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Punto de vista ritual y punto de vista moral

14/11/2000 - Autor: René Guénon
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Como ya hemos señalado en diversas ocasiones, fenómenos semejantes pueden proceder de causas totalmente diferentes; es la razón de que los fenómenos en sí mismos, que no son sino simples apariencias exteriores, jamás puedan ser considerados como constituyendo realmente la prueba de la verdad de una doctrina o de una teoría cualquiera, contrariamente a las ilusiones que a este respecto se forma el "experimentalismo" moderno. Ocurre igual en lo concerniente a las acciones humanas, que por otra parte son también fenómenos de un cierto género: las mismas acciones, o, hablando más exactamente, acciones indiscernibles exteriormente unas de otras, pueden responder a intenciones muy diversas de quienes las cumplen; e incluso, más generalmente, dos individuos pueden actuar de manera similar en casi todas las circunstancias de su vida, situándose, para modelar su conducta, en puntos de vista que en realidad no tienen casi nada en común. Naturalmente, un observador superficial, que se atenga a lo que ve y no vaya más lejos de las apariencias, no podrá dejar de equivocarse, e interpretará de manera uniforme las acciones de todos los hombres refiriéndolas a su propio punto de vista; es fácil comprender que puede haber aquí una causa para múltiples errores, por ejemplo cuando se trata de hombres que pertenecen a civilizaciones diferentes, o todavía de hechos históricos que se remontan a épocas alejadas. Un ejemplo muy claro, y en cierto modo extremo, es el que nos ofrecen aquellos de nuestros contemporáneos que pretenden explicar toda la historia de la humanidad acudiendo exclusivamente a consideraciones de orden "económico", porque, de hecho, éstas desempeñan en ellos un papel preponderante, y ni siquiera se preguntan si verdaderamente ha sido igual en todos los tiempos y en todos los lugares. Es éste un efecto de la tendencia, que en otro lugar hemos señalado, de los psicólogos a creer que los hombres son siempre y en todas partes los mismos; esta tendencia es quizá natural en un cierto sentido, pero no deja de ser injustificada, y pensamos que no podría confiarse mucho en ella.

Hay otro error del mismo género que parece pasar más fácilmente desapercibido que el que acabamos de citar para muchas personas e incluso para la gran mayoría, porque están acostumbradas a considerar las cosas de esta manera, y también porque nos parece, como la ilusión "económica", ligada más o menos directamente a ciertas teorías particulares: este error es aquel que consiste en atribuir el punto de vista específicamente moral indistintamente a todos los hombres, es decir, puesto que es desde este punto de vista que los occidentales modernos extraen su propia regla de acción, a traducir en términos de "moral", con las especiales intenciones que lleva implicadas, toda regla de acción sea cual sea, incluso cuando ésta pertenece a las civilizaciones más diferentes a la suya en todos los aspectos. Quienes así piensan parecen incapaces de comprender que hay otros puntos de vista distintos que igualmente pueden suministrar tales reglas, y que incluso, según lo que hemos dicho hace un momento, las similitudes exteriores que pueden existir en la conducta de los hombres no prueban en absoluto que ésta siempre esté regida por el mismo punto de vista: así, el precepto de hacer o no hacer tal cosa, al cual algunos obedecen por razones de orden moral, puede ser observado paralelamente por otros por razones totalmente diferentes. Por otra parte, no se debería deducir de ello que, en sí mismos e independientemente de sus consecuencias prácticas, los puntos de vista de que se trata sean equivalentes, pues, lejos de ello, lo que podría ser denominado la "cualidad" de las intenciones correspondientes varía hasta tal punto que no hay por así decir ninguna medida común entre ellas; y es así más particularmente cuando el punto de vista moral es comparado con el punto de vista ritual, que es el de las civilizaciones que presentan un carácter íntegramente tradicional.

La acción ritual, tal como en otro lugar hemos explicado, es, según el sentido original de la palabra, la que es cumplida "conforme al orden", y en consecuencia implica, al menos en algún grado, la conciencia efectiva de esta conformidad; y, allí donde la tradición no ha sufrido ninguna merma, toda acción, sea cual sea, tiene un carácter propiamente ritual. Es importante señalar que esto supone esencialmente el conocimiento de la solidaridad y de la correspondencia que existen entre el orden cósmico y el orden humano; este conocimiento, junto a las múltiples aplicaciones que de él se derivan, existe en efecto en todas las tradiciones, mientras que se ha convertido en algo totalmente extraño a la mentalidad moderna, que no quiere ver sino "especulaciones" caprichosas en todo lo que no entra en la concepción grosera y estrechamente limitada que se forma de lo que ella llama la "realidad". Para cualquiera que no esté cegado por ciertos prejuicios, es fácil ver la distancia que separa la conciencia de la conformidad con el orden universal, y la participación del individuo en este orden en virtud de tal conformidad, de la simple "conciencia moral", que no requiere ninguna comprensión intelectual y no está guiada sino por aspiraciones y tendencias puramente sentimentales, y qué profunda degeneración implica, en la mentalidad humana en general, el paso de una a otra. Ni que decir tiene, por otra parte, que este paso no se opera de una sola vez, y que pueden haber grados intermedios, donde los dos puntos de vista correspondientes se mezclan en proporciones diversas; de hecho, en toda forma tradicional, el punto de vista ritual subsiste siempre necesariamente, pero, como en el caso de las formas propiamente religiosas, además de éste, hay una parte más o menos grande correspondiente al punto de vista moral, y veremos enseguida la razón de ello. Sea como sea, desde el momento en que nos encontramos ante este punto de vista moral en una civilización, se puede, sean cuales sean las apariencias en otros aspectos, decir que ésta ya no es íntegramente tradicional: en otras palabras, la aparición de este punto de vista puede ser considerada como unida en cierta forma a la del propio punto de vista profano.

