. El largo debate entre idealistas y realistas no es más que el intento de responder a una cuestión que, desde el punto de vista metafísico, para empezar, está mal planteada.

En este trasfondo en el que se reduce la realidad a dos sustancias totalmente distintas y separadas, la naturaleza se redujo por fuerza a una cantidad, y el microcosmos humano perdió su estructura tripartita de espíritu (spiritus), alma (anima) y cuerpo (hábeas), para convertirse en una mente conectada misteriosamente con un cuerpo con el que no tiene una medida común. De modo similar, todo el que pertenece a los dominios psíquico y espiritual fue proscrito de la naturaleza.

Un redescubrimiento de la anatomía del ser que pone en su lugar cada modo de existencia –el corpóreo, el psíquico y el espiritual, para mencionar las divisiones más fundamentales-, también puede servir para aclarar ciertos fenómenos que la ciencia moderna se ve obligada a rechazar, pero por los que la sociedad en su conjunto evidencia gran interés. Tales son, por ejemplo, los fenómenos conectados con la sustancia sutil o psíquica, que tiene un componente cósmico y humano. La multitud de fenómenos conectados con este orden se dejan para que los traten y manejen los ocultistas. De ningún modo se los hizo desaparecer de la vida y la sociedad humanas porque se los haya proscripto (proscrito) del criterio científico oficial mundial. El excluirlos del dominio de la realidad que la ciencia acepta empobreció el actual concepto de la ciencia total de las cosas e indujo al ejercicio de prácticas peligrosas por parte de todo género de organizaciones ocultistas que sólo aumentan día a día. Podría decirse que el hombre moderno experimentó la sustancia psíquica dentro de la naturaleza en la misma medida que los hombres de otros siglos, debido tanto a una diferente estructura como a la constitución del ambiente que le rodea. Sin embargo, en la medida en que tuvo experiencias de esta índole, se las relega a una categoría cuya negación por parte de los círculos científicos oficiales de ningún modo las vuelve menos reales, ni se siente menos su efecto en la sociedad. Al menos, debería ser motivo de reflexión el alto incremento de sociedades y publicaciones asociadas con el espiritismo y afines, en medio de la era supuestamente más científica de la historia humana.

De modo parecido, la delineación de los grados de realidad podría, además, elucidar y clarificar las ciencias tradicionales como la alquimia, la astrología, etc., cuyo verdadero significado radica en su significado simbólico y la correspondencia y la concordancia entre diferentes estadios de la realidad. La pérdida de este conocimiento metafísico hizo que estas ciencias aparecieran como supersticiones, contrarias tanto a la razón como a la experiencia. Asimismo, su rechazo por parte del criterio científico oficial de ningún modo hizo que desaparecieran. Todos los años se publica sobre ellas una cantidad pasmosa de obras, y en una ciudadela del racionalismo como Francia se editan más obras sobre ocultismo cada año que sobre muchas ramas de la ciencia moderna. Con una desatención total respecto del significado simbólico de estas ciencias –cuyo sentido real se olvidó hace mucho-, este enorme interés sólo fomenta la superstición en el verdadero sentido del vocablo y se suma a la confusión del pensamiento. Los ataques por parte de los científicos, por grandes que sean, no podrán ayudar a vencer ni a detener esto. Sólo un conocimiento metafísico de los grados de la realidad, y las correspondencias basadas en ellos, podría poner de nuevo a estas ciencias en su perspectiva apropiada y neutralizar el daño causado por entender mal sus enseñanzas. (3)

Esta función de la metafísica se relaciona estrechamente con su papel de base de una filosofía de la naturaleza en la que pudieran integrarse las ciencias modernas. Ya hemos aludido a la falta de una amplia filosofía de la naturaleza hoy en día, y a la necesidad de tal filosofía precisamente. Una tradición intelectual revitalizada, que se base en un conocimiento metafísico real podría, en primer lugar librar a la filosofía de una esclavitud total a los sentidos, al fruto de la experimentación y al empirismo, y en segundo término, podría ayudar a la creación de una filosofía de la naturaleza, que delineara la anatomía de la naturaleza y las diferentes ciencias que pudieran asociarse con ella.

Esto no significa que, desde arriba, a una ciencia particular se le imponga una restricción, o un cambio del método, digamos, de la química de inducción a deducción. Más bien significa la creación de una visión total de la naturaleza que pondría los hallazgos de cualquier ciencia particular, como física o química, dentro de un esquema mayor de conocimiento y relacionaría los descubrimientos de cada ciencia con el conocimiento en conjunto. Hoy en día, se formula todo género de conclusiones filosóficas concernientes a teorías y descubrimientos físicos o astronómicos, a menudo con total descuido respecto de las limitaciones y suposiciones formulados originalmente por los científicos. Con Kant, la física se convirtió en la fuente de la filosofía y desarrolló un fisicismo muy similar al matematicismo de Descartes. Con una real filosofía de la naturaleza habría una matriz independiente dentro de la cual pudieran probarse y ensayarse las implicancias de las diferentes ciencias y hacerse conocer su significado sin las aberraciones que con tanta frecuencia acompañan hoy a las interpretaciones filosóficas de las teorías científicas.

La doctrina metafísica podría ayudar también a redescubrir la naturaleza virgen, eliminando la influencia estranguladora que el racionalismo impuso a la visión que el hombre tiene de la naturaleza. Hay necesidad de redescubrir la naturaleza virgen como fuente de la verdad y la hermosura, en el sentido intelectual más estricto, y no meramente en el sentimental. A la naturaleza debe vérsela como una afirmación y una ayuda en la vida espiritual, y hasta como un medio de gracia, más bien que la realidad oscura y opaca a la que llegó a considerársela. (4) Una vez más deberá convertirse en un medio de recordación del Paraíso y del estado de felicidad que el hombre busca naturalmente. (5)

El redescubrimiento de la naturaleza virgen no significa un vuelo del hombre individualista y prometeico hacia la naturaleza. Mientras se halla en el estado de rebelión contra el Cielo, el hombre lleva consigo sus propias limitaciones hasta cuando se vuelve hacia la naturaleza. Estas limitaciones velan el mensaje espiritual de la naturaleza para él, para que no extraiga provecho de él. Es de este modo que el moderno ciudadano urbano en busca de la naturaleza virgen lleva consigo los elementos mismos que la destruyen, y, en consecuencia, destruye lo mismo que está buscando. El redescubrimiento de la naturaleza tampoco es un retorno al paganismo desde un punto de vista teológico. Hay una diferencia profunda entre el paganismo del mundo mediterráneo –esta idolatría de cosas creadas contra la cual luchara el cristianismo- y el "naturismo" de los europeos del norte, para quienes la naturaleza poseía un significado simbólico y espiritual. El redescubrimiento de la naturaleza virgen con la ayuda de principios tradicionales significaría una reunificación del significado simbólico de las formas naturales y el desarrollo de una simpatía espiritual (sym-pathia) hacia la naturaleza, que nada tiene que ver con el paganismo antiguo y la idolatría, ni con la moderna rebelión individualista. (6) Significaría la restauración del hombre en su hogar en el cosmos. (7)

Tal actitud podría ayudar también a cultivar un sentido del amor hacia la naturaleza que es la antítesis misma de la actitud predominante del hombre moderno como el conquistador y enemigo de la naturaleza. Pocos comprenden que, por el hecho mismo de que la naturaleza es finita, sus fronteras no pueden echarse hacia atrás indefinidamente. El hombre simplemente no puede continuar conquistando y dominando a la naturaleza sin término, sin esperar una reacción de parte de ella para que restablezca el equilibrio que él destruyó. Un sentido espiritual de la naturaleza, al menos hasta cierto punto, podría mejorar esta actitud existente y su peligro inherente, y proporcionar un remedio para la enfermedad aguda de la que el mundo moderno sufre. El sufrimiento lo causa la aplicación excesiva de la tecnología y la guerra declarada en la que ambos se unen en su enemistad y agresión contra la naturaleza. El fruto amargo de la actitud puramente antagónica hacia la naturaleza es tan evidente hoy que pocos pueden permitirse el lujo de descuidar cualquier medio que procure una solución a esto.

