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El Viento de Djémila

19/12/2000 - Autor: Albert Camus
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Leer "El viento en Djémila" es ver como un hombre enfermo pero joven se enfrenta al viento que viene del desierto, como un occidental lúcido pero abatido por la conciencia de la muerte alcanza a penetrar ese elemento que –desde lo más remoto- transporta el hálito divino y nos respira. Albert Camus volvió a su Argelia natal para descubrir la mirada del hombre antiguo, esa mirada vacía de conceptos y llena de tierra, de sol, de certeza. Esa mirada que, por vacía, es indestructible. La aparente pasividad de la materia ante las obras del hombre acaba mostrándose actividad constante. La creación mirándose a si misma desbarata las maquinaciones perversas de occidente del mismo modo que el desierto devora las ruinas del templo.

Esta es solo una de las bellas metáforas que el creyente descubre en este bello texto. Aquí reproducimos la traducción de Jorge Zalamea para la editorial Edhasa.

El viento de Djémila

Hay lugares en que el espíritu muere para que nazca una verdad que es su negación misma. Cuando fui a Djémila había viento y sol, pero ésta es otra historia. Lo que hay que decir primero, es que reinaba allí un gran silencio pesado y sin quiebro ‑algo como el equilibrio de una balanza‑. Gritos de pájaros, el afelpado sonido de la flauta de tres huecos, un pisotear de cabras, rumores venidos del cielo, eran otros tantos ruidos que formaban el silencio y la desolación de esos lugares. De vez en cuando, un chasquido seco, un grito agudo, señalaban el vuelo de un pájaro agazapado entre las piedras. Cada camino seguido ‑senderos entre los restos de las casas, grandes rutas empedradas bajo las columnas lucientes, inmenso foro entre el arco de triunfo y el templo en la eminencia conduce a los barrancos que, por todos lados, limitan a Djémila, baraja abierta sobre un cielo sin límites. Y se encuentra uno allí, reconcentrado, enfrentando a las piedras y al silencio, a medida que el día avanza y crecen las montañas al tornarse violetas. Pero sopla el viento sobre la meseta de Djémila. En esta gran confusión del viento y del sol que mezcla la luz a las ruinas, algo se forja que da al hombre la medida de su identidad con la soledad y el silencio de la ciudad muerta.

Se necesita mucho tiempo para ir a Djémila. No es una ciudad en la que uno se detenga y deje, luego, atrás. No lleva a parte alguna ni se abre sobre ningún país. Es un lugar del que se regresa. La ciudad muerta se halla al término de una larga ruta acordonada que parece prometerla en cada uno de sus recodos y se antoja, por ello, tanto más larga. Cuando finalmente surge sobre una meseta de apagados colores, sumida entre altas montañas, su esqueleto amarillo como un bosque de osamentas, Djémila representa el símbolo de esa lección de amor y de paciencia que es la única capaz de conducirnos al palpitante corazón del mundo. Allí, entre unos pocos árboles, entre la hierba seca, se defiende con todas sus montañas y con todas sus piedras, de la admiración vulgar, de lo pintoresco o de los juegos de la esperanza.

Bajo este esplendor árido vagamos toda la jornada. Poco a poco, el viento, apenas sentido al comenzar la tarde, parecía crecer con las horas y henchir todo el paisaje. Soplaba desde una brecha de las montañas, en el oriente remoto; acudía desde el fondo del horizonte y venía a saltar en cascadas entre las piedras y el sol. Sin pausa, silbaba vigorosamente a través de las ruinas, giraba en un circo de piedras y tierra, bañaba los montones de virulosos bloques, rodeaba con su soplo cada columna y venía a esparcirse en incesantes gritos sobre el foro que se abría bajo el cielo. Me sentía chasquear en el viento como una arboladura. Doblado por la cintura, ardidos los ojos, calcinados los labios, mi piel se resecaba hasta no ser ya mía. Antes, descifraba con ella la escritura del mundo. En ella trazaba los signos de su ternura o de su cólera, caldeándola con su soplo estival o mordiéndola con sus dientes de escarcha. Pero tan largamente frotado por el viento, sacudido desde hacía más de una hora, aturdido de resistencia, perdía conciencia del dibujo, que mi cuerpo trazaba. Como el guijarro barnizado por las marcas, estaba pulido por el viento, usado hasta el alma. Comencé siendo un poco de esa fuerza según la cual flotaba; fui luego mucho de ella; finalmente, ella misma, confundiendo el pulso de mi sangre con los grandes golpes sonoros de ese corazón doquiera presente de la naturaleza. El viento me moldeaba a imagen de la ardiente desnudez que me rodeaba. Y su abrazo fugitivo me confería, piedra entre las piedras, la soledad de una columna o de un olivo bajo el cielo de estío.