No es éste el lugar de examinar las etapas de esta decadencia, que finalmente desemboca, en el mundo moderno, en la desaparición completa del espíritu tradicional, luego en la invasión del punto de vista profano en todos los dominios sin excepción; solamente señalaremos que es este último estadio lo que representan, en el orden de cosas que nos ocupa ahora, las morales llamadas "independientes", que, aunque se proclamen por otra parte "filosóficas" o "científicas", no son en realidad sino el producto de una degeneración de la moral religiosa, es decir, aproximadamente, frente a ésta, lo que son las ciencias profanas con respecto a las ciencias tradicionales. Naturalmente hay también grados en la incomprensión de las realidades tradicionales, y en los errores de interpretación a los cuales da lugar; a este respecto, el grado más bajo es el de las concepciones modernas que, no contentándose con no ver en las prescripciones rituales sino simples reglas morales, lo cual ya es desconocer completamente su razón profunda, llegan a atribuirlas a vulgares preocupaciones de higiene o de limpieza; es muy evidente en efecto que, tras esto, la incomprensión no podría ser llevada más lejos.

Hay otra cuestión que, para nosotros, es ahora más importante: ¿cómo es que formas tradicionales auténticas han podido, en lugar de mantenerse en el puro punto de vista ritual, dejar un lugar al punto de vista moral, como hemos dicho, e incluso incorporárselo en cierto modo como uno de sus elementos constitutivos? Desde el momento en que, siguiendo la marcha descendente del ciclo histórico, la mentalidad humana, en su conjunto, ha caído en un nivel inferior, era inevitable que esto fuera así; en efecto, para dirigir eficazmente las acciones de los hombres, es forzosamente preciso recurrir a los medios apropiados a su naturaleza, y, cuando esta naturaleza es mediocre, los medios deben serlo también en la medida correspondiente, pues es solamente por ello que será salvado lo que podrá ser salvado, incluso en tales condiciones. Cuando la mayor parte de los hombres no son capaces de comprender las razones de la acción ritual como tal, es necesario, para que no obstante continúe actuando de manera que ermanezca todavía normal y "regular", recurrir a motivos secundarios, morales o no, pero en todo caso de un orden mucho más relativo y contingente, y podríamos decir más bajo, que aquellos que eran inherentes al punto de vista ritual. No hay en realidad ninguna desviación en ello, sino solamente una adaptación necesaria; las formas tradicionales particulares deben ser adaptadas a las circunstancias de tiempo y lugar que determinan la mentalidad de aquellos a quienes se dirigen, puesto que es ésta la razón de ser de su diversidad, y especialmente en su parte más exterior, la que debe ser común a todos sin excepción, y a la cual naturalmente se refiere todo lo que es regla de acción. En cuanto a aquellos que todavía son capaces de una comprensión de otro orden, no tienen sino que efectuar una transposición situándose en un punto de vista superior y más profundo, lo cual siempre será posible mientras no sea roto todo vínculo con los principios, es decir, en tanto que subsista el propio punto de vista tradicional; y de esta forma podrán considerar a la moral como un simple modo exterior de expresión, que no afecta a la esencia misma de las cosas que están revestidas de ella. Tal es así que, por ejemplo, entre quien cumple ciertas acciones por razones morales y quien las cumple con miras a un desarrollo espiritual efectivo al cual éstas pueden servir de preparación, la diferencia es con seguridad tan grande como es posible; sus maneras de actuar son sin embargo iguales, pero sus intenciones son muy distintas y no corresponden en absoluto al mismo grado de comprensión. Pero es solamente cuando la moral ha perdido todo carácter tradicional que se puede hablar verdaderamente de desviación; vacía de todo significado real, y no teniendo ya nada en sí misma que pueda legitimar su existencia, esta moral profana no es propiamente hablando sino un “residuo" sin valor y una pura y simple superstición.

Notas:

1. Cap. IX de "Initiation et réalisation spirituelle", París, Éd. Traditionnelles.
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