En cuanto a las ciencias modernas de la naturaleza, una ciencia metafísica arraigada en el intelecto, en la revelación, y una filosofía de la naturaleza basada en ella podría proporcionar la crítica y la evaluación de los descubrimientos e hipótesis científicos. Las dos serían complementarias en la medida en que las ciencias modernas se ocupan del conocimiento pormenorizado, y la metafísica, del conocimiento último de las cosas. Al mismo tiempo la metafísica, siendo independiente de la ciencia, podría examinar sus presupuestos y actuar como su crítico y juez independiente.(8)

La naturaleza es por completo más rica que el conocimiento al que llega la física a través de sus métodos cuantitativos, que son selectivos en sus datos y en la interpretación de éstos. (9) La física es una ciencia de la naturaleza, limitada por las selecciones mismas que ella formula de la realidad externa, de modo muy parecido al ictiólogo con un tamaño particular de red cuyo ejemplo Eddington hizo famoso.(10) De modo similar, el hecho mismo de que sus conclusiones se basen en los experimentos implica que su validez se limita sólo dentro de las condiciones de estos experimentos. (11) La física, pues, como las otras ciencias de la naturaleza, es una ciencia particular de las cosas, legítima dentro de sus propios supuestos y limitaciones, pero no es la única ciencia válida del mundo natural. Es sólo una ciencia posible de la naturaleza entre otras. (12) La física nos da algún conocimiento del mundo físico, pero no todo el conocimiento que se necesita, especialmente en lo que concierne a la relación integral del hombre y la naturaleza. (13) Las mismas cualidades, formas y armonías que la física deja a un lado desde su punto de vista cuantitativo, muy lejos de ser accidentales o despreciables, son los aspectos más estrechamente vinculados con la raíz ontológica de las cosas. He ahí por qué la aplicación de una ciencia que descuida estos elementos causa desequilibrio y produce desorden y fealdad, especialmente en un mundo en el que no existen otras ciencias de la naturaleza y en el que no hay sabiduría o sapientia que pueda colocar a las ciencias cuantitativas en su posición apropiada en el esquema total del conocimiento.

Debido a la falta de esta ciencia total, también se olvida que los fenómenos participan de varios niveles cósmicos, y que su realidad no la agota un solo nivel de existencia, y menos aún el nivel material. (14) Del mismo modo que un tejido vivo puede convertirse en objeto de estudio de la biología, la química o la física, o una montaña tópico de la geología, la geofísica y la geomorfología, así cada fenómeno se presta al estudio desde diferentes puntos de vista y sobre diferentes planos de la existencia. Por esta razón, no hay una sola ciencia de la naturaleza sino diferentes cuadros y visiones del mundo, cada cual válido en la medida en que pueda representar cierto aspecto de la realidad cósmica. No es verdad decir que el sol es sólo gas incandescente, aunque éste sea un aspecto de su realidad. Y es tan cierto también decir que el sol es el símbolo del principio inteligible del Universo y este elemento es tanto un aspecto de su realidad ontológica como los rasgos físicos descubiertos por la astronomía moderna.

Vista en la perspectiva de la ciencia total de la naturaleza, la aparición inmediata de la naturaleza con la tierra sólida debajo, el cielo azul arriba y el sol moviéndose regularmente a través del firmamento, las cosmologías aristotélica y la medieval basadas en la apariencia de las cosas, lo mismo que los criterios newtonianos y relativistas del mundo, son todos verdaderos, desde cierto punto de vista. Hablando matemáticamente, la teoría de la relatividad es más general y exacta, la física newtoniana un caso especial de ella, y la cosmología y la física medieval sólo una aproximada estimación cualitativa. Pero el aspecto matemático de las cosas no es todo. Sólo se relaciona con su dimensión cuantitativa, no con lo cualitativo que conecta cada ser ontológicamente con su fuente. He ahí por qué el cuadro del mundo cuando se vuelve matemáticamente más exacto, también se torna simbólicamente menos directo y más apartado del conocimiento metafísico que la apariencia inmediata de la naturaleza transmite a través de su simbolismo .(15) Empero, mientras todo esquema conceptual en física es capaz de explicar coherentemente los fenómenos, posee algún significado simbólico que trasciende su significado fáctico por su misma correlación con un aspecto de la realidad objetiva. Empero, deberá recordarse siempre que el buen éxito de cualquier teoría particular al explicar matemáticamente los fenómenos, no importa cuán exacta sea, no invalida en lo más mínimo el significado simbólico de otros cuadros del mundo, que se basan en las apariencias directas de las cosas o en las doctrinas cosmológicas que reflejan principios metafísicos.

Como una crítica de las filosofías y las conclusiones generales basadas en la física, se podría señalar la exclusividad acordada a la lógica matemática como si ésta fuera la única forma de la lógica. Lo que es matemáticamente satisfactorio se considera cierto aunque viole los principios de la inteligencia y la lógica conectada con la facultad imaginativa. Pero no hay razón alguna para limitar todas las facultadas intelectuales a la lógica matemática y descuidar las exigencias del resto. Tanta filosofía moderna que depende de la física, y tantas generalizaciones dentro de la física misma, se basan en este matematicismo inconsciente que la filosofía cartesiana concedió a la física matemática y que se acentuó en la ciencia contemporánea. En los dominios de la microfísica y de la astrofísica, se quitó el contacto directo con la realidad objetiva, dejando sólo un modelo matemático abstracto como el medio para analizar la estructura de la materia.

El concepto de materia, basado solamente en criterios matemáticos, conduce, inclusive en el dominio de la física moderna, a ciertas conclusiones que filosófica y metafísicamente parecen incongruentes y, en ciertos casos, contradictorias. Una física puramente matemática tal vez pueda permitirse el privilegio de permanecer indiferente acerca de tales cuestiones, pero para una ciencia total de la naturaleza, y especialmente generalizaciones del criterio mundial de la física, estas cuestiones son de gran significación. Por ejemplo, a menudo se habla de campos de fuerza o de ondas que poseen energía y tienen características específicas pero que se mueven en un vacío. Ahora bien, matemáticamente ese tal vez sea un modelo conveniente sobre el que se basen los cálculos, pero físicamente no se puede aceptar que un vacío total exhiba características. Un vacío es la nada y lo que no existe no puede exhibir nada. (16) De modo parecido, la discontinuidad exhibida en la materia en el nivel subatómico, con toda la significación que la constante de Planck tiene, no invalida un substratum de continuidad que exigen tantos otros fenómenos naturales, especialmente la luz. La naturaleza ambivalente de la luz, si algo señala, es una sustancia subyacente continua, a la que la cosmología tradicional llama el éter, que también exhibe un aspecto discontinuo en virtud de que es indistinto. Hoy en día, el debate en este dominio, si se echa una mirada a los principios abarcados, no es muy diferente del de los adherentes del hilomorfismo y el atomismo en la Edad Media y en la antigüedad.

De modo semejante, en la teoría de la relatividad se habla de la velocidad absoluta de la luz y de la dependencia de la estructura témporo-espacial sobre aquella. Por satisfactorias que sean matemáticamente las transformaciones de Lorenz y las generalizaciones de Einstein respecto a la teoría de la relatividad, no es posible aceptar los conceptos de tiempo y espacio, la noción de simultaneidad y otros aspectos de esta teoría como exclusivos y como agotando la naturaleza de la realidad física como tal. El espacio euclidiano desde el que empezamos continúa poseyendo su validez y su realidad, no sólo como una aproximación o caso especial de las geometrías no-euclidianas, sino independientemente de ellas. Del mismo modo, los conceptos de tiempo y espacio basados en nuestra aprehensión inmediata de ellos son válidos no sólo aproximadamente sino exacta y completamente. La estructura témporo-espacial abstracta es su extensión, alcanzada persiguiendo un tren particular de pensamiento basado en ciertas presunciones sobre la naturaleza de la realidad física. En todos estos casos, la metafísica y una independiente filosofía de la naturaleza no invalidaría las teorías físicas sino que demostrarían exactamente lo quieren decir. Señalarían la realidad de aquellos elementos del mundo físico que dejaran de lado los modelos elevadamente abstractos y matemáticos de la física moderna. Además, señalarían el hecho de que la mecánica cuántica, la teoría de la relatividad y la física atómica se ocupan sin duda de un aspecto del mundo físico, pero añadirían que el cuadro derivado de ellas no es el de la totalidad de la realidad física sino sólo su aspecto más cuantitativo y material. Es más, cuando este análisis cuantitativo de la materia se lleva a su límite conduce al desorden y la disolución bordeando lo que los filósofos medievales llamaban material prima. El desorden y la disolución que acompañan a la explosión de artefactos termonucleares apunta, de hecho, a la misma conclusión

La metafísica distinguiría cuidadosamente entre hechos diligentemente reunidos por científicos e hipótesis, muchas no comprobadas, que se usan para integrar estos hechos en algún modelo significativo. Una ciencia total y completa de las cosas podría juzgar estas hipótesis y sus implicancias. Se alzaría como una norma respecto de la cual la ciencia moderna sería comparada y juzgada. (17) Criticaría las vulgarizaciones de la ciencia y las filosofías populares basadas en ellas, lo mismo que las contradicciones dentro de las ciencias mismas. Además, esto se llevaría a cabo no solamente física sino en todas las ciencias como la biología y la psicología donde, más aún que en la física, las conjeturas disparatadas se hacen desfilar como hechos probados científicamente.

