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El rey David

06/12/2000 - Autor: Saleh Paladini
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mi amigo Ahmed, que es ya mi hermano, me dice:

"¡Escribe una novela! ¡Hombre! Describe la Ley del desierto y su nobleza a través de los pasos en la biografía de un personaje inventado".

Y yo pienso…¿Qué mejores héroes que nosotros mismos, entre dunas de sucesos que se van desplazando en el desierto de la modernidad que nos habita?

Pues como dice el poeta con su veneno:

"Si tú no te das cuenta de lo que vales,

la vida es una tontería

y vas dejando que se escape

lo que más querías".

Y como recalcitrante creyente que soy, vivo en la certeza de que – entre otras muchas cosas - hace tiempo un hombre fue tragado por una ballena, quedando atrapado en su interior durante cuarenta días con sus noches hasta que el cetáceo lo depositó sin tegumentos en la arena de una playa.

Pero no obstante, sé que si me paro a pensar que algo así puede sucederme a mí, me pasará sin duda lo que aconteció a aquel paisano del país donde nacen y crecen los cedros, cuando estaba refrescándose en un embarcadero con un pié metido dentro del mar, meciéndolo suavemente…pensando en sus cosas.

A esto, un tiburón le arrancó la pierna de cuajo.

Haciendo un poder, nuestro protagonista metió la otra pierna en el agua y no tardó el tiburón en aparecer para desgajársela de nuevo, a lo cual, superando un rictus de puchero y conteniendo las lágrimas, el humano -que no el marrajo - exclamó:

"¡Pensarás que has hecho una gracia!"

Y pasando por la calle donde estaba el Palacio de los Vientos, desde lejos vi a Bilal, mi antiguo vecino y a una niña preciosa que vino corriendo hacia Ahmed y hacia mí tirándoseme a los brazos subiéndose para verme la cara de cerca.

Era Uarda - Rosita - la criatura que nació cuando mi amiga Rosa de Sevilla vino a vernos en el verano del 98. Y le dije a Ahmed:

- ¡Pero si es imposible que esta niña se acuerde de nosotros!

- ¡Pues claro! Seguro que cada día le hablarán de por qué lleva ese nombre y de cómo eran sus vidas cuando nos tenían por vecinos.

Y son estos pequeños detalles los que me hacen superar el asco que siento por esta Feria del Cinismo a la que asistimos, esta verbena en la que mientras más hipocresía…¡mejor!

Y la historia se repite, cual rueda inventada por el hombre. Y el David de Miguel Angel se ha bajado de su pedestal de mármol en Florencia, para sumarse con otros muchos muchachos en el lanzamiento de piedras contra un nuevo Goliat, allá, en un rincón del Mediterráneo, que no es más que un rincón del Mundo, un rincón vecino de los cerros donde crecen los cedros. Vecinos del Líbano.

Y se puede pensar que ando ganas y contento, buscando un lugar donde me dejen cantar. Y es cierto, porque cantar, es otra piedra más de las que se pueden lanzar. Y, quizás, en el tiempo su eco perdure.

Y me contestan mis amigos:

"Espero con impaciencia esa risa que tanta falta nos hace para limpiarnos. ¡Y no por eso te vayas a creer que no me ducho!"

"Me alegro de que el Sahara cuente desde hace poco con un millón y un poeta, éste último no tan malo por cierto ¡Que el cielo protector te cobije! Me imagino que te asaltarán todas las pasiones y todos los miedos. ¡Sentirte sólo, cerca y lejos! ¡Feliz tú!  Salvando las distancias también puedes sentirte así en el altiplano, a casi cinco mil metros de altura, rodeado de montañas blancas, inmensas moles que alcanzan la bóveda celeste con un frío que te impide adormecer, pero no soñar. Ya te dije que tú tienes dromedarios, pero que en mi imperio yo dispongo de llamas y alpacas sobrevoladas por el cóndor."

"Recibo con gozo tu mensaje de vuelta y como un paracaidista rebozado en el polvo de su caída, escribes. Bello como el desierto, tu corazón se parece a las perlas del rocío de un país donde no llueve nunca. Abul Hassan el Shaduli le pedía a Allah que le sometiera los mares y la tierra. Así pues, que El te los someta, y el mar de arena y el océano de sus olas. Así te someta el mar negro de las estrellas y el de tu alma blanca para que navegues impasible entre la vida y la muerte y cabalgues volando sobre ellas con el viento a favor para que te arrebate el amor sin alejarte de nosotros, los que te queremos".

"Gracias por tus palabras que son caricias del aire. Con ellas huelo a dunas, escucho el cantar de las palmeras y veo a los peces volando. También distingo una risa de fondo…¿Será Ahmed el geniecillo? Dile de todo que para eso eres tú el mago de las palabras y sea cual sea el hilo conductor de tu nuevo libro… esa nueva casa…tendrá que encontrar su nombre. Un perfume de dama de noche invade Andalucía y hay silencio y música a la vez ".

"¿Sabes? Me he leído ya dos veces "El palacio de los Vientos", ése tu primer libro. Realmente envidio la libertad con la que vives tan difícil de conseguir en las ciudades europeas con el trajín de gentes y la ansiedad cierta - siempre en la nuca - de que hay que ganar dinero. ¡Pero bueno! Yo he optado por esta vida y pretendo ser feliz con lo que me rodea. Cada uno a lo suyo ¿No? No te puedes imaginar cómo he podido saborear cada renglón. Parece mentira que puedas darnos la oportunidad de acompañarte por las calles de Nouakchott, de ir con el toyota hacia el norte por la playa hacia una ciudad que empieza por N y que no me acuerdo cómo se llama. Que podamos acompañarte hacia el interior hasta Kaedi - o algo así - para escuchar lo que dicen las orillas del Río Senegal.  He seguido tu libro con verdadera pasión, y con un atlas también, para mejor ver las vivencias que cuentas.  Te animo a que escribas más y que transmitas la sabiduría de los pobres, pobres de cosas materiales - pero inmensamente ricos de espíritu - y que la sociedad no valora. Habla de esa gente que a los que hemos elegido la calidad de vida en lugar del nivel de vida, nos ponen los pelos de punta. No sabes cómo te echo de menos - y mira que nos conocimos sólo dos horas - pero quédate seguro que existe un puente sólido entre Sevilla y Nouakchott. ¡Bueno! No quiero ser pesado en mi primera carta y te dejo bien claro que cuentes conmigo para lo que sea que si está en mi mano, puedes darlo por hecho. Un abrazo fuerte y confía en Allah que El te guía".

"Te mando un saludo desde el pasado y desde las frías montañas, extraordinariamente bellas en otoño, con sus castaños color fuego, ocre y amarillo. Algo puedes ver tú con los ojos igual que yo - o mejor que yo - en esos cielos puros del desierto nocturno: Orión saliendo por el este y el impresionante Júpiter, ambos cerca del Toro y Las Pléyades".

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