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La profecía de Míquiz

27/12/2000 - Autor: Salvador Nuñez
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No había cátedra para los profetas, ni púlpito, ni estrado, ni siquiera la sombra de un árbol. Todo lo hacían los católicos y los jefes de tránsito de los católicos. Los jefes de tránsito si es que subían a hablar sobre... subían a dar órdenes: 

-Eh, tú, vas mal, agarra a la izquierda... 

-Eh, amigo, te vas a perder si te metes por ahí; baja derecho... 

Los católicos eran cinco mil. Los jefes de tránsito eran diez. Cada uno le hablaba...le daba órdenes a quinientos. Por eso cuando apareció el Míquiz y comenzó a perturbar la paz de la población con sus desaforados alaridos sobre temas tales  como la Vida, el Amor o la Muerte -que nunca antes habían anunciado por la Televisión-, muchos responsables católicos de Cuitlapa fueron a querellarse con los jefes de tránsito: 

-Como católicos conscientes de nuestra vocación a la visión de la Televisión les suplicamos que pongan un dique a la palabrería del Míquiz. Y por eso el tal Míquiz huyó a la barranca, a una cueva junto al río. 

Pero el Míquiz era un profeta de los últimos permitidos por el Mixtli: flaco, anochecido, membrudo, barbón, hirsuto, neurasténico.

También ¿cómo no iba a estar más que neurasténico si nunca lo dejaban hablar, si nunca le permitían descansar de la enorme piedra que llevaba sobre su espalda? 

Porque ¡cómo le pesaba la palabra al miserable! Se pasaba noches enteras gritándoles a los alacranes y a los tejones. Pero, claro, no es lo mismo. Se decía para consolarse: 

- También son éstas, creaturas del Otro. 

Pero, mire Ud, los alacranes son más que aburridos y los tejones muy inquietos y glotones, y el profeta necesita ver los ojos en donde vierte la palabra; así que estos auditorios en nada lo consolaban. Aunque después de todo ya le venía bien este destierro de Cuitlapa, ya estaba más que cansado de los católicos y de los jefes de tránsito de los católicos. 

Y sin embargo había sido enviado a éstos y no a los de Malinaltenango, ni a los del Platanar, ni a los del Uvalar, todos sin comparación menos rejegos que los católicos de Cuitlapa. Y la verdad es que desde el fondo de su corazón sentíase íntimamente enviado a Cuitlapa, para acabar con las televisiones de Cuitlapa. 

Televisión son cajas en donde se ven cosas que pasan lejos pero que igualmente pueden pasar cerca. El peligro reside en que por ver lo de lejos los de Cuitlapa se olvidaban de mirar lo de cerca. Eso no quiere decir que al Míquiz no le hubiera gustado la Televisión, es más, en sus buenos tiempos había sido un fervoroso vidente de la Madre Televisión. Pero un día había ido al Potrero...

El Potrero está bajo la luna caliente de abril. El Potrero está sobre el río revuelto, pero muy muy arriba. En el Potrero no hay televisiones y el Míquiz había hecho un gran coraje porque su tío Braulio lo había mandado, esa noche a cuidar los animales.

Les estuvo mentando la madre a las chicharras hasta quedarse dormido.

Como a la media noche lo despertó el silencio. Se sentó a oír el silencio y supo que en el centro del silencio en su hueco mismo pasaban las aguas lejanas. Sintió cosquillas y burbujitas en el pensamiento. Desde aquella noche volvió otras muchas al Potrero hasta que tuvo la Cercavisión.

Estaba mirando una lunilla joven de cuatro días de edad y estaba oyendo el silencio cuando héte aquí que salta la chispa: De su frente lisa al cielo negro y caliente, una descarga como patada de burro manadero. 

Vió el Agua, todo el universo, agua en movimiento.

Vió la Sangre, el agua en él pasando, montañas de agua en movimiento. 

Vió al  Espíritu que bajaba al Potrero en forma de chachalaca y se posaba sobre la   Tierra Firme. 

Cuarenta días anduvo errante, saltando y danzando de felicidad. Tal había sido la energía que la Chispa le infundiera. A partir de la Cercavisión, aquel blando, fofo, regordete, abúlico y equilibrado cuitlapense se convirtió en el rudo y salvaje Míquiz. 

Míquiz fue enviado a Cuitlapa; un profeta no escoge el sitio en el que da de alaridos. Siquiera un apóstol va de aquí para allá, escoge y si no le gusta escupe y se va. Siquiera un sacerdote, callado se está, haciendo visajes frente a su altar. Pero al profeta y al rey les escogen sus sitios, de a tiro los friegan. 