No nos interesa la psicología y algunos de sus yerros y defectos, aunque los errores de la interpretación jungiana de las ciencias y los símbolos tradicionales necesiten señalarse definitivamente. (18) Sin embargo, en el dominio de la biología apenas se puede evitar mencionar la teoría de la evolución de las galaxias, lo mismo que de esta o aquella tribu o sociedad. De hecho, raras veces una teoría conectada con una ciencia particular tuvo tan vasta aceptación, tal vez porque la teoría de la evolución misma, en vez de ser una teoría científica que se popularizó, empezó como una tendencia general que entró en el dominio de la biología. Por esta misma razón, pronto ganó aceptación más como dogma que como una hipótesis científica útil.

Desde el punto de vista metafísico, la realidad de una especie no la agotan sus manifestaciones puramente materiales. Como otras cosas, la especie es una "idea" cuya huella en la forma material no limita ni agota su realidad esencial que permanece independiente de la materia. Una especie no podría evolucionar en otra porque cada especie es una realidad independiente, cualitativamente diferente de otra. Como es cierto acerca del dominio de la cualidad en general, cada cualidad es una realidad independiente aunque materialmente producida por otras, como lo ejemplifica el caso de los colores en los que un color producido por la mezcla de otros dos colores es una cualidad nueva e independiente. En lo que concierne a las especies, desde el punto de vista metafísico, en última instancia son tantas "ideas" en la Mente Divina que, en un particular momento cósmico, se imprimieron en el mundo corpóreo y retienen su realidad en otros planos de la existencia -cualesquiera que sean sus cursos e historias en el dominio corpóreo. Más que todo, ni la metafísica y tampoco la lógica pueden aceptar la posibilidad de que lo mayor exista a partir de lo menor, a menos que ya esté allí de un modo u otro. La consciencia o el espíritu no podrían evolucionar de la materia a menos que estuvieran ya presentes con anterioridad a la materia, tal como uno no podría alzar físicamente un objeto contra un campo gravitatorio, a menos que existiera ya una reserva de energía en la parte motora.

Además, desde el punto de vista metafísico, el efecto jamás puede divorciarse de su causa. El mundo jamás puede separarse totalmente de su Creador, y no hay razón lógica o filosófica de ninguna índole para rechazar la posibilidad de una creación continua o de una serie de creaciones como lo sostuvieran todas las doctrinas tradicionales. La comprensión de la metafísica podría al menos aclarar el hecho olvidado frecuentemente de que la plausibilidad de la teoría de la evolución se basa en varios factores no-científicos pertenecientes al clima filosófico general de la Europa de los siglos XVIII y XIX como la creencia en el progreso, el deísmo que amputó las manos del Creador respecto de Su creación, y la reducción de la realidad a los dos niveles de mente y materia. Sólo con tales creencias la teoría de la evolución podría aparecer como "racional", y como lo más fácil de aceptar para un mundo que perdió completamente de vista los múltiples niveles del ser y redujo a la naturaleza a un mundo puramente corpóreo, totalmente aislado de todo otro orden de la existencia.

A la luz de este antecedente, biólogos y geólogos llegaron a sostener la teoría de la evolución, (19) y habitualmente rehúsan inclusive someterla a un escrutinio metodológico y científico o permitir que se la cuestione como cualquier otra hipótesis científica. (20) En la mayoría de los libros escritos sobre el tema, los hechos se reúnen de modo tal que presentan la evolución como un hecho establecido. Raras veces se presentaron las opiniones de respetados científicos que se opusieron a la evolución, porque ésta llegó a ganar un status en los círculos biológicos y geológicos muy diferente de lo que se encuentra en cualquier otra ciencia.

Pero la oposición a la teoría de la evolución continúa sobre líneas científicas y, de hecho, aumentó en los pocos años pasados. No sólo fueron los naturalistas y biólogos del siglo XIX como Luis Agassiz quienes se opusieron a la evolución darwiniana, sino también algunos científicos contemporáneos como Bounoure, Bertrand-Sernet, Collins, Clark, Caullery, Lemoine, Dewar, Grant-Watson y muchos otros. (21) Los argumentos que tales hombres presentaron son todos de naturaleza científica más bien que teológica o metafísica. En primer lugar está la afirmación formulada por Lemoine y otros de que la evidencia paleontológica sobre la cual los evolucionistas basan sus argumentos contradice de hecho a la evolución, (22) y que el argumento es circular. (23) Los antecedentes geológicos demuestran repentinas explosiones de especies nuevas que algunos evolucionistas trataron de explicar a través de la teoría de los "cuantos de la evolución" (taquigénesis), o de la "supresión sistemática de los orígenes", propuesta por Teilhard de Chardin. Pero, de estas teorías, ni una ni otra resiste la crítica científica, y subsiste la dificultad de que, contraria a la teoría de la evolución, cada nueva especie hace su entrada en el escenario de la vida muy repetidamente y sobre una extensa región. (24) El hecho establecido de que en los antecedentes geológicos hay una gradación de la fauna tampoco prueba la evolución de una forma en otra, puesto que cada fauna surge de improviso con todas sus características esenciales. (25)

Algunos científicos comprobaron que los grandes tipos zoológicos son independientes entre sí y carecen de ubicación específica en los registros de la paleontología. (26) Los pocos casos en los que los biólogos describieron el proceso real de transformación demuestran que están combinados con obstáculos que los hacen aparecer como milagrosos, para decir lo mínimo. (27) Los árboles genealógicos que primero dibujara Haeckel, y que ahora son principales apoyos de moda en los libros de biología, dejan ver que contienen patentes contradicciones y se basan más en fantasías que en pruebas científicas. Estos y muchos otros argumentos los presenta una minoría de biólogos y geólogos cuya voz, el actual clima mental no permite que se la oiga plenamente.

En toda la cuestión de la teoría de la evolución y sus implicancias, no se efectúa una clara distinción entre los elementos objetivos y los subjetivos. Tomada como dogma, la evolución se presenta sin considerar casos biológicos que ella no puede explicar. (28) De modo parecido, la oposición de la hipótesis de la evolución a la ley de entropía, y las implicancias que tiene a la luz de la creencia sostenida por otras ciencias sobre el desgaste gradual de todo el universo corpóreo, raras veces se subraya en las presentaciones generales de la evolución que se hace aparecer como muy lógica y científica. Lo más importante de todo: pocos se molestan en mencionar que en el mundo en que vivimos no se ha observado evolución alguna. (29) También dieron resultado positivo los experimentos efectuados para proporcionar un caso de laboratorio sobre la transformación de una especie en otra. (30) Lo que es más: hay especies que sobrevivieron desde la primera era geológica sin evolucionar. Si fuéramos a formular una declaración verdaderamente científica sobre el mundo de vida que nos rodea tendríamos que decir, de hecho, que la naturaleza nos presenta especies que son constantes e inmutables pero que ocasionalmente mueren y desaparecen, (31)

Si aquí hemos repetido estas críticas científicas de la evolución, no es para abrir un debate biológico sino para distinguir entre los hechos científicos y las suposiciones filosóficas que subyacen en ellos. Un redescubrimiento de la metafísica sería particularmente pertinente en este caso porque eliminaría este obstáculo filosófico y permitiría que los hechos biológicos y geológicos se discutieran y debatieran, como en otras ciencias, sin confiar en la evolución como un dogma que no puede desafiarse. Además, prevendría el abuso de la teoría evolutiva en otros campos, práctica que está muy difundida al punto que hasta opiniones filosóficas contradictorias apelan a la evolución como su justificación "científica". (32) Esto es particularmente importante en lo que concierne al encuentro del hombre con la naturaleza porque las seudofilosofías de esta índole pueden causar un daño grandísimo a la armonía entre el hombre y la naturaleza, ya sea presentando al hombre como al vencedor inevitable de una larga lucha, quien, en consecuencia, tiene el derecho de conquistar y dominar todas las cosas, o destruyendo el significado espiritual de la naturaleza que depende precisamente del hecho de que refleja una realidad perdurable y permanente más allá de ella misma.