Ese violento baño de sol y de viento agotaba todas mis fuerzas de vida. Apenas había en mí ese batir de alas que aflora, esa vida que se queja, esa débil rebelión del espíritu. Pronto, esparcido en las cuatro esquinas del mundo, olvidadizo, de mí mismo olvidado, soy ese viento y, en el viento, esas columnas y ese arco, esas losas que huelen a calor y esas montañas pálidas en torno a la ciudad desierta. Y jamás sentí más hondamente, a la vez mi desasimiento de mí mismo y mi presencia en el mundo.

Sí, estoy presente. Y lo que en ese momento me sorprende, es que no puedo ir más lejos. Como un prisionero a perpetuidad, y al que todo está presente. Pero también como un hombre que mañana será igual, y todos los demás días. Pues para un hombre, adquirir conciencia de sus presente es no esperar ya nada. Si hay paisajes que son estados de alma, son los paisajes más vulgares. Y a todo lo largo de aquel país, seguía yo algo que no era mío sino de él, como un gusto de la muerte que nos era común. Entre las columnas de sombras ora oblicuas, las inquietudes se fundían en el aire como pájaros heridos. Y en su lugar, esta lucidez árida. La inquietud nace del corazón de los vivos. Pero la calma revestirá este corazón viviente: he ahí toda mi clarividencia. A medida que avanzaba la jornada y se sofocaban los ruidos y las luces bajo las cenizas que descendían del cielo, abandonado de mí mismo, me sentí indefenso ante las lentas fuerzas que en mí decían no.

Pocas gentes comprenden que haya una repulsa que nada tiene de común con el renunciamiento. ¿Qué significan aquí las palabras porvenir, bienestar, posición? ¿Qué significa el progreso del corazón? Si obstinadamente rechazo todos los «después» del mundo, es porque también se trata de no renunciar a mi riqueza presente. No me gusta creer que la muerte abre otra vida. Para mí es una puerta cerrada. No digo que sea un paso que hay que dar; sino que es una horrible y sucia aventura. Todo lo que se me propone, tiende a descargar al hombre del peso de su propia vida. Y ante el pesado vuelo de los grandes pájaros en el cielo de Djémila, lo que reclamo y obtengo es, justamente, cierto peso de vida. Estar entero en esta pasión pasiva, y el resto no me pertenece. Tengo en mí demasiada juventud para poder hablar de la muerte. Pero me parece que, si debiera hacerlo, es aquí donde encontraría la palabra exacta que dijese, entre el horror y el silencio, la certidumbre consciente de una muerte sin esperanza.

Se vive con algunas ideas familiares. Dos o tres. Al azar de los mundos y los hombres que encontramos, se las pule, se las transforma. Se necesitan diez años para tener una idea auténticamente propia, una idea de la que puede hablarse. Naturalmente, esto es un poco desalentador. Pero con ello gana el hombre cierta familiaridad con el hermoso rostro del mundo. Hasta ahora, lo veía frente a frente. Necesita, luego, dar un paso de lado para mirar su perfil. Un hombre joven mira al mundo frente a frente. No ha tenido tiempo para pulir la idea de muerte o de nada, cuyo horror ha rumiado, sin embargo. Tal debe ser la juventud: dura confrontación con la muerte, terror físico del animal que ama al sol. Contrariamente a lo que se dice, al menos a este respecto, la juventud no se hace ilusiones. No ha tenido tiempo ni piedad para fabricárselas. E ignoro por qué, frente a este paisaje de torrenteras, ante este grito de piedra, lúgubre y solemne ‑Djémila, inhumana en la caída del sol‑, ante esta muerte de la esperanza y los colores, estaba seguro de que, llegados al final de una vida, los hombres dignos de tal nombre deben reanudar esa confrontación, renegar de las pocas ideas que fueron suyas y recuperar la inocencia y la verdad que brilla en la mirada de los hombres antiguos enfrentados a su destino. Recuperan su juventud, pero abrazando a la muerte. Nada más despreciable, a este respecto, que la enfermedad. Es un remedio contra la muerte. Una preparación. Un aprendizaje cuya primera etapa es el enternecimiento consigo mismo. Un apoyo para el hombre en su gran esfuerzo por escapar a la certidumbre de morir todo entero. Pero Djémila... y siento entonces que el verdadero, el único progreso de la civilización, aquel al que de tiempo en tiempo un hombre se vincula, es el de crear muertos conscientes.