Míquiz fue enviado a Cuitlapa. Míquiz los quería llevar al Potrero, pero ellos no querían porque iban a perderse los programas de la Televisión.


Profecía del Míquiz:

Hijos de tejón y de cerdo más que huevones, cuitlapenses, dejad, abandonad vuestras estúpidas televisiones; destrozad las pantallas, el ojo guiñador de Satán; cegad las antenas; pisotead los selectores; estrellad los filtros; quemad los magnetoscopios para que seais libres e id al Potrero debajo de la luna caliente y arriba del río lejano y así salte la Chispa y tengais Cercavisión y todas las cosas nazcan de nuevo y ya después, después del silencio, descubrais que todo todo es Agua y el Agua en vosotros la Sangre y en el grito de la Sangre, la Chachalaca divina os muestre por fin la única Tierra Firme. 

¡Id cuitlapenses, id al Potrero! 

¡Hijos del armadillo y engendros del puerco! 

(Fin de la Profecía del Míquiz.)

Pero ni uno solo quebró su televisión.

Cerraron las ventanas, conectaron los auriculares a sus aparatos y seleccionaron los canales, confortablemente enconchados en sus divanes, por medio de elecontroles. 

¡No hay mayor felicidad en la tierra para un católico! 

Y a pesar de los pesares, el Míquiz estaba enviado a los católicos de Cuitlapa y a sus jefes de tránsito. 

Desterrado como se hallaba en una cueva de la barranca junto al río tramaba su retorno a Cuitlapa, descargándose del peso de la palabra sobre los alacranes y los tejones. 

Después de seis meses de cueva, de río, de rocas y de tejones el Míquiz pensó: 

- Y ¿qué distancia hay de la Televisión a la Cercavisión? ¿y por qué despertar a los amodorrados si la vigilia y el sueño son el mismo truco? ¿y por qué llevar a la gente bajo la luna caliente si el Potrero y Cuitlapa al fin de cuentas son lugares? 

Los tejones reían. 

- Un desierto hace a un profeta

El segundo desierto engendra filosofía. 

Lo peor que le puede suceder a un desarrapado profeta es verse convertido en un rasurado filósofo. Y que se asusta el Míquiz y que se me hinca, y que se me pone a rezar y que se me pone a llorar: 

- Divina Chachalaca 

Chachalaca divina, la Chispa concédeme, dáme la Chispa 

La chispa se hizo esperar veintisiete días y medio pero al fin llegó. El río pasaba turbulento y negro enlodando el piso de la cueva. Los animalitos ponzoñosos secaban sus camisetas en las musgosas rocas y los bien cebados armadillos discutían sobre arquitectura en medio de la oscuridad cuando: 

Chshrrrishch, que llega la Chispa y el Míquiz al recibir la descarga pegó un salto tan epiléptico que se golpeó la ceja derecha con una roca rasposa y la cara se llenó de sangre. Y se posesionó de él nuevamente la visión total, la deslumbrante luz amenazante, aplastante, bramadora, mugidora como mar de cometas desplomándose sobre de él.

Era lo Otro, lo Fuerte, lo Santo, lo Nefando, lo Terrible, lo Otro. 

Sin cara y sin caricia, sin pena y sin pensamiento, sin todo y sin nada. 

Un "Sin" redondo y perfecto 

Y que me lo deja revolcándose en el lodo como marrano vomitado, los ojos saltones casi fuera de su órbita, la baba y el espumarajo sanguinolento sobre la barba, que se entiende bien batido. Los tejones suplican al espectro azul de una niña descalza y moquienta que en ese momento, al ver tal juego de luces, se asomaba por la boca de la cueva: 

- Véte niñita, por tu madre véte de aquí, mira que te vas a asustar de a deveras. Véte a jugar con tus huesos por otro lado. 

Esta vez como que se le pasó la mano al Otro porque el Míquiz comenzó a oírnos como estallidos de sirenas en nota tan alta que se puso a gritar desaforadamente hasta la extinción de la voz y de la oreja. 

Allí está en el lodo oscuro y frío de la cueva, sordo y mudo, rodeado por las alimañas revuélquese y revuélquese. 

A la madrugada del día siguiente don Míquiz bajó al río, se bañó, lavó su ropa y mientras su ropa se seca, se sienta desnudo sobre una enorme roca gris muy resbalosa que está a la mitad del río y que se puede divisar desde el puente viejo que lleva al Platanar. Está ido, idiota, en babia pensando tan sólo en volver a Cuitlapa para profetizar contra la Televisión y llevar a su pueblo rejego, mil veces rejego, a la bendición de la Cercavisión. 

Con cierto orgullo dícele mamá alacrán a su cría: 

- Ya de nuevo tenemos profeta. 

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