Las seudofilosofías se tornan más peligrosas aun cuando empiezan a incorporar elementos religiosos y a presentarse como una síntesis de la ciencia y la religión, o de una religión basada en hechos científicos, que en realidad no son más que hipótesis sostenidas por una particular actitud filosófica. El caso de Teilhard de Chardin, la muy reciente aventura de este género, es un ejemplo perfecto de la seudometafísica atada a la teoría de la evolución, y está en las mismas antípodas y es la antítesis de la visión espiritual de la naturaleza, que hemos discutido en nuestro capítulo anterior.

Lo que se necesita desesperadamente en biología, como en física, es una filosofía de la naturaleza que, además, no pueda abstraerse de la biología y menos aún de la física. El debate entre teleología y mecanicismo refleja tan claramente una visión inerte de la naturaleza, extraída de la física forzada sobre las ciencias de la vida. Por esta razón muchos biólogos destacados se rebelaron contra la tesis mecanicista y afirmaron la importancia de la teleología en todos los procesos de la vida. (33) En otras cuestiones de la biología, se encuentran también dificultades porque los supuestos filosóficos son los de un mundo visto a través de los ojos de la física.

Todavía no ha habido una filosofía de la biología que haga justicia a este tópico científico incluso menos de lo que se halla en el caso de la física. (34) Y en biología, más aún que en las ciencias que se ocupan de la cantidad, hay necesidad de una visión de la realidad en la que cualidades y formas de vida tengan más bien un status ontológico que accidental. Tal visión sólo podrá hallar su justificación dentro de aquella ciencia última de la realidad que es la metafísica.

Las doctrinas metafísicas pueden ayudar también a eliminar las falsas implicancias de las teorías biológicas, especialmente las de la teoría evolucionista. Por todo el mundo actual, particularmente en Oriente, donde todavía existen sociedades que permanecen fieles a sus principios religiosos y a la estructura social basada en ellos, a los hombres se les pide que evolucionen y cambien simplemente porque la evolución está en la naturaleza de las cosas y es inevitable. Una evaluación más objetiva de los hallazgos de la biología insistiría en que mientras el hombre ha estado viviendo en la tierra no ha evolucionado y su medio ambiente natural tampoco ha cambiado de modo alguno. Todavía nacen, crecen, se marchitan, mueren y se regeneran las mismas plantas y los mismos animales, excepto la infortunada especie que el hombre moderno –que cree pertenecer al proceso de la evolución- ha hecho que se extinga. Podría afirmarse, de hecho, que aunque el nacimiento, el cambio y la decadencia de las sociedades humanas son una verdad inevitable, el único factor que no evolucionó en todo este proceso es la naturaleza misma. La denominada evolución progresiva de la humanidad, lejos de ser la consecuencia inevitable de los procesos cósmicos y naturales, es completamente opuesta a la vida inmediata y contemporánea del medio ambiente natural en el que el hombre vive –un medio ambiente cuyo movimiento es más bien cíclico que evolutivo, y en el que a través de un cambio cíclico reproduce las mismas formas permanentes. (35) Una de las razones de por qué el hombre moderno, partidario del progreso y de la evolución, llegó a una grave crisis en su encuentro con la naturaleza quizá sea que sus creencias evolutivas –con todo lo que éstas implican religiosa, política, social y económicamente- no se ajustan a la vida en ese dominio de la realidad que le rodea pero que él no creó, a saber: la naturaleza virgen y todas las formas de vida que florecen en su seno.

La aplicación de los principios metafísicos a otras ciencias, como la química, la geología, la astronomía o incluso la matemática, (36) podría continuarse según los lineamientos mencionados brevemente, que proporcionan una matriz que lo abarca todo y un criterio para juzgar entre hipótesis y hechos, y entre descubrimientos científicos y sus llamadas implicaciones filosóficas. Sin embargo, en esta breve exposición, los ejemplos citados concernientes a la física y la biología bastan para indicar el principio que tenemos en mente. En cada caso, el conocimiento metafísico no se origina en una ciencia experimental sino que se sitúa como una ciencia universal que proporciona el fundamento general de cada ciencia y que trae a la luz el significado universal y simbólico de los descubrimientos de cada ciencia, un proceso que las ciencias no pueden llevar a cabo en virtud de la autoimpuesta restricción de ocuparse solamente de hechos y generalizaciones o construcciones mentales basadas en aquellos, y no del significado simbólico de hechos o fenómenos.

En este dominio, la metafísica puede también prestar otro servicio de gran valor, a saber, sacar a la luz el significado verdadero de las ciencias tradicionales de la naturaleza que, debido a que se perdió el conocimiento metafísico, perdieron su significado. Sólo un redescubrimiento de la doctrina de los múltiples estados del ser, de las correspondencias cósmicas y de la ciencia del simbolismo podrá revelar de nuevo el significado de ciencias como la alquimia o la astrología. No hay validez en la aseveración de que el hombre moderno puede ver más a Dios en el sol y en el cielo, salvo si con esto uno significa que el hombre cerró sus ojos a este aspecto de las cosas. De otro modo, la estructura de la realidad no cambió. Sólo se alteró la visión que el hombre tiene de aquélla.

No importa cuán profundamente se perforen las profundidades del espacio cósmico o el corazón del átomo, permanece sin cambio ni afectación la estructura de la realidad que las doctrinas metafísicas enseñaran, y la ciencias cosmológicas tradicionales que son su extensión. Todas las extensiones del conocimiento científico moderno son horizontales en el dominio de la existencia corpórea y material, aunque ésta sea materia galáctica, y de esta manera no afectan en lo mínimo otros planos de la existencia. Además, este extendido conocimiento de las cosas materiales necesita del conocimiento cosmológico sintético proporcionado por las ciencias tradicionales del cosmos. La inteligencia del hombre está creada para que pueda llegar a conocer con certeza el Infinito y el Absoluto, no lo indefinido y lo relativo. El conocimiento que se interesa sólo del mundo material, se ocupa verdaderamente de lo indefinido, o al menos de su aspecto cuantitativo, de lo que los hindúes llaman el laberinto cósmico o máya, y los budistas samsára. Aunque legítima como todo otro conocimiento, esta forma de la ciencia sólo podrá mantenerse sana cuando se la cultive en el molde de una ciencia que se centró en el Absoluto y el Infinito, y que así, en virtud de este centro inmutable, pueda ubicar y definir la periferia y lo relativo por los que las ciencias modernas se interesan. En esta tarea, las revitalizadas ciencias cosmológicas, que recuperaron su significado a través del conocimiento metafísico, podrían representar un papel vital como el eslabón entre las ciencias modernas y las doctrinas puramente metafísicas, como un puente entre el conocimiento científico moderno de la naturaleza y la gnosis que se ocupa de realidades que están más allá de toda manifestación cósmica.

Sin embargo, tal revitalización de las ciencias tradicionales requiere un redescubrimiento del significado verdadero del simbolismo y la educación del hombre moderno para que entienda el lenguaje del simbolismo, del mismo modo que la matemática. Este siglo fue testigo del redescubrimiento del significado del mito y del símbolo, (37) pero este acontecimiento tuvo aún poco efecto sobre la teología, la ciencia o incluso el arte. El hombre moderno demasiado raramente entiende el significado de los símbolos y debido a esta falta de conocimiento discriminativo tiende a confundir las formas y los símbolos de origen diabólico con símbolos cuya fuente es trascendental y luminosa. Testimonian este hecho mucha poesía, mucha pintura que se denomina simbólica y la búsqueda jungiana del origen de los símbolos en un inconsciente colectivo que semeja el basural de una cultura o de un grupo étnico particular.