Lo que siempre me sorprende es que mientras estamos dispuestos a sutilizar tantos temas, seamos tan pobres en ideas sobre la muerte. Está bien o está mal. La temo o la llamo ‑dicen‑. Pero esto prueba también que todo lo que es sencillo nos rebasa. ¿Qué es el azul y qué pensar del azul? Dificultad idéntica con respecto a la muerte. De la muerte y los colores no sabemos discutir. Y, sin embargo, lo más importante es este hombre que está ante mí, pesado como la tierra, y que prefigura mi porvenir. ¿Pero puedo pensar realmente en ello? Debo morir ‑me digo‑, pero esto nada quiere decir, pues no logro creerlo y sólo puedo tener la experiencia de la muerte de los demás. He visto morir hombres. He visto morir perros, sobre todo. Lo que me confundía era tocarlos. Pienso entonces: flores, sonrisas, deseos de mujer, y comprendo que todo mi horror a morir reside en mi celo por vivir. Tengo celos de quienes vivirán y para quienes flores y deseos de mujer tendrán todo su sentido de carne y sangre. Soy envidioso, porque amo demasiado la vida para no ser egoísta. ¡Qué me importa la eternidad! Se puede estar ahí, tendido un día y oír que se nos dice: «Eres fuerte y debo ser sincero contigo: puedo decirte que vas a morir»; estar ahí, con toda su vida entre las manos, con todo su terror en las entrañas y una mirada idiota. ¡Qué significa el resto: oleadas de sangre vienen a batir mis sienes y me parece que lo aplastaría todo en torno de mí!

Pero los hombres mueren a pesar suyo, a pesar de sus decorados. Se les dice: "Cuando estés sano...", y mueren. Yo no quiero esto. Pues si hay días en que la naturaleza miente, también los hay en que dice la verdad. ¡Djémila la dice esta noche, y con qué triste insistente belleza! En cuanto a mí, ante este mundo no quiero mentir ni que me mientan. Quiero llevar mi lucidez hasta el fin y contemplar la vida con toda la profusión de mis celos y mi horror. En la misma medida en que me separo del mundo, tengo miedo de la muerte; en la medida en que me vinculo a la suerte de los hombres que viven, en vez de contemplar el cielo que dura. Crear muertos conscientes es disminuir la distancia que nos separa del mundo y entrar sin alegría en el cumplimiento, consciente de las exaltadoras imágenes de un mundo para siempre perdido. Y el canto triste de los alcores de Djémila me hunde todavía más en el alma la amargura de esta enseñanza.

Hacia la noche, trepábamos las pendientes que llevan a la aldea, y, rehaciendo nuestros pasos, escuchábamos las explicaciones: «Aquí se encuentra la ciudad pagana; este barrio que surge de las tierras, es el de los cristianos. Más tarde ... » Si, es verdad. Hombres y sociedades se sucedieron aquí; los conquistadores marcaron esta comarca con su civilización de suboficiales. Se hacían una idea baja y ridícula de su grandeza y medían la de su imperio por la superficie que cubría. Lo milagroso es que las ruinas de su civilización sean la negación misma de su ideal. Pues esta ciudad esqueleto, vista de tan alto en la tarde agonizante y en los blancos vuelos de las palomas en torno al arco de triunfo, no inscribía sobre el cielo los signos de la conquista y la ambición. El mundo acaba siempre por vencer a la historia. De este gran grito de piedra que Djémila lanza entre las montañas, el cielo y el silencio, conozco bien la poesía: lucidez e indiferencia, los auténticos signos de la desesperación o de la belleza. Se oprime el corazón ante esta grandeza que abandonamos ya. Djémila queda tras de nosotros con el agua triste de su cielo, un canto de pájaro que viene del otro lado de la meseta repentinos y breves arroyos de cabras en los flancos de las colinas y, en el crepúsculo laxo y sonoro, el viviente rostro de un dios cornúpeto en el frontis de un altar.

 

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