El simbolismo, en el significado esencial del término que tenemos en mente, se interesa por el proceso de sacralización del cosmos. Es a través del símbolo que el hombre puede hallar significado en el medio ambiente cósmico que le rodea. (38) Es el símbolo el que revela la realidad objetiva como sagrada; de hecho, todo lo que es realidad objetiva es sagrado y simbólico de una realidad que está más allá de eso. (39) Sólo el Origen y el Uno es completamente real y totalmente Eso Mismo. Todo lo demás es un símbolo de un estado del ser que lo trasciende. Puede decirse que hasta el vacío y el nihilismo que el hombre moderno siente son un símbolo: un símbolo del aspecto trascendente de Dios que, tras otorgar todas las cualidades, las retoma todas para Sí. Incluso lo profano simboliza una realidad religiosa, del mismo modo que "Satán es el remedo de Dios". Empero, deberá poseerse ya el conocimiento del simbolismo y los principios que éste abarca, a fin de percibir en toda situación el significado simbólico inherente a ella.

En efecto, entender plenamente el significado del simbolismo, el significado simbólico de las formas, los colores y las figuras, de todo lo que nos rodea, es un modo de ver a Dios por doquier y, así, es un modo de sacralizar todas las cosas. Por esta misma razón, se necesita discriminación metafísica y sumisión al Ser Puro que es la fuente de todos los símbolos. (40) Se necesita una educación en el sentido más profundo del vocablo, una reorientación del hombre para que tome consciencia de la naturaleza trascendente del mundo que le rodea y de la dimensión trascendente que está presente en toda situación cósmica.

Instruir a los hombres para que entiendan de esta manera los símbolos no significa una negación del aspecto fáctico de las cosas. Más bien, que es aún más real y que se vincula más estrechamente con su raíz existencial que las cualidades sensibles y el aspecto cuantitativo por el que se interesa la ciencia moderna. Enseñar el significado del árbol como el símbolo de los múltiples estados del ser, o de la montaña como el símbolo del cosmos, o del sol como el símbolo del principio inteligible del Universo de ningún modo desmerece los descubrimientos de la botánica, de la geología o la astronomía. Pero si la naturaleza ha de poseer de nuevo significado, y si el encuentro del hombre y la naturaleza ha de evitar los desastres y las calamidades que hoy en día la amenazan, deberá presentarse este conocimiento simbólico, no como una fantasía poética sino como una ciencia ligada a la raíz ontológica de las cosas. La naturaleza simbólica del árbol o de la montaña es tan estrechamente parte de su ser como la corteza del árbol o las rocas graníticas de la montaña. Un verdadero símbolo no es de fabricación humana, como tampoco lo son las propiedades de la corteza o del granito. Sólo bajo esta luz, como una ciencia de las formas naturales que contempla el conocimiento científico moderno, es que la ciencia de los símbolos podrá representar un papel vital en el restablecimiento del hombre en su hogar en el Universo. Además, esta ciencia podrá también ayudar a acrecentar la comprensión de aquellos símbolos particulares que el cristianismo, como todas las grandes religiones, santificó –símbolos cuyo olvido obligó a muchas almas inteligentes a buscar las respuestas formulando preguntas fuera de las enseñanzas de la Iglesia.

Empero, otra aplicación de los principios metafísicos no concierne tanto al dominio del conocimiento, sino al de la acción. Concierne a la aplicación de la ciencia moderna, ya sea en la tecnología o en la guerra. De hecho, la ansiedad de la mayoría de los que, al fin, se interesaron por la cuestión de la relación del hombre y la naturaleza no surge habitualmente de consideraciones teóricas sino de observar los increíbles horrores de la guerra, que las aplicaciones de la ciencia moderna hicieron posible. En este dominio, prosiguen debates interminables, y, como ocurre tan a menudo en estos días, se crea una situación en la que no se halla una respuesta definida con claridad, precisamente porque al terreno no se lo preparó del modo adecuado.

Algunos creen que hay cosas por las que vale la pena luchar y hasta morir, y otros para quienes la vida terrestre del hombre es el fin último y, en consecuencia, no creen que valga la pena poner en peligro esta existencia por ninguna razón, aunque el precio sea la pérdida de la dignidad que al hombre lo hace más humano que animal. Además, cuando la cuestión inmediata de esta alternativa concerniente a la guerra no se considera, el foco de la atención se vuelve habitualmente hacia la extensión pacífica de la tecnología que se supone que borrará toda la miseria de la tierra, pero que usualmente trae consigo problemas mayores de los que logra resolver. En todas estas cuestiones de naturaleza política, social y económica, los principios metafísicos pueden arrojar también alguna luz, proporcionando una solución indolora a un aprieto particular donde se deba aceptar la reacción de una acción cometida; pero revelando las causas principales que causaron una situación particular. Más que todo, pueden disipar la ilusión acerca de la existencia de ese ser puramente económico cuyo progreso material indefinido se supone que será la meta de todas las organizaciones sociales y políticas. Pueden ayudar a corregir algunos errores de otras ciencias interesadas por el hombre y la sociedad, que aún copian ciegamente los métodos de la física del siglo XVII y estudian al hombre sin saber qué es realmente. Pueden también fijar lindes a la aplicación de la tecnología y, de hecho, a esta tendencia inexorable de satisfacer los deseos animales del hombre y hasta crear nuevas necesidades y nuevos deseos cuando sea posible.

Del mismo modo que el nacer en Occidente una ciencia puramente material y cuantitativa se debe a causas hondamente arraigadas y a ciertas limitaciones en las formulaciones teológicas del cristianismo latino, que en el momento del debilitamiento de la fe condujeron al divorcio entre ciencia y religión, así la aplicación ilimitable e irrestricta de la ciencia moderna en Occidente, en forma de tecnología, depende del hecho de que el cristianismo es una religión sin una Ley Sagrada o como dirían los musulmanes: sin una Shari’ah. (41)

Este hecho quizá no sea evidente para un cristiano que ve su religión como la norma con la que compara a otras religiones, pero se patentiza si se efectúa una comparación con las otras religiones monolíticas salidas del "árbol abrahámico", a saber, el judaísmo y el islamismo. Estas dos religiones tienen una Ley Sagrada, la talmúdica y la coránica, que son inseparables de la revelación de cada religión. De hecho, en ambos casos a la voluntad de Dios se la ve como manifestada en leyes concretas que gobiernan teóricamente todos los aspectos de la vida humana y que son el programa minucioso de la sociedad humana perfecta. La vida política, social y económica del hombre es gobernada por los mandamientos divinos contenidos en la Ley Sagrada.

El cristianismo, por otro lado de conformidad con su carácter esotérico, llegó como un camino espiritual sin una Ley Sagrada. Cristo trajo un camino que no era de este mundo y un conjunto de enseñanzas espirituales elevadas que sólo puede seguirlas plenamente una sociedad de santos. Cuando se convirtió en religión de una civilización, incorporó en su estructura la ley romana e inclusive la común, y mientras duró la unidad de la cristiandad medieval la ley recibió una sanción divina como vemos en las discusiones teológicas de santo Tomas sobre la ley natural y la ley divina. Pero persistió el hecho de que las leyes que gobernaban la vida política, social y económica de los hombres no gozaban de la misma autoridad directa de la revelación como las enseñanzas de Cristo, que conciernen a principios espirituales generales, como la necesidad de ser caritativo. Los hombres continuaron aceptando la virtud de la caridad, pero una vez que se destruyó la unidad de la cristiandad, empezaron a interpretar de diferentes modos exactamente lo que significaba ser caritativo. Es una paradoja de la historia occidental moderna que todos los sistemas políticos-económicos, hasta los que son más seculares y anticristianos, hacen de la caridad la virtud suprema, aunque sea sólo caridad hacia el hombre considerado como un animal. Hasta en el marxismo, la virtud suprema es la caridad que, en este caso, se convirtió en una parodia de la caridad de los santos.

En el cristianismo, la falta de una Ley Sagrada no sólo facilitó las revueltas sociales sino que también ayudó a destruir a la naturaleza a través de su explotación irrestricta e ilimitada. El desarrollo de la economía como una disciplina independiente, cuyo tema es el hombre considerado únicamente con un ser con necesidades materiales, es resultado de una situación en la que no hay instrucción religiosa directa en cuanto a cuáles son los derechos y obligaciones del hombre hacia la naturaleza y Dios. Por supuesto, es cierto que la teología cristiana influyó sobre las actitudes sociales y económicas a lo largo de todos los siglos. Es demasiado bien conocido el debate sobre la fe y las buenas obras, o la glorificación del trabajo entre los puritanos de Nueva Inglaterra. Pero las opiniones teológicas no son las mismas que la ley revelada. El hecho mismo de que dentro del cristianismo no hubiera una instrucción pormenorizada acerca de la estructura social y las prácticas económicas condujo, con un debilitamiento del cristianismo en Occidente, a través de prácticas económicas y aplicaciones de la tecnología, a una acumulación de riqueza que no conoce términos ni límites. También condujo a la creación de una civilización moderna que se esparció hacia otros continentes y causó situaciones políticas y militares en las que la elección tuvo a menudo que efectuarse entre la aniquilación y el sacrificio de los valores que dan dignidad a la vida humana.

Un redescubrimiento del conocimiento metafísico, y una revitalización de una teología y una filosofía de la naturaleza podrían fijar un límite sobre la aplicación de la ciencia y la tecnología. En la antigüedad, el hombre tuvo que ser salvado de la naturaleza. Hoy, la naturaleza tiene que ser salvada del hombre, en la paz y en la guerra. (42) Muchos se afanan bajo la ilusión de que sólo la guerra es mala y que si sólo se la conjurara, el hombre podría continuar creando pacíficamente un paraíso en la tierra. Lo que se olvida es que tanto en el estado de guerra como en la paz el hombre está librando una guerra incesante sobre la naturaleza. El estado oficial de guerra no es más que un estallido ocasional de una actividad que sigue todo el tiempo dentro de las almas de los hombres, en la sociedad humana y hacia la naturaleza. No es más que un sueño quimérico esperar tener paz que se base en un estado de intensa guerra hacia la naturaleza y desequilibrio con el medio ambiente cósmico. Lo que pudo permitir que se sostuvieran tales criterios es sólo la completa ignorancia de lo que significa la relación del hombre con la naturaleza. Si se contaminan los recursos hídricos con un solo bombardeo o se lo efectúa en un período de veinte años es esencialmente lo mismo; la única diferencia es la cuestión del tiempo. El resultado neto no difiere en los dos casos porque en ambos ejemplos el hombre está librando una guerra contra la naturaleza.

Tal vez la respuesta a la cuestión candente de cómo evitar la guerra y también de cómo preservar la dignidad humana frente a la amenaza de guerra total, radique en hacer las paces con la naturaleza. Pero el desarrollo de este acuerdo pacífico depende, a su vez, del redescubrimiento del significado natural de la naturaleza. Con la ayuda de principios metafísicos y de un redespertar del interés por la tradición dentro del cristianismo que tuvo una visión espiritual de la naturaleza, podrá desarrollarse y ciertamente deberá desarrollarse un amor de la naturaleza basado en la ciencia de su realidad simbólica y ontológica. (43) De este modo, podrá crearse una relación armónica para todos los que sean capaces de entender y captar este conocimiento metafísico que lleva a amar y respetar a la naturaleza.

Por supuesto, la factibilidad de aplicar el programa propuesto en estos capítulos, y la cuestión de si las proposiciones de este género tienen la oportunidad de llevarse a cabo en un mundo que no parece querer cambiar su curso hasta que los acontecimientos lo obliguen a hacerlo, es una cuestión a considerar que, aunque importante, no podemos tratarla aquí. Nuestra tarea ha sido más bien efectuar este análisis concerniente a las causas de la crisis en el encuentro del hombre y la naturaleza, y proponer los medios por los que esta crisis pueda mejorarse. Queda por verse si un mundo que vuelve sus oídos hacia el sonido y la furia de sus propias creaciones y se vuelve sordo hacia todas las voces, oirá alguna sugerencia de naturaleza espiritual e intelectual. No obstante, vale la pena el intento de pensar en este problema principal y proporcionar una respuesta, pues tratar de descubrir la verdad en cualquier asunto es el más constructivo de todos los actos.

Finalmente, lo que podemos decir con total certidumbre es que no hay paz posible entre los hombres a menos que haya paz y armonía con la naturaleza. Y a fin de que tengamos paz y armonía con la naturaleza, se debe estar en armonía y equilibrio con el Cielo, y en última instancia con la Fuente y el Origen de todas las cosas. (44) Quien está en paz con Dios está también en paz con Su creación, -con la naturaleza y con el hombre.

NOTAS:
1. "Il y a des critiques littéraires et des critiques d’art. Pour quoi n’y aurait-il pas de critiques scientifiques?" (Hay críticos literarios y críticos de arte ¿Por qué no habrá críticos científicos?) M. Ollivier, Physique moderne et réalité, París, 1962, pág. 58.
2. Ibid., pág.9.
3. En lo que concierne al significado verdadero de las ciencias ocultas y del espiritismo, véase R. Guénon, L’erreur spirite, París, 1923; asimismo, su obra Symboles fondamentaux de la science sacrée, París, 1962.
4. "La naturaleza silvestre está de común acuerdo con una santa pobreza y también con una infantilidad espiritual; es un libro abierto que contiene una enseñanza inagotable de verdad y belleza. Es en medio de sus propios artificios que el hombre se corrompe más fácilmente, son aquellos los que le hacen codicioso e impío; cerca de la Naturaleza virgen, que no sabe de agitación ni falsía, el hombre tenía la esperanza de permanecer contemplativo como la Naturaleza misma. Y es la Naturaleza, cuasi-divina en su totalidad, la que tendrá la palabra final." Schuon, Light on the Ancient Worlds, pág. 84.
5. "La naturaleza inviolada es, a la vez, un vestigio del Paraíso Terrenal y una prefiguración del Paraíso Celestial..." Schuon, op. Cit., pág. 143.
6. "El cristianismo, habiendo tenido que reaccionar contra un espíritu totalmente "pagano" (en el sentido bíblico), hizo al mismo tiempo que desaparecieran –como sucede siempre en tales casos- valores que no merecían el reproche de paganismo. Teniendo que oponer, entre los mediterráneos, un naturalismo filosófico y "chato", suprimió al mismo tiempo, entre los nórdicos, un "naturalismo" de carácter espiritual. La tecnología moderna es el resultado –sin duda, muy indirecto- de una perspectiva que, habiendo proscrito de la naturaleza a los dioses y genios, y, habiéndola también, por este mismo hecho, tornado profana, terminó permitiendo que se la "profanara" en el sentido más brutal de la palabra. El occidental prometeico –pero no todos los occidentales- es afectado por un género de desdén innato hacia la naturaleza; para él, la naturaleza es un bien que hay que gozar o explotar, o inclusive un enemigo que hay que conquistar." F. Schuon, "La Perspectiva Simbolista", Tomorrow, Invierno, 1966, págs. 54-55.
7. Véase W. J. Ong, "Religión, Erudición y la Restitución del Hombre", Daedalus, XCI, Primavera, 1962, donde habla de la necesidad de volver a unir "lo interior con lo exterior, de restaurar al hombre en su hogar en el cosmos", págs. 428-429.
8. En su sentido, la metafísica y la ciencia son complementarias. La metafísica no se ocupa de la conducción pormenorizada de la naturaleza, la ciencia no se ocupa de la interpretación última del conocimiento natural. Ambas son necesarias para una visión sintética del mundo. Pero la relación es unilateral; la ciencia no puede empezar sin asumir un principio metafísico, mientras que la metafísica no presupone principio científico alguno en cuanto a la validez de sus conclusiones. Una de las funciones de la metafísica es examinar las bases de los presupuestos de la ciencia, tal como una función de la lógica es poner al descubierto estos presupuestos. Pero esto no agota a la metafísica…" Caldin, The Power and limits of Science, A philosophical Study, pág. 117.
9. "A la física la restringe su propio método, y no puede esperarse que rinda plena cuenta de experiencia: no puede ocuparse de los fundamentos del pensamiento y la acción racionales, omite consideraciones de cualidades, de formas, de agentes y causalidad. Por consiguiente, el conocimiento de la naturaleza proporcionado por sus interpretaciones teóricas es muy limitado; pero estas limitaciones no traen consecuencias fuera de la física. Una filosofía no puede pues basarse en la física sola; sino que absurdamente se limitaría en su alcance." Caldin, op. Cit., págs. 47-48.
"Lo que debe ser inmediatamente evidente es que la ciencia física abstrajo ciertas cantidades medibles de una realidad completamente más rica, y se ocupó de éstas, y de éstas solas, con exclusión de todo lo demás que no es de interés." Yarnold, The Spiritual Crisis of the Scientific Age, pág. 28.
 
Véase también Mascall, Cristian Theology and Natural Science, Capítulo II; y Smethurst, Modern Science and Cristian Belief, cap. V.
10. Eddington cita la anécdota del ictiólogo que emplea una red de un tamaño particular para atrapar peces del mar y luego arriba a la conclusión de que todos los peces del mar son de ese tamaño particular. Véase Eddington, The Philosophy of Phisycal Science, pág. 16.
11. "El hecho de que se efectúe un experimento impone una limitación estricta a las conclusiones generales. Son válidas dentro del contexto del experimento y del experimentador." Yarnold, op. Cit., págs. 16-17.
12. "Pero hemos visto que la ciencia se interesa no sólo de una parte de lo que podemos percibir, y así el conocimiento del mundo natural que podría ganarse mediante el empleo de todas nuestras facultades que puedan ponernos en relación con él supera grandemente y trasciende lo que puede adquirirse mediante el empleo del método científico. Debemos defender el ideal de una sapientia naturalis, una sabiduría concerniente a la naturaleza para la cual nuestra scientia o nuestro conocimiento actual es una contribución válida." Sherwood Taylor, The Fourfold Vision, pág. 84.
 
13. "Entonces, la ciencia física no es una descripción adecuada de la naturaleza; es un retrato hecho por un observador con un punto de vista particular y una limitación definida de su visión. Escoge los datos, de alguna manera como un artista escoge. La ciencia es una construcción efectuada mediante la sintetización de datos seleccionados; no es una visión intacta de la naturaleza. Ciertamente, hace que entendamos algo el orden del funcionamiento de la naturaleza, pero sin comprenderlo por completo. Además, descuida por entero la relación de la naturaleza con el hombre y con la primer causa. De la ciencia natural no podemos aprender para qué, cómo y por qué la naturaleza material existe, y por qué tiene ley alguna. La hermosura de la naturaleza, en su sentido más amplio, no ha de captarse pues a través de la ciencia sola... Además de las minúsculas investigaciones de la ciencia y la unificación de ellas, que la ciencia teórica efectúa, necesitamos entender la relación de la naturaleza con el hombre y con Dios... Necesitamos una sabiduría que trascienda a la ciencia si hemos de tener una visión completa de la naturaleza. La ciencia sola no nos dará los conceptos que necesitamos para un conocimiento pleno de la naturaleza..." Caldin, op. Cit., págs. 130-131.
14. "El mínimo fenómeno participa de varias continuidades o dimensiones cósmicas, inconmensurables en relación recíproca..." Burckhardt, "Cosmología y Ciencia Moderna, Tomorrow, Otoño, 1964, pág. 308.
15. Véase Lord Northbourne, Pictures of the Universe, Tomorrow, 1964, págs. 267-268.
16. Sobre esta y otras contradicciones de las modernas teorías físicas, véase M. Ollivier, Physique moderne et réalité.
17. Sobre la ciencia "perfecta" y su comparación con la ciencia moderna, véase F. Brunner, Science et réalité, París, 1954, donde escribe: "La science parfaite, si elle existe, n’est pas, comme la science moderne, une démarche de la raison individuelle, liée aux dones limitées de l’experimentation et du calcul. Relative à l’origine, a l’être et à la fin connaissance du Principe de L’univers." (págs. 8-9). ("La ciencia perfecta, si existe, no es, como la ciencia moderna, un paso de la razón individual, ligada a los datos limitados de la experimentación y del cálculo. Respecto al origen, al ser y al fin absoluto de las cosas, su propiedad es de estar enteramente suspendida del conocimiento del Principio del universo).
18. "...para Jung, el ’inconsciente colectivo’ está situado ‘debajo’, en el nivel del instinto fisiológico: es importante tener esto presente puesto que el término ‘inconsciente colectivo’, en sí mismo, podría tener un significado más amplio y, de algún modo, más espiritual, como ciertas asimilaciones efectuadas por Jung parecen sugerirlo, especialmente su utilización –o más bien, objetivamente, su usurpación- del término ‘arquetipo’..." Burckhardt, Cosmology and Modern Science, Tomorrow, Invierno, 1965, pág. 27. "Jung abrió una brecha en ciertas estructuras estrictamente materialistas de la ciencia moderna; pero este hecho no es de utilidad para nadie, para decir lo menos –a uno le hubiera gustado regocijarse con ello- porque las influencias que se filtran a través de esta brecha, provienen del psiquismo inferior y no del Espíritu, que es el único capaz de salvarnos." Ibid., pág. 55.
19.Uno de los grandes biólogos franceses escribe: "Bref, on nous demande isi un acte de foi, et cést en effet sous la forme d’une vérité révelée que chacun de nous a reçu jadis la notion d’evolution." (En suma, aquí se nos pide un acto de fe, y en efecto es bajo la forma de una verdad revelada que cada uno de nosotros recibió en otro tiempo la noción de evolución.) L. Bonoure, Déterministe et finalité double loi de la vie, París, 1957. Véase también Recherche d’une doctrine de la vie, del mismo autor, París, 1964, en cuanto a una crítica biológica de la evolución y algunos de sus defensores.
20. "Los biólogos tienen en muy alta estima el concepto de la Evolución orgánica, y para muchos de ellos es un objeto de devoción genuinamente religiosa, porque la consideran como un principio integrativo supremo. Esta es probablemente la razón de por qué la severa crítica metodológica empleada en otros sectores de la biología no se aplicó aún contra la especulación evolutiva." Thompson, Science and Common Sense, pág. 229.
Recordamos una ocasión en una clase de estratigrafía cuando le formulamos al profesor una pregunta que parecía criticar el postulado de la evolución y nos respondió secamente: -No formulamos más preguntas sobre la evolución. Sólo la aceptamos y seguimos.
21. Con demasiada frecuencia, las obras de tales autores fueron descuidadas o suprimidas deliberadamente. Un caso en cuestión es la obra de C. Dewar llamada Transformist Ilusion, Murfreesboro, 1957, que reunió una vasta cantidad de pruebas paleontológicas y biológicas contra la evolución. El autor, evolucionista en su juventud, escribió muchas monografías que existen en las bibliotecas de zoología y biología comparadas por todas partes. Pero su última obra, The Transformist Ilusion, tuvo que publicarse en Murfreesboro, Tenessee (¡) y no es fácil encontrar en bibliotecas que tienen todas sus obras anteriores. Difícilmente haya otro campo científico en el que predominen semejantes prácticas oscurantistas.
22. Escribe Lemoine, geólogo francés, como editor de un tomo de la enciclopedia francesa sobre Organismos Vivos, tras estudiar artículos de distintos colaboradores sobre las pruebas paleontológicas de la evolución: "De esta exposición se colige que la teoría de la evolución es imposible. En realidad, a pesar de las apariencias, nadie más cree en ella, y se habla, sin atribuirle importancia alguna, de evolución para denotar eslabonamiento –o más evolucionado, menos evolucionado en el sentido de más perfeccionado, menos perfeccionado, porque es el lenguaje convencional, admitido y casi obligatorio en el mundo científico. La evolución es un género de dogma, en el que los sacerdotes no creen más, pero que mantienen para su pueblo." Citado por Dewar en Transformist Ilusion, pág. 262.
23. "Da là vient que l’evolutionisme repose tout entier sur una vast pétition de principe: les faits paléontologiques sont utilisés pur prouver l’évolution et, à la fois, triunvent leur explication dans cette théorie inventée pur eux. C’est un magnifique exemple de circulus vitiosus." Bonoure. "Déterminisme et finalité, págs. 80-81. (De allí que el evolucionismo repose sobre una vasta petición de principio: los hechos paleontológicos son utilizados para probar la evolución, y a la vez, hallan su explicación en esa teoría inventada por ellos. Es un magnífico ejemplo de circulus vitiosus.)
24.En cuanto a una crítica de estas teorías que procuran proporcionar una respuesta a la explosión de nuevas formas, véase Bonoure, op. Cit., págs. 65 y siguientes.
25. "Qu’il y ait et, au cours des âges, una certaine gradation des formes, cela est certain, mais ne prouve nullement un rapport de descendence entre les differents groupes, dont chacun, au contraire, surgit brusquement, de novo, avec tous ses caractères essentiels." Bonoure, op. Cit., págs. 57-58. (Que haya habido, en el curso de las edades, cierta gradación de formas, eso es cierto, pero nada prueba una relación de descendencia entre los diferentes grupos de los que cada uno, por el contrario, surgió bruscamente, de novo, con todos sus caracteres esenciales.)
26. "La majeure partie des types foundamentaux du regne animal se presentent à nous sans aucun lieu au point de vue paleóntologique." C. Depéret, Les transformations du monde animal, Paris, 1907, pág. 76 (La mayor parte de los tipos fundamentales del reino animal se nos presentan sin lugar alguno desde el punto de vista paleontológico.)
27. Véase Deward, The Transformist Ilusion, capítulo XVII, "Algunas transformaciones Postuladas por la Doctrina de la Evolución".
28. Véase los diversos estudios de E. L. Grandt-Watson, como Nature Abounding, 1941; Enigmas of Natural History, Londres (sin fecha), y The Mystery of Physical Life, Londres, 1964, donde se estudian tales casos. En estas obras, el autor trata de estudiar la "sabiduría de la naturaleza" volviéndose hacia casos específicos en los que se manifiesta muy directamente esta sabiduría.
29. "Quoi qu’il en soit, dans le monde actuel, nous ne constatons aucun signe d’evolution; celle-ci parait exclue du monde vivant que nous avons sous les yeux et dont nous faisons partie." Bonoure, Déterminisme et finalité, pág. 61. (Sea lo que fuere, en el mundo actual, no comprobamos signo alguno de evolución; ésta parece excluida del mundo viviente que tenemos bajo los ojos y del que formamos parte.)
30. M. Caullery, Le Problème de l’evolution, París, 1931, pág. 401; Bonoure, op. Cit., págs. 50-51.
31. "Elles espèces n’ont devant elles qu’une alternative: ou se maintenir inchangés, ou s’éteindre." Caullery, op. cit., págs. 84-85. (Ellas –las especies- no tienen ante sí sino una alternativa: o mantenerse incambiadas o extinguirse.)
32."Le succès de la tehéorie évolucioniste, c’est le succès des persones faciles, il n’est point de bio-philosophie qui ne recoure à cette fille complaisante: elle sert le matérialisme de Haeckel et de Lyssenko, le panthéisme de Teilhard de Chardin, le lyrisme éperdu de Saint-Seine. L’anti-hasard de Cuénot, le spiritualisme de Le Roy y de Leconte de Noüly, l’ortodoxie religieuse des prêtres, moins et princes de grand’clergie. Il existe aujourd’hui un scientisme clerical dont l’ardent empressement est manifes pur l’évolution: chez celle-ci se reconcilient les pasiones de l’athéisme y les croyants de stricte obédiecen." Bonoure, op. Cit., pág. 78. (El buen éxito de la teoría evolucionista, es el de las personas fáciles, no hay biofilosofía que no recurra a esta muchacha complaciente: sirve al materialismo de Haeckel y de Lyssenko, al panteísmo de Teilhard de Chardin, al lirismo desatinado de Saint-Seine, la anti-casualidad de Cuento, el espiritualismo de Le Roy y de Leconte de Noüy, la ortodoxia religiosa de los sacerdotes, monjes y príncipes de la gran clerecía. Hoy en día existe un cientifismo clerical cuya ardiente diligencia se manifiesta por la evolución: en ella se reconcilian los apasionados del ateísmo y los creyentes de la obediencia estricta.)
33. Un ejemplo es un destacado biólogo como D’Arcy Thomson.
34.Sobre los problemas relacionados con la filosofía de la biología, véase E. W. F. Tomlin, Living and Knowing, Londres, 1955, partes 2 y 3.
35. Esta afirmación de ningún modo se propone contrariar la solidificación y coagulación graduales del ambiente cósmico aseveradas por las doctrinas tradicionales, especialmente las hindúes de los ciclos cósmicos.
36. En lo que concierne a la matemática, en R. Guénon, Les Principes du calcul infinitesimal, París, 1964, podrá hallarse un ejemplo de cómo los principios metafísicos pueden aplicarse, y aclararse el significado metafísico de una rama de la matemática.
37. En este campo, son especialmente significativos los escritos de autores tradicionales como R. Guénon, A. K. Coomaraswamy, F. Schuon y T. Burckhardt, lo mismo que renombradas figuras académicas como H. Zimmer y M. Eliade.
38. "El símbolo religioso traduce una situación humana a términos cosmológicos y viceversa; más precisamente, revela la continuidad entre las estructuras de la existencia humana y las estructuras cósmicas. Esto significa que el hombre no se siente ‘aislado’ en el cosmos, sino que se ‘abre’ hacia un mundo que, gracias a un símbolo, se demuestra ‘familiar’. Por otro lado, los valores cosmológicos de los símbolos le permiten dejar detrás la subjetividad de una situación y reconocer la objetividad de sus experiencias personales." M. Eliade, "Observaciones Metodológicas sobre el Estudio del Simbolismo Religioso", en M. Eliade y J. Kitagawa (ed.) The study of Religions –Essays in Methodology, Chicago, 1959, pág. 103.
39. "Los símbolos religiosos son capaces de revelar una modalidad de lo real o una estructura del mundo que no es evidente en el nivel de la experiencia inmediata…"
"Para los primitivos, los símbolos son siempre religiosos porque señalan algo real o una estructura del mundo. Pues en los niveles arcaicos de la cultura, lo real –o sea, lo potente, lo significativo, lo vivo- equivale a lo sagrado." M. Eliade, op. cit., págs. 98-99.
40. "La ciencia de los símbolos –no simplemente el conocimiento de los símbolos tradicionales- procede de los significados cualitativos de sustancias, formas, direcciones espaciales... y otras propiedades o estado de cosas; no nos ocupamos aquí de apreciaciones subjetivas, pues las cualidades cósmicas están ordenadas en relación con el Ser y según una jerarquía que es más real que el individuo; son, pues, independientes de nuestros gustos, o más bien los determinan en la medida en que estamos en consonancia con el Ser; asentimos a las cualidades en la medida en que nosotros mismos somos ‘cualitativos’. El simbolismo, ya sea que resida en la naturaleza o se afirme en el arte sacro, también corresponde a la manera de ‘ver a Dios por doquier’, con la condición de que esta visión sea espontánea gracias a un conocimiento íntimo de los principios de los que la ciencia de los símbolos procede..." F. Schuon, Gnosis Divine Wisdom (versión de G. E. H. Palmer) Londres, 1959, pág. 110.
41. Sobre el carácter especial del cristianismo como un camino espiritual sin una ley, en comparación con el judaísmo y el Islam, véase F. Schuon, The Trascendent Unity of Religions, London, 1948, capts. VI y VII (De la Unidad Trascendente de las Religiones, Ediciones Heliodoro, Colec, La Rama Dorada, Madrid, 1980). De l’Unité trascendante des Religions, Editions su Seuil, París, 1979.
42."Debido a la totalidad y centralidad verdaderas del hombre, éste tiene la función casi divina de custodia del mundo de la naturaleza. Una vez que se ignora o emplea mal este papel, el hombre está en peligro de que, en última instancia, la naturaleza señale quién es el conquistador y quién el conquistado. También podría decirse que, en el pasado, el hombre tenía que protegerse de las fuerzas de la naturaleza, mientras que hoy es la naturaleza quien debe protegerse del hombre." J. E. Brown, "El Legado Espiritual del Indio Americano" Tomorrow, otoño, 1964, página 302.
43. "Esta destronización de la naturaleza, o esta escisión entre los hombres y en la tierra dio frutos tan amargos que no debería se difícil demostrar cómo, en estos tiempos, el mensaje intemporal de la naturaleza constituye un viático de primera importancia. Tal vez algunos objeten que Occidente ya conoció –especialmente en los siglos XVIII y XIX- retornos a la naturaleza virgen, pero esto no viene a cuento, pues aquí no es cuestión de un ‘naturismo’ que bien podría describirse como romántico o ‘deísta’, o incluso ateo. No es cuestión de proyectar un individualismo supersaturado y desilusionado dentro de una naturaleza desacralizada –esto sería un trozo de mundanalidad como cualquier otro- sino, por el contrario, de encontrar de nuevo en la naturaleza sobre la base de una perspectiva tradicional, la sustancia divina que es inherente a ella; en otras palabras, ‘ver a Dios por doquier’, y no ver nada aparte de Su misteriosa presencia." F. Schuon, "The Simbolist Outllok", páginas 55-56.
44."La comprensión clara de la virtud del Cielo y la Tierra es lo que se llama ‘La Gran Raíz’ y ‘El Gran Origen’; quienes la tienen están en armonía con el Cielo, y así producen todo arreglo ecuánime en el mundo; son los que están en armonía con los hombres." The Sacred Books of China, The Texts of taoism (versión de J. Legge), tomo I, pág. 332

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